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Todo el tiempo del mundo (All the Time in the World: New and Selected Stories)
     

Todo el tiempo del mundo (All the Time in the World: New and Selected Stories)

by E. L. Doctorow
 

Este libro contiene seis inolvidables historias nunca antes publicadas, además de una selección de clásicos del autor.

Overview

Este libro contiene seis inolvidables historias nunca antes publicadas, además de una selección de clásicos del autor.

Product Details

ISBN-13:
9788493864460
Publisher:
Roca Ediciones S.A.
Publication date:
07/30/2012
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
304
Product dimensions:
5.50(w) x 8.20(h) x 1.00(d)

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Read an Excerpt

Todo El Tiempo Del Mundo


By E. L. Doctorow, Carlos Milla, Isabel Ferrer

Roca Editorial

Copyright © 1980 E. L. Doctorow
All rights reserved.
ISBN: 978-1-5040-0573-9



CHAPTER 1

WAKEFIELD


La gente dirá que dejé a mi mujer, y supongo que, si nos atenemos a los hechos, eso es lo que hice, pero ¿dónde estuvo la intencionalidad? En ningún momento tuve el propósito de abandonarla. Si acabé en el desván del garaje, con todos los muebles viejos y los excrementos de mapache, fue por una serie de circunstancias anómalas—y es así como empecé a abandonarla; sin saberlo, claro está—, pese a que bien habría podido entrar por la puerta como venía haciendo a diario después del trabajo a lo largo de los catorce años y dos hijas de nuestro matrimonio. Diana consideraría que la última vez que me vio fue cuando, esa misma mañana, arrimó el coche a la acera junto a la estación y pisó el freno, yo me apeé y, antes de cerrar la puerta, me incliné con una sonrisa enigmática para despedirme ... Consideraría que fue entonces cuando la abandoné. El hecho es que yo estaba dispuesto a correr un tupido velo, y otro hecho es que esa misma tarde llegué con la clara intención de entrar en la casa que yo ... que nosotros habíamos comprado para criar a nuestros hijos. Y para ser del todo sincero, recuerdo que sentía en la sangre la clase de efervescencia que uno experimenta en la anticipación del sexo, porque las discusiones conyugales ejercían ese efecto en mí.

Cualquiera puede tener un cambio radical de parecer, eso está claro, y no veo, pues, por qué algo así, junto con todo lo demás, habría de ser impropio de mí. ¿Acaso no podía un hombre, después de una vida responsable y conforme a las reglas, verse de pronto arrancado de su rutina y distraído por un ruido en su jardín trasero, y apartarse entonces de una puerta para entrar en otra como primer paso en la transformación de su vida? Y he ahí en qué me transformé: algo que no concuerda precisamente con la idea de perfidia masculina al uso.

Diré aquí que en este momento mi amor por Diana es más auténtico que en toda nuestra vida juntos, incluido el día de nuestra boda, cuando estaba tan extraordinariamente hermosa con sus encajes blancos, y el sol, filtrándose a través del vitral, proyectaba una gargantilla irisada en su cuello.

Volviendo a la tarde de la que hablaba ... en fin, aquello que pasó con el tren de las 5:38, cuando el último vagón, el que casualmente yo ocupaba, no arrancó con el resto del convoy. Aun teniendo en cuenta el lamentable estado de la red ferroviaria de este país, ya me dirás tú cuándo ha pasado una cosa así. El vagón lleno, y nos quedamos todos allí en la súbita oscuridad, mirándonos los unos a los otros en busca de una explicación mientras el resto del tren se adentraba en el túnel y desaparecía. Fue el andén de hormigón desnudo, bajo la luz de los fluorescentes, lo que aumentó la impresión de encarcelamiento. Alguien se echó a reír, pero enseguida varios pasajeros se levantaron y aporrearon las puertas y ventanas hasta que un hombre uniformado bajó por la rampa y, llevándose las manos ahuecadas a las sienes, se quedó mirándonos.

Y cuando por fin llego a casa, una hora y media más tarde, quedo casi cegado por los faros de todos los 4x4 y los taxis que esperan ante la estación: este plano de iluminación lateral tiene lugar bajo un cielo anormalmente negro, porque, resulta, hay un apagón en el pueblo.

En fin, aquello fue un contratiempo que no tuvo nada que ver. Yo eso lo sabía, pero cuando uno está cansado después de una larga jornada e intenta llegar a casa, se produce en la mente una especie de efecto Doppler, y piensa que estas circunstancias inconexas son la trayectoria de una civilización en franco declive.

