Viaje A Italia by Leandro Fernandez De Moratin, Paperback | Barnes & Noble
Viaje A Italia

Viaje A Italia

by Leandro Fernandez De Moratin
     
 
Esta es una de las más bizarras comedias de enredo escritas en el Siglo de Oro. La trama está enmarcada en un pasaje de la vida de Catalina de Erauso, donde la monja vasca que escapa vestida de hombre al Perú, se convierte en el alférez Guzmán allí, y tiene un romance amoroso con doña Ana, a quien ama su amigo don Diego también.

Overview

Esta es una de las más bizarras comedias de enredo escritas en el Siglo de Oro. La trama está enmarcada en un pasaje de la vida de Catalina de Erauso, donde la monja vasca que escapa vestida de hombre al Perú, se convierte en el alférez Guzmán allí, y tiene un romance amoroso con doña Ana, a quien ama su amigo don Diego también. Guzmán, en parte por esto último, en parte por defender su honor, hiere y mata a varios hombres en duelos y reyertas, incluido su propio hermano -que la busca para restituirla forzozamente a España y a su sexo-. Condenada a muerte por sus hechos de sangre, los personajes toman distintos partidos ante la sentencia. La comedia gira en torno al tema del honor, pretendiendo el autor mediante su insólito tratamiento del trasvestismo y el homoerotismo, establecer una igualdad entre los sexos demostrada aquí tanto con la pluma como con la espada. La historia de la monja alférez es un texto de referencia en los estudios feministas y sobre la condición histórica de la mujer.

Product Details

ISBN-13:
9788498169829
Publisher:
Red Ediciones (Linkgua S.L.)
Publication date:
07/01/2008
Series:
Teatro Series
Pages:
134
Product dimensions:
5.50(w) x 8.50(h) x 0.81(d)

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Viaje a Italia


By Leandro Fernández de Moratín

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9816-982-9



CHAPTER 1

DOVER, OSTENDE, BRUSELAS, COLONIA, FRANCFORT, FRIBOURG, SCHAFFAUSEN, ZURICH


De Londres a Dover setenta millas; se halla primero a Rochester, después a Cantorberi, ciudades considerables; la última, famosa por su Universidad y su obispo, Santo Tomás Cantuariense. Buen camino acercándose a Dover, pocos árboles, muchos pastos, tierra quebrada que continúa así hasta el mar. Dover, ciudad de bastante población y tráfago con un puerto muy concurrido de navíos mercantes, pero de muy poco fondo, tanto que los paquebotes tienen que esperar la alta marea para fondear dentro dél. La ciudad es de forma muy fea e irregular aunque no deja de tener casas muy buenas entre muchas viejas y de mala construcción, no goza de otra vista que la del mar, por estar cercada de montes por parte de tierra. En la altura de uno de ellos se ve el antiguo castillo, muy grande y bien conservado, que domina el puerto, la ciudad y el mar. Es digna de atención la construcción física de los montes que rodean a Dover y en ninguna parte he visto masas tan enormes de depósitos marinos. Todos ellos son calizos, pero sin la menor mezcla de otras tierras; el embate del mar ha arruinado gran parte de ellos, dejando un corte perpendicular donde no se ve ni una capa siquiera que interrumpa la tierra, y piedra caliza blanquísima de que se componen. Desde Dover se ve sin auxilio de anteojo la costa de Francia y la ciudad y castillo de Calais.

6. Antes de llegar a Dover hallamos un carro con un grande ataúd en que llevaban a Mister ..., coronel inglés muerto de un balazo en el sitio de Valenciennes, que iba a buscar la fama póstuma por medio de un epitafio al rincón húmedo y oscuro de una capilla.

7. Viento contrario. Me divierto en ver embarcar para Ostende clérigos y ex-frailes franceses desaliñados, puercos, tabacosos, habladores; tan en cueros como el día en que llegaron y tan a oscuras de lengua inglesa, al cabo de dos años, de manosear el diccionario como la madre que los parió y repitiendo para su consuelo aquello de «¡quommodo cantabimus canticum novum in terra, aliena!».Todos ellos iban cargados con sus breviarios y todos muy persuadidos de que lo mismo es tomar los Alemanes a Condé y Valenciennes que tomar ellos sus conventos y hallar prontas la refección y la botella en sus profanados refectorios. Detiénese mi marcha, al anochecer tempestad.

