Diario de un reconocimiento de las guardias y fortines

Diario de un reconocimiento de las guardias y fortines

by Felix de Azara

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Product Details

ISBN-13: 9788498976939
Publisher: Linkgua
Publication date: 08/31/2010
Series: Memoria-Viajes Series
Pages: 76
Product dimensions: 5.30(w) x 8.30(h) x 0.30(d)

About the Author

F�lix de Azara, 18 de mayo de 1742 (Barbu�ales, Huesca)-1821. (Espa�a.) Fue militar, ingeniero, explorador, cart�grafo, antrop�logo y naturalista. Estudi� en la Universidad de Huesca y en la Academia militar de Barcelona d�nde se gradu� en 1764. Sirvi� en el regimiento de infanter�a de Galicia y obtuvo el grado de lugarteniente en 1775. Siendo herido en la guerra de Argel, sobrevivi� de milagro. Asimismo rechaz� en 1815 la Orden de Isabel la Cat�lica en protesta por los ideales absolutistas imperantes en Espa�a. Mediante el tratado de San Ildefonso (1777), Espa�a y Portugal fijaron los l�mites de sus dominios en Am�rica del Sur y Azara fue elegido como uno de los cart�grafos encargados de delimitar con precisi�n las fronteras. March� a Sudam�rica en 1781 para una misi�n de algunos meses y vivi� all� veinte a�os. Al principio se estableci� en Asunci�n, Paraguay, para realizar los preparativos necesarios y esperar al comisario portugu�s. Sin embargo, pronto se interes� por la fauna local y comenz� a estudiarla acumulando el extenso archivo que m�s tarde conform� los cimientos de su obra cient�fica. Cabe a�adir, adem�s, que colabor� con Jos� Artigas en el establecimiento de pueblos en las fronteras entre la Banda Oriental (actual Uruguay) y el Imperio del Brasil. Azara muri� en Espa�a en octubre de 1821, v�ctima de una pulmon�a;fue tambi�n conocida su amistad con Goya, quien pint� un retrato suyo.

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Diario de un Reconocimiento de las Guardias y Fortines que Guarnecen la línea de Frontera de Buenos Aires Para Ensancharla


By Félix Azara

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9897-693-9



CHAPTER 1

PROEMIO AL DIARIO DE AZARA


Este cuaderno, que contiene uno de los tantos proyectos que se han formado para la seguridad de nuestros campos, recuerda también uno de los importantes trabajos de don Félix de Azara en estas provincias.

El virrey Melo, testigo del celo de este inteligente oficial en el Paraguay, aprovechó su inacción en Buenos Aires para encargarle el reconocimiento de nuestra frontera. La proximidad y el arrojo de los bárbaros mantenían a los pocos moradores del campo en una alarma continua; y se trataba menos de ensanchar nuestro territorio que defender la vida de sus habitantes. Hasta entonces, y mucho después, el que presidía el vasto virreinato de Buenos Aires mandaba obsequiar a los caciques para que no le hostilizasen, y era general el deseo de salir de un estado tan degradante. Los hacendados y el Cabildo habían representado al rey la necesidad de avanzar y proteger las poblaciones; muchas cédulas habían llegado de España con la aprobación de estos planes, y destinando fondos para realizarlos; pero nunca faltaban pretextos para eludirlas, y la obra de nuestra frontera había tenido la misma suerte que la famosa acequia imperial de Aragón, en que se empezó a trabajar dos siglos después que fue proyectada.

Esta vez no se echó mano de agrimensores, como se hizo en tiempo de Vertiz, sino que se libró el problema a la consideración de geógrafos experimentados, como Cerviño, Insiarte y Azara, a los que fueron asociados Quintana y Pinazo, que sin ser facultativos tenían un conocimiento práctico del terreno.

Bajo estos auspicios salió la expedición de Buenos Aires, y se dirigió al fuerte de Melincué, desde donde bajó hasta la isla Postrera, recorriendo una línea marcada por el Salado y comprendida entre los 33º 49' 24" y los 36º 5' 30" de latitud austral.

