Profundidad de la medianoche

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Product Details

  • ISBN-13: 9788415410829
  • Publisher: Terciopelo
  • Publication date: 12/30/2013
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 336
  • Sales rank: 799,940
  • Product dimensions: 8.70 (w) x 5.70 (h) x 1.10 (d)

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Profundidad de la medianoche


By Lara Adrian, Denise Despeyroux

Roca Editorial

Copyright © 2011 Lara Adrian
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4976-8456-0


CHAPTER 1

Era un club privado, muy apartado de la zona más transitada del camino, y por muy buenas razones. Localizado en el extremo alejado de un estrecho callejón del distrito de Chinatown de Boston, el lugar atendía a una exclusiva y exigente clientela. Los únicos humanos que tenían permitida la entrada en el viejo edificio de ladrillos eran las jóvenes atractivas y unos pocos hombres guapos, que estaban allí para satisfacer las ardientes necesidades de los clientes a última hora de la noche.

Oculta entre las sombras de un portal arqueado al nivel de la calle, la puerta de metal sin distintivos no daba ninguna pista sobre qué había detrás, aunque ningún lugareño o turista en su sano juicio se detendría a preguntárselo. El grueso bloque de acero estaba protegido por una rejilla alta de hierro. Junto a la entrada, un guardia enorme acechaba como una gárgola, con un gorro de lana y vestido de cuero negro.

Era un macho de la estirpe, igual que la pareja de guerreros que emergieron del sombrío callejón. Al oír el sonido de sus botas de combate haciendo crujir la nieve y la suciedad helada del pavimento, el vigilante levantó la cabeza. Debajo de una nariz gruesa y protuberante, sus labios se curvaron mostrando unos dientes torcidos y las afiladas puntas de unos colmillos de vampiro. Sus ojos se afilaron ante los visitantes inesperados y emitió un gruñido grave, dejando que el aliento cálido que salía de sus orificios nasales formara una columna de vapor en aquella noche invernal de diciembre.

Cazador registró una corriente de tensión en los movimientos de su compañero de patrulla mientras los dos se acercaban al vampiro que estaba de guardia.

Sterling Chase había estado nervioso desde que salieron del recinto de la Orden para la misión de aquella noche. Ahora caminaba con paso agresivo, llevando la delantera, flexionando y contrayendo los dedos que descansaban de manera no demasiado sutil sobre la pistola semiautomática de largo calibre enfundada en su cinturón de armas.

El guardia también avanzó un paso, interponiéndose directamente en su camino. Con sus largas piernas abiertas y las botas plantadas sobre el pavimento lleno de hoyos, el vampiro bajó su enorme cabeza. Los ojos, antes incisivos e inquisidores, se afilaron aún más al clavarse sobre Chase.

—Debes estar de broma. ¿Qué demonios hace un guerrero como tú en territorio de la Agencia de la Ley?

—Taggart —dijo Chase, más a modo de gruñido que de saludo—. Veo que tu carrera no ha mejorado desde que dejé la agencia. Se reduce a hacer de portero en un local de copas y desnudos, ¿verdad? ¿Cuál será tu próxima ocupación? ¿Guardia de seguridad en una tienda del centro comercial?

El agente se mordió los labios soltando un crudo insulto.

—Hace falta tener huevos para mostrar tu jeta, especialmente por aquí.

La risa que soltó Chase en respuesta no era ni amenazante ni divertida.

—Procura mirarte al espejo alguna vez, luego hablaremos de quién tiene que tener huevos para mostrar su jeta en público.

—Este sitio está fuera del dominio de todo aquel que no sea de las Fuerzas de la Ley—dijo el guardia, cruzando los musculosos brazos sobre el fornido pecho. Un pecho fornido con una ancha tira de cuero llena de fundas de armas, además de las que llevaba en torno a su cintura—. La Orden no tiene nada que hacer aquí.

—¿Ah, no? —gruñó Cazador—. Dile eso a Lucan Thorne. Él es quien acabará contigo si no te apartas de nuestro camino. Eso suponiendo que por alguna razón nos controlemos y no te eliminemos nosotros antes.

