Una historia en bicicleta

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Reconfortante y generosa. La mejor novela del año.
—Stephen King

Estás a punto de embarcarte en una travesía con uno de los héroes literarios más inolvidables...

Smithy Ide tiene 43 años, pesa 126 kilos, trabaja en la cadena de montaje de una fábrica de muñecos, y ...
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Reconfortante y generosa. La mejor novela del año.
—Stephen King

Estás a punto de embarcarte en una travesía con uno de los héroes literarios más inolvidables...

Smithy Ide tiene 43 años, pesa 126 kilos, trabaja en la cadena de montaje de una fábrica de muñecos, y bebe y fuma demasiado. Su adorada hermana Bethany hace años que desapareció sin dejar rastro y sus padres acaban de morir en un accidente de tráfico.

Entonces Smithy Ide decide sacar su vieja bicicleta del garaje y cruzar Estados Unidos de este a oeste en busca de lo que más quiso. A lo largo de su viaje, nuestro fascinante protagonista se cruzará con todo tipo de personajes y se verá envuelto en multitud de historias, a veces divertidas, otras tristes, y siempre emocionantes.

A medida que pierde peso, Smithy recupera la fe en sí mismo y aprende a saborear la vida, el amor y la aventura. Una luminosa y extraordinaria novela sobre un personaje tierno y entrañable que no quiere dejar escapar la oportunidad de convertirse en la persona que siempre quiso ser.
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Product Details

  • ISBN-13: 9788420467887
  • Publisher: Santillana USA Publishing Company
  • Publication date: 8/30/2005
  • Language: Spanish
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 448
  • Product dimensions: 5.40 (w) x 8.90 (h) x 1.20 (d)

