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Comentario Biblico Matthew Henry: Obra completa sin abreviar-13 tomos en 1
     

Comentario Biblico Matthew Henry: Obra completa sin abreviar-13 tomos en 1

by Matthew Henry, Francisco Lacueva
 

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Considered by many to be the best Biblical Commentary, this Spanish edition has been updated by some of the best know contemporary commentators. This one volume edition contains more than 2,000 pages.

Overview

Considered by many to be the best Biblical Commentary, this Spanish edition has been updated by some of the best know contemporary commentators. This one volume edition contains more than 2,000 pages.

Product Details

ISBN-13:
9788482670942
Publisher:
Zondervan
Publication date:
12/01/2007
Pages:
2016
Product dimensions:
8.20(w) x 11.10(h) x 2.80(d)
Age Range:
18 Years

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COMMENTARIO BÍBLICO DE MATTHEW HENRY


By Francisco Lacueva

Zondervan

Copyright © 1999 Editorial CLIE
All right reserved.

ISBN: 978-84-8267-094-2


Chapter One

GÉNESIS

EL PRIMER LIBRO DE MOISÉS, LLAMADO GÉNESIS

Tenemos ante nosotros la Santa Biblia. La llamamos el libro, por ser sin comparación, el mejor libro que se ha escrito, el libro de los libros. La llamamos el libro santo, porque fue escrito por hombres santos, e inspirado por el Espíritu Santo. Las grandezas de la ley de Dios y del Evangelio están aquí escritas para nosotros, a fin de que puedan ser transmitidas a distantes lugares y épocas con mayor pureza e integridad que las que sería posible obtener por un mero informe o por tradición. Esta es la «lámpara que alumbra en un lugar oscuro» (2 P. 1:19), y ciertamente sería este mundo un lugar oscuro sin la Biblia.

Comenzaremos por aquella parte de la Biblia que llamamos el Antiguo Testamento. Se llama testamento, o pacto (gr. diatheke), porque es una declaración inalterable de la voluntad de Dios con relación al hombre de un modo federal, y tiene toda su fuerza por virtud de la sangre del gran Mediador, el cordero sin mancha ni contaminación, ya provisto desde antes de la fundación del mundo (1 P. 1:19-20). Decimos Antiguo Testamento, en contraste con el Nuevo, que lo corona y perfecciona al suministrarnos aquella mejor esperanza, que ya estaba tipificada y profetizada en el Antiguo. El Antiguo Testamento comienza por lo que llamamos el Pentateuco, o cinco libros de Moisés. Al estar el Antiguo Testamento distribuido en tres partes: la Ley, los profetas y los salmos, el Pentateuco contiene la Ley.

En fin, tenemos ahora ante nuestros ojos el primero y más largo de esos cinco libros, que llamamos Génesis, escrito, según se cree cuando Moisés estaba en Madián, para instrucción y consuelo de sus hermanos hebreos, pero yo opino más bien que lo escribió en el desierto, después de estar en el monte con Dios, pues allí recibió probablemente las necesarias instrucciones para escribirlo. Génesis es un término griego, que significa origen o preparación: es una historia de los orígenes —la creación del mundo, la entrada del pecado y de la muerte en él, la invención de las artes, el surgir de las naciones, y especialmente la implantación de la sociedad religiosa y el estado en que ésta se encontraba en sus primeros tiempos—. Es también una historia de las generaciones de Adán, Noé, Abraham, etc. El comienzo del Nuevo Testamento es también Génesis (Mt. 1:1): «Bíblos genéseos», el libro de la génesis, o generación, de Jesucristo. Bendito sea Dios por tal libro, que nos muestra el remedio, al par que este otro nos abre la herida. ¡Señor, abre nuestros ojos, para que podamos ver las maravillas, tanto de tu Ley como de tu Evangelio!

