Un protestante en la España de Franco

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En 1936 Francisco Franco se instauró como cabeza del gobierno bajo el amparo de una iglesia católica nacionalista e intransigente cuyos vasallos pretendieron recristianizar España a la fuerza, imponiendo la pureza de fe y de costumbres en la sociedad. La breve libertad de culto de la II República quedó zanjada bajo una normativa opresora que no permitía vivir ni morir en paz a aquellos que no comulgasen con la iglesia de Roma.
Juan Antonio Monroy cuenta en Un protestante en la ...

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En 1936 Francisco Franco se instauró como cabeza del gobierno bajo el amparo de una iglesia católica nacionalista e intransigente cuyos vasallos pretendieron recristianizar España a la fuerza, imponiendo la pureza de fe y de costumbres en la sociedad. La breve libertad de culto de la II República quedó zanjada bajo una normativa opresora que no permitía vivir ni morir en paz a aquellos que no comulgasen con la iglesia de Roma.
Juan Antonio Monroy cuenta en Un protestante en la España de Franco su propia vida como testigo excepcional de aquella época: una historia de España diferente, real y cruda, que no sale en los libros. Monroy no dejó de luchar por defender su fe y la de sus hermanos en uno de los escenarios más hostiles que se podían encontrar. Su testimonio, reflejo del de cientos de cristianos protestantes españoles, debe quedar para la posteridad como recordatorio de aquellos que lucharon sin desmayar por garantizarnos la libertad que disfrutamos hoy.

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Product Details

  • ISBN-13: 9788492726875
  • Publisher: Nelson, Thomas, Inc.
  • Publication date: 10/11/2011
  • Language: Spanish
  • Edition number: 2
  • Pages: 452
  • Product dimensions: 5.90 (w) x 9.00 (h) x 1.30 (d)

Meet the Author

Juan Antonio Monroy es escritor y conferenciante internacional. Su labor como pastor evangélico y periodista ha sido largamente distinguida en numerosos países de América, África y Europa. Es Doctor Honoris Causa por el Defender Theological Seminary de Puerto Rico, así como por la Pepperdine University de Los Ángeles, Estados Unidos.

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Un protestante en la España de Franco


By JUAN ANTONIO MONROY

Thomas Nelson

Copyright © 2011 Juan Antonio Monroy
All right reserved.

ISBN: 978-84-92726-26-4


Chapter One

Experiencias de conversión

En un artículo aparecido en Babelia, el suplemento cultural de El País, el 17 de enero de 2009, la catedrática de Lengua y Literatura Juana Vázquez pregunta si existe la literatura del «yo». Sí existe. Basta con echar una ojeada a los numerosos volúmenes donde los autores relatan su vida y sus experiencias, se autobiografían, es decir, escriben de puño y letra su propia biografía. Cierto que hay que andar con cuidado al explorar este género literario, porque en infinidad de casos se oculta el «yo» real para crear el «yo» con el que el autor quiere identificarse. Pero el «yo» histórico, ese que está constantemente en lo hondo del pensamiento, engarzado en vivencias de años, es el que forma la autobiografía pura y dura, la auténtica. Contamos lo que hemos vivido, lo que hemos visto y oído, sin más; decimos a corazón abierto lo que fuimos, cómo fuimos, qué hicimos, testigos de qué.

Aquí inicio mi autobiografía. Mi intención es contar cómo fue la España en la que vivimos los protestantes a partir de los años cincuenta del siglo pasado, cuando yo me incorporo en el seno de esta familia religiosa.

Toda vez que en este capítulo solo pretendo una introducción general, es aquí, creo yo, donde cabe el relato de mi conversión a la fe cristiana desde el razonamiento protestante.

Tuvo lugar en Tánger, Marruecos, en el mes de octubre del año 1950. Yo tenía entonces 21 años.

Dice Graham Greene que hay algo en la inocencia que no se resigna a perder nunca. Por eso son imborrables los recuerdos de la infancia.

