Sanidad de Las Heridas Emocionales

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Healing the Wounded Heart provides a simple and biblical approach of eliminating the obstacles that prevent you from intimacy with God and people. This book also includes a Personal Ministry Guide to help you apply the truth to your own life and find greater freedom in the presence of the living Christ.

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Healing the Wounded Heart provides a simple and biblical approach of eliminating the obstacles that prevent you from intimacy with God and people. This book also includes a Personal Ministry Guide to help you apply the truth to your own life and find greater freedom in the presence of the living Christ.

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Product Details

  • ISBN-13: 9789875572584
  • Publisher: Peniel
  • Publication date: 1/28/2010
  • Language: Spanish
  • Pages: 288
  • Product dimensions: 5.90 (w) x 8.90 (h) x 0.60 (d)

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SANIDAD DE LAS HERIDAS EMOCIONALES

Removiendo los obstáculos en la intimidad con Dios
By THOM GARDNER

ZONDERVAN

Copyright © 2009 Editorial Peniel
All right reserved.

ISBN: 978-987-557-258-4


Chapter One

"Dejen que los niños ..."

Jesús dijo: "Dejen que los niños vengan a mí ..." -Marcos 10:14

Un niño, tal vez de segundo o tercer grado, se para en medio de la clase preparado para ensayar el programa de la próxima Navidad. Mientras los demás estudiantes regresan del patio, llenos de energía, pero también muy entusiasmados, pues piensan en la ocasión especial a la que toda su familia asistirá para escucharlos cantar. Todos están reunidos y riendo en el estrado del coro, la maestra de música les llama la atención y comienza el ensayo. En el piano se escucha la introducción de la primera canción y el pequeño niño abre su boca para cantar junto a sus compañeros. No tiene buena voz y canta a grito pelado con voz monótona, con la misma vehemencia con que gritó un rato antes cuando jugaba en el patio. Mientras intenta cantar la primera selección, mira a la maestra quien cambia su agradable sonrisa por un gesto de enojo e indignación. Avergonzada, detiene el ensayo, mira fijamente al pequeño y delante de toda la clase le pide que dejede cantar.

Por un momento contemple esta escena con los ojos de su corazón. Imagine cómo se siente el niño cuando la maestra con su actitud arruina ese momento tan especial para él. ¿Puede percibir al pequeño, que abre su boca y su corazón solo para recibir un comentario hiriente y falto de sensibilidad de tan imprudente maestra? Casi puede ver como él agacha su cabeza. Este niño vivaz, quien minutos antes rebozaba de felicidad, tiene los ojos llenos de lágrimas ante la incómoda mirada de todos. Se siente avergonzado frente a sus compañeros y, por el resto de su vida, será reacio abrir su boca para volver a cantar o quizá para dar una opinión por temor a que lo hagan callar otra vez. Me pregunto qué clase de trabajos podrá desempeñar cuando crezca y cómo criará a sus hijos en el futuro.

Esta historia está basada en un hecho real que se trató en una reunión de consejería y sanidad interior en nuestro ministerio. Este único hecho sembró una semilla que dejó una huella profunda en la vida del jovencito, quien se convirtió en un hombre que sufría de ataques de pánico, aterrorizado ante los cambios que pudieran producirse en su vida.

Las semillas que sembramos

Observamos este tipo de escenas en la vida cotidiana de la mayoría de las familias. Miles de pequeños acontecimientos aparentemente inofensivos pasan por nuestro corazón de forma casi inadvertida, pero plantan semillas que dejan una huella que afectará el resto de nuestra vida. Como padre me obsesiono un poco con respecto a la clase de semillas que debí plantar en el corazón de mis hijos. Nuestras palabras y acciones son como semillas en sus vidas, y todos nosotros hemos sembrado toda clase de ellas, buenas y malas. Obviamente, no necesitamos cura alguna para los efectos que producen las buenas semillas, tales como la afirmación positiva y la bendición paterna. Sin embargo la mayoría de nosotros, como fértiles semilleros, hemos recibido semillas que han sufrido ciertas modificaciones y dieron frutos negativos, que a su vez, contienen más semillas que se sembrarán en nuestras generaciones futuras.

