Abencerraje

Abencerraje

by Antonio de Villegas, Antonio De Villegas

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Product Details

ISBN-13: 9788498168426
Publisher: Linkgua
Publication date: 01/01/2007
Pages: 32
Product dimensions: 5.50(w) x 8.50(h) x 0.12(d)

About the Author

Antonio de Villegas (Medina del Campo, Valladolid, c. 1522-c. 1551). Espa�a. Junto con Gregorio Silvestre y otros disc�pulos de Crist�bal de Castillejo se opuso a las tendencias italianizantes de la poes�a de su �poca. Escribi� obras en verso y en prosa, reunidas en Inventario (1565), que incluye la Historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa, primera novela morisca, escrita hacia 1551 (cuya autor�a no todos atribuyen a Villegas). El Inventario incluye tambi�n Ausencia y soledad de amor, breve novela pastoril, y varios poemas (Historia de P�ramo, Contienda de �yax).

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El Abencerraje


By Antonio de Villegas

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
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ISBN: 978-84-9816-842-6



CHAPTER 1

EL ABENCERRAJE


En Medina del Campo impreso por Francisco del Canto. Año de M.D.L.X.V.


Con Privilegio.


Vendese en Medina del Campo, en casa de Mateo del Canto.


De Antonio de Villegas, dirigido a la Majestad Real del rey don Felipe, nuestro señor.

Año de M.D.L.X.V.


Este es un vivo retrato de virtud, liberalidad, esfuerzo, gentileza y lealtad, compuesto de Rodrigo de Narváez, y el Abencerraje, y Jarifa, su padre, y el rey de Granada del cual, aunque los dos formaron y dibujaron todo el cuerpo, los demás no dejaron de ilustrar la tabla, y dar algunos rasguños en ella. Y como el precioso diamante engastado en oro, o en plata, o en plomo, siempre tiene su justo y cierto valor, por los quilates de su oriente: así la virtud en cualquier dañado sujeto que asiente, resplandece y muestra sus accidentes: bien que la esencia y efecto de ella es como el grano que cayendo en la buena tierra, se acrescien ta, y en la mala se perdió.


Dice el cuento, que en tiempo del infante don Fernando, que ganó a Antequera, fue un caballero que se llamó Rodrigo de Narváez, notable en virtud, y hechos de armas. Este peleando contra moros hizo cosas de mucho esfuerzo: y particularmente en aquella empresa, y guerra de Antequera hizo hechos dignos de perpetua memoria: sino que esta nuestra España tiene en tan poco el esfuerzo (por serle tan natural y ordinario) que le parece, que cuanto se puede hacer es poco: no como aquellos Romanos, y Griegos, que al hombre que se aventuraba a morir una vez en toda la vida le hacían en sus escritos inmortal, y le trasladaban en las estrellas. Hizo pues este caballero tanto en servicio de su ley, y de su rey, que después de ganada la villa, le hizo alcaide de ella: para que pues había sido tanta parte en ganalla lo fuese en defendella. Hizole también alcaide de Alora, de suerte que tenía a cargo ambas fuerzas, repartiendo el tiempo en ambas partes, y acudiendo siempre a la mayor necesidad. Lo más ordinario residía en Alora, y allí tenía cincuenta escuderos hijosdalgo a los gages del rey, para la defensa y seguridad de la fuerza: y este número nunca faltaba, como los inmortales del rey Darío, que en muriendo uno, ponían otro en su lugar. Tenían todos ellos tanta fe y fuerza en la virtud de su capitán, que ninguna empresa se les hacía difícil: y así no dejaban de ofender a sus enemigos, y defenderse dellos, y en todas las escaramuzas que entraban salían vencedores, en lo cual ganaban honra y provecho, de que andaban siempre ricos. Pues una noche acabando de cenar, que hacía el tiempo muy sosegado, el alcaide dijo a todos ellos estas palabras:

cosas, el uno de ellos dijo:

— Paréceme hijosdalgo (señores y hermanos míos) que ninguna cosa despierta tanto los corazones de los hombres, como el continuo ejercicio de las armas: porque con él se cobra experiencia en las propias, y se pierde miedo a las ajenas. Y desto no hay para que yo traya testigos de fuera: porque vosotros sois verdaderos testimonios. Digo esto, porque han pasado muchos días que no hemos hecho cosa que nuestros nombres acreciente, y sería dar yo mala cuenta de mí y de mi oficio, si teniendo a cargo tan virtuosa gente y valiente compañía dejase pasar el tiempo en balde. Paréceme (si os parece) pues la claridad y seguridad de la noche nos convida, que será bien dar a entender a nuestros enemigos, que los valedores de Alora no duermen. Yo os he dicho mi voluntad, hagase lo que os pareciese.