CAPÍTULO 1

Tenemos aquí un sencillo, pero completo, informe de la creación del mundo —en respuesta a aquella antigua pregunta «¿Dónde está Dios, mi Hacedor?»—. Respecto a esto, los filósofos paganos disparataron miserablemente, algunos afirmaron la eternidad de un mundo existente por sí mismo, y otros atribuyeron su existencia al concurso fortuito de los átomos; así, «el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría» (1 Co. 1:21), pero se echó a cuestas un gran cúmulo de desgracias al perderlo de vista. La Sagrada Escritura, la Divina Revelación escrita, establece, desde el comienzo, este principio: Que este mundo fue creado, al par que el tiempo, por un Ser de sabiduría y poder infinitos, el cual existía ya antes de todo tiempo y antes que todos los mundos. El primer versículo de la Biblia nos da del origen del Universo un conocimiento más seguro y mejor, más satisfactorio y útil, que todos los volúmenes de los filósofos.

En este capítulo podemos apreciar: I. Una idea general sobre la obra de la creación (vers. 1 y 2). II. Una referencia detallada de la obra de los distintos días registrada, como en un Diario, de una manera clara y ordenada (vers. 3-30). III. El resumen y la aprobación de toda la obra (v. 31).

Versículos 1-2

(La obra de la creación en epítome y embrión)

I. En su epítome (v. 1), donde encontramos el primer artículo de nuestro credo, que Dios el Padre Todopoderoso es el Creador de Cielos y Tierra.

1. Observa, en este versículo, cuatro cosas:

A) El efecto producido —a saber toda la estructuración y decoración del Universo. El mundo es como un gran edificio, con sus plantas altas y bajas, con una estructura estable y magnífica, uniforme y conveniente, y con cada habitación sabia y admirablemente amueblada. Los cielos no sólo aparecen a nuestros ojos hermoseados con gloriosas lámparas para atavío de su exterior, conforme leemos aquí de su creación, sino también llenos por dentro de gloriosos seres, ocultos a nuestra vista. En el mundo visible, es fácil observar (a) gran varie dad, diversas especies de seres muy diferentes los unos de los otros en su naturaleza y constitución; (b) gran belleza. El cielo azul y la verde tierra son un encanto para los ojos del curioso espectador. ¡Cuán superior debe ser, pues, la belleza del Creador! (c) Gran exactitud y minuciosidad. Las obras de la naturaleza, vistas al microscopio, aparecen mucho más bellas que las obras de arte; (d) gran poder. No se trata de una masa de materia muerta e inerte, pues la tierra misma posee un poder magnético; (e) gran orden, por la interdependencia de los seres, la exacta armonía de movimientos y la admirable concatenación de causas; (f) gran misterio. En la naturaleza hay fenómenos que nuestra razón nunca acertará a comprender. Pero, por lo que del cielo y de la tierra conocemos, podemos inferir el eterno poder y la divinidad del gran Creador. Nuestro deber como cristianos es tener siempre puestos los ojos en el Cielo y los pies sobre la tierra.

B) El autor y causa agente de esta magna obra (DIOS). El término hebreo es Elohim, que indica: (a) El poder del Dios Creador. Él significa «el Dios fuerte», ¿y qué menos que una fuerza omnipotente pudo sacar de la nada todas las cosas? (b) insinúa la pluralidad de personas en la Deidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este nombre plural de Dios en hebreo, que habla de Él como de muchos en uno, confirma nuestra fe en la doctrina de la Trinidad, que, aunque se insinúa oscuramente en el Antiguo Testamento, está claramente revelada en el Nuevo. A menudo se nos dice que el mundo fue hecho por Él y que nada fue hecho sin Él (Jn. 1:3, 10; Ef. 3:9; Col. 1:16; He. 1:2).

C) El modo como esta obra fue efectuada: Dios la creó, esto es, la hizo de la nada. No había ninguna materia preexistente, de la cual fuese producido el mundo. Ningún artífice trabaja sin materia sobre la cual pueda trabajar, pero para el poder omnímodo de Dios no sólo es posible el que algo sea hecho de la nada (el Dios de la naturaleza no está sujeto a las leyes de la naturaleza), sino que, en la creación, no pudo ser de otra manera, pues nada habría más injurioso contra el honor de la Mente Eterna que suponer la existencia de una materia eterna.

D) Cuándo fue producida esta obra: En el principio, es decir, en el principio del tiempo, cuando al reloj del mundo se le dio cuerda por primera vez; el tiempo comenzó precisamente al ser creadas las cosas cuya medida es el tiempo. Antes del principio del tiempo, no existía más que el Ser Infinito que vive en la eternidad. Así que, según Juan 1:1, nos basta con decir: «En el principio existía el Verbo».

