Travesuras de la niña mala (The Bad Girl) / Edition 1

Paperback (Print)
Buy New
Buy New from BN.com
$14.22
Used and New from Other Sellers
Used and New from Other Sellers
from $1.99
Usually ships in 1-2 business days
(Save 90%)
Other sellers (Paperback)
  • All (15) from $1.99   
  • New (3) from $12.11   
  • Used (12) from $1.99   

Overview

¿Cuál es el verdadero rostro del amor?

Ricardo ve cumplido, a una edad muy temprana, el sueño que en su Lima natal alimentó desde que tenía uso de razón: vivir en París. Pero el rencuentro con un amor de adolescencia lo cambiará todo. La joven, inconformista, aventurera, pragmática e inquieta, lo arrastrará fuera del pequeño mundo de sus ambiciones.

Testigos de épocas convulsas y florecientes en ciudades como Londres, París, Tokio o Madrid, que aquí son mucho más que escenarios, ambos personajes verán sus vidas entrelazarse sin llegar a coincidir del todo. Sin embargo, esta danza de encuentros y desencuentros hará crecer la intensidad del relato página a página hasta propiciar una verdadera fusión del lector con el universo emocional de los protagonistas.

Este libro narra la pasión amorosa de un hombre, Ricardo Somocurcio, por una mujer perversa y calculadora que sólo busca satisfacer sus ambiciones. Pero ésta no es sólo la novela de una pasión íntima que ocupa más de tres décadas de la vida de Ricardo, es también la crónica de un tiempo fascinante en dos continentes: Europa y América del Sur.

Como telón de fondo contemplamos la historia peruana desde 1950 hasta 1987, con sus vaivenes entre democracia y dictadura. Y a la vez, el París de los años sesenta con sus grandes pensadores del momento (Sartre, Camus); el fascinante Londres de los setenta con la eclosión de la cultura hippie, la droga, la música pop y el amor libre; el Japón de los grandes traficantes, y finalmente la España de mediados de los ochenta.

Creando una admirable tensión entre lo cómico y lo trágico, Mario Vargas Llosa juega con la realidad y la ficción para liberar una historia en la que el amor se nos muestra indefinible, dueño de mil caras, como la niña mala. Pasión y distancia, azar y destino, dolor y disfrute... ¿Cuál es el verdadero rostro del amor?

Read More Show Less

Product Details

  • ISBN-13: 9789707704664
  • Publisher: Santillana USA Publishing Company
  • Publication date: 6/15/2006
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Edition number: 1
  • Pages: 376
  • Sales rank: 659,345
  • Product dimensions: 5.70 (w) x 9.10 (h) x 0.80 (d)

Meet the Author

Mario Vargas Llosa nació en Arequipa, Perú, en 1936. Aunque había estrenado un drama en Piura y publicado un libro de relatos, Los jefes, que obtuvo el Premio Leopoldo Alas, su carrera literaria cobró notoriedad con la publicación de La ciudad y los perros, Premio Biblioteca Breve de 1962 y Premio de la Crítica en 1963. En 1966 apareció su segunda novela, La casa verde, que obtuvo el Premio de la Crítica y el Premio Internacional Rómulo Gallegos. Posteriormente ha publicado piezas teatrales (La señorita de Tacna, Kathie y el hipopótamo, La Chunga, El loco de los balcones y Ojos bonitos, cuadros feos), estudios y ensayos (García Márquez, historia de un deicidio y La orgía perpetua: Flaubert y "Madame Bovary"), relatos (Los cachorros) y, sobre todo, novelas: Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El hablador, Elogio de la madrastra, Lituma en los Andes, Los cuadernos de don Rigoberto, La Fiesta del Chivo y El Paraíso en la otra esquina. En el 2002 recibió el Premio PEN/Nabokov y en el 2004 el Premio Internacional Una Vida para la Literatura (Premios Grinzane Cavour).
Read More Show Less

First Chapter

Travesuras de la niña mala

I. Las chilenitas

Aquél fue un verano fabuloso. Vino Pérez Prado con su orquesta de doce profesores a animar los bailes de Carnavales del Club Terrazas de Miraflores y del Lawn Tenis de Lima, se organizó un campeonato nacional de mambo en la Plaza de Acho que fue un gran éxito pese a la amenaza del Cardenal Juan Gualberto Guevara, arzobispo de Lima, de excomulgar a todas las parejas participantes, y mi barrio, el Barrio Alegre de las calles miraflorinas de Diego Ferré, Juan Fanning y Colón, disputó unas olimpiadas de fulbito, ciclismo, atletismo y natación con el barrio de la calle San Martín, que, por supuesto, ganamos.

Ocurrieron cosas extraordinarias en aquel verano de 1950. Cojinoba Lañas le cayó por primera vez a una chica —la pelirroja Seminauel— y ésta, ante la sorpresa de todo Miraflores, le dijo que sí. Cojinoba se olvidó de su cojera y andaba desde entonces por las calles sacando pecho como un Charles Atlas. Tico Tiravante rompió con Ilse y le cayó a Laurita, Víctor Ojeda le cayó a Ilse y rompió con Inge, Juan Barreto le cayó a Inge y rompió con Ilse. Hubo tal recomposición sentimental en el barrio que andábamos aturdidos, los enamoramientos se deshacían y rehacían y al salir de las fiestas de los sábados las parejas no siempre eran las mismas que entraron. «¡Qué relajo!», se escandalizaba mi tía Alberta, con quien yo vivía desde la muerte de mis padres.