Me dispuse a emprender a pie el camino de regreso a casa. Una vez que se alejó la procesión de furgonetas de los viajeros del tren de cercanías con sus faros deslumbrantes, todo quedó en silencio y a oscuras: las primorosas tiendas de la calle Mayor, el juzgado, las gasolineras guarnecidas de setos, el edificio gótico del colegio de secundaria detrás del lago. Al poco ya había dejado atrás el centro del pueblo y recorría las sinuosas calles residenciales. Mi barrio se hallaba en una zona antigua del pueblo, de casas grandes, en su mayoría victorianas, con mansardas y porches circundantes y garajes independientes que en otro tiempo habían sido cuadras. Cada casa estaba situada en lo alto de una loma o muy apartada de la calle, con hileras de estilizados árboles a modo de líneas divisorias entre las fincas: precisamente la clase de arraigada solidez económica en la que me sentía a gusto. Pero ahora el barrio entero parecía rebosar de exagerada presencia. Yo era consciente de la arbitrariedad de los lugares. ¿Por qué aquí y no en otro sitio? Una sensación muy inquietante, de desorientación.

El parpadeo de una vela o el vaivén del haz de una linterna que veía en cada ventana me indujeron a concebir los hogares como aquello que proporcionaba a las familias el medio para llevar una vida furtiva. No había luna, y bajo el estrato de nubes a escasa altura un viento cortante poco propio de esa época del año agitaba los viejos arces noruegos que flanqueaban la calle y dejaban caer una tenue lluvia de retoños de primavera en mis hombros y mi pelo. Percibí esa lluvia como una especie de escarnio.

Sí, ciertamente con ideas como estas en la cabeza cualquier hombre se apresuraría a llegar al calor de su hogar. Avivé el paso, y sin duda habría doblado por el camino de acceso y subido por la escalera del porche si no hubiese echado una ojeada a través de la verja de la entrada para coches y visto moverse cerca del garaje lo que me pareció una sombra. Me dirigí, pues, hacia allí pisando sonoramente en la gravilla para ahuyentar lo que fuese que había visto, ya que supuse que era un animal.

Convivíamos con animales. No me refiero solo a los perros y los gatos: ciervos y conejos se alimentaban regularmente de las flores del jardín, teníamos gansos de Canadá, alguna que otra mofeta, los ocasionales zorros rojos ... Esta vez resultó ser un mapache. Uno grande. Ese animal nunca me ha gustado, con esas garras prensiles suyas. Siempre me ha parecido un pariente cercano, más que el propio simio. Levanté el maletín como para arrojárselo, y la criatura corrió a esconderse detrás del garaje.

La perseguí; no la quería en mi propiedad. Al pie de la escalera exterior que subía al desván del garaje, retrocedió, silbando y enseñando los dientes y blandiendo las patas delanteras en dirección a mí. Los mapaches pueden padecer la rabia, y a este se lo veía enloquecido, con los ojos relucientes e hilos de saliva, como pegamento líquido, colgando de ambos lados de la mandíbula. Cogí una piedra y eso bastó: la criatura se alejó corriendo hacia los bambús que bordeaban el jardín trasero de nuestro vecino, el doctor Sondervan, que era psiquiatra y una reconocida autoridad en síndrome de Down y otras desventuras genéticas.

Y de pronto lo entendí: arriba, en el espacio abuhardillado sobre el garaje donde guardábamos todos los objetos imaginables, residían tres crías de mapache, y a eso se debía todo aquel alboroto. No me explicaba cómo había llegado allí esa familia de mapaches. Primero vi sus ojos, sus varios ojos. Gimotearon y brincaron entre los muebles apilados, pequeños bultos como pelotas en la oscuridad, hasta que por fin conseguí ahuyentarlos por la puerta y escalera abajo, hacia donde su madre, cabía suponer, los recuperaría.

Encendí el móvil para tener al menos un poco de luz.

El desván estaba atestado de alfombras enrolladas y cachivaches y cajas con apuntes y trabajos de la época universitaria, el baúl del ajuar heredado por mi mujer, piezas de un equipo estéreo antiguo, un escritorio roto, tableros de juego desechados, los palos de golf de su difunto padre, cunas plegadas y demás. Éramos una familia rica en historia, aunque todavía joven. Me sentí ridículamente justificado, como si acabase de librar una batalla y recuperar mi reino de manos de los invasores. Pero acto seguido se impuso la melancolía; allí dentro había suficiente pasado acumulado para entristecerme, tal como siempre me entristecen las reliquias del pasado, incluidas las fotografías.

