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Tiempo de bailar (A Time to Dance)
     

Tiempo de bailar (A Time to Dance)

by Karen Kingsbury
 

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Ellos celebraron su amor con un baile. Pero, ¿terminará en divorcio? John y Abby Reynolds eran la pareja perfecta, compartiendo el amor nacido de la infancia, la amistad y los profundos lazos familiares.

Overview

Ellos celebraron su amor con un baile. Pero, ¿terminará en divorcio? John y Abby Reynolds eran la pareja perfecta, compartiendo el amor nacido de la infancia, la amistad y los profundos lazos familiares.

Product Details

ISBN-13:
9781602554481
Publisher:
Grupo Nelson
Publication date:
03/01/2011
Series:
Timeless Love Series , #1
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
336
Product dimensions:
5.50(w) x 8.30(h) x 1.00(d)

Read an Excerpt

Tiempo de bailar

SERIE AMOR ETERNO
By Karen Kingsbury

Thomas Nelson

Copyright © 2011 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-497-9


Chapter One

Era indudablemente el momento que Abby Reynolds había esperado toda la vida.

Bajo las luces de la noche de viernes en el estadio universitario más grande del estado de Illinois, el esposo de Abby estaba a punto de ganar su segundo campeonato colegial de fútbol americano. Además, se disponía a lograrlo en gran parte gracias a los talentos de su hijo mayor, mariscal de campo del equipo y que cursaba el último año de colegio.

Abby se ajustó al cuerpo la chaqueta azul y gris de las Águilas de Marion y deseó haberse puesto una bufanda más gruesa. Después de todo, eran los primeros días de diciembre y, aunque no había caído nieve durante más de una semana, el aire frío era cortante. «Clima de fútbol», decía siempre John. Helado y seco, directamente del cielo. Ella miró más allá de las luces hacia el cielo estrellado. Hasta Dios te está alentando esta noche, John.

La mirada de Abby revisó el campo de juego hasta divisar a su esposo en la línea de banda, auriculares orientados con gran cuidado, cuerpo flexionado al frente y manos en las rodillas mientras esperaba el desarrollo de la jugada. La mujer podía recordar un millón de tardes en que los ojos de John relucían de júbilo, pero aquí y ahora estaban fijos y concentrados; el rostro del entrenador era la imagen de la concentración, inundado con la intensidad del momento mientras lanzaba órdenes en una docena de direcciones. Aun desde el relevante lugar en los abarrotados graderíos en que Abby se hallaba podía sentir la energía que emanaba de su esposo en los minutos finales de ese partido de fútbol, el más preciado para él.

No había ninguna duda de que dirigir era su don.

Y este era su mejor momento.

Ojalá todo lo demás no hubiera resultado tan ...

—Vamos, Águilas. ¡Sí se puede! —gritó Nicole, la hija de Abby, aplaudiendo y apretando los dientes, estrujando con fuerza la mano de su novio Matt, y enfocando cada pizca de energía en su hermano menor.

Las lágrimas brotaban de los ojos de Abby, por lo que parpadeó tratando de controlarlas. Ojalá pudiera congelar el tiempo, aquí y ahora ...

—Puedo sentirlo, papá —manifestó la señora Reynolds volteándose hacia su padre y apretándole la rodilla—. Van a ganar.

Su padre, un anciano que apenas se parecía al papá con quien ella se criara, levantó parcialmente el puño dentro de la helada noche.

—¡Puedes lograrlo, Kade! —exclamó, volviendo a colocar débilmente la mano entre las rodillas.

Abby palmeó el brazo flácido de su padre y luego ahuecó las manos alrededor de la boca.

—Anota, Kade. ¡Vamos! —gritó mientras empuñaba los dedos golpeándose las rodillas con rapidez y firmeza.

Por favor, Señor, haz que lo logre.

Después de esta noche era muy probable que hubiera pocos momentos de fulgor para algunos de ellos.

—En cierto modo, detesto ver el final —opinó el padre de Abby sonriéndole y con ojos humedecidos por las lágrimas—. Todos esos años de fútbol en conjunto. El muchacho es fabuloso. Juega igual que su padre.

—El chico siempre fue así —contestó Abby enfocando la mirada en su hijo y levantando las comisuras de los labios.

—¿No es extraño, mamá? —inquirió Nicole apoyando la cabeza sobre el hombro de Abby.

—¿Qué, cariño? —preguntó agarrando la mano libre de su hija y resistiendo la urgencia de cerrar los ojos; se sentía muy bien estando ahí, en la emoción del momento, rodeada por la familia ...

