×

Uh-oh, it looks like your Internet Explorer is out of date.

For a better shopping experience, please upgrade now.

Pudor
     

Pudor

4.5 10
by Santiago Roncagliolo
 

See All Formats & Editions

"El primer fantasma apareció el día de la muerte de la abuela. Pero ése sólo fue el primero."

Intimidad, deseos, temores que no se confiesan ni a los seres más queridos, secretos que permanecen ocultos por miedo a sentir dolor . . . Una historia triste y sórdida, pero también una comedia, por la que desfilan

Overview

"El primer fantasma apareció el día de la muerte de la abuela. Pero ése sólo fue el primero."

Intimidad, deseos, temores que no se confiesan ni a los seres más queridos, secretos que permanecen ocultos por miedo a sentir dolor . . . Una historia triste y sórdida, pero también una comedia, por la que desfilan personajes que, pese a vivir juntos, están y se sienten solos . . . Una mirada agridulce a las contradicciones de la familia y de los sentimientos.

A veces me parece una historia muy triste y sórdida, y a veces creo que es una comedia. Es lo que tienen en común las familias y los sentimientos, que nunca se ponen de acuerdo. Santiago Roncagliolo

Product Details

ISBN-13:
9788420467306
Publisher:
Santillana USA Publishing Company
Publication date:
03/15/2005
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
184
Product dimensions:
5.56(w) x 8.50(h) x 0.52(d)

Read an Excerpt

Mamá le había repetido varias veces que no era adoptado. Pero cada vez que Mariana lo afirmaba, sembraba la duda. Sergio prefirió dejarla ir para que no lo atormentase. Le sacó la lengua. Ella le devolvió el gesto con el dedo medio de la mano mientras se iba. Sergio se quedó en el pasillo jugando con su Robo-Truck (que se convierte en camión). Estaba librando una importante batalla contra los centauros de Gondrath. Cuando acabó de destruir a todos los convoyes enemigos, mamá no había vuelto aún. Y a Sergio se le ocurrió jugar con la abuela.

Mamá le había dicho que la abuela no podía levantarse de la cama, pero se puede jugar a muchas cosas sin levantarse de la cama, como a los muñecos, el ahorcado y la guerra de escupitajos. Sergio agarró su muñeco, abrió la puerta 366 y entró. La abuela estaba conectada a varios aparatos y botellas que se insertaban en su brazo izquierdo, en su cara y en su pecho. Sergio pensó que la abuela se parecía a Robo-Truck. Podemos jugar a la invasión de los robots, pensó. Se lo sugirió a la abuela, pero ella no respondió.

Sergio se acercó a los aparatos. Había uno eléctrico que podía ser el tablero de mandos de la nave. Tenía algunos botones y agujas que se movían. La botella podía ser el depósito de energía y los tubos podían ser los ductos de circulación de combustible. Subió a la cama y empezó a dirigir la nave, sentado en la cabina sobre las piernas de l a abuela. Le costó un poco acomodarlas para que sirviesen de asiento, pero lo logró.

A la mitad de la ruta estelar se dio cuenta de que la pared de enfrente era blanca. Eso era un error: el espacio exterior es negro con estrellitas y asteroides. Tuvo que volver a bajar y empujar un poco el televisor que el tío Roberto le había llevado a la abuela, hasta que quedó justo frente a la cama. Ahora sí, el espacio era negro, aunque el reflejo de la luz que entraba por la ventana estropeaba un poco el efecto. Sergio volvió a encaramarse sobre la abuela y surcó tres galaxias y un sistema planetario hasta reparar en que la abuela estaba dura como el metal antigravitacional.

Bajó de la cama y le volvió a preguntar a qué quería jugar. Una vez más, no obtuvo respuesta. Se acercó a ella y le abrió un ojo con los dedos. La abuela tenía la piel seca y fría, pero él no lo notó. Sólo sonrió al verla guiñar el ojo de esa manera. Ella nunca había podido guiñar el ojo. Sergio cerró el que estaba abierto y abrió el otro. Volvió a sonreír. Mira, abuela, dijo, ya puedes guiñar los ojos. Los dos. Volvió a cerrar el que estaba abierto, empujó un poco la pierna que había movido al sentarse sobre ella y descubrió que la abuela no podía mover sólo una pierna: o se movía entera o no se movía nada.

La empujó hasta donde pudo y se dio cuenta de que sus dientes estaban fuera de la boca, en un vaso sobre la mesa blanca. Siempre había querido probarse la dentadura de la abuela para ser como los tiburones, que tienen varias hileras de dientes. La sacó del vaso y trató de morderlos, pero no entraban en su boca. Intentó ponérselos a la abuela, pero era como si ese agujero no fuese más su boca en realidad.

