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Visiones Y Visitas De Torres Con Don Francisco De Quevedo Por La Corte
     

Visiones Y Visitas De Torres Con Don Francisco De Quevedo Por La Corte

by Diego de Torres Villarroel
 

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Villarroel dio a su actividad literaria un carácter utilitario, publicó sus obras «con el beneficio de la suscripción». Incluso reconocía que el propósito último de publicar libros era económico: «Tú dirás que Torres ha hecho negocio en burlarse de sí mismo y yo diré que tienes razón como

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Villarroel dio a su actividad literaria un carácter utilitario, publicó sus obras «con el beneficio de la suscripción». Incluso reconocía que el propósito último de publicar libros era económico: «Tú dirás que Torres ha hecho negocio en burlarse de sí mismo y yo diré que tienes razón como soy cristiano».

Product Details

ISBN-13:
9788498168204
Publisher:
Linkgua
Publication date:
09/01/2008
Pages:
152
Product dimensions:
5.50(w) x 8.50(h) x (d)

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Visiones y Visitas de Torres con Don Francisco de Quevedo por la Corte


By Diego Torres de Villarroel

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9816-820-4



CHAPTER 1

VISIONES Y VISITAS DE TORRES CON DON FRANCISCO DE QUEVEDO POR LA CORTE DIEGO DE TORRES VILLARROEL


Al ilustrísimo señor don fray Gaspar de Molina y Oviedo, obispo de Almería, del Consejo de su majestad, &c.

Ilustrísimo señor:

Las desdichadas y ridículas moralidades que manchan los pliegos de este tosco libro, no son culto proporcionado para que se abriguen a la sombra de las prodigiosas y devotísimas tareas en que dichosamente se ocupa el estudio, la virtud y la dilatada contemplación de vueseñoría ilustrísima. La despreciable festividad de mis locuciones tampoco es ofrenda oportuna para dedicarse a un varón apostólico a quien las experiencias del acierto y las solicitudes del celo venerable sacaron del retiro de su celda para la doctrina, la cultura, el ejemplo y el socorro de las muchas almas que pueblan ese felicísimo obispado. Bien conozco que es osadía ofrecer las impertinencias inútiles de mis desvariados argumentos a quien como vueseñoría ilustrísima trata las ociosidades, los espectáculos y las diversiones del mundo con aborrecimiento generoso; pero las singulares honras que debo a la piedad de vueseñoría ilustrísima y la implacable ansia de poner en el público alguna señal de mi gratitud y servidumbre me han precipitado a hacer culto de la necedad, voto de la relajación, obsequio de la miseria y víctima de las locuras desgraciadas. Muchas veces desmayé en los propósitos de sacrificar a vueseñoría ilustrísima mis trabajosas producciones; pero contemplando la benignidad de vueseñoría ilustrísima y ajustando cuentas con mi obligación y mi fortuna, hallé siempre que me tendría más conveniencias, más honra y mejor esperanza pasar por el carácter de osado, que por el infame renombre de desagradecido.

No obstante las desventuras y debilidades de este sacrificio y los poderosos miedos de mi veneración, espero que el agrado de vueseñoría ilustrísima ha de aceptar y recoger las reverentes fatigas de mi humildísimo cortejo; porque la desdicha de mi juicio y la desnudez de la obra, solo por pobre, merecen infinito con vueseñoría ilustrísima, y en su necesidad llevan la más segura recomendación. Y una vez que arriben a besar sus pies, conseguirán la ventura y la abundancia que todos los pobres de esa dichosa parte de la Andalucía; pues como vocea la publicidad alegre y admirada, ya no los hay desde que vueseñoría ilustrísima fue a ser su padre, su obispo y su pastor. Vivo con este consuelo y con la confianza de que vueseñoría ilustrísima ha de perdonar los errores, las barbaridades y los desenfados de este rudo tomo; que yo quedo sumamente vano y persuadido a que el acierto de esta sola hoja enmendará todos sus defectos, y yo lograré con la gloria de mi elección y la piedad de vueseñoría ilustrísima los aplausos, estimaciones y fortunas que hasta ahora han sido imposibles a mi numen, mi pluma y mi trabajo. Nuestro Señor guarde a vueseñoría ilustrísima muchos años, como deseo y nos importa. Salamanca y febrero 24 de 1743.

