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Un Día Nuevo
     

Un Día Nuevo

by Jon Secada
 

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Siendo uno de los primeros artistas latinos en cruzar fronteras culturales en este país, Jon Secada dominó las listas de música pop al inicio de los años noventa lanzando títulos como “Otro Dia Mas Sin Verte” y “Angel” y ganó varios premios Grammy.

Como cubano en el exilio, Jon entiende que la vida significa

Overview

Siendo uno de los primeros artistas latinos en cruzar fronteras culturales en este país, Jon Secada dominó las listas de música pop al inicio de los años noventa lanzando títulos como “Otro Dia Mas Sin Verte” y “Angel” y ganó varios premios Grammy.

Como cubano en el exilio, Jon entiende que la vida significa comenzar de nuevo cada vez y aceptar las oportunidades que se presenten, algo que nunca perdió de vista mientras alcanzaba su sueño de convertirse en intérprete y construía sueños nuevos cada que su vida daba un giro inesperado: se hizo famoso y luchó para mantenerse a flote cuando su sello discográfico se fue a pique repentinamente, ha escrito éxitos que catapultaron a artistas emergentes y ha sido reconocido como uno de los mejores compositores de la industria, perdió a su confidente y principal seguidor —su padre— y encontró el equilibrio y la felicidad a través de su esposa y sus hijos.

En este, su primer libro, Jon comparte las lecciones que aprendió y que lo convirtieron en la persona fuerte que es hoy en día. Su conmovedor mensaje reafirma que la sabiduría y la fuerza provienen de la reinvención constante de uno mismo y del descubrimiento de que uno se forma a través de dudas y dificultades, del crecimiento a partir de la adversidad y de la fe en Un día nuevo.

Product Details

ISBN-13:
9780698154490
Publisher:
Penguin Publishing Group
Publication date:
10/07/2014
Sold by:
Penguin Group
Format:
NOOK Book
Pages:
272
File size:
10 MB
Age Range:
18 Years

Read an Excerpt

A CELEBRA BOOK

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

“La felicidad nunca es completa o permanente. Puedes trabajar con lo que tienes en lo más profundo de ti para hacer que tus problemas sean tan poco importantes como sea posible y así poder seguir adelante. Tan solo siéntete bien con quién eres espiritualmente”.

Mi padre me dio ese consejo durante una etapa particularmente turbulenta de mi vida. Había llegado muy lejos en mi carrera y ganado mi primer premio Grammy, pero mi primer matrimonio se iba al garete. Ya no sabía quién era yo realmente. Sin embargo, mi padre insistía en recordarme que debía seguir intentándolo y seguir adelante, incluso sabiendo que siempre habrá momentos de duda e incertidumbre.

Como refugiados cubanos, mis padres me inculcaron este pensamiento desde el principio. Habíamos empezado de la nada, aferrados a la feroz determinación de que nuestras vidas sólo podrían mejorar. Sobrevivir significaba abrazar el cambio con confianza inquebrantable, reinventándose constantemente, y teniendo la resistencia para volver a ponerse de pie y seguir adelante cuando la vida daba giros inesperados.

Mi historia es cualquier cosa menos fácil. Está llena de obstáculos, resbalones, inmersiones y fracasos... así como éxitos. Es una historia sobre aprovechar las oportunidades que se te presentan y sacar lo mejor de ellas, aun sabiendo que la decepción, el fracaso y la tragedia también son parte normal de la vida. Las lecciones de este libro son las que he aprendido de las experiencias que me desgarraron, me elevaron y me llevaron de regreso al principio.

Es cierto que la felicidad nunca está garantizada, uno siempre enfrentará retos que ponen a prueba su voluntad. La fuerza radica en encontrar de qué estás hecho, a través de las dificultades y tus propios miedos y debilidades. La sabiduría proviene de crecer a partir de esas adversidades. Y la resiliencia se construye cada momento de cada día con fe constante en un día nuevo.

PARTE I

CAPÍTULO UNO

Mi corazón palpitaba y tenía la boca seca; mis pasos resonaban en los adoquines de la estrecha calle que recorría mi barrio en La Habana Vieja, Cuba. Estaba a punto de entrar en la guarida de un león. Mis verdugos estarían esperándome al acecho, como lo hacían todos los días después de la escuela, listos para saltar sobre mí. Me insultaban, me perseguían y amenazaban con darme una paliza.

Yo tenía tan sólo ocho años y era pequeño, tímido y regordete. Más que nada, quería huir y esconderme. Esa había sido siempre mi táctica de supervivencia.

Pero ahora mi padre, recién salido de la cárcel, me obligaba a enfrentar a mis enemigos.

—No voy a permitir que huyas de esto —me había advertido cuando abandonamos el apartamento—. No vas a ser intimidado. Vas a enfrentar a esos niños, pase lo que pase. No voy a dejar que vivas muerto de miedo.

¡Fácil para él decirlo! Mi padre, Jose Miguel Secada, era un tipo encantador; un trabajador y guapo buscavidas, en el mejor sentido de la palabra. Parecía no temer a nada.