Muchas veces, nos encontramos con niños como este pequeño que cantaba en el coro, pero tal vez no parecen niños porque van por la vida ocultos en padres, maestros, meseras, albañiles, abogados o médicos. Sin embargo, en lo más profundo de su ser son pequeños niños cabizbajos y atemorizados, que sin poder mirarnos a los ojos, se preguntan qué opinión tendremos de ellos. Piensan si podremos verlos ocultos en cuerpos adultos, jugando a disfrazarse con la ropa de papá y mamá. Antes de que nuestro corazón se llene de indignación y nos sintamos molestos debido a la escena que protagonizó la maestra, debemos recordar que es muy probable, que su reacción también fuera el fruto de aquello sembrado en su propia vida. Ella vivía con los recuerdos que había atesorado en su corazón. Jesús dijo: "... de lo que abunda en el corazón habla la boca" (Lucas 6:45). Es muy probable que en alguna parte del camino, en el corazón de la maestra se sembraran semillas viles y simplemente las hiciera fructificar. Era una niña herida que creció convirtiéndose en una mujer, sin embargo en su interior aún es una niña atemorizada que piensa que su concierto resultará un fracaso si permite que un alumno descuidado e inexperto cante en el coro. No podía arriesgarse a enfrentar la desaprobación de los padres y de sus propios compañeros, ahí presentes. Las posibilidades son infinitas, pero sin duda su actitud hacia el alumno durante la clase de música fue el resultado de las semillas plantadas en su propia vida.

Aunque durante los primeros años de nuestra vida existen muchas cuestiones que nos condicionan, el hogar y la familia constituyen el semillero principal que determina la clase de fruto que produciremos el resto de nuestra vida. Estos son como un espejo que refleja cómo nos vemos a nosotros mismos, como un tragaluz que afecta la forma en que contemplamos a Dios, como una ventana que afecta la manera en que percibimos a los demás y como una puerta que afecta nuestra forma de ver al resto del mundo.

No es nuestra intención perdonar el pecado y el comportamiento ofensivo de los demás, pero debemos mirar más allá de lo evidente y dejar que nuestro corazón se llene de comprensión y compasión al ver a los otros niños heridos a nuestro alrededor.

Cuando la maestra reprendió a su pequeño alumno, plantó en su corazón la semilla de una mentira. Una mentira que afirmaba: tú no eres bueno, eres una vergüenza o infinidad de palabras similares con la intención de descalificarlo. Durante nuestros encuentros de capacitación utilicé este relato tomado de la vida real y me ha sorprendido ver a los participantes con los ojos llenos de lágrimas al recordar un acontecimiento similar acaecido en sus propias vidas. Muchos quedaban cabizbajos, como el pequeño del relato, al recordar una mala experiencia durante una clase de lectura en la escuela o cómo su padre o algún hermano mayor los había ridiculizado.

Vivir en la presencia de Dios

Amados, el Señor tiene pasión por nuestros pequeños rostros. Hemos sido creados para vivir en su presencia, literalmente ante su rostro, sin nada que se interponga entre Él y nosotros. El objetivo principal de su afecto y propósito en nosotros es contemplar nuestros rostros. El adulto que está en nosotros desea convencernos de que el propósito de Dios para nuestra vida es un ministerio muy pesado, lento e importante en el que podemos perder nuestra identidad. Pero en verdad, nuestro mayor propósito es simplemente estar junto a Él, vivir en su presencia. Considero que este es el motivo fundamental que impulsó a Dios a entregar el primer mandamiento al pueblo de Israel: "No tengas otros dioses entre tu rostro y el mío" (paráfrasis de Éxodo 20:3). Si pudiéramos comprender el significado de este mandamiento sería un poco más sencillo seguir los demás.

