Cuando ayudar hace daño: Cómo aliviar la pobreza, sin lastimar a los pobres ni a uno mismo

Cuando ayudar hace daño: Cómo aliviar la pobreza, sin lastimar a los pobres ni a uno mismo

by Steve Corbett, Brian Fikkert

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Overview

Con 250.000 copias vendidas, Cuando ayudar hace daño es un clásico moderno formador-de-paradigmas en el tema del alivio de la pobreza y el ministerio a los más necesitados. Enfatizando la pobreza del corazón y de la sociedad, este libro expone la necesidad que cada persona tiene y como puede ser aliviada. El lector, es guiado a comprender que la pobreza es mucho más que la simple falta de recursos materiales y financieros y que conlleva mucho más que donaciones y caridad solucionar el problema de la pobreza.

Este libro, expone los esfuerzos del pasado y del presente por parte de las iglesias, que  sin querer, han debilitado a la gente que estan tratando de ayudar. Sin embargo,el objetivo central es presentar estrategias que desafíen a los cristianos a ayudar a los pobres a superarse. Enfocándose en Norte América y en contextos mayoritarios, Cuando ayudar hace daño cataliza la idea de que el cambio verdadero para la gente que vive en la pobreza no viene de fuera hacia dentro, sino de adentro hacia afuera.

With 250,000 copies sold, When Helping Hurts is a paradigm-forming contemporary classic on the subject of poverty alleviation and ministry to those in need. Emphasizing the poverty of both heart and society, this book exposes the need that every person has and how it can be filled. The reader is brought to understand that poverty is much more than simply a lack of financial or material resources and that it takes much more than donations and handouts to solve the problem of poverty.

While this book exposes past and current development efforts that churches have engaged in which unintentionally undermine the people they're trying to help, its central point is to provide proven strategies that challenge Christians to help the poor empower themselves. Focusing on both North American and Majority World contexts, When Helping Hurts catalyzes the idea that sustainable change for people living in poverty comes not from the outside-in, but from the inside-out.

Product Details

ISBN-13: 9781433649578
Publisher: B&H Publishing Group
Publication date: 02/01/2017
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
Pages: 320
File size: 9 MB

About the Author

Steve Corbett es el especialista en desarrollo comunitario para el para el Centro de desarrollo económico Chalmers y profesor asistente en el departamento de economía y desarrollo comunitario de la Universidad Covenant. Anteriormente, Steve trabajó para Food for the Hungry International (Fundación Contra el Hambre), como director regional para Centro y Sudamérica y como director de entrenamiento de empleados. Steve tiene un título profesional de la Universidad Covenant y una Maestría en educación para adultos de la Universidad de Georgia.  
El Dr. Brian Fikkert es profesor de economía y el fundador y presidente del Centro Chalmers en la Universidad Covenant. El Dr. Flikkert obtuvo un doctorado en economía en la Universidad de Yale, especializándose en economía internacional y desarrollo económico. Ha sido consultor para el Banco Mundial y es autor de numerosos artículos en publicaciones académicas y populares. Antes de trabajar para la Universidad Covenant, fue profesor en la Universidad de Maryland--College Park e investigador en el Centro para la reforma institucional y el sector informal.
 
Steve Corbett is the Community Development Specialist for the Chalmers Center for Economic Development and an Assistant Professor in the Department of Economics and Community Development at Covenant College. Previously, Steve worked for Food for the Hungry International as the Regional Director for Central And South America and as Director of Staff Training. Steve has a B.A. from covenant College and a M.Ed. in Adult Education from the University of Georgia.
  Dr. Brian Fikkert is a Professor of Economics and the founder and President of the Chalmers Center at Covenant College. Dr. Fikkert earned a Ph.D. in economics from Yale University, specializing in international economics and economic development. He has been a consultant to the World Bank and is the author of numerous articles in both academic and popular journals. Prior to coming to Covenant College, he was a professor at the University of Maryland--College Park and a research fellow at the Center for Institutional Reform and the Informal Sector.
 


 

Read an Excerpt

Cuando Ayudar Hace Daño

Como aliviar la pobreza, sin hacer dano al necesitado ni a uno mismo


By Steve Corbett, Brian Fikkert

B&H Publishing Group

Copyright © 2017 Steve Corbett y Brian Fikkert
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4336-4956-1



CHAPTER 1

¿POR QUÉ VINO JESÚS AL MUNDO?