Sergio pensó que quizá los dientes no eran de ella, que alguien más se los había dejado olvidados en el vaso de agua, alguien que seguramente ya no necesitaría sonreír como se sonríe en los hospitales. También pensó que, después de todo, la abuela era desarmable como un robot que se convierte en cadáver. Se metió los dientes al bolsillo y abrió el cajón de la mesa blanca. Había un poco de maquillaje que mamá había insistido en llevarle a la abuela, un espejo de mano, un frasco de alcohol y algunas medicinas. También guardó el alcohol en su bolsillo. Cerró el cajón y devolvió el televisor a s u sitio. Luego gritó. Con todos sus pulmones.

Minutos después, había varios médicos y enfermeras dentro de la habitación, todos alrededor de la abuela. Parecían muy apurados y se empujaban y gritaban entre sí. Uno de ellos empezó a golpear a la abuela en el pecho, y otro levantó sus piernas y le conectó un cable, como si no tuviera ya suficientes para una cabina espacial de hipervelocidad. Llevaban tanta prisa que ni siquiera notaron la presencia de Sergio, que se había hecho un ovillo al lado de la puerta del baño.

Fue entonces cuando apareció el fantasma. Era una mujer. Entró por la puerta con el pijama medio abierto por atrás y una botella de s u e r o en la mano, tratando de peinarse un poco, como si la hubieran agarrado desprevenida. Cuando v i o el ajetreo alrededor de la cama, se detuvo a observar con curiosidad. Era una mujer muy extraña. Olía a medicina rancia, iba mal pintada y tenía el pelo largo y desordenado. La cicatriz de una operación en el pecho sobresalía del pijama apuntando hacia el cuello. Apenas entendió lo que ocurría, miró a todas partes para averiguar dónde estaba. Los aparatos, los doctores y la enfermera sonriente con el dedo en la boca le confirmaron que era un cuarto de hospital. Después se volvió hacia Sergio, que la miraba, y dio un s a l-to atrás, como si recién lo hubiese descubierto. Preguntó:

-¿Ésa soy yo?

-Es mi abuela -negó Sergio.

-Ah, bueno -gruñó el fantasma. Siguió mirando y luego volvió a hablarle a Sergio-. Seguro que es mejor para ella.

Sergio prefirió no responder. A veces, cuando papá se quejaba de la actitud de alguien, mamá decía "sus razones tendrá" y dejaba correr el asunto. Sergio pensó que el fantasma también tendría sus razones para decir esas cosas de los muertos, y además así, con medio calzón afuera de la ropa, escupiendo al hablar sobre la foto de la enfermera que sonreía con el dedo en la boca. Pero el fantasma sólo se quedó un momento en esa posición. Después se volvió hacia Sergio, una vez más como si acabase de notar que estaba ahí.

-Yo sé quién eres -le dijo-. Tú también estás muerto.

Luego vino una enfermera con una máscara en la cara y echó del cuarto a Sergio. Era una máscara blanca, como el silencio de los hospitales.

Esa misma noche se celebró el velorio en el tanatorio del hospital. La abuela fue expuesta en un cajón con cuatro velas eléctricas en las esquinas. No tenía su dentadura, pero le habían rellenado la boca con algodón. Algunas hebras blancas escapaban entre sus labios. Sergio temió que el fantasma apareciese de nuevo y lo volvieran a echar del lugar, pero no ocurrió nada especial. Los hombres se amontonaban en las esquinas del tanatorio contando chistes rojos y las mujeres lloraban a ambos lados del féretro con la pena agotada, como liberándose de las últimas lágrimas que tenían guardadas pero sin desperdiciarlas, no fueran a quedarse sin reservas para el próximo muerto. Al ver el cuerpo rígido, Sergio entendió que ya nada se interponía entre él y Disney, y más tarde, al acostarse, pudo dormir con una sonrisa en los labios.

Meet the Author

Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) ha vivido en México, Perú y España, y ha trabajado como guionista de televisión, periodista, traductor, negro literario, autor de discursos políticos y escritor de libros para niños. Ha publicado la novela El príncipe de los caimanes y el libro de cuentos Crecer es un oficio triste, elegido Nuevo Talento por la cadena de librerías FNAC en 2003. Además, su obra de teatro Tus amigos Nunca te Harían Daño ha sido representada en ocho países y seleccionada para la antología "Dramaturgia Peruana".

Customer Reviews

Average Review:

Post to your social network

     

Most Helpful Customer Reviews

See all customer reviews

Pudor 4.4 out of 5 based on 0 ratings. 8 reviews.
Anonymous More than 1 year ago
dannamvp More than 1 year ago
uno de los mejores libros que he leido ! :D
Anonymous More than 1 year ago
Anonymous More than 1 year ago
Anonymous More than 1 year ago
Anonymous More than 1 year ago
Anonymous More than 1 year ago
Anonymous More than 1 year ago