Teologia sacramental: Fuentes de gracia, caminos de vida

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Fundamentos de la fe católica:
serie ministerio pastoral

El presente libro es una introducción a la historia, la teología y la práctica pastoral de la liturgia y los sacramentos de la Iglesia. Está dirigido principalmente a quienes no tuvieron la oportunidad de participar en un programa formal y sistemático de estudio y reflexión teológica. Este libro pone de manifiesto numerosas acciones o celebraciones de la Iglesia. Más que presentar ...

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Fundamentos de la fe católica:
serie ministerio pastoral

El presente libro es una introducción a la historia, la teología y la práctica pastoral de la liturgia y los sacramentos de la Iglesia. Está dirigido principalmente a quienes no tuvieron la oportunidad de participar en un programa formal y sistemático de estudio y reflexión teológica. Este libro pone de manifiesto numerosas acciones o celebraciones de la Iglesia. Más que presentar hechos, busca ayudar a los lectores a comprender mejor qué es lo que la Iglesia piensa en torno a sus sacramentos.
 —De la introducción

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Meet the Author

El padre Kurt Stasiak, OSB, es monje y sacerdote de la Archiabadía de Saint Meinrad, Indiana. Es profesor asociado de teología litúrgica y sacramental en Saint Meinrad School of Theology, donde además sirve como el director de la formación espiritual. El padre Kurt obtuvo su doctorado en Teología en la Universidad Pontificia de San Anselmo, Roma, en 1993. Además de su trabajo en la formación sacerdotal, se interesó por la formación teológica de los diáconos permanentes. Sus publicaciones incluyen dos libros: Return to Grace: A Theology for Infant Baptism, publicado por Liturgical Press, y A Confessor’s Handbook, publicado por Paulist Press.

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Teologia sacramental

Fuentes de gracia, caminos de vida
By Kurt Stasiak

Loyola Press

Copyright © 2006 Kurt Stasiak
All right reserved.