ILUSTRÍSIMO SEÑOR,

B. L. P. de V. S.I. su rendidísimo siervo,

El doctor don Diego de Torres Villarroel

Aprobación de fray Martín de San Antonio, firmada en Salamanca el 30 de abril de 1743.

Licencia del Ordinario, Salamanca, 2 de mayo de 1743, firmada por el licenciado don Sebastián Flores Pavón, por mandado del señor provisor don Bernardo Cayetano López del Hoyo.

Aprobación de fray Pablo de San Agustín, firmada en Salamanca el 18 de abril de 1739.

Licencia del Consejo, Madrid, 23 de abril de 1739, firmada por don Miguel Fernández Munilla.

Fe de erratas, Madrid, 18 de abril de 1743, firmada por el licenciado don Manuel Licardo de Rivera.

Tasa, Madrid, 29 de abril de 1743, sin firma.


Primeras visitas de Torres y Quevedo por Madrid

El lector, como Dios me lo enviare, malo
o bueno, justo o pecador, sano o
moribundo, que no soy asqueroso de
cuerpos ni conciencias ajenas.


Prólogo

Ya habrás oído decir, lector a secas (que eso de discreto, ni te lo dije nunca, ni lo oirás de mi boca), que en uno de los reinos extranjeros se le puso a un tratante en la cabeza vender diablos, como si fueran guacamayas o micos de Tolú. Éste dicen que guió la recua camino del infierno con una tropa de alguaciles, escribanos, médicos y alcaldes que iban hacia allá; y habiendo cargado, se vino a la feria y vendió todo el empleo de diablura, y aun se repartieron algunos mojicones entre los mercantes. Lo mismo ejecutaron otros mercaderes a su imitación, y hoy se están despachando demonios por cientos y Satanases por gruesas por todo el mundo, con más crédito que si fueran medallas de Roma. A mí, pues, se me ha plantado en el escaparate de los sesos vender mis sueños, mis delirios y mis modorras. Y no siendo éstas tan malas como los demonios, creo que te las he de vender bien vendidas; y más cuando tu perversa inclinación echa el tiempo al muladar del ocio, y tu curiosa necedad aboga por mi bolsillo contra el tuyo, como me lo han hecho creer mis antecedentes disparates. Desde hoy empiezo a soñar. Ten paciencia, o ahórcate; que yo no he de perder mi sueño porque tú me murmures los letargos.

Con don Francisco de Quevedo me sacó mi fantasía por esa Corte a ver los disfraces de este siglo, y juntos hemos notado la alteración de su tiempo al que hoy gozamos. Si te parece mal, poco cuidado me dará tu desazón. Conténtate; y no seas tan mentecato, que le pagues los azotes al verdugo; que yo no puedo desearte más castigo que es que tu paciencia me vengue de tu mordacidad. Siete veces soñó el insigne Quevedo como verás en el primer tomo de sus obras; conque a mí, que soy más avutardado de espíritu, me toca dormir y soñar más. En la relación de lo soñado me excederá Quevedo, pero a roncar no le cederé a él ni a cuantos aran y cavan.