En el informe con que Azara acompañó el diario de este reconocimiento, expuso al virrey los defectos que había notado en el sistema de defensa de la frontera y los principios que le habían guiado en el plan que él proponía para enmendarlos. Si no fuera intempestivo cualquier examen de estas ideas, que por la extensión progresiva de nuestros límites han dejado de ser aplicables, probaríamos que son cuando menos problemáticas las ventajas de establecer fuertes a igual distancia entre sí, y en la misma dirección; o (para valernos de las palabras del autor) que no adelanten notablemente unos de otros. Y sin embargo, tan penetrado estaba Azara de la utilidad de esta disposición simétrica, que «por sujetarse más a estas condiciones, no aprovechó muchas veces de sitios excelentes, y acaso mejores que los electos».

Más cuerdo fue el consejo que dio de apoderarse de la isla de Choelechel, cuyos resultados favorables calculó con bastante acierto, aunque se equivocase en la influencia que debía ejercer esta ocupación sobre el comercio de las provincias interiores, fundándose en la unión del Diamante con el Río Negro. Pero este error, del que no era fácil precaverse en aquella época, nada quita al mérito del reconocimiento científico que hizo de nuestra frontera.

Los encargados de esta comisión adoptaron el método que habían empleado en la demarcación de límites, sujetando la parte gráfica y descriptiva del terreno a las observaciones astronómicas. De este modo determinaron muchos puntos en que se apoyaron después los trabajos geodésicos de esta provincia. ¿Y qué otra cosa puede hacerse mientras no se logre medir una base y envolver el terreno en un réseau de triángulos?

Azara era demasiado ilustrado para desconocer que la mejor defensa de un país es la que estriba en su población, y por lo mismo insiste en la necesidad de fomentarla. Su opinión era que se prefirieran las colonias militares, a que debían servir de plantel los cuerpos de blandengues.

En la enumeración de los abusos que prevalecían entonces, cita como un hecho muy obvio la enajenación que hacía el Estado de 30 a 40 leguas cuadradas por 80 pesos; y Viana agrega, en un papel que por su analogía hemos agregado al diario de Azara, que solo a la familia de los Ezeisa se les agració con ¡96 leguas de superficie!

Entretanto, ninguno de estos feudatarios hacía el menor esfuerzo para poner la provincia al abrigo de las incursiones de los salvajes, a las que más bien favorecían estas grandes extensiones de terreno que se quedaban baldías por la incuria de sus poseedores. El desprecio con que se miraban antes las propiedades rurales, y el empeño que se tuvo después en monopolizarlas, contribuyeron igualmente a mantener la provincia en el mayor abatimiento.

Hasta el año de 1740, no solo la campaña, sino la misma ciudad de Buenos Aires estuvo a merced de los indios. Los gobernadores Ortiz de Rosas y Andonaegui fueron los primeros que se ocuparon en contenerlos; pero tan menguados eran sus medios de defensa, que continuaron las invasiones en todo el siglo pasado, hasta que se adoptó el arbitrio de entenderse con los caciques, a quienes los virreyes recibían con agasajo y con su traje de etiqueta.

Tal era el estado de nuestras relaciones con los bárbaros cuando se llamó a Azara; y no es extraño que su plan se resienta de la debilidad en que se hallaba constituido el poder que lo empleaba.

Algunos trozos de este diario aparecieron en 1822 con el título de Noticias relativas a la parte hidráulica, en los números 3 y 5 del Registro Estadístico que se empezó a publicar en Buenos Aires, haciendo alteraciones y supresiones en el texto, y hasta silenciando el nombre del autor. Con igual libertad se usó del informe de Azara, de donde se sacaron párrafos enteros, para redactar otro artículo que se insertó en el número 2 de ¡la Abeja Argentina ...! Hubiéramos prescindido de apuntar estos hechos si no hubiésemos tenido que justificar el epígrafe de primera edición con que encabezamos este documento.

Buenos Aires, octubre de 1837. Pedro de Angelis.

