Desde las selvas a las Catedrales: The Captivating Story of Juan Carlos Ortiz

Desde las selvas a las Catedrales: The Captivating Story of Juan Carlos Ortiz

by Juan Carlos Ortiz

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Product Details

ISBN-13: 9780829752724
Publisher: Vida
Publication date: 01/31/2011
Series: Biografias de grandes lideres de nuestros tiemposSeries Series
Pages: 224
Product dimensions: 5.20(w) x 8.40(h) x 0.80(d)
Age Range: 18 Years

About the Author

El Dr. Juan Carlos Ortiz se graduó en 1954 del Instituto Bíblico Rio de la Plata en la Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es fundador de cinco iglesias y fue pastor de la iglesia evangélica más grande de Buenos Aires desde 1966 hasta 1978. El Dr. Ortiz ministró y enseñó en convenciones, congresos, universidades, seminarios e iglesias en cinco continentes. Durante cinco años, fue productor de la serie de televisión «La Hora del Poder», la cual era transmitida en una docena de países latinoamericanos. También fue productor de dos series de radio, «La Hora de la Fe» en Argentina, y «Una cita con Juan Carlos Ortiz» en el sur de California. Contribuyó en el Congreso Internacional para la Evangelización Mundial de 1974 en Suecia, junto a destacados líderes evangelistas como Billy Graham. El Dr. Ortiz y su esposa, Martha, tienen cuatro hijos y seis nietos y residen en Laguna Niguel, California.

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DE LAS SELVAS A LAS CATEDRALES


By JUAN CARLOS ORTIZ

Zondervan

Copyright © 2011 Juan Carlos Ortiz
All right reserved.

ISBN: 978-0-8297-5272-4


Chapter One

La salvación ha llegado a esta casa

Hilario era un ingeniero vial y ganaba un buen salario. Vivía en una casa muy bonita que le había proporcionado la compañía de trenes ingleses junto a su esposa Concepción, cariñosamente llamada «Doña Mema», y sus cuatro hijos. Luego de ocho años de haber nacido su hijo menor, Doña Mema estaba esperando su quinto hijo: yo. Resulté ser una sorpresa para ellos, por cierto; pero no para Dios.

La familia tenía todo el potencial para ser muy feliz, pero mi padre era alcohólico. La mayor parte de su salario lo gastaba en su adicción. La mayoría de las veces no volvía a casa por una o dos semanas. Cuando se le acababa el último centavo, entonces regresaba. Mamá, maltratada por él, además trabajaba en nuestro hogar como costurera para mantener a sus cuatro hijos. Cuando quedó embarazada del quinto niño no pudo soportarlo. Se deprimió tanto que tuvo ideas de marcharse con los cuatro niños, incluso de suicidio. En casa no había suficiente comida, tampoco ropa. Pensaba que no había futuro ni para sus hijos ni para ella misma, ya no tenía sentido vivir esa clase de vida.

Un caluroso día de verano, mientras cosía en su máquina, sonó el timbre. En la puerta había dos mujeres jóvenes con folletos en sus manos. Ellas traían el mensaje de salvación a nuestro hogar. Grace Strachan y Beatriz Miles, dos misioneras apadrinadas por la iglesia de los Hermanos Libres en acción conjunta con la Unión Bíblica, habían llegado a la Argentina para evangelizar desde Invercargo, Nueva Zelandia.

Argentina es un país fundamentalmente católico, y en esos días solo había alrededor de un dos por ciento de evangélicos en todo el territorio. Mi madre estaba agotada y no tenía tiempo para perder, así que les dijo a las jóvenes que estaba tan ocupada que no podía escucharlas. Agregó además que ella era católica y no tenía intenciones de cambiar de religión.

LA TERCERA ES LA VENCIDA

Una semana más tarde, las misioneras regresaron, y por segunda vez mi madre las echó. Evidentemente, las jóvenes estaban decididas a lograr su misión e insistieron una tercera vez. En esta oportunidad, el día estaba realmente caluroso y la temperatura había llegado a los treinta y ocho grados centígrados. Al verlas, mi madre tuvo un sentimiento de culpa y las dejó pasar. Les ofreció agua fría y en pocas palabras les explicó por qué no tenía tiempo para atenderlas. Les dijo: «Como ven, estoy cosiendo en esta máquina desde la mañana hasta la noche para alimentar a mis hijos. No hay un día libre para mí. Mi esposo es alcohólico y yo estoy terriblemente deprimida. Mi vida podría haber sido mucho mejor, pero se ha convertido en una agonía constante. Al final del túnel no veo luz, futuro o educación para mis hijos. No quiero vivir más».