2. Aprendamos de aquí (A) que el ateísmo es una locura, y los ateos son los mayores locos del mundo, puesto que ven que hay un mundo que no se pudo hacer a sí mismo y, con todo, rehúsan admitir que exista un Dios que lo hizo; (B) que Dios es Dueño soberano de todas las cosas por derecho incontestable, (C) que para Dios todo es posible y, por tanto, cuán felices son los que le tienen por su Dios y han puesto en Él su sostén y su esperanza (Sal. 121:2; 124:8); (D) que el Dios a quien servimos es digno de toda adoración y alabanza (Neh. 9:5-6). Si todo es de Él, todo debe ser para Él.

II. La obra de la creación en su embrión (v. 2), donde tenemos el relato de la primera materia y del primer motor.

1. Un caos fue la primera materia. Aquí se le llama la tierra; también se le llama el abismo, tanto por su extensión como por el hecho de que las aguas que fueron separadas de la tierra, estaban ahora mezcladas con ella. El Creador pudo haber hecho su obra ya perfecta al principio, pero con este proceso gradual, quiso mostrar el método ordinario de su providencia y de su gracia. Observa la descripción de este caos. (A) No había en él nada digno de ser visto, porque estaba informe y vacío. Tohu y Bohu equivalen a confusión y vaciedad, pues así se traducen en Isaías 34:11. Para quienes tienen el corazón en el Cielo, este mundo de abajo, en comparación con el de arriba, no es otra cosa que confusión y vaciedad. (B) Aun cuando hubiese habido algo digno de verse, no había luz para poder verlo, pues las tinieblas, tinieblas densas, estaban sobre la superficie del abismo. Este caos representa el estado de un alma no regenerada y desprovista de gracia, pues en ella hay desorden, confusión y toda obra perversa; está vacía de todo bien, porque está sin Dios; está a oscuras hasta que la gracia omnipotente efectúe un bendito cambio.

2. El Espíritu de Dios era el primer motor: Se movía sobre la superficie de las aguas. El Espíritu de Dios comienza su obra; y cuando Él se pone a obrar, ¿quién o qué se lo impedirá? Se nos dice que Dios hizo el mundo por su Espíritu (Job 26:13; Sal. 33:6) y la nueva creación también es efectuada por este poderoso agente. Se movía sobre la superficie del abismo. Dios es no sólo el autor de todo ser, sino también el manantial de la vida y la fuente de toda moción. La materia muerta habría quedado por siempre muerta si Él no la hubiese vivificado. Y esto nos acredita que Dios puede resucitar a los muertos.

Versículos 3-5

Un ulterior relato de la obra del primer día, en la cual es de observar: 1. Que el primero de todos los seres visibles que Dios creó fue la luz, para que por ella pudiésemos ver sus obras y su gloria en ellas, y pudiésemos obrar nuestras obras mientras es de día. La luz es la gran belleza y bendición del Universo. En la nueva creación, lo primero que se produce en el alma es luz: el Espíritu Santo cautiva la voluntad y los afectos por medio de la iluminación de nuestro entendimiento. Los que, por el pecado, eran tinieblas, vienen a ser, por la gracia, luz del mundo. 2. Que la luz fue hecha por la palabra del poder de Dios. Dijo: Sea la luz; lo quiso, lo decidió, y fue hecha inmediatamente. La palabra de Dios es viva y eficaz. Cristo es la Palabra o Verbo, el Verbo esencial y eterno, y por medio de Él fue producida la luz, porque en él estaba la luz, y él es la luz verdadera, la luz del mundo (Jn. 1:9; 8:12; 9:5). La luz divina que brilla en las almas santificadas es producida por el poder de Dios y es la que nos da el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo, como, al principio, Dios mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz (2 Co. 4:6). 3. Que después de haber producido la luz que quiso hacer, Dios la aprobó: Y vio Dios que la luz era buena. Si la luz es buena, cuán bueno ha de ser el que es el manantial de la luz, y de quien la recibimos nosotros. 4. Que Dios separó la luz de las tinieblas. Y distribuyó, con todo, el tiempo entre ellas, el día para la luz y la noche para las tinieblas, en constante y regular sucesión. Aunque la oscuridad estaba ahora disipada por la luz, sin embargo se turna con la luz, y tiene su lugar, porque tiene su uso; pues, así como la luz de la mañana patrocina los quehaceres del día, así también las sombras del anochecer favorecen el reposo de la noche y corren las cortinas en torno nuestro para que podamos dormir mejor. 5. Que Dios separó la una de la otra poniéndoles distintos nombres: Llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Les dio nombres, como Señor de ambas. Reconozcamos a Dios en la constante sucesión de día y noche, y consagremos ambas a su honor; trabajemos para Él cada día, y descansemos en Él cada noche. 6. Que ésta fue la obra del primer día, y de un buen día, por cierto. Y fue la tarde y la mañana un día. Este fue el Primer día, no sólo del mundo, sino también de la semana. Lo observamos en honor de aquel día, porque el nuevo mundo comenzó igualmente el primer día de la semana, en la resurrección de Cristo como la luz del mundo, por la mañana temprano. En Él, un amanecer del sol desde lo alto (Lc. 1:78) ha visitado al mundo.

