Zzzz: Una Autobiografia

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El libro es una autobiograffa de uno de los jugadores más exitosos de bTisbol de AmTrica. La historia apunta a todas las cosas más importantes de la vida de este personaje, que si bien no fue acomodada, gracias a su empeño y perseverancia, ha logrado tener Txitos que le han permitido mejorar su calidad de vida y a la vez darse a conocer por la actividad que practica con tanta dedicaci=n. A pesar de enfrentar la muerte de su padre, Sammy Sosa, tuvo que trabajar duro para ayudar en el hogar, y además de responder ...

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Overview

El libro es una autobiograffa de uno de los jugadores más exitosos de bTisbol de AmTrica. La historia apunta a todas las cosas más importantes de la vida de este personaje, que si bien no fue acomodada, gracias a su empeño y perseverancia, ha logrado tener Txitos que le han permitido mejorar su calidad de vida y a la vez darse a conocer por la actividad que practica con tanta dedicaci=n. A pesar de enfrentar la muerte de su padre, Sammy Sosa, tuvo que trabajar duro para ayudar en el hogar, y además de responder con los estudios. En esa Tpoca, le regalan su primer guante de bTisbol con el que comienza a incursionar en este deporte que lo llevará a la gloria. Con un lenguaje muy simple pero lleno de sentimiento, la historia de este hombre nos enseñará que el trabajo duro puede dar hermosos frutos.

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Product Details

  • ISBN-13: 9780446676984
  • Publisher: Grand Central Publishing
  • Publication date: 8/5/2008
  • Language: Spanish
  • Edition description: SPANISH EDITION
  • Pages: 240
  • Product dimensions: 6.00 (w) x 9.00 (h) x 0.55 (d)

Read an Excerpt

Chapter 1

El Viaje

La gente siempre me pregunta cómo me mantengo en forma durante el invierno cuando estoy en mi país, la República Dominicana. ¿Tengo un gimnasio en casa? ¿Contrato a un entrenador personal? ¿Practico en un diamante construido especialmente para mí con los últimos adelantos técnicos? Te puedes permitir esos lujos, me dice la gente.

Pero déjenme contarles mi secreto. Tres días a la semana, después de la temporada, salgo de casa temprano por la tarde y me encamino a un sitio especial, el lugar donde me preparo para la siguiente temporada. En este peregrinaje me acompañan mis bates, mi uniforme de los Cachorros de Chicago y todo lo necesario para practicar el arte de pegar a la pelota-una habilidad que me ha traído tanta fortuna y me ha permitido conocer a tanta gente maravillosa.

Para dar las gracias a todos ustedes que me han animado y llenado la vida con tanta alegría, les escribo este libro y los invito a este viaje. Confío en que cuando juntos lo completemos no quedará ninguna duda sobre quién soy y cómo soy.

Hago este viaje (ya les diré pronto hacia dónde) para recordarme a mí mismo de dónde provengo, qué es lo que me da fuerza y qué cosas me han hecho quien soy. Y cada vez que lo realizo, este recorrido se convierte en una celebración, no de jonrones y millones de dólares, sino de fe.

De hecho, mi vida es una celebración de la fe; fe en mis habilidades como jugador de pelota cuando ningún equipo me quería, fe en Dios cuando mi familia y yo teníamos hambre y estábamos sin un centavo. Fe en la persona más importante y más querida de mi vida: mi bendita madre, Mireya.

Alabo su nombre, me toco el corazón y le envío un beso directamente a través de las cámaras de televisión cada vez que logro un jonrón. Ese sencillo gesto es como mi distintivo, algo de lo que se habla mucho en los periódicos y en las revistas. En todos esos artículos y en la televisión siempre digo lo mismo: "Te quiero mamá".

Ese amor me ha sustentado toda la vida, desde aquel lugar que visito una y otra vez-primero cuando era un niño descalzo, ahora como una persona afortunada. Es un pueblo muy conocido para los seguidores del béisbol: San Pedro de Macorís, una ciudad de esperanza y 200.000 habitantes. Antes de que nadie hubiera oído hablar de mí, San Pedro era conocida como una increíble ciudad que daba más jugadores que ninguna otra a las Grandes Ligas. Tony Fernández, ganador de numerosos trofeos guante de oro con los Azulejos de Toronto, es de San Pedro. Pedro Guerrero, estrella de los Dodgers de Los Angeles es también de San Pedro. También son de San Pedro el ex Jugador Más Valioso de la Liga Americana, George Bell, y Rico Carty, quien fuese Campeón de Bateo de la Liga Nacional con los Bravos de Atlanta en 1970.