ISBN: 9780829423723

ntroducción “Las acciones dicen más que mil palabras”. Este conocido refrán puede parecer una manera extraña de introducir un estudio sobre la liturgia y los sacramentos. Por muy trillado que parezca el refrán, sin embargo, es cierto su mensaje y es el más indicado para el tema de este estudio. Las acciones dicen más que mil palabras. ¿En qué sentido? Los sacramentos son considerados entre las acciones más importantes de los católicos. La fe católica es una disciplina de doctrinas y dogmas, una religión de enseñanzas y preceptos. Pero, más que nada, nuestra fe católica es una manera de vivir, que constantemente nos llama a poner en práctica lo que profesamos en nuestro credo. Se supone que lo que nosotros, católicos, creemos en nuestra mente, guía nuestra manera de proceder ante los demás.
Las acciones dicen más que las palabras. El teólogo alemán, Hans Urs von Balthasar, en cierta ocasión propuso un ejemplo equivalente a este refrán. Señaló que no es tan importante que el valor del cristianismo sea visto en sí mismo, sino que es mucho más importante que el valor del cristianismo sea visto en nosotros. En otros términos, si el mundo quiere saber en qué creemos como cristianos, debe deducirlo al ver cómo actuamos en nuestra vida ordinaria. Las homilías más eficaces sobre los evangelios no son pronunciadas por el sacerdote en el templo, sino por aquellos cristianos que con su vida predican lo que proclaman en el templo.
Las acciones dicen más que las palabras. Para los católicos, la liturgia y los sacramentos son acciones que hablan con mucho más fuerza y claridad. Los sacramentos son palabras visibles, como dijo San Agustín alrededor del siglo V: son palabras que podemos ver y tocar; palabras que podemos poner en práctica —palabras según las cuales debemos actuar. Los sacramentos no son rituales que realizamos cuando acudimos al templo. Más bien, son acciones sagradas que realizamos puesto que somos Iglesia. Lo que hacemos en el templo perdería su valor si tales acciones no influyen —orientan, guían, apoyan o confrontan— lo que hacemos en nuestra vida ordinaria.
El objetivo y el enfoque de este libro
Este libro es una introducción a la historia, la teología y la práctica pastoral de la liturgia y los sacramentos de la Iglesia. Está dirigido principalmente a aquellos que no tuvieron la oportunidad de participar en un programa formal y sistemático de estudio y reflexión teológica. Este libro pone de manifiesto numerosas acciones o celebraciones de la Iglesia. Más que presentar hechos, este libro busca ayudar a los lectores a comprender mejor lo que piensa la Iglesia en torno a sus sacramentos.
El concilio de Trento declaró que hay siete sacramentos, pero reconoció que no todos tenían igual valor en la obra de nuestra salvación. Este libro refleja esas “desigualdades”. Lo primero que aborda es la liturgia y los sacramentos en general; los principios que se aplican a la economía sacramental de la Iglesia. El Bautismo y la Eucaristía son las dos acciones sacramentales principales en la Iglesia. Cada una merece un capítulo aparte. Los otros cinco sacramentos se abordan de acuerdo al compromiso profesional y pastoral que los ministros ejercen ordinariamente o de acuerdo a lo que puede esperarse de ellos.
La estructura de este libro
El capítulo 1 atiende dos principios fundamentales de la liturgia y de los sacramentos: la liturgia es considerada como la obra de la Iglesia y la obra de Dios. Los siguientes tres capítulos profundizan en algunas de las enseñanzas más importantes de la Iglesia sobre los sacramentos, teniendo como guía la definición tradicional de los sacramentos, como “signos visibles instituidos por Cristo para conferir la gracia”.
El capítulo 2 examina los sacramentos como signos visibles, y el capítulo 3 explora lo que la Iglesia enseña respecto a los sacramentos como transmisores de gracia. El capítulo 4 presenta la institución de los sacramentos por Cristo. Además, ofrece una breve historia o desarrollo de cada uno de los sacramentos y también ofrece un panorama amplio sobre lo que ha pensado la Iglesia y de cómo se ha acercado a los sacramentos a lo largo de su historia.
El capítulo 5 trata del Bautismo, el primer sacramento que celebran los cristianos. En efecto, el Bautismo es la acción sacramental de la Iglesia que nos hace cristianos y católicos. Este capítulo trata el Bautismo de adultos así como el Bautismo de niños. Estas dos expresiones del mismo sacramento son tan especiales que merecen una consideración por separado, aunque ésta no sea exhaustiva. Dado que el Bautismo es nuestro “primer sacramento”, una mejor comprensión del mismo facilita nuestra apreciación de los sacramentos que recibimos después.
El capítulo 6 repasa la historia y la teología de la Eucaristía descrita por Lumen gentium (LG), y por la Constitución dogmática sobre la Iglesia, del concilio Vaticano II, como la “fuente y cumbre de la vida cristiana” (11). El capítulo 7 ofrece una breve reflexión sobre los restantes cinco sacramentos de nuestra Iglesia, con énfasis especial —teológico y pastoral— en los sacramentos de la Reconciliación y la Confirmación.
Cómo usar este libro
Este libro no es algo completo en sí, no debe considerárse como un estudio exhaustivo, ni de la historia, ni de la teología litúrgica o sacramental. Se trata de una introducción al estudio de los sacramentos —un primer libro— para aquellos que estuvieran dispuestos a un mayor compromiso y reflexión sobre los temas expuestos. Por tanto, una ayuda apropiada, al lado de este libro, ha de incluir el recurso a otros textos como el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) y los documentos del Concilio Vaticano II. Animaré al lector a profundizar en otras obras que tratan con mayor profundidad la historia y la teología de los sacramentos.
He añadido algunas reflexiones en este libro para hacerlo tanto más útil y accesible como fuese posible. Cada capítulo, por ejemplo, comienza con la lista de algunas “preguntas clave”, formuladas para ofrecer una vista previa de lo que habrá de venir a continuación y para ayudar a los lectores a centrar su atención en los puntos más importantes a tratar. A estas preguntas iniciales siguen algunos puntos de reflexión bajo el título “para empezar”. Se trata de reflexiones breves —con frecuencia notas históricas— que rápidamente dan a los lectores una información básica en relación a lo que en seguida habrá de examinarse. Un “resumen” y unas “preguntas para reflexionar” concluyen cada capítulo, ayudando a los lectores en la familiarización y, lo que es más importante, en la aplicación de conceptos y principios sacramentales a tratar.
El apéndice I ofrece una información valiosa y útil contenida en tres cuadros. El apéndice II completa lo señalado en torno al sacramento del Bautismo en el capítulo 6. Se trata de un ensayo corto sobre un modelo teológico en particular, para comprender el significado de ese sacramento.
Por una parte, es cierto que no necesitamos un lenguaje técnico ni latín para celebrar los sacramentos dignamente; por otra parte, en el campo de la teología sacramental se vuelve necesario considerar ciertos personajes y expresiones. En un vocabulario se ofrece información adicional acerca de los personajes y conceptos más importantes relacionados con este libro.
Las acciones dicen más que las palabras. En definitiva, el valor del cristianismo debe verse en nosotros. Los sacramentos son palabras visibles que nos conducen a los tesoros de nuestra vida en Cristo. Esos tesoros, a veces profundos, a veces ordinarios —a veces, incluso, ocultos— no pierden importancia para nuestra vida particular y comunitaria, en la Iglesia. El objetivo final de este libro es resaltar el valor de esos tesoros, y ofrecer algunos instrumentos para localizarlos y extraerlos.
Dedico este libro a mis padres, Joe y Suzanne. Ellos fueron mis primeros maestros en la fe, mis primeros “directores de educación religiosa”. Y, porque las acciones dicen más que las palabras, ellos me dieron muchas veces la mejor de esas palabrasI.