Reconocimiento de la frontera

CHAPTER 2

OFICIO DEL SEÑOR DON PEDRO MELO DE PORTUGAL, VIRREY DE BUENOS AIRES


Señor:

En el expediente formado sobre la meditada formación de poblaciones en esta frontera y adelantamiento de fuertes que convenga con este motivo, he resuelto por decreto de 20 del corriente lo siguiente:

Reflexionando maduramente cuanto me expresan los diputados hacendados de esta banda del Río de la Plata, con lo informado por el Ilustre Cabildo de esta capital, a quien tuve por conveniente oír en la materia, además de varias noticias adquiridas de algunos cortos expedientes que existían en mi Secretaría, y he traído a la vista, resultando de todos las continuas instancias de los vecinos, cabildos, jefes militares y prácticos de la frontera para sujetar las repetidas hostilidades de los indios bárbaros de ellas, a quienes no ha bastado a contener el buen trato, agasajo, ni las fuerzas puestas en los parajes que por entonces se tuvieron por más convenientes, en cuyo particular trabajaron con tanto esmero mis antecesores; conviniendo también todos unánimemente en el beneficio que resultaría de formarse poblaciones, que al mismo tiempo de sujetar con más seguridad a estos indios proporcionaban riquezas incalculables al Estado y real hacienda, lográndose principalmente por este medio la conversión de muchos indios; teniéndolas aprobadas Su Majestad en 10 de julio de 1753, 9 de febrero de 1774, 17 de marzo de 1777 y 28 de febrero de 1778, franqueando con generosa y liberal mano sus caudales para tan importante y útil establecimiento, sin que haya permitido su ejecución sólida y permanente la escasez de fondos, y otras infinitas atenciones del real servicio, de que, algo desembarazado en el día el ramo de guerra, proporciona se verifiquen tan ventajosas ideas, como con juicio, prudencia e ilustración propone el Cabildo y su Síndico; deseando que la religión, el estado, esta provincia y el comercio no carezcan de los saludables y benéficos efectos, indicados generalmente por todos los prácticos e inteligentes; uniendo al mismo tiempo la seguridad en lo sucesivo y el acierto en la elección de parajes más proporcionados a todos los respectos que demanda un establecimiento de esta consideración, en que se deben combinar muchas atenciones, que, aunque diversas, conspiran a un fin; procédase a hacer un prolijo reconocimiento de toda la frontera y sitios más adecuados a fundar las poblaciones según lo mandado por Su Majestad, a cuyo fin comisiono, con todas las facultades respectivas, al Capitán de Navío de la Real Armada, don Félix de Azara, en calidad de Comandante General de esta expedición, a que deberán acompañarle el Comandante de Frontera don Nicolás de la Quintana, el Maestre de Campo don Manuel Pinaso, el Teniente de Dragones don Carlos Pérez, cien hombres del cuerpo de blandengues, con ocho oficiales, veinte pardos milicianos y los baqueanos, intérpretes y peones precisos. Y nombro por ingeniero geógrafo a don Pedro Cerviño, y por piloto al primero de la Real Armada, don Juan Insiarte, a cuyos dos facultativos se asignarán a su tiempo las competentes ayudas de costas, quienes forrmarán un diario exacto desde su salida hasta su regreso, levantando los planos necesarios de aquellos terrenos donde crean conveniente colocar las poblaciones, con proporción a pastos, aguadas, leña, avenidas de los indios, situación material para su ventilación, dominación de la campaña y demás atenciones con que se debe proceder, como de aquellos fuertes que parezca con este motivo deber adelantar para seguridad general y comunicación que deben tener unos con otros, disponiendo, si no hubiese otro inconveniente, que las poblaciones estén en medio de fuerte a fuerte, para poder reconocer el campo con más prontitud y menos trabajo. A cuyo efecto tomarán todas las luces necesarias del Comandante de Frontera, Maestre de Campo y Sargentos Mayores antiguos y de juicio, pudiendo tener presente el expediente obrado en el año de 78 y 79 con este objeto, formando al mismo tiempo un cálculo de lo que podrá costar cada obra de por sí, con distinción y separación, pudiéndose hacer las murallas de adobes o de palizada si el terreno lo facilitase, y teniéndose presente cuanta economía se pueda, atendido el costo que se va a emprender y demás precisas urgencias del ramo; considerando que las poblaciones no deben ser dilatadas, a cuyo efecto las cuadras tendrán solo 100 varas, informando si de lo que se adelanten, éstas y los fuertes, podrá resultar acaso el que los indios se recelen de irlos a estrechar. A cuyo efecto se librarán por mi Secretaría las correspondientes órdenes, avisándose igualmente al Cabildo esta resolución; todo lo que se hará con la mayor brevedad, aprovechando la presente estación, pero sin precipitar los reconocimientos, y sin perjuicio de esto, para instruir el expediente con todos los demás conocimientos. Fórmese por las cajas reales un estado exacto del ramo de guerra, con distinción de lo producido en esta capital y su jurisdicción, del que se recoge en Montevideo; el que, verificado, pase al Tribunal de Cuentas y Señor Fiscal, para que expongan lo que tengan por conveniente, reservándome ir dando providencias oportunas en todos los puntos incidentes y progresivos, hasta dar cuenta a Su Majestad en el estado que lo requiera.