—Este es el último partido de Kade en el colegio —contestó Nicole con voz grave, llena de indignación, como si acabara de darse cuenta de la pérdida para la que no se había preparado—. Así no más, se acabó. El año entrante se irá a Iowa, y las cosas ya no serán iguales.

Una punzante sensación volvió a abrirse paso a través de los ojos de Abby, que luchó por tragar saliva. Ojalá supieras, querida mía ...

—Nunca son iguales.

Nicole miró fijamente la cancha.

—Quiero decir, así son las cosas. Kade no volverá a jugar para papá después de esta noche —explicó mirando hacia el marcador—. Todos esos entrenamientos y esos partidos, y en pocos minutos habrán acabado. Exactamente como una caja repleta de recuerdos y de viejos artículos periodísticos.

El nudo en la garganta se hizo más espeso. Ahora no, Nicole. Déjame disfrutar el momento. Las lágrimas nublaron la vista de Abby. Vamos, cálmate. La vida está llena de partes finales.

—Se supone que debemos estar animando, ¿recuerdas? —expuso Abby apretándole la mano a su hija y emitiendo una corta risita—. Aún no han ganado.

—¡Vamos, Águilas! —gritó Nicole con todas las fuerzas, haciendo sobresalir la barbilla—. ¡A ganar! ¡Sí se puede!

La mirada de Abby se movió hacia el campo de juego donde Kade se hallaba; estaba en el centro del grupo, transmitiendo al equipo las instrucciones de su padre. Tercer intento y en ocho, a veinticinco yardas para ir por un gol [gol de campo o, simplemente, gol]. Quedaba solo un minuto de juego, y Marion ganaba por tres puntos. Este gol de campo, porque Abby sentía en el estómago que iba a serlo, sellaría la victoria.

—¡Adelante, Águilas! —exclamó batiendo las palmas enguantadas y con la mirada fija en el campo mientras la jugada se desarrollaba.

Vamos, Kade. Hazlo con tranquilidad y esmero. Como cientos de veces antes ...

Su fornido hijo agarró el pase rápido y, con elegancia practicada, se ubicó bien en el área, escudriñando el fondo del campo hasta localizar su objetivo. Entonces, en un movimiento dinámico que resulta de ser el talentoso hijo de un famoso entrenador de fútbol americano, lanzó la pelota, haciéndola pasar entre dos amenazadores defensas para ir a caer, casi de manera mágica, en las manos de un receptor Marion.

Los espectadores locales se pusieron de pie.

Por sobre el estruendo de diez mil fanáticos, el anunciador explicó la situación: las Águilas estaban en la línea de las tres yardas y en posición de anotar con menos de un minuto de juego.

El equipo opositor pidió tiempo, por lo que Abby respiró lentamente. Si pudiera disfrutar ese momento, reprimir las emociones o plasmarlas para siempre, lo haría. ¿No habían soñado con ese momento y ese lugar desde que Kade nació, al principio bromeando al respecto y luego comprendiendo con cada año que pasaba la posibilidad de que ocurriera de veras? Muchos ayeres reclamaron la atención de Abby. La primera vez que vio a John en uniforme de futbolista ... el modo en que los ojos de él la amaron mientras pronunciaban los votos matrimoniales y brindaban para siempre ... Nicole jugando en el patio trasero ... el brillo en los ojos de Kade a los cuatro años de edad cuando obtuvo su primer balón de fútbol ... la emoción por el nacimiento de Sean siete años más tarde ... años de reunirse en el muelle al final del día ... la música que ellos ...

Sonó un silbato y los jugadores tomaron posición.

Abby tragó grueso. Su familia había pasado toda una vida para llegar aquí; dos décadas de recuerdos, muchos de ellos centrados alrededor de una lodosa cancha de cien yardas cubierta de césped y con líneas blancas.

El gentío permanecía de pie, pero a pesar del ruido ensordecedor había un lugar apacible en el corazón de Abby donde podía oír la risa de antaño de sus hijos, donde podía ver la manera en que John y los chicos jugueteaban alegres en la cancha del Colegio Marion todos los días cuando el entrenamiento terminaba. Por años John había sabido de modo instintivo cómo involucrar a sus muchachos en su papel como entrenador, y cómo poner el juego detrás de él al finalizar el día. Las imágenes y las voces cambiaban ahora, y el ruido del estadio era solo un rugido lejano.

«Baila conmigo, Abby ... baila conmigo».

Se hallaban allí, sobre el muelle. Bailando la danza de la vida, bamboleándose al son de grillos y crujidos de madera en noches en que el verano parecía durar eternamente, mucho después que los chicos se quedaran dormidos.