 Capítulo 1
La?liturgia:
algunas ideas básicas
Preguntas clave
• ¿Qué es la liturgia?
• ¿Por qué es importante la liturgia para la Iglesia?
• ¿Cuál es el propósito de la liturgia?
• ¿Quién participa en la liturgia de la Iglesia?
Para empezar
• El Papa Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II en enero de 1959. En sus palabras, ese Concilio debía ser un concilio pastoral que no tuviese la intención de definir nuevas doctrinas o presentar nuevas enseñanzas de la Iglesia, que estuviera más atento a explicar cómo los católicos pueden hacer realidad su fe en el mundo contemporáneo. La primera de las cuatro sesiones del Concilio comenzó en octubre de 1962. El Concilio Vaticano II se concluyó oficialmente el 8 de diciembre de 1965.
• Publicada el 4 de diciembre de 1963, Sacrosanctum concilium (SC), la Constitución sobre la sagrada liturgia fue el primer documento promulgado por el Concilio. El hecho de que este documento fuese publicado en primer término muestra cuán importante consideró el Concilio a la liturgia para la vida pastoral de la Iglesia. El párrafo de apertura refleja esta convicción: “Este sacrosanto Concilio se propone acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana . . . Por eso, cree que le corresponde de un modo particular proveer a la reforma y al fomento de la liturgia”. (1)
Un pasaje muy citado de la SC es el que señala que la liturgia “es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (10). Previamente en esta Constitución, encontramos una explicación breve de por qué esto es así:
En efecto, la liturgia, por cuyo medio “se ejerce la obra de nuestra redención”, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia. (SC, 2)
Es claro que la liturgia es de suma importancia; ella completa la obra de nuestra redención y nos hace capaces de atestiguar a los demás lo que somos, en virtud de lo que Cristo ha realizado por nosotros. La liturgia hace algo a veces en nosotros, para nosotros, a nosotros, de modo que podemos hacer algo en, por y al mundo. Pero, ¿qué significa exactamente la palabra liturgia?
La liturgia es la obra del pueblo
La palabra liturgia viene de las palabras griegas “pueblo” y “obra”. Como es el caso de muchas palabras religiosas o teológicas que usamos hoy, liturgia tuvo originalmente un significado profano o político; referido a una obra pública, como un proyecto de construcción. Liturgia fue también una obra emprendida por el estado en beneficio de su gente, por ejemplo, el establecimiento y mantenimiento de un sistema educativo.
Este significado original de la palabra liturgia aclara el uso que actualmente le damos a esa palabra. El significado original nos lleva a considerar la liturgia católica como una “obra pública en beneficio de la gente” y nos ayuda a entender por qué realizamos esta obra en un sentido totalmente nuevo. Reflexionemos en la expresión: la liturgia es “la obra del pueblo”.
La liturgia es una obra
Ordinariamente, no pensamos que la liturgia sea una obra y, desafortunadamente, para mucha gente, la liturgia es algo distinto de una obra. La liturgia es sentarse en un templo u oír una homilía; la liturgia es recibir un sacramento o ser bendecido por un sacerdote. Pero, ¿cómo puede ser la liturgia una obra?
El diccionario da muchas definiciones para la palabra obra. Entre las principales: 1) Cosa hecha o producida; 2) Cualquier producto intelectual . . . que es de alguna importancia y también 4) Medio, virtud o poder. Estas definiciones señalan algo importante acerca de la “obra santa”, “el empleo santo” de nuestra liturgia, además, indican lo que la liturgia pide de nuestra parte.
La liturgia es una obra; es algo que nosotros hacemos. Liturgia es una actividad, un ejercicio que requiere esfuerzo, no únicamente observación. ¿Por qué celebramos la liturgia? ¿En qué consiste la obra de la liturgia? Celebramos la liturgia porque creemos ciertas cosas acerca de Dios, de nuestra Iglesia y de nosotros mismos; celebramos la liturgia porque queremos realizar aquello que decimos conocer. Hablar de lo que la
Iglesia celebra es hablar de lo que la Iglesia pone en práctica y que dice creer. La obra de la liturgia es nuestra participación
