Educando hijos del reino: Desarrolle una fe viva en sus hijos

Educando hijos del reino: Desarrolle una fe viva en sus hijos

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Product Details

ISBN-13: 9781496428530
Publisher: Tyndale House Publishers
Publication date: 04/17/2018
Pages: 304
Sales rank: 1,244,199
Product dimensions: 5.90(w) x 9.00(h) x 0.90(d)

About the Author


DR. TONY EVANS is the founder and president of The Urban Alternative, a national ministry dedicated to restoring hope in personal lives, families, churches and communities. Dr. Evans also serves as senior pastor of Oak Cliff Bible Fellowship in Dallas. He is a bestselling author and his radio program, The Alternative with Dr. Tony Evans, is heard on nearly 1,000 stations around the globe every day. For more information, visit: tonyevans.org.

Read an Excerpt

CHAPTER 1

Este no es el Reino Mágico

La cosa comenzó como un típico viaje de vacaciones de los Evans. Mi esposa, Lois, y yo reunimos en el carro a nuestros cuatro hijos, los cuales no paraban de crecer, y partimos en una aventura de la carretera. Sonidos de expectativa alegre llenaban al carro porque nuestro destino ofrecía promesas de aventura, fantasía y diversión. Fue el primero de muchos viajes a Disneyland, pero se destaca en mi memoria de manera especial porque la historia que parecía un cuento de hadas estuvo a punto de convertirse en una tragedia.

Era el mes de agosto (mi época de vacaciones), así que las calles y los senderos sinuosos de Disneyland estaban abarrotados de otra gente que disfrutaba de sus vacaciones de verano. El elevado volumen de los visitantes se nos venía encima por todos lados, e íbamos en manada con la muchedumbre. Sentía que andaba caminando más como pato que como humano.

Al caminar pegados unos a otros a la fuerza, íbamos charlando amigablemente. (Esto sucedió antes de que los teléfonos celulares fueran omnipresentes, de manera que mi familia y yo teníamos la cómoda libertad de poder hablar entre nosotros). Las conversaciones animadas iban y venían entre Lois y yo y nuestros cuatro hijos: Chrystal, Priscilla, Anthony Jr. y Jonathan.

Ya que todos los niños tenían la estatura suficiente para subir a la mayoría de las atracciones veloces, disfrutábamos a fondo el rato que estábamos pasando, yo incluido. Pero la alegría desapareció en algún punto entre un lado del parque y otro, cuando nos dimos cuenta de que uno de nuestros hijos había dejado de participar de la conversación. Jonathan, el menor, no estaba con nosotros.

A punto de cumplir siete años, Jonathan nunca nos había dado muchos motivos para preocuparnos. Casi nunca se portaba mal ni requería de atención especial para hacerlo obedecer las reglas familiares. Jonathan tenía (y todavía tiene, al día de hoy) una conducta firme pero dulce. Como era tan obediente, nadie tenía el ojo especialmente atento a lo que él hiciera ... ni siquiera yo. Con cada paso que yo daba dentro del Magic Kingdom, me había dejado cautivar más y más por el aroma de la buena comida y por los sonidos de las atracciones y de la música. La promesa de la aventura me devoraba.

No estoy seguro de quién fue el primero en darse cuenta, pero pronto empezamos a preguntarnos: «¿Dónde está Jonathan?», «¿Dónde creen que habrá ido?», «¿Cuál fue el último lugar donde alguno lo vio?».

La preocupación dio paso al pánico cuando la realidad aterradora nos invadió: no encontrábamos a Jonathan en ninguna parte. Rápidamente, nos dividimos en grupos y empezamos a volver sobre nuestros pasos lo mejor que podíamos. Decidimos encontrarnos de nuevo en un lugar elegido, después de un determinado tiempo. Pasaron diez minutos; luego, veinte. Seguíamos sin tener noticias de Jonathan. Nos reunimos, nos separamos y volvimos a buscar.

Esta vez, le informé a un agente de seguridad, y el personal de Disney también comenzó a buscarlo. Pasaron treinta minutos; luego, cuarenta. Jonathan no aparecía.

El corazón me latía más rápido que nunca. Mis ojos examinaban la multitud mientras buscaba a mi hijo. ¿De dónde salió toda esa gente?, me preguntaba mientras serpenteaba entre la muchedumbre tan cortésmente como podía con prisa. Habían pasado cincuenta minutos; luego, sesenta. Todavía no había señales de Jonathan.

Los sonidos de las atracciones de pronto se volvieron una molestia. El olor de la comida me daba asco. Lo que había sido un lugar placentero tan solo una hora antes se había convertido en un caos y en un centro de angustia. Me di cuenta de que, sin mi hijo, este no era ningún reino mágico.