Una espesa capa de polvo lo cubría todo. El ojo de buey de la parte delantera no se abría y las ventanas laterales estaban atascadas, como inmovilizadas por las telarañas que se adherían a los marcos. Había que ventilar aquel espacio con urgencia. Realizando un gran esfuerzo, desplacé objetos de un lado a otro y pude abrir la puerta del todo. Me quedé un momento en lo alto de la escalera para respirar aire fresco, y fue entonces cuando advertí la luz de una vela a través de los bambús situados entre nuestra propiedad y la de detrás, la casa del mencionado doctor Sondervan. El médico alojaba allí a varios pacientes jóvenes. Eso formaba parte de su método experimental, no poco controvertido entre sus colegas, consistente en enseñar a los pacientes quehaceres domésticos y tareas sencillas que exigían la interacción con personas normales. Yo salí en defensa de Sondervan cuando varios vecinos se opusieron a su petición de instalar allí su pequeño sanatorio, aunque debo decir que, en privado, el hecho de que deficientes mentales vivieran en la casa de al lado ponía nerviosa a Diana, como madre de dos niñas que era. Por supuesto, nunca se había producido el menor problema.

Yo estaba cansado después de una larga jornada—en parte fue por eso, pero más probablemente porque yo mismo sufría algún trastorno mental difuso—, pero el caso es que busqué a tientas y encontré una mecedora con el asiento roto cuya rejilla siempre había querido reparar. En la total oscuridad y con la luz de las velas desvaneciéndose poco a poco en mi cabeza, me senté y, si bien mi intención era descansar solo un momento, me dormí. Y cuando desperté, fue por la luz que entraba a través de las ventanas polvorientas. Había dormido toda la noche.


La causa de nuestra última discusión fue lo que, según yo, había sido el coqueteo de Diana con un invitado en una fiesta celebrada en un jardín trasero el fin de semana anterior.

No coqueteaba, dijo ella.

Ibas descaradamente a por él.

Solo en tu peculiar imaginación, Wakefield.

Eso era típico de ella cuando discutíamos: llamarme por el apellido. Yo ya no era Howard; era Wakefield. Era una de sus adaptaciones feministas del estilo machito que yo tanto detestaba.

Hiciste un comentario insinuante, dije, y entrechocaste tu copa con la suya.

No fue un comentario insinuante, repuso Diana. Fue un corte mío en respuesta a una estupidez que dijo, por si quieres saberlo. Todo el mundo se rio menos tú. Me disculpo por sentirme bien de vez en cuando, Wakefield. Procuraré no sentirme así nunca más.

No es la primera vez que haces un comentario insinuante en presencia de tu marido. Y luego lo niegas todo.

Déjame en paz, por favor. Bien sabe Dios que me has amordazado hasta tal punto que he perdido por completo la seguridad en mí misma. Ya no me relaciono con la gente. Estoy demasiado ocupada preguntándome si digo lo correcto.

Estabas relacionándote con él, eso desde luego.

¿Crees que con la clase de relación que tengo contigo sentiría algún interés en empezar otra? Yo solo quiero llegar al final del día; solo pienso en eso, en llegar al final del día.

Probablemente eso era verdad. En el tren de camino a la ciudad tuve que admitir para mis adentros que yo había iniciado la discusión adrede, movido por cierto espíritu de contradicción y con una sensación de erotismo. En realidad la acusaba de algo que no creía. Era yo quien me acercaba a la gente con ese fin. Le había atribuido a ella mi propia mirada errante. Ese es el fundamento de los celos, ¿o no? La sensación de que tu falsedad congénita es universal. Sí me irritó verla conversar con otro hombre que tenía una copa de vino blanco en la mano, y su inocente cordialidad, que cualquier hombre, y no solo yo, podía interpretar como una invitación. El individuo no era especialmente atractivo. Pero me molestó que hablara con él casi como si yo no estuviera allí a su lado.

Diana poseía una elegancia natural y aparentaba menos edad de la que tenía. Aún se movía como la bailarina que había sido en su época universitaria, con los pies apuntados ligeramente hacia fuera, la cabeza erguida, el andar más un deslizarse que un movimiento paso a paso. Incluso después del embarazo de las gemelas seguía tan menuda y esbelta como cuando la conocí.

Y ahora, en la primera luz del nuevo día, me sumí en el mayor desconcierto por la situación que yo mismo había creado. No voy a afirmar que mis pensamientos en ese momento fueran racionales. Pero realmente sentí que habría sido un error entrar en la casa y explicar la secuencia de acontecimientos que me había llevado a pasar la noche en el desván del garaje. Sin duda Diana había estado en vela hasta altas horas, paseándose de aquí para allá, preocupada por lo que podía haberme ocurrido. Mi aspecto, y su sensación de alivio, la encolerizarían. O bien pensaría que yo había estado con otra mujer, o bien, si llegaba a dar crédito a mi historia, se le antojaría tan extraña como para considerarla una especie de punto de inflexión en nuestra vida matrimonial. Al fin y al cabo habíamos mantenido esa discusión el día anterior. Ella percibiría lo que yo me dije a mí mismo que no podía ser verdad: que había sucedido algo que auguraba un fracaso conyugal. Y luego las gemelas, adolescentes en ciernes, que normalmente me veían como aquel con quien tenían la desgracia de convivir bajo el mismo techo, un motivo de vergüenza ante sus amigos, un bicho raro que no sabía nada de su música ... En fin, el distanciamiento de las gemelas se manifestaría de una manera clara y sibilante. Pensé en madre e hijas como el equipo rival. El equipo local. Llegué a la conclusión de que, por el momento, prefería no vivir la escena que acababa de imaginar. Quizá más tarde, pensé, pero ahora no. Me faltaba por descubrir mi talento para el abandono del hogar.