en la obra de Dios. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), “Por la liturgia, Cristo nuestro Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en su Iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención”. (1069)
Nuestra liturgia es una obra porque es nuestro empleo, nuestro trabajo o, para emplear términos religiosos, la liturgia es nuestra vocación, nuestro llamado. Ordinariamente buscamos un empleo o trabajo para poder vivir. Obtenemos un trabajo no sólo para limpiar las calles o para mantener los recursos en perfecto orden, ni para proveer de alimentos a los que nos rodean. Más bien, trabajamos para poner nuestra vida en orden, para obtener más dinero de lo que estamos obligados a dar y para poner los alimentos sobre nuestra mesa. En otras palabras, trabajamos para sostenernos y vivir lo mejor posible.
De modo semejante, la obra de la liturgia no consiste sólo en “hacer cosas”: reunir una asamblea, cantar himnos, colectar dinero, animar la convivencia. Esas cosas, por supuesto, son parte de la obra de la liturgia. Sin embargo, la razón principal por la cual celebramos la liturgia es para poner nuestra vida en orden, para recibir todo lo que Dios ofrece de manera que tengamos más que suficiente para dar a los otros, para nutrirnos a nosotros mismos mediante el amor y la gracia de Dios. Realizamos la obra de la liturgia porque somos la Iglesia, y porque la liturgia es el medio principal en el cual nuestra Iglesia se apoya, se define y se guía espiritual y pastoralmente. Recordemos las palabras de SC: La liturgia “es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza”. (10)
La liturgia es el empleo y el trabajo de la Iglesia. La liturgia es la vocación y el llamado de la Iglesia. Celebramos la liturgia porque somos la Iglesia. Celebramos la liturgia para ser Iglesia.
Esto no significa que la única actividad de la Iglesia se limite a sus celebraciones litúrgicas y rituales sagrados. Más bien significa que la Iglesia apoya, fortalece y guía todas sus demás obras en la obra de la liturgia. De hecho, la liturgia da un propósito a todas las obras de la Iglesia. Las dos más importantes de ellas son la alabanza a Dios y nuestro crecimiento en la santidad. Lo que con frecuencia se dice acerca de la Eucaristía puede aplicarse a la liturgia y a todos los sacramentos: “la Iglesia hace la liturgia y los sacramentos, y la liturgia y los sacramentos hacen la Iglesia”.
La liturgia es la obra de todos los fieles
El Concilio Vaticano II distinguió claramente el sacerdocio ministerial u ordenado del sacerdocio común de los fieles (ver Lumen gentium [LG], 10). El Concilio insistió, sin embargo, en que los católicos —por virtud de su Bautismo— toman parte de algún modo en el sacerdocio de Cristo. La idea de que la liturgia de la Iglesia es la obra de toda la Iglesia es fundamental para la renovación litúrgica iniciada por el Concilio. SC describe la liturgia como “el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo” (7). La liturgia no es la propiedad o dominio del clero, por eso el Concilio insiste en que:
La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano, “raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido (1 Pe 2:9, 4–5).
(SC, 14)
La liturgia puede ser vista como la obra del pueblo, debido a que cada asamblea participa en la oración de Cristo a su Padre (CIC, 1073). Además, la liturgia es la obra del pueblo de Dios; el pueblo ejercita su participación en el oficio sacerdotal de Cristo. La liturgia es la obra y el empleo más importante que un católico puede hacer. Así lo dice SC:
Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.
(SC, 7)
Volvamos una vez más a la idea de que la liturgia es la obra del pueblo.
La liturgia es, con toda verdad, una obra
La liturgia es una obra. Se trata de actuar para realizar verdaderamente la obra de la liturgia. Ésta no es algo que se lleva a cabo al interior del templo. La liturgia significa edificar la Iglesia y, como aclara la cita anterior, la liturgia es la acción principal de la Iglesia.
Una celebración litúrgica puede tener un inicio y un final claramente definido. Pero, debido a su importancia para la vida de la Iglesia, es mucho lo que debe realizarse antes y después de la celebración. El CIC nos recuerda que la liturgia “. . . debe ser precedida por la evangelización, la fe y la conversión; sólo así puede dar sus frutos en la vida de los fieles: la vida nueva según el Espíritu, el compromiso en la misión de la Iglesia y el servicio de su unidad”. (CIC, 1072)