Las olas de los baños de Miraflores rompían dos veces, allá a lo lejos, la primera a doscientos metros de la playa, y hasta allí íbamos a bajarlas a pecho los valientes, y nos hacíamos arrastrar unos cien metros, hasta donde las olas morían sólo para reconstituirse en airosos tumbos y romper de nuevo, en una segunda reventazón que nos deslizaba a los corredores de olas hasta las piedrecitas de la playa.

Aquel verano extraordinario, en las fiestas de Miraflores todo el mundo dejó de bailar valses, corridos, blues, boleros y huarachas, porque el mambo arrasó. El mambo, un terremoto que tuvo moviéndose, saltando, brincando, haciendo figuras, a todas las parejas infantiles, adolescentes y maduras en las fiestas del barrio. Y seguramente lo mismo ocurría fuera de Miraflores, más allá del mundo y de la vida, en Lince, Breña, Chorrillos, o los todavía más exóticos barrios de La Victoria, el centro de Lima, el Rímac y el Porvenir, que nosotros, los miraflorinos, no habíamos pisado ni pensábamos tener que pisar jamás.

Y así como de los valsecitos y las huarachas, las sambas y las polcas habíamos pasado al mambo, pasamos también de los patines y los patinetes a la bicicleta, y algunos, Tato Monje y Tony Espejo por ejemplo, a la moto, e incluso uno o dos al automóvil, como el grandulón del barrio, Luchín, que le robaba a veces el Chevrolet convertible a su papá y nos llevaba a dar una vuelta por los malecones, desde el Terrazas hasta la quebrada de Armendáriz, a cien por hora.

Pero el hecho más notable de aquel verano fue la llegada a Miraflores, desde Chile, su lejanísimo país, de dos hermanas cuya presencia llamativa y su inconfundible manerita de hablar, rapidito, comiéndose las últimas sílabas de las palabras y rematando las frases con una aspirada exclamación que sonaba como un «pué», nos pusieron de vuelta y media a todos los miraflorinos que acabábamos de mudar el pantalón corto por el largo. Y, a mí, más que a los otros.

La menor parecía la mayor y viceversa. La mayor se llamaba Lily y era algo más bajita que Lucy, a la que le llevaba un año. Lily tendría catorce o quince años a lo más y Lucy trece o catorce. El adjetivo llamativa parecía inventado para ellas, pero, sin dejar de serlo, Lucy no lo era tanto como su hermana, no sólo porque sus cabellos eran menos rubios y más cortos y porque se vestía con más sobriedad que Lily, sino porque era más callada y, a la hora de bailar, aunque también hacía figuras y quebraba la cintura con una audacia a la que ninguna miraflorina se atrevería, parecía una chica recatada, inhibida y casi sosa en comparación con ese trompo, esa llama al viento, ese fuego fatuo que era Lily cuando, instalados los discos en el pick up, reventaba el mambo y nos poníamos a bailar.

Lily bailaba con un ritmo sabroso y mucha gracia, sonriendo y canturreando la letra de la canción, alzando los brazos, mostrando las rodillas y moviendo cintura y hombros de manera que todo su cuerpecito, al que modelaban con tanta malicia y tantas curvas las faldas y blusas que llevaba, parecía encresparse, vibrar y participar del baile de la punta de los cabellos a los pies. Quien bailaba el mambo con ella la pasaba siempre mal, porque ¿cómo seguir sin enredarse el torbellino endiablado de esas piernas y patitas saltarinas? ¡Imposible! Uno quedaba rezagado desde el principio y muy consciente de que los ojos de todas las parejas estaban concentrados en las hazañas mamberas de Lily. «¡Qué niñita!», se indignaba mi tía Alberta, «baila como una Tongolele, como una rumbera de película mexicana». «Bueno, no olvidemos que es chilena», se hacía eco ella misma, «el fuerte de las mujeres de ese país no es la virtud».

Yo de Lily me enamoré como un becerro, la forma más romántica de enamorarse —se decía también templarse al cien—, y, en ese verano inolvidable, le caí tres veces. La primera, en la platea alta del Ricardo Palma, ese cine que estaba en el Parque Central de Miraflores, en la matinée del domingo, y me dijo que no, era todavía muy joven para tener enamorado. La segunda, en la pista de patinaje que se inauguró justamente ese verano al pie del Parque Salazar, y me dijo no, necesitaba pensarlo porque, aunque yo le gustaba un poquito, sus padres le habían pedido que no tuviera enamorado hasta que terminara el cuarto de media y ella estaba todavía en tercero. Y, la última, pocos días antes del gran lío, en el Cream Rica de la avenida Larco, mientras tomábamos un milk-shake de vainilla, y, por supuesto, otra vez que no, para qué me iba a decir que sí ya que estando como estábamos parecíamos enamorados. ¿No nos ponían siempre de pareja donde Marta cuando jugábamos a las verdades? ¿No nos sentábamos juntos en la playa de Miraflores? ¿No bailaba ella conmigo más que con cualquiera en las fiestas? ¿Para qué, pues, me iba a dar formalmente el sí si todo Miraflores ya nos creía enamorados? Con su fachita de modelo, unos ojos oscuros y pícaros y una boquita de labios carnosos, Lily era la coquetería hecha mujer.

