Sombras de medianoche

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Los agrestes y frios territorios de Alaska han sido inundados por un mar de sangre. Las sombras acechan de nuevo y la ola de asesinatos hacen revivir en Alexandra Maguire terribles recuerdos de su pasado. Y de pronto, un extrano oscuro y seductor, con sus propios secretos, aparece en su vida. Enviado desde Boston para investigar estos salvajes ataques, el vampiro Kade tiene sus propios motivos para regresar al helado y olvidado lugar del que procede. Atormentado y avergonzado por algo acontecido hace anos, Kade ...
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Overview

Los agrestes y frios territorios de Alaska han sido inundados por un mar de sangre. Las sombras acechan de nuevo y la ola de asesinatos hacen revivir en Alexandra Maguire terribles recuerdos de su pasado. Y de pronto, un extrano oscuro y seductor, con sus propios secretos, aparece en su vida. Enviado desde Boston para investigar estos salvajes ataques, el vampiro Kade tiene sus propios motivos para regresar al helado y olvidado lugar del que procede. Atormentado y avergonzado por algo acontecido hace anos, Kade pronto sera consciente de la autentica amenaza a la que se enfrenta, una amenaza que pondra en peligro el fragil lazo que le une a una valiente y decidida mujer que despierta en el profundas pasiones y primitivas necesidades. Ninguno de los dos esta preparado para lo que les espera. Kade se ve obligado a arrastrar a Alex hasta un mundo plagado de sangre y oscuridad, en el que ambos deberan enfrentarse a sus propios demonios para mantener los que de verdad les importa y los une.
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Product Details

  • ISBN-13: 9788415410911
  • Publisher: Terciopelo
  • Publication date: 3/30/2014
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 336
  • Sales rank: 788,677
  • Product dimensions: 5.10 (w) x 7.60 (h) x 1.00 (d)

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Sombras de medianoche


By Lara Adrian, Violeta Lambert

Roca Editorial

Copyright © 2010 Lara Adrian, LLC
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4976-8438-6


CHAPTER 1

A 6.000 metros de altitud, por debajo de las alas del monomotor Havilland Beaver, la amplia franja helada del río Koyukuk brillaba iluminada por la luna como una cinta de diamantes triturados. Alexandra Maguire siguió el largo tramo de hielo atascado y agua cristalina al norte del pequeño pueblo de Harmony, con la parte trasera de su avión repleta de los suministros para uno de los pocos poblados del interior.

Junto a ella, en el asiento de la cabina de mandos, estaba sentada Luna, la mejor copiloto que había tenido nunca, aparte de su padre, quien le había enseñado a Alex todo lo que sabía sobre vuelos. La perra loba gris y blanca había pertenecido a Hank Maguire hasta hacía un par de años, cuando el alzhéimer había comenzado realmente a afectarle. Era difícil de creer que hubiera muerto hacía ya seis meses, aunque Alex a menudo sentía que lo había ido perdiendo lentamente mucho tiempo antes. Al menos la enfermedad que le había arrebatado su mente y sus recuerdos había terminado también con su dolor, en un pequeño gesto de piedad.

Ahora solo quedaban Luna y ella viviendo en la vieja casa de Harmony y haciendo que los suministros llegaran a la pequeña lista de clientes de Hank. Luna estaba sentada erguida junto a Alex, sus orejas señalando hacia delante, sus agudos ojos azules mirando atentamente el terreno montañoso de Brooks Range, su oscuridad, que como una mole llenaba el horizonte al noroeste. Mientras cruzaban el Círculo Polar Ártico, el perro se movió en el asiento y dejó escapar un pequeño gemido de ansiedad.

—No me digas que puedes oler la cecina de alce de Pop Toms desde aquí —dijo Alex, alargando la mano para despeinarle la gran cabeza peluda mientras continuaban por el norte de Koyukuk Middle Fork y pasaban los pequeños pueblos de Bettles y Evansville—. Todavía faltan veinte minutos para el desayuno, amiga. Puede que treinta si esa nube negra de tormenta que hay sobre Anaktuvuk decide interponerse en nuestro camino.