La liturgia es una obra porque requiere preparación, empeño y acción. Para entender la verdadera naturaleza y propósito de la liturgia necesitamos darnos cuenta de que nuestra vida debe ser diferente fuera de los muros del templo a causa de lo que celebramos en su interior. Los Evangelios lo indican con claridad: la religión, es decir, el aumento en santidad, no es simplemente algo que tenga que ver con la relación de alguien con Dios. Cuando preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más grande, Jesús respondió que dos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37–39). Los cristianos no tienen la elección de especializarse en un amor y excluir al otro. Los cristianos seremos juzgados en base a ambas clases de amor. Ser bautizado como cristiano —es decir, ser incorporado a Cristo y a su Iglesia— significa también abandonar para siempre la idea de que el camino a la salvación se encuentra solamente en nuestro culto a Dios. La parábola del juicio final en el Evangelio San de Mateo (25:31–46) describe con claridad la absoluta necesidad de reconocer a Dios en nuestro prójimo. En ese pasaje evangélico, fueron condenados los que pudieron haber dado comida al hambriento o bebida al sediento si tan sólo hubiesen sabido que rendían una alabanza al Señor con el simple hecho de tender la mano a los que pasaban necesidad.
¿Qué es la liturgia? Liturgia es la obra del pueblo de Dios. Liturgia es el pueblo de Dios poniendo en práctica lo que cree el pueblo mismo. La liturgia es una obra, porque requiere “participación plena, consciente y activa”: preparación, compromiso y acción.
La liturgia es la obra de la Trinidad
No exageramos al afirmar que la liturgia es la obra del pueblo. Como ya se dijo, la liturgia es una acción de todo el pueblo de Dios, por cuanto que el pueblo pone en práctica su participación en el sacerdocio de Cristo. Si por una parte enfatizamos correctamente la responsabilidad humana que implica la liturgia, por otra parte, no podemos negar el otro lado de la moneda: la liturgia es la obra del pueblo, pero antes que nada, y sobre todo, es la obra de Dios.
Esta comprensión dual o recíproca de la liturgia, como obra de Dios y obra del pueblo, como una ofrenda divina y una respuesta humana, habrá de ser un elemento constante en nuestro diálogo sobre la liturgia y los sacramentos de la Iglesia. De hecho, podemos describir la “liturgia” y los sacramentos como momentos especiales en los que convergen lo divino y lo humano, cuando lo invisible toma forma y permite ser visto, experimentado, comprendido y correspondido.
La liturgia es la obra de Dios Padre
En las primeras líneas de la Carta a los Efesios, el autor dice que Dios es verdaderamente bendito, porque “él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia” (1:4). El texto griego original de esta carta es más explícito porque especifica lo que Dios realizó por nosotros mediante Cristo: somos hijos de Dios debido a que Dios nos adoptó. En nuestra reflexión sobre el Bautismo de los niños nos daremos cuenta de la profundidad del significado de la adopción. Por ahora, sabemos que eso ha sido un acto de adopción —un acto extraordinario, llevado a cabo solamente por la iniciativa divina— que nos hizo partícipes de lo que Cristo tuvo por derecho y por naturaleza. Nos alegramos en todo lo que tenemos porque nos ha sido dado; porque, aun cuando nos acercamos juntos a celebrar la liturgia y los sacramentos, y aun cuando justamente enfatizamos que la liturgia es la obra del pueblo, nuestra oración y celebración son ante todo una respuesta de gratitud por la obra que Dios ha hecho por nosotros. No es casualidad que la palabra “eucaristía”, que designa la acción litúrgica central, provenga de la palabra griega que significa “acción de gracias”. Ser agradecido es la actitud cristiana fundamental. Dar gracias es el trabajo cristiano fundamental.
El Padre es la fuente de la liturgia, porque la primera persona de la Trinidad es el Padre, el providente y dador de todas las bendiciones que disfrutamos:
