Un Dios incomprensible: Reflexiones sobre las preguntas dificiles relacionadas con la fe

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If we are honest, we have to admit that there are many things we don't understand about God, especially in the face of terrible suffering and evil. Chris Wright offers reflections and encouragement from the Scriptures, so that those who are troubled by these tough questions can still sustain their faith.

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El Dios que no entiendo: Reflexiones y preguntas difíciles acera de la fe

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If we are honest, we have to admit that there are many things we don't understand about God, especially in the face of terrible suffering and evil. Chris Wright offers reflections and encouragement from the Scriptures, so that those who are troubled by these tough questions can still sustain their faith.

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Product Details

  • ISBN-13: 9780829753530
  • Publisher: Vida
  • Publication date: 9/9/2010
  • Language: Spanish
  • Pages: 256
  • Sales rank: 1,401,131
  • Product dimensions: 5.90 (w) x 8.90 (h) x 0.80 (d)

Meet the Author

Christopher J. H. Wright es director internacional de Langham Partnership International, donde tomó el cargo que ocupó John R. W. Stott durante treinta años. También sirve como presidente de la junta directiva del Grupo de Trabajadores del Comité Teológico Lausana y del Panel de recursos teológicos del fondo TEAR, una fundación líder en la ayuda para cristianos y desarrollo caritativo. Es autor de un sinnúmero de libros, incluyendo Conociendo a Jesús a través del Antiguo Testamento, Ética del Antiguo Testamento para log hijos de Dios, y el galardonado La Misión de Dios. Chris y su esposa, Luz, tienen cuatro hijos y cinco nietos.
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Table of Contents

Contents

Prólogo....................9
Prefacio....................11
Introducción....................13
1. El misterio del mal....................27
2. La ofensa del mal....................45
3. La derrota del mal....................59
4. Los cananeos: tres callejones sin salida....................83
5. Los cananeos: tres marcos de interpretación....................95
6. La cruz: ¿por qué y qué?....................123
7. La cruz: ¿cómo?....................141
8. La cruz según las Escrituras....................159
9. Extravagancias y controversias....................179
10. El gran clímax....................193
11. El nuevo comienzo....................215
Conclusión....................243
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First Chapter

el DIOS que no entiendo

Reflexiones y preguntas difíciles acerca de la fe
By CHRISTOPHER J. H. WRIGHT

ZONDERVAN

Copyright © 2010 Christopher J.H. Wright
All right reserved.

ISBN: 978-0-8297-5353-0


Chapter One

El misterio del mal

Está muy bien decir: «Acude a la Biblia», pero se puede leer la Biblia de tapa a tapa, una y otra vez, buscando una respuesta simple y clara a la pregunta del origen del mal, y no encontrar una respuesta. No hablo aquí de la entrada del mal en la vida y la experiencia humana en Génesis 3, sobre lo cual pensaremos en un momento, sino de cómo la fuerza del mal que tentó a los seres humanos al pecado y a la rebelión llegó a estar allí. Ese decisivo origen no se explica.

Esto no ha impedido que muchas personas traten de llegar a una respuesta por sí mismos y apelar a cualesquiera porciones de la Biblia que piensan que apoyan su teoría. Pero me parece que cuando leemos la Biblia preguntándole a Dios: «¿De donde viene el mal? ¿Cómo comenzó?», Dios parece contestar: «Eso no es algo que me haya propuesto contarte». En otras palabras, la Biblia nos obliga a aceptar el misterio del mal. Fíjese que no dije: «Nos obliga a aceptar el mal». La Biblia nunca hace eso, ni nos pide que hagamos eso. Más bien, quiero decir que la Biblia nos lleva a aceptar que el mal es un misterio (especialmente en lo que respecta a su origen), un misterio que nosotros los seres humanos no podemos en última instancia comprender ni explicar. Y veremos en un momento que hay una buena razón para que sea así.

El mal moral

Sin embargo, en cierto sentido, no hay misterio alguno sobre el origen (en el sentido de la causa real efectiva) de una gran parte del sufrimiento y el mal en nuestro mundo. Una gran cantidad, y creo que podría decir la mayor parte, del sufrimiento es el resultado de la maldad y el pecado humano. Hay una dimensión moral en este problema. Los seres humanos sufren en términos y circunstancias generales porque los seres humanos son pecadores.

Resulta útil, pienso, aun si está muy simplificado, hacer algunas distinciones entre lo que podríamos llamar el mal «moral» y el mal «natural». Esta no es necesariamente la expresión más adecuada, y ahí hay todo tipo de traslapos y conexiones. Pero pienso que por lo menos articula una distinción que reconocemos como una cuestión de sentido común y observación.

