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El buddhismo: Introduccion a su historia y sus ensenanzas
     

El buddhismo: Introduccion a su historia y sus ensenanzas

by Donald S. Lopez
 

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Rather than offering a superficial overview to the philosophies of Buddhism, this reference focuses on the history and theology that underpin its major tenets. Moving across millennia as well as nations, the study investigates key principles and traditions—including the monastic life, Tantra, and pilgrimage—and describes their origins and modern

Overview

Rather than offering a superficial overview to the philosophies of Buddhism, this reference focuses on the history and theology that underpin its major tenets. Moving across millennia as well as nations, the study investigates key principles and traditions—including the monastic life, Tantra, and pilgrimage—and describes their origins and modern manifestations. Various anecdotes are provided throughout the text in order to illustrate important doctrines.

Más que ofrecer un resumen superficial de la filosofía del budismo, esta referencia se centra en la historia y la teología que contienen sus principios más importantes. Abarcando milenios y naciones, el estudio investiga los principios y tradiciones claves—incluyendo la vida monástica, el Tantra y el peregrinaje—y describe sus orígenes y su repercusión en la vida actual. A lo largo del texto se explican varias anécdotas para demostrar la importancia de las doctrinas.

Editorial Reviews

From the Publisher

"The clearest book we have on the history, variety, and meaning of what we now call Buddhism."  —Newsweek, on the English-language edition

"One of those rare books that gives fresh insights on repeated readings."  —San Francisco Chronicle, on the English-language edition

"Aims to make the tradition both accessible and compelling, as well as to demystify its practices, teachings, and schools."  —Tricycle Magazine, on the English-language edition

Product Details

ISBN-13:
9788472457065
Publisher:
Editorial Kairos
Publication date:
12/01/2010
Pages:
408
Product dimensions:
5.10(w) x 7.80(h) x 0.90(d)

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Read an Excerpt

El Buddhismo

Introducción a su Historia y sus Enseñanzas


By Donald S. Lopez Jr., Ferran Mestanza

Editorial Kairós

Copyright © 2009 Editorial Kairós
All rights reserved.
ISBN: 978-84-7245-706-5



CHAPTER 1

EL UNIVERSO


El universo no tiene principio. Es producto del karma, la ley de la causa y el efecto de las acciones, según la cual las acciones virtuosas producen placer en el futuro y las acciones no virtuosas producen dolor. Es una ley natural, que explica toda la felicidad y el sufrimiento en el mundo. Los seres del universo han renacido desde siempre en seis reinos, como dioses, semi-dioses, seres humanos, animales, espíritus y seres infernales. Sus acciones no sólo producen sus experiencias individuales de placer y dolor, sino también los ámbitos en los que viven. Así pues, el universo físico es el producto de las acciones individuales y colectivas de sus habitantes. En buena medida, la práctica buddhista se encamina a realizar actos que traigan felicidad en el futuro, evitar actos que acarrearían dolor y contrarrestar los efectos futuros de las malas acciones cometidas en el pasado. Y hay algunos que buscan el fin último de la liberación de las ataduras del karma y el universo forjado por éste. Se considera que el funcionamiento del karma actúa a lo largo de múltiples vidas sin principio, por lo que los buddhis-tas no sólo hablan de días, meses y años, sino también de eones. Los sistemas cosmológicos del buddhismo indio describen un universo que pasa por cuatro períodos: la creación, la permanencia, la destrucción y la nada. El universo físico se crea durante el primer período, que comienza cuando el leve viento del karma pasado de los seres empieza a soplar en el vacío del espacio al final del período anterior de la nada. Los seres empiezan a habitar el mundo durante el período de la permanencia. Durante el período de la destrucción, el universo físico es calcinado por el calor de siete soles y, a continuación, viene el período de la nada, tras el cual el ciclo de los cuatro períodos comienza de nuevo.