En la liturgia de la Iglesia, la bendición divina es plenamente revelada y comunicada: el Padre es reconocido y adorado como la fuente y el fin de todas las bendiciones de la creación y de la salvación; en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros, nos colma de sus bendiciones y por él derrama en nuestros corazones el don que contiene todos los dones: el Espíritu Santo.
(CIC, 1082)
Y, porque la liturgia es la fuente y la cumbre de toda la actividad de la Iglesia, el Padre no es solamente la fuente de la liturgia, sino también su meta. La liturgia y los sacramentos son, ante todo, nuestra respuesta a la obra y al amor de Dios. Un pasaje del Prefacio Común IV en el Misal Romano expresa bien esta idea:
Pues, aunque no necesitas de nuestra alabanza,
es don tuyo el que seamos agradecidos;
y aunque nuestras bendiciones no aumentan tu gloria,
nos aprovechan para nuestra salvación.
Por Cristo nuestro Señor.
Mediante la liturgia celebramos las bendiciones que hemos recibido de Dios. Mediante la liturgia, ofrecemos a Dios nuestra gratitud y alabanza —y así continuamos creciendo en la gracia de Dios. Esta es la doble dimensión, la acción recíproca, siempre presente en nuestras celebraciones litúrgicas: el reconocimiento de lo que se nos ha dado y nuestra respuesta a esos dones.
La Liturgia es la obra del Hijo, Jesucristo
Mediante la liturgia y los sacramentos participamos y contribuimos a la obra de Dios. El primer sacramento de Dios Padre, es su Hijo Jesucristo. Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo; el más claro, el más visible, y literalmente, el más tangible sacramento (signo) de su amor por el mundo. En el Evangelio de San Mateo, Cristo es el sacramento que mantiene su promesa. Él no abandona a sus discípulos al ascender al cielo. Los llena del Espíritu Santo al ascender al cielo de tal manera que “se convierten en signos sacramentales de Cristo”. (CIC, 1087)
Esta presencia permanente de Cristo, el primer sacramento de Dios, señala una diferencia esencial entre las “obras públicas o manifiestas” de la Iglesia Católica y aquellas que se realizan, por ejemplo, en una agencia de obras de caridad en medio de la comunidad. Tanto la Iglesia como la agencia pueden realizar muchos servicios públicos similares, incluso al mismo tiempo, por ejemplo: una donación de ropa para el pobre durante la temporada de Navidad, proporcionar alimento o alojamiento para los desamparados en el Día de Acción de Gracias. Tales servicios son públicos y necesarios. La diferencia está o debería estar en que el servicio público de la Iglesia es realizado explícitamente en nombre de Jesucristo. Cuando se llevan a cabo obras caritativas y apostólicas de la Iglesia, debemos responder a dos preguntas: ¿Cómo respondemos a las necesidades de la gente? y ¿Cómo podemos responderle a esta gente de tal manera que lo que hagamos por ellos, lo hagamos claramente en el nombre del que fuimos bautizados? Dicho de otro modo, Jesús nos asegura que tendremos siempre a los pobres entre nosotros. Cuando se trata de realizar obras de beneficencia pública, la tarea de la Iglesia es asegurar que el pobre sepa que Cristo está siempre con ellos.
El Espíritu Santo invoca y hace presente la
persona de Cristo
El Padre es la fuente y meta de la liturgia de la Iglesia. Mediante la liturgia, encontramos el gran sacramento del amor de Dios: Jesucristo. La Anámnesis y la Epíclesis son dos palabras técnicas que señalan la acción del Espíritu Santo en la liturgia de la Iglesia.
Anámnesis es recordar el pasado, recordar las bendiciones que Dios ha concedido a la humanidad a lo largo de la historia de nuestra salvación. El recuerdo es una parte esencial de la liturgia y de los sacramentos. En toda oración eucarística, por ejemplo, el prefacio y la narración posterior al relato de la institución de la Eucaristía nos recuerdan lo que Dios ha hecho por nosotros. Un rasgo de la liturgia posconciliar es que en toda celebración sacramental hay al menos la oportunidad de escuchar la Palabra de Dios; escuchar, evocar, recordar la obra que realizó Dios en el pasado por nosotros.
