El Duro Trato: La Música, La Medicina Y Mi Padre (Richard Tucker, Leyenda De La Ópera)

El Duro Trato: La Música, La Medicina Y Mi Padre (Richard Tucker, Leyenda De La Ópera)

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Overview

El Duro Trato describe con gran detalle y con una prosa elegante el conflicto de voluntades entre un padre famoso y su ambicioso hijo mediano. Richard Tucker, el estelar tenor estadounidense de la época dorada del Metropolitan Opera, exigía que su hijo se convirtiera en cirujano. Rechazando los deseos de su padre, David quería seguir los pasos de este hacia el escenario de la ópera. Su batalla sobre el futuro de David - por turnos hilarante y humillante, sabio y adorable - se juega en espacios médicos y musicales por todo el mundo. El padre y el hijo hacen un trato, el duro trato del título, el cual permite que ambos sueños centelleen durante una década hasta que uno (resulta que el correcto) estalla en llamas que se mantienen. Esta sincera autobiografía sobre la batalla de un hijo contra el poder amenazante de un padre magnético se transmite a través de una narrativa emotiva que un crítico ha llamado "la exploración más dramática de la vida privada de un cantante legendario en la historia de la literatura de la ópera".

Para más información sobre el libro, visite el sitio web: www.eldurotrato.com

Product Details

ISBN-13: 9781984570840
Publisher: Xlibris Us
Publication date: 01/16/2019
Pages: 326
Product dimensions: 6.00(w) x 9.00(h) x 0.73(d)

About the Author

El doctor David N. Tucker es un oftalmólogo retirado con títulos de la Universidad de Tufts y del Medical College de la Universidad de Cornell. Después de una pasantía en el Hospital Mount Sinai en la Ciudad de Nueva York fue un oficial en el Servicio de Salud Pública de EE. UU. En los Institutos Nacionales de Salud. Realizó investigaciones sobre enfermedades infecciosas durante la Guerra de Vietnam. Como residente jefe bajo el mando del Dr. Edward Norton en el Instituto Oftalmológico Bascom Palmer en Miami, aceptó una beca de un año con el eminente micro-cirujano colombiano Dr. José Barraquer y con otros prestigiosos cirujanos oftalmológicos en Europa. Durante más de treinta años, el Dr. Tucker realizó consultas privadas en Cincinnati y fue el director del Departamento de Oftalmología en el Hospital Judío de Cincinnati durante veintisiete años. Después de jubilarse en 2004, trabajó a jornada parcial como profesor clínico auxiliar de oftalmología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York. Él y su esposa Lynda celebraron sus bodas de oro en 2013, tienen cuatro hijos y nueve nietos.

Burton Spivak recibió su PhD en Historia Americana en la Universidad de Virginia, donde fue becario Woodrow Wilson y becario Virginia-Danforth y enseñó en la Universidad de Texas en Austin, en la Universidad Brown, Bates College y en la Universidad de Virginia. Fue un antiguo ganador del Premio Stuart L. Bernath por sus sobresalientes logros y por su erudición, premio que es concedido anualmente por la Sociedad de Historiadores de Relaciones Exteriores de Estados Unidos. Su libro Jefferson's English Crisis: Commerce, Embargo, and the Republican Revolution (Charlottesville, Virginia, 1979) fue incluido en la lista de C-SPAN de Presidentes Americanos: Retratos de Vida de veinticinco libros recomendados sobre Thomas Jefferson. Spivak también recibió su diploma JD de la Universidad de Virginia, donde estuvo en el Law Review y Order of the Coif y ejerció el derecho tributario en la Ciudad de Nueva York durante muchos años. Actualmente es Profesor Adjunto de Historia en la Universidad del Sagrado Corazón en Fairfield, Connecticut.