Yo te llamara pío, benévolo, discreto y prudente lector, pero es enseñarte a malas adulaciones; y eres tan simple, que lo habías de creer, como que el miedo y la cortesía eran los que me obligaban a tratarte de este modo. ¿Qué cosa más fácil que presentarte el nombre de discreto, porque tú me volvieras el de erudito? Que es lo que sucede entre los que leen y escriben, afeitándose unos a otros. Pero es locura, porque yo nunca voy tras tus alabanzas, sino tras tu dinero. Suéltalo, y más que me quemes en estatua dando al fuego mi papel. Conténtate con lo lector en pelo, que lo discreto no lo has de ver en mi pluma, ni en mi lengua; porque yo no estoy acostumbrado a mentir, y hasta que muera te he de aporrear con mis verdades. Lo más que puedo hacer por ti es darte una receta para que te lo llamen otros. Es ésta: Lo primero, has de llamar madamas a todas las mujeres, hasta las cocineras y mozas de cántaro. Lee luego la cartilla del chichisbeo, que es el alcorán de los galanes españoles, cuyo primer carácter, en vez de cristus, es satanás. Traslada a tu memoria todo lo que en favor de él han escrito los poetas luteranos, repítelo en toda ocasión, y sigue aquellas instrucciones. En concurriendo con señoras, asoléalas bien, como si fueras a hacer pasas; que con esto, cuatro humaredas de incienso cortesano que te lo venderá cualquier lisonjero, los polvos de ¡cuándo soñé yo lograr tal fortuna!, su poco de aquello de deidades, hincar las rodillas a cada instante, hablar mucho y alto, te llamarán discreto. Pero cree que en la verdad te quedas un grandísimo tonto.

Si te determinas a leer, te advierto que sea con alguna reflexión. Mira no te quedes embobado como un salvaje en las pinturas de los mascarones que pongo en la primera entrada de las visitas; cuélate adentro, y encontrarás doctrina saludable para conocer y huir los vicios de esta edad. Si así lo haces, te dará buen provecho la lectura. Dios permita que así suceda; pero lo temo mucho, porque te he visto leer regularmente con mala intención, y solo andas a caza de moscas y te metes en censurar el estilo y las voces sin haber saludado la gramática castellana. Si quieres morder lo escrito, aprehende a hablar primero, y luego a escribir; y entonces serán racionales tus reparos. Pero si no sabes hablar con otro artificio que el que te enseñó tu madre o el ama que te dio la teta, no entres el hocico en mis sueños; porque puede ser que salgas escaldado. Dios te dé vida para que me pagues mis salvajadas, y mormura lo que tú quisieres, que yo quedo burlándome de verte metido a corrector de autores y libros y dando voto decisivo en lo que no entiendes ni puedes ejecutar. Consuélate con que yo estoy certísimamente creyendo que lo que tú censures, y lo que yo he escrito, todo es un envoltorio de majaderías. Y si llego a sospechar que hay algo bueno, más me inclinaré a que es lo que yo propongo, que lo que tú arguyes; porque esto está dictado con reflexión y con sano juicio, y lo que tú sueles decir es arrojado del delirio, de la envidia y de tu mala costumbre. Vale, seor leyente, hasta otro prólogo, que quizá será peor que el que se acaba aquí.


PREÁMBULO AL SUEÑO

A la héctica llama de un viudo candil, que aunque es un mocoso, ha días que padece achaques de caduco, destilaciones y gota, males viejos en candil de astrólogo, que como estudia a luz más derecha, tiene mal cuidada la torcida, estuve anoche aguantando la mecha y enojando a los párpados, que los quiero sobre las niñas de mis ojos, por brujulear las dicciones de un curioso libro que ha meses que le doy mi lado, porque me despierta el sueño. Y por más que porfiaba a vencer con mi atención los esperezos de la mugrienta luz, pudo más su flaqueza que mi constancia; pues en la palidez de sus congojas se desmayaron antes mis pestañas. Conque, enferma la vista, se me quedó difunto el miramiento.

