Un día (One Day)

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#1 INTERNATIONAL BESTSELLER

It’s 1988 and Dexter Mayhew and Emma Morley have only just met. But after only one day together, they can’t stop thinking about one another. Over twenty years, snapshots of that relationship are revealed on the same day—July 15th—of each year. Dex and Em face squabbles and fi ghts, hopes and missed opportunities, laughter and tears. As the true meaning of this one crucial day is revealed, they must come to grips with the nature of love and life itself....

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#1 INTERNATIONAL BESTSELLER

It’s 1988 and Dexter Mayhew and Emma Morley have only just met. But after only one day together, they can’t stop thinking about one another. Over twenty years, snapshots of that relationship are revealed on the same day—July 15th—of each year. Dex and Em face squabbles and fi ghts, hopes and missed opportunities, laughter and tears. As the true meaning of this one crucial day is revealed, they must come to grips with the nature of love and life itself.

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Editorial Reviews

From the Publisher
"An instant classic." —People

“A light but surprisingly deep romance so thor-oughly satisfying.”  —Entertainment Weekly

“Fluid, expertly paced, highly observed, and at times, both funny and moving.”   —The Boston Globe

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Product Details

  • ISBN-13: 9780307743770
  • Publisher: Knopf Doubleday Publishing Group
  • Publication date: 9/21/2010
  • Language: Spanish
  • Series: Vintage Espanol Series
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 432
  • Sales rank: 937,261
  • Product dimensions: 5.20 (w) x 7.90 (h) x 1.00 (d)

Meet the Author

David Nicholls trained as an actor before mak-ing the switch to writing. He is the author of two previous novels—Starter for Ten and The Under-study. He lives in London.
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Capítulo 1
El futuro

VIERNES 15 DE JULIO DE 1988

Rankeillor Street, Edimburgo

—Supongo que lo importante es aportar algo —dijo ella—. Cambiar las cosas, vaya.

—¿En qué sentido, el de «cambiar el mundo?»

—No, todo el mundo no, sólo la pequeña parte que te rodea.

Estuvieron un momento sin decirse nada, con los cuerpos abrazados en la cama individual. Desspués les dio la risa, una risa ronca, de final de madrugada.

—Me parece mentira haberlo dicho —gimió ella—. ¿A que suena un poco cursi?

—Un poco.

—¡Intento ser estimulante! Intento elevar tu alma ramplona para la gran aventura que te espera. —Se giró a mirarle—. Aunque tampoco es que lo necesites. Me imagino que ya tendrás perfectamente planeado todo tu futuro. Seguro que te has hecho un esquema cronológico, o algo por el estilo.

—Qué va.

—Bueno, ¿qué, qué vas a hacer? ¿Cuál es el gran plan?

—Pues . . . mis padres pasarán a recoger mis cosas, lo dejarán todo en su casa, y yo estaré n par de días en su piso de Londres, viendo a algunos amigos. Luego Francia . . .

—Muy bonito . . .

—Después puede que a China, para ver qué tal, y luego igual doy un salto a la India y viajo un poco por la zona . . .

—Viajar —suspiró ella—. Qué previsible.

—¿Qué tiene de malo viajar?

—Dirás huir de la realidad.

—A mí la realidad me parece que está sobrevalorada—dijo él con la esperanza de dar una impresión oscura y carismática.

Ella hizo una mueca de desdén.

—Supongo que está bien, para el que se lo pueda permitir. ¿Por qué no dices «me voy dos años de vacaciones», que es lo mismo?

—Porque viajar da amplitud de miras —dijo él, apoyándose en un codo ara besarla.

—Huy, creo que tú ya eres un poco demasiado amplio de miras —dijo ella, apartando la cara (al menos de momento). Volvieron a apoyarse en la almohada—. Pero bueno, no te preguntaba qué harás el mes que viene; me refería al futuro futuro, cuando tengas . . . no sé . . . —Hizo una pausa, como si evocase una idea fabulosa, una especie de quinta dimensión—. Cuarenta años, o por ahí. ¿Tú qué quieres ser a los cuarenta?