Read an Excerpt

CHAPTER 1

Brooklyn y Great Neck

Yo tenía quince años y pensaba que mi padre me iba a matar. Mi encuentro con la muerte comenzó una tarde mientras estaba en la casa de un amigo en Great Neck, Long Island, donde nos habíamos mudado en 1952 desde Brooklyn. Mi amiga había conseguido una caja de pólvora explosiva. "Lo pones en el cigarrillo de alguien". Me dijo. "Cuando enciendes el cigarrillo, este explota".

La única persona de mi familia que fumaba era mi madre. Le pregunté a mi amigo si podía llevarme algunas semillas. Él contó cinco de sus provisiones. Esa noche, mi madre, mi padre y mis dos hermanos (Barry, mi hermano mayor, y Henry, mi hermano pequeño) estaban en nuestra sala de estar, viendo la televisión. Mi padre se levantó para cambiar de canal y mi madre le preguntó si podía ir a la cocina y traerle su bolso con sus cigarrillos. Esta era mi oportunidad. "Yo te traigo los cigarrillos mamá". Le dije inocentemente y corrí hasta la cocina.

Tenía las semillas y las pinzas en mi bolsillo. Metí las cinco en la parte central del cigarrillo y corrí de regreso para ver el programa de televisión. Le ofrecí el cigarrillo manipulado y le dije, como un buen hijo: "Deja que te lo encienda, mamá". Ella me agradeció y yo lo encendí con la emoción por la expectativa. Después de cuatro o cinco inhalaciones, vi una luz brillante y escuché un fuerte chasquido.

"¡Mis ojos, Ruby!" Gritó con horror mi madre a su marido. "¡No puedo ver nada! ¡Estoy ciega!"

Mis dos hermanos estaban en la sala, pero mi padre me fulminó con la mirada sólo a mí. "¡Desgraciado!" Gritó, corriendo hacia mí. "Esta vez, te voy a matar".

Medio siglo después, todavía puedo sentir que me persigue desde la casa hasta el garaje, rodeando el carro como un predador, siseando maldiciones y prometiendo matarme si me agarraba. Él tomó una pala de la pared y me la lanzó a través del capó de su Cadillac. Sus golpes furiosos tallaban cortes profundos en el carro – y lo habrían hecho sobre mí si sus brazos hubieran sido más largos.

La ceguera de mi madre fue sólo momentánea y todavía puedo escuchar sus gritos. "¡Para, Ruby! ¡Para, Ruby!" Eso lo distrajo durante el instante que necesitaba para huir del garaje y desaparecer entre la noche del vecindario.

Mi padre me persiguió, arrojándome amenazas a voz en grito, gritos para despertar a los muertos que me hicieron temer por su voz de oro. La distancia, que aumentaba entre los dos mientras nos adentrábamos en la oscuridad, me permitió pensar que podría vivir un día más mientras que no volviera a la casa de mi padre.

Me estaba escondiendo entre los arbustos a una media milla de nuestra casa, cuando mi hermano mayor me encontró. Me dijo que mamá había calmado a mi padre y que podía volver a casa. Cuando entré en casa, mi padre comenzó otra vez, pero mi madre lo tomó del brazo con ambas manos y él cedió.

"Eres producto del diablo". Me espetó. "¿Quién hace eso a su propia madre? No puedes dormir en la misma habitación que tus hermanos nunca más para que no los contagies con tu maldad".

Mi padre no me habló durante un mes. No tenía permitido hablar durante la cena o sentarme en la misma habitación donde estaba él. Mi padre era Richard Tucker, quien, en el tiempo en que sucedieron estos acontecimientos, era el gran Richard Tucker, el tenor principal en la Ópera Metropolitana de Nueva York, un artista cerca de la cumbre de la fama y de la adulación mundial. Yo era su hijo mediano y, durante gran parte de mi infancia, no le traje nada más que angustia y decepción.