En su consecuencia me pasará Vuestra Señoría relación con presencia de las adjuntas, formadas por el Comandante de Frontera y Maestro de Campo citados, de los bagajes, comestibles, municiones y demás que se considere preciso para la presente expedición de reconocimiento, a que por ahora se dirige Vuestra Señoría con la comitiva y tropa que se expresa, y referirá Vuestra Señoría en ella el número de baqueanos, intérpretes y peones, a fin de que, con el consiguiente presupuesto, pueda proceder a su apronto y sucesiva salida, que verificará Vuestra Señoría sin retardo. En la inteligencia de que doy aviso de sus respectivos nombramientos a los indios que quedan mencionados, y espero del celo y dedicación de Vuestra Señoría a los interesantes fines del servicio, los esmeros que me he prometido en el desempeño de esta importante comisión que he puesto a su cargo.

Dios guarde a Vuestra Señoría muchos años. Buenos Aires, 29 de febrero de 1796.

Pedro Melo de Portugal.

Al señor don Félix de Azara, Capitán de Navío.

Plazas que componían la expedición

Don Félix de Azara, Capitán de Navío de la Real Armada, Comandante General de la expedición.

Don Nicolás de la Quintana, Comandante de la Frontera.

Don Manuel Pinaso, Maestre de Campo.

Don Juan Francisco Echague, Capitán agregado a Buenos Aires.

Don Carlos Belgrano Pérez, Teniente de Dragones.

Don Pedro Cerviño, Ingeniero de la expedición.

Don Juan Insiarte, primer piloto de la Real Armada.

Don Antonio Alonzo, Capellán.

Don Blas Pedrosa, lenguaraz.

Don Eusebio Caraballo, baqueano.


Jueves 17 de marzo de 1796

El 14 marcharon las carretas con los víveres de la tropa y peonada; y el comandante Azara, los facultativos Cervino, Insiarte, Pérez y Echague salieron de Buenos Aires este día 17 de marzo. A las doce pasaron por el paso o puente de Márquez, que está en el arroyo de las Conchas, que desagua en el Paraná en el pueblo de su nombre. Este paso dista de la capital 7 leguas, tiene de anchura unas 20 varas, y no necesitaría de puente si no fuese fangoso.

Prosiguieron la marcha, y a la noche llegaron a la villa de Luján, y reputaron haber andado este día 50 y media millas por el Sur 86º 50' Oeste corregido.


Viernes 18

Este día llegaron a la guardia de Luján, y tuvieron que demorarse para reemplazar el eje del coche que se quebró. El arroyo, del cual toma la guardia el nombre, desagua en el río Paraná, en el Rincón del Chanchillo, o estancia de Campana.


Sábado 19

Aunque en la guardia de Luján se reunieron todos, no pareció el baqueano, ni lenguaraz o intérprete, y por esta causa no se pudo salir de ella.


Domingo 20

Llovió toda la noche anterior, y este día.

Lunes 21

Permanecieron por las causas anteriores en el mismo destino.

