Sin Fidel: Los ultimos anos de Fidel Castro, sus enemigos y el futura de Cuba

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Un esclarecedor relato del último capítulo de la vida de Fidel Castro: su cercano encuentro con la muerte en 2006, sus enemigos y la planeada sucesión de su hermano Raúl.
 
Desde 1959, Fidel Castro ha presidido uno de los más controversiales y combativos gobiernos del mundo, enfrentando a los Estados Unidos y afincado en el centro de una cultura divida entre dos ciudades: Miami y La Habana. A ...

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Un esclarecedor relato del último capítulo de la vida de Fidel Castro: su cercano encuentro con la muerte en 2006, sus enemigos y la planeada sucesión de su hermano Raúl.
 
Desde 1959, Fidel Castro ha presidido uno de los más controversiales y combativos gobiernos del mundo, enfrentando a los Estados Unidos y afincado en el centro de una cultura divida entre dos ciudades: Miami y La Habana. A partir de casi dos décadas de periodismo en profundidad y de incontables entrevistas con los protagonistas, Ann Louise Bardach ofrece en este fascinante libro una crónica deslumbrante sobre la confrontación política entre los Estados Unidos y Cuba, donde figuran tanto los hermanos Castro y otros miembros de la familia, como cubanos corrientes y oficiales y políticos en Miami, La Habana y Washington. El resultado es un doble retrato inolvidable del clima político de la isla más importante del Caribe: una investigación clave sobre su presente y su futuro tras medio siglo de dictadura, división y conflicto.

Uno de los mejores libros del año de The Miami Herald

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Product Details

  • ISBN-13: 9780307947758
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 9/25/2012
  • Language: Spanish
  • Edition description: Translatio
  • Pages: 496
  • Sales rank: 926,564
  • Product dimensions: 5.20 (w) x 7.90 (h) x 1.10 (d)

Meet the Author

Ann Louise Bardach ha cubierto las relaciones entre Cuba y Estados Unidos desde 1992 para Vanity Fair, The New York Times, The Washington Post, 60 Minutes y Slate, entre otros muchos medios. Es la autora de Cuba Confidential: Love and Vengeance in Miami and Havana, editora de Cuba: A Traveler’s Companion y coeditora de The Prison Letters of Fidel Castro. Es miembro de la institución Brookings y profesora de periodismo global en la Universidad de California.
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Del prologo de Ann Louise Bardach

Lo que empezó como una crónica del último capítulo de Fidel Castro y la transición que seguiría a su esperada muerte, fue evolucionando hasta convertirse en un libro muy diferente. Después de todo, Fidel no murió, aun cuando, en sus propias palabras, sufría una enfermedad mortal el 27 de julio de 2006.
 
Tras una serie de malas operaciones e infecciones rabiosas que habrían derribado a cualquier otro, sobrevivió a “puras agallas”. Rehusó rendirse, alejarse o morir.
 
Durante los siguientes seis años, mimado en un ultramoderno hospital y en salas de recuperación casera, Castro pudo reflexionar sobre su vida con cierta satisfacción. Alcanzadas las metas que más le importaron, incluida su supervivencia personal y política, vivía para presenciar el quincuagésimo aniversario de la Revolución que emprendió en las colinas de Oriente y había llevado a La Habana.
 
Otra de sus fuentes de satisfacción consistía en la serie de gobiernos simpatizantes de izquierda que se instalaron en toda Latinoamérica. Mientras luchaba contra las humillaciones de la mala salud, Castro pudo hallar consuelo en el sólo hecho de observar un mapa del hemisferio. Estaban los compañeros socialistas recalcitrantes, Hugo Chávez de Venezuela y Evo Morales de Bolivia, seguidos de una segunda hilera de aliados como Lula y las presidentas Dilma Rousseff de Brasil y Cristina Kirchner de Argentina, junto con incondicionales como Daniel Ortega en Nicaragua y Mauricio Funes en El Salvador. Incluso extrajo una disculpa al presidente Álvaro Colom, de Guatemala, quien “pidió oficialmente el perdón de Cuba” por el papel de su país como el trampolín para la invasión de Bahía de Cochinos en 1961. Hubo otras señales favorables que animaron al hombre fuerte de Cuba. En octubre de 2011, la Asamblea General de la ONU votó por vigésimo año sin interrupción en favor de condenar el embargo estadounidense a Cuba, esta vez por un voto de 186 contra dos.
 