* * *

Crecí en el 919 de Park Place en Brooklyn. Vivíamos en el séptimo piso de un edificio de apartamentos de quince plantas, muy cerca de Ebbets Field, donde mis héroes Duke Snider, Jackie Robinson y el resto de mis adorados Dodgers jugaban. El béisbol era mi pasión cuando tenía seis o siete años y jugábamos todo el tiempo. No jugábamos béisbol de verdad porque no había un campo de béisbol cerca de nuestro apartamento. Jugábamos 'stickball' y 'sewer ball', considerados los primos urbanos del béisbol.

Jugábamos 'sewer ball' (también conocido como 'punch ball' cuando no teníamos un bate) en la calle. Al contrario que en las urbanizaciones donde las alcantarillas están en los bordillos, en Brooklyn estaban en el medio de la calle. En nuestro juego, una alcantarilla era la base del bateador y la otra era la segunda base. Poníamos los guantes en las alcantarillas para marcar la primera y la tercera base. Si le dabas a una pelota tres alcantarillas más allá al mismo tiempo, era un jonrón automático. Tenías derechos a presumir durante el día si hacías eso.

Jugábamos "sewer ball" más que "stickball" porque el "stickball" requería una pared en la que la base del bateador se marcaba con tiza como un cuadrado. Un lanzamiento era un strike anunciado si el bateador no se balanceaba y la pelota tocaba el cuadrado. El lanzador anunciaba los strikes, lo que funcionaba para nosotros porque desde Shoeless Joe, nadie se atrevía a hacer trampas en el béisbol.

Recuerdo tres cosas sobre nuestro apartamento. Nos solíamos sentar en las escaleras exteriores y hablábamos con amigos y con vecinos hasta bien entrada la noche durante el verano porque hacía mucho calor en el apartamento, incluso con nuestros ventiladores de ventana –que, en esos tiempos– eran un lujo. Recuerdo lo emocionado que estábamos todos cuando conseguimos nuestra primera televisión y cómo nos amontonábamos alrededor de la pantalla de doce pulgadas, hipnotizados con sus imágenes en blanco y negro. Y recuerdo mirar a través de las ventanas de nuestra cocina y de la sala de estar donde se agolpaban una multitud de personas en las veredas.

Antes del debut de éxito de mi padre en la Ópera Metropolitana en 1945, era el cantante del Centro Judío de Brooklyn, una de las más prestigiosas sinagogas de los cinco distritos de Nueva York. Como dignos hijos de un cantante, él insistía en que mi hermano mayor, Barry y yo nos inscribiéramos en el Crown Heights Yeshiva en Brooklyn. Allí, nos enseñaban todas las materias que eran obligatorias en la escuela pública, además de materias de religión para nuestra educación judía y para las preparaciones del bar mitzvah.

Yo era un terrible estudiante en la yeshivá porque no me importaba la escuela. Recuerdo vívidamente que los profesores (todos rabinos) escribían las preguntas de los exámenes en la pizarra y respondíamos las preguntas en pequeños cuadernos azules que nos repartían al principio del examen. Nunca hice las tareas y no podía responder ninguna pregunta, pero para parecer que estaba ocupado y evitar ser regañado en clase, me sentaba en silencio y escribía las preguntas una y otra vez en mi cuaderno de respuestas. Cuando mis profesores devolvían los exámenes, me fruncían el ceño y me golpeaban en la mano con una regla cuando me levantaba para alcanzar mi examen.

Un rabino, de corta estatura y de barba larga, me pegaba más que la mayoría, incluso en las raras ocasiones en las que aprobaba, me pegaba porque yo era zurdo. Un día, después de muchos golpes en los nudillos que hacían que mis manos se pusieran calientes y rojas, me harté, le agarré de su barba con ambas manos, le tiré al suelo y comencé a gritarle y a golpearle. Pensé que estaba actuando en defensa propia. Los demás estudiantes se quedaron en shock hasta que el gran alboroto atrajo a otro rabino de la sala contigua, quien entró corriendo y me separó de su compañero. El director me expulsó en el acto y llamó a mi madre para que llegara inmediatamente y me retirara del colegio.