Una ráfaga de viento hizo que un escalofrío recorriera los brazos de Abby, que parpadeó para olvidar las cada vez menos intensas visiones del pasado. A pesar de cómo él la había traicionado, y de lo que ocurriera a continuación, nunca habría habido un mejor padre para sus hijos que John Reynolds.

Otro recuerdo le resonó en la mente. Ella y John en el lago, a la deriva en un antiguo bote de pesca un año después de que Kade naciera. «Un día, Abby, un día Kade jugará para mí, e iremos a los estatales. Hasta las finales, cariño. Tendremos todo lo que alguna vez soñamos y nada nos detendrá. Nada ...»

Ahora, en lo que parecía un abrir y cerrar de ojos, estaban aquí.

Kade atrapó el pase rápido y levantó el balón.

Vamos, Kade. Es tuyo, cariño.

—¡Vamos, Águilas! —gritó Abby.

La pelota voló de manos de Kade como una bala, girando en medio de la noche invernal del mismo modo que el chico había volado por las vidas de John y Abby, como un movimiento difuso. Vamos, atrápala ... observó Abby al mejor amigo de Kade, T. J., el receptor del ala cerrada del equipo, saltando para atrapar el balón. Impecable, pensó. Como el final perfecto para una película perfecta. Además ella entendía que todo acerca de Kade, de John y su época de fútbol, incluso ese partido final, había sido de algún modo destinado desde el principio.

Todo parecía estar ocurriendo en cámara lenta ...

T. J. cercó los dedos alrededor del balón, se lo llevó al pecho, y cayó directamente en la zona final.

—¡Gol de campo! —gritó Abby con el puño al aire y el corazón subiéndole y bajándole—. ¡No puedo creerlo! ¡Lo logramos! ¡Ganamos!

Atrajo hacia sí a su padre y a Nicole y chocó las palmas con su hijo Sean de diez años, que se hallaba tres gradas más abajo.

—¡Campeones estatales! ¿Pueden creerlo?

En la cancha los jugadores pateaban el punto extra y luego se alinearon para el puntapié. Quince segundos más y las Águilas de Marion serían campeones estatales. El equipo del padre y el hijo Reynolds sería por siempre parte de la tradición del fútbol colegial de Illinois.

John, lo lograste ... tú y Kade.

En honor a todo lo que ellos habían sido y al faro de luz que el amor y la familia había representado, Abby no sentía por su esposo más que alegría pura y sin obstáculos.

Dos lágrimas le brotaban de los márgenes de los ojos y le ardieron al bajarle por las heladas mejillas.

Ahora no, Abby. No cuando se supone que esta sea una celebración.

—Cinco ... cuatro ... tres ... dos ... —gritaban los espectadores al unísono.

Mientras las graderías se volcaban al interior del campo de juego, arremolinándose en azul y gris, el padre de Abby lanzaba gritos como nunca lo había hecho desde que lo relegaran a una casa de reposo. Sean daba brincos detrás de Nicole y Matt mientras estos bajaban apurados las escaleras para unirse a los demás.

Abby se quedó sentada en su lugar, asimilando el momento. Examinó la multitud hasta que descubrió a John, lo vio quitarse los audífonos y salir corriendo como loco para encontrarse con Kade. El abrazo entre ellos la emocionó tremendamente, y las lágrimas le brotaron en silenciosos raudales. El abrazo de John con su hijo fue tan compacto que hizo de lado a todos los demás: compañeros de equipo, entrenadores, miembros de la prensa. Todo el mundo menos padre e hijo. Kade agarraba el casco con una mano y la nuca de su padre con la otra.

Entonces sucedió.

Mientras Abby aún se deleitaba en el momento, Charlene Denton llegó por detrás de John y le lanzó los brazos alrededor de los hombros. En el estómago de Abby se alojó una roca que cada vez se hacía más grande. Ahora no ... aquí frente a todos nuestros conocidos. John y Charlene estaban a escasos cincuenta metros de Abby, pero daba lo mismo. Ella podía ver la escena con tanta claridad como si estuvieran al lado de ellos. John se alejó de Kade y se volvió para abrazar brevemente a Charlene. Había algo en cuanto a la manera en que acercó la cabeza a la de la mujer y en la forma en que le mantuvo la mano en el hombro, que expresaba sus sentimientos por ella. Charlene Denton, profesora del Colegio Marion, el más grande obstáculo de John.

Abby pestañeó, y de repente sintió vil y artificial todo lo bueno, memorable y nostálgico de la noche, como algo extraído de una mala película. Ni siquiera los pensamientos más tiernos podían rebelarse a la realidad frente a ella.

El papá de Abby también los vio.