También el lanzador Joaquín Andújar, que ganó 20 juegos consecutivos con los Cardenales de San Luis en los años ochenta. Podría mencionar muchos más-podría formarse un equipo de primeras figuras integrado exclusivamente con oriundos de San Pedro.

Otra cosa por la que se conoce San Pedro es por la caña de azúcar. Los vendedores ambulantes venden la caña en las esquinas de las calles, cortada en pequeños pedazos empaquetados en unas bolsas de plástico que la gente compra por millares.

No hay nada parecido en el mundo. Pero almacenar ese dulce sabor y desarrollar un dulce pegar en el béisbol tiene un precio: mucho trabajo y sacrificio. Yo he pagado ese precio en mi vida. Así que regresar al lugar donde empecé es como volver al manantial para nutrirse.

Una vez allí visito a mi madre frecuentemente, en la casa que le compré-como le había prometido que haría cuando lograra alcanzar las Grandes Ligas. Pero sobre todo, regreso a San Pedro para entrenarme, ejercitarme y tomar mis turnos en la práctica de bateo. ¿Por qué? Porque no puedo concebir entrenar en otro lugar-aunque mis amigos americanos probablemente se sorprenderían de ver dónde me preparo para enfrentarme a Greg Maddux, Randy Johnson y Kevin Brown.

Es un parque donde jugaba de niño, el lugar donde mi amigo Héctor Peguero me vio por primera vez disparar un lanzamiento al jardín derecho como hago ahora en las Grandes Ligas. Mi hermano Luis me había llevado a Héctor, conocido en mi pueblo por saber mucho de béisbol. Héctor me miró, vio el poderío de mi brazo, se volvió hacia mi hermano y dijo: "Hay Comida"-lo que significaba que ese brazo podía pagar por mucha comida. Pero me estoy adelantando. Regresaré a esta historia más tarde.

A medida que nos acercamos al campo en San Pedro, me transporto en el tiempo. Cuando mi carro se acerca, contrasta con la sencillez de lo que nos rodea. Dando botes sobre una carretera de tierra que conduce a un deteriorado diamante de béisbol sin césped en el cuadro; cada vez que vengo presencio la misma escena. Corriendo a ambos lados del carro hay niños vestidos con camisetas manchadas y vaqueros cortados. Algunos gritan mi nombre: "¡Sammy! ¡Sammy!"

Llegando al terreno de juego, paro al lado de la cueva de tercera base. El terreno de juego es salvaje comparado con los diamantes de béisbol en Estados Unidos. Hay piedras por todo el cuadro. La hierba del jardín está dura y en parches. Las cuevas son de piedra y pintadas de verde, aunque la pintura está descascarada desde que yo era niño.

La malla para detener la pelota es una desvencijada cadena de hierro, y en realidad no hay gradas. El parque está en un modesto vecindario de gente trabajadora y está repleto de niños descalzos, como lo fui yo.

Hay mucha pobreza en mi país y ésta rodea el parque. Yo limpiaba zapatos cerca de aquí. Yo vivía cerca de aquí, en una casa con un dormitorio y piso de tierra, sin tuberías y sin baños. Ese tipo de vivienda no ha desaparecido con el transcurso del tiempo. La gente que siempre me espera en el parque de San Pedro continúa viviendo así. Ésta es mi gente.

Conocen mi rutina y se preparan para verme con ilusión. Igual que yo. Cuando me bajo del carro la gente se alegra, pero es respetuosa, se acercan pero no tocan, no me rodean en masa.

Una vez que llego a la cueva tengo que doblarme para evitar darme la cabeza con el techo. Entonces me pongo mi uniforme habitual: una camiseta azul oscura de los Cachorros, pantalón blanco con rayas azules y zapatos de béisbol azul oscuros.

Me vendo las muñecas como hago antes de cada juego en Wrigley y en todos los otros estadios de la Liga Nacional. Cuando estoy listo, mi viejo amigo Héctor me acompaña. Todavía sigue viviendo en San Pedro, y ayuda a los jóvenes a jugar correctamente a la pelota. Otras personas que me conocen desde niño también están allí. Pero no me llaman Sammy. Me llaman Mikey. Éste es un apodo que me puso mi abuela, que había escuchado el nombre en una novelita de televisión y decidió que a partir de ese momento yo sería Mikey. Hasta el día de hoy, mi madre me llama Mikey. Mis hermanos y hermanas me llaman Mikey. Todos mis viejos amigos me llaman Mikey. Y todo el mundo que viene al campo de juego de San Pedro para verme entrenar me llama también Mikey.