Según un mito de la creación ampliamente conocido, los primeros seres humanos del período actual de la permanencia tenían una vida de ochenta mil años. Libres de los rasgos de género, podían volar y emitían luz propia; no hacían falta ni el Sol ni la Luna, ni tampoco necesitaban alimentos. En esa época, la superficie de la Tierra se encontraba recubierta de una sustancia espumosa y blanquecina. Un día, uno de los seres descendió a la Tierra y metió un dedo de su mano en aquella sustancia y luego se llevó el dedo a la lengua. Su sabor era dulce. Al poco tiempo, todos se alimentaban de la sustancia blanca, que se regeneraba por sí misma. Pero la introducción de aquella sustancia en sus cuerpos pronto hizo que perdieran su luminosidad natural, y así fue como aparecieron el Sol y la Luna para iluminar el cielo. El aumento de peso de sus cuerpos también hizo que pronto les fuera imposible volar. La sustancia blanca se convirtió en un arroz sin cáscara que crecía de forma natural y que estaba listo para ser cosechado al día siguiente de haber sido recogido. Pero a medida que los seres comían más y más arroz, empezó a serles necesario eliminar de algún modo los residuos que se acumulaban en sus cuerpos, y así fue como se desarrollaron el ano y los genitales. Una pareja pronto descubrió un uso adicional para los genitales y realizaron el acto sexual por primera vez. Los demás se escandalizaron y empezaron a tirarles barro. Pronto, para ocultar sus actividades vergonzosas, la gente empezó a construir casas. Así, empezaron a sentirse cada vez más perezosos para recoger el arroz cada día y empezaron a recoger más de lo que necesitaban para acumularlo en sus casas. Como resultado, el arroz desarrolló una cáscara y cada vez requería más tiempo para crecer. Pronto, la gente empezó a robarse los unos a los otros, haciéndose necesaria la elección de un rey que pudiera imponer un sistema de leyes. Y así es como comenzó la sociedad humana.

En este mito vemos la historia de una caída, de un estado de luminosa libertad a la esclavitud de la tierra. Del solo acto fatídico de probar la sustancia espumosa y blanquecina, aparecieron primero el Sol y la Luna, luego vino la necesidad de comer, luego el género, luego la sexualidad, luego los asentamientos y, finalmente, la sociedad. Según la cosmología bud-dhista, el mundo ha continuado su decadencia y la duración de la vida humana ha ido disminuyendo hasta llegar a los cien años, momento en el que el Buddha apareció en la historia. Existen numerosas predicciones en torno a cuánto tiempo permanecerán sus enseñanzas en el mundo, que van desde los quinientos a los cinco mil (o incluso doce mil) años. La duración de la vida humana continuará decreciendo a lo largo de varios milenios, hasta que alcance sólo diez años, una época de pestilencia, hambruna y guerra, con ejércitos de niños luchando en sangrientas batallas. Llegados a este punto, la duración de la vida empezará a aumentar, volviendo a llegar lentamente hasta los ochenta mil años de nuevo. El mundo será entonces como un paraíso, con árboles de los que crecerán frutos a voluntad y una sociedad libre de la necesidad de cualquier forma de gobierno. Cuando la duración de la vida llegue a su punto máximo de ochenta mil años (unos cinco billones de años a partir de ahora), entonces aparecerá Maitreya, el próximo buddha. Después de veinte ciclos en los que la vida humana pasará de los ochenta mil a los diez años, el universo se destruirá.

Mientras tanto, los seres humanos habitan un mundo plano en cuyo centro se encuentra el monte Meru de forma cuadrada, con sus cuatro laderas hechas de oro, plata, lapislázuli y cristal, respectivamente. La montaña se encuentra rodeada de siete cordilleras concéntricas, más allá de las cuales existe un gran océano, con islas continentales situadas en los cuatro puntos cardinales. Los seres humanos viven en el continente del sur, llamado Jambudvipa (la isla de las pomarrosas), en dirección a la ladera lapislázuli del monte Meru, lo que hace que el cielo sea de color azul marino.