Al día siguiente, mi madre y mi padre fueron al colegio sin mí. Mi padre se enteró con todo detalle de mi indignante comportamiento. Mi madre llegó a suplicar que me dieran otra oportunidad. "Imposible", dijo el director. "Tu hijo de ocho años es un violento delincuente juvenil y va en camino hacia una vida delictiva"

Mi padre, un pilar de la comunidad judía de Nueva York y el tenor principal de la Ópera Metropolitana, estaba enfurecido con mi comportamiento y mortificado por haber traído la humillación de la expulsión del yeshivá a la familia. Me infligió una severa azotada en la espalda cuando llegó a casa y al siguiente día me inscribieron en P.S. 138 para mi educación laica. También me obligaban a tomar clases de hebreo en la Sinagoga Judía de Brooklyn después de ir a la escuela pública para continuar con mi instrucción religiosa.

Las cosas fueron de mal en peor después de que me expulsaran de la yeshivá, para decepción de mi padre. Seguí siendo un mal estudiante, apenas pasando al curso siguiente y haciéndolo solamente para evitar la sentencia de ir a la escuela de verano obligatoria, sin "stickball" ni campamentos de verano. Para mi padre, era más preocupante mi continua proclividad hacia el combate, un presagio sobre el que quizás el rabino jefe del yeshivá tenía razón, estaba destinado a llevar una vida delictiva, pues lo que yo veía como una diversión inocente se convirtió en un comportamiento peligroso.

Las películas de la Segunda Guerra Mundial estaban en boga a finales de los años cuarenta y me encantaban las escenas en las que los pilotos aliados bombardeaban a los alemanes o a los japoneses. Vivíamos en una calle muy concurrida y las aceras por las mañanas se llenaban de madres que llevaban a sus hijos pequeños a la escuela y de padres que caminaban enérgicamente hacia el bus o hacia la estación del metro. Ellos se convirtieron en mis enemigos del Eje y yo dejaba caer alegremente mis armas sobre ellos: primero, globos de agua, y después, armas más avanzadas como zapatos e incluso patines. Los transeúntes eran golpeados y a veces heridos, afortunadamente, ninguno de gravedad.

Hoy me hubieran detenido. En el Brooklyn de 1948, el agente de servicio iba con el padre del chico y le decía que le diera una buena charla, o algo peor, a su hijo desobediente. Las charlas y los azotes no me hicieron recapacitar y mi amenazante comportamiento antisocial aumentó. No era un abusador, pero respondía a los desprecios y a los insultos con mis puños. Al echar la vista atrás, pienso que la mayoría de mis peleas eran lamentables, pero a algunas las veía entonces, y las veo ahora, como honrosas.

Mi escuela religiosa estaba cerca de un vecindario cristiano en Prospect Park y un grupo de gentiles me esperaban después de la escuela para burlarse de mí y de otros estudiantes judíos con ofensas étnicas. Mis compañeros de clase se tapaban los oídos, se aferraban a sus libros y corrían a casa; pero yo me quedaba y peleaba. Intentaba dar lo mejor de mí, pero siempre me superaban en número y solía regresar a casa con un labio partido, con un ojo hinchado o sangrando por la nariz. En esos momentos mi padre nunca me reprendía, orgulloso de que su hijo se había enfrentado por ser judío.

Fue la fuerte fe religiosa de mi padre y el genocidio de Hitler en Europa el que le causó un fuerte dolor debido a un episodio de mi intolerable trato hacia un amigo. No me acuerdo qué hizo Kenny para disgustarme, pero, lleno de ira, planeé su castigo.