8. Buen viento, pero el diablo lo enreda de manera que me quedo todavía en Dover. Reniego, me harto de tabaco y me meto en la cama.

9. Salgo, en fin, a las diez y media de la mañana en un paquebote. Buen viento, mucho miedo, llego a las cinco de la tarde a Ostende. Calles anchas, limpias y bien empedradas, las casas nuevas que hay bastantes, particularmente cerca del puerto, muy buenas; las antiguas, mezquinas y ridículas. Nuestros venerables abuelos no fueron los más duchos en esto de proporciones y belleza simétrica. Buen puerto con muchos y grandes navíos; en una de sus orillas, hay una especie de veleta dorada con el escudo imperial, puesta sobre un palo muy alto y abajo un pedestal con esta inscripción: «ob laetum Austriacum anno MDCCXC reditum, studio et amore prius erectam, dein ut impiis regicidisque salvetur manibus, furtim abditam, sacrilegis jam expulsis, aquilam hanc ex voto piscatores denuo ponunt die XIX Calendarum Maji MDCCXCIII». He dicho que la citada inscripción está en un pedestal; pero como éste no es de pórfido, piedra granadina ni otra materia durable, sino de lienzos pintados sobre un armazón de madera, me pareció de absoluta necesidad copiarla, temeroso de que al volver dentro de media hora la hallase enteramente destruida por el tiempo devorador.

10. Salgo a las cuatro y media de la tarde para Brujas y emprendo mi viaje por un canal como tres veces más ancho que el de Manzanares. Hermosa llanura a un lado y otro, regada por mil partes con sus aguas, cultivada perfectamente, abundante en mieses, prados y arboledas, con muchas poblaciones y caseríos. No hallé barcos de transporte en todo el camino, lo que me hace creer que si una obra tan costosa y magnífica como aquélla ha producido ya ventajas considerables a la agricultura, aún falta que proporcione a la industria y al comercio las muchas que de ella deben esperarse. Tuve la felicidad de hallar en la barca dos religiosos capuchinos, encuentro que me llenó de consuelo, puesto que en el espacio de un año, ni en Francia ni en Inglaterra, vi otros que los que sacan al teatro para hacerlos servir de ludibrio entre la profana mosquetería. En este país por el contrario son respetados como es razón y los dos que iban en la barca los hallé muy gordos y fornidos, prueba de que en Flandes hay fe y temor de Dios. En dos horas con viento favorable llegamos a Brujas, distante cuatro leguas de Ostende.

Es ciudad grande y su caserío conserva el antiguo carácter de la construcción flamenca, las fachadas de las casas rematan todas en un triángulo muy agudo, con unos escaloncillos laterales como para colocar en ellos tiestos o santos, de modo que mirando una fila de casas parecen por la parte superior empalizadas de trinchera o una guarnición de zagalejo con tantos picachos y recortaduras. Las calles son bastante anchas, llanas y limpias; hay una plaza con un grande edificio moderno de buen guto, aunque parece mejor de lo que es por el cotejo de los demás. En una casa antigua vi sobre la puerta las armas de España. Un viajero observador halla en Flandes no pocos monumentos de nuestra antigua dominación y lo primero que me dio en los ojos fueron las capas y las mantillas. ¡Extraña diferencia de estilos! En Inglaterra no se ve ni un Cristo, ni una Virgen, ni un Santo en sus iglesias que parecen habitaciones sin inquilinos y en Flandes los Cristos, las Vírgenes y los Santos se revierten de las iglesias, salen a los cementerios y adornan las puertas de las casas y los esquinazos en las calles y plazas públicas.