El agente Taggart apretó la boca al oír mencionar a Lucan, líder de la Orden y uno de los miembros más antiguos de la formidable nación de la estirpe. Ahora la mirada cautelosa se apartó de Chase para dirigirse a Cazador, que permanecía detrás de su compañero guerrero con un calculado silencio. Cazador no quería pelearse con Taggart, pero ya había previsto al menos cinco formas distintas de acabar con él ... de matarlo de un modo rápido y seguro allí mismo si fuera necesario.

Cazador había sido entrenado para hacer eso. Engendrado y criado como un arma letal en manos del despiadado jefe adversario de la Orden, estaba acostumbrado a observar el mundo en términos puramente lógicos y carentes de toda emoción.

Ya no estaba al servicio de aquel villano llamado Dragos, pero sus habilidades mortíferas seguían constituyendo el centro de su ser. Cazador era letal, de una forma infalible además, y en el instante en que su mirada conectó con la de Taggart, pudo ver esa comprensión reflejada en sus ojos.

El agente Taggart pestañeó, luego retrocedió un paso, apartando la mirada de Cazador y dejando el paso libre hasta la puerta del club.

—Ya sabía yo que estarías dispuesto a reconsiderarlo—dijo Chase mientras él y Cazador cruzaban a grandes pasos la rejilla de hierro y entraban en el garito de la Agencia de la Ley.

La puerta debía de estar hecha a prueba de sonido. En el interior del oscuro club, sonaba una música atronadora en combinación con unas luces multicolores y giratorias que iluminaban la pista central, construida con espejos. Los únicos clientes que bailaban eran un trío de humanos semidesnudos que daban vueltas juntos frente a un público de vampiros que los contemplaban con ojos ardientes y lascivos, sentados en los reservados y las mesas del nivel que había por debajo de la pista.

Cazador observó cómo la rubia de pelo largo que estaba en el centro se enroscaba en torno a un palo que salía del suelo y llegaba hasta el techo del escenario. Moviendo las caderas, se levantó uno de sus enormes y antinaturales pechos para lamerlo con lengua de serpiente. Mientras jugaba con el piercing de su pezón, los otros bailarines —una mujer tatuada con el pelo púrpura y de punta y un joven de ojos oscuros que apenas cabía dentro del tanga de plástico rojo brillante atado a su cadera—se movieron hacia los lados opuestos del escenario de espejos y empezaron a ejecutar sus propios solos.

El club apestaba a perfume rancio y a sudor, pero el fuerte olor húmedo no podía tapar el aroma a sangre humana fresca. Cazador siguió el rastro del olor con la mirada. Esta fue a parar a un rincón lejano donde un vampiro con el uniforme de la Agencia de la Ley, traje oscuro y camisa blanca, se alimentaba juiciosamente de la garganta pálida de una mujer desnuda que gemía sentada a horcajadas encima de él. Había más machos de la estirpe bebiendo de sus huéspedes humanos, mientras que otros vampiros del establecimiento parecían satisfacer otro tipo de necesidades carnales.

Cerca de la puerta, Chase se había quedado tan rígido como una piedra. Un rugido grave escapaba del fondo de su garganta. Cazador prestaba al festín y al escenario poco más que una mirada de constatación, pero los ojos de Chase estaban fijos y hambrientos, tan abiertamente cautivados como los de los otros machos de la estirpe reunidos allí. Quizás incluso más.

Cazador estaba mucho más interesado en el puñado de cabezas que ahora se volvían hacia ellos entre la multitud de los agentes de la ley allí reunidos. Su llegada había sido advertida, y las miradas ardientes de rabia que les dirigían cada par de ojos indicaban que la situación podía ponerse fea muy rápidamente.

Tan pronto como Cazador registró esa posibilidad, uno de los vampiros que los miraban con odio, recostado en un sofá cercano, se puso en pie para enfrentárseles. Era un macho grande, como los dos compañeros que se levantaron junto a él cuando se abrió paso entre la multitud. Los tres iban visiblemente armados por debajo de sus elegantes trajes oscuros.