«De ti, me gusta todo», le decía yo. «Pero, lo que más, tu manerita de hablar.» Era chistosa y original, por su entonación y su música, tan distintas de las peruanas, y también por ciertas expresiones, palabritas y dichos que a los del barrio nos dejaban en la luna, tratando de adivinar lo que querían decir y si en ellos se escondía alguna burla. Lily se pasaba la vida diciendo cosas en doble sentido, haciendo adivinanzas o contando unos chistes tan colorados que a las chicas del barrio las hacían comerse un pavo. «Esas chilenitas son terribles», sentenciaba mi tía Alberta, quitándose y poniéndose los anteojos con el aire de profesora de colegio que tenía, preocupada de que ese par de forasteras desintegrara la moral miraflorina. Todavía no había edificios en el Miraflores de comienzos de los años cincuenta, barrio de casitas de una sola planta o a lo más dos, de jardines con los infaltables geranios, las poncianas, los laureles, las buganvillas, el césped y las terrazas por las que trepaban las madreselvas o la hiedra, con mecedoras donde los vecinos esperaban la noche comadreando y oliendo el perfume del jazmín. En algunos parques había ceibos espinosos de flores rojas y rosadas, y las rectas, limpias veredas tenían arbolitos de suche, jacarandás, moras y la nota de color la ponían, tanto como las flores de los jardines, los amarillos carritos de los heladeros de D’Onofrio, uniformados con guardapolvos blancos y gorrita negra, que recorrían las calles día y noche anunciando su presencia con una bocina cuyo lento ulular a mí me hacía el efecto de un cuerno bárbaro, de una reminiscencia prehistórica.

Todavía se oía cantar a los pájaros en ese Miraflores donde las familias cortaban los pinos cuando las muchachas llegaban a la edad casadera, pues, si no lo hacían, las pobres se quedarían solteronas como mi tía Alberta.

Lily nunca me daba el sí, pero cierto que, salvo esa formalidad, en todo lo demás parecíamos enamorados. Nos cogíamos de la mano en las matinées del Ricardo Palma, el Leuro, el Montecarlo y el Colina, y, aunque no se pudiera decir que en la oscuridad de las plateas tiráramos plan como otras parejas más antiguas —tirar plan era una fórmula en la que cabían desde los besos anodinos hasta los chupetazos lingüísticos y los malos tocamientos que había que confesarle al cura los primeros viernes como pecados mortales—, Lily me dejaba besarla, en las mejillas, en el borde de las orejitas, en la esquina de la boca, y, a veces, por un segundo, juntaba sus labios con los míos y los apartaba con un mohín melodramático: «No, no, eso sí que no, flaquito ». «Estás hecho un becerro, flaco, estás azul, flaco, te derrites de tanto camote, flaco», se burlaban mis amigos del barrio. Jamás me llamaban por mi nombre —Ricardo So- mocurcio—, siempre por mi apodo. No exageraban lo más mínimo: estaba templado de Lily hasta el cien.

Por ella, aquel verano, me trompeé con Luquen, uno de mis mejores amigos. En una de esas reuniones que teníamos las chicas y los chicos del barrio en la esquina de Colón y Diego Ferré, en el jardín de los Chacaltana, Luquen, haciéndose el gracioso, dijo de pronto que las chilenitas eran unas huachafas, porque no eran rubias de verdad sino oxigenadas, y que, a mis espaldas, en Miraflores habían comenzado a decirles las Cucarachas. Le lancé un directo al mentón, que él esquivó, y fuimos a dirimir la diferencia a trompadas en la esquina del malecón de la Reserva, junto al acantilado. Estuvimos sin hablarnos toda una semana, hasta que, en la siguiente fiesta, las chicas y los chicos del barrio nos hicieron amistar.

A Lily le gustaba ir todas las tardes a esa esquina del Parque Salazar alborotada de palmeras, floripondios y campanillas desde cuyo murito de ladrillos rojos contemplábamos toda la bahía de Lima como contempla el mar el capitán de un barco desde la torre de mando. Si el cielo estaba despejado, y juraría que aquel verano el cielo estuvo siempre sin nubes y el sol brilló sobre Miraflores sin fallarnos un solo día, se divisaba allá al fondo, en los confines del océano, el disco rojo, llameando, despidiéndose con rayos y luces de fogueo mientras se ahogaba en las aguas del Pacífico. La carita de Lily se concentraba con el mismo fervor con que iba a comulgar en la misa de doce de la parroquia del Parque Central, la vista fija en aquella bola ígnea, esperando el instante en que el mar se tragara el último rayito para formular el deseo que el astro, o Dios, materializaría. Yo pedía un deseo también, creyendo sólo a medias que se haría realidad. Siempre el mismo, por supuesto: que me dijera por fin que sí, que fuéramos enamorados, tiráramos plan, nos quisiéramos, pasáramos a novios y nos casáramos y termináramos en París, ricos y felices.

Desde que tenía uso de razón soñaba con vivir en París. Probablemente fue culpa de mi papá, de esos libros de Paul Féval, Julio Verne, Alejandro Dumas y tantos otros que me hizo leer antes de matarse en el accidente que me dejó huérfano. Esas novelas me llenaron la cabeza de aventuras y me convencieron de que en Francia la vida era más rica, más alegre, más hermosa y más todo que en cualquier otra parte. Por eso, además de mis clases de inglés en el Instituto Peruano-Norteamericano, logré que mi tía Alberta me matriculara en la Alliance Française de la avenida Wilson, donde iba tres veces por semana a aprender la lengua de los franchutes. Aunque me gustaba divertirme con mis cumpas del barrio, era bastante chancón, sacaba buenas notas y los idiomas me encantaban.

Cuando las propinas me lo permitían, invitaba a Lily a tomar el té —todavía no se había puesto de moda decir tomar lonche— en la Tiendecita Blanca, con su nívea fachada, sus mesitas y sus toldos sobre las veredas, y sus miliunanochescos pasteles —¡las bizcotelas, los alfajores rellenos de manjar blanco, los piononos!— en el límite mismo de la avenida Larco, la avenida Arequipa y la alameda Ricardo Palma sombreada por las copas de los altísimos ficus.