11. A las cinco salí en posta. El camino hasta Bruselas muy ancho, con arboledas continuas a un lado y otro y empedrado, lo que al principio parece lujo y ha sido necesidad en atención a que todo el terreno es de arena menudísima como el de Las Landas de Burdeos con la diferencia de que sobre esta arena hay una capa de tierra vegetal y en ella un hermoso jardín, que no otra cosa parece todo cuanto alcanza la vista, árboles, mieses abundantes, prados y bosques deliciosos, todo regado por medio de canales y acequias en términos que con respeto al cultivo nada debe este país a lo mejor de Inglaterra. Hay mucha población y bien repartida, los lugares por donde se atraviesa son espaciosos, limpios y alegres. Gante dista nueve leguas de Brujas, es ciudad grande, tiene muchos edificios modernos, muchos canales que la dividen en varias islas y sus contornos llenos de amenidad y hermosura. Buena posada, excelente comida, mucha hambre y un dolor de muelas que no me permitió hincar el diente imperfecta máquina es la del hombre, sin embargo es la mejor que conozco.

De Gante a Bruselas hay diez leguas, los campos igualmente hermosos que los anteriores y el terreno más quebrado en las inmediaciones de esta última ciudad. Llegué a ella al anochecer. Las sillas de posta muy malas, los caballos de malísima figura pero muy corredores.

12. Paseo por la ciudad. Su piso es muy desigual con calles torcidas de mediana anchura, los edificios antiguos casi todos están jalbegados con yeso y a otros les han desmochado la parte superior poniéndoles cornisamento horizontal, de manera que carecen de aquella lúgubre y respetable antigüedad que tienen los de Brujas. Hay muchos modernos y estos son enteramente a la francesa. En la parte más elevada de la ciudad está el paseo que llaman el Parque muy espacioso y alegre, bastante parecido al Retiro aunque te lleva la ventaja de estu muy adornado con grupos, estatuas, términos, bustos ... No tiene fuentes y acaso es lo único que le falta. Hay dentro de él un café magnífico que consiste en un gran salón decorado con buena arquitectura, e inmediato a él varios gabinetes muy graciosos, juegos de billar y un pequeño teatro donde representan piezas ligeras de música y declamación. ¡Cuándo se verá en Madrid esta reunión de placeres que son tan necesarios para entretener el ocio de una corte!

Este paseo puede acaso competir con las Tuillerías y es infinitamente superior al triste, monótono y desaliñado Parque de Saint James. Cerca dél está la Parque la Plaza Real, obra moderna que consta de ocho edificios separados iguales y entre ellos hace frente el gran pórtico de la Abadía de Caudenberg, donde hay una bonita iglesia de orden corintio, seria y de buen gusto. Hallé en medio de la plaza, tendida sobre una cureña, la estatua pedestre de bronce del Príncipe Carlos de Lorena, que había estado colocada sobre un pedestal y los sans-cullotes la habían derribado aunque felizmente pudo escapar de sus manos sin considerable mutilación, y trataban de volverla a poner en su puesto. La que llaman Plaza Mayor es un conjunto de edificios cargados de adornos ridículos y sin gusto, pero la Casa de Ayuntamiento, obra gótica es cosa de mérito en su línea, particularmente una gran torre que tiene en medio, sumamente delicada y ligera. En una de las casas de esta plaza había varias estatuas de los Duques de Brabante, inclusos nuestros Reyes Austriacos, en otros bustos o estatuas de generales o gobernadores de estas provincias; en otra un trofeo dedicado a Carlos Segundo, con su retrato en medio, pero todo pereció a manos de los franceses cuando ocuparon esta ciudad. Así, en estas casas, como en otras que se hallan a cada paso, hay muchos pedazos dorados, capiteles, basas, festones ..., y una que hay en dicha plaza más parece un altar que un edificio público.

Las iglesias, en general, están muy cargadas de adornos y rebosan de santos y cuadros, los confesionarios son magníficos con figuras en sus portadas que representan virtudes, santos o ángeles colocados como cariátides a un lado y otro; en los púlpitos sucede lo mismo, y el de la Iglesia Mayor es cosa digna de verse. Ponz habla de él en su viaje fuera de España.

Pero lo que me admiró más que los púlpitos, los confesionarios, el parque ni los edificios fue el hallar por las calles unos carros pequeños de a dos ruedas, tirados por perros y en verdad que no era un juguete puesto que cada carro llevaría una carga mayor que la que puede conducir a lomo un borrico. Los perros iban uno al lado de otro a modo de las cuadrigas romanas; un carro llevaba tres perros colocados en la forma dicha y otro me acuerdo, que tenía cuatro con uno delante, como las mulas periconas de los coches de colleras. Ahora expresar debidamente la cara que ponía infelices animales, lo que ellos jadeaban, la espuma que vertían y la inquietud de su cola y de su lengua, es empresa reservada a más docta pluma.