—Bueno, bueno. Mira lo que nos ha traído el gato—dijo arrastrando las sílabas el agente que iba delante. Había un rastro del sur en sus palabras lentamente sopesadas, y también en sus refinadas y casi delicadas facciones—. Tantas décadas de servicio en la agencia y nunca te habías decidido a reunirte con nosotros en un sitio como este.

La boca de Chase se curvó, ocultando a duras penas sus colmillos extendidos.

—Pareces decepcionado, Murdock. Esta mierda nunca me ha estimulado.

—No, tú siempre has estado por encima de la tentación —replicó el vampiro, con mirada aviesa y sonrisa interrogante—. Tan cuidadoso. Tan rígido en tu disciplina, incluso con tus apetitos. Pero las cosas cambian. La gente cambia, ¿no es verdad, Chase? Si ves aquí algo que te gusta, solo tienes que decirlo. Hazlo al menos por los viejos tiempos, ¿no?

—Venimos en busca de información sobre un agente llamado Freyne —intervino Cazador cuando la respuesta de Chase parecía estar tardando más de lo necesario—. En cuanto tengamos lo que necesitamos nos marcharemos.

—¿Eso es todo? —Murdock sopesó sus palabras inclinando la cabeza con curiosidad. Cazador advirtió que la mirada del vampiro se apartaba sutilmente de su rostro para seguir el rastro de los dermoglifos de su cuello y su nuca. Le llevó apenas un momento constatar que los elaborados diseños de la piel indicaban que se trataba de un vampiro de la primera generación, una rareza entre los de la estirpe.

Cazador distaba mucho de tener la edad de los guerreros de la primera generación, Lucan o Tegan. Sin embargo, había sido engendrado por uno de la raza de los Antiguos y su sangre era igual de pura. Al igual que sus hermanos de la primera generación, su fuerza y su poder eran aproximadamente los de diez vampiros de generaciones más tardías. Había sido criado como uno de los asesinos del ejército personal de Dragos ... lo que era un secreto que solo conocía la Orden y que lo hacía más letal que Murdock y el par de docenas de agentes que había en el club, todos juntos.

Chase finalmente pareció poner fin a su distracción.

—¿Qué puedes contarnos de Freyne?

Murdock se encogió de hombros.

—Está muerto. Pero supongo que eso ya lo sabes. Freyne y su unidad fueron asesinados la semana pasada, durante una misión para recuperar a un joven de los Refugios Oscuros secuestrado. —Sacudió la cabeza lentamente—. Una lástima. No solo porque la Agencia perdió a varios de sus mejores hombres, sino porque el objetivo de su misión no resultó muy satisfactorio.

—No resultó muy satisfactorio —se burló Chase—. Sí, ya puedes decirlo. Por lo que la Orden tiene entendido, la misión para rescatar a Kellan Archer se jodió por completo este domingo. El chico, su padre y su abuelo —diablos, la familia Archer entera—, todos eliminados en una sola noche.

Cazador no dijo nada, dejó que Chase pusiera el cebo en el anzuelo. La mayor parte de su acusación era cierta. La noche del intento de rescate había sido un baño de sangre que se había cobrado muchas vidas, y lo peor de eso, muertes que tenían que ver con miembros de la familia de Kellan Archer.

Pero al contrario de lo que afirmaba Chase, sí que había supervivientes. Dos, para ser exactos. Ambos habían sido alejados en secreto de la carnicería de aquella noche y se hallaban ahora a salvo bajo la custodia de la Orden en su recinto privado.

—No discrepo con la idea de que las cosas podrían haber acabado mejor, tanto para la Agencia como para los civiles que perdieron la vida. Pero los errores, por más lamentables que sean, suceden. Desafortunadamente, nunca estaremos seguros de a quién culpar por la tragedia de la semana pasada.

Chase soltó una risita por lo bajo.

