Viajes al pasado mitico

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Product Details

  • ISBN-13: 9788497776721
  • Publisher: Obelisco, Ediciones S.A.
  • Publication date: 2/15/2011
  • Language: Spanish
  • Series: Coleccion Cronicas de la Tierra Series
  • Edition description: Spanish-language Edition
  • Pages: 240
  • Sales rank: 1,298,175
  • Product dimensions: 6.00 (w) x 9.00 (h) x 0.90 (d)

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VIAJE AL PASADO MITICO

El regreso de los Anunnki


By ZECHARIA SITCHIN

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2010 Ediciones Obelisco, S. L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-672-1



CHAPTER 1

LA FALSIFICACIÓN DE LA GRAN PIRÁMIDE


En los registros de los hallazgos arqueológicos de Egipto, hay historias de diversos y amargos finales entre los descubridores de esto o aquello; los casos más famosos son los de las extrañas muertes atribuidas a la «Maldición del Rey Tut» de aquéllos que encontraron su tumba; pero no conozco ningún caso parecido en lo relativo a las exploraciones de la Gran Pirámide y de sus misterios. Ni siquiera Agatha Christie situó dentro de la pirámide ninguno de sus thrillers arqueológicos, entre los que sí hubo un asesinato en el Nilo; y cuando James Bond sintió que tenía que ir a Giza, el mortal encuentro tuvo lugar fuera, cerca de la Esfinge.

Desde Napoleón, que invadió Egipto en 1798 e hizo de la visita a la Gran Pirámide de Giza una «obligación» turística ineludible, millones de personas han entrado en ella para admirarla, maravillarse, investigarla y explorarla; y, sin embargo, no soy capaz de recordar ningún suceso sobre la muerte de alguna persona en el interior de la pirámide. Así pues, si yo hubiera muerto allí, cosa que estuvo a punto de suceder, yo habría sido probablemente el primero ...

Estaba en el interior de la Gran Pirámide, en el extremo superior de la Gran Galería, esperando para ascender por una serie de escaleras a los compartimentos que hay por encima de la Cámara del Rey, cuando de repente sentí un fuerte golpe en la cabeza: alguien había hecho caer desde lo alto un trozo de madera grande y pesado, y me había derribado. Sentí cómo brotaba la sangre, cálida, por la parte superior de mi cabeza, mientras cruzaba por mi mente el pensamiento de que me había fracturado el cráneo.

Aturdido y sangrando, me sacaron precipitadamente de la pirámide, mientras en mi mente se agolpaban pensamientos de muerte; incluso llegué a ver los titulares de los periódicos dando cuenta de mi fin. Entre los titulares, había desde «Famoso escritor muerto en el interior de la Gran Pirámide» hasta un rutinario y monótono «Un visitante muere en la pirámide de Giza»; incluso me cruzó por la cabeza el pensamiento, maldito por otra parte, de que la noticia no mereciera titular alguno. Ciertamente ofensivo se me antojó el titular de «Accidente fatal de un turista en Egipto», pues yo estaba seguro de que lo que había ocurrido no había sido un accidente. Y de lo más perturbador me resultó el imaginario titular graciosillo de «¿Habrá sido la maldición del rey Keops?»; perturbador porque yo había entrado en la pirámide aquel día con la intención de demostrar que el faraón Keops no había construido la Gran Pirámide.

El mero hecho de poder escribir sobre el día en que a punto estuve de morir en la Gran Pirámide sugiere que me las apañé para sobrevivir; pero ésta es la primera vez que revelo lo que sucedió. Y, como el lector habrá adivinado ya, lo que sucedió aquel día había tenido su origen, su principio, mucho antes. Así pues, antes incluso de que os cuente toda la historia de aquel azaroso y casi fatal día, tendré que remontarme al Principio.


* * *

Hay muchas pirámides y construcciones piramidales en Egipto, esparcidas desde el delta del Nilo, en el norte, hasta la antigua Nubia, en el sur; las principales son las veintitantas pirámides (fig. 1) atribuidas a los faraones del Imperio Antiguo (2650-2150 a. C.). Éstas, a su vez, se pueden diferenciar en dos grupos: las pirámides elaboradamente decoradas, relacionadas con los soberanos de la V y la VI Dinastía (como Unas, Teti, Pepi); y las pirámides atribuidas a los reyes de la III y IV Dinastía.