En este mundo existen seis reinos habitados por seres que nacen en cada uno de ellos como resultado de su karma. En su conjunto, los seis reinos constituyen el Reino del Deseo, que recibe este nombre porque en él los seres se mueven por el deseo. El primero y más alto de ellos es el reino de los dioses. En él se hallan distintos planos de placer, desde unos jardines de recreo repletos del sonido de música celestial, el olor de jazmín, el gusto de ambrosía y el tacto de bellas mujeres, hasta sublimes estados inmateriales de concentración profunda formados por distintos niveles de dicha mental. El cielo inferior es el de los reyes de las cuatro direcciones, que reinan sobre sus respectivas laderas del monte Meru. Cada mes descienden al mundo de los seres humanos para observar su conducta, de la que informan a continuación a los dioses del siguiente cielo, situado en la cima plana de la montaña. Éste se llama el Cielo de los Treinta y Tres, y en él habitan los dioses de la India antigua, gobernados por Indra. Se trata de un ejemplo, que se repite en todo el mundo buddhista, de subordinación de las divinidades locales al panteón buddhista. Otros cielos flotan en el cielo por encima del monte Meru. Por encima de los cielos del Reino del Deseo se hallan el Reino de la Forma y el Reino Sin Forma, lugares de renacimiento sublimes que se alcanzan tras obtener estados profundos de meditación en la vida anterior. En el Reino de la Forma, los seres permanecen aferrados a bellas formas pero están libres del deseo manifiesto. Los cielos más altos, si es que puede llamárselos así, se encuentran en el Reino Sin Forma. Sus dioses no poseen forma alguna y existen como estados de consciencia de concentración profunda, disueltos en el espacio infinito, en la consciencia infinita, en la nada, ni en la existencia ni en la inexistencia. Pero incluso aquí, los seres se encuentran atados al ciclo de los renacimientos.

Los dioses gozan de largas vidas, pero no son inmortales. La muerte de los dioses viene acompañada de seis signos: su luminosidad natural decae, su gran trono se vuelve incómodo, sus cuerpos empiezan a transpirar, las guirnaldas de flores alrededor de sus cuellos empiezan a marchitarse, sus sirvientes se resisten a acercarse y sus palacios se vuelven polvorientos. En ese momento se dice que el dios o la diosa tiene una visión de su próxima vida y, puesto que un dios renacerá casi inevitablemente en un reino inferior (porque los dioses, ebrios de placer, echan a perder su tiempo en el cielo), éste es el sufrimiento más intenso del ciclo del renacimiento. Este ciclo se llama samsara, que en sánscrito significa literalmente "deambular". La segunda categoría de seres (que a veces no consta en algunas exposiciones) es la de los semidioses, divinidades menos poderosas que los dioses pero más que los seres humanos. Sus celos por los dioses hacen que siempre estén en guerra con éstos. El tercer destino de renacimiento es como un ser humano, que ya nos es familiar. Los reinos de los dioses, los semidioses y los humanos se consideran lugares afortunados para renacer dentro de este ciclo.

Los otros tres reinos, el de los animales, el de los espíritus y el de los seres infernales, se consideran desafortunados, puesto que poseen crecientemente intensas y variadas formas de sufrimiento. Los animales se dice que sufren el destino particular de tener que pasar su vida en busca de comida, al mismo tiempo que intentan no convertirse en comida. A diferencia de los seres humanos, para los animales es el sabor de su car-ne, la textura de su piel o su olor a almizcle lo que actúa como causa de su muerte. El siguiente reino es el de los espíritus, algunos de los cuales habitan el mundo de los humanos, invisibles para todos menos para las personas espiritualmente avanzadas. Los espíritus sufren de hambre y sed (por lo que suele llamárseles espíritus hambrientos). Siempre están en busca de comida y bebida y, cuando al fin la encuentran, les aparecen innumerables obstáculos. Al acercarse a un río, éste se convierte en arena ardiente o en una corriente de pus y sangre. Los espíritus suelen representarse con un enorme estómago y miembros diminutos. Sus gargantas a veces tienen el grosor del ojo de una aguja, otras veces están atadas en un nudo. Cuando consiguen ingerir algún alimento, éste se convierte en arpones y bolas de plomo fundido. El origen de la categoría de los espíritus es incierto, pero su representación en la iconografía buddhista evoca la imagen de un ser humano padeciendo hambre extrema, con un abdomen hinchado sostenido precariamente por una estructura esquelética. La palabra sánscrita que se traduce por "espíritu," preta, significa "difunto," lo que sugiere que estos espíritus son las almas errantes de los ancestros difuntos cuyas familias no han realizado las ofrendas necesarias para garantizar su sustento en la siguiente vida. Los monjes y monjas buddhistas, quienes (al menos teóricamente) han renunciado a los deberes de la vida familiar, tradi-cionalmente han tomado a su cargo la tarea de alimentar a los espíritus hambrientos.