—No estés tan seguro. Sé que tú y Freyne estabais detrás. Demonios, sé que la mitad de los hombres de este club intercambiaban favores con él regularmente. Freyne era un gilipollas, pero sabía reconocer una oportunidad cuando la veía. Su mayor problema es su lengua. Si anda mezclado en algo que pueda conducirnos a los secuestradores de Kellan Archer o al ataque que destrozó el Refugio Oscuro de los Archer —y digamos que estoy condenadamente seguro de que Freyne sí está involucrado—hay muchas posibilidades de que se lo haya contado a alguien. Apuesto que ha estado alardeando como mínimo ante uno de los pobres diablos que están sentados esta noche en esta mierda de club.

La expresión de Murdock se había ido tensando a cada segundo mientras Chase hablaba, y sus ojos comenzaron a transformarse en furiosos iris oscuros rodeados de luz ámbar mientras la voz de Chase subía de decibelios entre la multitud.

Ahora la mitad de la sala se había detenido para mirar en su dirección. Varios machos se levantaron de sus asientos y los huéspedes humanos que bailaban medio desnudos fueron apartados a un lado bruscamente cuando una horda de agentes ofendidos comenzaron a acercarse a Chase y Cazador.

Chase no esperó a que la cuadrilla atacara.

Con un crudo rugido, se abalanzó sobre el grupo de vampiros, formando un remolino de puños y crujidos de dientes y colmillos.

Cazador no tuvo más alternativa que unirse a la refriega. Se metió entre la violenta multitud, concentrado únicamente en su compañero con la intención de sacarlo de allí de una pieza. Se deshizo de cada atacante prácticamente sin esfuerzo, perturbado por la forma feroz con que luchaba Chase. Su expresión se veía demacrada y tensa mientras lanzaba un puñetazo tras otro sobre la masa de cuerpos que lo azuzaban por ambos lados. Sus colmillos enormes le llenaban la boca. Sus ojos ardían como brasas hundidas en su cráneo.

—¡Chase! —gritó Cazador, maldiciendo cuando una fuente de sangre de la estirpe lo alcanzó, no sabía si de su compañero de patrulla o de algún otro macho.

Tampoco tuvo tiempo de averiguarlo.

Una ráfaga de movimientos al otro lado del club captó su atención. Desvió la mirada hacia allí y vio que Murdock lo observaba fijamente, con un teléfono móvil al oído.

Una nota de pánico inconfundible inundó las facciones de Murdock cuando sus miradas se encontraron entre la multitud. Su culpa ahora era evidente, escrita en su palidez, la tensión de su boca y las gotas de sudor que se derramaban por su frente para brillar bajo las luces giratorias del escenario vacío. El agente habló rápidamente al teléfono mientras sus pies lo conducían veloz y ansiosamente hacia la parte trasera del lugar.

En la fracción de segundo que Cazador tardó en quitarse de encima a un agente, Murdock había desaparecido de la vista.

—Hijo de puta. —Cazador se apartó del tumulto, obligado a abandonar a Chase para perseguir a aquel que era la verdadera pista que esperaban encontrar aquella noche.

Echó a correr, dejando que su velocidad de vampiro de la primera generación lo llevara a la parte trasera del club y a través de una puerta todavía entreabierta, para girar por el estrecho corredor de ladrillo por donde había huido Murdock. No había ni rastro de él ni a la izquierda ni a la derecha del callejón, pero la brisa helada trajo el fuerte eco de pisadas en la calle de al lado.

Cazador fue tras él, doblando la esquina justo cuando un gran sedán negro se detenía con un chirrido en la cuneta. La puerta trasera se abrió de golpe desde el interior. Murdock saltó dentro y cerró de un portazo mientras el motor del vehículo se ponía de nuevo en marcha.

Cazador ya estaba a punto de lanzarse tras él cuando los neumáticos sacaron humo contra el hielo y el asfalto y luego, con un imponente rugido de engranaje metálico, el vehículo se puso en marcha y se arrojó a la velocidad del demonio en el interior de la noche.