Cansado, pues, y aun medroso, porque entre bostezos de viviente y boqueadas de agonizante más susto me daba que luces; por no levantarme de la cama a atizarlo (que no es candil el mío que se puede hacer cera y pábilo de él) y, lo principal, porque no me atisbase la camisa un compañero que se acueste en mi cuarto, arrimé el papel a una silla en donde descansan mis vestidos y, cogiendo una calceta que se columpiaba en uno de sus brazos, tiré dos azotes al aire para que acabase de un soplo vida que propiamente es humo. Mas, como guió el golpe mi ceguedad (mal presumida la distancia), del primer calcetazo le prendí las narices al candil; y en el suelo acabó de vomitar toda la asquerosa herrina y quedó tan sentido del porrazo, que después que amaneció en mi posada, le vi moquear por todas sus coyunturas. Tirados todos, el libro en la silla, el candil por tierra y yo en mi catre, enrosqué los lomos, di dos suspiros al aire, y eché de golpe la cabeza en la almohada. Y al caer se enterraron la mitad de las facciones, hasta medias narices; y como el dibujo de las ancas, muslos y suras se distinguía sobre la manta, quedé un medio perfil, metamorfosis entre galgo y astrólogo, que si me hubiera visto, se horrorizara un San Antón. Sin susto de cosa de esta vida, llamé al sueño; y en breve espacio de si viene o no viene, me pintaba la consideración depostrada (¡válgame Dios, qué acuerdo tan natural!) las parecidas imágenes de cama y sepultura, muerte y sueño, acreditándome este desengaño mi memoria con aquel dístico del gran Nasón, que bien sé que es suyo, pero no me acuerdo ahora en qué elegía lo colocó:


Stulte, quid est sommus gelidae nisi mortis imago?
Multa quiescundi tempora fata dabunt.


Pero con un filósofo descuido me sacudí de esta melancolía, considerando que aunque el sueño es muerte, era para mí entonces el dormir media vida. Morir es preciso, y esta memoria y conformidad han podido quitarme el horror a este fantasma; y si amaneciese en el sepulcro, me libraba de médicos, zupias, el candilón y campanillorro, que son los prólogos del morir y alabarderos del agonizar, y daba un gran chasco a los sacristanes. Aunque de esta burla no se escaparán, porque justamente me voy despabilando para ser difunto de gorra y muerto petardista; y la parroquia donde cayere, habrá de honrarme de mogollón o faltar a la misericordia de enterrar los muertos. Con este consuelo (propio alivio de un genio perdulario) y aquella melancolía (natural aviso de nuestro frágil ser) fui perdiendo por instantes el tacto de los ojos y la vista de los otros tres sentidos y medio; y cuando, a mi parecer, el discurso estaba más despabilado, viene el sueño y, ¿qué hace?, da un soplo a la luz de la razón; y me dejó el alma a buenas noches y a mí tan mortal, que solo cuatro ronquidos, unos por la boca y otros por lo que no se puede tomar en boca, eran asqueroso informe de mi vitalidad.

Acostada el alma, y ligados los sentidos a escondidas de las potencias, se incorporó la fantasía, y con ella madrugaron también otro millón de duendes que se acuestan en los desvanes de mi calvaria; y entre ellos se movió tal bulla, que a no ser yo tan remolón de talentos y tan modorro de sentidos, me hubiera desvelado los mismos arrullos que me mecían el letargo. Entre las varias figuras que se abultaron en la oficina del sueño, fue la más amable (aunque a los principios más horrible) la que voy a sacar a luz; y la estofó la fantasía con tales matices, que ahora que sé que no duermo y que ciertamente estoy dictando lo que soñé entonces, estoy por jurar que fue más visto que soñado.