Cuando leí la primera biografía de Federico García Lorca quedé impresionado por la identidad de nuestros sentimientos religiosos en la infancia. Cuenta el poeta que de niño hacía altares católicos en la azotea de su casa, los adornaba con flores y estampas de vírgenes y santos y él ejercía de predicador. Exactamente lo mismo solía hacer yo, excepto que no le predicaba al altar ni a los santos. Siendo niño mi padre me llevó al teatro donde se representaba El divino impaciente, obra de José María Pemán en torno al jesuita Francisco Javier, conocido como el apóstol de las Indias. Este misionero católico nació en la Alta Navarra en 1506 y murió de una enfermedad contagiosa a los 46 años en la isla de Sacián, frente a Cantón, en la China del siglo XVI. Ahora creo que mi conversión a Cristo se produjo en aquel teatro, por aquellos actores que representaban la labor misionera del santo y su muerte en sufrimiento y soledad. La obra de Pemán no me marcó solo a mí. Joaquín Calvo Sotelo dice que El divino impaciente «provocó reacciones espirituales en muchos espectadores, crisis, arrepentimientos, vocaciones ...».

Ahora me pregunto si nací con aquella excitación emotiva hacia la religión o la adquirí en un momento de mi vida. No sabría responder. Sí tengo claro que pronto dejé de jugar a los altares y me olvidé por completo del hecho religioso.

Hasta aquel viernes 27 de octubre de 1950. A Tánger había llegado un misionero evangélico cubano, Rubén Lores. Tenía 28 años y estaba casado con una mujer norteamericana llamada Dana. Lores tenía la intención de establecerse en España, pero las autoridades de la época no lo permitieron y recaló en Tánger, donde otro matrimonio misionero, Pedro y Sara Harayda, de Estados Unidos, llevaba diez años en Marruecos sin lograr un solo convertido. Como personas, Pedro y Sara eran de una calidad humana que rebasaba los límites de la excelencia, pero como misioneros no funcionaban.

Poco después de su llegada a Tánger, Lores pidió prestado el local de la iglesia evangélica francesa, donde inició la congregación que más tarde se trasladó al amplio templo de la iglesia Anglicana, en la calle Inglaterra, casi esquina con el Zoco Grande.

A aquel local de culto protestante, situado en la calle Viñas, entré yo el día, mes y año ya mencionados. Todo me impresionó. La gente cantando, otros orando, la elocuente predicación de Rubén Lores sobre el capítulo 13 en la primera epístola a los Corintios.

Entonces yo vivía al margen de la religión. No practicaba creencia alguna. La religión no contaba para nada en aquel joven de 21 años inmerso en la bullanguera vida de la ciudad internacional.

Pero un «yo» dividido hasta aquel momento se tornó unificado y conscientemente feliz como consecuencia de sostenerse en realidades religiosas. Fue una alteración total en mi vida, que pasó de unos objetivos a otros. La oscilación emocional en mi interior cambió tan rápidamente como las chispas que recorren el papel ardiendo.

Respondiendo a una invitación del predicador, acepté a Cristo como Señor de mi vida y pocos días después fui bautizado por inmersión. Puesto que el local de culto no tenía bautisterio, Rubén Lores obtuvo los servicios de una piscina instalada en el elegante Club Brook, frente al Consulado de España. Era la una de la tarde. A un lado de la piscina donde tuvo lugar la ceremonia bautismal tomaban el aperitivo funcionarios del Consulado y otros católicos de la alta sociedad española, quienes fueron testigos involuntarios del acto. Supe que luego presentaron una queja al director del club, de religión hebrea, por haber permitido a los protestantes el uso de la piscina a la hora del aperitivo.

Fue, creo ahora, el primero de los muchos anatemas lanzados contra mí por la Iglesia católica y de los que iré dando cuenta desde estas páginas.

Chapter Two

Expulsado de Marruecos

Marruecos es un país situado en el norte de África. La población actual ronda los treinta y dos millones de habitantes. La Conferencia de Algeciras del año 1906 puso prácticamente a Marruecos bajo control internacional aunque, de hecho, fueron Francia y España las que se repartieron el territorio: Francia al sur y España al norte. Como nos tiene acostumbrados, Francia se quedó con la mejor parte.

El Protectorado español de Marruecos solo incluía cuatro ciudades relativamente destacadas: Tetuán (la capital), Larache, Alcazarquivir y Arcila. Otras poblaciones eran municipios poco poblados: Chauen, Villa Sanjurjo, Rincón del Medik, Villa Nador, Castillejos y pocas más. Ceuta y Melilla dependían de la Corona española desde el siglo XVI. Aunque ambas ciudades están enclavadas en territorio marroquí, no formaron parte del Protectorado. Ceuta era considerada provincia de Cádiz y Melilla de Málaga.