Acertadamente la señorita Grace respondió: «Por eso Dios nos envió hoy aquí. Jesús dijo: "Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso". Jesús es la respuesta a su situación». Oraron por mi madre y allí mismo recibió a Cristo en su vida. Su conversión fue radical. Dios le dio un corazón nuevo. De inmediato recibió el gozo de la salvación y comenzó a ver la vida con otros ojos. En ese momento se produjo un gran giro en su vida y en nuestra casa. Comenzó a asistir a la iglesia, que solo estaba a unas cuadras de nuestro hogar. Aprendió los himnos y los coros, y los cantaba mientras cosía. La esperanza había llenado su corazón.

A partir de ese día, Jesús pasó a ser el Señor de nuestra casa. Ella creía y obedecía todo lo que aprendía en la iglesia. Las señoritas Grace y Betty la visitaban continuamente y la discipulaban. ¡Con razón nuestro hogar se convirtió en una familia de misioneros!

Mientras mi mamá estaba embarazada de mí, fue bautizada. ¡He sido bautizado dos veces! Todos en casa iban a la escuela dominical, nunca nadie se perdía esas clases. Sus cinco hijos se volvieron predicadores y nos transformamos en un hogar lleno de hospitalidad para los misioneros. Papá también recibió a Cristo, pero no pudo abandonar el vicio del whisky y otras bebidas blancas. En realidad recibió a Cristo muchas veces y hasta fue bautizado, pero nunca fue libre de su adicción.

Pocos días después de su conversión, mi madre tuvo un sueño. Vio a un hombre vestido de smoking que la llevaba a un gran centro comercial e ingresaba a un supermercado y una tienda departamental. Este hombre la presentaba al dueño de cada negocio y le decía: «Me casé con esta mujer, satisfagan todas sus necesidades». Mamá creía que aquel hombre era Jesucristo y que cada una de sus necesidades sería satisfecha. Verdaderamente experimentamos milagros. Ella pudo satisfacer todas nuestras necesidades y educarnos a todos. Fue una madre que le dio mucho amor a sus cinco hijos: Rosalía, Rubén, Elsa, Horacio y yo. Ella sacrificó su vida para alimentarnos y educarnos. Si bien trabajó largas horas como costurera, comenzando desde muy temprano por la mañana hasta muy tarde por la noche, desde que conoció a Dios cantaba todo el día. Ella tomó el hecho de seguir a Cristo con mucha seriedad.

Antes de continuar me gustaría honrar la fidelidad y la coherencia de estas dos maravillosas misioneras de los Hermanos Libres que, a pesar de haber sido rechazadas por mi madre, regresaron a casa una y otra vez. Debido a su insistencia, mi madre y mis hermanos se convirtieron en comunicadores de las Buenas Noticias de la salvación, y miles de personas se acercaron al Señor. Nunca debemos ceder tan rápidamente cuando los inconversos nos rechazan.

UN NACIMIENTO CON PROPÓSITO

El 8 de julio de 1934 abrí mis ojos al mundo por primera vez. Al nacer me encontré en un hogar bajo el señorío de Cristo, respirando de su gracia y rodeado de amor. Mi madre y mis cuatro hermanos estaban asombrados, ya que nunca les había pasado por la cabeza que podía llegar un quinto niño a la casa. Mi familia no imaginó que terminaría enseñando, discipulado y difundiendo las Buenas Nuevas de Jesús en más de 65 países en todo el mundo.

Un día, siendo bebé, me enfermé mucho y mi madre le pidió a mi padre que buscara un médico (en esa época, los doctores hacían visitas a domicilio). Mi padre así lo hizo, pero como llevaba algo de dinero encima, se encontró con unos amigos en el camino y no volvió. ¡Regresó cinco años después!

Un día, mientras jugaba al fútbol con unos amigos en una cancha cercana, observamos a un caballero muy bien arreglado que cruzaba por nuestro lugar de juego. Vestía un traje azul claro, una corbata, un sombrero blanco y una cadena de oro con un reloj de bolsillo. Dejamos de jugar para ver a este elegante hombre tan bien vestido. Unos minutos más tarde, mi madre me llamó para que regresara a casa. Al hacerlo, vi a ese hombre sentado en nuestro patio. Me quedé muy impresionado. Mamá dijo: «Juan Carlos, este es tu papá». Aquella fue la primera vez que lo vi. Él abrió su billetera y me dio un billete de cinco dólares. Luego mi mamá me contó que cuando llegó, lo primero que preguntó fue qué le había sucedido al bebé que estaba enfermo.