Ellos respondieron, que ordenase, que todos le seguirían. Y nombrando nueve dellos, los hizo armar: y siendo armados, salieron por una puerta falsa que la fortaleza tenía, por no ser sentidos: porque la fortaleza quedase a buen recado. Y yendo por su camino adelante; hallaron otro que se dividía en dos.

El alcaide les dijo:

— Ya podría ser, que yendo todos por este camino, se nos fuese la caza por este otro. Vosotros cinco os id por el uno, yo con estos cuatro me iré por el otro: y si acaso los unos toparen enemigos que no basten a vencer, toque uno su cuerno, y a la señal acudirán los otros en su ayuda.

Yendo los cinco escuderos por su camino adelante, hablando en diversas cosas, el uno de ellos dijo:

— Teneos compañeros, que o yo me engaño, o viene gente. Y metiéndose entre una arboleda, que junto al camino se hacía, oyeron ruido. Y mirando con más atención, vieron venir por donde ellos iban un gentil moro en un caballo ruano: él era grande de cuerpo, y hermoso de rostro, y parecía muy bien a caballo. Traya vestida una marlota de carmesí, y un albornoz de damasco de el mismo color, todo bordado de oro y plata. Traya el brazo derecho regazado y labrada en él una hermosa dama, y en la mano una gruesa y hermosa lanza de dos hierros. Traya una darga y cimitarra, y en la cabeza una toca tunecí, que dándole muchas vueltas por ella, le servía de hermosura y defensa de su persona. En este hábito venía el moro, mostrando gentil continente: y cantando un cantar que él compuso en la dulce membranza de sus amores, que decía:

Nacido en Granada,
criado en Cartama:
enamorado en Coyn,
frontero de Alora.


Aunque a la música faltaba el arte, no faltaba al moro contentamiento: y como traya el corazón enamorado, a todo lo que decía daba buena gracia. Los escuderos transportados en verle, erraron poco de dejarle pasar, hasta que dieron sobre él. Él viéndose salteado, con ánimo gentil volvió por sí, y estuvo por ver lo que harían. Luego de los cinco escuderos los cuatro se apartaron, y el uno le acometió: mas como el moro sabía más de aquel menester, de una lanzada dio con él y con su caballo en el suelo. Visto esto de los cuatro que quedaban los tres le acometieron, pareciéndoles muy fuerte: de manera que ya contra el moro eran tres cristianos, que cada uno bastaba para diez moros, y todos juntos no podían con este solo. Allí se vio en gran peligro: porque se le quebró la lanza, y los escuderos le daban mucha prisa: mas fingiendo que huya, puso las piernas a su caballo, y arremetió al escudero que derribara: y como una ave se colgó de la silla, y le tomó su lanza, con la cual volvió a hacer rostro a sus enemigos, que le iban siguiendo (pensando que huya) y diose tan buena maña que a poco rato tenía de los tres los dos en el suelo. El otro que quedaba, viendo la necesidad de sus compañeros, tocó el cuerno, y fue a ayudarlos. Aquí se trabó fuertemente la escaramuza: porque ellos estaban afrontados de ver que un caballero les duraba tanto, y a él le iba más que la vida en defenderse dellos. A esta hora le dio uno de los dos escuderos una lanzada en un muslo, que a no ser el golpe en soslayo, se le pasara todo. Él con rabia de verse herido, volvió por sí: y diole una lanzada, que dio con él y con su caballo muy mal herido en tierra.

Rodrigo de Narváez, barruntando la necesidad en que sus compañeros estaban, atravesó el camino, y como traya mejor caballo se adelantó: y viendo la valentía del moro quedó espantado porque de los cinco escuderos tenía los cuatro en el suelo y el otro casi al mismo punto. Él le dijo:

— Moro vente a mí, y si tú me vences yo te aseguro de los demás.

Y comenzaron a trabar brava escaramuza: mas como el alcaide venía de refresco, y el moro y su caballo estaban heridos, dábale tanta prisa, que no podía mantenerse: mas viendo que en sola esta batalla le iba la vida y contentamiento, dio una lanzada a Rodrigo de Narváez, que a no tomar el golpe en su darga, le hubiera muerto. Él en recibiendo el golpe, arremetió a él, y diole una herida en el brazo derecho, y cerrando luego con él, le trabó a brazos: y sacándole de la silla, dio con él en el suelo. Y yendo sobre él, le dijo:

— Caballero, date por vencido, si no matarte he.

— Matarme bien podrás — dijo el moro —, que en tu poder me tienes: mas no podrá vencerme, sino quien una vez me venció.

