Trueno del cielo [NOOK Book]

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¿Qué sucede cuando la perversidad del terrorismo choca
con el amor de Dios?


Los peores temores del mundo han llegado. Nada impide la...

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Trueno del cielo

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Overview

¿Qué sucede cuando la perversidad del terrorismo choca
con el amor de Dios?


Los peores temores del mundo han llegado. Nada impide la destrucción total,
excepto el amor de una mujer.



En la profundidad de la selva amazónica una joven estadounidense
y el hijo de los dueños de una plantación se enamoran locamente. Para Tanya y
Shannon, la vida es un paraíso con el que la mayoría sólo sueña. Pero el día de
hoy el paraíso termina. La selva ha dado a luz más que un amor idílico. También
ha producido perversidad insidiosa. Perversidad envuelta en una trama tan
diabólicamente brillante que Estados Unidos caerá completamente de rodillas a
manos de unos cuantos terroristas. El plan se ejecuta a la perfección. No hay
salida, excepto una anciana cuyo oscuro pasado la ha llevado a una vida de
oración en preparación para el terror inefable que está a punto de desatarse.

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Product Details

  • ISBN-13: 9781418562687
  • Publisher: Grupo Nelson
  • Publication date: 3/30/2010
  • Language: Spanish
  • Series: Martyr's Song Series
  • Sold by: THOMAS NELSON
  • Format: eBook
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 304
  • File size: 680 KB

Meet the Author

Ted Dekker
Ted Dekker

TED DEKKER is the author of twenty-two novels, with more than 3 milllion copies of his books sold to date, 1 million of them sold in 2007 alone.

Known for adrenaline-laced stories packed with mind-bending plot twists, unforgettable characters and confrontations between good and evil, Dekker has earned his status as a New York Times bestselling author. 

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First Chapter

TRUENO DEL CIELO


By TED DEKkER

Thomas Nelson

Copyright © 2010 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-4185-6268-7


Chapter One

LOS ENTENDIDOS llaman a esa parte de la selva, y con sobrada razón, el lugar horrible de la creación. Y con más sobrada razón, hasta a los indios que habitan allí los denominan los seres humanos más feroces de la tierra. Por eso nadie quiere ir allá. Por eso nadie va allá. Por eso quienes lo hacen casi nunca salen vivos.

Es también por eso que no había ninguna razón verdadera para que allí estuviera la solitaria muchacha estadounidense que corría a través de la selva. Al menos según los entendidos.

Tanya Vandervan corrió hasta detenerse en la despejada cima de una colina, e intentó calmar la jadeante respiración. Había corrido casi todo el trayecto desde la estación misionera de sus padres, oculta tras los árboles una milla detrás, y una carrera de una milla en este calor que casi hacía estallar los pulmones.

Permaneció allí quieta, con el pecho ensanchándose y encogiéndose, las manos en las caderas, los ojos intensamente azules centelleándole como zafiros a través del largo cabello rubio. Las resistentes botas para largas caminatas que usaba le cubrían las pantorrillas claramente definidas. Hoy se había puesto pantalones cortos de mezclilla y camiseta roja sin mangas que le hacía brillar la bronceada piel.

Jadeando aún, pero ahora por la nariz, levantó la mirada hacia los chillidos de las guacamayas rojas y azules que batían las alas en los árboles a la izquierda. Largos troncos se elevaban desde el suelo del bosque hacia las altas ramas, como oscuras columnas griegas que apoyaban fajos enredados de follaje. De la espesura salían lianas, la versión selvática de espuma en aerosol. Tanya observó un mono aullador colgado de un solo brazo, y ella no supo si el animal provocaba la repentina salida de las loras o protestaba por eso. Sonrió mientras el mamífero café estiraba un debilucho brazo y arrancaba una granadilla color violeta de una enredadera, antes de volver a arquearse hacia las ramas superiores.

De pronto un disparo resonó en el valle, y Tanya volteó a mirar hacia la plantación. Shannon!