—¿Cuarenta? —Por lo visto a él también se le resistía el concepto—. Ni idea. ¿Puedo decir «rico»?

—Muy, pero que muy superficial.

—Bueno, pues «famoso». —Le empezó a acariciar el cuello con lo labios—. Un poco morboso, todo esto, ¿no?

—No, morboso, no . . ., emocionante.

—¡Emocionante!

Le estaba imitando la voz, su leve acento de Yorkshire, para hacerla quedar como una tonta. Ella ya estaba acostumbrada a que los niños pijos pusieran voces raras, como si los acentos tuvieran algo inusitado, y pintoresco. No era la primera vez que la tranquilizaba sentir por él una punzada de antipatía. Se apartó con los hombros, hasta apoyar la espalda en lo fresco de la pared.

—Sí, emocionante. Se supone que tenemos que estar emocionados, ¿no? Con tantas posibilidades. . . Es lo que dijo el rector: «Las puertas de la oportunidad abiertas de par en par . . .».

—«Vuestros nombres son los de la prensa del día de mañana. . .».

—Lo veo difícil.

—Bueno, pero ¿tú estás emocionada o no?

—¿Yo? ¡Qué va! Cagada es lo que estoy.

—Yo también. Caray... —Él se giró de golpe y recogió los cigarrillos del suelo, al lado de la cama, como si se hubiera puesto nervioso—. Cuarenta años. Cuarenta. Me cago en la leche.

Su ansiedad la hizo sonreír. Decidió agravarla.

—Lo dicho: ¿qué harás a los cuarenta?

Él encendió el cigarrillo, pensativo.

—Pues mira, Em, la cuestión. . .

—¿«Em»? ¿Quién es «Em»?

—Te llaman Em. Lo he oído.

—Sí, es como me llaman mis amigos.

—¿Entonces? ¿Te puedo llamar Em?

—Venga, sigue, «Dex».

—Resulta que he estado pensado un poco en lo de «hacerse mayor», y he decidido que me gustaría quedarme exactamente como soy ahora.

Dexter Mayhew. A través del flequillo, Emma le vio apoyarse en el barato cabecero de vinilo capitoné, e incluso sin gafas tuvo clara la razón de que quisiera seguir siendo exactamente el mismo. Con los ojos cerrados, el cigarrillo lánguidamente pegado al labio inferior, y la luz del alba infundiendo calidez a un lado de su cara por el filtro rojo de las cortinas, tenía el don de que pareciera que posaba a perpetuidad para un fotógrafo. A Emma Morley, «apuesto» le parecía una palabra tonta, decimonónica, pero a decir verdad no había ninguna otra, salvo «bello», quizá. Tenía una de esas de esas caras en las que se perciben los huesos por debajo de la piel, como si su propio cráneo ya fuera atractivo de por sí, al desnudo. Una nariz bien formada, con cierto brillo de grasa, y piel oscura debajo de los ojos, que casi parecían amoratados, de tanto fumar y tranochar perdiendo adrede al strip poker con chicas de cole progre. Tenía algo de felino: cejas finas, morritos de una sensualidad estudiada, labios un poco demasiado oscuros y carnosos, pero que ahora estaban secos y agrietados, con un cermín de vino tinto búlgaro... Menos mal que tenía un pelo desastroso, corto por detrás y por los lados, pero con un tupecito espantoso por delante. De la gomina que solía ponderse no quedaba nada. Ahora el tupé se veía suelto y fofo, como un absurdo sombrerito.

Dexter echó el humo por la nariz, sin abrir los ojos. Se notaba que sabía que le estaban mirarando, porque se metió una mano por la axila e hinchó los pectorales y los bíceps. ¿De dónde sacaba tanto músculo? De hacer deporte no, seguro, a menos que entrase en la definición nadar desnudo y jugar al billar. Probablemente sólo fuera ese tipo de buena forma física que pasa de padres a hijos, junto con las acciones y los muebles buenos. Apuesto, pues, incluso bello, con sus bóxers de paramecios bajados hasta las caderas, compartiendo por alguna razón la cama individual del cuartito alquilado de Emma, después de cuatro años de universidad. ¿«Apuesto»? Pero ¿de qué vas, de Jane Eyre? No seas infantil. Ten cabeza. No te dejes llevar.