Versículos 6-8

Relato de la obra del segundo día, la creación del firmamento, en lo cual observa: 1. El mandato de Dios acerca de él: Haya expansión, ya que ésta es la palabra hebrea para firmamento, y significa una sábana extendida o una cortina corrida. Este firmamento no es un muro de separación, sino un medio de comunión. (V. Job 26:7; 36:18; Sal. 104:3; Am. 9:6.) 2. Su creación. Para que no parezca que Dios mandó hacerlo, pero que algún otro lo hizo, añade: E hizo Dios la expansión. Lo que Dios demanda de nosotros, Él mismo lo produce en nosotros, de lo contrario, no llega a hacerse. El que ordena tener fe, amor y santidad, crea todo eso con el poder de su gracia al unísono de su palabra. 3. Su uso y finalidad —y separe las aguas de las aguas, esto es, para distinguir entre las aguas que están arropadas en las nubes y las que cubren el mar—. Dios posee, en el firmamento de su poder cámaras y despensas desde las que riega la tierra. ¡Oh, qué gran Dios es Él, que así provee para el bienestar de todos los que le sirven! 4. Le puso nombre: Y llamó Dios a la expansión Cielos. Es el Cielo que vemos, pavimento de la santa ciudad; se nos dice que Dios tiene su trono encima del firmamento (Ez. 1:26). Por la contemplación de los cielos que están a nuestra vista, deberíamos ser guiados a considerar a nuestro Padre que está en los cielos. La altura de los cielos debería recordarnos la supremacía de Dios y la infinita distancia que hay entre nosotros y Él; el resplandor y la pureza de los cielos debería recordarnos Su gloria, majestad y perfecta santidad; la extensión de los cielos que envuelven a la tierra y la influencia que tienen sobre ella debería recordarnos Su inmensidad y Su providencia universal.

Versículos 9-13

Hasta ahora el poder del Creador se había desplegado sobre la parte más alta del mundo visible; se había encendido la luz del Cielo, y quedaba fijado el firmamento de los cielos; ahora desciende a este mundo inferior, a la tierra, que fue designada para los hijos de los hombres, designada tanto para su habitación como para su sostenimiento; y aquí tenemos un relato de su adaptación para ambos objetivos, la edificación de su casa y el ponerles la mesa.

I. Vemos primero cómo fue preparada la tierra para que fuese mansión del hombre, mediante la reunión de las aguas en un lugar y hacer que apareciese la tierra seca. 1. Se ordenó a las aguas que habían cubierto la tierra que se retirasen y se reuniesen en un lugar. A las aguas así reunidas las llamó mares. Las aguas y los mares significan, a menudo en las Escrituras apuros y aflicciones (Sal. 42:7; 69:2, 14, 15). El pueblo mismo de Dios no está exento de ello en este mundo; pero es un consuelo para ellos el que son sólo aguas bajo el cielo (ninguna en el cielo), y que están todas en el lugar que Dios les ha fijado y dentro de los límites que les ha puesto. 2. Se ordenó a la tierra seca aparecer y emerger de las aguas, y fue llamada tierra, y dada a los hijos de los hombres. Parece ser que la tierra existía ya antes, pero no servía para nada porque estaba debajo del agua. Así pasa con muchos dones de Dios, que son recibidos en vano, porque están enterrados; haced que emerjan y se volverán útiles para algún servicio.