En alguna parte de nuestro camino nos lastimaron y ese hecho provocó que nuestra atención se desviara de la presencia o rostro de Dios para enfocarse en nuestras heridas. Nos apartamos del Dios vivo, para servir a pequeños dioses como el temor y la vergüenza, y por consiguiente quedamos detenidos en el tiempo. Cuando ante el menor conflicto, nos invade la ira, en realidad, se trata de la ira y la inseguridad propias del niño herido que aún vive en nosotros, alejado de la presencia de Dios.

Recuerdo al niño en la clase de música, concentrado en sí mismo para evitar futuras heridas. Su habilidad para recibir el amor de su padre celestial fue sesgada por el comportamiento de un adulto inseguro. Los niños creen que los adultos dicen siempre la verdad; los adultos como tales, ciertamente no les mentirían, si piensan que los niños no son buenos, debe ser así.

Los adultos, también son niños heridos con la profunda necesidad de regresar a la presencia de su creador.

Los niños heridos se encuentran entre nosotros

Durante mis entrevistas de sanidad interior, vi a una niña de doce años triste y con el corazón herido, a quien le negaron la entrada a la iglesia por el simple hecho de provenir de un estrato social bajo y muy mal considerado. Ahora se vestía como una abuela de setenta años en un intento por encontrar su lugar ante Dios. En otra oportunidad, pude ver a un joven de quince años, que nunca lograba hacer algo lo suficientemente bueno ante los ojos de su padre. En la actualidad, este joven lleva trajes costosos y dirige una empresa, sin embargo vive atemorizado con la idea de cometer errores que perjudiquen su trabajo. Hay personas de todas las edades que se ocultan tras diversos disfraces, pero que aún en lo más profundo de su ser, son niños atemorizados.

Recuerdo haber ministrado a un joven, quien en su vida adulta luchaba por alcanzar la aprobación de lo demás. Era un hombre solitario y siempre evitaba involucrase en relaciones profundas y responsables. Cuando oramos juntos, descubrimos que en lo más profundo de su corazón, aún vivía un niño de once años que tocó un solo con su trompeta y cometió muchos errores. Al finalizar el concierto, cuando el joven se encontró entre bastidores con su padre, una figura pública, en vez de sentirse feliz por la actuación de su hijo dijo:

-Bueno hijo, arruinaste todo.

De más está decir que este acontecimiento marcó la vida del pequeño. Ese día una semilla se plantó en su corazón que produjo en su futuro una cosecha de vergüenza. Los crueles y egocéntricos comentarios del padre, sembraron una mentira en el corazón del hijo, esta actitud lo llevó a aislarse y lo convirtió en un hombre solitario, incapaz de sentir la seguridad de ser amado por su padre.

¿Cómo podemos ayudar a todos los niños heridos que nos circundan? Resulta interesante notar que los niños que he mencionado son creyentes y sirven al Señor de la mejor forma posible. Su condición espiritual no es el tema, la cuestión reside en las semillas de mentira que se plantaron y que llevan con ellos a lo largo de su vida. Estas semillas afectan su comportamiento y su relación tanto con Dios como con los demás seres humanos.

Los niños heridos están por doquier; encubrimos su existencia y los ignoramos, pero están aquí. Algunos de esos niños somos nosotros mismos. El Señor no está dispuesto a abandonar a ningún niño inmerso en su dolor, Él anhela atraernos hacia su presencia a fin de que podamos experimentar su extraordinaria sanidad. Amados, nuestro compasivo padre celestial observó cómo las semillas del mal se sembraban en nuestra vida y no se conformó con permanecer al margen y permitir que esos acontecimientos ocurrieran, sino que comenzó a dirigirnos con suavidad hacia su corazón donde hallamos sanidad para nuestras heridas. Desde el mismo día en que fuimos heridos Él comenzó a guiarnos hacia su presencia, al día de nuestra sanidad. Amados, hoy es el día!