First Chapter

Bueno. Pónganse en mi lugar. Están hablando con Norma desde una cabina de teléfono y tienen que contarle esta historia. Díganme cómo contar esta historia. Ah, y hace frío. Tiene que hacer tanto frío que si empieza a llover, saben que será nieve.
La historia.
Kansas me había malacostumbrado. Aunque creo que había una pendiente gradual y la altitud siempre estaba aumentando, la palabra clave era "gradual". Colorado, después la parte de las altas praderas, desde donde entré en Holly, todavía en la US 50, a través de Rocky Ford, donde dejé la 50 y cogí la Ruta 10 de Colorado y me metí en Walsenburg, estaba bien, hasta que me metí en la Ruta 160 montañas arriba. Sentía que acababa de empezar. Si había suficiente aire, sin duda no estaba a mi alrededor. No estaba haciendo doce horas, ni diez, y después de Walsenburg, ni siquiera ocho. Montaba en la bicicleta y caminaba como un caracol, seis o siete horas al día y apenas tenía energía para montar la tienda, cosa que tenía que hacer porque ahora hacía frío de verdad.
El tramo entre Fort Garland y Alamosa a través de ese alto valle me llevó dos días enteros y probablemente eran sólo unos sesenta y cinco kilómetros. Estaba bastante desanimado, aunque sí que hice una visita a Fort Garland, donde Kit Carson* había sido comandante. Yo era el único * Kit Carson es uno de los personajes más controvertidos de la historia de Estados Unidos, un héroe para la cultura oficial y un traidor para las distintas tribus indias con las que se relacionó. (N. de la T.)
en esa visita guiada. Un tipo viejo y bajito con un sombrero de vaquero hacía de guía, y habló durante unos veinticinco minutos sin parar y no me miró ni una vez, excepto cuando levanté la mano.
-¿Alguna pregunta? -dijo, mirándome.
-¿Dónde le mataron?
-¿A Carson?
-Sí.
-Ni idea. Alamosa era una especie de pueblo americano viejo y nuevo, la periferia nueva y una calle principal muy antigua. Me gustaba, pero hacía demasiado frío para disfrutarlo. Hice una parada en Wal-Mart y me preparé para las Montañas Rocosas. Calcetines de lana, calzoncillos largos, un jersey de alpaca de la era espacial, unos buenos guantes, vaqueros con un forro de franela rojo, un gorro de lana azul y botas de trabajo aislantes que tenían pintado en la caja SEGUNDA MANO. Tuve que pagar ciento y pico dólares. Después de ir a una tienda de comestibles y comprar plátanos y agua y galletas de avena, me quedaban menos de cincuenta dólares. Eché todo el resto de la ropa, excepto los pantalones cortos y el chándal y las playeras, a un contenedor de recogida de ropa usada. Esa noche dormí en el área de descanso más bonita que había visto jamás. Estaba en Del Norte y a unos ochocientos metros saliendo de la 160. Tenía un cuarto de baño limpio y un campo de césped bien cortado donde pude poner la tienda sobre hierba blanda. Dormí estupendamente y, por la mañana, el sol resplandecía en el valle de forma tan deliciosa que se podría haber pensado que era agosto. ¡Vaya día! Tenía que haber unos dieciséis grados. Empecé montando en la bicicleta con el chándal pero, después de una hora más o menos, me cambié a unos pantalones cortos y una camiseta. Tanto calor hacía, de verdad. La Ruta 160 fuera de Del Norte hace una cuesta abajo hasta South Fork, lo que facilita el paseo; y las montañas, cercanas y lejanas, lo hacen hermoso. Estaba tan fascinado por su belleza que tomé una salida equivocada. En vez de seguir en la 160 para subir a Durango, Colorado, cambié de dirección atravesando justo la cristalina cabecera del Río Grande y metiéndome en Mineral County. Seguí veinticinco kilómetros de extensas aguas de pesca con mosca sobre una estrecha carretera que atravesaba entre resbaladeros de piedra, corrientes de lava y álamos de Virginia. La carretera se hacía más y más estrecha hasta llegar a un pequeño poblado llamado Wagon Wheel Gap; luego se abría inmediatamente a un extenso y curvado valle de hierba con un río bordeado de increíbles colinas y montañas. Estaba, supongo, reanimado. Para entonces ya me había dado cuenta de que la carretera en la que estaba no era la 160 de Colorado, pero el camino era llano y cálido y los pescadores lanzaban sus largas cañas en cada curva. En un punto donde la carretera estaba más pegada al río, me salí por un sendero de tierra para jeeps y bajé hasta la orilla. Había visto fotos de ríos como éste. Las típicas orillas con hierba alta entrando suavemente en el agua cristalina, rápida y potente, sobre un fondo de guijarros, que se asentaba luego en agujeros y pozas perfectas, profundas, cada una de ellas llena de cientos de truchas comunes, truchas arco iris y quizá truchas de garganta cortada. Yo suponía que las fotografías que había visto tenían que ser algún tipo de fotografía trucada. Pero sentado en la orilla de la parte de arriba del Río Grande, comiéndome un plátano con el sol cayendo sobre mí, tengo que decir que hay ríos como éste. Es cierto. Extendí el mapa sobre la hierba seca. Aquí estaba South Fork y aquí, justo aquí, era donde había metido la pata. Fui recto. Si seguía en esta carretera unos trece o catorce kilómetros, llegaría a Creede, Colorado. A partir de allí, la carretera nueva desaparecía sin más en las montañas. No estaba desanimado. Me relajaría un poco, me comería otro plátano estupendo y volvería a la 160. Supongo que podría haberme sentido estúpido por haberme equivocado de carretera. No es como si fuera en un autobús o en un coche, o en algo que viajara tan rápido que sería entendible no haber visto la señal. Pero no me sentía estúpido. En realidad me sentía fenomenal por haber pasado un rato en este río. El agua sobre las piedras hacía una especie de rumor. Me tumbé en la hierba y cerré los ojos. Me quedé dormido. Debía de haberse estado escondiendo justo en las montañas detrás de mí. Montañas de apariencia afable bordeadas por una estrecha hilera de árboles y de cimas redondeadas. Montañas que en realidad parecían suaves, pero detrás de ellas había una tormenta preparada para pillarme. La temperatura debió de caer rápidamente, pero no tanto como para despertarme. La nieve, también. Primero debió de ser sólo una ráfaga de nieve, porque cuando por fin abrí los ojos estaba ligeramente cubierto de nieve húmeda y el remolino fue sólo el principio. Llegó increíblemente rápido. No podía ver nada y tenía el cuerpo entumecido y, supongo, como la comida congelada.Busqué a tientas la bicicleta. Palpé en todas direcciones, sin atreverme a ponerme de pie porque sinceramente sentía que el viento, la potencia de la tormenta de nieve, podría haberme arrojado al río. ¡La bici! Toqué las alforjas del equipaje. Parecía increíblemente estúpido hacerlo, una pérdida de tiempo, quizá imposible, pero saqué la tienda, busqué las estacas de metal, las clavé y empujé hacia arriba los palos de fibra de vidrio hasta que elevaron la cúpula de nailon. Desaté las alforjas de la estructura metálica de la bicicleta y las empujé al interior de la tienda. Se sacudía en ángulo recto. Arrancaría las estacas a no ser que añadiera mi peso. Dentro estaba oscuro y hacía frío. Me senté acurrucado en el centro de la tienda, concentrándome en sujetarla a la tierra. Entonces fue cuando oí el grito. Al principio fue un pequeño sonido, como el grito de un cuervo irritado en la distancia, pero al escuchar oí una vocecilla gritando "socorro", gritando "ayúdenme". Y el sonido de las lágrimas. Conocía ese sonido asustado. El corazón me latía con fuerza en el aire frío. Me arrastré fuera de la tienda.
-Por favor, no te vueles -dije en voz alta.
No soy valiente. No hace falta que lo diga a estas alturas. Siempre me gustaría ayudar, pero tengo muchas inseguridades, supongo, que actúan dentro de mí. Me puse delante de la tienda y me incliné con el viento para equilibrarme. Escuché con atención. La nieve húmeda me pellizcaba en la cara y entonces lo oí otra vez. El grito de auxilio. Un sollozo. -¡Quédate quieto y sigue hablando! -grité.
-Tengo miedo -gritó.
-¡Quédate quieto y sigue hablando! ¡Ya voy!
-Me llamo Kenny. Me llamo Kenny. Me llamo...
-¡No pares! -grité.