A los constructores de este último grupo se los identifica claramente por la profusión de inscripciones en los muros de las pirámides, los llamados Textos de las Pirámides; pero es en lo relativo a las pirámides más antiguas, y paradójicamente más grandes, donde proliferan los misterios. Al haber pocas pistas escritas en su interior o en las cercanías de ellas, o incluso al estar completamente desprovistas de inscripciones o rasgos decorativos, estas pirámides más antiguas guardan en secreto el misterio de su construcción. ¿Quién las construyó y cuándo? ¿Cómo se construyeron y con qué propósito? No hay más que teorías y eruditas conjeturas.

Aunque no se ha descubierto nunca ningún enterramiento regio dentro de ninguna pirámide, la teoría aceptada ha sido la de que las pirámides eran gloriosas tumbas reales que habían evolucionado a partir de las antiguas mastabas planas horizontales (un gran sepulcro que cubría la tumba real). Los egiptólogos afirman que la primera pirámide imponente, la de Saqqara, perteneció al rey Zoser, segundo faraón de la III Dinastía, cuyo ingenioso arquitecto apiló una mastaba sobre otra para crear una pirámide escalonada (fig. 2). La pirámide se levanta sobre unos pozos, bóvedas y pasadizos de piedra subterráneos, decorados con tallas y con baldosas vidriadas azules; y sabemos que es la pirámide de Zoser porque allí se descubrieron algunas representaciones del rey y algunas inscripciones con su nombre. La pirámide está rodeada por construcciones y columnatas de piedra decoradas, pero la pirámide en sí, lo que está por encima de la superficie, es de una construcción pobre, con burdas piedras sujetas en su sitio con argamasa y madera, todo ello ya a la vista. Es como si lo que hay por encima de la superficie y lo que hay por debajo no tuvieran nada que ver entre sí, y cada una de las partes siguiese diferentes disciplinas arquitectónicas y estructurales.

Los egiptólogos sostienen que los sucesores de Zoser de la III Dinastía le emularon, a menor escala y con diversos grados de éxito, con sus propias pirámides escalonadas; pero, después, el último faraón de la III Dinastía, llamado Huny, decidió construir una pirámide «de verdad», con lados lisos, arriesgándose con un ángulo de inclinación de 52º. Se la conoce, adecuadamente, como la Pirámide Derrumbada, pues aquel intento terminó en un desalentador fracaso. Lo que el visitante puede ver todavía en el lugar (en Meidum) es el núcleo escalonado de la pirámide, rodeado por los escombros del derrumbe de la cubierta lisa que los constructores intentaron sujetar al núcleo (fig. 3).

¿Por qué ese repentino intento de construir una pirámide «de verdad », y de dónde vino la idea de una pirámide «de verdad» con lados lisos y triangulares? ¿Por qué se eligió un ángulo de inclinación de 52º? Y si fue Huny o, como sostienen algunos, su sucesor, ¿quién intentó sujetar la lisa cubierta al núcleo? Nadie lo sabe.

El sucesor de Huny fue Seneferu, el primer faraón de la IV Dinastía. Él estaba construyendo (en Dahshur) su propia pirámide «de verdad» cuando la anterior, la de Meidum, se vino abajo; de modo que sus arquitectos (como sostenían plausiblemente algunos egiptólogos) abandonaron el ángulo de 52º a mitad de la construcción, y siguieron elevándola con un ángulo mucho más suave y seguro de 43º, lo que dio lugar a lo que se conoce como la Pirámide Acodada (fig. 4a); una estela (un pilar de piedra), en la que se representó al rey y que lleva el nombre de Seneferu, confirmó su relación con la pirámide. Pero después, Seneferu, insistiendo en la construcción de una pirámide «de verdad» con lados lisos, ordenó la construcción de una tercera pirámide (también en Dahshur). Conocida por el color de sus piedras como la Pirámide Roja (fig. 4b), tiene los lados triangulares «correctos»: se elevan desde una base cuadrada y se encuentran en el ápice. Pero sus restos indican que el ángulo de inclinación de sus lados era de 44º, un ángulo seguro.