Mientras Castro perseveraba desde su cama de hospital, lo que empezó como una investigación y meditación sobre el hombre sempiterno de Cuba se convirtió en una trilogía. La primera parte, “La larga agonía”, relata la historia de su mayor batalla: su negativa a cruzar las puertas de la muerte con la agilidad (o la suerte) de Lázaro. El reportaje implicó penetrar en la burbuja herméticamente sellada que rodea a Castro, fieramente reservado y oficialmente retirado, mediante contactos con miembros de su familia, sus médicos y sus colegas. Tras recuperar parte de su salud, el Comandante, cual ave Fénix, no pudo resistirse a intervenir en el estado de las cosas. Con tal fin, creó dos nuevos papeles para sí: Fidel el mago, que tira de las cuerdas entre bambalinas, y el experto en jefe de su país a quien debe prestársele atención.
 
La segunda parte, “La obsesión de Fidel”, es la saga de los enemigos más dedicados de Castro y su peculiar relación con los líderes políticos de Miami y Washington. En virtud de su longevidad política y humana, vivió para ver caer a muchos de sus enemigos antes que él.
 
Sin embargo, dos antiguos compañeros de escuela de Castro perseveraron y se convirtieron en sus más tenaces cazadores. Al final, Luis Posada Carriles y Orlando Bosch lo igualaron en audacia y determinación, pero no en estrategia ni artimañas. Sin embargo, su infatigable designio de eliminar a Castro —no obstante las numerosas muertes de civiles— no careció de admiradores. Entre ellos estaban algunos partidarios de tres administradores de Bush, dos de la Casa Blanca y un tercero en Florida, cuando Jeb Bush era gobernador. Castro odiaba y, hasta cierto grado, temía a la familia Bush, a la que consideraba aliada de sus más encarnizados enemigos. Las acciones tanto abiertas como encubiertas para derribar a Castro empezaron como una historia paralela a la Guerra Fría. De ahí en adelante la lucha continuaría, alimentada por una idiosincrasia de tierra quemada, una industria anticastrista y una decepción inconsolable.
 
La tercera parte, “El reinado de Raúl”, es la historia de la vacilante entrada de Raúl Castro en el escenario central de La Habana luego de que éste sucumbiera a la enfermedad. Me he centrado en la historia política y personal de los nuevos líderes de Cuba —con particular atención en Raúl y su círculo privado—, sus antecedentes, su ideología y los rasgos que distinguen al actual presidente de su hermano mayor.
 
Al anunciarse la administración de Obama en 2008, Raúl Castro lanzó una propuesta provocativa: Cuba enviaría a 55 de sus prisioneros políticos más valiosos, sobre todo a defensores de los derechos humanos, a los Estados Unidos, a cambio de la devolución de “Los Cinco Héroes”, los cinco cubanos acusados de espionaje en Miami en 2001, elogiados por el gobierno cubano como mártires. “Hagamos un gesto a cambio de otro gesto”, declaró Raúl. “Si quieren a los disidentes, se los enviamos mañana mismo, con todo y sus familias. Pero regrésennos a nuestros Cinco Héroes.” La retórica —que identificaba el espionaje con la disidencia— mostraba que Raúl Castro es discípulo de su hermano. También era una estrategia típica de Fidel: recuperar a tus jugadores mientras exportas a tus enemigos. Y cuando eso fracasó, en 2009, los cubanos arrestaron a Alan Gross, el desafortunado asesor de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés). Lo acusaron de subversión por distribuir teléfonos satelitales y computadoras, y lo sentenciaron a quince años de prisión. Hoy Cuba tiene una valiosa moneda de cambio.
 
Con casi dos décadas de cobertura informativa sobre la política de Cuba y Miami, he buscado proveer cierto contexto histórico y cultural a lo que es el bien raíz más codiciado del hemisferio occidental. Los ecosistemas tan únicos de las capitales gemelas de Cuba —La Habana y Miami— han contribuido cada uno a fomentar y asegurar medio siglo de hostilidad entre la primera superpotencia mundial y una isla del Caribe.
 
También he incursionado en ciertos terrenos que, a mi parecer, han imbuido preternaturalmente la cultura política cubana: la denuncia, el espionaje, el alcoholismo y el suicidio. Rara vez se repara en el hecho de que Cuba ha encabezado el número de suicidios en el hemisferio durante siglos, un macabro fenómeno enraizado en la conquista española. El espionaje y la delación tan penetrantes son tradiciones centenarias que llegaron a convertirse en una ciencia de inteligencia tras la Revolución. Quizá éstas constituyan el rasgo más corrosivo del legado castrista.
 
El concierto de homenaje por el cumpleaños 85 de Fidel Castro, realizado el año pasado en el Teatro Karl Marx de La Habana, fue anunciado como la “Serenata de la Fidelidad”. De los juegos espontáneos de palabras relativos al nombre del máximo líder de Cuba yo prefiero el de “Fideliad” [sic], el cual designa su épico, exhaustivo e interminable mandato, que empezó en 1959. Unos cinco mil asistentes acudieron al homenaje rendido por 22 cantantes, incluida Omara Portuondo, de Buena Vista Social Club, pero el invitado de honor no estuvo presente. En vez de eso, se conformó con una tranquila celebración con su familia, su hermano de 80 años y sucesor presidencial, Raúl, y su devoto discípulo el presidente Hugo Chávez de Venezuela. El irreprimible Chávez dio la noticia en Twitter el sábado por la tarde: “Aquí con Fidel, celebrando su 85 aniversario. ¡Viva Fidel!”
 