Le quitó el cigarrillo de la boca.

—Yo te imagino a los cuarenta —dijo, con un toque malévolo en la voz—. Como si loviera.

Él sonrió sin abrir los ojos.

—Pues venga, dilo.

—Vale. —Emme se incoporó en la cama, con el edredón debajo de los brazo—. Vas en un deportive descapotado por Kensington, Chelsea o algún sitio de ésos, y lo increíble del coche es que no hace ruido, como todos los coches en. . ., no sé. . ., ¿cuando, 2006?

Dexter contrajo los párpados para hacer la suma.

—2004.

—El coche va flotando por King's Road, a quince centímetros del seulo. Tú tienes una barriguita embutida debajo del volante de cuero, como un cojín. Llevas guantes abiertos por detrás. Poco pelo y papada. Eres un tío grande en un coche pequeño, tan moren que pareces adobado. . .

—Bueno, ¿qué, cambiamos de tema?

—Al lado hay una mujer con gafas de sol: tu tercera. . . no, tu cuarta esposa, muy guapa, modelo. . . no, ex modelo, veintitrés años, la conociste echada en el capó de un coche, en un feria en Niza, o algo así. Es guapísima,  tonta del culo. . .

—Muy bonito. ¿Hijos?

—No, ninguno, sólo tres divorcios; es un viernes de julio, vais a una casa de campo, y e el minimaletero del coche flotante llevas raquetas de tenis, mazos de croquet y una cesta grande llena de vinos buenos, uvas de Sudáfrica, codornices (¡pobres!), espárragos. . . El viento te marca las entradas. Estás requetesatisficho de ti mismo. Tu mujer número tres, o cuatro, o lo que sea, te sonríe a ella, intentando no pensar en que no tenéis nada, pero nada de nada, que deciros.

Se calló de golpe. Pareces una loca, se dijo. Intenta no hablar como una loca.

—¡Claro que, si te sirve de consuelo, para entonces ya hará mucho tiempo que nos habremos muerto todos en una guerra nuclear! —dijo alegrement; pero él seguía ceñudo, mirándola.

—No sé si irme, oye. Ya que soy tan superficial y corrupto. . .

—No, no te vayas —dijo ella, un poco demasiasdo rápido—. Son las cuatro de la madrugada.

Él se incorporó en la cama, hasta tener la cara a pocos centímetros de la de Emma.

—No sé de dónde sacas esta idea de mí , si casi no me conoces.

—Conozco el tipo.

—¿El tipo?

—Os he visto por la Facultad de Lenguas Modernas, de gallitos, berreando y montando fiestas de etiqueta. . .

—Si ni siquiera tengo traje. Y te aseguro que no berreo. . .

—Yendo en yate por el Meditrráneo en las vacaciones, «o sea, te lo juro». . .

—Pues si soy tan horrible. . .

La mano de él estaba en la cadera de ella.

—. . . que lo eres. . .

—. . . ¿por qué dormimos juntos?

En la carne del muslo, caliente y blanda.

—Yo contigo, que yo sepa, no he dormido. ¿O sí?

—Bueno, depende. —Se inclinó a darle un beso—. Define los términos.

Su mano estaba en la base de la espalda, y su pierna, deslizándose entre las de Emma.

—A propósito. . . —masculló ella, apretando su boca cnotra la de él.

—¿Qué?

Dexter sintió que la pierna de Emma se ceñía a la suya, para estar más pegados.

—Te tienes que lavar los dientes.

—A mí me da igual que no te los laves.

—Es horrible, en serio —se rio ella—. Sabes a vino y tabaco.

—Pues perfeco. Tú también.