En Francia e Inglaterra, están persuadidos de que allá se van pelos y barbas, y tanto por su homogeneidad cuanto por su situación, está en uso que el mismo artífice que empolva los cabellos haga la rasura, pero en Bruselas, como en España se piensa de otro modo. Ningún peluquero puede ejercer la navaja, ninguno que afeite puede hacer los rizos. Hay prohibiciones gremiales sobre esto con multas a los infractores y entre estas dos facultades hay absoluta separación. Los talentos humanos son muy limitados y es muy difícil que un artífice sea excelente en dos profesiones distintas; por esta razón sin duda se mantiene tal costumbre en Flandes a fin de que cada profesor pueda en su ramo apurar los esfuerzos del genio y llegar en la carrera que sigue, con exclusión de todas las otras, a lo más sublime del arte. No obstante, el barbero que me afeitó, me afeitó muy mal.

Además del pequeño teatro de que hice mención, hay el de la ciudad. La sala es cuadrilonga y por consiguiente poco favorable para ver y oír. Bastante decente, mediana orquesta, cómicos harto menos que medianos, las decoraciones y máquina de poco mérito, las piezas todas francesas, como las que se representan en el pequeño teatro del Parque. El Archiduque Gobernador asiste algunas veces al grande y tiene en él su aposento adornado con magníficas colgaduras de terciopelo carmesí, con flecos, borlas y molduras de oro. El pueblo habla la lengua flamenca, pero la francesa es tan general que no se oye otra por las calles y paseos, y aun la gente más ruda la habla, aunque muy mal. Detrás del parque hay otro paseo con dilatadas arboledas, colinas incultas, arroyadas y hermosa vista de la campiña comarcana, desahogo oportuno para los melancólicos y no poco favorable para los misterios del amor.

Pero volvamos a las mantillas; las mujeres decentes solo las llevan para cubrirse la cabeza cuando van a la iglesia o a alguna otra expedición matutina que exige ir de trapillo, pues para lo restante van en cuerpo como las francesas y muchas van a la iglesia con capotones, echada la capucha. Las mujeres de menos copete son las que usan con más frecuencia la mantilla y con ella van a comprar a la plaza las criadas. Todas las mantillas son negras, algunas de seda sin otro corte que el que resulta de un pedazo de tres varas de tela. En la poca gracia con que la manejan, se conoce que es traje destinado a gente pobre y de poca delicadeza y coquetería, sin embargo, algunas criadillas parecían muy bien con ellas. De las capas puede decirse casi lo mismo. La gente del campo usa sombreros redondos, negros, muy anchos de ala. Como los Países Bajos están situados en medio de tantos estados diferentes y son paso para todos ellos, es increíble la variedad de monedas que tienen curso allí. A los dos días de estar en Bruselas pasé revista a las que había adquirido en los cambios que había hecho, y hallé tal variedad de naciones en mi bolsillo que no eran tantas las que acaudillaba Alifanfarrón: monedas inglesas, holandesas, prusianas, del Brabante, del Austria, de Baviera, de Colonia, de Francia, para cuya valuación era necesario estudiar un libro en folio y apurar todas las divisiones aritméticas o fiarse desde luego a la conocida probidad de los criados de las posadas y de los cocheros, como lo hice yo.

15. Salgo a las seis para Mastrich, buen camino como el anterior, pero con más cuestas, malísimas sillas de posta, mucho calor. Pasé por Lovayna llena de iglesias y colegios, por Tirlemont y Saint Trond, poblaciones bastante grandes. Terreno desigual, menos poblado de árboles que el antecedente y algunos pedazos del camino sin ellos, buenos campos de siembra. Desde Saint Trond hasta Mastrich, ocho leguas de mal camino que en invierno será horroroso, se atraviesa un pedazo del Obispado de Lieja, campos abundantes en granos, pocos arboles respecto de lo anterior, casas pobres, o poca población a lo que se ve desde el camino. Llegué a las nueve a Mastrich, distante veintiuna leguas de Bruselas. Tuve que esperar a que abriesen la puerta, ¡qué entrada!, ¡qué estruendo de cadenas!, callejones torcidos, bóvedas, puentes levadizos, rastrillos, piquetes, bayonetas, cañones, mala entrada por cierto. Y dicen que los hombres son hermanos, mentira. Mastrich está situada en una gran llanura a las orillas del Mosa, es ciudad imperial, las calles anchas, rectas, bien empedradas y buenos edificios.