Ir a la Tiendecita Blanca con Lily a tomar un helado y un pedazo de torta era una felicidad casi siempre empañada, ay, por la presencia de su hermana Lucy, con la que tenía yo que cargar también en todas las salidas. Ella tocaba violín sin la menor incomodidad, estropeándome el plan e impidiéndome conversar a solas con Lily y decirle todas las cosas bonitas que yo soñaba con murmurarle al oído. Pero, aun cuando, debido a la vecindad de Lucy, nuestra conversación debiera evitar ciertos temas, era impagable estar junto a ella, viendo cómo danzaba su melenita cada vez que movía la cabeza, la picardía de sus ojos color miel oscura, escuchar su manerita de hablar tan diferente y divisar a veces, a la descuidada, en el escote de su blusa pegadita, el comienzo de esos pechitos que apuntaban ya, redondos, de tiernos botones y, sin duda, firmes y suaves como unas frutas jóvenes.

«Yo no sé qué hago aquí con ustedes, tocando violín », se excusaba Lucy, a veces. Yo le mentía: «Qué ocurrencia, estamos felices con tu compañía, ¿no, Lily?». Lily se reía, con un diablito burlón en sus pupilas, y esa exclamación: «Sí, puuuuu...».

Dar un paseo por la avenida Pardo, bajo la alameda de los ficus invadidos por los pájaros cantores, entre las casitas de ambas orillas en cuyos jardines y terrazas correteaban niños y niñas vigilados por niñeras uniformadas de blanco almidonado, fue un rito de aquel verano. Como, debido a la presencia de Lucy, resultaba difícil hablar con Lily de lo que me hubiera gustado, yo llevaba la conversación hacia temas anodinos: los planes para el futuro, por ejemplo, cuando, graduado de abogado, me fuera a París con un cargo diplomático —porque allá, en París, vivir era vivir, Francia era el país de la cultura— o me dedicara tal vez a la política, para ayudar un poco a este pobre Perú a ser grande y próspero otra vez, con lo que tendría que aplazar un poco el viaje a Europa. ¿Y a ellas, qué les gustaría ser, hacer, de grandes? Lucy, juiciosa, tenía objetivos muy precisos: «Ante todo, terminar el colegio. Después, conseguir un buen puesto, tal vez en una tienda de discos, debe ser la mar de entretenido». Lily pensaba en una agencia de turismo o una compañía de aviación, como azafata, si convencía a sus papás, así viajaría gratis por el mundo entero. O artista de cine, tal vez, pero nunca permitiría que la sacaran en bikini. Viajar, viajar, conocer todos los países era lo que más le gustaría. «Bueno, al menos ya conoces dos, Chile y Perú, qué más quieres», le decía yo. «Compárate conmigo, que nunca salí de Miraflores.»

Las cosas que Lily contaba de Santiago eran para mí un anticipo del cielo parisino. ¡Con qué envidia la escuchaba! Allá, a diferencia de acá, no había pobres ni mendigos por las calles, a los chicos y a las chicas los papás los dejaban quedarse en las fiestas hasta el amanecer, bailar cheek to cheek, y jamás se veía, como aquí, a los viejos, a las mamás, a las tías, espiando a los jóvenes cuando bailaban para reñirlos si se propasaban. En Chile a los chicos y a las chicas los dejaban entrar a películas de mayores y, desde que cumplían quince años, fumar sin esconderse. Allá la vida era más entretenida que en Lima porque había más cines, circos, teatros y espectáculos, y fiestas con orquestas, y de Estados Unidos iban todo el tiempo a Santiago compañías de patinaje, de ballet, musicales, y, en cualquier trabajo que tuvieran, los chilenos ganaban el doble o el triple que aquí los peruanos.

Pero, si era así, ¿por qué los padres de las chilenitas habían dejado ese maravilloso país para venirse al Perú? Porque ellos no eran ricos sino, a simple vista, pobretones. Por lo pronto, no vivían como nosotros, las chicas y los chicos del Barrio Alegre, en casas con mayordomos, cocineras, sirvientas y jardineros, sino en un departamentito, en un angosto edificio de tres pisos, en la calle Esperanza, a la altura del restaurante Gambrinus. Y en el Miraflores de esos años, a diferencia de lo que ocurriría tiempo después, cuando empezaron a brotar los edificios y a desaparecer las casas, en los departamentos vivían sólo los pobretones, esa disminuida especie humana a la que —ay, qué pena— parecían pertenecer las chilenitas.

Nunca les vi la cara a sus papás. Ellas nunca nos llevaron ni a mí ni a ninguna chica o chico del barrio a su casa. Nunca celebraron un cumpleaños, ni dieron una fiesta, ni nos invitaron a tomar el té y a jugar, como si se avergonzaran de que viéramos lo modesto que era el lugar donde vivían. A mí, que fueran pobretones y que se avergonzaran de todo lo que no tenían me llenaba de compasión, aumentaba mi amor por la chilenita y me infundía designios altruistas: «Cuando Lily y yo nos casemos, nos llevaremos a vivir con nosotros a toda su familia».

Pero, a mis amigos, y sobre todo a mis amigas miraflorinas, les daba mala espina que Lucy y Lily no nos abrieran las puertas de su casa. «¿Serán tan muertas de hambre que no pueden organizar ni siquiera una fiesta?», se preguntaban. «Acaso no es por pobres, sino por amarretes », trataba de componerla Tico Tiravante, empeorándola.

