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Poeta en Nueva York
     

Poeta en Nueva York

by Federico García Lorca
 

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Este libro fue escrito durante un viaje de Lorca a Nueva York y La Habana. Un poeta en Nueva York muestra la fascinación de Lorca por la vida del Nuevo Mundo.

Overview

Este libro fue escrito durante un viaje de Lorca a Nueva York y La Habana. Un poeta en Nueva York muestra la fascinación de Lorca por la vida del Nuevo Mundo.

Product Details

ISBN-13:
9788499539041
Publisher:
Linkgua
Publication date:
10/10/2010
Series:
Poesía , #56
Sold by:
Barnes & Noble
Format:
NOOK Book
Pages:
116
File size:
275 KB

Read an Excerpt

Poeta en Nueva York


By Federico García Lorca

Red Ediciones

Copyright © 2016 Red ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9953-904-1



CHAPTER 1

      I. POEMAS DE LA SOLEDAD EN COLUMBIA UNIVERSITY


      Furia color de amor,
          amor color de olvido

      Luis Cernuda


      VUELTA DE PASEO

      Asesinado por el cielo.
          Entre las formas que van hacia la sierpe
          y las formas que buscan el cristal,
          dejaré crecer mis cabellos.

      Con el árbol de muñones que no canta
          y el niño con el blanco rostro de huevo.

      Con los animalitos de cabeza rota
          y el agua harapienta de los pies secos.

      Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
          y mariposa ahogada en el tintero.

      Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
          ¡Asesinado por el cielo!


      1910

      Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
          no vieron enterrar a los muertos,
          ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada,
          ni el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar.

      Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
          vieron la blanca pared donde orinaban las niñas,
          el hocico del toro, la seta venenosa
          y una Luna incomprensible que iluminaba por los rincones
          los pedazos de limón seco bajo el negro duro de las botellas.

      Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,
          en el seno traspasado de Santa Rosa dormida,
          en los tejados del amor, con gemidos y frescas manos,
          en un jardín donde los gatos se comían a las ranas.

      Desván donde el polvo viejo congrega estatuas y musgos,
          cajas que guardan silencio de cangrejos devorados
          en el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad.
          Allí mis pequeños ojos.

      No preguntarme nada. He visto que las cosas
          cuando buscan su curso encuentran su vacío.
          Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
          y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!

      New York, agosto 1929.


      FÁBULA Y RUEDA DE LOS TRES AMIGOS

      Enrique,
          Emilio,
          Lorenzo.

      Estaban los tres helados:
          Enrique por el mundo de las camas;
          Emilio por el mundo de los ojos y las heridas de las manos,
          Lorenzo por el mundo de las universidades sin tejados.

      Lorenzo,
          Emilio,
          Enrique.

      Estaban los tres quemados:
          Lorenzo por el mundo de las hojas y las bolas de billar;
          Emilio por el mundo de la sangre y los alfileres blancos;
          Enrique por el mundo de los muertos y los periódicos abandonados.

      Lorenzo,

      Emilio,
          Enrique.
          Estaban los tres enterrados:
          Lorenzo en un seno de Flora;
          Emilio en la yerta ginebra que se olvida en el vaso;
          Enrique en la hormiga, en el mar y en los ojos vacíos de los pájaros.

      Lorenzo,

      Emilio,
          Enrique,
          fueron los tres en mis manos
          tres montañas chinas,
          tres sombras de caballo,
          tres paisajes de nieve y una cabaña de azucenas
          por los palomares donde la Luna se pone plana bajo el gallo.

      Uno

      y uno
          y uno.

          Estaban los tres momificados,
          con las moscas del invierno,
          con los tinteros que orina el perro y desprecia el vilano,
          con la brisa que hiela el corazón de todas las madres,
          por los blancos derribos de Júpiter donde meriendan muerte los borrachos.