Durante la Eucaristía, pedimos a Dios que envíe al Espíritu Santo “para que este mismo Espíritu santifique estas ofrendas”. Esta es la epíclesis, es decir, la invocación al Espíritu para que descienda e infunda su poder en los dones de la Eucaristía y en la vida de todos los que la celebran. Nos reunimos como Iglesia para “hacer” la Eucaristía, de manera que la Eucaristía pueda hacer una diferencia en nosotros, para que nos transforme en Iglesia. Digámoslo otra vez: verdaderamente, la liturgia es una obra:
La Iglesia, por tanto, pide al Padre que envíe al Espíritu Santo para que haga de la vida de los fieles una ofrenda viva de Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo, la preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad.
(CIC, 1109)
La liturgia es un encuentro con
Dios y con la Iglesia
La Iglesia Católica enseña que hay siete sacramentos. Pero en realidad podemos decir que hay dos sacramentos grandes y fundamentales. “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único” (Juan 3:16) y ese Hijo es el principal sacramento, el signo más grande de su amor. Y Cristo, obediente a la voluntad de su Padre, fundó la Iglesia para continuar su presencia y su obra salvadora en y para el mundo. De esos dos grandes sacramentos, Cristo y la Iglesia, proceden nuestros siete sacramentos: las acciones litúrgicas más poderosas, contundentes y privilegiadas de la Iglesia.
Como se ha indicado, ser bautizado es abandonar para siempre la idea de que nuestra relación con Dios es un asunto privado, exclusivo, individual. La Iglesia realiza la obra de su liturgia y sus sacramentos de manera que la obra de Cristo y su presencia salvadora continúen siendo conocidas en el mundo:
La misión del Espíritu Santo en la liturgia de la Iglesia es la de preparar la asamblea para el encuentro con Cristo; recordar y manifestar a Cristo a la fe de la asamblea de creyentes; hacer presente y actualizar la obra salvífica de Cristo por su poder transformador y hacer fructificar el don de la comunión en la Iglesia.
(CIC, 1112)
La liturgia y los sacramentos son los grandes tesoros de la Iglesia. A pesar de esto, son tesoros que a menudo están escondidos. En el siguiente capítulo presento la manera en que debemos descubrir, usar y compartir estas riquezas que llamamos sacramentos –encuentros con Cristo y su Iglesia.
9
Resumen
1. Ser bautizado es abandonar para siempre la idea de que nuestra relación con Dios es un asunto estrictamente exclusivo, privado. Ser bautizado es estar en comunión, estar en la Iglesia, y realizar la obra de la Iglesia: la liturgia.
2. La liturgia completa “la obra de nuestra redención” (SC, 2). Nos hace capaces de atestiguar ante los demás quiénes somos a causa de lo que Cristo ha hecho por nosotros. La liturgia hace algo en, por y para el mundo.
3. La liturgia viene de dos palabras griegas que significan “la obra del pueblo”. La liturgia es una actividad que sostiene a la Iglesia. Liturgia es el trabajo “del pueblo”: todos estamos llamados a participar plenamente en ella. La liturgia es una “obra”: pide una respuesta, no sólo observación.
4. Así como la liturgia y los sacramentos son respuestas humanas a la acción de Dios, no debemos olvidar que ante todo, la liturgia es la obra de Cristo. Tenemos liturgia por la misma razón que tenemos una Iglesia: para continuar la obra y continuar manifestando la gracia que nos trajo la muerte y resurrección de Cristo. La liturgia y los sacramentos son el lugar y momento principal en el que se unen el cielo y la tierra. La Iglesia realiza acciones humanas en nombre de Jesucristo.Para reflexionar
1. Idealmente, ¿cuál es la diferencia entre una colecta de ropa a favor del pobre, organizada por la parroquia, y la que es apoyada por una agencia caritatíva? ¿Cómo se expresaría esta diferencia en la práctica? Para tomar otro ejemplo, ¿cómo podría el programa de servicio parroquial para jóvenes diferenciarse del programa de servicio organizado por la escuela local u otra organización civil?
2. ¿Cómo podríamos llegar a comprender mejor que la liturgia es la obra de todo el pueblo de Dios y no el dominio exclusivo del sacerdote?
3. Otra definición que da el diccionario de “obra” es “algo que ha sido realizado como resultado de una ocupación, esfuerzo o actividad”. A partir de esta designación, ¿en qué me doy cuenta que la liturgia es una “obra”?
4. ¿Por qué hay una diferencia entre lo que hacemos en el templo y lo que hacemos o dejamos de hacer cuando salimos de él, al concluir nuestra celebración litúrgica?