Como mi padre no vivía con nosotros, cada tanto venía de visita a la casa y, como decía ser cristiano, nos acompañaba a la iglesia. Sin embargo, siempre avergonzaba a nuestra familia porque llegaba borracho. En una oportunidad, se llevaba a cabo una cruzada evangelística en una carpa y él vino con nosotros. El predicador de la noche era un caballero inglés llamado el Sr. Pender, director ejecutivo de una compañía importante. Mientras predicaba, el Sr. Pender dio un ejemplo acerca de la «bola de cristal» que utilizan los clarividentes. Mi papá, que estaba ebrio, en medio de la prédica interrumpió diciendo: «¿Podría por favor explicar de nuevo lo de la bola de cristal?». El predicador respondió que se lo explicaría una vez que terminara el servicio. A lo que mi padre respondió: «Usted no sabe predicar, mi esposa sabe hacerlo mejor que usted». Miró a mi madre y dijo: «Mema, ve al podio y predica. Tú lo haces mucho mejor que él ...». Así era papá cuando estaba borracho.

El mismo día de la boda de mi hermana Rosalía recibimos la noticia de que un tío se había muerto. Así que tuvimos un funeral y una boda al mismo tiempo. Los dos eventos se llevaron a cabo muy cerca uno del otro, entonces mi papá, que ya había bebido bastante, iba y venía del funeral a la boda. Cuando estaba en el funeral pedía un aplauso para mi hermana, y cuando estaba en la boda pedía un minuto de silencio para honrar a mi tío muerto.

Esas eran algunas de las cosas que mi padre hacía cuando estaba alcoholizado y que tanto nos avergonzaban. Sin embargo, la familia también recuerda que cuando estaba sobrio era una persona agradable que disfrutaba cocinar para nosotros. Mi madre nos enseñó a respetarlo sin importar lo que él hiciera. Siempre teníamos un cuarto y una cama preparados para cuando él llegara.

DIFERENTE ENTRE MUCHOS

La primera vez que pensé que un día sería predicador fue aproximadamente a los cinco años. Un ministro inglés había venido de visita a nuestra iglesia y después del servicio, mientras yo corría con otros niños, me detuvo, me miró directamente a los ojos y preguntó mi nombre: «Juan Carlos Ortiz», respondí. Y el predicador me dijo: «Cuando crezcas serás predicador». Esas palabras permanecieron siempre en mi mente y me alentaron a serlo. Por ello, siempre tomo tiempo y me detengo a hablar con los niños para decirles algo lindo tal como lo hizo Jesús: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos».

Evidentemente, el Señor tenía un buen plan para mi vida y se ocupó de mí. Un día estaba jugando en el frente de nuestra casa y pasó una caravana de gitanos. Al poco tiempo mi familia advirtió que yo no estaba y en medio de la desesperación comenzaron a correr por todo el vecindario buscándome. Un extraño que pasaba por ahí les avisó que acababa de ver a un grupo de gitanos con un pequeño niño rubio. Mi familia sabía exactamente dónde acampaban, así que corrieron lo más rápido que pudieron a las tiendas. Allí estaba yo, entre ellos.

Cuando comencé el primer grado de la escuela primaria tenía seis años. Antes de dejarme en el patio de la escuela mi madre me dijo: «Recuerda que eres un hijo de Dios. Eres diferente. Por eso, se burlarán de ti y te perseguirán. Hasta el día de hoy te hemos protegido del mundo, todos tus amigos son creyentes, pero ahora vas a ingresar al mundo. Los niños del mundo hacen trampa, dicen malas palabras y pelean. Tú no lo harás, porque perteneces al Reino de Dios. No dirás malas palabras ni harás cosas malas, y a causa de ello te perseguirán. Si no lo hacen es porque eres como ellos». Ingresé a la escuela esperando ser perseguido. De no haberlo sido me hubiera sentido frustrado. Mi madre me dejó muy en claro que los hijos de Dios no pertenecían a este mundo, por ende, no debían hacer esas cosas.