Había un conducto en cada planta que dirigía la basura hacia un incinerador en el sótano. Yo atraje a Kenny hacia el sótano con una historia sobre cosas interesantes en la zona del incinerador. Cuando llegamos allí, le dije: "No vas a creer qué hay allí". Señalé hacia una esquina. Cuando comenzamos a caminar, salté detrás de él y bloqueé la puerta. Gritando a pleno pulmón que el superintendente iba a encender el incinerador en cualquier momento (tengan en cuenta que no lo iba a hacer), subí las escaleras corriendo, ajeno a los gritos de mi amigo.

El superintendente del edificio escuchó mis burlas cuando pasé a su lado subiendo las escaleras. Desaparecí en el vecindario. Después me enteré de que el superintendente llevó a casa a mi amigo y Kenny le dijo a su padre y a mi padre lo que había hecho.

"¡Qué vergüenza!" Me espetó mi padre cuando llegué a casa. "¿Qué tipo de judío encierra a un hombre en un incinerador?" Me gritó. Por una vez en la vida, mi padre me dijo que estaba avergonzado de que yo fuera su hijo.

* * *

No sé si muchas personas conocen la frase "paseo dominical" aún, y ciertamente, nadie hoy en día menor de ochenta años pensaría en meter a la familia completa en un carro durante una tarde de domingo para hacer un viaje sin destino. Pero el paseo dominical era siempre el punto álgido de la semana para las familias que se amontonaban en ciudades de cemento y que anhelaban vislumbrar un paisaje verde. Así que después del almuerzo del domingo, nos montábamos en el Cadillac de mi padre y conducíamos desde Brooklyn hasta Long Island Connecticut buscando parques, caminos con árboles y la costa con sus hermosas playas y con su agua azul clara del estrecho de Long Island. En nuestra mágica ruta, conducíamos a través de los pueblos que estaban creciendo a pasos agigantados a causa de la explosión demográfica y económica de después de la guerra –a través de Roslyn, Port Washington, Manhasset y Great Neck.

Cuando tenía unos diez años, recuerdo que mis hermanos y yo nos sentábamos en la mesa de la cocina y escuchábamos emocionados hablar a nuestros padres sobre mudarnos de Brooklyn. Pronto nuestros paseos dominicales tuvieron el objetivo de una huida permanente en vez de un respiro temporal, en pocas palabras, ¡buscar una casa en el campo!

Mi madre y mi padre crecieron en Brooklyn, así que tenían profundas raíces y amigos cercanos allí. Mi padre no tenía ganas de mudarse, pero mi madre sí. Ella le decía en la mesa de la cocina lo que probablemente miles de madres decían a miles de padres en la década después de la Segunda Guerra Mundial cuando las urbanizaciones en Estados Unidos aparecieron en la escena social, nuevas ciudades (Levittown) florecieron como por arte de magia y las ciudades más antiguas (Manhasset, Great Neck) duplicaron y triplicaron su población. "Estás ganando muy buen dinero ahora, Ruby". Le decía. "Es hora de que compremos nuestra propia casa. Será mejor para los niños. Los colegios son mucho mejores y no tendrán que jugar en la calle".

Aunque probablemente no nos hubiéramos mudado en 1952 sin la gentil insistencia de mi madre, mi padre no se oponía y pronto se entusiasmó con la idea. Mis hermanos y yo estábamos eufóricos por las playas, los océanos y los campos de béisbol que habíamos visto en nuestras excursiones de domingo. Y no era que mis padres estuvieran dejando atrás a sus amigos cercanos de Brooklyn, ya que aquellos que se lo podían permitir también se mudarían a Long Island.

Mis padres compraron una casa de dos plantas en una finca de medio acre en Great Neck, Long Island en la Melville Lane, la cual llevaba el nombre del mejor novelista de Estados Unidos que se volvió famoso escribiendo sobre viajes de caza de ballenas en las costas de Nantucket y sobre peligrosos paraísos en los Mares del Sur, a pesar de que nació en el Empire State y de que fue un neoyorquino toda su vida. La casa estaba en una zona de Great Neck llamada Saddle Rock, un enclave de viviendas espaciosas, pero sin pretensiones, de clase media alta y un poco por debajo de King's Point, donde mis padres también habían visto casas, el más puntero de los barrios de Great Neck. La casa tenía 325 metros cuadrados aproximadamente, con una sala de estar formal (con un piano de cola), un salón comedor, una cocina, el cuarto de música de mi padre, una sala de estar, un dormitorio principal en la planta baja, varios dormitorios y baños en el primer piso, y un cuarto de juegos en un sótano terminado.