Y entonces ... ahí estaba, a lo lejos. Cuando lo vi inicialmente, Jonathan estaba mirando unas chucherías en una tienda de regalos, sin darse cuenta de la aflicción a la que nos había sometido a todos. Jonathan se había dejado llevar por el espectáculo, los sonidos y los souvenirs que Disneyland había puesto de una forma tan atrayente para que él les prestara atención. Estaba tan abstraído que se había separado para disfrutarlos todos él solo y ni siquiera se había dado cuenta de que se había perdido.

Jonathan me sonrió, y corrí hacia él, queriendo abrazarlo y darle una nalgada al mismo tiempo. Estaba agradecido de que estuviera vivo, pero también estaba decepcionado porque se había separado de nosotros. Con esas emociones contradictorias, lo rodeé con mis brazos. En ese momento, la historia del hijo pródigo se volvió muy real en mi mente. Indudablemente, las semejanzas entre los actos de Jonathan y los del hijo rebelde de la parábola no eran del todo similares, pero el concepto de encontrar al hijo que alguna vez había estado perdido y de correr hacia ese niño con el corazón lleno de frustración y de euforia me pareció mucho más plausible que nunca antes. Mientras Jonathan estaba perdido, yo hubiera entregado cualquier cosa que tenía para encontrarlo. Eso era lo que sentía, a pesar de saber que era él quien había decidido alejarse de nosotros. Eso era lo que sentía, a pesar del remordimiento irritante que tenía por haberme distraído tanto con las actividades que había alrededor de mí como para perderlo de vista. Ambos habíamos contribuido al problema de nuestro propio modo, pero, como padre, yo era el responsable a fin de cuentas.

El camino de la crianza de los hijos del reino

Padres, algunos de ustedes recién están comenzando el camino de educar hijos del reino y tienen los ojos llenos de la alegría de esos padres que se paran en la fila para subirse a una de las atracciones divertidas de Disneyland. Otros padres tienen hijos adolescentes que caminan con el Señor y que van por la buena senda, pero ustedes buscan sabiduría para saber cómo guiarlos por la transición de la inocencia juvenil a los tiempos más turbulentos que los esperan en la próxima parte del parque. Y hay otros cuyos hijos pueden haberle dado la espalda al Señor. Su cuento de hadas se ha transformado en una tragedia, y ustedes quieren saber cómo señalarles a sus hijos el camino de regreso a casa. Y otros quizás estén enfrentando los desafíos de tener una familia ensamblada cuyos miembros tal vez no tengan ganas de siquiera estar allí en el parque.

Este libro los encontrará a cada uno de ustedes en un lugar diferente en su trayectoria de crianza. Independientemente de dónde estén, si ponen en práctica los principios que estamos a punto de analizar, disfrutarán de sus frutos en el hogar. Al poner en práctica intencionadamente estos principios, fortalecerán uno de los principales atributos de un hogar sano: la honra. Honrarán a sus hijos dándoles un lugar de mucho valor cuando les concedan el tiempo y la energía necesarios para educarlos bien.

Donde sea que se encuentre en el camino de la crianza de hijos, Dios tiene algo para decirle. Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para empezar a poner en práctica los principios bíblicos para la crianza de los hijos y ver cómo Dios produce el crecimiento y el fruto. Quizás tenga remordimiento por algo que ocurrió y las malas decisiones que tomó en el pasado, pero ahora no es el momento de dejar de esforzarse. Como dice el dicho: solo un tonto se tropieza con algo que tiene detrás. Aproveche el día de hoy y empiece ahora, si todavía no lo ha hecho. Yo sentí remordimiento de no haber vigilado más de cerca a nuestro hijo menor aquel día en Disneyland, pero eso no significa que no haya hecho todo lo posible por encontrarlo.

Así como Jonathan se dejó llevar por el espectáculo, los sonidos y los aromas del parque, es fácil que los chicos se dejen llevar por lo que nuestro mundo pone delante de ellos de una manera tan tentadora: las redes sociales, la televisión, los juegos y los grupos de sus compañeros. Es posible que ni se den cuenta de que se han apartado del recorrido de la familia. Como padre, su responsabilidad es encontrarlos, guiarlos y traerlos de vuelta.

La crianza de hijos del reino en un mundo caído

Para los padres, es muy fácil dejarse llevar por el espectáculo, los sonidos y los aromas de sus profesiones, del entretenimiento, de la vida social y aun de los compromisos de la iglesia, tanto que pierden de vista a sus hijos, así como me pasó con Jonathan. Porque los padres han desatendido sus responsabilidades hacia sus hijos, hay caos en el reino (vea Isaías 3:12).