La influencia maravillosa de mi madre fue tal, que me regaló una hermosa Biblia de bolsillo con tapas de cuero negro y filetes dorados que decía: «Quiero que este sea el primer libro que leas cuando aprendas a leer». Me interesó tanto, que lo tenía en el bolsillo de mi guardapolvo y lo leía en los recreos. Los niños de la escuela me pusieron el mote de «Pío XII», que era el nombre del Papa de esa época. Una vez a la semana, un predicador católico nos daba clases de catecismo. Y aunque eran obligatorias, mi madre pidió que me excusaran de esas clases. Si bien lo hicieron, esto provocó cierta persecución, incluso por parte de la maestra. Yo era el único cristiano protestante de toda la escuela. Cada vez que mi tarea no estaba correctamente hecha, mi maestra me decía frente a toda la clase: «En lugar de leer "ese libro", ten más cuidado con tu tarea».

Me quejé a mi madre por esto y su respuesta fue:

—¿Te escupieron en la cara?

—No —respondí.

—¿Te colocaron una corona de espinas en la cabeza?

—No —continué respondiendo.

—¿Te clavaron a la cruz?

—¡No!

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Mi madre agregó que el Señor había sufrido en la cruz por mí y que yo nunca debía avergonzarme de él.

Aunque éramos pobres y yo estaba creciendo, mis cuatro hermanos habían comenzado a trabajar, así que me malcriaron regalándome todo tipo de juguetes y la mejor ropa que podían comprar. De toda la familia fui el que menos padecí y presencié el mal comportamiento de nuestro padre. Por lo que también las consecuencias de tener un padre alcohólico fueron menores.

Poco después de la visita de mi padre cuando apenas tenía seis años, volvió a desaparecer. Finalmente regresó muy enfermo de cirrosis cuando yo tenía dieciséis. Todos lo cuidamos dando testimonio de la gracia de Dios. Y en esta oportunidad, a los 55 años de edad y justo antes de fallecer, tuvo una profunda experiencia con Jesucristo.

Cuando ya todos fuimos adultos, mi madre dejó de trabajar y dedicó el resto de su vida a servir al Señor. Cocinaba para las conferencias de pastores, aconsejaba a los jóvenes y ayudaba a los necesitados. Ella se desempeñaba en varias actividades, pues hacía las veces de comadrona hasta incluso lavar pañales; ayudaba a las primerizas en sus hogares cuando nacían sus bebés y visitaba a los enfermos. Cuando nuestro padre murió, recibió un buen plan de pensión y otros beneficios que siempre compartió para ayudar a los menos afortunados. Mi casa volvió a convertirse en un lugar lleno de hospitalidad para alumnos del seminario y jóvenes misioneros.

PARA REFLEXIONAR: Puede que yo haya sido una sorpresa para mi familia, pero no lo fui para Dios. «Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones» (Jeremías 1:5).

Chapter Two

La iglesia de mis primeros años

Después de la Primera y Segunda Guerra Mundial, gran cantidad de inmigrantes italianos llegaron a la Argentina. Todos eran católicos romanos. En esa época había muy pocas iglesias protestantes y la mayoría de ellas eran muy pequeñas.

El hermano Francescone recibió a Cristo en la ciudad de Chicago, Estados Unidos, y se dirigió a Brasil y a Argentina para visitar a sus parientes a fin de llevarles el Evangelio Pentecostal de Salvación. Los primeros convertidos fueron Ángel y Pablo Mingrino, que vivían en Villa Devoto, Buenos Aires, y fueron los pastores de la iglesia que resultó ser la Primera Iglesia Pentecostal de la Argentina en 1914. Luego llegó el hermano Petrelli, quien fue maestro de Biblia en Nueva Jersey, Estados Unidos, y añadió enseñanzas al grupo.

Si bien mi madre recibió a Cristo a través de las misioneras, fue bautizada y asistió a una iglesia de los Hermanos Libres. Cuando estaba buscando un departamento más barato para alquilar, halló uno en un barrio italiano. Resultó ser que el dueño del departamento era el pastor de una pequeña iglesia evangélica italiana que se había separado de una más grande. Mi madre aún no sabía nada sobre denominaciones, así que visitó aquella iglesia, le gustó, y nos convertimos en pentecostales. Sin embargo, nunca cortamos los lazos con la iglesia de los Hermanos Libres, porque mi hermana mayor era muy activa allí y continuaba asistiendo.