Durante la última década, ambos políticos han celebrado varios cumpleaños. Para su 75 aniversario en 2001, Castro viajó a Caracas para ir a una fiesta con Chávez, quien presidió una gala de champaña, seguida de un viaje en barco por las selvas tropicales venezolanas. La visita, dijo Chávez, “nos da una oportunidad para hacerle saber cuánto lo queremos”. Ignoramos cuántos cumpleaños le quedan a cada líder. Ambos enfrentan ahora sus mayores retos, que no son movimientos de oposición ni disidentes, sino sus propios cuerpos en deterioro. Fidel pasó su cumpleaños 80 en una cama de hospital, conectado a una bolsa de suero con antibióticos y nutrimentos. Sentado junto a él se encontraba Chávez, que ha estado ahí en cada etapa de la convalecencia de seis años y hecho viajes espontáneos a La Habana como si fuera a dar una vuelta a la manzana.
 
Ahora, el venezolano de 58 años lucha por su propia vida, después de que en el mejor hospital de Cuba le extrajeran del abdomen un tumor del tamaño de una pelota de béisbol en junio de 2011. Fue Fidel Castro, y no un oncólogo, cirujano o familiar, quien comunicó la mala noticia a Chávez tras su operación, y quien le anunció su pronóstico y tratamiento, junto con sus acostumbrados consejos sobre relaciones públicas y estrategias políticas. Es probable, a juzgar por lo que se sabe de sus cirugías y terapias, que Chávez tenga un cáncer colorrectal con metástasis. (Tras dos operaciones, pasó casi un año en las radiaciones y quimioterapias, a menudo aplicadas en La Habana.) Un indicio de la gravedad de su enfermedad es que ninguno de los dos líderes ha querido divulgar el diagnóstico real. Al final, Castro pasó buena parte de su cumpleaños dando a su amigo palabras de aliento. “Hablamos de todo”, relató Chávez a su regreso a Caracas. “Él me dijo: ‘Chávez, tú mismo puedes empezar a convencerte de que todo ha terminado… No, no ha terminado’.”
 
Irónicamente, los hombres fuertes más indómitos del hemisferio, enemigos decididos de Estados Unidos y de las economías de libre mercado, se han visto derribados, al menos por ahora, por afecciones abdominales —por sus vísceras, por decirlo así—. Es sólo una anomalía más que comparten el líder del país que posee la mayor reserva de petróleo y el de una isla caribeña plagada de deudas.
 
La simbiosis entre el emérito, antiguo (aunque en muchos sentidos actual) comandante en jefe y el coronel venezolano convertido en jeque petrolero es la alianza política más poderosa y fascinante del continente americano. Cinco años antes de convertirse en presidente en 1999 y dos años después de su fallido golpe de Estado, Chávez fue liberado de prisión y voló a La Habana con la esperanza de conocer a su héroe revolucionario. Al recibirlo en el aeropuerto estuvo él en persona. Desde entonces ha sido una fiesta de amor, en la que Chávez ha declarado que Venezuela navega en el “mar de felicidad” de Cuba.
 
Pero hay algo más decisivo. Después de que Cuba perdiera a su patrocinador ruso de más de tres década y su economía se viniera a pique, Chávez dio a su amigo uno de los regalos más magnánimos de la historia —alrededor de cien mil barriles de petróleo diarios, gratis y sin condiciones—, siempre y cuando Cuba los quisiera. A cambio, Castro envió miles de médicos a Venezuela: un trato que algunos llamaron, para ridiculizarlo, “aceite por ungüento”. Nadie duda sobre quién obtuvo la mejor parte.
 
Pero Chávez, quien felizmente llama a Castro “mi padre”, expresa una gratitud imperecedera. Y no sin razón. En 2002, cuando un golpe de Estado parecía haber derrocado a Chávez, fue Fidel quien estuvo noche tras noche al teléfono, asesorando a su benefactor con una estrategia para recuperar poder y despachar a sus enemigos. “¡No renuncies! ¡No renuncies!, seguí diciéndole”, relata Castro en su autobiografía. Desde entonces Ramiro Valdés, el preeminente policía y jefe de espías cubano, ha convertido Caracas en su segundo hogar y reorganizado el ejército, la fuerza policiaca y los servicios de Internet en Venezuela (un cable de fibra óptica conecta ambos países cual cordón umbilical). Los asesores cubanos, repartidos por los ministerios venezolanos, ofrecen consejo en todo, desde la alfabetización hasta los movimientos de oposición y las elecciones. Es muy probable que no vuelva a haber un golpe de Estado, ni muchas más elecciones.
 