Alex miró el nubarrón negro que se avecinaba unos kilómetros más allá de su camino. El parte meteorológico anunciaba más nieve, nada inusual durante el mes de noviembre en Alaska, pero no eran exactamente las condiciones privilegiadas para la ruta de entregas de hoy. Soltó una maldición cuando el viento procedente de las montañas cobró velocidad y se hundió a lo largo de la cuenca del río para dar a aquel vuelo lleno de turbulencias todavía un poco más de emoción.

Lo peor había pasado justo cuando el teléfono móvil de Alex comenzó a vibrar en el bolsillo de su parka. Sacó el aparato y respondió a la llamada sin necesidad de saber quién había al otro lado de la línea.

—Hola, Jenna. —Como ruido de fondo en la casa de su mejor amiga, Alex pudo oír el servicio de radio forestal hablando de condiciones atmosféricas poco precisas y factores que hacían bajar en picado la sensación térmica—. Una tormenta va en tu camino y llegará en un par de horas. ¿Estás ya en tierra?

—Todavía no. —Pasó por otra serie de turbulencias al acercarse al pueblo de Wiseman y viró el avión de carga hacia la ruta que la llevaría a la primera parada que tenía programada—. Ahora estoy aproximadamente a unos diez minutos del local de Tom. Después de esa tengo tres paradas más. No debería llevarme más de una hora cada una, incluso con el viento en contra que estoy atravesando ahora. Creo que para entonces la tormenta ya habrá pasado.

Era una esperanza, más que una estimación cualificada, y la hacía más por solidaridad con su amiga, a quien notaba preocupada, que por inquietud por su propia seguridad. Alex era una piloto excelente, y demasiado bien entrenada por Hank Maguire como para hacer algún movimiento temerario, pero la cuestión era que los suministros que cargaba ya se habían retrasado una semana por culpa del mal tiempo. No iba a permitir que unos pocos copos de nieve o una brisa ventosa le impidieran entregar el cargamento a las familias del interior que contaban con ella para tener comida y combustible.

—Va todo bien, Jenna. Ya sabes que soy cuidadosa.

—Sí —dijo ella—. Pero los accidentes ocurren ...

Alex debería decirle a Jenna que no se preocupara, pero decirlo no serviría para nada. Su amiga sabía tan bien como cualquiera —tal vez mejor que nadie— que el credo no oficial de los pilotos acostumbrados a zonas inhóspitas era aproximadamente el mismo que el de un agente de policía. "Tienes que ir, pero no tienes por qué volver."

Jenna Tucker-Darrow, antigua policía local de una larga sucesión de policías locales y viuda de uno de ellos, guardó silencio durante un largo momento. Alex sabía que la mente de su amiga probablemente iba por un camino oscuro, así que trató de llenar el silencio con un poco de cháchara.

—Oye, cuando hablé con Pop Toms ayer, me dijo que había ahumado una buena cantidad de carne de alce. ¿Quieres que trate de engatusarlo para que me dé un poco de cecina extra para ti?

Jenna se rio, pero su risa sonó como si sus pensamientos estuvieran a un millón de kilómetros de distancia.

—Por supuesto. Si crees que Luna te dejará que la traigas hasta aquí, me gustaría.

—Cuenta con ello. Lo único mejor que la cecina de alce de Pop son sus panecillos y la carne asada. Con un poco de suerte llevaré las dos cosas.

Desayunar en el local de Pop Toms como intercambio de las entregas quincenales era una tradición que había comenzado el padre de Alex. Era una de esas tradiciones que le gustaba mantener, aunque el precio de la gasolina del avión de carga superara el de las sencillas comidas de Pop. Pero a Alex le gustaba el viejo tipo y su familia. Eran buena gente, gente sencilla que vivía de manera auténtica en la misma tierra escarpada que había dado sustento a generaciones de parientes incondicionales.