La cabeza de Emma se apartó de golpe, interrumpiendo el beso.

—¿Ah, sí?

—No me molesta. A mí el vino y el tabaco me gustan.

—Ahora mismo vuelvo.

Se quitó de encima el edredón, y trepó por encima de Dexter.

—¿Adonde vas?

Él le puso una mano en la espalda desnuda.

—No, nada, al meadero —dijo ella, cogiendo las gafas de la pila de libros de al lado de la cama: grandes, negras, de la seguridad social.

—«Meadero», «meadero». . . Perdona, pero no capto. . .

Se levantó con un brazo cruzado en el pecho, dándole la espalda a propósito.

—No te vayas —dijo al salir descalza de la habitación, metiendo dos dedos por la goma de las bragas para bajarse la tela por los muslos—. Y nada de tocarte mientras estoy fuera.

Él expulsó aire por la nariz, y al incorporarse en la cama echoó un vistazo a la cutre habitación de alquiler, sabiendo con certeza absoluta que entre las postales artísticas y los carteles fotopoiados de obras de teatro de protesta habría una foto de Nelson Mandela, como un novio soñado, ideal. Había visto muchos dormitorios así en los últimos cuatro años, salpicando la ciudad como lugares del delito: cuartos donde nunca se estaba más de un metro y medio de un disco de Nina Simone; y aunque en pocas ocasiones hubiera visto dos veces la misma habitación, le resutlaba todo demasiado familiar. Lámparas de noche requemadas, y tristes plantas en maceta; olor a detergente en polvo en sábanas baratas, que no se ajustaban al colchón. Emma también tenía la típica pasión de las de letras por los fotomontajes: fotos con flash de amigos de la universidad, y de parientes, mezcladas entre los Chagall, Vermeer, Kandinsky, Che Guevara, Woody Allen, Samuel Beckett. . . No habiá nuetral. Todo exhibía alguna filación, o algún punto de vista. El cuarto era un manifiesto. Suspirando, la reconoció como una de esas que usaban «burgués» para insultar. Entendía que «facista» pudiera tener conotaciones negativas, pero a él le gustaba la palabra «burgués», y todo lo que implicaba. Seguridad, viajes, buena comida, buenos modales, ambición. . . ¿De qué tenía que disculparse?

Vio la espiral de humo al salir de su boca. Al buscar un cenicero a tientas, encontró un libro al lado de la cama. La insoportable levedad del ser, con e lomo marcado en las partes «eróticas». La pega de esas individualistas tan feroces era que parecían todas exactamente iguales. Otro libro: El homre que confundió a su mujer con un sombrero. Qué tío más tonto, pensó, con la seguridad de quee ese error él no lo cometería nunca.

A los veintitrés años, la visión de su futuro que tenía Dexter Mayhew no estaba más clara que la de Emma Morley. Esperaba triunfar, dar motivos de orgullo a sus padres, y acostarse con más de una mujer a la vez, pero ¿cómo compatibilizar las tres cosas? Quería salir en artículos de revista, y albergaba la esperanza de merecer tarde o temprano una retrospectiva de su obra, sin tener una idea clara de cuál podía ser la obra en cuestión. Quería vivier a tope, pero sin líos ni complcaciones. Quería vivir de tal manera que si le hicieran una foto al azar, fuera una foto atractiva. Todo tenía que quedar bien. Diversión. Tenía que haber mucha diversión, y no más tristeza del a estrictamente necesaria.

Como plan no era ninguna maravilla, y Dexter ya había cometido algún desliz. Estaba claro, por ejemplo, que esa noche tendría repercusiones: lágrimas, llamadas incómodas, reproches. . . Probablemente lo mejor fuera irse cuanto antes. Miró su ropa, preparando la huida. En el lavabo se oyó el traqueteo de advertencia de una cisterna vetusta. Dejó rápidamente el libro en su sitio, y encontró debajo de la cama una latita amarilla de mostaza Colman's, que, según confirmó al abrirla, contenía condones, efectivamente, así como los restos grises de un porro, con pinta de caca de ratón. La posibilidad conjunta de sexo y droga en un latita amarilla alentó nuevas esperanzas. Decidió quedarse un poco más, como mínimo.