Papá tan sólo había estudiado hasta octavo grado, pero estaba siempre dispuesto a encontrar oportunidades y aprovecharlas. Había crecido en una familia grande en Santa Clara, un pueblo en la mitad de Cuba, y era un excelente cantante, como todos en su musical familia. Una de sus hermanas, Moraima Secada, llegó a convertirse en una artista internacional extremadamente popular. Conocida mundialmente como “La Mora”, formó parte de la primera orquesta femenina de América Anacaona.

Mi padre también podría haber sido cantante profesional. Tenía la voz y el carisma para serlo. Pero tenía un espíritu emprendedor. Estaba especialmente orgulloso de su propio padre, que era dueño de un negocio de pastelería. Mi padre trabajó con su padre y me bautizó Juan en honor a él.

Luego mi abuelo murió, el negocio de la pastelería se fue a pique y mi padre se vio obligado a abandonar Santa Clara para encontrar trabajo. Llegó a La Habana con su madre, quien murió en sus brazos de una enfermedad repentina, dejando a mi padre huérfano en la ciudad.

Papá eventualmente trabajó hasta llegar a ser dueño de un bar de ostras, un pequeño puesto en una esquina de La Habana, y vio la oportunidad de ampliarlo. Sin embargo, se sentía frustrado por las restricciones impuestas por Fidel Castro cuando asumió el poder en 1959 a los negocios independientes. Fastidiado por las limitaciones a sus ambiciones, mi padre vio sus sueños desvanecerse a medida que el régimen de Castro acababa con las oportunidades de los empresarios en nombre del comunismo.

Finalmente, mi padre decidió abandonar Cuba. Emigraría y enviaría por mi madre y por mí cuando su situación financiera lo permitiera. Pero su intento de fuga en un barco de pesca para perseguir sus sueños fracasó cuando las autoridades lo atraparon en alta mar.

En aquella época, emigrar de Cuba sin permiso del gobierno era considerado un acto ilegal. Las familias que querían salir de Cuba tenían que solicitar documentos y aun así el gobierno esperaba que la cabeza de la familia primero “le retribuyera” al partido comunista. En consecuencia, mi padre fue encarcelado y llevado a un campo de trabajo hasta que se aprobó el papeleo para que nosotros saliéramos del país. Estuvo en prisión prácticamente desde que yo era un bebé hasta que cumplí siete años, dejándonos que mi madre y yo nos defendiéramos solos.

Mi madre, Victoria, tenía una personalidad extrovertida y encantadora; también era terca. Como mi padre, había llegado a La Habana procedente de la Provincia de Oriente en el extremo oriental de Cuba para buscar una mejor vida. Era una mujer bella, mulata debido a que su abuela cubana se enamoró de un barbero de la Armada Española. Su padre también era hombre de negocios, pero murió joven en un accidente de natación. Después de que su madre murió muy joven de un cáncer, mi madre vivió con su abuela hasta los quince años. En ese momento su abuela también murió y ella, como mi padre, quedó huérfana y tuvo que abrirse su propio camino en el mundo.

Y así mis padres —de voluntad fuerte, guapos y huérfanos ferozmente independientes— se conocieron, se enamoraron y me tuvieron a mí. Mi padre tenía otra familia —una ex esposa, y un hijo y una hija entrando en la adolescencia— pero yo era el único hijo de mi madre y, por ello, el único propósito en su vida era hacer de mi vida la mejor posible. Mi padre veía su trabajo como nuestra fuente de sustento, sin importar lo que costara.

Mientras esperábamos la autorización para abandonar el país, vivíamos precariamente en un pequeño apartamento cerca al Paseo del Prado, el sombrío bulevar de una milla de largo en el centro de La Habana que se remonta al siglo XVIII. Dado que mi padre estaba encarcelado, era prácticamente un desconocido para mí. Pero mi madre y yo pasábamos mucho tiempo juntos. Yo montaba en bicicleta en el parque El Prado o iba al cine. También pasábamos mucho tiempo en El Malecón, la explanada construida para proteger a La Habana de las olas y que se convirtió en el paraíso de los pobres, un lugar favorito para pasear o pescar. Cuando salió de la prisión, mi padre intentó enseñarme a nadar allí en algunas de las pequeñas piscinas naturales creadas por las rocas pero, sin importar cuántas veces me tirara al agua, nunca aprendí a flotar. Sigo siendo un pésimo nadador.

También en otros sentidos yo era un paria y en parte por eso me atormentaba los matones. Asistía a una escuela cerca de nuestro apartamento y mi madre intentaba protegerme todo lo posible de cualquier lavado de cerebro de la propaganda del gobierno comunista, que se había infiltrado en las escuelas. Era pequeño pero gordo para mi edad, reticente a hablar en clase y terrible en los deportes. Aunque algunos de nuestros amigos apoyaban nuestro deseo de huir de Cuba, los comités de barrio monitoreaban a las familias que no se adherían a las creencias comunistas y hacían todo lo posible para hacerlas sentir temerosas y alienadas por no estar de acuerdo con el régimen de Castro.

En clase, por ejemplo, mi profesora llamó a mi madre un día a un lado y le dijo:

—Su hijo es el único que no forma parte de Los pioneros —el grupo juvenil establecido por Castro. La profesora le explicó que esto me hacía diferente y me dificultaba hacer amigos—. ¿Qué le parece si le pongo el emblema de Los pioneros y la bufanda para guardar las apariencias y que Juan no sobresalga tanto? Luego, cuando el grupo termine con las actividades, le quitaré la bufanda. ¿Estaría de acuerdo?