      Tres

      y dos
          y uno.
          Los vi perderse llorando y cantando
          por un huevo de gallina,
          por la noche que enseñaba su esqueleto de tabaco,
          por mi dolor lleno de rostros y punzantes esquirlas de Luna,
          por mi alegría de ruedas dentadas y látigos,
          por mi pecho turbado por las palomas,
          por mi muerte desierta con un solo paseante equivocado.

      Yo había matado la quinta Luna
          y bebían agua por las fuentes los abanicos y los aplausos,
          Tibia leche encerrada de las recién paridas
          agitaba las rosas con un largo dolor blanco.

      Enrique,
          Emilio,
          Lorenzo.
          Diana es dura.
          pero a veces tiene los pechos nublados.
          Puede la piedra blanca latir con la sangre del ciervo
          y el ciervo puede soñar por los ojos de un caballo.

      Cuando se hundieron las formas puras
          bajo el cri cri de las margaritas,
          comprendí que me habían asesinado.
          Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
          abrieron los toneles y los armarios,
          destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
          Ya no me encontraron.
          ¿No me encontraron?
          No. No me encontraron.
          Pero se supo que la Sexta Luna huyó torrente arriba,
          y que el mar recordó ¡de pronto!

      los nombres de todos sus ahogados.


      TU INFANCIA EN MENTÓN

          Sí, tu niñez ya fábula de fuentes
          Jorge Guillén

      Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
          El tren y la mujer que llena el cielo.
          Tu soledad esquiva en los hoteles
          y tu máscara pura de otro signo.
          Es la niñez del mar y tu silencio
          donde los sabios vidrios se quebraban.
          Es tu yerta ignorancia donde estuvo
          mi torso limitado por el fuego.
          Norma de amor te di, hombre de Apolo,
          llanto con ruiseñor enajenado,
          pero, pasto de ruina, te afilabas
          para los breves sueños indecisos.
          Pensamiento de enfrente, luz de ayer,
          índices y señales del acaso.
          Tu cintura de arena sin sosiego
          atiende solo rastros que no escalan.
          Pero yo he de buscar por los rincones
          tu alma tibia sin ti que no te entiende,
          con el dolor de Apolo detenido
          con que he roto la máscara que llevas.
          Allí, león, allí furia del cielo,
          te dejaré pacer en mis mejillas;
          allí, caballo azul de mi locura,
          pulso de nebulosa y minutero,
          he de buscar las piedras de alacranes
          y los vestidos de tu madre niña,
          llanto de media noche y paño roto
          que quitó Luna de la sien del muerto.
          Si, tu niñez ya fábula de fuentes.
          Alma extraña de mi hueco de venas,
          te he de buscar pequeña y sin raíces.
          ¡Amor de siempre, amor, amor de nunca!
          ¡Oh, sí! Yo quiero. ¡Amor, amor! Dejadme.
          No me tapen la boca los que buscan
          espigas de Saturno por la nieve
          o castran animales por un cielo,
          clínica y selva de la anatomía.
          clínica y selva de la anatomía.
          Amor, amor, amor. Niñez del mar.
          Tu alma tibia sin ti que no te entiende.
          Amor, amor, un vuelo de la corza
          por el pecho sin fin de la blancura.
          Y tu niñez, amor, y tu niñez.
          El tren y la mujer que llena el cielo.
          Ni tú, ni yo, ni el aire, ni las hojas.

            Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.

CHAPTER 2

      II. LOS NEGROS

      Para Ángel del Río


      NORMA Y PARAÍSO DE LOS NEGROS

      Odian la sombra del pájaro
          sobre el pleamar de la blanca mejilla
          y el conflicto de luz y viento
          en el salón de la nieve fría.

      Odian la flecha sin cuerpo,
          el pañuelo exacto de la despedida,
          la aguja que mantiene presión y rosa
          en el gramíneo rubor de la sonrisa.

      Aman el azul desierto,
          las vacilantes expresiones bovinas,
          la mentirosa Luna de los polos,
          la danza curva del agua en la orilla.

      Con la ciencia del tronco y el rastro
          llenan de nervios luminosos la arcilla
          y patinan lúbricos por aguas y arenas
          gustando la amarga frescura de su milenaria saliva.