Ahora estaba más cerca. Quería ir en una línea constante, para tener al menos la oportunidad de regresar a la tienda.
-Me..., me llamo... -empezó a llorar.

Enormes alaridos. Más fuertes de lo que podía hablar. Le sentí directamente delante de mí y fui agarrando el aire hasta que los dedos se acercaron a su camiseta. Era pequeño y lo levanté y me lo eché al hombro.
-¡Me llamo Kenny! ¡Me llamo Kenny!
-Ahora puedes parar.
-Me llamo Kenny. Caminé por donde estaba rezando que fuera la dirección por la que había venido. Caminé hasta que estuve al borde del río. No encontraba la tienda. Me empezó el pánico en los pies y en las rodillas. Siempre me empieza por allí. El pánico me lastraba en los pesados pasos sobre la nieve, que me llegaba ya a media pantorrilla. Me alejé de la orilla y, en una especie de deslizamiento lateral, busqué en todas direcciones con cada resbalón de mis pies congelados.Choqué con algo y alargué la mano hacia abajo expectante. Mi tienda. Pasé la mano alrededor de ella, buscando la entrada. Al estirar los brazos no podía verme las manos. Esa forma de nevar parece increíble. Una catarata de nieve. Fría. Azotando. La tienda se agitaba. Caí de rodillas, metí a Kenny dentro de la tienda y me arrastré hacia dentro tras él. Lloriqueaba un poco y estaba tiritando. No podía decir con seguridad si tiritaba por el frío o del susto, pero llevaba sólo unas playeras, una camiseta y pantalones cortos, así que lo más probable era que fuera de frío. Estaba oscuro en el interior de la tienda llena de nieve. Cogí la linterna y saqué el saco de dormir. -Quítate toda esa ropa mojada -le dije a Kenny. Le ponía nervioso quitarse la ropa delante de alguien-. Me daré la vuelta. Quítate las playeras y todo eso y métete en el saco. Conté hasta cincuenta para que le diera suficiente tiempo. Cuando me di la vuelta había una cabecita cuadrada y rubia con el pelo cortado al rape, de unos diez años, asomando por el saco. Saqué de la mochila los calzoncillos largos, los calcetines de lana y los vaqueros forrados. -Ahora te toca a ti darte la vuelta -le dije.
Me cambié y me puse la pesada ropa de abrigo y metí las otras de vuelta en la mochila. Fuera el viento sonaba como un montón de cohetes despegando. Me imaginé los árboles saliendo disparados del suelo. La tienda daba sacudidas, pero se mantenía. La nieve la sujetaba como un pequeño iglú.
-Así que eres Kenny, ¿eh?
-Ajá.
De repente me vino una imagen de más Kennys ahí fuera.
-¿Estabas solo?
-Sí.
-Muy bien. Soy Smithy.

Saqué la mano para que nos diéramos un apretón. Él la estrechó. Le castañeteaban los dientes. Volvió a meter la mano dentro del saco y se tumbó de lado mirando hacia mí. Puse las alforjas al fondo de la tienda y recosté la cabeza sobre ellas. Escuchamos el viento.
-¿Te has hecho daño en algún sitio?
-Creo que no.
-Muy bien.
-Vivo en Creede. Hice novillos en el colegio.
-¿Hiciste novillos? Eso no está bien.
-Fui a pescar.
El viento y la nieve nos sacudieron con fuerza durante un segundo, pero luego amainó, y, por primera vez desde que me desperté con la nieve, pude oír el torrente del río.
-¿Pescaste algo?
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