Los chicos del barrio empezaron de pronto a hablar mal de las chilenitas por la manera como se maquillaban y vestían, a burlarse del escaso vestuario que lucían —todos conocíamos ya de memoria esas falditas, blusitas y sandalias que, para disimular, combinaban de todas las maneras posibles—, y yo las defendía, lleno de santa indignación, esos rajes eran envidia, envidia verde, envidia ponzoñosa, porque en las fiestas las chilenitas nunca planchaban, todos los chicos hacían cola para sacarlas a bailar —«Porque se dejan pegar el cuerpo, así quién va a planchar », replicaba Laura— o porque, en las reuniones en el barrio, en los juegos, en la playa o en el Parque Salazar, eran siempre el centro de la atracción, y todos los chicos las rodeaban, en tanto que a las otras... —«¡Porque son unas agrandadas y unas descaradas y porque con ellas ustedes se atreven a contar unos chistes colorados que nosotras no les permitiríamos!», contraatacaba Teresita—, y, por último, porque las chilenitas eran regias, modernas, despercudidas, y ellas, en cambio, unas remilgadas, unas atrasadas, unas anticuadas, unas cucufatas y unas prejuiciadas. «¡A mucha honra!», respondía Ilse, sacándonos cachita.

Pero, aunque rajaban de ellas, las chicas del Barrio Alegre las seguían invitando a las fiestas y saliendo con ellas en patota a los baños de Miraflores, a la misa de doce los domingos, a las matinées y a dar las vueltas obligadas por el Parque Salazar desde el atardecer hasta la aparición de las primeras estrellas que, en ese verano, chisporrotearon en el cielo de Lima de enero a marzo sin que, estoy seguro, ni un solo día las ocultaran las nubes, como ocurre siempre en esta ciudad las cuatro quintas partes del año. Lo hacían porque los chicos se lo pedíamos, y porque, en el fondo, las chicas de Miraflores sentían por las chilenitas la fascinación que ejerce sobre el pajarito la cobra que lo hipnotiza antes de tragárselo, la pecadora sobre la santa, el diablo sobre el ángel. Envidiaban en las forasteras venidas de ese remoto país que era Chile la libertad, que ellas no tenían, de salir a todas partes y quedarse paseando o bailando hasta tardísimo sin pedir permiso para un ratito más, sin que su papá, su mamá o alguna hermana mayor o una tía viniera a espiar por las ventanas de la fiesta con quién y cómo bailaban, o a llevárselas a casa porque ya eran las doce de la noche, hora en que las chicas decentes no estaban bailando ni conversando en las calles con hombres —eso hacían las agrandadas, las huachafas y las cholas— sino en sus casitas y en su cama, soñando con los angelitos. Envidiaban que las chilenitas fueran tan sueltas, bailaran con tantos disfuerzos sin importarles si se les descubrían las rodillas, y moviendo los hombros, los pechitos y el potito como no lo hacía ninguna chica en Miraflores, y que, a lo mejor, se permitieran con los chicos libertades que ellas ni se atrevían a imaginar. Pero, si eran tan libres, ¿por qué ni Lily ni Lucy querían tener enamorado? ¿Por qué nos decían que no a todos los que les caíamos? No sólo a mí me había dicho Lily que no; también a Lalo Molfino y a Lucho Claux, y Lucy les había dicho no a Loyer, a Pepe Cánepa y al pintoncito de Julio Bienvenida, el primer miraflorino al que, sin siquiera haber terminado el colegio, sus padres le regalaron un Volkswagen al cumplir quince años. ¿Por qué las chilenitas, que eran tan libres, no querían tener enamorado?

Ese y otros misterios relacionados con Lily y Lucy se aclararon inesperadamente el 30 de marzo de 1950, el último día de aquel verano memorable, en la fiesta de Marirosa Álvarez-Calderón, la gordita pufi. Una fiesta que marcaría época y quedaría en la memoria de todos los asistentes para siempre. La casa de los Álvarez-Calderón, en la esquina de 28 de Julio y La Paz, era la más linda de Miraflores y acaso del Perú con sus jardines de altos árboles, sus tipas de flores amarillas, sus campanillas, sus rosales y su piscina de azulejos. Las fiestas de Marirosa eran siempre con orquesta y un enjambre de mozos que servían pasteles, bocaditos, sándwiches, jugos y toda clase de bebidas no alcohólicas a lo largo de la noche, unas fiestas para las que los invitados nos preparábamos como para subir al cielo. Todo iba de maravillas hasta que, con las luces apagadas, el centenar de chicas y chicos rodeamos a Marirosa y le cantamos el Happy Birthday y ella sopló y apagó la torta con las quince velitas e hicimos cola para darle el abrazo consabido.

Cuando a Lily y Lucy les tocó el turno de abrazarla, Marirosa, una chanchita feliz cuyos rollos rebalsaban el rosado vestido con un gran moño a la espalda que llevaba, después de besarlas en la mejilla, abrió mucho los ojos:

—¿Ustedes son chilenas, no? Les voy a presentar a mi tía Adriana. Es chilena también, acaba de llegar de Santiago. Vengan, vengan.

Las cogió de la mano y se las llevó al interior de la casa, gritando: «Tía Adriana, tía Adriana, aquí te tengo una sorpresa».

Por los cristales del largo ventanal, rectángulo iluminado que enmarcaba un gran salón con una chimenea apagada, paredes con paisajes y retratos al óleo, sillones, sofás, alfombras, y una docena de señoras y señores con copas en las manos, vi irrumpir instantes después a Marirosa con las chilenitas, y alcancé a ver, desvaída y fugaz, la silueta de una señora muy alta, muy arreglada, muy hermosa, con un cigarrillo humeando en la punta de una larga boquilla, adelantándose a saludar a sus jóvenes compatriotas con una sonrisa condescendiente.