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Excerpted from Teologia sacramental by Kurt Stasiak Copyright © 2006 by Kurt Stasiak. Excerpted by permission.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Índice

Acerca de la serie viii Normas para certificación: materiales para el ministerio eclesial ix Introducción xi

Capítulo 1: La liturgia:
algunas ideas básicas 1
La liturgia es la obra del pueblo 3
La liturgia es la obra de todos los fieles 5
La liturgia es la obra de la Trinidad 7
La liturgia es un encuentro con Dios y con la Iglesia 12
Resumen 13
Para reflexionar 14

Capítulo 2: Los sacramentos:
las “palabras visibles” de la Iglesia 15
¿Qué son los sacramentos? 17
Los sacramentos son de la Iglesia y para la Iglesia —pero no sólo se celebran en la Iglesia 19
El poder de los símbolos y las palabras sacramentales 28
Resumen 29
Para reflexionar 30

Capítulo 3: Los sacramentos y la gracia: descubriendo los tesoros ocultos 31
¿Qué es la gracia? 33
Los sacramentos confieren gracia 36
Los sacramentos confieren la gracia ex opere operato.
¿Qué es ex opere operato? 41
Todo sacramento es un encuentro con Cristo y con la Iglesia de Cristo 43
Resumen 45
Para reflexionar 47

Capítulo 4: Los sacramentos y su historia: cambios en los modos y en los medios que expresan verdades eternas 49
¿Cuántos sacramentos hay? 50
Una breve historia de los sacramentos 53
Del reconocimiento a la ratificación: hay siete sacramentos 65
Una apreciación general de la “actitud”
en la teología sacramental 68
Resumen 74
Para reflexionar 75

Capítulo 5: El sacramento del Bautismo: ingreso a la vida en el Espíritu 76
El Bautismo es la puerta a la vida en el Espíritu 78
El bautismo de adultos en la Iglesia posconciliar 82
El bautismo de los niños en la Iglesia posconciliar 86
El bautismo de adultos y el bautismo de niños 91
Resumen 93
Para reflexionar 94

Capítulo 6: La Eucaristía: manantial y cumbre de la vida eclesial 95
La Eucaristía: sacramento de “perfección” 97
La Eucaristía en la práctica: culto y controversia 101
Adoración y devoción eucarística 105
Resumen 109
Para reflexionar 110

Capítulo 7: Explorando más tesoros ocultos 111
El sacramento de la Reconciliación 113
El sacramento de la Unción de los enfermos 120
El sacramento del Matrimonio 124
El sacramento del Orden sacerdotal 126
El sacramento de la Confirmación 128
Resumen 135
Para reflexionar 136

Conclusión 137
Apéndice I 140
Apéndice II 146
Glosario 150
Abreviaturas 155
Bibliografía 156
Reconocimientos 157
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