Y luego (así son las teorías de los egiptólogos), el hijo y sucesor de Seneferu, un faraón llamado Khufu, o Jufu (más conocido como Keops), se las ingenió para erigir lo que aún hoy es el edificio de piedra más grande que existe en la Tierra, y la más grande de las pirámides «de verdad», la Gran Pirámide de Giza. Empequeñeciendo cualquier pirámide de piedra simplemente por su tamaño, se sigue elevando como una montaña artificial de piedra con el mágico ángulo de 52º, única, majestuosa, incontestable ... y sin derrumbarse (lámina 1).

El éxito de Jufu (eso nos dicen los libros de texto) inspiró a sus sucesores para construir sus pirámides al lado de la suya, en Giza. Una de ellas, que emula aparentemente a la Gran Pirámide, la construyó el faraón Jafra (más conocido como Kefrén), y se conoce como la Segunda Pirámide. El hecho de que haya una calzada que une a esta pirámide con la Esfinge ha llevado a los egiptólogos a atribuirle la Esfinge también a este faraón, a pesar del hecho de que ésta se encuentra más cerca de la Gran Pirámide que de la Segunda Pirámide. Más tarde, su sucesor, Menkaura (Micerino) construyó una Tercera Pirámide; pero, por motivos inexplicables, era una copia en miniatura de las otras dos (fig. 5). Elevándose hacia el cielo, allí donde el desierto se detiene, junto al valle del Nilo, estas tres pirámides estaban perfectamente alineadas con los puntos cardinales de la brújula, y entre ellas mismas (tal como se puede ver en el mapa del emplazamiento, fig. 6), formando una unidad arquitectónica, como si las hubiera planificado un único arquitecto y no tres arquitectos distintos de tres faraones distanciados en el tiempo por un siglo.

A diferencia del resto de las pirámides, las tres pirámides de Giza carecen de todo elemento decorativo, no tienen pinturas ni textos inscritos en sus muros, no muestran ningún sello real ni efigie, y (con una excepción de la que se hablará más tarde), no ofrecen ni la más mínima evidencia de haber sido construidas por Jufu, Jafra y Menkaura; y, sin embargo, los egiptólogos siguen adhiriéndose a su teoría favorita de «una pirámide por cada faraón», y lo hacen así con respecto a Giza a pesar de que el verdadero sucesor de Jufu no fue Jafra, sino el faraón Djedefra (también conocido como Radedef), cuya medio desmoronada pirámide, con una inclinación de 48º, se construyó a bastante distancia de Giza, en Abu Ruash, en el norte (véase la fig. 1, pág. 11).

La lista de los egiptólogos omite también convenientemente a otros dos faraones que reinaron entre Jafra y Menkaura; y, saltándose a un sucesor de este último llamado Shepseskaf, continúan la «era de las pirámides» directamente en la V Dinastía. Su primer faraón, Userkaf, construyó en Abusir una pirámide «de verdad» de la mitad del tamaño de la Gran Pirámide de Giza. Adoptó un ángulo similar al de la de Giza ... y el resultado fue un montón de escombros que aún hoy parece un montículo de lodo.

Después viene una pirámide que construyó el faraón Sahura en Abusir, una imitación a escala mucho más reducida de las grandes pirámides de Giza, y con un ángulo de inclinación de 50º. Es también actualmente un montón de escombros. Y lo mismo ocurre con las cuatro que construyeron después, también en Abusir, sus sucesores, Neferirkara, Neferefra, Nyuserra y Dyedkara-Isesi. Dentro y fuera de las ruinas, los relieves de los muros y otros hallazgos (incluidas las imágenes de los reyes y sus nombres jeroglíficos) atestiguan la exhaustiva decoración artística de estas pirámides y de las construcciones que las acompañaban. Pero todo cuanto queda del siglo y medio de la V Dinastía en cuanto a la construcción de pirámides «de verdad» son montones de escombros esparcidos.