Mi madre estaba indecisa pero, por mi bien, aceptó a regañadientes. Sin embargo, aunque eso tal vez me facilitó un poco las cosas en clase, no me sirvió de nada en el vecindario. Vivíamos en uno de los edificios más agradables en el centro de la ciudad, pero era un barrio difícil. Muchos de los niños mayores y más grandes me veían como un forastero, no sólo porque era un tímido y regordete niño de mami, sino también porque mi padre se había declarado abiertamente en contra del gobierno. La ambición no tenía lugar en la Cuba de Castro.

Así que ahora ahí estaba yo, caminando deliberadamente hacia mis enemigos, incapaz de arrancar a correr porque tenía más miedo a disgustar a mi padre que a los matones del barrio. Papá caminó conmigo por la calle hasta que nos acercamos al lugar donde los matones normalmente se juntaban. Luego desapareció en un callejón.

—Voy a estar lo suficientemente cerca para intervenir —me prometió—, pero tienes que lidiar con esto tú mismo.

Antes de alejarse, me dio un palo. Un palo y un guión: cuando los niños me enfrentaran y lanzaran sus amenazas habituales, tales como “¿Adónde vas? ¡No puedes pasar!”, se suponía que debía responder: “Pues sí puedo, porque te voy a dar una paliza”.

No me imaginaba haciéndolo. Yo era un soñador, no un luchador. Pero me preparé para el ataque y seguí poniendo un pie delante del otro para ganar el respeto de mi padre.

Lentamente giré en la siguiente esquina. Efectivamente, allí estaban. Los niños grandes se lanzaron en mi dirección, gritando “¡Oye, no puedes pasar!”.

Sorprendentemente, algo sucedió en mi interior. Fue como si mi padre me hubiera dado una repentina infusión de su valentía. Me volví loco, completamente loco, y corrí hacia ellos con el palo en la mano y gritando de furia y miedo.

—¡Sí puedo! —grité—. ¡Tengo algo en mi mano y lo voy a usar para asegurarme de que me dejen pasar!

Temblaba de miedo pero, por supuesto, eso me hacía parecer aún más loco. Mis verdugos dieron marcha atrás y nunca más me molestaron.

Mi padre había ahorrado algo de dinero antes de ir a prisión y poco después de ese incidente finalmente pudimos comprar nuestros documentos y pasajes aéreos para salir de Cuba. En los años setenta, sólo algunos países aceptaban refugiados cubanos. Mi padre quería emigrar a Estados Unidos, pero solo se podía emigrar allí si tenías familiares que te patrocinaran, así que fuimos a España.

El día en que recibimos nuestros documentos, fuimos a recoger a papá al campo de trabajo mientras el comité del barrio y los funcionarios gubernamentales confiscaban todo lo que teníamos en nuestro apartamento. Incluso se llevaron nuestro “libro de comidas”, donde mi madre había registrado minuciosamente todos los alimentos que comprábamos debido a que los comestibles eran fuertemente racionados en Cuba.

Las dos primeras veces que fuimos al aeropuerto con nuestro equipaje, nos devolvieron —el gobierno parecía disfrutar haciéndole bromas a los emigrantes— y nos vimos obligados a pasar la noche con amigos en La Habana, porque los funcionarios ya habían cerrado nuestro apartamento y sacado todo lo que poseíamos. Estábamos sin techo, desesperados por salir, pero a merced de los caprichos burocráticos.

Nos devolvieron del aeropuerto dos veces más. Cuando finalmente nos dijeron que nuestro avión partiría, regresamos una tercera vez y abordamos el avión a Madrid.

Estaba triste y asustado de abandonar el único mundo que conocía. Pero, cuando mis padres me llevaron hasta la rampa de embarque del avión, también sentí un pequeño aleteo de emoción. Mi madre y mi padre deben haber experimentado una gran agitación emocional durante el terrible proceso de renunciar a todo lo que tenían a cambio de la libertad, pero se propusieron actuar y hablar normalmente conmigo, envolviéndome en una red de seguridad familiar para protegerme de la enormidad de su propia confusión. Actuaron de forma tan realista y equilibrada cuando nos dirigíamos hacia lo desconocido que un observador que desconociera lo que estaba pasando podría haber pensado que íbamos de vacaciones.

Sin embargo, yo sabía lo que realmente sucedía. Tomé asiento en el avión y presioné mi cara contra la ventana, viendo a Cuba retroceder mientras despegábamos, sabiendo que había pasado una página en el libro de mi vida. Sabía que este era el final de mi vida en esa isla. Nunca regresaríamos. Ese pensamiento me hizo sentir un hueco en la boca del estómago, pero tenía edad suficiente para entender que era nuestra única opción si no queríamos vivir bajo el dominio de Castro.

Al dejar Cuba, aprendí mi primera lección clave en la vida: enfrentar a los matones. Sean los matones niños o un gobierno entero, la única elección correcta es luchar y hacerle saber que eres tu propia persona y estás listo para enfrentar incluso el más aterrador e incierto futuro.

CAPÍTULO DOS

Éramos nómadas sin hogar. Recuerdo perfectamente estar con mis padres en el aeropuerto esperando que alguien nos dijera qué hacer o a dónde ir, sintiéndome un poco enfermo de ansiedad.