Mal «moral» se le llama al sufrimiento y dolor que encontramos en el mundo de alguna manera relacionado directa o indirectamente con la maldad de los seres humanos. Es un mal que se ve en cosas que se dicen y hacen, cosas que se perpetran, causan o explotan, por la acción (o inacción) humana en el ámbito de la vida y la historia de los seres humanos. Para hacer esto necesitamos interconectar el mal espiritual y explorar lo que la Biblia dice sobre el «maligno», la realidad de las malignas fuerzas espirituales satánicas que invaden, explotan y amplifican la maldad humana.

Mal «natural» se le llama al sufrimiento que parece ser parte de la vida sobre la tierra de todo lo natural, incluyendo el sufrimiento animal ocasionado por la depredación y el sufrimiento causado a los seres humanos por acontecimientos del mundo natural que parecen no estar relacionados con ninguna causa moral humana: cosas como terremotos, volcanes, maremotos, tornados y huracanes, inundaciones, etc., o sea, los llamados desastres naturales.

En el caso del mal moral, a veces hay un vínculo directo entre el pecado y el sufrimiento. Por ejemplo, algunas personas hacen que otras sufran directamente a través de la violencia, el abuso, la crueldad, o solo por pura insensibilidad o negligencia. O a veces la gente sufre de manera directa los efectos de sus propias acciones erróneas. Alguien que maneja muy rápido o bebe mucho y termina matándose en un accidente vial sufre el impacto directo de su propio pecado o disparate. O podemos sufrir el castigo de las leyes de nuestra sociedad por un crimen. Ser puestos en prisión es una forma de sufrimiento y en ese respecto es algo malo, pero aun así reconocemos que algunas formas de castigo por un delito son un mal necesario. Más que eso, tenemos el fuerte instinto de que no castigar a las personas cuando son culpables de un delito es otro mal, quizá mayor. El castigo, cuando se merece como un proceso consensuado de justicia, es también algo bueno.

Pero también hay una gran cantidad de sufrimiento causada indirectamente por la maldad humana. El chofer borracho puede que sobreviva, pero mata o hiere a otras personas inocentes. Las guerras causan los llamados daños colaterales. Las balas perdidas de una pelea de pandillas o el robo de un banco matan a espectadores inocentes. Una cuadrilla de mantenimiento del ferrocarril se marcha temprano y no completa la inspección de las vías; se descarrila el tren y la gente muere o termina herida. Poblaciones enteras sufren por generaciones después de una contaminación industrial negligente. Podemos multiplicar los ejemplos sacados de casi todo boletín de noticias que vemos o escuchamos. Todas estas son formas del mal moral. Causan sufrimientos indecibles, y todos se remiten en una forma u otra a malas acciones o fallos humanos.

De alguna forma nos arreglamos para vivir con tales hechos, simplemente porque son tan comunes y universales que los hemos «normalizado», aun si nos arrepentimos y los rechazamos y aun si de mala gana reconocemos que la propia humanidad es culpable en gran medida. Pero siempre que algo terrible ocurre en gran escala, como el maremoto de 2004, o el ciclón de 2008 en Myanmar, o los terremotos de Pakistán, Perú y China, se eleva el lamento: «¿Cómo permite Dios una cosa así?», «¿Cómo puede Dios permitir tal sufrimiento?». En mi propio corazón encuentra eco ese clamor y me uno a la protesta a las puertas del cielo. Ese espantoso sufrimiento, en una escala como esa, en tan corto período de tiempo, infligido a gente desprevenida y sin ningún motivo, sacude nuestras emociones y suposiciones de que Dios debe atender. Los que creemos en Dios, que conocemos y amamos y confiamos en Dios, nos sentimos destrozados por el asalto emocional y espiritual de esos acontecimientos.

«¿Cómo puede Dios permitir tales cosas?», clamamos, con la acusación implícita de que si fuera un Dios bueno y amoroso no las permitiría. Nuestra visceral reacción es acusar a Dios de insensibilidad o falta de cuidado y demandar que haga algo para detener esas cosas.

Pero cuando escucho a las personas hacerse eco de tales acusaciones, especialmente a las que no creen en Dios, pero les gusta acusar al Dios en quien no creen de no hacer cosas que debería hacer si de verdad existiera, creo que escucho una voz del cielo que dice:

«Bueno, bueno, pero si vamos a hablar de quién permite qué, déjenme apuntar que miles de niños mueren cada minuto en el mundo de enfermedades prevenibles que ustedes tienen los medios (pero evidentemente no la voluntad) de detener. ¿Como pueden ustedes permitir eso?