Una invitación para recibir sanidad

El niño que cantaba en la clase de música fue invitado a transitar nuevamente por ese lugar de turbación y vergüenza, una escena que ahora se encuentra saturada de la presencia de Dios. Ese lugar de aflicción se convirtió en tierra santa, donde el Señor levantó la batuta y dirigió el ensayo, mientras que el pequeño alumno cantaba rebosante de alegría ante el sonriente rostro del Rey de reyes. Amados, la misma invitación espera a todos los niños que están ocultos dentro de nosotros. Nuestro Dios, compasivo y misericordioso, nos invita a que como niños curemos nuestras heridas en su abrazo paternal.

Hay infinidad de niños que sufren, niños que necesitan a Jesús. Toda vez que leo en La Biblia: "Dejen que los niños vengan a mí ..." puedo ver a Jesús deleitarse al contemplar sus pequeños rostros. ¿Puede oírlo decir: "Tráiganlos ... traigan a los pequeños ante mí?". Estimado amigo, Él está buscando su rostro. Jesús invita a ese pequeño ser herido a acercarse a su presencia, desea enjugar sus lágrimas y contarle toda la verdad sobre su propia vida. Cristo puede quitar todo aquello que se interponga entre su rostro y el de Dios, y todos los obstáculos que encuentre en su vida. "Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros" (Isaías 53:6). Él es nuestra paz, es quien anhela mostrarnos su misericordia, prodigarnos su presencia y compasión. Desea ser nuestro guía a fin de que encontremos la verdad y la paz que necesitamos. Él nos ha observado y ahora extiende sus brazos abiertos hacia nosotros y nos ofrece la sanidad de nuestras heridas.

Jesús nos dice:

... lo sanaré; lo guiaré (...) lo colmaré de consuelo (...) haré proclamar esta alabanza: Paz a los que están lejos, y paz a los que están cerca! Yo los sanaré -dice el Señor. -Isaías 57:18-19

(Continues...)



Excerpted from SANIDAD DE LAS HERIDAS EMOCIONALES by THOM GARDNER Copyright © 2009 by Editorial Peniel. Excerpted by permission.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Prólogo del autor....................5
Prefacio....................7
Introducción....................9
Primera parte La necesidad de traer sanidad a las heridas emocionales....................13
Capítulo 1 "Dejenquelosniños ..."....................15
Capítulo 2 Un evangelio completo....................23
Capítulo 3 Vivir con mentiras que encadenan....................33
Capítulo 4 Ecosemocionales....................45
Capítulo 5 Derribe los altares....................53
Capítulo 6 Cambie las cerraduras....................75
Capítulo 7 Mire hacia ambos lados del camino....................85
Segunda parte El proceso para sanar las heridas emocionales....................93
Capítulo 8 ¿Tiene temor a la oscuridad? (Sanidad para el problema del temor)....................95
Capítulo 9 ¿Cuál es su nombre? (Sanidad para el problema del rechazo)....................109
Capítulo 10 Vivir en un segundo plano (Sanidad para el complejo de inferioridad)....................123
Capítulo 11 No se lamente por lo que no tiene remedio (Sanidad para el problema de la vergüenza y los sentimientos de culpa)....................137
Capítulo 12 Vivir al borde del abismo (Sanidad para el problema de la inseguridad)....................153
Capítulo 13 Con las mangas desgarradas (Sanidad para el problema de la deshonra)....................169
Capítulo 14 La sensación de vacío interior (Sanidad para el problema de la desesperanza)....................181
Tercera parte Caminar en laverdad....................197
Capítulo 15 Continuará....................199
Guía personal para el ministerio....................209
Bibliografía....................285
Informaciónministerial....................287
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