Pasamos ahora con la egiptología a las pirámides profusamente decoradas y llenas de inscripciones de la VI Dinastía. Esta parte de la Era de las Pirámides comenzó con el faraón Unis (que algunos consideran el último faraón de la V Dinastía en lugar del primero de la VI). Este faraón emprendió el camino de vuelta a Saqqara, en las proximidades de la pirámide escalonada de Zoser; y, adoptando una escala de 1:3, en comparación con la Gran Pirámide de Giza, se atrevió a darle una pendiente de casi 52º ..., pero terminó, como las demás pirámides anteriores, en una pila de escombros. Las pirámides de los faraones de la VI Dinastía que le siguieron en Saqqara (Teti, Pepi I, Merenra y Pepi II) terminaron del mismo modo. A pesar de toda la decoración y de los versículos del Libro de los Muertos inscritos en sus muros, los monumentos que aquellos faraones habían erigido para sus viajes post mórtem a la Vida Eterna en el «Planeta de los Millones de Años» terminaron completamente derrumbadas.

Después de ver todas estas pirámides, con sus diferentes formas y ángulos de inclinación, y tras ver sus desmoronadas ruinas (en todas partes salvo en Giza), no podía aceptar sin cuestionarme la aseveración de los egiptólogos de que las pirámides de Giza habían seguido y emulado a las otras pirámides. Mientras observaba los restos de las otras pirámides en los llanos paisajes del desierto, algo en lo más profundo de mí me decía: ¡No. Giza fue el ejemplo, el modelo que los demás intentaron emular, y no viceversa!

En mero tamaño, en ingenuidad y complejidad estructural, en precisión matemática y geométrica y en estabilidad perdurable, la Gran Pirámide de Giza ha sido única, y no hace falta ilustrar esto con datos que, por otra parte, son bien conocidos; pero esto, por sí solo, no prueba que fuera el modelo de las demás pirámides. Para eso, el aspecto más convincente es el que proporcionan sus elementos ascendentes interiores. Todas las pirámides tienen elementos interiores ubicados en niveles subterráneos; pero de todas las pirámides (incluidas sus compañeras de Giza, en la fig. 7 se comparan las principales en tamaño y en complejidad interior), la Gran Pirámide es la única que tiene pasajes ascendentes y complejos componentes internos muy por encima del nivel del suelo.

La historia del descubrimiento de esos elementos ascendentes y superiores de su interior es la clave para comprender la verdadera secuencia de la construcción de pirámides en Egipto; el misterio de la desconexión de los elementos internos es una pista que nos indica la verdadera identidad de los constructores de Giza.


* * *

Tal como se pueden observar hoy en día, las pirámides de Giza carecen de la lisa caliza blanca que revestía originalmente sus lados (obra de los ladrones, que las desnudaron de la valiosa caliza para utilizarla en las construcciones de la vecina ciudad de El Cairo y de los pueblos de alrededor). En la Segunda Pirámide, los ladrones no consiguieron desnudarla de las hiladas más altas, y la «piel» de caliza puede verse todavía en su cúspide. En la Gran Pirámide, quedaron algunas de las piedras de revestimiento de la base, que sirvieron para indicar el ángulo preciso de la pendiente (fig. 8). Los visitantes actuales entran en la Gran Pirámide después de trepar por varias hiladas de bloques de piedra que quedaron al descubierto, y entran a través de una abertura situada en la cara norte de la pirámide, que lleva hasta sus entrañas a través de un túnel. Sin embargo, si uno contempla la pirámide desde el exterior (fig. 9), se le hace evidente que esta entrada se le hace evidente que esta entrada se halla por debajo y a un lado de la entrada original, que está marcada por dos series de inmensas losas de piedra que se tocan en diagonal para proteger el acceso (fig. 10a, pág. 22). Allí, cuando la pirámide aún tenía su lisa cubierta, había una piedra giratoria que no sólo cerraba la entrada, sino que la ocultaba por completo ante la mirada de cualquier observador exterior (fig. 10b).