»Hay millones en su mundo que mueren lentamente de hambre mientras algunos de ustedes se matan de glotonería. ¿Cómo pueden permitir que tal sufrimiento continúe?

»Ustedes parecen estar muy cómodos sabiendo que millones tienen menos para vivir cada día de lo que otros gastan en una taza de café, mientras unos cuantos de ustedes tienen más riqueza individual que países enteros. ¿Cómo pueden permitir ese mal obsceno y llamarlo un sistema económico?

»Hay más gente en la esclavitud hoy que en los peores días que precedieron a la abolición de la trata de esclavos. ¿Cómo pueden permitir eso?

»Hay millones y millones de personas que viven en refugios, en el límite de la existencia humana, debido a las guerras interminables que ustedes permiten por egoísmo, codicia, ambición y mentiras hipócritas. Ustedes no solo permiten eso, sino que cooperan con ello, lo alimentan y sacan ganancias de ello (incluyendo a muchos que claman creer en mí con mucha vehemencia).

»¿No lo dijo de esta manera uno de sus cantantes: "Antes de acusarme, mira a tu alrededor"?».

Así que me parece que no hay duda alguna -aunque no se pueda hacer un cálculo porcentual del asunto- de que la gran mayoría de todo el sufrimiento y el dolor en nuestro mundo es el resultado directo o indirecto de la maldad humana. Aun cuando no sea causado de forma directa por el pecado humano, el sufrimiento puede incrementarse en gran medida por este. Lo que el huracán Katrina le hizo a Nueva Orleáns fue muy malo, ¿pero cuánto sufrimiento adicional estuvo causado por todo lo demás, desde los saqueadores hasta la incompetencia burocrática? El VIH-SIDA es malo, pero ¿cuántos millones sufren de enfermedades prevenibles y muerte prematura porque la codicia y la insensibilidad corporativa y política hacen que las medicinas costeables y disponibles en Occidente estén totalmente fuera de su alcance? Lo que el ciclón le hizo a Myanmar fue horrendo, pero sus efectos se multiplicaron debido al característico y brutal rechazo del gobierno de permitir a las organizaciones de ayuda internacional entrar al país hasta semanas más tarde. La insensibilidad humana precipitó la muerte de miles y prolongó la agonía de los sobrevivientes.

El diagnóstico bíblico

Entonces, en cierto sentido, no hay misterio. Sufrimos porque pecamos. Esto no quiere decir, me apresuro a añadir de inmediato, que cada persona sufra directa o proporcionalmente a causa de su propio pecado (la Biblia niega eso). Lo que digo es solo que el sufrimiento de la raza humana en general es en gran medida atribuible al pecado de la raza humana en general.

La Biblia aclara esto desde el principio. Génesis 3 describe en una historia muy simple la entrada del pecado en la vida y experiencia humanas. Este surgió debido a nuestro rechazo voluntario de la autoridad de Dios, la desconfianza en la bondad de Dios, y la desobediencia a los mandamientos de Dios. Y el efecto fue el quebranto de toda relación que Dios había creado con esa poderosa bondad.

El mundo presentado en Génesis 1 y 2 es como un enorme triángulo de Dios, la tierra y la humanidad.

Todas las relaciones descritas se echaron a perder por la invasión del pecado y el mal: la relación entre nosotros y Dios, la relación entre nosotros y la tierra, y la relación entre la tierra y Dios.

El mismo Génesis 3 muestra la escalada del pecado. Aun en esta simple historia podemos ver al pecado moviéndose desde el corazón (con sus deseos), a la cabeza (con sus racionalizaciones), a la mano (con sus acciones prohibidas), a las relaciones (con la complicidad compartida de Adán y Eva). Entonces, desde Génesis 4-11, la escena se traslada de la relación matrimonial a la envidia y la violencia entre hermanos, a la venganza brutal dentro de las familias, a la corrupción y la violencia en la sociedad en general y la impregnación de toda la cultura humana, que infecta a generación tras generación con una virulencia siempre creciente.

El diagnóstico bíblico es radical e integral.

El pecado ha invadido a toda persona humana (todo el mundo es pecador) El pecado distorsiona todas las dimensiones de la personalidad humana (espiritual, física, mental, emocional, social). El pecado impregna las estructuras y convencionalismos de las sociedades y culturas humanas. El pecado se incrementa de generación en generación dentro de la historia humana.

(Continues...)



Excerpted from el DIOS que no entiendo by CHRISTOPHER J. H. WRIGHT Copyright © 2010 by Christopher J.H. Wright. Excerpted by permission.
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