Cuando bajé por la escalera y oriné entre los bambús, el aire fresco del amanecer me acogió con una suave brisa. Los mapaches no estaban a la vista. Tenía la espalda entumecida y empezaba a sentir las primeras punzadas de hambre, pero debía admitir, de hecho, que en ese momento no me sentía desdichado. ¿Qué tiene la familia de tan sacrosanto, pensé, para que uno deba vivir en ella toda una vida, por insatisfactoria que esa vida sea?

Desde la sombra del garaje contemplé el jardín trasero, con sus arces noruegos, los abedules ladeados, los viejos manzanos cuyas ramas rozaban las ventanas de la sala de estar, y por primera vez, o esa sensación tuve, vi el esplendor verde de aquel terreno como algo indiferente a la vida humana y totalmente ajeno a la mansión victoriana asentada en él. El sol aún no había salido y una red ondulada de bruma flotaba sobre la hierba, salpicada aquí y allá por relucientes gotas de rocío. En el viejo manzano habían empezado a brotar flores blancas, e interpreté la tenue luz del cielo como la tímida iluminación de un mundo al que aún debía presentarme.

En ese momento, supongo, habría podido abrir la puerta de atrás y entrar furtivamente en la cocina sin peligro, seguro de que en la casa todos dormían. Pero opté por levantar la tapa del contenedor de la basura y encontré mi cena intacta de la noche anterior, echada boca abajo sobre una bolsa de plástico y conservada en un círculo perfectamente intacto, como si siguiera en el plato—una chuleta de ternera a la plancha, media patata al horno, con la piel a la vista, y un montículo de ensalada verde aliñada con aceite—, así que pude imaginar la expresión en el rostro de Diana cuando salió y se acercó allí, todavía enfadada por nuestra discusión de esa mañana, y se deshizo de la comida, ya fría, que había preparado estúpidamente para ese marido suyo.

Me pregunté entonces a qué hora se le había agotado la paciencia. Esa sería una medida de la poca o mucha licencia que me concedía. Otra mujer me habría guardado la cena en la nevera, pero yo vivía sometido al juicio de Diana; me iluminaba como una luz que nunca se apagaba en la celda de una cárcel. Que si a mí su trabajo no me interesaba. Que si era desconsiderado y condescendiente con su madre. Que si malgastaba hermosos fines de semana de otoño viendo absurdos partidos de fútbol por televisión. Que si no accedía a pintar los dormitorios. Y si ella era tan feminista, ¿por qué le daba tanta importancia a que yo le abriera una puerta o la ayudara con el abrigo?

Lo único que tuve que hacer fue plantarme delante de casa en el frío del amanecer para ver las cosas en su totalidad: Diana pensaba que se había casado con el hombre equivocado. Naturalmente, yo daba por hecho que no era la persona más fácil del mundo con quien congeniar. Pero incluso ella tenía que reconocer que nunca era aburrido. Y por muchos problemas que tuviéramos, el sexo, el eje de nuestras vidas, no era uno de ellos. ¿Me hallaba yo bajo la ilusión óptica de que eso era la base de un matrimonio sólido?

Habida cuenta de estas reflexiones fui incapaz de acercarme a la puerta y anunciar que estaba en casa. Convertí en desayuno la chuleta de ternera acartonada y la patata, sentado detrás del garaje, donde nadie me veía.


(Continues...)

Excerpted from Todo El Tiempo Del Mundo by E. L. Doctorow, Carlos Milla, Isabel Ferrer. Copyright © 1980 E. L. Doctorow. Excerpted by permission of Roca Editorial.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

Meet the Author

One of the most distinguished novelists of the 20th century, E.L. Doctorow (1931-2015) was the recipient of numerous writing awards, including National Book Critics Circle Awards for Ragtime, his best-known novel, which redefined what historical fiction could do, Billy Bathgate, and The March. He was also a recipient of the American Academy of Arts and Letters Gold Medal for Fiction. Through his fiction he brought whole chapters of America back to life.

Brief Biography

Hometown:
Sag Harbor, New York, and New York, New York
Date of Birth:
January 6, 1931
Place of Birth:
New York, New York
Education:
A.B., Kenyon College, 1952; postgraduate study, Columbia University, 1952-53
Website:
http://www.randomhouse.com/atrandom/doctorow/

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