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First Chapter

Un día


By David Nicholls

Vintage

Copyright © 2010 David Nicholls
All right reserved.

ISBN: 9780307743770

Capítulo 1
El futuro

VIERNES 15 DE JULIO DE 1988

Rankeillor Street, Edimburgo

—Supongo que lo importante es aportar algo —dijo ella—. Cambiar las cosas, vaya.

—¿En qué sentido, el de «cambiar el mundo?»

—No, todo el mundo no, sólo la pequeña parte que te rodea.

Estuvieron un momento sin decirse nada, con los cuerpos abrazados en la cama individual. Desspués les dio la risa, una risa ronca, de final de madrugada.

—Me parece mentira haberlo dicho —gimió ella—. ¿A que suena un poco cursi?

—Un poco.

—¡Intento ser estimulante! Intento elevar tu alma ramplona para la gran aventura que te espera. —Se giró a mirarle—. Aunque tampoco es que lo necesites. Me imagino que ya tendrás perfectamente planeado todo tu futuro. Seguro que te has hecho un esquema cronológico, o algo por el estilo.

—Qué va.

—Bueno, ¿qué, qué vas a hacer? ¿Cuál es el gran plan?

—Pues . . . mis padres pasarán a recoger mis cosas, lo dejarán todo en su casa, y yo estaré n par de días en su piso de Londres, viendo a algunos amigos. Luego Francia . . .

—Muy bonito . . .

—Después puede que a China, para ver qué tal, y luego igual doy un salto a la India y viajo un poco por la zona . . .

—Viajar —suspiró ella—. Qué previsible.

—¿Qué tiene de malo viajar?

—Dirás huir de la realidad.

—A mí la realidad me parece que está sobrevalorada—dijo él con la esperanza de dar una impresión oscura y carismática.

Ella hizo una mueca de desdén.

—Supongo que está bien, para el que se lo pueda permitir. ¿Por qué no dices «me voy dos años de vacaciones», que es lo mismo?

—Porque viajar da amplitud de miras —dijo él, apoyándose en un codo ara besarla.

—Huy, creo que tú ya eres un poco demasiado amplio de miras —dijo ella, apartando la cara (al menos de momento). Volvieron a apoyarse en la almohada—. Pero bueno, no te preguntaba qué harás el mes que viene; me refería al futuro futuro, cuando tengas . . . no sé . . . —Hizo una pausa, como si evocase una idea fabulosa, una especie de quinta dimensión—. Cuarenta años, o por ahí. ¿Tú qué quieres ser a los cuarenta?

—¿Cuarenta? —Por lo visto a él también se le resistía el concepto—. Ni idea. ¿Puedo decir «rico»?

—Muy, pero que muy superficial.

—Bueno, pues «famoso». —Le empezó a acariciar el cuello con lo labios—. Un poco morboso, todo esto, ¿no?

—No, morboso, no . . ., emocionante.

—¡Emocionante!

Le estaba imitando la voz, su leve acento de Yorkshire, para hacerla quedar como una tonta. Ella ya estaba acostumbrada a que los niños pijos pusieran voces raras, como si los acentos tuvieran algo inusitado, y pintoresco. No era la primera vez que la tranquilizaba sentir por él una punzada de antipatía. Se apartó con los hombros, hasta apoyar la espalda en lo fresco de la pared.

—Sí, emocionante. Se supone que tenemos que estar emocionados, ¿no? Con tantas posibilidades. . . Es lo que dijo el rector: «Las puertas de la oportunidad abiertas de par en par . . .».

—«Vuestros nombres son los de la prensa del día de mañana. . .».

—Lo veo difícil.

—Bueno, pero ¿tú estás emocionada o no?

—¿Yo? ¡Qué va! Cagada es lo que estoy.