Por supuesto, no estábamos solos en el aeropuerto de Madrid. Entre 1959 y 1993, aproximadamente un millón doscientos mil cubanos abandonaron la isla. Mi familia abandonó el país en 1970, en la cresta de esa ola de emigración. Eran tantos los cubanos que emigraban a España que parecían ganado, con manadas de cubanos aterrizando en Madrid. Tan pronto uno llegaba, la familia recibía 5.000 pesetas del gobierno español para ayudarle a sobrevivir... eso era todo. Estabas solo.

De repente, alguien en la multitud del aeropuerto reconoció a mi padre. Ese hombre había conocido a mi padre en Cuba y ahora vivía en Madrid.

—¿Qué haces aquí? —exclamó cuando nos vio deambulando con los demás.

—Pues, estamos aquí porque estamos aquí —respondió mi padre—. Salimos de Cuba. Pero ahora no sabemos qué hacer o a dónde ir.

Nuestro conocido nos dio la dirección de una pensión y le dijo a mi padre:

—Echa un vistazo a este lugar. Es lo suficientemente barato, así que creo que todo el dinero que tienes en tu mano ahora cubrirá tus gastos mientras te acomodas.

La pensión estaba ubicada en la parte antigua de Madrid. Mi familia no podía permitirse nada mejor que una pequeña y destartalada habitación sencilla. No había baño privado, sólo uno comunal para toda la planta. Sin embargo, rápidamente quedó claro que vivir en España representaba tal lujo, que fue casi una experiencia de renacimiento para todos nosotros.

La libertad de no tener a nadie que nos dijera qué hacer, pensar o comer, y la felicidad de tener tantos y tan diferentes alimentos a disposición fueron evidentes ya en el viaje en taxi desde el aeropuerto. Mirando por la ventana del taxi, vi puestos de fruta llenos de bananos y naranjas y limones. ¡Incluso había supermercados gigantescos y muy iluminados! Me sentí abrumado de emoción al ver tantas opciones.

Cuando llegamos a la pensión y descendí del taxi, vi una tienda de caramelos. ¡Jamás había visto tanto chocolate! Le pregunté a mi padre si podíamos comer algunos y ambos comimos tanto chocolate ese día que después estuvimos con náuseas.

No tardé en sentirme como en casa en nuestro barrio. En muchos aspectos me recordaba a La Habana, con sus estrechas calles empedradas y floridos herrajes en las ventanas y balcones. Aunque extrañaba los colores pastel de Cuba y el aire tropical, quedé estupefacto por las grandes proporciones de los edificios más nuevos de Madrid y por el vibrante ritmo de vida de una ciudad tan próspera. Había edificios altos, y fuentes, y personas luciendo ropas alegres y yendo de un lado a otro. ¡Había incluso coches nuevos!

Pero, a pesar de toda esa abundancia, mis padres seguían siendo inmigrantes con poca educación, poco dinero y sin conexiones. Tuvieron que luchar para encontrar trabajo en España. Mi madre encontró algunos trabajos de limpieza. Cada día después de la escuela, caminaba hasta donde ella estaba limpiando y esperaba a que terminara su trabajo para volver juntos a nuestra habitación. Mi padre no pudo encontrar nada en Madrid. Desesperado, pronto dejó Madrid y fue a las Islas Canarias a trabajar en un hotel como cocinero; una habilidad que había aprendido en la cárcel.

Así comenzó otro período de dolorosa separación para mi familia, pues mi padre iba y venía de su trabajo en las Islas Canarias y mi madre y yo permanecíamos solos en Madrid. Por suerte, nos hicimos amigos de la maravillosa familia de la portera, la mujer que administraba la pensión. María, su esposo Ramón y el resto de sus familiares y amigos nos dieron la comodidad y calidez que necesitábamos para sentirnos como en casa.

Mis padres lucharon para enviarme a una escuela católica privada, donde sobresalí y me sentí aceptado. Mi madre y yo también íbamos al comedor central creado por el gobierno español para que los refugiados cubanos no pasáramos hambre, y allí conocimos a otros cubanos y nos regocijamos por el acento común y las historias de nuestra tierra.

Dado que yo era afro-cubano y mi piel más oscura que la de muchos en Madrid, resulté ser una criatura fascinante para los niños españoles, especialmente cuando escuchaban mi acento cubano. Querían saber todo sobre Cuba y yo apreciaba sus preguntas amistosas. Me sentía seguro deambulando por los nuevos vecindarios, como una especie de explorador descubriendo una Europa grande e histórica.

Sin embargo, no crecía mucho y tampoco adelgazaba. Seguía siendo bajito y aún más gordo que antes. Siempre había deseado ser jugador de beisbol pero, dado que no tenía la constitución ni el talento para los deportes, comencé a explorar mi amor por la música. En mi primera infancia había estado rodeado por los ritmos afro-cubanos y debí absorber la musicalidad de la familia de mi padre. Pero como casi todo lo que uno escuchaba en las emisoras cubanas estaba controlado por el gobierno, la música que había escuchado hasta entonces era bastante limitada. En España comencé a descubrir la música pop en un momento en que muchos vocalistas españoles estaban surgiendo en la escena musical contemporánea.