¿Por qué vino Jesús al mundo? La mayoría de los cristianos tiene siempre lista una respuesta a esta pregunta. Sin embargo, la realidad es que hay diferencias muy grandes en la interpretación de este tema fundamental por parte de los cristianos. La respuesta que se da a esta pregunta afecta todos los aspectos de la vida, incluso lo que uno piensa de la responsabilidad de la iglesia ante la situación difícil de los pobres. ¿Por qué vino Jesús al mundo? Examinemos cómo Jesús mismo entendió Su misión.

El ministerio de Jesús en la Tierra comenzó un sábado en la sinagoga de Nazaret. Bajo el yugo opresivo del Imperio romano, los judíos se congregaban cada semana en la sinagoga para adorar a Dios. Conscientes de las profecías del Antiguo Testamento, anhelaban que Dios enviara al Mesías prometido que restauraría el reino a Israel y reinaría en el trono de David para siempre. Pero habían transcurrido siglos sin la llegada del Mesías, y los romanos dominaban toda la región; los judíos casi habían perdido toda esperanza. En este contexto, el hijo de un carpintero del mismo pueblo se levantó ante la gente de la sinagoga y le entregaron el libro del profeta Isaías.

Al desenrollarlo, encontró el lugar donde está escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor.» Luego enrolló el libro, se lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga lo miraban detenidamente, y él comenzó a hablarles: «Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes». (Lucas 4:17-21)


Seguramente, los que estaban presentes ese día se estremecieron al escuchar esto. Isaías había profetizado que un rey iba a establecer un reino sin igual, diferente a todos aquellos que el mundo conocía. ¿Podría ser que las profecías de Isaías realmente estuvieran por cumplirse? ¿Podría ser que un reino cuyo dominio aumentaría sin fin estuviera por comenzar (Isaías 9:7)? ¿Era realmente posible que la justicia, la paz y la rectitud estuvieran por establecerse para siempre? ¿Acaso este rey traería en verdad salud y paz a la tierra seca, a las manos débiles, a las rodillas temblorosas, a los corazones temerosos, a los ciegos, a los sordos, a los cojos, a los mudos, a los quebrantados de corazón, a los cautivos y a las almas pecaminosas, y proclamaría el año de jubileo para los pobres (Isaías 35:1-6; 53:5; 61:1-2)? La respuesta de Jesús a todas estas preguntas fue un rotundo Sí, al declarar: «Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes» (Lucas 4:21, énfasis añadido).

En el versículo 43 del mismo capítulo, Jesús resumió Su ministerio, anunciando: «Es preciso que anuncie también a los demás pueblos las buenas nuevas del reino de Dios, porque para esto fui enviado».

La misión de Jesús fue y es predicar las buenas nuevas del reino de Dios, y proclamar al mundo: «Yo soy el Rey de Reyes y Señor de Señores y uso mi poder para arreglar todo lo que el pecado ha arruinado».

«El reino es la renovación del mundo entero mediante la llegada de poderes sobrenaturales. Cuando las cosas vuelven a someterse al mando y la autoridad de Cristo, se restauran a un estado de salud, hermosura y libertad», afirma el pastor y teólogo Tim Keller.

Por supuesto, hay un ahora y un no todavía con respecto al reino. Hasta que haya un nuevo cielo y una nueva tierra, no se manifestará el reino en su plenitud. Solo entonces, se nos secarán todas las lágrimas de los ojos (Apocalipsis 21:4). Hace ya 2000 años que Jesús proclamó el ahora del reino: «Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes» (Lucas 4:21, énfasis añadido).


UNA RESPUESTA MÁS COMPLETA

Les hemos hecho a miles de cristianos evangélicos en numerosos ámbitos esta pregunta fundamental: ¿Por qué vino Jesús al mundo? Muy pocos dan una respuesta remotamente parecida a la del mismo Jesús.

La gran mayoría responde algo como: «Jesús vino a morir en la cruz para salvarnos de nuestros pecados y que podamos ir al cielo».

Aunque esto es cierto, la salvación de las almas humanas es solo una parte de la completa restauración del universo que el reino de Jesús ofrece y que era el contenido central de Su mensaje.

Comparemos la respuesta de la mayoría de los evangélicos con el siguiente pasaje que describe la naturaleza de Jesucristo y Su obra.

Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente. Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de la resurrección, para ser en todo el primero. Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz. (Colosenses 1:15-20)


Este pasaje describe a Jesucristo como el Creador, el Protector y el Reconciliador de todo. Sí, es cierto que Jesús murió por nuestras almas, pero también murió para reconciliar a toda la creación; es decir, para restablecer la relación debida con todo lo que Él creó. La maldición alcanzó todo el cosmos y trajo decadencia, quebrantamiento y muerte a cada rincón del universo. ¡Pero Jesús, el Rey de reyes y Señor de señores, está haciendo nuevas todas las cosas! Estas son las buenas nuevas del evangelio.

Una noche, a los tres años de edad, mi hija Ana inclinó la cabeza.

«Querido Jesús, por favor regresa pronto, porque tenemos muchas heridas y realmente nos duelen», oró.

Se me hizo un nudo en la garganta al escucharla, porque ella había entendido la esencia de la completa sanidad que traerá el reino y anhelaba experimentarla. Ella pedía, en el lenguaje de una niña de tres años, «Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mateo 6:10).

¡Ven pronto, Señor Jesús! Sí, tenemos muchas heridas, y realmente nos duelen.


¿Jesús es realmente el Mesías?

Jesús proclamó que era el Rey prometido, pero ¿cómo sabemos que Sus afirmaciones son ciertas? Esta pregunta ha dejado perplejo a todo el mundo, desde los leprosos del tiempo de Jesús hasta los genios del siglo xxi. Además, es un tanto sorprendente que, al final de su vida, el mismo Juan el Bautista todavía dudara de la autenticidad de Jesús. Juan había pasado muchos años comiendo langostas y miel, y vestido con ropa extraña en el desierto, predicando a todos que Jesús era el Mesías prometido, el Rey que reinaría en el trono de David. Sin embargo, tuvo dudas cuando se encontró en la cárcel de Herodes a punto de ser decapitado.

Tal vez haya pensado: Si Jesús realmente es el Mesías, seguramente llevará a cabo el golpe de estado contra el rey Herodes antes de que yo, Su futuro ministro de Estado, sea ejecutado.

Pero no hubo ningún golpe de Estado, y, comprensiblemente, Juan tuvo dudas.

Por eso, Juan mandó a dos de sus discípulos a averiguar: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Lucas 7:19).

Jesús podría haber contestado de muchísimas maneras. Podría haber mencionado que, por formar parte del linaje de David, Su nacimiento en Belén cumplía las profecías sobre el Mesías. O podría haber hecho referencia a Su conocimiento excepcional de la Escritura y Sus habilidades inigualables para enseñar. Jesús podría haberle recordado a Juan que ambos habían visto al Espíritu Santo descender sobre Él en la forma de una paloma.

«Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él», habían oído decir al Padre (Mateo 3:17).

Si este último acontecimiento no había podido convencer a Juan, al parecer, ¡nada podría hacerlo! Pero Jesús decidió no hablar de ninguna de estas señales. Juan ya las conocía y, aparentemente, necesitaba algo más que lo consolara. Entonces, Jesús dijo:

Vayan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los que tienen lepra son sanados, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncian las buenas nuevas. Dichoso el que no tropieza por causa mía. (Lucas 7:22-23)


Con estas palabras, Jesús le estaba revelando cosas de suma importancia a Juan: «No has corrido la carrera en vano. Yo soy el Mesías prometido. Y puedes estar seguro porque tus discípulos me están escuchando a mí decirlo y me están viendo a mí hacerlo. Yo estoy predicando las buenas nuevas del reino y las estoy demostrando tal como Isaías dijo que lo haría».

Habría sido inútil que Jesús usara solamente palabras y no obras para declarar el reino. Imagínate la historia de Lucas 18:35-43 sobre el mendigo ciego que se sentaba a la orilla del camino si Jesús hubiera usado solo palabras para comunicarse con él:

«¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!», llamó el mendigo al darse cuenta que Jesús pasaba por allí.

«Yo soy el cumplimiento de todas las profecías. Soy el Rey de reyes y el Señor de señores. Tengo todo el poder del cielo y de la Tierra. Podría sanarte hoy de tu ceguera, pero solo me importa tu alma. Cree en mí».

¿Qué habría pasado si Jesús hubiera dicho algo así? ¿Quién habría creído que Él era el Rey prometido si no hubiera dado evidencias para probarlo?

«Pueblo de Israel, escuchen esto: Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes con milagros, señales y prodigios, los cuales realizó Dios entre ustedes por medio de él, como bien lo saben», anunció Pedro en Pentecostés (Hechos 2:22).