La idea de sentarse ante un desayuno casero caliente y comentar los sucesos de la semana con Pop Toms lograba que cada sacudida y bajada en picado en aquel remoto lugar valieran la pena. Cuando pasó la última cadena de colinas y comenzó el descenso hacia la pequeña zona de aterrizaje detrás del almacén de Pop Store, Alex imaginó el olor entre dulce y salado de la carne ahumada y los bollos de mantequilla que ya estarían calentándose en el horno de leña cuando ella llegara.

—Escucha, será mejor que te deje —le dijo a Jenna—. Voy a necesitar las dos manos para aterrizar esta cosa, y ... —Las palabras se le atoraron en la garganta. Algo extraño le llamó la atención en la tierra que veía a sus pies. En la oscura mañana invernal, no podía distinguir qué era el bulto cubierto de nieve que veía, pero fuera lo que fuese hizo que se erizara el vello de su nuca.

—¿Alex?

No pudo responder enseguida, toda su atención se hallaba concentrada en el extraño bulto que veía abajo. El terror subió por su columna, tan helado como el viento que golpeaba el parabrisas.

—Alex, ¿todavía estás ahí?

—Yo ... sí, estoy aquí.

—¿Qué está pasando?

—No estoy segura. Tengo el local de Pop justo delante, pero algo no va bien.

—¿Qué quieres decir?

—No lo sé exactamente. —Alex miró a través de la ventana del copiloto mientras acercaba el avión de carga, preparada para aterrizar—. Hay algo en la nieve. No se mueve. Oh, Dios ... creo que es una persona.

—¿Estás segura?

—No lo sé —murmuró Alex en el teléfono móvil, pero por la manera en que le martilleaba el pulso no había duda de que estaba contemplando a un ser humano tendido y cubierto de nieve.

Un ser humano muerto, si es que llevaba más de un par de horas con aquel frío extenuante.

¿Pero cómo podía ser? Eran casi las nueve de la mañana. Aunque la luz del día no llegara hasta cerca del mediodía en aquel norte lejano, Pop debería estar despierto desde hace horas. Las otras personas del lugar, su hermana y su familia, tendrían que estar ciegos para no darse cuenta de que faltaba uno de ellos y que además yacía desplomado justo ante sus puertas.

—Háblame, Alex —estaba diciendo ahora Jenna, con su tono de policía, con esa voz que exigía ser obedecida—. Dime qué está pasando.

Mientras descendía para empezar el aterrizaje, Alex divisó otra forma preocupante en el terreno. Estaba tendida entre la casa de Pop Toms y la hilera de árboles del bosque de alrededor. La nieve que rodeaba el cuerpo estaba empapada de sangre, manchas oscuras que se filtraban a través de la manta de nieve fresca con una horrible intensidad.

—Oh, Jesús —murmuró por lo bajo—. Aquí ocurre algo malo, Jenna. Ha ocurrido algo horrible. Hay más de una persona aquí fuera. Algo les ha hecho daño.

—¿Quieres decir que están heridos?

—Muertos —murmuró Alex, y la boca se le secó ante la certeza de lo que estaba viendo—. Oh, Dios, Jenna ... hay sangre. Mucha sangre.

—Mierda —susurró Jenna—. De acuerdo, escúchame, Alex. Quiero que te quedes conmigo al teléfono. Da la vuelta y regresa al pueblo. Voy a llamar a Zach por la radio mientras te tengo al teléfono conmigo, ¿de acuerdo? Sea lo que sea lo que haya pasado, creo que debemos dejar que Zach se haga cargo. No te acerques ...

—No puedo dejarlos solos —soltó Alex—. Ahí abajo puede haber gente herida. Pueden necesitar ayuda. No puedo dar media vuelta y dejarlos ahora. Oh, Dios. Tengo que bajar y ver qué puedo hacer.

—Alex, maldita sea, no ...

—Tengo que ir —dijo—. Estoy a punto de aterrizar.