Gracias a Dios, la anécdota de haber perdido a Jonathan en Disneyland tuvo un final feliz. Pero no todas las anécdotas de Disneyland terminan así. Esas historias no suelen llegar a los titulares porque los agentes policiacos de relaciones públicas suelen ocultarlas, pero el Magic Kingdom tiene su propia cuota de finales trágicos.

A lo largo de los años, han habido personas que, efectivamente, perdieron la vida en Disneyland o en Disney World. Una visitante murió cuando el cable que retenía un ancla enorme se rompió sobre el barco pirata. Una enfermera certificada presenció la escena y corrió a tratar de salvar a la víctima. Luego, un colega mío que conoce a la enfermera me contó que ella le dijo: «Me tomó completamente desprevenida. En un momento, todo era felicidad y la vida parecía perfecta; y, al minuto siguiente, una mujer se estaba muriendo ante mis ojos. La mañana que te despiertas para ir a Disneyland, no se te ocurre que podrías ir a ver morir a alguien».

Sin embargo, la tragedia no ha alcanzado solo a los visitantes del parque. Gracias al enorme éxito que tuvo Walt Disney, pudo comprar una casa nueva para sus padres en North Hollywood, cerca de los estudios de producción de Disney. Pero, menos de un mes después de haberse mudado a la casa, la mamá de Disney murió asfixiada a causa de una caldera que no había sido instalada correctamente.

Evidentemente, el Magic Kingdom no siempre es tan mágico a final de cuentas.

Tampoco lo es el reino del mundo en el que nacemos, un reino que nos rodea a diario (vea Efesios 2:1-4; Mateo 12:25-26). Así como el mundo ostenta el brillo del éxito y la tentación de la carne, también conlleva una promesa de muerte (vea Proverbios 14:12; 16:25; Mateo 7:13; 1 Corintios 15:21-22). A pesar de esta realidad, hay muchas maneras de quedar fácilmente absortos y distraídos por lo que le atrae a nuestra naturaleza pecadora. No solo podemos perdernos y, por ende, no cumplir con nuestro deber en la crianza de hijos del reino, sino que nuestros hijos también pueden caer en la trampa (vea 2 Timoteo 2:26), particularmente si nosotros, como padres, carecemos de las herramientas y de las capacidades necesarias para criar a nuestros hijos de buena manera porque no tuvimos modelos de una buena crianza de hijos.

Es difícil para un padre o una madre transmitir una fe ajena. La mejor manera de incentivar a sus hijos a tener una fe propia es que ellos sean testigos de la fe de usted: no solo por lo que usted les dice, sino por sus acciones.

También es difícil transmitir los conocimientos prácticos que usted todavía no ha puesto en práctica en sus propias situaciones. Educar bien a los hijos requiere de un crecimiento personal intencionado en el arte de vivir bien, ya que buena parte de la crianza de hijos gira en torno a la capacidad innata del niño de seguir el modelo de los pensamientos y los actos de sus padres. La primera responsabilidad de la buena crianza de hijos es que usted mismo esté en proceso de maduración y desarrollo como una persona sana en todos los aspectos: espiritual, físico, mental y social.

No hace mucho, fui a Baltimore a visitar a mis padres y presencié el daño causado cuando personas jóvenes crían hijos prematuramente. Mientras estaba sentado en el frente de la casa, miraba al barrio en el que había crecido y me llené de tristeza por lo que vi. En los hogares ya no había familias formadas por papá y mamá. Por todos lados, las ventanas estaban tapadas con tablas, un símbolo tangible del estado interior.

No muy lejos de la casa de mis padres, había dos mujeres jóvenes que hablaban en una voz suficientemente alta para que pudiera escucharlas. Ambas eran madres solteras y se quejaban de lo difícil que se les hacía la vida por tener que educar a sus hijos y, a la vez, tratar de sobrevivir.

En medio de la charla, una de las mujeres me miró y me dijo algo; no recuerdo qué. Le respondí y me uní a su conversación preguntándoles cómo se llamaban. Les pedí que me contaran sus historias. Cuando empezaron a hablar, la desesperación se traslucía en sus palabras. Lo que decían estaba repleto de frases tales como «No soy», «No puedo» y «No sé».

— ¿Cómo se las arreglan? — pregunté, queriendo saber si la asistencia pública realmente les alcanzaba.

— Mis dos hijos y yo vivimos con mi abuela — replicó una de las mujeres. Hizo una pausa y luego añadió, susurrándome —: Y vendo drogas. Esa es la única manera que conozco para lograrlo.

Su amiga agregó, quizás tratando de ofrecer una coartada:

— No tenemos nadie que nos ayude.