Ese fue el origen de mi curiosidad musical: escuchar la radio y oír canciones y voces que le hablaban a mi corazón y a mi espíritu. En particular, llegué a amar a Nino Bravo, Raphael y Camilo Sesto. Siempre que tenía la oportunidad de encerrarme a solas con la radio en nuestra habitación, cerraba la puerta y cantaba música pop.

Nunca nadie me escuchó cantar, así que nadie tenía idea de que estaba comenzando mi educación musical... ni siquiera yo mismo.

•   •   •

Tras dieciocho meses en España, mi padre estaba frustrado por su incapacidad para conseguir suficiente trabajo para vivir dignamente. Seguíamos sin conocer a nadie que patrocinara nuestro traslado a Estados Unidos, así que él empezó a escribir cartas a las embajadas de todos los países del mundo que aceptaban refugiados cubanos.

Estuvimos a punto de ir a Australia, donde había un programa gubernamental de acogida de inmigrantes que proveía empleo, vivienda e, incluso, educación. Una semana antes de la fecha prevista para el viaje, recibimos una inesperada respuesta a una de las muchas cartas escritas por mi padre: el presidente de Costa Rica le había concedido una visa.

Mi padre, que confiaba en sus habilidades lo suficiente para mostrarse confiado sin importar el riesgo que estuviera asumiendo, no dejó pasar la oportunidad.

—Si consigo la residencia en Costa Rica, podré pedirlos a ustedes y se reunirán conmigo —nos dijo lleno de entusiasmo.

Así que, una vez más, mi madre y yo nos separamos de mi padre. Esa época de transición fue difícil porque mi madre tuvo que hacer trabajos extras para mantenernos. Permanecimos en Madrid los seis meses siguientes y mi padre viajó solo a Costa Rica e hizo lo que mejor hacía: rebuscar trabajo. Consiguió trabajo de cocinero en San José y allí conoció a un hombre de negocios cubano que estaba dispuesto a invertir en un restaurante con él.

Cuando al fin abandonamos España para reunirnos con papá, yo ya había cumplido diez años. Seguía siendo introvertido y tímido, pero en España había hecho buenos amigos. Había sido feliz en Madrid y ahora sentía una punzada de pena al despedirnos de la ciudad que nos había acogido. Sabía que teníamos que irnos pero, al mismo tiempo, deseé con toda mi alma que mi familia hubiese podido acomodarse en España. Me daba pavor volver a comenzar. Lo único que me consolaba es que la familia volvería a estar junta.

Nuestra suerte cambió poco después de reunirnos con papá en Costa Rica, gracias a su duro trabajo: estaba listo para confiar nuevamente en sus habilidades y separarse de su socio, ir a un banco y solicitar un préstamo. Había descubierto un pequeño restaurante en una calle adoquinada en San Pedro, un barrio en las afueras de San José y cerca a la Universidad de Costa Rica. Entre mis padres podrían convertir ese modesto espacio en una cafetería. Finalmente, podría hacer realidad su sueño de ser un hombre de negocios independiente.

Todos tendríamos que echar una mano. Desde luego, yo asistía a la escuela en Costa Rica, pero pasaba cada hora libre ayudándoles a mis padres en el restaurante, atendiendo mesas o encargándome de la caja tan pronto terminaba mis deberes. Trabajábamos largas jornadas. Y, al día siguiente, nos levantábamos y trabajábamos otra larga jornada. No tenía tiempo para amigos.

No miento cuando digo que no me molestaba esa vida unidimensional. Incluso entonces, a los once años, era consciente de la tremenda proeza que representaba el hecho de que mi padre hubiera abierto ese pequeño restaurante. Además, ya había absorbido de mis padres la ética de trabajo que me llevaba a compartir su deseo de tener éxito. Me sentí tan orgulloso y feliz como ellos cuando pudimos trasladarnos de nuestro diminuto apartamento al lado del restaurante a una pequeña casa en la misma manzana. Sentí que había contribuido a que sucediera.

Mis padres ocasionalmente hablaban con cariño de sus infancias en Cuba y expresaban el anhelo de ver sus pueblos o a las personas que habían dejado atrás, pero nunca expresaron remordimientos por haber abandonado la isla. Estaban completamente desconectados de lo que era Cuba bajo el régimen de Castro. Para mí, salir de la isla había sido como pasar una página en un libro pero, para ellos, fue como cerrar el libro y colocarlo en un estante. Estaban en el exilio y lo consideraban una situación permanente. Estaban resueltos a mirar adelante y buscar una vida mejor.

La única excepción a esto fue cuando mi padre recibió una carta informándole que Francisco, su hijo de un matrimonio anterior que sufría de diabetes, había muerto repentinamente debido a complicaciones quirúrgicas. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de conocer a Francisco pero, antes de salir de Cuba, era demasiado joven para establecer una relación con mis medio hermanos. La muerte de Francisco no me golpeó, pero para mi padre fue un evento devastador.

Mi medio hermano lo había apoyado mucho. Francisco incluso le había escrito una carta a mi padre, diciendo: “Entiendo por qué haces esto. Debes seguir a tu corazón”. Tal vez eso hizo aún más difícil para mi padre recibir la carta sobre la muerte de su hijo. Fue la primera vez que vi a papá descomponerse y verlo así me hizo darme cuenta una vez más de a cuánto habían renunciado mis padres para salir de Cuba y reconstruir sus vidas, y la mía.