—Estaré bien aquí solo, cariño —comentó aclarando la garganta—. Ve a estar con John.

—No, esperaré —respondió ella meneando la cabeza, pero sin dejar de mirar a su esposo y a Charlene.

Los ojos de Abby estaban secos ahora, la ira le inundaba el cuerpo, llenándole el corazón con enrarecida y fuerte amargura. Aléjate de él, mujer. Este es nuestro momento, no el tuyo. Miró a Charlene, odiándola. La voz de John le volvió a resonar en el corazón, pero esta vez las palabras no tenían nada que ver con bailar.

Y sí todo que ver con divorcio.

Este era el fin de semana que habían acordado decírselo a los chicos. El fin de semana que haría añicos la equivocada opinión familiar de que John y Abby quizás eran las personas más felizmente casadas del mundo. Suspiró. Sin importar cómo sentía ver a John con Charlene, el caso era que en realidad él podía hablar con la profesora o con cualquier otra mujer. Después de todo, en pocos meses estaría soltero. Igual que Abby. Se abrazó con fuerza, tratando de alejar las náuseas que se le arremolinaban por dentro. ¿Por qué aún me duele esto, Señor?

Ninguna respuesta mágica le llegó a la mente, Abby no estaba segura si deseaba esfumarse o lanzarse a la cancha y unírseles, de modo que Charlene se sintiera demasiado incómoda para quedarse.

Creí haber superado esto, Dios. Ya hemos acordado seguir adelante. ¿Qué me está ocurriendo? Abby golpeó el piso de concreto con el pie y cambió de postura, detestando el modo en que la otra mujer parecía desinhibida, encantadora, joven, y sin las cargas de dos décadas de matrimonio. ¿Qué clase de sentimiento la estaba asaltando? ¿Celos?

No, aquello se sentía más como arrepentimiento. El pulso de Abby se aceleró. No podía ser, ¿o sí? ¿De qué se debía arrepentir? ¿No se habían dado cuenta los dos de la posición en que se hallaban y el lugar al que se estaban dirigiendo?

¿O era así como se sentiría siempre viendo a John con otra mujer?

La visión de Abby se nubló, y volvió a oír la voz de John mucho tiempo atrás. «Baila conmigo, Abby ... baila conmigo».

Las silenciosas palabras se le desvanecieron de la mente, y parpadeó otra vez para hacer retroceder las lágrimas. Algo era seguro: si así era como se iba a sentir al estar divorciada, más le valía que se acostumbrara.

Por mucho que le disgustara.

Chapter Two

El estadio estaba vacío, vasos aplastados de Gatorade y panes con salchichas medio comidos esparcidos por todas partes. Vestigios diversos de azul y gris colgaban de la sección de estudiantes, pruebas de que las Águilas de Marion habían estado realmente allí, de que John y Kade habían alcanzado el sueño de su vida, y de que juntos ganaron un campeonato estatal.

Abby bajó por los graderíos hacia el campo de juego y atravesó el césped hacia el vestuario. John aún estaría dentro, hablando con la prensa, analizando con los demás entrenadores las fabulosas jugadas, recogiendo las cosas tiradas de su equipo.

Disfrutando tanto el momento como fuera posible.

Había una banca exactamente fuera de la puerta de visitantes en la que Abby se sentó, mirando a través del campo vacío de juego. Kade, Nicole, Matt y Sean estaban reservando una mesa para ellos en Smokey's Pizza, a una cuadra del estadio. El padre de Abby esperaba en el auto. Abby analizó las enlodadas líneas y la manera en que los postes de las porterías se alzaban orgullosamente en cada lado del campo. ¿Había sido solo una hora antes que el lugar estuviera abarrotado, y que toda una multitud contuviera el aliento mientras Kade lanzaba su gol final?

Abby se estremeció e introdujo profundamente las manos en los bolsillos. La temperatura había descendido, pero eso poco tenía que ver con el aterrador frío que reinaba en su corazón.

Un entrenador asistente salió y se detuvo al verla.

—Hola, Abby —expresó con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Qué te parecieron las Águilas?

(Continues...)



Excerpted from Tiempo de bailar by Karen Kingsbury Copyright © 2011 by Grupo Nelson. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Meet the Author

Karen Kingsbury es autora de mas de treinta títulos, incluyendo algunos EXITOS de venta, uno de los cuales se uso para la película de la semana de CBS. Es una de las atoras favoritas de novelas inspiradoras.Se han impreso mas de dos millones de ejemplares de sus libros. Kingsbury reside en el estado de Washington con Don, su esposo, y sus seis hijos, tres de los cuales los adotatron en Haití.

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