El Protectorado se prolongó hasta el año 1956, cuando Marruecos obtuvo la independencia de Francia el mes de marzo y de España en abril. Dos volúmenes publicados en 1942 por José María Cordero Torres son casi el único trabajo que trata en profundidad la Organización del Protectorado español en Marruecos, título de la obra.

Tampoco hay mucho que contar. Las ciudades españolas mencionadas no eran otra cosa más que grandes cuarteles militares, regidas por leyes emanadas del Ejército.

Yo nací en Rabat, capital del Protectorado francés. Mi padre procedía de la Normandía francesa y mi madre de un pueblo blanco en el litoral gaditano. Siendo yo niño mis padres decidieron divorciarse. Mi madre se trasladó a la zona española, a Larache. Allí contrajo nuevo matrimonio con un español de su tierra, José Clemente, hombre al que yo adoraba y que me inició en el hábito de la lectura. Mi padre biológico falleció en un accidente poco después de la separación del matrimonio y José Clemente abandonó la tierra estando yo en Tenerife, sirviendo como voluntario en el Ejército de Franco.

En Larache viví los felices años de la adolescencia y primera juventud. Esta hermosa ciudad, junto a las ruinas romanas y púnicas de Lixus, dejaron en mi corazón huellas que he cargado con amor toda la vida, como si se tratara de un bebé mimado. La leyenda dice que en Larache estuvo el Jardín de las Hespérides, las tres hermanas de la mitología, hijas de Atlas y de Hésperis, su sobrina. Cuenta la fantasía que de este jardín Heracles se llevó manzanas maravillosas y con ellas alcanzó la inmortalidad.

En 1948 mi familia se trasladó a Tánger. Esta ciudad, al otro lado del Estrecho de Gibraltar, fue siempre especial. En 1912 se la declaró ciudad internacional. En 1940, en plena Guerra Mundial, España la ocupó militarmente y la mantuvo hasta que, terminada la guerra, pasó de nuevo al control internacional.

Por aquel entonces Tánger era una urbe cosmopolita y rica. Abundaba el trabajo, corría el dinero, era nido de espías y de contrabandistas. El escritor norteamericano Paul Bowles, que la conocía bien, la definió como «la ciudad más viciosa del mundo». Además de Bowles, en Tánger residieron durante largas temporadas Tennessee Williams, Truman Capote, Allen Ginsberg, Malcom Forbes, Bárbara Hutton y otras personalidades de la literatura, el cine, la política y el comercio.

En Tánger quedé viviendo hasta el año 1965, cuando fijé mi residencia en Madrid.

Fue allí donde tuvo lugar mi conversión, tal como expliqué en el capítulo anterior. También hablé de un norteamericano llamado Pedro Harayda, nulo como misionero, grande como persona, extremadamente servicial. Poseía un coche jeep que le había regalado la Embajada de Estados Unidos. Este jeep estaba al servicio de todos los que lo necesitaban, tanto al coche como a su dueño, que hacía de chófer.

Dos semanas después de mi conversión propuse a Harayda hacer un viaje de varios días a Larache. Yo quería hablar de Cristo a los numerosos amigos que tenía allí. A don Pedro, como todo el mundo le llamaba, le entusiasmó la idea. Una mañana salimos camino de Larache. Con él íbamos cuatro jóvenes de aquella incipiente pero entusiasta congregación. Llevábamos folletos y otro tipo de literatura para distribuir gratis. Nuestra primera parada fue Arcila, pequeña ciudad a 40 kilómetros de Tánger. Allí comenzamos la distribución de folletos. Recuerdo la escena como si hubiera ocurrido ayer tarde. Yo había dado un folleto a un hombre mayor y estaba hablando con él cuando llegó un fraile franciscano, español, y le arrebató al hombre el folleto. Pronto de temperamento y tardío en el juicio, como siempre he sido, miré al fraile con expresión dura y le dije: «Devuélvame ahora mismo ese folleto. Si él no lo quiere, que me lo diga».

El franciscano arrojó el folleto al suelo con desprecio y me amenazó antes de marcharse: «Te vas a enterar».

Y me enteré, claro que me enteré. Se fue directo a la comisaría de policía, presentó contra nosotros una denuncia por proselitismo y poco después llegaron dos policías españoles que nos llevaron a todos detenidos. Nos dejaron libres a las pocas horas, pero a mí, solo a mí, ignoro por qué, tal vez por considerarme el más peligroso del grupo, se me comunicó que quedaba expulsado del Protectorado español de Marruecos por actividades anticatólicas.