—Yo también. Caray... —Él se giró de golpe y recogió los cigarrillos del suelo, al lado de la cama, como si se hubiera puesto nervioso—. Cuarenta años. Cuarenta. Me cago en la leche.

Su ansiedad la hizo sonreír. Decidió agravarla.

—Lo dicho: ¿qué harás a los cuarenta?

Él encendió el cigarrillo, pensativo.

—Pues mira, Em, la cuestión. . .

—¿«Em»? ¿Quién es «Em»?

—Te llaman Em. Lo he oído.

—Sí, es como me llaman mis amigos.

—¿Entonces? ¿Te puedo llamar Em?

—Venga, sigue, «Dex».

—Resulta que he estado pensado un poco en lo de «hacerse mayor», y he decidido que me gustaría quedarme exactamente como soy ahora.

Dexter Mayhew. A través del flequillo, Emma le vio apoyarse en el barato cabecero de vinilo capitoné, e incluso sin gafas tuvo clara la razón de que quisiera seguir siendo exactamente el mismo. Con los ojos cerrados, el cigarrillo lánguidamente pegado al labio inferior, y la luz del alba infundiendo calidez a un lado de su cara por el filtro rojo de las cortinas, tenía el don de que pareciera que posaba a perpetuidad para un fotógrafo. A Emma Morley, «apuesto» le parecía una palabra tonta, decimonónica, pero a decir verdad no había ninguna otra, salvo «bello», quizá. Tenía una de esas de esas caras en las que se perciben los huesos por debajo de la piel, como si su propio cráneo ya fuera atractivo de por sí, al desnudo. Una nariz bien formada, con cierto brillo de grasa, y piel oscura debajo de los ojos, que casi parecían amoratados, de tanto fumar y tranochar perdiendo adrede al strip poker con chicas de cole progre. Tenía algo de felino: cejas finas, morritos de una sensualidad estudiada, labios un poco demasiado oscuros y carnosos, pero que ahora estaban secos y agrietados, con un cermín de vino tinto búlgaro... Menos mal que tenía un pelo desastroso, corto por detrás y por los lados, pero con un tupecito espantoso por delante. De la gomina que solía ponderse no quedaba nada. Ahora el tupé se veía suelto y fofo, como un absurdo sombrerito.

Dexter echó el humo por la nariz, sin abrir los ojos. Se notaba que sabía que le estaban mirarando, porque se metió una mano por la axila e hinchó los pectorales y los bíceps. ¿De dónde sacaba tanto músculo? De hacer deporte no, seguro, a menos que entrase en la definición nadar desnudo y jugar al billar. Probablemente sólo fuera ese tipo de buena forma física que pasa de padres a hijos, junto con las acciones y los muebles buenos. Apuesto, pues, incluso bello, con sus bóxers de paramecios bajados hasta las caderas, compartiendo por alguna razón la cama individual del cuartito alquilado de Emma, después de cuatro años de universidad. ¿«Apuesto»? Pero ¿de qué vas, de Jane Eyre? No seas infantil. Ten cabeza. No te dejes llevar.

Le quitó el cigarrillo de la boca.

—Yo te imagino a los cuarenta —dijo, con un toque malévolo en la voz—. Como si loviera.

Él sonrió sin abrir los ojos.

—Pues venga, dilo.

—Vale. —Emme se incoporó en la cama, con el edredón debajo de los brazo—. Vas en un deportive descapotado por Kensington, Chelsea o algún sitio de ésos, y lo increíble del coche es que no hace ruido, como todos los coches en. . ., no sé. . ., ¿cuando, 2006?

Dexter contrajo los párpados para hacer la suma.

—2004.

—El coche va flotando por King's Road, a quince centímetros del seulo. Tú tienes una barriguita embutida debajo del volante de cuero, como un cojín. Llevas guantes abiertos por detrás. Poco pelo y papada. Eres un tío grande en un coche pequeño, tan moren que pareces adobado. . .

—Bueno, ¿qué, cambiamos de tema?