La pequeña iglesia del propietario de nuestro departamento, José De Luca, sufrió un desmembramiento y la mayor parte de su congregación, excepto nosotros, se unió a la Primera Iglesia Pentecostal de Villa Devoto. Mi madre decidió unirse a otra iglesia en Villa Lynch con el pastor Leoluca Caparrota. En esa iglesia nos hicimos muy amigos de la familia Rebuffo. Ellos estaban muy comprometidos con Dios y fueron un tremendo ejemplo para nosotros de cómo debía ser una familia cristiana. Más tarde nos enteramos de que todas las iglesias italianas pentecostales tenían la misma ideología.

LOS JÓVENES Y LOS LARGOS CULTOS

Para ese tiempo yo era un preadolescente entre los 11 y los 14 años. A esa edad, la iglesia resultaba muy aburrida. Los servicios eran demasiado largos, y mientras las personas daban sus testimonios, los jóvenes no muy consagrados se iban a la mitad del culto para conversar afuera. Finalmente salía un anciano y los obligaba a entrar. Yo era el más pequeño del grupo. Los muchachos más grandes hablaban de cosas que eran demasiado avanzadas para mí y no eran buenas para los cristianos. En realidad, algunos de ellos terminaron abandonando la iglesia. No obstante, aquí se evidencia la importancia de la familia Rebuffo. Todos los domingos, después del servicio, mi hermana Elsa iba a su hogar. Eran los únicos entre nuestros conocidos que tenían un piano y cantaban canciones del himnario, improvisaban tríos, cuartetos, etc. La madre de Isabel contaba chistes hasta hacernos llorar de la risa. También nos preparaba unos deliciosos emparedados y terminábamos la velada orando.

Para ser sincero, las actividades de la iglesia eran muy poco atractivas a mi edad. La familia Rebuffo fue la que me salvó de no abandonar la iglesia en esa etapa de mi vida. De haber habido más familias como esa en cada iglesia, con deliciosos emparedados y bromas, cantando y orando, invitando a los preadolescentes a participar, no hubiésemos perdido a tantos de ellos.

Algunos otros llegaron a la iglesia, como Cayetano, otro muchacho con habilidades musicales que me enseñó música. Isabel Rebuffo era la pianista. Tito Scataglini estaba enamorado de ella, por lo que siempre estaba a su lado. Y a medida que fui creciendo, entablé una muy linda amistad con ellos. Con el tiempo, Tito y su familia fueron utilizados como ministros de Dios con mucho poder.

(Continues...)



Excerpted from DE LAS SELVAS A LAS CATEDRALES by JUAN CARLOS ORTIZ Copyright © 2011 by Juan Carlos Ortiz. Excerpted by permission of Zondervan. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Prólogo....................9
Capítulo 1: La salvación ha llegado a esta casa....................11
Capítulo 2: La iglesia de mis primeros años....................19
Capítulo 3: El seminario y mi bautismo en el Espíritu....................25
Capítulo 4: Mi primera visión....................31
Capítulo 5: Mi experiencia con Tommy Hicks....................37
Capítulo 6: Nada volvió a ser igual....................43
Capítulo 7: Mi primer viaje a los Estados Unidos....................49
Capítulo 8: De regreso a la Argentina....................55
Capítulo 9: La reconciliación con mi iglesia italiana....................67
Capítulo 10: Señor, ¿qué pasa conmigo?....................75
Capítulo 11: Martha, la mejor decisión....................79
Capítulo 12: Mi propia familia....................85
Capítulo 13: Un sueño nuevo: «Predicar y enseñar»....................91
Capítulo 14: Tabernáculo de la Fe, Hidalgo 357....................97
Capítulo 15: La renovación espiritual....................105
Capítulo 16: La renovación llega a los católicos....................109
Capítulo 17: Un aprendizaje iluminado en los años 60....................119
Capítulo 18: Elementos de la renovación espiritual....................129
Capítulo 19: Estados Unidos, ¿un nuevo hogar?....................139
Capítulo 20: Posibilidad confirmada....................147
Capítulo 21: Ingreso al mundo presbiteriano....................155
Capítulo 22: La convocatoria de la Catedral de Cristal....................167
Capítulo 23: Asombroso crecimiento del ministerio hispano....................175
Capítulo 24: Luego de mi enfermedad....................183
Capítulo 25: Muy importante: Mi familia....................187
Capítulo 26: Mi viaje en los años cumbre....................197
Anexo: ¿Cómo me imagino a Dios?....................203
Poesía:....................213

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