Cazador no perdió ni un instante. Subió de un salto al edificio de ladrillo más cercano, se agarró de una escalera de incendios oxidada y salió impulsado sobre el tejado. Corrió, con las botas de combate aplastando las placas de cemento mientras saltaba de un techo a otro, siguiendo con la vista el recorrido del coche que iba sorteando el tráfico de la calle allá abajo.

Cuando el coche dobló una esquina para adentrarse en la oscuridad vacía, Cazador se arrojó por el aire. Aterrizó sobre el techo del sedán con el impacto de todos sus huesos. Registró el dolor del golpe, pero apenas por un momento. Resistió, manteniendo una tranquila determinación mientras el conductor lo sacudía de un lado a otro con bruscos giros del volante.

El coche se balanceó y cambió de dirección, pero Cazador se mantuvo allí. Extendido sobre el techo, hundió los dedos de una mano en el borde del parabrisas y buscó con la otra la nueve milímetros que guardaba en la funda sujeta a su espalda. El conductor dio otra sacudida en zigzag y estuvo a punto de chocar contra un camión de mercancías aparcado, en su intento de desprenderse del indeseado pasajero.

Con el arma semiautomática apretada en la mano, Cazador dio un salto de gato para salir del techo y bajar al capó del veloz sedán. Quedó allí tumbado y apuntó con el arma al conductor, con el dedo fríamente sereno sobre el gatillo, preparado para disparar contra el hombre que había tras el volante y así poder atrapar a Murdock con sus propias manos y sonsacar al bastardo traidor todos sus secretos.

El momento se alargó y hubo un instante—apenas el destello de un segundo—en que la sorpresa lo hizo retroceder.

El conductor llevaba un grueso collar negro alrededor del cuello. Tenía la cabeza rapada, y la mayor parte de su calva estaba cubierta con una red de intrincados dermoglifos.

Era uno de los asesinos de Dragos.

Un cazador, al igual que él.

Un vampiro de la primera generación, nacido y criado para matar, como él.

La sorpresa de Cazador fue rápidamente eclipsada por su deber. Estaba más que dispuesto a erradicar a aquel macho. Ese había sido su compromiso con sus colegas de la Orden al unirse a ellos; había hecho el voto personal de eliminar hasta la última de esas máquinas asesinas de Dragos.

Antes de que Dragos tuviera la oportunidad de desatar toda su maldad sobre el mundo.

Los tendones de los dedos de Cazador se contrajeron durante la fracción de segundo que le llevó realinear el cañón de su Beretta con el centro de la frente del asesino. Comenzó a apretar el gatillo, luego sintió aumentar el peso del coche debajo de él mientras el conductor pisaba con fuerza el pedal del freno.

La goma y el metal sacaron humo en señal de protesta y el sedán se detuvo en seco.

El cuerpo de Cazador continuó en movimiento, volando por el aire y aterrizando varios cientos de metros más adelante sobre el pavimento frío. Rodó con el impulso de la caída y se puso en pie como si nada, levantando la pistola y disparando una bala tras otra contra el coche detenido.

Vio que Murdock se escabullía del asiento trasero y corría para escapar por un callejón oscuro, pero no tuvo tiempo de ocuparse de él porque el vampiro de la primera generación salió del coche también, con la pistola en la mano, apuntando directamente a Cazador. Se enfrentaron cara a cara, con las armas preparadas para matar, y los ojos fríos con la misma determinación y falta de emoción, esa que mantenía a Cazador centrado en su postura sobre el camino de asfalto helado.

Las balas salieron de las dos pistolas al mismo tiempo.

Cazador esquivó el tiro con un movimiento que él percibió como lento y calculado. Sabía que su oponente habría hecho lo mismo con la bala que viajaba a toda velocidad hacia él. Estalló otra lluvia de balas, otra vez los dos vampiros descargaron sus armas cada uno contra el otro. Ninguno recibió más que alguna herida superficial.

Estaban demasiado igualados, entrenados con los mismos métodos. Ambos habían sido duramente preparados para matar, para entregarse en la batalla hasta su último aliento.