—Al lado hay una mujer con gafas de sol: tu tercera. . . no, tu cuarta esposa, muy guapa, modelo. . . no, ex modelo, veintitrés años, la conociste echada en el capó de un coche, en un feria en Niza, o algo así. Es guapísima,  tonta del culo. . .

—Muy bonito. ¿Hijos?

—No, ninguno, sólo tres divorcios; es un viernes de julio, vais a una casa de campo, y e el minimaletero del coche flotante llevas raquetas de tenis, mazos de croquet y una cesta grande llena de vinos buenos, uvas de Sudáfrica, codornices (¡pobres!), espárragos. . . El viento te marca las entradas. Estás requetesatisficho de ti mismo. Tu mujer número tres, o cuatro, o lo que sea, te sonríe a ella, intentando no pensar en que no tenéis nada, pero nada de nada, que deciros.

Se calló de golpe. Pareces una loca, se dijo. Intenta no hablar como una loca.

—¡Claro que, si te sirve de consuelo, para entonces ya hará mucho tiempo que nos habremos muerto todos en una guerra nuclear! —dijo alegrement; pero él seguía ceñudo, mirándola.

—No sé si irme, oye. Ya que soy tan superficial y corrupto. . .

—No, no te vayas —dijo ella, un poco demasiasdo rápido—. Son las cuatro de la madrugada.

Él se incorporó en la cama, hasta tener la cara a pocos centímetros de la de Emma.

—No sé de dónde sacas esta idea de mí , si casi no me conoces.

—Conozco el tipo.

—¿El tipo?

—Os he visto por la Facultad de Lenguas Modernas, de gallitos, berreando y montando fiestas de etiqueta. . .

—Si ni siquiera tengo traje. Y te aseguro que no berreo. . .

—Yendo en yate por el Meditrráneo en las vacaciones, «o sea, te lo juro». . .

—Pues si soy tan horrible. . .

La mano de él estaba en la cadera de ella.

—. . . que lo eres. . .

—. . . ¿por qué dormimos juntos?

En la carne del muslo, caliente y blanda.

—Yo contigo, que yo sepa, no he dormido. ¿O sí?

—Bueno, depende. —Se inclinó a darle un beso—. Define los términos.

Su mano estaba en la base de la espalda, y su pierna, deslizándose entre las de Emma.

—A propósito. . . —masculló ella, apretando su boca cnotra la de él.

—¿Qué?

Dexter sintió que la pierna de Emma se ceñía a la suya, para estar más pegados.

—Te tienes que lavar los dientes.

—A mí me da igual que no te los laves.

—Es horrible, en serio —se rio ella—. Sabes a vino y tabaco.

—Pues perfeco. Tú también.

La cabeza de Emma se apartó de golpe, interrumpiendo el beso.

—¿Ah, sí?

—No me molesta. A mí el vino y el tabaco me gustan.

—Ahora mismo vuelvo.

Se quitó de encima el edredón, y trepó por encima de Dexter.

—¿Adonde vas?

Él le puso una mano en la espalda desnuda.

—No, nada, al meadero —dijo ella, cogiendo las gafas de la pila de libros de al lado de la cama: grandes, negras, de la seguridad social.

—«Meadero», «meadero». . . Perdona, pero no capto. . .

Se levantó con un brazo cruzado en el pecho, dándole la espalda a propósito.

—No te vayas —dijo al salir descalza de la habitación, metiendo dos dedos por la goma de las bragas para bajarse la tela por los muslos—. Y nada de tocarte mientras estoy fuera.