“En el fondo”, dice el convaleciente jefe venezolano, “somos un solo gobierno”. No por nada se habla de “Venecuba”. Pero si fallara la salud de cualquiera de los dos líderes —y la de ambos está en el filo de la navaja— cambiaría todo el esquema. Uno no puede ignorar el simbolismo que rodea a Fidel Castro en Latinoamérica. En verdad, la legitimidad de Hugo Chávez como revolucionario bolivariano depende, en buena medida, de que recibe la asesoría de Castro. Y si Chávez sucumbe a la enfermedad o (de alguna manera) no lo reeligen, un sucesor menos generoso bien podría cerrar el grifo de petróleo para Cuba. Raúl Castro, quien trata de rescatar la economía en bancarrota de la isla con toda clase de arreglos y reformas, es particularmente dependiente de la munificencia venezolana.
 
Aunque los titanes estén enfermos, el cambio está ocurriendo en Cuba —de maneras grandes y pequeñas, antes inimaginables—. Tenemos como ejemplo el matrimonio de una mujer transexual y un hombre homosexual seropositivo en el 85 aniversario de Castro. Tras anunciarlo como su “regalo” para él, la feliz pareja paseó en un convertible por La Habana, donde a los hombres homosexuales se les podía llevar a campos de trabajo por “antirrevolucionarios”. La novia tuvo su operación de cambio de sexo en el Centro Nacional para la Educación Sexual, dirigido por Mariela Castro Espín, la hija con espíritu libre de Raúl, quien ha convertido a La Habana en el San Francisco del Caribe.
 
La tolerancia de las actividades empresariales también va en aumento. Pronto, los cubanos tendrán derecho a vender su casa, por primera vez desde que los Castro tomaron el poder. Y la administración de Obama ha eliminado varias de las restricciones absurdas y onerosas a los viajes hacia Cuba. Por supuesto, si Marco Rubio, el recalcitrante senador cubano-estadounidense por Florida, consigue la postulación republicana a la vicepresidencia para las elecciones de 2012, los demócratas van a sentir presión para apretar las tuercas del embargo una vez más. Y si los republicanos se imponen en 2012, es casi seguro que las relaciones volverán a la edad de piedra del no compromiso.
 
Aunque a Castro se le vio frágil y desequilibrado durante su breve aparición “en vivo” en la asamblea del Partido Comunista en abril de 2011, yo rebatiría cualquier suposición sobre una cita con su Creador. Digno rival del bíblico Lázaro, ha sobrevivido a tres cirugías de gran envergadura y la pérdida de una buena parte de sus vísceras abdominales, sin mencionar las gestiones de diez presidentes estadounidenses.
 
Ciertamente, hay suficientes miembros de la familia en puestos gubernamentales clave —entre los que destacan el poderoso hijo, un yerno y los nietos de Raúl— para garantizar cierto grado de gobierno dinástico en el futuro. Sin embargo, la preocupación y los ofrecimientos tan generosos del viejo Castro hacia su benefactor venezolano sugieren un miedo profundo y auténtico a que su isla pierda el patrocinio de Chávez. No obstante, en caso de que el líder venezolano “pasara a mejor vida” antes que él, el superestratega Fidel seguramente ha urdido algún plan de contingencia, tal como se viera obligado a forjar tras la retirada de los rusos. La confianza y el sentimentalismo no forman parte de su credo político. Al hablar sobre la traición de un compañero convertido en informante, Castro dijo que aprendió una lección vital: “No debes confiar en alguien tan sólo porque es un amigo”. Ni depender de él.

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Table of Contents

Índice

Agradecimientos

Árbol familiar de Fidel Castro Ruz

Árbol familiar de Raúl Castro Ruz

Prólogo

Primera Parte: LA LARGA AGONÍA

Capítulo uno: La búsqueda de la inmortalidad

Capítulo dos: La familia

Capítulo tres: La isla y el imperio

Capítulo cuatro: Escribir para la historia

Segunda Parte: LA OBSESIÓN DE FIDEL

Capítulo cinco: El pediatra y el exterminador

Capítulo seis: Asesinato en el cielo

Capítulo siete: Miami: en pie de lucha

Capítulo ocho: Réquiem por un asesino fallido

Tercera Parte: EL REINADO DE RAÚL

Capítulo nueve: El relevo

Capítulo diez: Todos los hombres del rey

Capítulo once: La Calle Ocho vista desde Foggy Bottom

Capítulo doce: El último turno

Lista de acrónimos

Espías, conspiradores, políticos y la ley

Línea del tiempo

El equipo de Raúl

Fuentes y bibliografía

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