Por supuesto, trabajar juntos desde el amanecer hasta el anochecer, además de vivir en espacios pequeños después de pasar tanto tiempo separados, llevó a mis padres a pelear. Ambos eran personas apasionadas y siempre habían discutido, pero ahora las peleas eran casi constantes y a menudo frenéticas. Sus discusiones eran en su mayoría por trabajo o dinero, pero algunas veces eran desencadenadas por los celos de mi madre por las atenciones de mi padre a otras mujeres.

Mis padres no tenían más opción que pelear frente a mí. Nuestro apartamento era demasiado pequeño para que hubiera privacidad. Yo me retiraba a un rincón tranquilo e intentaba mantenerme al margen. Los enfrentamientos eran ruidosos y emocionales, y de vez en cuando mi padre se iba.

Pero, sin importar la gravedad de la pelea, siempre volvía y a la mañana siguiente abríamos la cafetería como de costumbre y volvíamos al trabajo. A pesar de sus diferencias, mis padres hacían lo que fuera necesario para mantener en pie su negocio y eran muy disciplinados en la búsqueda de su objetivo común de lograr la independencia financiera. Creo que también todos nosotros reconocíamos que éramos una isla diminuta, nuestra pequeña familia de tres. Era importante mantenernos juntos.

A pesar de las peleas, había cosas buenas de estar en Costa Rica. Me gustaba la escuela y empecé a hacer algunos amigos en el patio, aunque no tenía tiempo para verlos. Además, la cafetería se encontraba cerca de la Universidad de Costa Rica, en un barrio lleno de escuelas secundarias. Con tantos adolescentes yendo y viniendo, nunca había un momento de aburrimiento. Nuestro pequeño y modesto restaurante, donde mi padre servía cocina casera cubana y costarricense, tenía un éxito tremendo. El lugar siempre estaba lleno.

Como vivíamos y trabajamos cerca de la universidad, mis padres estaban cada vez más sintonizados con la importancia de la educación. Veíamos a muchos estudiantes en nuestro mini-restaurante y uno de ellos, Manuel Costa, se convirtió en un buen amigo. Manuel era un cubano que vivía en Miami pero había llegado a Costa Rica a estudiar odontología. Yo siempre fui un buen estudiante —lo consideraba mi responsabilidad para con mi familia— y mis padres comenzaron a hablarme sobre lo podría llegar a hacer como profesional con una educación universitaria. Incluso sugirieron que podría convertirme en dentista como Manuel.

A pesar de nuestro relativo éxito en Costa Rica, mis padres seguían viendo a Estados Unidos como nuestro destino final. Estados Unidos representaba el Santo Grial de la libertad, la educación, las oportunidades y la felicidad. Sabía que sólo sería cuestión de tiempo antes de que se las arreglaran para poner un pie en suelo estadounidense.

Cuando pienso en lo valientes que fueron mis padres para sacar adelante el plan de salir de Cuba y llegar primero a España, luego a Costa Rica, donde lucharon para ahorrar suficiente dinero para trasladarse a Estados Unidos, me sorprende su fuerza de voluntad y determinación. Mi padre, sobre todo, me mostró cómo puedes imaginar un futuro para ti mismo, colocarlo en un trampolín y utilizarlo para hacer actos de fe que convertirán ese sueño en tu destino.

CAPÍTULO TRES

Después de dieciocho meses en Costa Rica, mi padre vendió la cafetería. Eso nos dio la libertad financiera para comprar pasajes a Estados Unidos. Una vez más, yo tendría que empezar en una nueva escuela llena de extraños y esta vez ni siquiera hablaba su idioma.

A principios de la década de 1970, los refugiados cubanos que desembarcaban en suelo estadounidense podían pedir asilo político aunque ya fueran residentes de otro país. Todavía teníamos nuestros pasaportes cubanos, así que viajamos como turistas. Sin embargo, esto no era un experimento, un ensayo ni unas vacaciones. Una vez más, mi padre había visualizado nuestro futuro y, con gran confianza y determinación, había trabajado duro para convertir esa visión en una realidad. Vendimos casi todas nuestras pertenencias, empacamos lo poco que nos quedó y dejamos Costa Rica sabiendo que nos dirigíamos a nuestro destino final.

Para entonces, mis padres se habían hecho amigos de otros cubanos en España y Costa Rica. La mayoría de esos inmigrantes también se habían establecido en Estados Unidos como su destino final. Ahora los seguimos a Miami y conseguimos un aparta-estudio en Hialeah, Florida: una habitación en la parte trasera de la pequeña casa de otra familia cubana. Habíamos recorrido un largo camino, pero finalmente habíamos llegado al país que llamaríamos nuestro hogar por el resto de nuestras vidas.

Mis padres apenas habían logrado completar la escuela primaria en Cuba y no hablaban inglés. Afortunadamente, el sur de la Florida era una meca para los inmigrantes latinos, así que podían hacer todos sus negocios y relaciones sociales con otras personas de habla hispana. Pero, a diferencia de los otros cubanos que conocíamos, nosotros no teníamos parientes en Florida. Estábamos totalmente solos. A pesar de la barrera del idioma y la falta de conexiones, mis padres milagrosamente encontraron trabajo inmediatamente: mi madre en una fábrica de ropa y mi padre en un restaurante.