Las obras de Jesús eran esenciales para demostrar que realmente era el Mesías prometido. Jesús predicó ydemostró las buenas nuevas del reino.


¿Qué haría Jesús?

En su libro The Last Days: A Son's Story of Sin and Segregation at the Dawn of the New South [Los últimos días: Un hijo recuerda el pecado y la segregación al alba del Nuevo Sur], Charles Marsh describe su niñez en Laurel, Mississippi (Estados Unidos), durante la década de 1960. El gobierno federal buscaba erradicar la segregación, y por esto había mucha tensión racial. Los activistas por los derechos civiles, muchos de los cuales eran del norte del país, se movilizaron en la región con el fin de terminar con los siglos de discriminación contra los afroamericanos. El padre de Charles era un pastor reconocido de la Primera Iglesia Bautista en Laurel y era un pilar de la comunidad. Muy querido por sus sermones sobresalientes y por su vida piadosa, el pastor Marsh era un cristiano ejemplar para sus feligreses.

En el mismo pueblo, también vivía Sam Bowers, el Mago Imperial de los Caballeros Blancos del Ku Klux Klan de Mississippi, quienes aterrorizaban a los afroamericanos de toda la región. Se sospechaba que Bowers había conspirado en al menos nueve asesinatos de afroamericanos y activistas por los derechos civiles, 75 bombardeos de iglesias afroamericanas y numerosos ataques y golpizas.

¿Cómo respondió el pastor Marsh, el cristiano ejemplar, a vivir en la misma comunidad que Sam Bowers? Su hijo Charles explica:

Sin duda, mi padre aborrecía al Klan si pensaba en ellos. En lo más profundo de su corazón, consideraba que la esclavitud era un pecado, que el racismo como el de Alemania o Sudáfrica era una ofensa a la fe. Siempre me hablaba de esto al hacer alguno que otro comentario sobre la historia del Sur cuando me ayudaba con mi tarea. Decía: «No se puede justificar lo que hicimos a la raza negra. Fue una maldad y nos equivocamos». Sin embargo, en la obra del Señor, se enfocaba en otra realidad. En el boletín de la iglesia, aconsejaba: «Sean fieles en asistir a la iglesia, porque su presencia puede, aunque más no sea, demostrar que están del lado de Dios cuando las puertas de la Iglesia están abiertas». Por supuesto, llenar la iglesia es el sueño de un ministro; siempre existe el deseo de crecer, crecer y crecer. Sin embargo, los episodios diarios de incendios en Mississippi, la pobreza abrumadora de la población afroamericana, los ritos de la supremacía blanca y el olor a terror que impregnaba las calles no aparecían en sus sermones, en las conversaciones a la mesa ni en las charlas en la iglesia. Para un buen predicador bautista como él, estas cosas eran asuntos de política que tenían poco o nada que ver con la travesía espiritual del peregrino cristiano hacia el paraíso. ¿Molestias no deseadas? Sí. ¿Tristes señales de nuestros fracasos humanos? Ciertamente. Pero pensaba que todas estas cosas solo serían rectificadas en algún futuro escatológico: «Cuando todos lleguemos al cielo, qué día de regocijo será».


Como muchos cristianos de entonces y de ahora, el cristianismo del pastor Marsh enfatizaba correctamente la piedad personal, pero no abarcaba las preocupaciones sociales que deberían emanar de una cosmovisión del reino. En gran parte, creía que el cristianismo consistía en conservar la pureza del alma (al evitar las bebidas alcohólicas, las drogas y la inmoralidad sexual) y en ayudar a los demás a hacer lo mismo. Más allá de la salvación de las almas, el pastor March no tenía demasiado en cuenta el «ahora» del reino. Es más, para muchos cristianos, Santiago 1:27 enseña: «La religión pura y sin mancha delante de Dios nuestro Padre es ésta: [...] conservarse limpio de la corrupción del mundo». Por alguna razón, solemos pasar por alto que la religión pura e impecable incluye en realidad «atender a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones».

Mientras el pastor Marsh predicaba sobre la piedad personal y la esperanza de la vida en el cielo, los afroamericanos en Mississippi sufrían linchamientos como resultado de las conspiraciones de Sam Bowers. Menos llamativo pero con consecuencias mayores, el sistema social, político y económico mantenía a los afroamericanos en una posición marginal. ¿Qué haría el rey Jesús en estas circunstancias? ¿Crees que Jesús evangelizaría a los afroamericanos diciendo algo como «He escuchado sus súplicas, pero su situación terrenal no me preocupa. Crean en mí y llevaré sus almas al cielo algún día. Mientras tanto, absténganse de bebidas alcohólicas, drogas e inmoralidad sexual»? ¿Acaso le respondió así al mendigo ciego que le pidió misericordia?