Notas. Se advierte que las distancias caminadas, que se verán en las tablas de lo andado cada día, son millas y decimales de milla.

2.ª Que los rumbos de que se va hablando son corregidos.


Martes 22

El derrotero, o tabla, siguiente comprende este día inclusive y los anteriores.

Las longitudes son contadas todas desde el meridiano que pasa por Buenos Aires.


Esta villa lleva el nombre del capitán Luján, que vino con don Pedro de Mendoza a la fundación de la capital de Buenos Aires; y habiéndose hallado en la reñida función de la Matanza, distraído en la persecución de los indios, se extravió, y no sabiendo volver, se halló muerto de hambre y herido al lado de su caballo, junto al arroyo que por eso llaman Luján, y pasa junto a la villa.

Se venera una efigie de Nuestra Señora de la Concepción, cuya altura no pasa de media vara, ni en lo material tiene recomendación. Sin embargo se reputa milagrosa, y por eso le hacen muchas visitas y ofrendas los peregrinos de Buenos Aires, Santa Fe y el Tucumán. Un portugués la trajo del Brasil, y la dejó en dicha villa, llevando otra igual al Perú, donde también es venerada en un santuario. El vulgo dice que el portugués se vio precisado a dejarla aquí porque no quiso seguirle al Perú, donde se proponía llevarla. La iglesia es de adobe y se concluyó en 1763. A las 6 y media leguas de la villa está la guardia del mismo nombre, y a 2.000 varas de ella al Norte pasa el arroyo de Luján, que nace como a 2 leguas, hacia el occidente de una laguna nombrada de los Leones. Esta guardia se fundó en 1772, y en 1779 se trasladó al sitio donde se halla en el día, distante algunas cuadras del primitivo. Su latitud, 34º 40' l51/2", y la longitud del meridiano de Buenos Aires a occidente, 1º 25' 14". Demarcación a la villa Norte 86º Este.


Día 22

Salida de la guardia de Luján hasta el fortín de Areco; su latitud 34º 23' l5", y la longitud al occidente de Buenos Aires, 1º 49' 23".


Día 23

Salida de dicho fortín; a la una y media legua se cortó el río Areco, despreciable por su poca agua, y en verano se seca; nace de la laguna llamada del Pescado, distante una y media legua del paso, y desagua el dicho arroyo o río en el Paraná. Hasta la guardia del Salto, desde el punto de la salida, son 21 y media millas, como demuestra la tabla siguiente.


La latitud es de 34º 18' 57", y la longitud occidental, de 2º 14' 49".

Hay en esta guardia piedra que, en la cantera o recién sacada, es de tanta suavidad que con un cuchillo se corta; pero poniéndola a la intemperie se pone durísima.


Jueves 24

Salida de la guardia del Salto; a la milla se cortó una cañadilla que se llama el Saladillo, y a 2 millas más se pasó otra con igual nombre, y a más desaguan en el arroyo de Rojas; a 3 y media leguas más se dejó a la izquierda inmediata la Laguna de la Salada, que no llega a milla de largo y la cuarta parte de ancho. Caminada una milla más, se comenzó a costear el arroyo Rojas, llamado así en su origen, después del Salto, por una especie de arrecife, y últimamente al entrar en el Paraná lo denominan el Arrecife, porque parece que allí le tiene. A las 6 y media leguas de la salida se hizo alto para observar, y se halló la latitud 34º 14' 38", y la longitud occidental de 2º 34' 8". Desde aquí se continuó la marcha, y a las 2 leguas se entró en el fuerte de Rojas, que está a la banda del Norte del arroyo del mismo nombre, que pasa por cerca del fuerte del Salto, y su curso al Sur 54º Oeste. A distancia de media legua se le incorpora otro arroyo, que viene de la laguna llamada Cabeza del Tigre.


(Continues...)

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Contents

CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 7,
PROEMIO AL DIARIO DE AZARA, 9,
OFICIO DEL SEÑOR DON PEDRO MELO DE PORTUGAL, VIRREY DE BUENOS AIRES, 13,
LIBROS A LA CARTA, 73,

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