En otras palabras, no tenían ninguna esperanza de un futuro más promisorio para ellas mismas, mucho menos para sus hijos. Al fondo de los problemas de estas dos mujeres (y al fondo del corazón de las personas que hay por todo nuestro país) está la desesperanza que resulta de una crianza deficiente. Somos testigos de una generación de personas sin padres — por negligencia, por abuso o por simple ausencia —, quienes se están convirtiendo ellos mismos en padres. Y, de esta manera, el ciclo se perpetúa.

Ya conoce las estadísticas. Casi el 50 por ciento de niños en los Estados Unidos está creciendo en hogares de madres o padres solteros. Cada año, unos tres millones de niños dejan de asistir a la escuela. El 75 por ciento de todos los crímenes en los Estados Unidos son cometidos por personas que abandonaron la escuela secundaria2. Cada año, alrededor de un millón de adolescentes quedan embarazadas, sobrecargando aún más la economía que ya es precaria por los gastos de casi diez mil millones de dólares en impuestos al año, por no mencionar el altísimo costo emocional, físico y espiritual que sufren esas madres jóvenes y sus hijos. Las iglesias ya no atraen a nuestros jóvenes como sucedía en el pasado. Como consecuencia, las iglesias en los Estados Unidos cierran sus puertas a un alarmante ritmo de más o menos ocho a diez mil cierres por año.

Estos asuntos no son solo problemas urbanos; también sobrecargan a las comunidades suburbanas. En la última década, el consumo de drogas en los suburbios ascendió a más del doble. El homicidio ahora está en segundo lugar entre las principales causas de muerte en los jóvenes entre los quince y los veinticuatro años de edad. El acoso escolar se ha convertido en una epidemia. La desesperanza ha alcanzado un máximo histórico. Los antidepresivos se consumen casi al mismo ritmo que las vitaminas, ya que más de cuatro millones de adolescentes ingieren algún tipo de medicamento para la mente.

No es necesario que repase más estadísticas porque usted ya ha visto las tendencias alarmantes en los noticieros vespertinos, en Internet o en los periódicos. La cultura en la cual estamos procurando educar a nuestros hijos no se parece en absoluto a un reino mágico, a pesar de que se proclame a sí misma como tal en las marquesinas de la vida.

Permítame que ilustre qué quiero decir a través de una historia. Hace mucho tiempo, había un carnicero que vendía carne de cerdo. Nunca había comprado cerdos; sin embargo, mataba cerdos salvajes de a cientos. Un día, un hombre de una localidad vecina le preguntó:

— ¿Cómo hace para atrapar a todos esos cerdos salvajes?

El hombre le contestó:

— Es fácil. Coloco afuera un comedero con una gran cantidad de comida, a una altura suficientemente baja para que lleguen los cerditos. Entonces, cuando los cerditos se acercan a comer, sus padres los siguen. Mientras se acostumbran a hacerlo todos los días, yo empiezo a levantar una valla durante la noche. Solo un lado. Cada noche, hago lo mismo, un lado a la vez, hasta que lo único que me queda es una entrada. Después de un tiempo, entran, sin prestarle atención a nada más que a la dulzura de la comida, y yo cierro la entrada sin que ellos se den cuenta de lo que ha sucedido.

(Continues…)



Excerpted from "Educando Hijos del Reino"
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Copyright © 2018 Tony Evans.
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Table of Contents

Prólogo de Jim Daly, presidente de Enfoque a la Familia, xi,
Introducción escrita por Lois Evans, xv,
PRIMERA PARTE: CÓMO ESTABLECER UNA MENTALIDAD DEL REINO,
1 Este no es el Reino Mágico, 3,
2 Aser y el elefante, 19,
3 Los herederos naturales, 33,
4 La vida fuera de las paredes del palacio, 49,
5 Transmitir la bendición real, 65,
SEGUNDA PARTE: CÓMO CREAR UN AMBIENTE DEL REINO,
6 El amor se demuestra en las acciones, 85,
7 Los tres pilares de la crianza de hijos, 101,
8 La honra y el respeto, 117,
9 «Kntm xfa»: La cultivación de la comunicación, 133,
10 La hora de la mesa: La Palabra de Dios y la oración, 147,
TERCERA PARTE: CÓMO INCULCAR LAS VIRTUDES DEL REINO,
11 La sabiduría, 165,
12 La integridad, 183,
13 La fe, 195,
14 La resiliencia, 207,
15 La pureza, 221,
16 El servicio, 229,
17 Use todas sus flechas, 243,
Conclusión, 253,
Apéndice 1: The Urban Alternative (La Alternativa Urbana), 255,
Apéndice 2: Un mensaje para los padres solteros y las madres solteras, 261,
Agradecimientos, 263,
Índice bíblico, 265,
Notas, 269,
Acerca del autor, 277,

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