Quinceaneras: 15 Relatos de coronas, tafetan, tios borrachos y mas

Quinceaneras: 15 Relatos de coronas, tafetan, tios borrachos y mas

by Adriana V. Lopez
     
 

Para aquellos ajenos a este ritual, la fiesta de quinceañera celebra a la niña que al cumplir estos dichosos quince años pasa a ser mujer. Es una mezcla de bat mitzvah con una pizca de baile de debutantes, repleto de momentos graciosísimos y recargado de toda la angustia adolescente que viene con esa edad intermedia.
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Overview

Para aquellos ajenos a este ritual, la fiesta de quinceañera celebra a la niña que al cumplir estos dichosos quince años pasa a ser mujer. Es una mezcla de bat mitzvah con una pizca de baile de debutantes, repleto de momentos graciosísimos y recargado de toda la angustia adolescente que viene con esa edad intermedia.
En esta antología original, quince de los más brillantes y graciosos escritores latinos, tanto mujeres como hombres, comparten sus memorias sobre esta celebración espectacular, conmovedora y por momentos absurda, y esa forma única de humillación familiar que nace con las mejores intenciones, el amor incondicional y la alegría contagiosa de los padres que finalmente dejan que su niñita se convierta en mujer.

Product Details

ISBN-13:
9780061470752
Publisher:
HarperColins Espanol
Publication date:
02/19/2008
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
346
Product dimensions:
5.30(w) x 7.90(h) x 1.00(d)

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Quinceañeras
15 Relatos de Coronas, Tafetán, Tíos Borrachos y Más

Capítulo Uno

El Quinceañero

Por Alberto Rosas

Pocos meses atrás, mi prima Ilene me preguntó si quería ser uno de los padrinos de su fiesta de quinceañera. Esto significaba que me estaba poniendo viejo. Menos de una década antes, las chicas me pedían ser su chambelán o su chambelán de honor. A los veinticinco años, aún me consideraba un buen candidato para chambelán de honor. Ilene no estaba de acuerdo. Aun cuando sabía que mi respuesta sería negativa, no deseaba herir sus sentimientos, así que le dije que le respondería más tarde. Asistir a una fiesta de quinceañera de nuevo iba contra mi regla no escrita. Lo había dado por terminado después de la fiesta de Yvette en 1997.

Cuando Ilene salió de mi apartamento, estudié mi reflejo supuestamente envejecido. Cabello: negro, abundante, sano y sin canas. Arrugas: ninguna, con excepción de algunas líneas en la frente. Aún joven. Todavía un buen candidato a chambelán.

Mi reflejo me miró a los ojos mientras me lavaba la cara. El agua fría se sentía fresca contra la piel. Goteaba de mi cara y caía al lavamanos. Gotas de champaña goteaban del cabello de Yvette mientras bailábamos. Pequeños trozos de flan se habían pegado a su cara y cuello. La melodía del vals resonaba por los parlantes mientras nuestros cuerpos se deslizaban por la pista de baile.

No podía deshacerme de los recuerdos. Imágenes de aquellafiesta pasaban por mi mente como una película. Veía su cara, qué dulce lucía en su vestido largo blanco. Aquellos inocentes ojos verdes me miraban desde un rostro pálido como el de un fantasma. Apareció la cara de su madre: seductores ojos verdes que contrastaban bellamente con una piel naturalmente bronceada. Recordé el flan. Había sido importado de Tijuana, dijo el padrino, y era el mejor flan que había probado en mi vida.

Yvette estaba en el jardín gritando órdenes al grupo de damas y chambelanes. La mayor parte del grupo había llegado tarde, y ninguno de ellos conocía los pasos del vals.

"Todos tienen que hacerlo bien," ordenó Yvette.

"Quizás si bailáramos hip-hop," dijo una de las damas.

"Esto es gay," dijo uno de los chambelanes.

Nos volvimos a mirar al coordinador gay del vals, Esteban, quien agitó una mano en el aire y dijo: "Como sea." También miramos a la madre lesbiana de Yvette, Ingrid, quien se limitó a mover la cabeza y no dijo nada.