El pastor Marsh vivía bajo mucha presión. Si hubiera hablado en contra del Ku Klux Klan, podría haber perdido su trabajo y haber puesto a su familia en peligro, tal como temía (y con razón). Es más, sus objetivos teológicos tenían más que ver con cuestiones de piedad personal que con buscar la justicia y reprender al opresor (Isaías 1:17). Por todas estas razones, el pastor Marsh no concentró su atención y energía en la lucha contra el Ku Klux Klan, sino en la falta de piedad personal y en la incredulidad de algunos activistas por los derechos civiles. Sus esfuerzos culminaron en un sermón famoso, «Las penas de Selma», que atacó a los activistas, llamándolos «bohemios sucios», «necios inmorales», «manifestantes degenerados» e hipócritas por no creer en Dios.

Por un lado, el pastor Marsh tenía razón. Muchos de los manifestantes anhelaban la paz, la justicia y la rectitud del reino, pero no querían doblar la rodilla ante el Rey, un requisito para disfrutar completamente de los beneficios del reino. Por el contrario, el pastor Marsh había aceptado al Rey Jesús pero no entendía la plenitud del reino de Cristo ni lo que implicaba para las injusticias de su comunidad. Tanto el pastor Marsh como los activistas por los derechos civiles estaban equivocados, pero de diferentes maneras. El pastor Marsh buscaba al Rey sin el reino. Los activistas querían el reino sin el Rey. La iglesia necesita una visión del reino de Dios integral y centrada en Cristo, para poder responder correctamente a la pregunta: ¿Qué haría Jesús?


¿Cuál es la tarea de la iglesia?

La tarea del pueblo de Dios tiene su fundamento en la misión de Cristo. En síntesis, Jesús predicaba las buenas nuevas del reino en palabra y en obra, así que la iglesia debe hacer lo mismo. Como hemos visto, a Jesús le encantaba compartir las buenas nuevas entre los quebrantados, los débiles y los pobres. Por eso, no es sorprendente que, a lo largo de la historia, el pueblo de Dios haya sido mandado a seguir los pasos de su Rey a lugares de sufrimiento.

En el Antiguo Testamento, la nación de Israel, el pueblo escogido por Dios, debía señalar al Rey venidero anticipando todo lo que sería (Mateo 5:17; Juan 5:37-39, 45-46; Colosenses 2:16-17). Israel tenía que ser el adelanto de la atracción venidera: el Rey Jesús. Como cualquier adelanto, Israel debía ofrecerles a los espectadores una idea de cómo sería el evento principal y hacer que los espectadores desearan verlo. «¡Vaya! Este pueblo sí que es diferente. ¡Qué ganas de conocer a su Rey! Debe ser sumamente especial», tenían que decir los demás cuando miraran a Israel.


(Continues...)

Excerpted from Cuando Ayudar Hace Daño by Steve Corbett, Brian Fikkert. Copyright © 2017 Steve Corbett y Brian Fikkert. Excerpted by permission of B&H Publishing Group.
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Table of Contents

Contents

Prefacio a la versión en español,
Prólogo por Luis Palau,
Presentación,
Ejercicio de apertura,
Introducción,
Parte 1: Conceptos fundamentales para ayudar sin hacer daño,
1. ¿Por qué vino Jesús al mundo?,
2. ¿Cuál es el problema?,
3. ¿Ya llegamos?,
Parte 2: Principios generales para ayudar sin hacer daño,
4: No toda pobreza es creada igual,
5: Dame a los que están cansados, a tus pobres y sus bienes,
6: El «McDesarrollo»: más de dos mil quinientos millones de personas mal atendidas,
Parte 3: Estrategias prácticas para ayudar sin hacer daño,
7: Cómo abordar misiones a corto plazo sin hacer daño a largo plazo,
8: Sí, en tu propio barrio,
9: Y hasta los confines de la Tierra,
Parte 4: Empezar a ayudar sin hacer daño,
10: Perdone, ¿tiene algo de cambio?,
11: ¡En sus marcas, listos, ya!,
Unas palabras finales: el paso más importante,
Apéndice: El proceso de organización de la comunidad,
Comentarios finales,
Agradecimientos,
Notas,

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