Me fui a tomar un jugo de mango y a fumar un Viceroy a escondidas, entre las casetas de vestir de la piscina. Allí me encontré con Juan Barreto, mi amigo y compañero del Colegio Champagnat, que había venido a refugiarse también en esas soledades para fumarse un pitillo. A boca de jarro me preguntó:

—¿Te importaría que le cayera a Lily, flaco?

Sabía que, aunque lo parecíamos, no éramos enamorados, y sabía también —como todo el mundo, me precisó— que yo le había caído tres veces y que las tres me había dicho nones. Le respondí que me importaba muchísimo, porque, aunque Lily me había dicho no, ése era un jueguecito que ella se traía —en Chile las chicas eran así—, pero, en realidad, yo le gustaba, era como si fuéramos enamorados, y además, esta noche yo ya había empezado a caerle por cuarta y definitiva vez, y ella estaba por decirme que sí cuando la aparición de la torta con las quince velitas de la gordita pufi nos interrumpió. Pero, ahora que saliera de hablar con la tía de Marirosa, le seguiría cayendo y ella me aceptaría y desde esta noche sería mi enamorada con todas las de la ley.

—Si es así, tendré que caerle a Lucy —se resignó Juan Barreto—. La vaina es que a mí la que me gusta es Lily, compadre.

Lo animé a que le cayera a Lucy y le prometí hacerle el bajo para que ella lo aceptara. Él con Lucy y yo con Lily formaríamos un cuarteto bestial.

Conversando con Juan Barreto junto a la piscina y viendo bailar a las parejas en la pista de baile al compás de la orquesta de los Hermanos Ormeño —no sería la de Pérez Prado, pero era buenísima, qué trompetas, qué tambores—, nos fumamos un par de Viceroys. ¿Por qué se le había ocurrido a Marirosa, justo en ese momento, presentar a su tía a Lucy y Lily? ¿Qué comadreaban tanto? Se me estaba fregando el plan, caracho. Porque, era verdad, cuando anunciaron la torta con las quince velitas yo había comenzado mi cuarta —y, estaba seguro, esta vez exitosa— declaración de amor a Lily, después de haber convencido a la orquesta que tocara Me gustas, el bolero más propicio para caerles a las chicas.

Se demoraron una eternidad en volver. Y volvieron transformadas: Lucy, muy pálida y ojerosa, como si hubiera visto un fantasma y estuviera recobrándose de la impresión del otro mundo, y Lily, enfurruñada, un mohín avinagrado, los ojos echando chispas, como si allá adentro esas señoras y señores tan pitucos la hubieran hecho pasar muy mal rato. Ahí mismo la saqué a bailar, uno de esos mambos que eran su especialidad —el Mambo número 5—, y, yo no podía creerlo, Lily no daba pie con bola, perdía el ritmo, se distraía, se equivocaba, tropezaba, y el gorrito marinero se le corrió, dándole un aspecto algo ridículo. Ella ni se preocupó de enderezarlo. ¿Qué había pasado?

Estoy seguro que al terminar el Mambo número 5 toda la fiesta lo sabía porque la gordita pufi se había en- cargado de divulgarlo. ¡Qué gustazo se daría esa chismosa contándolo, con lujo de detalles, coloreando y exagerando la historia, a la vez que ponía los ojos grandes, grandes, de curiosidad y espanto y felicidad! ¡Qué malsana alegría habrían sentido —qué desagravio, qué venganza— todas las chicas del barrio que tanto envidiaban a esas chilenitas venidas a Miraflores a revolucionar las costumbres de los niños que ese verano nos graduamos de adolescentes!

Yo fui el último en enterarme, cuando ya Lily y Lucy habían misteriosamente desaparecido, sin despedirse de Marirosa ni de nadie —«tascando el freno de la vergüenza », sentenciaría mi tía Alberta—, y cuando el sibilino rumor se había extendido por toda la pista de baile y levantado en vilo al centenar de chicos y chicas que, olvidados de la orquesta, de sus enamorados y enamoradas, de tirar plan, se secreteaban, se repetían, se alarmaban, se exaltaban, abriendo unos ojazos que bullían de maledicencia: «¿Sabes? ¿Te enteraste? ¿Has oído? ¡Qué te parece! ¿Te das cuenta? ¿Te imaginas, te imaginas?». «¡No son chilenas! ¡No, no lo eran! ¡Puro cuento! ¡Ni chilenas ni sabían nada de Chile! ¡Mintieron! ¡Engañaron! ¡Se inventaron todo! ¡La tía de Marirosa les fregó el pastel! ¡Qué bandidas, qué bandidas! »

Eran peruanitas, nomás. ¡Pobres! ¡Pobrecitas! La tía Adriana, recién llegadita de Santiago, debió llevarse la sorpresa de su vida al oírlas hablar con aquel acento que a nosotros nos engañaba tan bien pero que ella identificó de inmediato como una impostura. Qué mal debieron sentirse las chilenitas cuando la tía de la gordita pufi, adivinando la farsa, comenzó a preguntarles sobre su familia santiaguina, el barrio donde vivían en Santiago, el colegio en el que habían estudiado en Santiago, sobre su parentela y las amistades de su familia en Santiago, haciendo pasar a Lucy y Lily el trago más amargo de su corta vida, ensañándose con ellas hasta que, despedidas de la sala, hechas unas ruinas, espiritual y físicamente demolidas, pudo proclamar ante sus parientes y amistades y la estupefacta Marirosa: «¡Qué chilenitas ni ocho cuartos! ¡Esas niñas no han pisado jamás Santiago y son tan chilenas como yo tibetana!».