Es un apodo que está tan ligado a mí que se ha vuelto muy singular. Todo lo relacionado con mis visitas a San Pedro tienen algo de personal y especial. Una vez vestido como lo haría para cualquier práctica en el cuidado diamante de Wrigley, me encanta correr alrededor del rudimentario diamante de San Pedro. Siempre doy una vuelta alrededor del cuadrado y después del jardín-izquierdo, centro y derecho-y de vuelta por la línea de tercera base. Cuando termino mi trote, siempre hay una multitud reunida. La gente se coloca detrás de una larga cuerda detrás de la línea de tercera base o detrás de la corroída malla de alambre.

Entonces hago mi rutina de gimnasia con mis amigos de la misma manera que lo haría con mis compañeros de los Cachorros. A continuación hacemos ejercicios de velocidad en el jardín. A veces los hago con una serie de niños que corren conmigo. La gente siempre me pregunta cómo pude mantener la concentración durante la gran batalla de los jonrones en 1998, cuando mi amigo Mark McGwire y yo nos aproximábamos al récord de Roger Maris, y con la prensa siguiéndonos como un ejército. Lo que digo es lo que diría si alguien me pregunta cómo me puedo entrenar en serio con tanta gente alrededor: tengo el tipo de concentración que puede evadirme de todo y centrarme en lo que tengo que hacer.

Aquí en San Pedro entreno duro sin importarme cuántos jóvenes aparecen, cuántos adultos luchan por mi atención, me cuentan sus problemas, me piden ayuda o me tratan de involucrar en alguna idea o detalle que tienen necesidad de compartir conmigo. Así soy, adoro estar rodeado de gente.

Pronto llega la práctica del bateo. Saco mis bates y empiezo lentamente hasta que tomo impulso, estallando jonrones y golpes por la línea que volarían la cerca de cualquier campo de las Grandes Ligas. Cuando estoy listo para el bateo, el dorado sol de mi bella isla está en su momento más espectacular. Una de las cosas que más adoro de mi isla es el clima. Con raras excepciones, la temperatura es siempre de 85º F. Creo que si el Sr. Cachorros, Ernie Bank, viviera en República Dominicana diría: "Juguemos dos, o quizás tres, todos los días".

Hoy, unos meses antes del comienzo de la temporada del 2000, las pelotas vuelan, saltan de mi bate. Me siento fuerte al comienzo del nuevo año. Y me preparo para este año como para ningún otro, porque me siento en la cúspide de mi juego.

Después de pegar mis batazos, me encanta sentarme en una silla cerca del plato y ver a los chicos del vecindario, entusiasmados y vestidos con sus uniformes de béisbol colgando de sus delgados cuerpos, practicar el bateo. Sonrío al ver cómo los jóvenes bateadores y lanzadores dan un poquito más, mostrándome lo que saben. Les doy palabras de ánimo, porque en mi juventud el ánimo no era frecuente.

Mi madre siempre me enseñó que no cuesta nada ser amable con la gente, ser generoso con tu corazón. Y de veras que pasando el tiempo de esta manera, doy tanto como recibo. Después de cada entrenamiento me siento bien y me encanta detenerme a hablar con la gente. Uno a uno se me acercan: hombres y mujeres que traen a sus niños, todos a mi alrededor posando para una foto. Hay viejos amigos que me conocían de joven y hablan de los viejos tiempos y se ríen conmigo. Sí, he posado para innumerables fotos este pasado invierno.

Esos momentos me llenan de satisfacción, porque aún me veo a mí mismo como siempre me he visto: como un ser humano, ni mejor ni peor que los demás. Creo que es por estos sentimientos y creencias por lo que la gente se siente atraída a mí. Pero lo que hoy soy, se lo debo a mi madre. Trato bien a las personas porque así me educó ella. Trabajo duro y doy lo mejor porque la vi a ella darlo todo cada día de su vida-y a ella no le pagaban millones de dólares por hacerlo. Y estoy agradecido por todo lo que tengo, porque en esta vida todo termina menos Dios-por eso hay que ser humilde y agradecido. Yo lo soy.