Una imagen de él inundó la mente de Tanya, quien bajó corriendo la colina, mientras el corazón le volvía a palpitar con fuerza.

A la derecha el espacio abierto colindaba con laderas que subían hacia un risco negro que surgía a una milla al norte de la plantación. La enorme casa blanca de dos pisos de los Richterson se erguía tranquilamente en el aire del mediodía, blanca como un malvavisco sobre una extensión verde.

A la izquierda de Tanya crecían veinte hectáreas de los exóticos cultivos de la plantación: granos de café del tipo cavash, comúnmente apreciado entre expertos como el café más fino del mundo. Tal vez Shannon estaba allí trabajando en el campo, pero ella lo dudó ... a él nunca le habían interesado mucho los cultivos de su padre.

El padre de Shannon, Jergen, había salido de Dinamarca y se había labrado esta existencia debido a su odio hacia Occidente. Occidente está pisoteando el alma de la tierra, solía decir con voz atronadora. Y Washington está a la cabeza de los acusados. Uno de estos días Estados Unidos despertará y todo su mundo será diferente. Alguien les enseñará una lección y tal vez la escucharán. Solo eran palabras, nada más. Jergen era cafetero, no revolucionario.

Shannon cuestionó en cierta ocasión la retórica de su padre, pero en realidad era amor, no odio, lo que impulsaba el mundo del joven. Amor por la selva.

Y amor por Tanya.

Volvió a retumbar el estruendo de una detonación. Tanya sonrió y dobló hacia la izquierda, corriendo por los labrantíos hacia el campo de tiro.

Entonces Tanya los vio al franquear el último arbusto de café: tres rubias cabelleras escandinavas inclinadas sobre un rifle y de espaldas a ella. El padre de Shannon, Jergen, de pie a la izquierda, vestido de color verde caqui. El tío visitante, Christian, se hallaba a la derecha, como un hermano gemelo.

El joven con el pecho desnudo entre ellos era Shannon.

El corazón de Tanya se sobresaltó ante la escena y aminoró la marcha, caminando lentamente.

Shannon medía más de un metro ochenta y estaba lleno de músculos que parecían desarrollarse más cada día. Innumerables horas al sol le habían oscurecido la piel y aclarado el cabello rubio. A menudo Tanya se burlaba de él sugiriéndole que se pasara un peine por ese cabello, pero en realidad a ella más bien le gustaba el modo en que esos mechones caían por el cuello y por sobre esos vivarachos ojos color esmeralda. Esto le servía a ella de excusa para apartarle el cabello con los dedos, y de este modo tocarle la cara. Los músculos pectorales brillaban desde un estómago tenso y llegaban hasta amplios hombros. Hoy él solo usaba negros y holgados pantalones cortos ... sin zapatos.

Tanya sonrió ante la idea de ser cargada en esos hombros, montaña abajo, mientras Shannon insistía en que ella era tan liviana como una pluma.

La despreocupada voz de él llegó hasta la muchacha.

-Sí, el Kaláshnikov es bueno hasta unos cuantos centenares de metros. Pero no es adecuado para largo alcance. Me gusta el Browning Eclipse -expresó él, señalando otro rifle sobre el suelo-. Es apropiado hasta mil.

-?Mil? -inquirió su tío-. ?Puedes darle a un blanco a esa distancia?

-Él puede darle a una moneda de veinticinco centavos a ochocientos metros. Es material de campeonato, te lo estoy diciendo. En los Estados Unidos ha ganado todo en su categoría -refirió tranquilamente el padre de Shannon.

Tanya se detuvo a veinte pasos detrás de los tres hombres y cruzó los brazos. Con todas las proezas masculinas de ellos, no habían notado que ella los observaba desde la maleza. La joven había visto cuánto tiempo podía una mujer estar detrás de ellos sin que la notaran. De diez veces, una en que no la notaran sería obra de Shannon. Pero el viento la golpeaba en el rostro ... él no la olfatearía tan fácilmente hoy. La muchacha sonrió y contuvo el aliento.