II. Vemos después cómo fue amueblada la tierra para mantenimiento y sostén del hombre (vv. 11-12). Hubo así provisiones a mano mediante la inmediata producción de la recientemente emergida tierra. Se hizo fructífera, y produjo hierba para el ganado y hortalizas para servicio del hombre. Igualmente se aseguró la provisión para el futuro, al tener cada vegetal su semilla según su género, para que, mientras perdurase en el mundo la especie humana, pudiese sacarse de la tierra el alimento necesario para su uso y beneficio. Observa aquí: 1. Que no sólo la tierra es del Señor, sino también lo que la llena, y que Él es el dueño legal y el soberano que puede disponer de ella y de todo su mobiliario. La tierra estaba vacía (v. 2), pero ahora, con una sola palabra, se ha vuelto llena de las riquezas de Dios. 2. Que la providencia ordinaria es una continua creación, y en ella nuestro Padre trabaja ahora. La tierra está todavía bajo la eficacia de su mandato para que produzca hierba, hortalizas y sus productos anuales. Ellos son ejemplo evidente del incansable poder y de la inexhausta bondad del gran Hacedor y Dueño del mundo. 3. Que aunque Dios, ordinariamente, emplea la agencia de las causas segundas de acuerdo con su naturaleza, no las necesita sin embargo, y no está atado a ellas. 4. Que es bueno proveernos de las cosas necesarias antes que tengamos ocasión de usarlas: antes que fuesen hechos los animales y el hombre, ya había hierba y hortalizas preparadas para ellos. 5. Que Dios debe tener la gloria por todo el beneficio que recibimos de los productos de la tierra.

Versículos 14-19

Ésta es la historia de la obra del cuarto día, la creación del sol, de la luna y de las estrellas, de todo ese esplendor que no sólo presta gran belleza al mundo de arriba, sino también gran bendición a este mundo de abajo. Tenemos un relato de la creación de las luces del cielo.

I. En general, tenemos (vv. 14-15), 1. El mandato dado acerca de ellos: Haya lumbreras en la expansión de los cielos. Dios había dicho: Sea la luz (v. 3), y hubo luz; pero ésta era como una luz difusa y confusa; ahora quedaba recogida y modelada y, de este modo, resultaba más gloriosa y, a la vez, más provechosa. Dios es un Dios de orden no de confusión; y, como Él es luz, es también el Padre y Hacedor de luces. 2. En cuanto al uso para el que estaban destinadas a esta tierra: (1) Había de ser para distinguir los tiempos y las estaciones, el día y la noche, el verano y el invierno y así, bajo el sol todo tiene su tiempo (Ec. 3:1). 2. Había de ser para dirigir las acciones. Están para señalar los cambios de tiempo, a fin de que el labrador pueda programar sus quehaceres con discreción, previendo, por el aspecto del cielo cuando las causas segundas han comenzado a obrar, si hará buen tiempo o malo (Mt. 16:2-3). También alumbran sobre la tierra para que podamos andar (Jn. 11:9) y trabajar (Jn. 9:4), conforme lo requiere el deber de cada día. Las luces del cielo brillan para nosotros para nuestra comodidad y ventaja. Las luces del cielo están hechas para servirnos, y lo hacen fielmente, y brillan a su tiempo sin fallar; pero nosotros estamos puestos como luces en este mundo para servir a Dios ¿respondemos de igual manera al objetivo de nuestra creación Estamos encendiendo las lámparas de nuestro Dueño, pero hacemos caso omiso de la obra de nuestro Amo.

(Continues...)



Excerpted from COMMENTARIO BÍBLICO DE MATTHEW HENRY by Francisco Lacueva Copyright © 1999 by Editorial CLIE. Excerpted by permission of Zondervan. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Meet the Author

Matthew Henry (1662-1714) was a Presbyterian minister in England who began his commentary on the Bible in 1704. He completed his work up to the end of Acts before his death. Afterward, his ministerial friends completed the work from Henry's notes and writings.

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