Se dice que los deportistas se han alejado de sus seguidores por todo el dinero que ganan. A mi modesta manera, me gustaría pensar que estoy probando que no siempre tiene que ser así.

Pronto llega la hora de regresar a casa. Cuando llegamos a la carretera, estoy todo sudado aunque mi entrenamiento no termina ahí. Como muchos jugadores de béisbol soy ave nocturna; me acuesto tarde y me levanto tarde. A veces, a la una o a las dos de la medrugada estoy en el gimnasio de mi casa preparando mi cuerpo para los rigores de la temporada de 162 juegos.

A medida que se aproxima la temporada del 2000, mis entrenamientos se vuelven más rigurosos, mi concentración más encauzada. No voy a predecir 60 jonrones ni nada por el estilo esta temporada, pero en estos momentos espero mucho de mí. Estoy en mi mejor momento. De regreso a Santo Domingo paso mucho tiempo lidiando con la apretadísima agenda que traen los muchos compromisos.

Los principales son los compromisos con mi patria, una responsabilidad que me tomo muy pero muy en serio. He hecho anuncios ensalzando a la República Dominicana por su belleza como destino turístico. He establecido una fundación que ayuda a las familias dominicanas más necesitadas. Es un trabajo de 24 horas, porque en mi país hay muchas dificultades.

Tengo otra fundación en mi país de adopción: Estados Unidos. Es lo mínimo que puedo hacer, porque Estados Unidos se ha portado muy bien conmigo a través de los años. ¿Cuántas personas tienen la oportunidad de conocer al Presidente de los Estados Unidos y de encender el árbol de navidad nacional en la Casa Blanca y más tarde ser citado durante el discurso del Estado de la Unión? Me sorprende pensar que haya podido hacer todas esas cosas. Sí, sin duda quiero los Estados Unidos.

La luz de mi vida es mi esposa y mis cuatro hijos, que dependen de mí como marido y padre. Cuando regreso al hogar todos me esperan, junto con mis cinco hermanos y hermanas, que vienen a casa como si estuvieran en la suya. Así nos enseñó mi madre, a amarnos y a compartir los unos con los otros. Poder ayudarles a todos hoy en día a vivir mejor es una de las satisfacciones de mi vida. Todo ese amor me aguarda mientras doblo por la avenida que me conduce de regreso a casa.

Hubo un tiempo en el que no podía ni comprar un billete de ómnibus desde San Pedro hasta Santo Domingo; ahora voy y vengo entre los dos hogares-los dos extremos en mi vida-como si fuera un rey. Ha sido una larga travesía llegar a donde hoy estoy. Siempre pensé que llegaría, lo que no sabía era cómo. La travesía aún no ha terminado, claro está. Todavía queda mucho por recorrer. Pero a veces no puedo creer donde estoy, tan lejos de San Pedro, del lugar donde comencé, donde todo el mundo me conocía como Mikey.

Copyright (c) 2000 por Sammy Sosa"