-Muéstrale, Shannon -expresó el padre, pasándole el rifle.

-?Mostrarle? ?Dónde? -preguntó Shannon agarrando el arma-. Los blancos están a solo doscientos metros de distancia.

-Sí, pero el cobertizo está a una buena distancia -contestó Jergen mirando por sobre el hombro de su hermano hasta el extremo lejano de la plantación-. ?Cuán lejos dirías que está, Christian?

Los tres miraron la distante estructura, asentada contra el alto bosque. -Debe estar como a mil metros. Quizás más.

-Mil doscientos -informó Jergen, mirando aún el pequeño granero-. ?Y ven esa veleta apoyada en lo alto?

-?Ese gallo? -inquirió Christian después de levantar los prismáticos del pecho y escudriñar el norte-. No puedes esperar que Shannon le dé a eso desde esta distancia.

-No, no solo al gallo, Christian. A la cabeza del gallo.

-Imposible -manifestó, y bajó los binoculares-. De ninguna manera. El mejor tirador del mundo tendría dificultad en poner allí una bala.

-?Una bala? ?Quién dijo algo acerca de una bala? Ese gallo ha estado oxidado allí durante años. Apostaré a que el muchacho le pone tres balas en la cabeza desde esta distancia.

Shannon miró sin inmutarse el lejano blanco. Tanya sabía que él podría disparar, por supuesto. Él hacía bien cualquier cosa que tuviera que ver con la cacería y el deporte. Pero hasta para ver la cabeza del gallo ella debía usar la imaginación. No había manera de que a este lado de Júpiter un tirador profesional, mucho menos Shannon, pudiera darle a un blanco tan lejano.

Los tres hombres miraban lejos de Tanya, aún inconscientes de que ella observaba.

De pronto Shannon inclinó la cabeza sobre el hombro, sonrió y le guiñó un ojo a ella.

La joven sonrió y le devolvió el guiño. Por un momento sostuvieron la mirada, y luego Shannon volvió a enfocarse en el gallo. Tanya se acercó un paso más, tragando saliva.

-Muéstrale, Shannon -pidió Jergen, aún con los binoculares en los ojos.

Shannon volteó el rifle en las manos, agarró el cerrojo de seguridad, y en un suave movimiento situó una bala en la cámara. Cachink!

Se sostuvo en una rodilla y se llevó el arma al hombro, ajustando el ojo a la mira. La bronceada mejilla se le infló en la culata de madera. Tanya contuvo la respiración, previendo la primera detonación.

Shannon reguló una vez el dominio sobre el rifle y lentamente se puso en cuclillas. No sucedió nada durante varios prolongados segundos. Padre y tío miraban al frente, cada uno a través de sus propios binoculares. Tanya respiraba, pero escasamente. El ambiente quedó mortalmente quieto.

De repente llegó el primer disparo, crac!, y Tanya se sobresaltó.

Shannon se estremeció con el culatazo, puso otra bala en la cámara, cachink!, se afirmó brevemente, e hizo otro disparo. Luego un tercero, tan cerca del segundo que ambos se persiguieron hacia el blanco. Ecos resonaron a través del valle; padre y tío se quedaron helados, binoculares pegados a los ojos como generales en el campo de batalla.

Sin bajar el rifle, Shannon giró la cabeza y taladró a Tanya con su brillante mirada verde, mientras una amplia sonrisa se le formaba en los labios; volvió a hacer un guiño y se puso de pie.

-Dios mío! Lo logró! -exclamó el tío-. Vaya que lo logró!

Tanya se dirigió hacia adelante y puso una mano en el hombro de Shannon, a quien la brisa le levantaba el cabello que le llegaba hasta los hombros. La chica observó el pequeño brillo de sudor que cubrían el cuello y el pecho masculinos. Él se inclinó y la besó delicadamente en la frente.