Ignorando las órdenes de Jenna, que seguía insistiendo en que había que dejar la situación en manos de Zach Tucker, hermano de Jenna y el único oficial de policía en un radio de ciento cincuenta kilómetros, Alex cortó la comunicación e hizo bajar el avión de carga hacia el pequeño terreno de aterrizaje. Hizo una parada brusca levantando polvo; no fue un aterrizaje de lo más elegante pero estaba bastante bien considerando que cada terminación nerviosa de su cuerpo estaba en estado de alerta por culpa del pánico. Apagó el motor y tan pronto como abrió la puerta de la cabina de mandos, Luna saltó a su regazo para bajar del avión y salir corriendo hacia el centro del grupo de casas.

¡Luna!

La voz de Alex hizo eco en el sobrecogedor silencio del lugar. La perra loba estaba ahora fuera de su campo de visión. Alex bajó del avión y llamó a Luna una vez más, pero solo obtuvo silencio por respuesta. Nadie salió de las casas cercanas para recibirla. No había señal de Pop Toms en la cabaña de troncos que se veía a unos cien metros. Tampoco había señal de Teddy, que a pesar de la máscara de indiferencia adolescente, adoraba a Luna tanto como la perra lo adoraba a él. No había señal de la hermana de Pop, Ruthanne, ni de su maridos y sus hijos mayores, que habitualmente se levantaban antes del amanecer en noviembre y cuidaban del lugar. Todo estaba en silencio, completamente falto de vida.

—Mierda —susurró Alex, con el corazón martilleándole en el pecho.

¿Qué demonios había ocurrido allí? ¿En qué clase de peligro se estaría metiendo al bajar del avión?

Mientras iba a buscar su rifle cargado, la mente de Alex se aferró a la posibilidad más sombría. En pleno invierno en el interior, no era insólito que alguien enloqueciera y atacara a su vecino o se hiriera de gravedad a sí mismo. O tal vez ambas cosas. No quería ni pensarlo ... no podía imaginarse a ninguna persona de aquel grupo en esa situación, ni siquiera al huraño de Teddy, aunque a Pop le preocupara que últimamente se relacionara con malas influencias.

Con el rifle preparado, Alex bajó del avión de carga y se encaminó en la dirección por la que había salido corriendo Luna. La última nieve que había caído durante la noche estaba blanda bajo sus botas, y amortiguaba el sonido de sus pasos mientras se acercaba cuidadosamente al almacén de Pop. La puerta trasera no estaba cerrada con candado, y había quedado entreabierta con el palmo de nieve que había comenzado a acumularse en el umbral y le hacía de cuña. Nadie había pisado aquel lugar como mínimo durante varias horas.

Alex tragó saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta. No se atrevía a llamar a nadie. Casi no se atrevía ni a respirar mientras pasaba por delante del almacén y continuaba avanzando hacia el grupo de cabañas que había más adelante. El ladrido de Luna le provocó un sobresalto. La perra loba estaba sentada varios metros más lejos. A sus pies yacía una de las formas sin vida que Alex había divisado desde el aire. Luna ladró una vez más, tratando de mover el cuerpo con la ayuda de su hocico.

—Oh, Dios ... ¿quién puede ser? —susurró Alex, echando otro vistazo alrededor del silencioso lugar mientras sostenía el arma con firmeza. Los pies le pesaban toneladas mientras avanzaba hacia Luna y ese bulto inmóvil cubierto por la nieve—. Buena chica. Ya estoy aquí. Ahora déjame mirar.

Que Dios la ayudase, no necesitaba acercarse mucho para ver que era Teddy quien estaba tendido allí. La camisa favorita del joven, de franela negra y roja, estaba pegada a la parka ensangrentada y despedazada. Su pelo castaño oscuro estaba helado y pegado a las mejillas y la frente, su piel color oliva, congelada y como de cera, teñida de azul en las zonas que no estaban cubiertas de sangre coagulada procedente de la herida abierta en la laringe.