Yvette me tomó de la mano. Esteban oprimió un botón en la caja del micrófono y "Tiempo de vals" de Chayanne comenzó a sonar. El vals de Chayanne era una mezcla de canción pop romántica y el bajo repetitivo de tres tiempos del vals. Parecía ser una canción popular entre las quinceañeras; era la tercera vez que la bailaba.

Las parejas bailaban alrededor del apretado jardín, minimizando sus movimientos para acomodarse al pequeño espacio. Yvette contemplaba sus pies mientras bailaba.

"Mírame," le dije.

Era mi octava o novena vez como chambelán, mi cuarta como chambelán de honor. A los diecisiete años, ya era un aficionado del vals.

En mi primera fiesta de quince años, cuando tenía once años, no podía decidir si tenía dos pies izquierdos o dos pies derechos. Las baladas de los mariachis y las polcas en bandas eran excesivamente complicadas para mi coordinación. Además, odiaba aquellas cosas de mariachis y bandas. Fue sólo unos pocos años más tarde, cuando conocí la salsa y el merengue, que descubrí mis habilidades ocultas de baile.

"Eres un buen bailarín," dijo Yvette.

"Soy el John Travolta latino."

Aun cuando Yvette había sido dama en varias fiestas de quince, el estrés agregado de ser la propia quinceañera la convirtió en una virgen en la pista de baile. Además, el vals no era lo suyo; sólo era algo que tenía que hacer. El vals estaba conectado con los quince, y era imposible tener el uno sin el otro. Sería como fríjoles sin arroz, una barbacoa de carne asada sin cerveza o una piñata sin caramelos. Sería como tener una hija y no darle una fiesta de quince años. Era una tradición.

Tanto los chambelanes como las damas arrastraban los pies al bailar, con los hombros encorvados hacia delante. Los chicos bailaban de izquierda a derecha a un ritmo de un-dos, en lugar de un-dos-tres.

"Chicos, por favor," dijo Esteban, "no arrastren los pies como si llevaran sandalias o algo así."

"Odio esta porquería de vals," dijo alguien.

Durante el receso, corrimos al refrigerador por refrescos. Las siete damas permanecieron en una esquina del jardín. Seis de los chambelanes se quedaron en la acera, mientras que Chuy entró a mirar televisión. Mis pantalones y mi camisa de polo contrastaban con sus camisetas y vaqueros holgados. Sintiéndome fuera de lugar, permanecí en el jardín y me senté al lado de Esteban y de Ingrid García, la madre de Yvette.

Yvette estaba al lado de un chico fornido, aproximadamente de mi edad. Tenía unos pocos bigotes gruesos que delineaban una barba delgada. Envidié su grueso vello facial comparado con mi incipiente pelusa de durazno. Lo había conocido un año atrás, por la misma época en la que conocí a Yvette, cuando ella y yo fuimos dama y chambelán en los quince años de Alma. Yvette y yo nos hicimos amigos desde entonces, y siempre la consideré como una hermana menor. Fue en la fiesta de quince de Alma donde conocí a Carlos, el novio de Yvette. Llegó a la fiesta con pantalones sueltos y un pañuelo de colores colgando del bolsillo de atrás. Alma le dijo que se fuera, Alma e Yvette comenzaron a discutir y dejaron de hablarse desde entonces. Así, cuando Yvette me pidió que fuese su chambelán de honor, le pregunté: "¿Y qué hay de tu novio?"

"No sabe bailar."

"Quizás pueda enseñarle algunos pasos."

Yo no conocía a ninguno de los amigos de Yvette. Los siete chambelanes parecín ser pandilleros o arribistas. La película Mi Familia había sido estrenada cerca de un año antes, y . . .

Quinceañeras
15 Relatos de Coronas, Tafetán, Tíos Borrachos y Más
. Copyright © by Adriana Lopez. Reprinted by permission of HarperCollins Publishers, Inc. All rights reserved. Available now wherever books are sold.

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Meet the Author

Adriana Lopez was the founding editor of Críticas magazine, Publishers Weekly's Spanish-language sister publication. Lopez's work has appeared in the New York Times, the Los Angeles Times, and the Washington Post, among other publications. A member of the PEN American Center, she lives in New York City.

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