La joven le agarró la mano y lo haló mientras el padre y el tío miraban a través de los binoculares.

-Vamos a nadar -susurró ella.

Él apoyó el rifle en una paca y se fue tras ella.

La alcanzó a los diez pasos y se internaron rápidamente entre los árboles, riendo. Los chillidos de monos aulladores resonaban en medio de la espesura como lamentos de clarinetes.

-?Sabes qué dicen los nativos? -preguntó Shannon, disminuyendo la marcha hasta caminar.

-?Qué dicen? -quiso saber ella, jadeando.

-Que si te mueves en la selva, ellos te verán. A menos que estén a favor del viento, en cuyo caso de todos modos te ven, con las narices. Como te vi moviéndote subrepticiamente allá detrás de nosotros.

-No lo hiciste!

Tanya dio media vuelta en el sendero y lo miró. Él levantó la mirada, fingiendo examinar las ramas. Pero ella le vio el brillo en esos ojos color esmeralda.

El corazón de la chica se distendió por él, le agarró la cabeza y la jaló hacia la boca, besándolo profundamente. El calor del pecho masculino desnudo le subió a ella hasta el cuello. Lo soltó y miró burlonamente.

-El viento me daba de lleno en el rostro! No hay manera de que me hubieras olfateado. Admítelo, la primera vez que supiste que yo estaba detrás de ti fue cuando diste la vuelta!

-Si insistes -reconoció él encogiendo los hombros y guiñando un ojo.

Ella lo sujetó, queriendo besarlo otra vez, pero resistiéndose por el momento.

-Bueno, eso es lo más probable -enunció Tanya sonriendo, y los dos siguieron caminando.

-El Kaláshnikov -dijo Shannon.

-?Qué?

-El Kaláshnikov -repitió él, sonriendo tímidamente-. Es de lo que yo hablaba cuando llegaste detrás de nosotros.

Tanya se detuvo en el sendero, rememorando la discusión.

-Vamos, zoquete -exclamó, riendo con picardía-. El que llegue primero a la laguna.

Ella salió corriendo, moviéndose rápidamente por el camino delante de él, poniendo en cada zancada la mayor distancia posible como él le había enseñado. Shannon la pudo haber pasado fácilmente; tal vez pudo haber tomado hacia los árboles y aún así llegar a la laguna antes que ella. Pero permaneció detrás, respirándole en el cuello, llevándola silenciosamente hasta el límite. Rápidamente el sendero entró en espesa y oscurecida maleza, con perpetua humedad debajo del follaje, obligándola a saltar sobre los ocasionales y persistentes charcos. Gruesas raíces penetraban la lodosa senda.

Tanya viró por un sendero más angosto, apenas una marca en medio de los arbustos. El sonido de caída de agua se le hizo más fuerte en los oídos, y una obsesionante imagen le resplandeció en la mente: Shannon parado al lado de las cascadas en los negros riscos, hace más de un año. Tenía los brazos extendidos y los ojos cerrados, y escuchaba al hechicero hablando entre dientes antes de la muerte del viejo vampiro llamado Sula.

-Shannon! -había gritado ella.

Los ojos de ellos se abrieron como uno: los verdes centelleantes de Shannon, y los negros penetrantes de Sula. Shannon sonrió. Sula echaba chispas por los ojos.

-?Qué están haciendo? -había preguntado ella.

Al principio ninguno de los dos respondió.

-Estamos hablando con los espíritus, mi flor del bosque -contestó entonces la vieja sabandija frunciendo los labios en una risa burlona.

-Espíritus -manifestó ella lanzándole a Shannon una iracunda mirada-. ?Y de qué espíritus están hablando?

-?Cuál es mi nombre? -preguntó el hechicero.

-Sula.

-?Y de dónde viene mi nombre?

-No estoy segura de que eso me importe -contestó ella después de titubear.