La existencia de esta original entrada, con su piedra giratoria, no era un completo secreto en la antigüedad. Aunque oculta a la vista, los sacerdotes egipcios la conocían. De hecho, Estrabón, el geógrafo e historiador romano del siglo I d. C., dijo que, cuando él visitó Egipto, había entrado en la Gran Pirámide a través de una abertura de la cara norte oculta por una «piedra con goznes», y que había bajado por un largo y estrecho pasadizo hasta un foso excavado en el lecho de roca, al igual que otros visitantes romanos y griegos habían hecho antes que él.

Pero, con el paso de los siglos, y mientras los sacerdotes egipcios dejaban paso a los monjes cristianos y, más tarde, a los clérigos musulmanes, se olvidó la situación exacta de esta entrada oculta. En el año 820 d. C., cuando el califa musulmán Al Mamun intentó entrar en la pirámide para encontrar su rumoreada Cámara de los Tesoros, sus ingenieros y albañiles terminaron abriendo una entrada en la cara norte, por debajo del lugar correcto. Aquella entrada es la que utilizan hoy en día los visitantes de la Gran Pirámide.

Una vez dentro, lo único que encontraron los hombres de Al Mamun fueron bloques y más bloques de piedra. A base de mazas y cinceles, abrieron un camino alternativo entre la masa de piedras para, finalmente, llegar a un estrecho corredor inclinado, que descendía a través de la obra y, luego, del lecho de roca, hasta desembocar en un foso vacío: el mismo corredor descendente y el mismo foso de los que hablaba Estrabón.

El corredor llevaba también hacia arriba, y no tuvieron que recorrer mucho trecho antes de encontrarse con la entrada original de la pirámide, aunque desde el interior. Si la historia hubiera terminado aquí, los esfuerzos de Al Mamun no habrían hecho más que confirmar lo que ya se sabía y se creía en tiempos romanos, griegos y egipcios: que la Gran Pirámide, al igual que sus dos compañeras y que el resto de las pirámides, tenía sólo un corredor interior descendente y elementos que se encontraban por debajo de la superficie del suelo (fig. 11a).

Pero el secreto que guardaba la Gran Pirámide, única entre las pirámides, era el de los asombrosos pasadizos y cámaras superiores, que habrían seguido siendo desconocidos de no ser por los hombres de Al Mamun, que hicieron un descubrimiento accidental. Mientras se adentraban en la pirámide a golpe de maza, escucharon de repente el apagado sonido de una piedra que caía en algún lugar. Buscando en la dirección de aquel sonido, descubrieron que la piedra caída, una piedra triangular, había estado ocultando a la vista unas losas de granito que incidían en diagonal en el corredor. No pudieron romper ni desplazar aquellos bloques, pero sí consiguieron sortearlos y alcanzar lo que ahora conocemos como el Pasaje Ascendente (fig. 11b). Llevaba a través de una «Gran Galería», mediante un corredor horizontal, hasta la «Cámara de la Reina» y, un poco más arriba, hasta la «Cámara del Rey» (fig. 11c). Habían descubierto las singulares complejidades superiores del interior de la Gran Pirámide.


(Continues...)

Excerpted from VIAJE AL PASADO MITICO by ZECHARIA SITCHIN. Copyright © 2010 Ediciones Obelisco, S. L.. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
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Contents

1. La falsificación de la Gran Pirámide, 9,
2. Cavidades desconcertantes, arena misteriosa, 41,
3. La cámara secreta, 63,
4. El día fatídico, 73,
5. Los OOP del Museo de El Cairo, 87,
6. Enigmas de piedra, 103,
7. El Hombre de Hielo de los Alpes, 125,
8. Nuevas percepciones acerca de la historia, 137,
9. Encuentros en el Vaticano, 151,
10. Astrónomos y mapas celestes, 171,
11. Anticitera: un ordenador antes de su tiempo, 189,
12. Nazca: donde los dioses abandonaron la Tierra, 209,
Epílogo: las Profecías del Retorno, 233,

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