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First Chapter

El Viaje
La gente siempre me pregunta cómo me mantengo en forma durante el invierno cuando estoy en mi país, la República Dominicana. ¿Tengo un gimnasio en casa? ¿Contrato a un entrenador personal? ¿Practico en un diamante construido especialmente para mí con los últimos adelantos técnicos? Te puedes permitir esos lujos, me dice la gente.
Pero déjenme contarles mi secreto. Tres días a la semana, después de la temporada, salgo de casa temprano por la tarde y me encamino a un sitio especial, el lugar donde me preparo para la siguiente temporada. En este peregrinaje me acompañan mis bates, mi uniforme de los Cachorros de Chicago y todo lo necesario para practicar el arte de pegar a la pelota-una habilidad que me ha traído tanta fortuna y me ha permitido conocer a tanta gente maravillosa.
Para dar las gracias a todos ustedes que me han animado y llenado la vida con tanta alegría, les escribo este libro y los invito a este viaje. Confío en que cuando juntos lo completemos no quedará ninguna duda sobre quién soy y cómo soy.
Hago este viaje (ya les diré pronto hacia dónde) para recordarme a mí mismo de dónde provengo, qué es lo que me da fuerza y qué cosas me han hecho quien soy. Y cada vez que lo realizo, este recorrido se convierte en una celebración, no de jonrones y millones de dólares, sino de fe.
De hecho, mi vida es una celebración de la fe; fe en mis habilidades como jugador de pelota cuando ningún equipo me quería, fe en Dios cuando mi familia y yo teníamos hambre y estábamos sin un centavo. Fe en la persona más importante y más querida de mi vida: mi bendita madre, Mireya.
Alabo su nombre, me toco el corazón y le envío un beso directamente a través de las cámaras de televisión cada vez que logro un jonrón. Ese sencillo gesto es como mi distintivo, algo de lo que se habla mucho en los periódicos y en las revistas. En todos esos artículos y en la televisión siempre digo lo mismo: "Te quiero mamá".
Ese amor me ha sustentado toda la vida, desde aquel lugar que visito una y otra vez-primero cuando era un niño descalzo, ahora como una persona afortunada. Es un pueblo muy conocido para los seguidores del béisbol: San Pedro de Macorís, una ciudad de esperanza y 200.000 habitantes. Antes de que nadie hubiera oído hablar de mí, San Pedro era conocida como una increíble ciudad que daba más jugadores que ninguna otra a las Grandes Ligas. Tony Fernández, ganador de numerosos trofeos guante de oro con los Azulejos de Toronto, es de San Pedro. Pedro Guerrero, estrella de los Dodgers de Los Angeles es también de San Pedro. También son de San Pedro el ex Jugador Más Valioso de la Liga Americana, George Bell, y Rico Carty, quien fuese Campeón de Bateo de la Liga Nacional con los Bravos de Atlanta en 1970.
También el lanzador Joaquín Andújar, que ganó 20 juegos consecutivos con los Cardenales de San Luis en los años ochenta. Podría mencionar muchos más-podría formarse un equipo de primeras figuras integrado exclusivamente con oriundos de San Pedro.
Otra cosa por la que se conoce San Pedro es por la caña de azúcar. Los vendedores ambulantes venden la caña en las esquinas de las calles, cortada en pequeños pedazos empaquetados en unas bolsas de plástico que la gente compra por millares.
No hay nada parecido en el mundo. Pero almacenar ese dulce sabor y desarrollar un dulce pegar en el béisbol tiene un precio: mucho trabajo y sacrificio. Yo he pagado ese precio en mi vida. Así que regresar al lugar donde empecé es como volver al manantial para nutrirse.
Una vez allí visito a mi madre frecuentemente, en la casa que le compré-como le había prometido que haría cuando lograra alcanzar las Grandes Ligas. Pero sobre todo, regreso a San Pedro para entrenarme, ejercitarme y tomar mis turnos en la práctica de bateo. ¿Por qué? Porque no puedo concebir entrenar en otro lugar-aunque mis amigos americanos probablemente se sorprenderían de ver dónde me preparo para enfrentarme a Greg Maddux, Randy Johnson y Kevin Brown.
Es un parque donde jugaba de niño, el lugar donde mi amigo Héctor Peguero me vio por primera vez disparar un lanzamiento al jardín derecho como hago ahora en las Grandes Ligas. Mi hermano Luis me había llevado a Héctor, conocido en mi pueblo por saber mucho de béisbol. Héctor me miró, vio el poderío de mi brazo, se volvió hacia mi hermano y dijo: "Hay Comida"-lo que significaba que ese brazo podía pagar por mucha comida. Pero me estoy adelantando. Regresaré a esta historia más tarde.