      Es por el azul crujiente,
          azul sin un gusano ni una huella dormida,
          donde los huevos de avestruz quedan eternos
          y deambulan intactas las lluvias bailarinas.

      Es por el azul sin historia,
          azul de una noche sin temor de día,
          azul donde el desnudo del viento va quebrando
          los camellos sonámbulos de las nubes vacías.

      Es allí donde sueñan los torsos bajo la gula de la hierba.
          Allí los corales empapan la desesperación de la tinta,
          los durmientes borran sus perfiles bajo la madeja de los caracoles

      y queda el hueco de la danza sobre las últimas cenizas.


      ODA AL REY DE HARLEM

      Con una cuchara
          arrancaba los ojos a los cocodrilos
          y golpeaba el trasero de los monos.
          Con una cuchara.

      Fuego de siempre dormía en los pedernales
          y los escarabajos borrachos de anís
          olvidaban el musgo de las aldeas.

      Aquel viejo cubierto de setas
          iba al sitio donde lloraban los negros
          mientras crujía la cuchara del rey
          y llegaban los tanques de agua podrida.

      Las rosas huían por los filos
          de las últimas curvas del aire,
          y en los montones de azafrán
          los niños machacaban pequeñas ardillas
          con un rubor de frenesí manchado.

      Es preciso cruzar los puentes
          y llegar al rubor negro
          para que el perfume de pulmón
          nos golpee las sienes con su vestido
          de caliente piña.

      Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente.
          a todos los amigos de la manzana y de la arena,
          y es necesario dar con los puños cerrados
          a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
          para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
          para que los cocodrilos duerman en largas filas
          bajo el amianto de la Luna,
          y para que nadie dude de la infinita belleza
          de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.

      ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
          ¡No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
          a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
          a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
          a tu gran rey prisionero con un traje de conserje!

      Tenía la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil.
          Las muchachas americanas llevaban niños y monedas en el vientre,
          y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo.

      Ellos son.
          Ellos son los que beben el «whisky» de plata junto a los volcanes
          y tragan pedacitos de corazón, por las heladas montañas del oso.

      Aquella noche el rey de Harlem,
          con una durísima cuchara
          arrancaba los ojos a los cocodrilos
          y golpeaba el trasero de los monos.
          Con una cuchara.
          Los negros lloraban confundidos
          entre paraguas y soles de oro,
          los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
          y el viento empañaba espejos
          y quebraba las venas de los bailarines.

      Negros, Negros, Negros, Negros.

      La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
          No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
          viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
          bajo las pinzas y las retamas de la celeste Luna de cáncer.

      Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardos,
          cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
          rueden por las playas con los objetos abandonados.

      Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
          hecha de espartos exprimidos, néctares de subterráneos.
          Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
          y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.

      Es la sangre que viene, que vendrá
          por los tejados y azoteas, por todas partes,
          para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
          para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
          y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.

      Hay que huir,
          huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,
          porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas
          para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
          y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.

      Es por el silencio sapientísimo
          cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua
          las heridas de los millonarios
          buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.

      Un viento sur de madera, oblicuo en el negro fango,
          escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros;
          un viento sur que lleva
          colmillos, girasoles, alfabetos
          y una pila de Volta con avispas ahogadas.

      El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monóculo,
          el amor por un solo rostro invisible a flor de piedra.
          Médulas y corollas componían sobre las nubes
          un desierto de tallos sin una sola rosa.

      A la izquierda, a la derecha, por el sur y por el norte,
          se levanta el muro impasible
          para el topo, la aguja del agua.
          No busquéis, negros, su grieta
          para hallar la máscara infinita.
          Buscad el gran Sol del centro
          hechos una piña zumbadora.
          El Sol que se desliza por los bosques
          seguro de no encontrar una ninfa,
          el Sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño,
          el tatuado Sol que baja por el río
          y muge seguido de caimanes.