Los textos buddhistas describen un extenso y escalofriante complejo de infiernos. Existen ocho infiernos ardientes, ocho infiernos gélidos, ocho infiernos circundantes y una serie de infiernos menores. Los ocho infiernos ardientes son terrenos hechos de hierro incandescente, situados uno debajo del otro en las profundidades debajo de la superficie de la Tierra, en los que sus habitantes padecen todo tipo de torturas a lo largo de una larga vida. El primero, y menos cruel, se conoce como el Infierno de la Resucitación, donde uno nace con un arma en la mano y se ve inmerso en un combate mortal. Después de ser asesinado, una voz grita desde el cielo: «¡Resucita!,» y todo el proceso empieza de nuevo. Según una descripción más detallada, este infierno posee distintas regiones reservadas para aquellos que han cometidos determinadas malas acciones. Aquellos que han matado pájaros sin el menor remordimiento se encuentran en una fosa llena de una mezcla de excrementos y cobre fundido que, no disponiendo de alimento alguno, se ven obligados a comer. Pero los excrementos están repletos de gusanos que, una vez en el interior del cuerpo, empiezan a devorarlo por dentro hasta que no queda nada. La duración de la vida en este infierno se describe del siguiente modo: «Si cincuenta años humanos fueran un día, treinta días de éstos fueran un mes y doce meses de éstos fueran un año, entonces quinientos de estos años serían un día en este infierno «y uno viviría quinientos años de estos días». Ésta es la más corta de las vidas en los infiernos, lo que equivalente a 1,62 x 10 años. Los otros infiernos ardientes comportan distintas formas de morir abrasado, a veces al ser arrojado al interior de calderas repletas de metal fundido, otras veces tras ser empalado en una lanza por demonios. En el infierno reservado a los adúlteros, los hombres ven a una bella mujer en lo alto de un árbol que les hace señas para que suban. Al empezar a trepar, las hojas del árbol se transforman en cuchillas y navajas que desgarran sus cuerpos. Al llegar a la copa del árbol descubren que la mujer ya no está y, al mirar hacia abajo, ven que ésta se encuentra a los pies del árbol y que les está llamando. Al descender sufren las mismas heridas, sólo para descubrir que ahora la mujer se halla arriba. De este modo continúan trepando por el árbol arriba y abajo persiguiendo el objeto de su deseo durante diez trillones de años. En el infierno más terrible, reservado para aquellos que han cometido los crímenes más atroces, como el parricidio, sus cuerpos no se pueden distinguir del fuego. Los infiernos gélidos son tierras yermas y áridas de nieve y hielo, sumergidas eternamente en la oscuridad. Los nombres de los infiernos gélidos, las Ampollas Reventadas, los Gemidos, el Castañetear de Dientes, el Rajado como una Flor de Loto, dan una impresión del sufrimiento que se padece en ellos. Después de liberarse de los infiernos ardientes o gélidos, se pasa a través de los infiernos circundantes, cuyos nombres también resultan evocadores: Cenizas Ardientes, Barrizal de Cadáveres, Camino de Cuchillas, Río Ardiente.


La realidad

Los textos buddhistas hacen referencia repetidamente a la diferencia entre aquello que las cosas parecen ser y aquello que realmente son, así como al hecho de que creer lo que uno percibe con los sentidos sólo conduce al sufrimiento, mientras que comprender aquello que las cosas realmente son conduce a la liberación del sufrimiento. Así pues, el universo buddhista no sólo es una topografía de cielos e infiernos, sino la realidad que se encuentra detrás de ellos. Esta realidad no se considera una invención del Buddha, sino más bien un hecho que el Buddha descubrió, igual que otros buddhas anteriores lo habían descubierto en el pasado y los buddhas del futuro lo descubrirán en el futuro. El Buddha afirmó que, tanto si los buddhas aparecen en el mundo como si no, la naturaleza de las cosas sigue siendo la misma.