Estaban fuera durante largas horas y eso me obligó a valerme por mí mismo. El día que llegamos, yo tampoco hablaba una palabra de inglés. Combinado con mi naturaleza tímida, esto me hizo sentir ansioso, deficiente y aislado. Sabía que mi única oportunidad de supervivencia era aprender inglés lo antes posible.

Al principio mis padres intentaron inscribirme en una escuela católica privada, pero rápidamente quedó claro que no podíamos pagar la matrícula. Después de un par de meses, me pusieron en la escuela primaria Palm Springs que tenía un programa de educación bilingüe. Me llevaron una vez a la escuela, firmaron los formularios y eso fue todo: se esperaba que encontrara solo el camino a la escuela cada día. Me atrasaron un grado, lo cual era el procedimiento estándar para los niños inmigrantes que no hablaban inglés, así que quedé en sexto grado a pesar de tener casi trece años.

Por supuesto, todavía era uno de los chicos más bajitos y seguía siendo gordo. Aparte de mi lucha con el inglés y el choque cultural, esto significaba que era incluso más reticente a hacer amigos, sobre todo porque no era bueno en ningún deporte. Nunca me había sentido tan solo. En España había tenido amigos y en Costa Rica tenía a mis padres y me sentía útil en el restaurante. En esta nueva vida, en esta tierra extraña, mis padres normalmente salían a trabajar antes de que me despertara y no volvían a casa hasta el anochecer.

Durante ese primer año de adaptación, me convertí en un ermitaño, encerrándome en mí mismo y evitando cualquier interacción con chicos de mi edad. Ya fuera debido a la barrera del idioma o a todas las mudanzas que habíamos hecho, mi instinto aquí fue evitar todo contacto.

Como no tenía nada que hacer después de la escuela, me la pasaba viendo televisión y escuchando música en la radio. En cierto modo, esto resultó ser una buena cosa. Si hubiera tomado un camino diferente —si por ejemplo me hubiera hecho amigo de las personas incorrectas o si hubiera sido lo suficientemente notorio para ser intimidado— mi vida podría haber sido muy diferente. En cambio, me volví adicto a la televisión y ella fue mi mejor profesor de inglés. No entendía una palabra de los programas de televisión, pero los veía religiosamente cuando llegaba a casa de la escuela. Quedé especialmente enganchado en las telenovelas como The Guiding Light, porque los papeles interpretados por diferentes personajes —mujeres malas y virtuosas, hombres malvados y héroes— eran obvios aún sin entender la lengua, así que era fácil seguir el argumento.

También me encantaban los programas de concurso como Family Feud, porque a menudo proyectaban en la pantalla las palabras que decían. No me tomó mucho tiempo comenzar a asociar las palabras que escuchaba con las letras impresas que veía. The Carol Burnett Show también fue parte muy importante de mi infancia porque lo veía como el paquete completo de entretenimiento; mirando ahora atrás, me doy cuenta de que ver ese programa probablemente despertó mi interés en actuar en Broadway más adelante en mi carrera.

La radio seguía siendo una parte esencial de mi vida solitaria, como lo había sido en España. Escuchaba mis emisoras favoritas siempre que no estaba viendo la tele y no sentía ningún deseo de escuchar música en español. En su lugar, me sentí atraído por las canciones pop americanas e imitaba a los cantantes para aprender inglés más rápidamente. A principios de los años setenta, escuchaba todo: desde Elton John a Stevie Wonder, de Marvin Gaye a Barry Manilow. Me aseguré de copiar fielmente las palabras y frases al imitar a mis artistas favoritos, tratando de eliminar cualquier acento latino en mi inglés.

Mi primera compra musical fue un conjunto de discos que incluían una canción específica de Elton John: “Someone Saved My Life Tonight”. Escuché esa canción una y otra vez, junto con “Midnight Blue” de Melissa Manchester. Más tarde, tuve el privilegio de trabajar con Melissa y una de las primeras cosas que hice fue decirle cuánto había significado para mí esa canción cuando de niño me sentía perdido en un nuevo e inmenso país.

Sin parientes, mis padres y yo teníamos que entretenernos unos a otros en las vacaciones. Nos encantaba conducir al norte de la Florida, a San Agustín, que nos recordaba el Viejo Madrid, o a Daytona Beach, donde nos fascinaba poder rugir arriba y abajo por las playas de arena blanca en nuestro pequeño Dodge Colt.

Mis padres seguían peleando mucho pero yo ya estaba acostumbrado. En retrospectiva, creo que permanecieron juntos en parte porque temían que me pasara algo. Si no estábamos los tres juntos, sabían que me sentiría más perdido de lo que ya estaba en este vasto país. Estaban comprometidos a mantener intacta nuestra familia.

Muy pronto mi padre tuvo el dinero para abrir una cafetería propia. Allí comenzó otro período de largas horas de trabajo para todos nosotros, pues mi madre y yo trabajábamos con él para que fuera un éxito. Seguimos ese patrón por muchos años. Cuando papá se cansaba de un negocio en particular, lo vendía y se tomaba un descanso, para luego abrir otra tienda en otro lugar. Su éxito en los negocios, tan modesto como era, lo llenaba de una energía exuberante. Amaba ser su propio jefe y asumía cada nuevo negocio con una sensación de invencibilidad. Su afán de alcanzar el éxito nunca disminuyó.