A medida que nos acercamos al campo en San Pedro, me transporto en el tiempo. Cuando mi carro se acerca, contrasta con la sencillez de lo que nos rodea. Dando botes sobre una carretera de tierra que conduce a un deteriorado diamante de béisbol sin césped en el cuadro; cada vez que vengo presencio la misma escena. Corriendo a ambos lados del carro hay niños vestidos con camisetas manchadas y vaqueros cortados. Algunos gritan mi nombre: "¡Sammy! ¡Sammy!"
Llegando al terreno de juego, paro al lado de la cueva de tercera base. El terreno de juego es salvaje comparado con los diamantes de béisbol en Estados Unidos. Hay piedras por todo el cuadro. La hierba del jardín está dura y en parches. Las cuevas son de piedra y pintadas de verde, aunque la pintura está descascarada desde que yo era niño.
La malla para detener la pelota es una desvencijada cadena de hierro, y en realidad no hay gradas. El parque está en un modesto vecindario de gente trabajadora y está repleto de niños descalzos, como lo fui yo.
Hay mucha pobreza en mi país y ésta rodea el parque. Yo limpiaba zapatos cerca de aquí. Yo vivía cerca de aquí, en una casa con un dormitorio y piso de tierra, sin tuberías y sin baños. Ese tipo de vivienda no ha desaparecido con el transcurso del tiempo. La gente que siempre me espera en el parque de San Pedro continúa viviendo así. Ésta es mi gente.
Conocen mi rutina y se preparan para verme con ilusión. Igual que yo. Cuando me bajo del carro la gente se alegra, pero es respetuosa, se acercan pero no tocan, no me rodean en masa.
Una vez que llego a la cueva tengo que doblarme para evitar darme la cabeza con el techo. Entonces me pongo mi uniforme habitual: una camiseta azul oscura de los Cachorros, pantalón blanco con rayas azules y zapatos de béisbol azul oscuros.
Me vendo las muñecas como hago antes de cada juego en Wrigley y en todos los otros estadios de la Liga Nacional. Cuando estoy listo, mi viejo amigo Héctor me acompaña. Todavía sigue viviendo en San Pedro, y ayuda a los jóvenes a jugar correctamente a la pelota. Otras personas que me conocen desde niño también están allí. Pero no me llaman Sammy. Me llaman Mikey. Éste es un apodo que me puso mi abuela, que había escuchado el nombre en una novelita de televisión y decidió que a partir de ese momento yo sería Mikey. Hasta el día de hoy, mi madre me llama Mikey. Mis hermanos y hermanas me llaman Mikey. Todos mis viejos amigos me llaman Mikey. Y todo el mundo que viene al campo de juego de San Pedro para verme entrenar me llama también Mikey.
Es un apodo que está tan ligado a mí que se ha vuelto muy singular. Todo lo relacionado con mis visitas a San Pedro tienen algo de personal y especial. Una vez vestido como lo haría para cualquier práctica en el cuidado diamante de Wrigley, me encanta correr alrededor del rudimentario diamante de San Pedro. Siempre doy una vuelta alrededor del cuadrado y después del jardín-izquierdo, centro y derecho-y de vuelta por la línea de tercera base. Cuando termino mi trote, siempre hay una multitud reunida. La gente se coloca detrás de una larga cuerda detrás de la línea de tercera base o detrás de la corroída malla de alambre.
Entonces hago mi rutina de gimnasia con mis amigos de la misma manera que lo haría con mis compañeros de los Cachorros. A continuación hacemos ejercicios de velocidad en el jardín. A veces los hago con una serie de niños que corren conmigo. La gente siempre me pregunta cómo pude mantener la concentración durante la gran batalla de los jonrones en 1998, cuando mi amigo Mark McGwire y yo nos aproximábamos al récord de Roger Maris, y con la prensa siguiéndonos como un ejército. Lo que digo es lo que diría si alguien me pregunta cómo me puedo entrenar en serio con tanta gente alrededor: tengo el tipo de concentración que puede evadirme de todo y centrarme en lo que tengo que hacer.
Aquí en San Pedro entreno duro sin importarme cuántos jóvenes aparecen, cuántos adultos luchan por mi atención, me cuentan sus problemas, me piden ayuda o me tratan de involucrar en alguna idea o detalle que tienen necesidad de compartir conmigo. Así soy, adoro estar rodeado de gente.
Pronto llega la práctica del bateo. Saco mis bates y empiezo lentamente hasta que tomo impulso, estallando jonrones y golpes por la línea que volarían la cerca de cualquier campo de las Grandes Ligas. Cuando estoy listo para el bateo, el dorado sol de mi bella isla está en su momento más espectacular. Una de las cosas que más adoro de mi isla es el clima. Con raras excepciones, la temperatura es siempre de 85º F. Creo que si el Sr. Cachorros, Ernie Bank, viviera en República Dominicana diría: "Juguemos dos, o quizás tres, todos los días".