El sello distintivo del pensamiento buddhista es la doctrina de la ausencia de individualidad. Algunas de las escuelas filosóficas de la India antigua hablaban de la existencia de una individualidad eterna que pasaba de vida en vida, tomando y dejando atrás un cuerpo cada vez, algo parecido a como nos ponemos y nos quitamos la ropa cada día. Según estas escuelas, los seres son esclavos del ciclo de los renacimientos porque no consiguen reconocer esta individualidad silenciosa como su naturaleza verdadera y, en cambio, se identifican con elementos del mundo pasajero. Ver la propia individualidad significa ser aquél que siempre se ha sido en realidad.

La doctrina buddhista de la ausencia de individualidad, por su parte, parece situarse directamente en oposición, puesto que sostiene que una individualidad permanente, indivisible y autónoma es una ilusión, y que la creencia en esta individualidad es precisamente la causa de todos los sufrimientos. El Buddha elaboró un análisis detallado de los componentes del cuerpo y la mente, por lo general clasificándolos en cinco grupos, conocidos como los agregados. El primero es la forma, e incluye no sólo las formas visibles a los ojos sino también la materia sutil imperceptible, así como los sonidos, olores, sabores y objetos tangibles. Los restantes cuatro agregados son mentales. La sensación es el factor que acompaña cada instante de conscien-cia, y es de tres tipos: agradable, desagradable y neutra. Lo agradable se define como aquello que uno desea sentir de nuevo cuando termina, lo desagradable se define como aquello que uno desea evitar cuando surge y lo neutro se define como aquello ante lo que uno es indiferente. Todas estas sensaciones agradables y desagradables, toda felicidad y sufrimiento, son el efecto de las acciones pasadas, el fruto de las semillas kármicas sembradas en el pasado por los actos virtuosos y no virtuosos del cuerpo, la palabra y la mente. El tercer factor es el discernimiento, la capacidad mental innata de distinguir entre los distintos objetos. Al igual que la sensación, el discernimiento acompaña todos los instantes de consciencia, permitiendo diferenciar un objeto de otro y reconocer un objeto visto en el pasado. Dejando a un lado el cuarto agregado por un momento, el quinto de los cinco agregados es la consciencia. En el bud-dhismo hay seis tipos de consciencia. La consciencia visual percibe colores y formas, la consciencia auditiva percibe sonidos, la consciencia olfativa percibe olores, la consciencia gustativa percibe sabores, la consciencia táctil percibe objetos tangibles y la consciencia mental percibe "fenómenos," esto es cualquier cosa existente. El cuarto agregado, llamado factores condicionantes, es algo así como la casilla "ninguna de las opciones anteriores". Incluye una serie de factores diversos que no encajan en ninguna de las otras cuatro categorías como, por ejemplo, las emociones, tanto positivas (como el desapego, el esfuerzo o el esmero) como negativas (como el odio, el orgullo, el resentimiento y la envidia). También comprende factores que tanto pueden ser virtuosos como no virtuosos, dependiendo de la intención de uno: el descanso, el arrepentimiento, la indagación o el análisis. En la categoría de los factores condicionantes encontramos conceptos que no son ni materiales ni mentales (como el tiempo, la temporalidad, la cantidad o la similitud).


(Continues...)

Excerpted from El Buddhismo by Donald S. Lopez Jr., Ferran Mestanza. Copyright © 2009 Editorial Kairós. Excerpted by permission of Editorial Kairós.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Meet the Author

Donald S. Lopez is the Arthur E. Link Distinguished University Professor and Department Chair at the University of Michigan, where he teaches Buddhist and Tibetan studies, and a member of the American Academy of Arts and Sciences. He is the author of Buddhism and Science: A Guide for the Perplexed and The Madman's Middle Way: Reflections on Reality of the Tibetan Monk Gendun Chopel. He lives in Ann Arbor, Michigan.

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