El alcaide no paró en el misterio con que se decían estas palabras, y usando en aquel punto de su acostumbrada virtud, le ayudó a levantar porque de la herida que le dio el escudero en el muslo, y de la del brazo, aunque no eran grandes, y del gran cansancio y caída, quedó quebrantado: y tomando de los escuderos aparejo, le ligó las heridas. Y hecho esto, le hizo subir en un caballo de un escudero, porque el suyo estaba herido: y volvieron el camino de Alora. Y yendo por él adelante hablando en la buena disposición y valentía del moro, él dio un grande y profundo suspiro: y habló algunas palabras en algaravía, que ninguno entendió. Rodrigo de Narváez iba mirando su buen talle y disposición, acordábasele de lo que le vio hacer: y parecíale que tan gran tristeza en ánimo tan fuerte no podía proceder de sola la causa que allí parecía. Y por informarse de él, le dijo:

— Caballero, mirad que el prisionero que en la prisión pierde el ánimo, aventura el derecho de la libertad. Mirad que en la guerra los caballeros han de ganar y perder: porque los más de sus trances están sujetos a la fortuna: y parece flaqueza que quien hasta aquí ha dado tan buena muestra de su esfuerzo, la de ahora tan mala. ¿Si suspiráis del dolor de las llagas, a lugar váis do seréis bien curado? Si os duele la prisión jornadas son de guerra a que están sujetos cuantos la siguen. Y si tenéis otro dolor secreto fialde de mí, que yo os prometo como hijodalgo de hacer por remediarle lo que en mí fuere.

El moro, levantando el rostro, que en el suelo tenía, le dijo:

— ¿Cómo os llamáis caballero que tanto sentimiento mostráis de mi mal?

Él le dijo:

— A mí llaman Rodrigo de Narváez, soy alcaide de Antequera y Alora.

El moro tornando el semblante algo alegre, le dijo:

— Por cierto ahora pierdo parte de mi queja: pues ya que mi fortuna me fue adversa, me puso en vuestras manos, que aunque nunca os vi, sino ahora gran noticia tengo de vuestra virtud y experiencia de vuestro esfuerzo: y porque no os parezca que el dolor de las heridas me hace suspirar y también porque me parece, que en vos cabe cualquier secreto, mandad apartar vuestros escuderos, y hablaros he dos palabras.

El alcaide los hizo apartar: y quedando solos el moro arrancando un gran suspiro, le dijo:

— Rodrigo de Narváez, alcaide tan nombrado de Alora, estate atento a lo que te dijere, y verás si bastan los casos de mi fortuna a derribar un corazón de un hombre cautivo. A mí llaman Abindarraez el mozo, a diferencia de un tío mío hermano de mi padre, que tiene el mismo nombre. Soy de los Abencerrajes de Granada, de los cuales muchas veces habrás oído decir: y aunque me bastaba la lástima presente, sin acordar las pasadas, todavía te quiero contar esto.

Hubo en Granada un linaje de caballeros, que llamaban los Abencerrajes, que eran flor de todo aquel reino: porque en gentileza de sus personas, buena gracia, disposición, y gran esfuerzo, hacían ventaja a todos los demás, eran muy estimados del rey y de todos los caballeros, y muy amados y quistos de la gente comun. En todas las escaramuzas que entraban, salían vencedores: y en todos los regocijos de caballería se señalaban. Ellos inventaban las galas y los trajes. De manera que se podía bien decir, que en ejercicio de paz y de guerra, eran regla y ley de todo el reino. Dícese, que nunca hubo Abencerraje escaso, ni cobarde, ni de mala disposición. No se tenía por Abencerraje el que no servía dama, ni se tenía por dama la que no tenía Abencerraje por servidor. Quiso la fortuna enemiga de su bien, que de esta excelencia cayesen de la manera que oirás. El rey de Granada hizo a dos de estos caballeros, los que más valían, un notable e injusto agravio, movido de falsa información, que contra ellos tuvo. Y quisose decir (aunque yo no lo creo) que estos dos, y a su instancia otros diez, se conjuraron de matar al rey: y dividir el reino entre sí, vengando su injuria. Esta conjuración, siendo verdadera, o falsa, fue descubierta: y por no escandalizar el rey el reino, que tanto los amaba, los hizo a todos una noche degollar: porque a dilatar la injusticia, no fuera poderoso de hacella. Ofrecieronse al rey grandes rescates por sus vidas: mas él aun escuchallo no quiso. Cuando la gente se vio sin esperanza de sus vidas, comenzó de nuevo a llorarlos. Llorábanlos los padres que los engendraron, y las madres que los parieron; llorábanlos las damas a quien servían, y los caballeros con quien se acompañaban. Y toda la gente común alzaba un tan grande y continuo alarido, como si la ciudad se entrara de enemigos: de manera que si a precio de lágrimas se hubieran de comprar sus vidas, no murieran los Abencerrajes tan miserablemente. Vees aquí en lo que acabó tan esclarecido linaje, y tan principales caballeros como en él había: considera cuánto tarda la fortuna en subir un hombre y cuán presto le derriba. Cuánto tarda en crecer un árbol, y cuán presto va al fuego. Con cuánta dificultad se edifica una casa, y con cuánta brevedad se quema. Cuántos podrían escarmentar en las cabezas destos desdichados: pues tan sin culpa padecieron con público pregón, siendo tantos y tales y estando en el favor del mismo rey, sus casas fueron derribadas, sus heredades enajenadas: y su nombre dado en el reino por traidor. Resultó deste infelice caso, que ningún Abencerraje pudiese vivir en Granada, salvo mi padre y un tío mío que hallaron inocentes deste delito: a condición, que los hijos que les naciesen envíasen a criar fuera de la ciudad: para que no volviesen a ella, y las hijas casasen fuera del reino.