Todo esto era mucho más bonito de lo que nunca había imaginado, pero lo que me fascinó, y a mi padre también, fueron el porche privado, la terraza ¡y el gran jardín trasero! Cuando papá estaba en casa durante el día y no en su cuarto de música, pasaba el tiempo en el porche o en la terraza mirando hacia el jardín y hacia los árboles, intentando divisar a los pájaros, los cuales le apasionaban. Vivíamos a menos de un kilómetro de un bonito parque con piscina, y a menudo mi padre nos decía que buscáramos nuestros trajes de baño e íbamos a nadar. La casa de Melville Lane 10 fue la única casa en la que vivió mi padre. Cuando se volvió rico y famoso más allá de lo que nunca imaginaron él o mi madre, la casa de Melville Lane seguía siendo la única que él quería.

Mi madre una vez le sugirió amablemente que nos mudáramos a King's Point. "Eres una superestrella, Ruby". Le dijo. "Deberías vivir en King's Point".

"¿Por qué quieres hacer eso, Sara?" Le preguntó él. "¿No tenemos todo lo que queremos aquí mismo?"

Mi madre le había pedido mudarse a King's Point debido a la perspectiva de las alturas a las que su esposo había ascendido. Sus puntos de referencia eran la Ópera Metropolitana, los mejores hoteles y restaurantes de Manhattan, así como chóferes a su entera disposición. Mi padre le respondía a mi madre desde la perspectiva de Brooklyn. Sus puntos de referencia eran las bocas de incendios y las escaleras de emergencia características de Brooklyn, así que le dijo a su querida Sara que su bonita casa de Saddle Rock era todo lo que ellos deberían querer y que le haría sentir incómodo querer más. Mi madre sólo quería mudarse por él, por lo que aceptó la respuesta sin vacilar y nunca más le pidió que se mudaran.

(Continues…)


Excerpted from "El Duro Trato"
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Copyright © 2019 David Tucker y Burton Spivak.
Excerpted by permission of Xlibris.
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Table of Contents

Agradecimientos, xi,
Sobre los Autores, xiii,
Prólogo, xv,
PRIMERA PARTE ANTES DE DAVID NELLO,
Capítulo 1 Brooklyn y Great Neck, 3,
Capítulo 2 Rubin Ticker y Richard Tucker, 27,
Capítulo 3 Tufts y el Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra, 49,
Capítulo 4 Italia, Israel y el Fontainebleau, 67,
SEGUNDA PARTE LA CORTA VIDA Y LA ESPECTACULAR MUERTE DE DAVID NELLO,
Capítulo 5 La Escuela de Medicina de Cornell, 83,
Capítulo 6 David Nello y Skitch Henderson, 111,
TERCERA PARTE DESPUÉS DE DAVID NELLO,
Capítulo 7 El Hospital Mount Sinaí, 129,
Capítulo 8 Los Institutos Nacionales de Salud, 145,
Capítulo 9 Sobre los hombros de gigantes, 161,
Capítulo 10 Bogotá, 183,
Capítulo 11 Europa, 195,
Capítulo 12 Cerca de la Muerte, 207,
Capítulo 13 Cincinnati, 215,
Capítulo 14 El Petirrojo y la Rosa, 231,
Capítulo 15 La zona de batalla, 243,
Capítulo 16 La lucha más dura de Kid Scar, 263,
Capítulo 17 Mi padre, mi madre e Israel, 279,
Capítulo 18 David Nello, el retorno, 295,

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