Hoy, unos meses antes del comienzo de la temporada del 2000, las pelotas vuelan, saltan de mi bate. Me siento fuerte al comienzo del nuevo año. Y me preparo para este año como para ningún otro, porque me siento en la cúspide de mi juego.
Después de pegar mis batazos, me encanta sentarme en una silla cerca del plato y ver a los chicos del vecindario, entusiasmados y vestidos con sus uniformes de béisbol colgando de sus delgados cuerpos, practicar el bateo. Sonrío al ver cómo los jóvenes bateadores y lanzadores dan un poquito más, mostrándome lo que saben. Les doy palabras de ánimo, porque en mi juventud el ánimo no era frecuente.
Mi madre siempre me enseñó que no cuesta nada ser amable con la gente, ser generoso con tu corazón. Y de veras que pasando el tiempo de esta manera, doy tanto como recibo. Después de cada entrenamiento me siento bien y me encanta detenerme a hablar con la gente. Uno a uno se me acercan: hombres y mujeres que traen a sus niños, todos a mi alrededor posando para una foto. Hay viejos amigos que me conocían de joven y hablan de los viejos tiempos y se ríen conmigo. Sí, he posado para innumerables fotos este pasado invierno.
Esos momentos me llenan de satisfacción, porque aún me veo a mí mismo como siempre me he visto: como un ser humano, ni mejor ni peor que los demás. Creo que es por estos sentimientos y creencias por lo que la gente se siente atraída a mí. Pero lo que hoy soy, se lo debo a mi madre. Trato bien a las personas porque así me educó ella. Trabajo duro y doy lo mejor porque la vi a ella darlo todo cada día de su vida-y a ella no le pagaban millones de dólares por hacerlo. Y estoy agradecido por todo lo que tengo, porque en esta vida todo termina menos Dios-por eso hay que ser humilde y agradecido. Yo lo soy.
Se dice que los deportistas se han alejado de sus seguidores por todo el dinero que ganan. A mi modesta manera, me gustaría pensar que estoy probando que no siempre tiene que ser así.
Pronto llega la hora de regresar a casa. Cuando llegamos a la carretera, estoy todo sudado aunque mi entrenamiento no termina ahí. Como muchos jugadores de béisbol soy ave nocturna; me acuesto tarde y me levanto tarde. A veces, a la una o a las dos de la medrugada estoy en el gimnasio de mi casa preparando mi cuerpo para los rigores de la temporada de 162 juegos.
A medida que se aproxima la temporada del 2000, mis entrenamientos se vuelven más rigurosos, mi concentración más encauzada. No voy a predecir 60 jonrones ni nada por el estilo esta temporada, pero en estos momentos espero mucho de mí. Estoy en mi mejor momento. De regreso a Santo Domingo paso mucho tiempo lidiando con la apretadísima agenda que traen los muchos compromisos.
Los principales son los compromisos con mi patria, una responsabilidad que me tomo muy pero muy en serio. He hecho anuncios ensalzando a la República Dominicana por su belleza como destino turístico. He establecido una fundación que ayuda a las familias dominicanas más necesitadas. Es un trabajo de 24 horas, porque en mi país hay muchas dificultades.
Tengo otra fundación en mi país de adopción: Estados Unidos. Es lo mínimo que puedo hacer, porque Estados Unidos se ha portado muy bien conmigo a través de los años. ¿Cuántas personas tienen la oportunidad de conocer al Presidente de los Estados Unidos y de encender el árbol de navidad nacional en la Casa Blanca y más tarde ser citado durante el discurso del Estado de la Unión? Me sorprende pensar que haya podido hacer todas esas cosas. Sí, sin duda quiero los Estados Unidos.
La luz de mi vida es mi esposa y mis cuatro hijos, que dependen de mí como marido y padre. Cuando regreso al hogar todos me esperan, junto con mis cinco hermanos y hermanas, que vienen a casa como si estuvieran en la suya. Así nos enseñó mi madre, a amarnos y a compartir los unos con los otros. Poder ayudarles a todos hoy en día a vivir mejor es una de las satisfacciones de mi vida. Todo ese amor me aguarda mientras doblo por la avenida que me conduce de regreso a casa.
Hubo un tiempo en el que no podía ni comprar un billete de ómnibus desde San Pedro hasta Santo Domingo; ahora voy y vengo entre los dos hogares-los dos extremos en mi vida-como si fuera un rey. Ha sido una larga travesía llegar a donde hoy estoy. Siempre pensé que llegaría, lo que no sabía era cómo. La travesía aún no ha terminado, claro está. Todavía queda mucho por recorrer. Pero a veces no puedo creer donde estoy, tan lejos de San Pedro, del lugar donde comencé, donde todo el mundo me conocía como Mikey.
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    Posted October 8, 2013

    SAMMY SAMMY SAMMY

    Sammy sosa is a awesome

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