Una de las primeras cosas que mis padres hicieron cuando tuvieron suficiente dinero fue comprar sus propias parcelas en el cementerio.

—Queremos asegurarnos de que no tendrás que preocuparte por nuestros funerales —me dijo mi padre. También tomaron seguros de vida en los que yo era el beneficiario. Incluso en la muerte, estaban decididos a cuidar de mí.

Por esa época, yo era estudiante de primer año de bachillerato. Había sobrevivido la secundaria y aprendido suficiente inglés para ayudar a mis padres a traducir las facturas, documentos escolares o los pedidos de los clientes difíciles en el restaurante, aunque mi madre de alguna forma se las arreglaba para hacerse entender de los clientes angloparlantes.

En la escuela me iba bien y ese era el barómetro para mi éxito como niño y el de ellos como padres. Además, estaban demasiado ocupados trabajando todo el día para poner comida sobre la mesa para preocuparse mucho acerca de lo que sucedía en mi vida emocional. Cuando tenía quince años, mis padres incluso encontraban trabajos que los llevaban fuera de la ciudad los fines de semana. Yo me quedaba solo en casa empapándome de entretenimiento americano durante horas.

Ninguno de nosotros tenía idea de que estaba perfeccionando mi sensibilidad o talento musical. Sin embargo, mirando atrás, veo claramente que mi educación musical estaba en curso cuando cantaba junto a mis artistas favoritos en la radio o gritaba respuestas a las preguntas de los programas de concurso, maravillado por el apasionante mundo del entretenimiento en inglés.

Aunque durante ese tiempo nunca canté una nota en público, esos primeros años en Florida fueron el verdadero comienzo de mi vida como cantante. En mi primera infancia en Cuba, España y Costa Rica, había algo dentro de mí que sabía que podía cantar, pero era demasiado tímido e introvertido para compartir ese conocimiento con nadie. Simplemente cantaba a solas, imitando a cada artista tan exactamente como podía, hasta que la música pop norteamericana se convirtió en un llamado para mí.

Al final de la secundaria me había vuelto aún más consciente de mi aspecto. Todavía deseaba hacer deporte y odiaba ser tan bajo y regordete; también seguía prefiriendo mi propia compañía.

Luego, casi de la noche a la mañana, todo cambió. Mi madre cayó en cuenta de que yo no estaba superando mi inseguridad y me hizo hacer dieta. Al mismo tiempo, comencé una clase de educación física con un entrenador verdaderamente duro. Nunca olvidaré la actitud de ese tipo porque fue la primera persona que me presionó. Pensé que lo odiaba.

—Escucha, Juan —me dijo el entrenador en su estilo directo—, tienes que ponerte en forma y empezar a competir con los otros chicos.

Cada vez que tenía clase de educación física, la cosa iba en serio. Era un verdadero partidario de la disciplina y todos temíamos su clase y las terribles actividades que inventaba. “Me va a patear el trasero y no quiero lidiar con esto”, me decía a mí mismo cada vez que debía asistir a esa clase, porque era como una pesadilla en un campo de entrenamiento del ejército.

Sin embargo, en poco tiempo me di cuenta de que a pesar de lo horribles y sudorosas que eran esas clases de educación física, comenzaba a disfrutar del ejercicio. Entre eso y la nueva dieta, comencé a bajar de peso. Al mismo tiempo, experimenté repentinamente una etapa de gran crecimiento.

Ahora que empezaba a sentirme físicamente mejor y a habitar mi cuerpo más cómodamente, soñaba más que nunca con practicar algún deporte; especialmente béisbol, puesto que era el deporte más popular en Cuba aparte del atletismo. Pero no había forma de hacerlo. Por un lado, era demasiado viejo: todos los chicos que jugaban en el equipo de béisbol habían comenzado a jugar desde pequeños y eran jugadores altamente calificados. Por otro lado, mis padres no podían apoyar mi participación en un deporte que requiriera dinero para equipo o transporte a las prácticas. Trabajaban casi permanentemente y apenas tenían tiempo para comer y dormir. Estaba solo.

Finalmente, sin embargo, descubrí una actividad extracurricular cerca de mi casa a la que podría entrar y que mi familia podría permitirse: taekwondo. Comencé a tomar clases en un estudio a poca distancia de mi casa y rápidamente quedé enganchado, no solamente por el entrenamiento físico sino también por la disciplina mental de las artes marciales. Cuanto más practicaba, más poderoso me sentía al adquirir las habilidades y el control para protegerme y derrotar a un oponente.

En el segundo año de bachillerato ya no tenía sobrepeso ni era el chico más bajito de la clase. Esa transformación física me dio la confianza para empezar a revelar mi verdadera pasión —y algo de mi personalidad— a través de la música.

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A lo largo de su carrera, que abarca dos décadas, Jon Secada ha ganado dos Premios Grammy, ha vendido veinte millones de copias de sus álbumes, se ha presentado en Broadway y cuenta con numerosos éxitos en inglés y en español, lo que lo convierte en el primer artista latino en haber tenido éxito cruzando barreras culturales. Vive en Miami con su familia.

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