-Sula es el nombre del dios de la muerte -explicó el anciano a través de la retorcida sonrisa; hizo una pausa, como si eso debiera horrorizar a la chica-. Sula es el espíritu más poderoso de la tierra; todos los brujos antes de mí tomaron su poder y su nombre. Y yo también lo he hecho. Por eso me llamo Sula.

Shannon se había hecho a un lado y observaba al hombre con algo que fluctuaba entre intriga y humor. Miró a Tanya e hizo un guiño.

-Podrás creer que eso es cómico -le había expresado bruscamente ella a Shannon-. Pero yo no!

Entonces la muchacha enfrentó al hechicero, conteniendo una urgencia de levantar una piedra y lanzársela.

Los ojos de Sula se habían entrecerrado, y él simplemente se había internado en el bosque.

Tanya nunca había hablado con su padre respecto de este episodio, algo bueno porque él pudo haberse enojado. La tribu yanomami era conocida como <<los feroces>> por una buena razón: quizás eran los individuos más violentos de la tierra. Y el origen de la obsesión que tenían con la muerte era claramente espiritual. Así le había insistido su padre, y ella le creyó.

Un mes después del incidente Sula había muerto, y con él la curiosidad de Shannon por el poder del hechicero. La tribu lo había enterrado en la cueva prohibida a tres días de lamentos. Nadie en la tribu se había armado de valor para convertirse en Sula. Para tomar el espíritu de la muerte. Para tomar al mismo Satanás como lo expresara el papá de Tanya. La tribu había estado sin hechicero durante un año ya, y en lo que respectaba a Tanya y sus padres, eso era bueno.

Ella se sacudió el recuerdo. Se acabó. Shannon había vuelto a ser el mismo. Con él aún persiguiéndola, Tanya arrancó por la selva y se detuvo en seco al borde del risco, mirando desde lo alto una cascada que se zambullía siete metros dentro de una profunda laguna. La laguna de ellos.

Ella se dio vuelta, jadeando. El cuerpo de Shannon la pasó de prisa, se extendió paralelamente, y se remontó sobre el risco. Ella contuvo la respiración y lo observó caer en un salto de ángel antes de que él pudiera incluso ver el agua. De haber calculado mal se hubiera roto todos los huesos del cuerpo abajo en las rocas. El corazón de ella se le subió a la garganta.

Pero él no calculó mal; el cuerpo desgarró silenciosamente la superficie y desapareció. No volvió a emerger por un momento, y luego resurgió del agua y con una ligera sacudida en el cuello echó hacia atrás los largos mechones.

Sin decir nada, Tanya extendió los brazos y cayó hacia él. Rompió la superficie y sintió el bienvenido frío del agua de montaña limpiándole las piernas.

En ese instante, cayendo libremente en la profundidad de la laguna, ella pensó que había venido de veras al paraíso. Su Dios la había tomado, arrancándola a la fuerza a corta edad de los suburbios de Detroit, y depositándola en un refugio en la selva donde todos sus sueños se volverían realidad.

Salió a la superficie al lado de Shannon. Él la besó mientras ella aún contenía el aliento y luego se dirigieron a una roca soleada en el extremo opuesto. Tanya lo observó saliendo sin esfuerzo alguno del agua y sentándose frente a ella, con los pies colgándole dentro de la laguna.

-?Son todos los chicos de la plantación tan engreídos como tú? -preguntó Tanya acercándose y poniéndosele entre las rodillas.

De pronto él se volvió a zambullir y la levantó del agua.

Tanya rió y cayó hacia adelante, golpeándolo en la espalda. Él levantó los brazos sobre la cabeza y los dejó caer sobre la cálida roca. El sol hacía que diminutas gotas de agua le brillaran en el pecho. Ella se impulsó al lado de él y siguió el rastro de las gotitas con el dedo.

(Continues...)



Excerpted from TRUENO DEL CIELO by TED DEKkER Copyright © 2010 by Grupo Nelson. Excerpted by permission.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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