SUEÑO

Yo gozaba en el éxtasis tirano del sueño todas las quietudes que pueden hacer dichoso a un dormido. Pero duró muy poco la sucesión de mis tranquilidades; pues a un breve rato que estaba en su poder, sentí que se descargaba sobre mis orejas una voz entre aullido y tiple desagradablemente desentonada, a manera de aquel desapacible ruido que resulta del vuelco de un talego de calderilla, y que me repitió tres o cuatro veces el campanudo apellido de Torres, Torres. ¡Jesús mil veces! Creo por entonces que desperté y que había visto que me estaba estorbando la respiración echado de bruces sobre mi almohada un semblante que calzaba sus veinte puntos de facciones hinchadas con la violencia de la postura. Las melenas, que parecían ramal de penitente, cabellos cilicios entre púa y pelote, tan rucios como rodados, servían de limpiadera de mis barbas. Por bigotes tenía dos mecheros de velón, y una pera como un rabo de cochino y tan larga, que le hacía roscas en la golilla; los ojos entre vidrios, y sus antojos y los míos formaban tan aguda su vista, que me pareció que me miraba con dos chuzos; el gesto tan abribonado, que partían a medias su ceño lo despegado y lo burlón. En fin, informaba su semblante un espíritu de los que los gitanos llaman conchudos, que son los que saben más que ellos y entienden toda la gramática parda y jerga pajiza del calorré, chai, mistorró y el parnié, que es el dios sobre todo de la bribia.

Luego que me advirtió desvelado, retiró la estatura a su natural erección. Yo me incorporé; y estregándome los ojos con los nudos de los dedos, me pareció que entre medroso y dormido, renqueando con las voces, con la pronunciación a gatas y el idioma en cluquillas, le dije:

— Sombra, fantasma o bulto de los espacios imaginarios, pues no te creo parto físico, sino aborto de su confusión, ¿quién eres? ¿Qué buscas en mí y en mi cuarto?

— Recoge al corazón el aliento — me dijo —, sosiégate y no des tantos vaivenes con las razones. Abre estos ojos y mira, que soy don Francisco de Quevedo y Villegas.

— Ven acá, sabio de los siglos, veneración mía, pasmo de la esfera, padre de la verdad, gracioso y prudente despreciador del mundo; llégate, aunque me chamusques; abrázame, aunque me tuestes; ven, que ya solo tu nombre me ha borrado el horror a lo difunto.

Estos y otros tales extremos hice yo, puesto en cruz sobre la cama y ahorcado de sus hombros; y volcándole a uno y otro lado la cabeza, le besé los carrillos, y con la violencia de los columpios nos quedamos sentados, él en una esquina y yo en el medio de mi catre.

— Dime, discreto mío — le volví a decir —, ¿no estás ya en la gloria? Pues ¿cómo dejas aquella amabilísima morada por las hediondeces de este siglo? Yo te creía eternamente gozando las verdaderas dichas de la beatitud; porque si dice Dios que el modo de conocer al árbol cristiano racional es por su fruto, siendo el que nos dejaste en tus obras tan maduro, tan dulce, tan suave, tan florido y tan incorruptible, es señal de que fuiste dichosa planta de este mundo; y quien en la tierra floreció tan místico y tan desengañado, se debe creer que llegarían sus frutos al cielo. Y no dudo que sabiendo tanto, te sabrías salvar; y si esto lo erraste, todo lo perdiste y ríome de tus obras, a quien siempre confesaré la deuda de ser menos bruto. Desengáñame, y dime por Dios, ¿a qué vienes?


(Continues...)

Excerpted from Visiones y Visitas de Torres con Don Francisco de Quevedo por la Corte by Diego Torres de Villarroel. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Meet the Author

Diego de Torres Villarroel (Salamanca, 1693-1779). Espa�a. Hijo de un librero, estudi� con una beca en la universidad de Salamanca y llev� una vida de aventuras. Fue soldado, buhonero, di�cono, autor y editor de almanaques astrol�gicos que firmaba con el seud�nimo de El Gran Piscator de Salamanca, catedr�tico de matem�ticas, exorcista y, finalmente, sacerdote. Francisco de Quevedo influy� en su obra literaria, y en su visi�n cr�tica de la sociedad de su tiempo.

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