      Negros, Negros, Negros, Negros.

      Jamás sierpe, ni cebra, ni mula
          palidecieron al morir.
          El leñador no sabe cuándo expiran
          los clamorosos árboles que corta.
          Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
          a que cicutas y cardos y ortigas tumben postreras azoteas.

      Entonces, negros, entonces, entonces,
          podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,
          poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
          y danzar al fin, sin duda, mientras las flores erizadas
          asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.

      ¡Ay, Harlem, disfrazada!
          ¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
          Me llega tu rumor,
          me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
          a través de láminas grises,
          donde flotan sus automóviles cubiertos de dientes,
          a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
          a través de tu gran rey desesperado
          cuyas barbas llegan al mar.


      IGLESIA ABANDONADA BALADA DE LA GRAN GUERRA

      Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
          Yo tenía un hijo.
          Se perdió por los arcos un viernes de todos los muertos.
          Le vi jugar en las últimas escaleras de la misa
          y echaba un cubito de hojalata en el corazón del sacerdote.
          He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
          Saqué una pata de gallina por detrás de la Luna y luego,
          comprendí que mi niña era un pez
          por donde se alejan las carretas.
          Yo tenía una niña.
          Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los incensarios.
          Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
          Subí a tocar las campanas, pero las frutas tenían gusanos.
          y las cerillas apagadas
          se comían los trigos de la primavera.
          Yo vi la transparente cigüeña de alcohol
          mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes
          y vi las cabañas de goma
          donde giraban las copas llenas de lágrimas.
          En las anémonas del ofertorio te encontraré, ¡corazón mío!,
          cuando el sacerdote levanta la mula y el buey con sus fuertes brazos,
          para espantar los sapos nocturnes que rondan los helados paisajes del cáliz.
          Yo tenía un hijo que era un gigante,
          pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
          Si mi niño hubiera sido un oso,
          yo no temería el sigilo de los caimanes,
          ni hubiese visto el mar amarrado a los árboles
          para ser fornicado y herido por el tropel de los regimientos.
          ¡Si mi niño hubiera sido un oso!
          Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir el frío de los musgos.
          Sé muy bien que me darán una manga o la corbata;
          pero en el centro de la misa yo romperé el timón y entonces
          vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
          que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
          él tenía un hijo.
          ¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo
          que no era más que suyo, porque era su hijo!
          ¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo!


(Continues...)

Excerpted from Poeta en Nueva York by Federico García Lorca. Copyright © 2016 Red ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Meet the Author

Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, provincia de Granada, 5 de junio de 1898-entre Víznar y Alfacar, 18 de agosto de 1936). España. Poeta, dramaturgo y prosista. Adscrito a la llamada generación del 27, es el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Nació en el municipio de Fuente Vaqueros, Granada (España), en el seno de una familia de posición económica desahogada, el 5 de junio de 1898 y fue bautizado con el nombre de Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca; su padre fue don Federico García Rodríguez, un hacendado, y su madre, doña Vicenta Lorca, maestra de escuela que fomentó el gusto literario a su hijo. En 1918 publicó su primer libro Impresiones y paisajes, costeado por su padre. En 1920 se estrenó en teatro su obra El maleficio de la mariposa, en 1921 se publicó Libro de poemas y en 1923, se pusieron en escena las comedias de títeres La niña que riega la Albahaca y el príncipe preguntón. En esta época frecuenta activamente a los poetas de su generación que permanecen en España: Jorge Guillén, Pedro Salinas, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, y sobre todo Buñuel y Dalí. De su viaje a Nueva York nace el libro Poeta en Nueva York. Tras una denuncia anónima, el 16 de agosto de 1936 fue detenido en la casa de su amigo, el también poeta Luis Rosales. La orden de ejecución fue dada por el gobernador civil de Granada, José Valdés Guzmán. Valdés contaba con el visto bueno del general Queipo de Llano, a quien se consultó sobre qué hacer con Lorca. Parece que fue fusilado la madrugada del día 18 de agosto de 1936.

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