Rodrigo de Narváez, que estaba mirando con cuanta pasión le contaba su desdicha, le dijo:

— Por cierto caballero, vuestro cuento es extraño, y la sinrazón que a los Abencerrajes se hizo fue grande, porque no es de creer que siendo ellos tales cometiesen traición.

Es como yo lo digo, dijo él:

— Y aguardad más y veréis como desde allí todos los Abencerrajes deprendimos a ser desdichados.

Yo salí al mundo del vientre de mi madre y por cumplir mi padre el mandamiento del rey, enviome a Cartama al alcaide que en ella estaba, con quien tenía estrecha amistad. Este tenía una hija, casi de mi edad, a quien amaba más que a sí: porque allende de ser sola y hermosísima, le costó la mujer que murió de su parto. Esta, y yo, en nuestra niñez, siempre nos tuvimos por hermanos (porque así nos oíamos llamar). Nunca me acuerdo haber pasado hora que no estuviésemos juntos. Juntos nos criaron, juntos andábamos, juntos comíamos y bebíamos. Naciónos desta conformidad un natural amor que fue siempre creciendo con nuestras edades. Acuerdome que entrando una siesta en la huerta, que dicen de los jazmines, la hallé sentada junto a la fuente, componiendo su hermosa cabeza. Mirela vencido de su hermosura, y pareciome a Salmacis: y dije entre mí:

— O quien fuera Trocho para parecer ante esta hermosa diosa.

No sé cómo me pesó de que fuese mi hermana: y no aguardando más fuime a ella: y cuando me vio, con los brazos abiertos me salió a recibir, y sentándome junto a sí, me dijo:

— ¿Hermano, cómo me dejastes tanto tiempo sola?

Yo la respondí, señora mía:

— Porque ha gran rato que os busco, y nunca hallé quién me dijese do estábades, hasta que mi corazón me lo dijo: Mas decidme ahora, ¿qué certinidad tenéis vos de que seamos hermanos?

— Yo — dijo ella —, no otra, más del grande amor que te tengo, y ver que todos nos llaman hermanos.

— ¿Y si no lo fuéramos — dije yo —, quisiérasme tanto?

— No ves — dijo ella —, que a no serlo, no nos dejará mi padre andar siempre juntos y solos.

— Pues si ese bien me habían de quitar — dije yo —, más quiero el mal que tengo.

Entonces ella encendiendo su hermoso rostro en color, me dijo:

— ¿Y qué pierdes tú en que seamos hermanos?

— Pierdo a mí y a vos — dije yo.

— Yo no te entiendo — dijo ella —, más a mí me parece que solo serlo, nos obliga a amarnos naturalmente. A mí, sola vuestra hermosura me obliga, que antes esa hermandad parece que me resfría algunas veces.

Y con esto bajando mis ojos, de empacho de lo que le dije, vila en las aguas de la fuente al propio como ella era: de suerte que donde quiera que volvía la cabeza hallaba su imagen, y en mis entrañas la más verdadera. Y decíame yo a mí mismo (y pesárame que alguno me lo oyera):

— ¡Si yo me anegase ahora en esta fuente, donde veo a mi señora, cuánto más desculpado moriría yo que Narciso! ¡Y si ella me amase como yo la amo, que dichoso sería yo! Y si la fortuna nos permitiese vivir siempre juntos, que sabrosa vida sería la mía.


(Continues...)

Excerpted from El Abencerraje by Antonio de Villegas. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 7,
EL ABENCERRAJE, 9,
LIBROS A LA CARTA, 31,

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