Aquel último día del verano de 1950 —yo acababa de cumplir quince años también— comenzó para mí la vida de verdad, la que divorcia los castillos en el aire, los espejismos y las fábulas, de la cruda realidad.

La historia completa de las falsas chilenitas no la supe con exactitud, ni la supo nadie salvo ellas, pero sí escuché las conjeturas, chismes, fantasías y supuestas revelaciones que, como una estela rumorosa, persiguieron largo tiempo a las chilenitas de a mentiras, cuando éstas dejaron de existir —una manera de decirlo—, porque nunca más fueron invitadas a las fiestas, ni a los juegos, ni a los tes, ni a las reuniones del barrio. Las malas lenguas decían que, aunque las chicas decentes del Barrio Alegre y de Miraflores ya no las frecuentaban, y les volteaban la cara si se las cruzaban por la calle, los chicos, los muchachos, los hombres, sí las buscaban, a escondidas, como se busca a las huachafitas —¿y qué otra cosa eran Lily y Lucy sino dos huachafitas de algún barrio como Breña o El Porvenir que, para ocultar su procedencia, se habían hecho pasar por extranjeras a fin de colarse entre la gente decente de Miraflores?—, para tirar plan con ellas, para hacerles esas cosas que sólo las cholitas y las huachafitas se dejan hacer.

Después, me imagino, unos y otros se fueron olvidando de Lily y de Lucy, porque otras personas, otros asuntos vinieron a reemplazar esa aventura del último verano de nuestra infancia. Pero, yo no. Yo no las olvidé, sobre todo a Lily. Y aunque hayan corrido tantos años, y Miraflores haya cambiado tanto, y lo mismo las costumbres, y se eclipsaran barreras y prejuicios que antes se exhibían con insolencia y ahora se disimulan, yo la guardé en la memoria, y vuelvo a veces a evocarla, a oír la risa traviesa y la mirada burlona de sus ojos color miel oscura, a verla cimbreándose como una caña a los compases de los mambos. Y sigo pensando que, a pesar de haber vivido ya tantos veranos, aquél fue el más fabuloso de todos.

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. Código Penal).

Read More Show Less

Customer Reviews

Average Rating 4.5
( 21 )
Rating Distribution

5 Star

(13)

4 Star

(5)

3 Star

(3)

2 Star

(0)

1 Star

(0)

Your Rating:

Your Name: Create a Pen Name or

Barnes & Noble.com Review Rules

Our reader reviews allow you to share your comments on titles you liked, or didn't, with others. By submitting an online review, you are representing to Barnes & Noble.com that all information contained in your review is original and accurate in all respects, and that the submission of such content by you and the posting of such content by Barnes & Noble.com does not and will not violate the rights of any third party. Please follow the rules below to help ensure that your review can be posted.

Reviews by Our Customers Under the Age of 13

We highly value and respect everyone's opinion concerning the titles we offer. However, we cannot allow persons under the age of 13 to have accounts at BN.com or to post customer reviews. Please see our Terms of Use for more details.

What to exclude from your review:

Please do not write about reviews, commentary, or information posted on the product page. If you see any errors in the information on the product page, please send us an email.

Reviews should not contain any of the following:

  • - HTML tags, profanity, obscenities, vulgarities, or comments that defame anyone
  • - Time-sensitive information such as tour dates, signings, lectures, etc.
  • - Single-word reviews. Other people will read your review to discover why you liked or didn't like the title. Be descriptive.
  • - Comments focusing on the author or that may ruin the ending for others
  • - Phone numbers, addresses, URLs
  • - Pricing and availability information or alternative ordering information
  • - Advertisements or commercial solicitation

Reminder:

  • - By submitting a review, you grant to Barnes & Noble.com and its sublicensees the royalty-free, perpetual, irrevocable right and license to use the review in accordance with the Barnes & Noble.com Terms of Use.
  • - Barnes & Noble.com reserves the right not to post any review -- particularly those that do not follow the terms and conditions of these Rules. Barnes & Noble.com also reserves the right to remove any review at any time without notice.
  • - See Terms of Use for other conditions and disclaimers.
Search for Products You'd Like to Recommend

Recommend other products that relate to your review. Just search for them below and share!

Create a Pen Name

Your Pen Name is your unique identity on BN.com. It will appear on the reviews you write and other website activities. Your Pen Name cannot be edited, changed or deleted once submitted.

 
Your Pen Name can be any combination of alphanumeric characters (plus - and _), and must be at least two characters long.

Continue Anonymously
Sort by: Showing all of 17 Customer Reviews
  • Anonymous

    Posted October 2, 2007

    Increible

    Definitivamente quita el aliento desde el primer parrafo, es una delicia de libro. Vargas Llosa es un genio de la literatura. La recreacion de los espacios es precisa y perfecta, pero mas aun el estilo narrativo que caracteriza a este autor. Increible.

    Was this review helpful? Yes  No   Report this review
  • Anonymous

    Posted June 17, 2007

    BUENISIMO !!!

    Este libro me parecio fantastico, el escritor relata el libro de una forma que es imposible dejaro de leer y nunca se vuelve aburrido ya que cada evento es tan bueno e interesante como el anterior.Se los recomiendo mucho

    Was this review helpful? Yes  No   Report this review
  • Anonymous

    Posted March 8, 2007

    muy buena

    en realidad es una novela que te cautiva te transporta te atrapa y no te aburre. Sobre el amor se ha dicho tanto , pero que cuando es el hombre el que sufre, espera, busca,Y ama sin esperar nada a cambio, mas que un poco de amor de esta nina mala .el final inesperado y digno de una muy buena novela como esta,,,,,

    Was this review helpful? Yes  No   Report this review
  • Anonymous

    Posted March 10, 2007

    excellente!!