Así fue, en efecto. Estuve seis años sin poder acceder a territorio del Protectorado. En 1956, tras la independencia del país, las autoridades marroquíes anularon el decreto de expulsión. Desde luego, fui a Larache, alquilé un local e inicié una iglesia de la que todavía hay miembros y descendientes en Barcelona, Málaga, Alemania, Madrid y en otros lugares.

Aquellos años, cuando se iniciaba la segunda mitad del siglo XX, el Estado franquista era un Estado católico excluyente, dominado por el nacionalcatolicismo. La Iglesia católica estaba al servicio del Estado y el Estado al servicio de la Iglesia católica. En España, la persecución contra los protestantes arreciaba. Las ciudades del Protectorado español no conocían este tipo de persecución porque, de hecho, nada había que perseguir. Solo en Tetuán, capital del Protectorado, se reunía un grupo que no llegaba a 40 personas. Las demás ciudades no contaban protestantes entre sus habitantes.

Si la opresión contra los protestantes se generalizó en la totalidad del territorio español a partir de la victoria franquista en 1939, en el Protectorado las leyes militares se aplicaban con más dureza. El catolicismo era la religión protegida e impuesta a los españoles; los cultos mahometanos y judíos tenían plena libertad, pero un brote protestante era inmediatamente aplastado por las autoridades dependientes del Alto Comisariado español en Marruecos.

Chapter Three

Soldado en la España de Franco

En la España de 1951 el servicio militar era obligatorio. En torno a los 21 años los jóvenes eran llamados a filas, según la terminología al uso.

Tal como expliqué en el capítulo anterior, yo fui convertido a la fe cristiana, que sus enemigos llaman protestante, en octubre de 1950.

Se acercaba la fecha de mi incorporación al Ejército.

Acudí al Consulado español en Tánger en demanda de información y el funcionario que tramitaba estas cuestiones, de apellido Torres, después de una breve conversación me dijo que al haber nacido en el Protectorado francés de Marruecos yo estaba exento del Servicio militar. Solo había que pagar una cuota anual cifrada entonces en 50 pesetas, pero que de hecho nadie pagaba.

Torres creía que me daba una buena noticia, pero para mí era mala.

Yo quería cumplir con el servicio militar impuesto a los españoles.

Lo discutí con mis padres, con mis amigos, con los misioneros de la iglesia. José Clemente, el hombre a quien debía mi formación y que siempre fue un gran padre para mí, se oponía con tenacidad. «Tú no sabes lo que es España. No tienes idea de lo que es el Ejército. Por ser protestante te van hacer la vida imposible», me decía.

El que era pastor de la iglesia, Rubén Lores, no se pronunciaba. «Obra como te dicte la conciencia», eran todas sus palabras. Siempre fue un predicador brillante, pero un mal consejero y poco dado a la intimidad con miembros de la iglesia.

«¿Pero por qué quieres ir a la mili?», escuchaba aquí y allá.

Mi respuesta era siempre la misma: «En el Ejército habrá miles de jóvenes y yo quiero predicarles el Evangelio». ¡Pobre iluso!

Pedro Harayda, don Pedro, era mi apoyo más ferviente. Él no calculaba las consecuencias. «Obedece a Dios —me decía—. Ve al Ejército. Te apoyaremos con nuestras oraciones». Y era sincero. De hecho, aún conservo el ejemplar de la Biblia que me regaló al partir, con esta dedicatoria: «A Juan Antonio, nuestro primer misionero en España. La espada del Espíritu».

Pobre de mí. Misionero en España cuando solo habían transcurrido seis meses desde mi conversión y me consideraba analfabeto en el conocimiento de la Biblia y en el saber de la iglesia.

Fui al Ejército.

Torres convocó en el Consulado a los «quintos» de aquella hornada para darnos las últimas instrucciones. Cuando le hice saber que estaba decidido a alistarme, me miró sorprendido y me dijo: «Aquí todos hacen lo que pueden para eludir la mili y tú te empeñas en ir. Allá tú. Puede que te arrepientas».

Nunca me arrepentí. Volvería hacer lo mismo hoy, a la altura de mis años.