Él expulsó aire por la nariz, y al incorporarse en la cama echoó un vistazo a la cutre habitación de alquiler, sabiendo con certeza absoluta que entre las postales artísticas y los carteles fotopoiados de obras de teatro de protesta habría una foto de Nelson Mandela, como un novio soñado, ideal. Había visto muchos dormitorios así en los últimos cuatro años, salpicando la ciudad como lugares del delito: cuartos donde nunca se estaba más de un metro y medio de un disco de Nina Simone; y aunque en pocas ocasiones hubiera visto dos veces la misma habitación, le resutlaba todo demasiado familiar. Lámparas de noche requemadas, y tristes plantas en maceta; olor a detergente en polvo en sábanas baratas, que no se ajustaban al colchón. Emma también tenía la típica pasión de las de letras por los fotomontajes: fotos con flash de amigos de la universidad, y de parientes, mezcladas entre los Chagall, Vermeer, Kandinsky, Che Guevara, Woody Allen, Samuel Beckett. . . No habiá nuetral. Todo exhibía alguna filación, o algún punto de vista. El cuarto era un manifiesto. Suspirando, la reconoció como una de esas que usaban «burgués» para insultar. Entendía que «facista» pudiera tener conotaciones negativas, pero a él le gustaba la palabra «burgués», y todo lo que implicaba. Seguridad, viajes, buena comida, buenos modales, ambición. . . ¿De qué tenía que disculparse?

Vio la espiral de humo al salir de su boca. Al buscar un cenicero a tientas, encontró un libro al lado de la cama. La insoportable levedad del ser, con e lomo marcado en las partes «eróticas». La pega de esas individualistas tan feroces era que parecían todas exactamente iguales. Otro libro: El homre que confundió a su mujer con un sombrero. Qué tío más tonto, pensó, con la seguridad de quee ese error él no lo cometería nunca.

A los veintitrés años, la visión de su futuro que tenía Dexter Mayhew no estaba más clara que la de Emma Morley. Esperaba triunfar, dar motivos de orgullo a sus padres, y acostarse con más de una mujer a la vez, pero ¿cómo compatibilizar las tres cosas? Quería salir en artículos de revista, y albergaba la esperanza de merecer tarde o temprano una retrospectiva de su obra, sin tener una idea clara de cuál podía ser la obra en cuestión. Quería vivier a tope, pero sin líos ni complcaciones. Quería vivir de tal manera que si le hicieran una foto al azar, fuera una foto atractiva. Todo tenía que quedar bien. Diversión. Tenía que haber mucha diversión, y no más tristeza del a estrictamente necesaria.

Como plan no era ninguna maravilla, y Dexter ya había cometido algún desliz. Estaba claro, por ejemplo, que esa noche tendría repercusiones: lágrimas, llamadas incómodas, reproches. . . Probablemente lo mejor fuera irse cuanto antes. Miró su ropa, preparando la huida. En el lavabo se oyó el traqueteo de advertencia de una cisterna vetusta. Dejó rápidamente el libro en su sitio, y encontró debajo de la cama una latita amarilla de mostaza Colman's, que, según confirmó al abrirla, contenía condones, efectivamente, así como los restos grises de un porro, con pinta de caca de ratón. La posibilidad conjunta de sexo y droga en un latita amarilla alentó nuevas esperanzas. Decidió quedarse un poco más, como mínimo.

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Excerpted from Un día by David Nicholls Copyright © 2010 by David Nicholls. Excerpted by permission.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

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  • Posted April 20, 2011

    I truly enjoyed this book!

    Un Dia

    David Nicholls

    430 pages



    This is a very interesting book with a plot that keeps the
    reader engaged the entire time. This book has a
    unique structure, in which every chapter starts a new year on the same date: July 15 over the course of about 30 years. This
    means that the reader sees a few important moments in time in which he or she
    must fill in the blanks in all that had changed within the past year. This is
    an effective strategy because the reader receives information about what has
    happened in the character's lives in a concise manner that does not seem boring
    or predictable. Although it was easy to become lost at the beginning of a new chapter, all
    of the reader's questions are answered later on. Personally, I enjoyed reading
    this book because it kept my interest and was easy to relate to. This novel is
    geared towards a younger age group because of
    the writer's style and content. Middle and high
    school age students would enjoy Un Dia the most. One thing to note would be that it is a
    light, fun read that appeals well to the emotions. It is well suited for
    summertime at the beach, but readers looking for something to stimulate their
    brain power should probably turn somewhere else.

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