16. Salgo a las 5 y media. Malísimos trozos de camino con grandes subidas y bajadas, tierras de siembra y pequeños bosques hasta llegar a Aix la Chapelle, ciudad imperial, con muy buenas calles y edificios y gran número de posadas magníficas, sus contornos muy amenos con multitud de árboles. Al salir de ella, hasta unas dos leguas de distancia, se va por un camino muy desagradable y en general los lugares que se hallan hasta mucho más adelante son infelices. Efigies de San Juan Nepomuceno en cada puentecillo, multitud de crucecitas de piedra en los cementerios, Vírgenes y Cristos en las puertas, en las esquinas, en las plazas, en los caminos, en los troncos de los árboles. Los Cristos son de una raza particular, flacos hasta el extremo, desproporcionados y de catadura espantosa. Casas de ramas entretejidas, cubiertas con barro, techos de paja, chiquillos medio en cueros, mendigos.

Hay mucha devoción en este país; los brabanzones comparados con estos son unos iconoclastas. A unas dos leguas antes de Jülich, comienza un buen camino que sigue hasta Colonia, aunque la mayor parte de él carece de árboles a los lados y le hace gran falta. Jülich es villa fortificada, perteneciente al Príncipe Palatino del Rhin. Llanuras de centeno y avena y bosques y mucho ganado vacuno.

Colonia está a la orilla occidental del Rhin, en un llano inmenso muy parecido a los campos de Alcalá. Dista de Mastrich unas veinte leguas, poco más o menos, puesto que en los pocos días que llevo de viaje he observado tanta confusión en el cómputo de las distancias como en el valor de las monedas. Llegué a las diez de la noche sin haber comido, rabiando con la insufrible pesadez e insensibilidad de los postillones y la incómoda construcción de las malditas sillas de posta.

17. Me levanto tempranito, me hago peinar y afeitar por dos oficiales diferentes, según el estilo del país, advirtiendo que aquí, como en España, cirujano y barbero son voces sinónimas. Recibo un criado que es el primero que he tenido en mi vida y conducido por él salgo a ver lo más curioso de la ciudad. Es muy grande y en general las casas muy viejas con sus frontispicios puntiagudos y repiqueteados, calles torcidas y bien empedradas, en las noches oscuras habrá muchos encontrones por falta de faroles. Mantillas y muchas capas, escudos de armas por todas partes, universidad, conventos, muchísima nobleza.


(Continues...)

Excerpted from Viaje a Italia by Leandro Fernández de Moratín. Copyright © 2015 Red ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Meet the Author

Juan Pérez de Montalbán (Madrid, 1602-1638). España Juan era hijo del librero real que editó el Buscón de Quevedo sin la anuencia de éste. Sus antepasados eran judíos conversos. Estudió teología y se ordenó sacerdote a los dieciocho años, deviniendo notario de la Inquisición. A los diecinueve años escribió su primera comedia. Fue el discípulo predilecto de Lope de Vega y adversario de Francisco de Quevedo, que lo ridiculizó varias veces en sus obras. Escribió unas cincuenta obras teatrales de diversos géneros. A la muerte de Lope de Vega compuso la Fama póstuma (1636), elogio y primera biografía de Lope. Murió sumido en la locura.

Leandro Fernández de Moratín (Madrid 1760-París 1828). España. Hijo del escritor Nicolás Fernández de Moratín formado en su círculo literario. Tras la guerra de Independencia se exiló en París por sus ideas afrancesadas. Viajó mucho y adquirió una amplia cultura, además del dominio de varias lenguas que le permitió traducir algunas obras teatrales al castellano. Murió en París en 1828.

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