Alex retrocedió unos pasos, ahogando un grito ante la realidad que acababa de golpearla. Teddy estaba muerto. Apenas era un crío, por el amor de Dios, y alguien lo había matado y dejado allí abandonado como a un animal.

Y él no era el único que había sufrido ese destino en aquella remota aldea familiar. Presa de la conmoción y el miedo, Alex retrocedió un paso del cuerpo de Teddy y volvió la cabeza para mirar la casa y la zona a su alrededor. Una puerta se había salido de sus bisagras. Otro bulto sin vida yacía junto a una de las cabañas. Y otro más, justo debajo de la puerta abierta de un camión de recogida aparcado junto a un viejo depósito de madera.

—Oh, Dios ... no.

Y ahí estaba el cuerpo que había visto cuando descendía sobre el lugar, aquel que parecía el de Pop Toms, muerto y ensangrentado justo donde se abría el bosque que había detrás de la casa.

Agarró el rifle con firmeza, a pesar de que dudaba de que el asesino —o los asesinos, a juzgar por la carnicería que estaba viendo— se hubieran quedado esperando, y se dirigió hacia una mancha de nieve escarlata que había cerca de una hilera de árboles, con Luna pisándole los talones.

El corazón y el estómago de Alex se le retorcían con cada paso que daba. No quería ver a Pop en aquel estado, no quería ver a ningún ser querido maltratado y roto y ensangrentado ... nunca más.

Sin embargo no pudo evitar que sus pies se movieran y tampoco pudo evitar arrodillarse junto al espeluznante cuerpo que yacía boca abajo, el cuerpo del hombre que siempre la recibía con una sonrisa y un enorme y cálido abrazo. Alex dejó el arma junto a ella en la nieve roja. Un llanto silencioso estalló en su garganta, pero estiró el brazo y con cuidado movió al hombre por el hombro. El rostro ciego y arruinado le heló la sangre en las venas. Su expresión de puro terror se había congelado en aquellas facciones que antes habían sido joviales. Alex ni siquiera quería imaginar el horror que debía de haber contemplado en el instante antes de su muerte.

"Ahí estaba de nuevo ..."

El antiguo recuerdo la asaltó desde un oscuro lugar del pasado. Alex sintió el afilado mordisco, oyó los gritos que habían desgarrado la noche, y también su vida, para siempre.

"No."

Alex no quería revivir aquel dolor. No quería pensar en esa noche, y mucho menos ahora. No ahora que estaba rodeada de tanta muerte. No ahora que estaba completamente sola. No podía soportar la idea de desenterrar el pasado que había dejado dieciocho años antes y miles de kilómetros detrás de ella.

Pero trepó entre sus pensamientos como si fuera ayer. Como si estuviera ocurriendo otra vez, tuvo la inquebrantable sensación de que el mismo tipo de horror que ella y su padre habían soportado tanto tiempo atrás en Florida se había cernido ahora sobre esa familia inocente de los solitarios bosques de Alaska. Alex reprimió un sollozo y se secó las lágrimas que le quemaban las mejillas al congelarse sobre su piel.

Un gruñido de Luna a su lado interrumpió sus pensamientos. La perra estaba olisqueando en la nieve junto al cuerpo, con el hocico enterrado en el polvo. Avanzó siguiendo el olor que conducía hacia los árboles. Alex se levantó para descubrir lo que había encontrado Luna. Al principio no lo vio, luego, cuando logró verlo, no pudo asimilarlo en su mente.

Era una huella, manchada de sangre y parcialmente oculta por la nieve recién caída. Una huella humana que debía corresponder a un tamaño de calzado enorme. Pero el pie de esa huella estaba desnudo ... algo más que insólito con aquel frío mortal, prácticamente imposible.


(Continues...)

Excerpted from Sombras de medianoche by Lara Adrian, Violeta Lambert. Copyright © 2010 Lara Adrian, LLC. Excerpted by permission of Roca Editorial.
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