Con un movimiento precipitado y letal, los dos se deshicieron de sus armas vacías y pasaron a la lucha cuerpo a cuerpo.

Cazador esquivó los trepidantes puñetazos que el asesino lanzó contra su torso mientras se lanzó rugiendo sobre él. Hubo una patada que le habría dado en la mandíbula si no lo hubiera evitado con una inclinación rápida de la cabeza. Luego vio venir otro golpe dirigido a su entrepierna, pero falló cuando Cazador agarró la bota del asesino y lo hizo girar en el aire.

El asesino se puso en pie sin excesivos problemas y volvió a la carga. Lanzó un puñetazo y Cazador le agarró el puño, los huesos crujieron mientras él apretaba con todas sus fuerzas y luego usaba su cuerpo como palanca para retorcerle el codo. La articulación se rompió con un crujido agudo y, sin embargo, el asesino apenas soltó un gruñido como única indicación de que había sentido cierto dolor. El brazo dañado colgaba inútil a un lado mientras él se volvía para lanzar otro puñetazo a la cara de Cazador. El golpe acertó, desgarrando la piel justo por encima del ojo derecho y con tanta fuerza que el campo visual de Cazador se llenó de estrellas. Se sacudió de encima el momentáneo aturdimiento, justo a tiempo para interceptar un segundo asalto: puñetazos y patadas lo atacaban a la vez.

Una y otra vez, ambos machos respiraban con dificultad por el esfuerzo y ambos sangraban por las heridas que se habían conseguido infligir. Ninguno de los dos imploró piedad, no importaba lo largo o sangriento que su combate llegara a ser.

La piedad era un concepto extraño para ellos, el otro lado de la lástima. Dos cosas que habían sido extraídas de su léxico desde que eran muchachos.

Lo único peor que la piedad o la lástima era el fracaso, y mientras Cazador agarraba el brazo roto de su oponente y tiraba al enorme macho al suelo clavando la rodilla en medio de la espalda del asesino, vio el reconocimiento del fracaso inminente brillando como una llama oscura en los fríos ojos del vampiro de la primera generación.

Había perdido la batalla.

Lo sabía, al igual que sabía Cazador que la posibilidad de dar un golpe certero en el grueso collar negro que envolvía el cuello del asesino se le iba a presentar al siguiente instante.

Cazador usó su mano libre para coger una de las dos pistolas abandonadas sobre el pavimento. Blandió la culata metálica como un martillo y asestó un golpe al collar que envolvía el cuello del asesino.

De nuevo, y esta vez con más fuerza, el golpe abolló ese material impenetrable que albergaba el diabólico aparato. Un aparato confeccionado por Dragos en su laboratorio con un único propósito: asegurarse la lealtad y obediencia del ejército letal que había criado a su servicio.

Cazador oyó un pequeño chasquido que indicaba que la detonación era inminente. El asesino de Dragos usó su mano sana, tal vez para verificar la amenaza o para intentar detenerla; Cazador no estaba seguro.

Rodó hacia un lado ... justo cuando los rayos ultravioleta emergían del collar.

Hubo un destello de luz abrasadora que apareció y se fue al instante, mientras el rayo letal traspasaba la cabeza del asesino en un claro movimiento.

Cuando la calle volvió a sumirse en la oscuridad, Cazador miró fijamente el cadáver llameante de aquel macho que era igual a él en tantos sentidos. Un hermano, aunque no hubiera un sentimiento de familiaridad entre los asesinos del ejército personal de Dragos.

No sentía remordimientos por el asesino muerto que había ante él, solo una vaga sensación de satisfacción por el hecho de que hubiera uno menos para llevar a cabo los retorcidos planes de Dragos.

No descansaría hasta que no quedara ninguno.


(Continues...)

Excerpted from Profundidad de la medianoche by Lara Adrian, Denise Despeyroux. Copyright © 2011 Lara Adrian. Excerpted by permission of Roca Editorial.
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