    Una de las mejores de Mario Vargas llosa. este libro te cautivara de principio a fin.. no querras dejarlo..

    Was this review helpful? Yes  No   Report this review
  • Anonymous

    Posted March 7, 2007

    Unable to stop reading

    I am ashamed that as a peruvian I have never read such a famous author as MVL. I fell in love with his writing. You get taken by the way in which he describes and presents his plots and stories. I enjoyed this book so much... I sincerely recommended. It is a great story!! Don't miss it!!

    Was this review helpful? Yes  No   Report this review
  • Anonymous

    Posted November 16, 2006

    Una de las mejores de Llosa!

    Para mi es una de las mejores obras de Vargas Llosa, te cautiva y te mantiene desde el inicio. Yo la recomiendo es fascinante.

    Was this review helpful? Yes  No   Report this review
  • Anonymous

    Posted January 12, 2007

    Para hacer más travesuras

    Simplemente fabulosa! Sólo lean y verán.

    Was this review helpful? Yes  No   Report this review
  • Anonymous

    Posted August 21, 2006

    he deserves the NObel¡¡¡¡¡

    This new book confirms what we all have known for decades, this is one of the best authors of our times and surely deserves to get the Nobel. I loved 'travesuras', which was a pleasure to read and a great story. I highly recommend it.

    Was this review helpful? Yes  No   Report this review
  • Anonymous

    Posted October 2, 2006

    GREAT!!!!

    Una historia que te definitivamente lo cautivara. Se lo recomiendo!

    Was this review helpful? Yes  No   Report this review
  • Anonymous

    Posted May 30, 2006

    He really deserves the Nobel

    This is another terrific one from MVLL and something really new is that the style is totally different from most of his other novels, the story goes in a straight line to the end, no flashbacks or mixed dialogues among different characters in mixed places or times, it is just a straight tale but a superb one, this fact is important because it will surely content to most people who used to think that his novels were excessively complicated to allow a clear reading. Personally I believe that MVLL has been telling the stories as he has been feeling them, e.g. Conversation in the Cathedral is precisely that, as a conversation one tends to go by the branches and forgets the main line sometimes, however, all the facts help to construct a view of the story, along these years MVLL has been constructing with each of his novels a complex and a unique technique that probably he abandons now to tell a story from a very simple perspective coming from a simple character and why not to finally reach all kind of readers. I prefer not to take so much time doing what most people will do reviewing the story, I would just say that it is a lovely but real one (I liked more than Love in times of the Cholera of Garcia Marquez simply because it is just more realistic without a happy ending but with a more likely ending) This story basically deals with a man who loves a woman without conditions along all his life and even though he regrets his decisions and feelings he concludes that his only inner force comes from this weird love and moreover that the only reason to be alive is to believe that some day they will be together, the story occurs in different times and places all of them described masterfully by MVLL, we can almost see and smell Paris in the 50¿s, London in the 60¿s and 70¿s and the things that happened during those years. What I think is the most important fact of this novel is that MVLL used to have a debt with his public, he probably never constructed before so rich a female character as he does with the Bad Girl in this novel, he didn¿t make it as well with the Aunt Julia nor with Flora Tristan and the other women in his novels, this character (the Bad Girl) is so rich and complex that shines itself, Bad Girl¿s intricate mind is finally almost comprehended at the end of the story when Ricardo can join all the pieces of her story and knows her father in Peru, well MVLL has just paid his debt. With this novel MVLL shows to the world that he possess one of the widest horizons in the contemporaneous writing, he is able (of course after a very hard research work) of telling a story based on himself as a school boy (La Ciudad y los Perros or Time of the Hero), of describing the most terrible ¿misunderstanding¿ in the Brazilian backlands during the XIX century (The War of the end of the world, for me one of his best two novels, the other is Conversation in the Cathedral), of telling vividly the story of one of the scariest dictators in the XX century (the superb Fest of the Goat), of telling the story of Gaugin and Flora Tristan and their search for ¿paradise¿ whatever it means for those characters and now with this extraordinary tale, of giving us an extraordinarily strong story about love but fundamentally about the human nature and the inevitable flow of time. I¿m so tempted of writing an open letter to the Nobel¿s Academy to ask for him this year¿s Literature Nobel award, I cross my fingers to avoid the idea that like Borges he could die without win it, If someone wants to join my crusade just write to my e-mail. I wrote this comment in English but I red the novel in Spanish, I think it will be translated soon to the English. Enjoy this extremely nice reading.

    Was this review helpful? Yes  No   Report this review
  • Anonymous

    Posted November 25, 2008

    No text was provided for this review.

  • Anonymous

    Posted July 23, 2009

    No text was provided for this review.

  • Anonymous

    Posted November 26, 2009

    No text was provided for this review.

  • Anonymous

    Posted December 9, 2010

    No text was provided for this review.

  • Anonymous

    Posted March 24, 2009

    No text was provided for this review.

  • Anonymous

    Posted December 11, 2008

    No text was provided for this review.

  • Anonymous

    Posted May 1, 2009

    No text was provided for this review.

Sort by: Showing all of 17 Customer Reviews

If you find inappropriate content, please report it to Barnes & Noble
Why is this product inappropriate?
Comments (optional)