La documentación que recibí del Consulado informaba que debía presentarme en un acuartelamiento en Cádiz y de allí iría en barco a Santa Cruz de Tenerife, donde había sido destinado. La mañana de mi partida José Clemente me acompañó hasta el barco que me trasladaría a Algeciras. Lloraba. Insistió en que no dijera a nadie en España que era protestante. Yo también lloré. Fue la última vez que lo vi vivo. Murió un año después, cuando yo dirigía a los jóvenes de la iglesia en Santa Cruz en el ensayo de una obrita que había escrito para ser representada en una excursión al campo. El ensayo tenía lugar en casa de Clara Gutiérrez, en el número 7 de la calle Prosperidad. Allí recibía yo la correspondencia. Clara, cuyo marido lo habían matado durante la Guerra Civil, me entregó una carta escrita desde Tánger por mi íntimo amigo Miguel Valdivieso, comunicándome la muerte de mi padre.

Los ensayos quedaron suspendidos.

Retomo la historia. Después de desembarcar en el puerto de Santa Cruz nos trasladaron al cuartel de infantería San Carlos, en lo que hoy es la avenida Marítima, al final de la calle Castillo hacia la derecha. Allí nos dieron las primeras instrucciones y nos llevaron a un campamento situado en Hoya Fría, distante de la capital cinco kilómetros, dirección sur.

(Continues...)



Excerpted from Un protestante en la España de Franco by JUAN ANTONIO MONROY Copyright © 2011 by Juan Antonio Monroy. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Prólogo de Manuel López....................11
Experiencias de conversión....................35
Expulsado de Marruecos....................39
Soldado en la España de Franco....................45
Jura de Bandera....................51
Espía y masón....................57
Capellán castrense....................63
Otros incidentes en el cuartel....................69
Otros soldados encarcelados....................75
Me queman en Efigie....................79
Matrimonio civil (1a parte)....................85
Matrimonio civil (2a parte)....................91
Nombres del santoral....................97
Encarcelamiento en Algeciras....................103
Otros encarcelamientos....................111
Historia de dos mujeres encarceladas....................117
Ataques a personas y a locales de culto....................121
Multas a mansalva....................127
Cementerios corrales....................131
Clausura de locales de culto....................139
Confiscación de literatura....................145
Literatura censurada....................151
Los jesuitas de Fe Católica....................157
Fe Católica en Tánger....................163
La Guardia Civil....................169
Polémica sobre Garabandal....................175
El obispado de Tánger....................181
Curas contra Franco París, Londres, Nueva York....................187
Oposición en Guinea Ecuatorial....................193
Dos obispos....................199
Berrinche de curas en Perú....................205
Férrea oposición a la libertad religiosa (1a parte)....................211
Ferrea oposición a la libertad religiosa (2a Parte)....................217
Literatura epistolar....................225
Carta al nuncio del vaticano en España....................227
Carta al Teniente General Erquiza Aranda....................233
Carta a F.M. Castiella, ministro de asuntos exteriores....................237
Carta al director del Diario Pueblo....................249
«Réquiem por un torero», a Juan García Jiménez, Mondeño....................255
Carta al director de la revista SP....................263
Carta al cardenal Tarancón....................267
Carta a J. Jiménez Lozano....................275
Carta al director de Fuerza Nueva....................279
Carta a los señores obispos....................283
Carta al Rey....................289
Carta a Adolfo Marsillach....................293
Segunda carta al Rey....................299
Carta al presidente Adolfo Suárez....................301
Carta a tres diputados socialistas....................305
Carta a Fernando Fernán Gómez....................309
Carta a Manuel Rivera....................313
Carta a Luis Eduardo Aute....................317
Carta a José María Pemán....................321
Carta a Francisco Molins....................325
Carta a Albert Boadella....................333
Carta a Juan Pablo II....................339
Carta a Fernando Sánchez Dragó....................345
Carta a Ángel Casas....................355
Carta a Andrés Aberasturi....................361
Carta al Príncipe Felipe....................367
Carta al presidente José Luis Rodríguez Zapatero....................373
Carta a Manuel Fraga....................383
Carta a Pedro Zerolo....................389
Carta a Juan Manuel de Prada....................395
Carta a José Saramago....................403
Carta a Eduardo Verdú....................411
Carta a Josep Lluis Carod-Rovira....................415
Carta a Juan Arias....................419
Carta a un amigo ausente....................425
Bibliografía de Juan Antonio Monroy....................433
Apéndice fotográfico....................435
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