El Gran desafio del caballero de la armadura oxidada

El Gran desafio del caballero de la armadura oxidada

by Aharon Shlezinger

Paperback(Spanish-language Edition)

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Product Details

ISBN-13: 9788497779135
Publisher: Obelisco, Ediciones S.A.
Publication date: 04/30/2013
Edition description: Spanish-language Edition
Pages: 112
Product dimensions: 5.10(w) x 8.10(h) x 0.50(d)

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El gran desafío del Caballero de la Armadura Oxidada


By Robert Fisher

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2013 Rabí Aharón Shlezinger
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-913-5



CHAPTER 1

La gran odisea del caballero


Seguramente ya conocéis la historia de aquel caballero medieval que para estar siempre preparado y listo para salir en todas direcciones, se colocaba su armadura cada vez con mayor frecuencia. Con el tiempo, se enamoró hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar y, a menudo, para dormir. Después de un tiempo, ya no se tomaba la molestia de quitársela para nada, hasta que quedó adherida a él, y no se la pudo sacar más.

Poco a poco, su familia fue olvidando qué aspecto tenía sin su armadura. Cuando permanecía en su casa, el caballero solía recitar monólogos sobre sus hazañas. Su esposa Julieta y su hijo de cabellos dorados casi nunca podían decir una palabra. Cuando lo hacían, el caballero los acallaba, ya fuera cerrando su visera o quedándose repentinamente dormido.

Pero esta actitud arrogante del caballero llegó un día a su fin. Pues ese día, Julieta se enfrentó a su marido y le dijo que se quitara la armadura, y si no, cogería a su hijo, y se iría con él.

—No es mi culpa si estoy atrapado en esta armadura –dijo el caballero–. Tengo que llevarla para estar siempre listo para la batalla. ¿De qué otra manera, si no, hubiera podido comprar bonitos castillos y caballos para ti y para nuestro hijo?

—No lo hacías por nosotros. ¡Lo hacías por ti! –replicó Julieta.

El caballero no quería que Julieta se fuera. Amaba a su esposa y a su hijo y a su elegante castillo. Tomó la decisión de quitarse el yelmo, pero no pudo, estaba muy enganchado, y tampoco logró levantar la visera. Fue a ver al herrero del pueblo y le pidió que lo liberara, pero tampoco él pudo ayudarlo.

La situación del caballero era muy complicada, ya que al igual que su ancestro Adán, también se equivocó, quedó atrapado dentro de una armadura, y echó la culpa a terceros.

Pero sabemos que Adán no se dio por vencido, clamó, meditó y buscó sin cesar, hasta que encontró a un maestro que se le apareció súbitamente y le enseñó cómo liberarse de su angustia, y también de su armadura. Sin la menor duda, el caballero debía conocer el camino de Adán y seguir sus pasos para encontrar una solución a su gran dilema.


La historia de Adán

Adán, al comienzo de los tiempos, estaba vestido con una vestimenta brillante y luminosa, y vivía en un jardín lleno de árboles que producían deliciosas frutas junto a Eva, su mujer. Ese jardín era maravilloso. Todo lo que le hacía falta lo encontraba en ese lugar, y se deleitaba con todos los placeres que estaban allí dispuestos para que los disfrutara.

Adán y Eva eran puros y libres, y disfrutaban intensamente del Paraíso. Para ellos sólo existía el bien, desconocían las tentaciones y los malos instintos. Consideraban a todos los órganos de sus cuerpos, incluso los más íntimos, como las orejas, las manos, o los pies. Y cuando se unían para procrear, era para ellos una acción natural, como comer o beber, y no se avergonzaban, como está escrito: «Ambos estaban desnudos, el hombre y su mujer, y no tenían vergüenza» (Génesis 2, 25; Alshij).

Pero allí estaba la serpiente, que no era una serpiente como las que conocemos, ésa era muy astuta, andaba erguida como una persona, y tenía pies. Además, era de género masculino. Por eso, cuando vio a Adán y Eva que estaban procreando, deseó a la mujer (Midrash Bereshit Raba 18, 6; 19, 2).

La serpiente urdió un ardid y puso en marcha su plan, como está escrito: «Le dijo a la mujer: "¿Acaso Dios dijo: no comeréis de todo árbol del jardín?"» (Génesis 3, 1).

El plan de la serpiente fue astuto y cruel. De ese modo sembró la duda en la mujer. Y la mujer le respondió con absoluta naturalidad e inocencia: «Del fruto de los árboles del jardín podemos comer. Y del fruto del árbol que está en el centro del jardín, Dios ha dicho: "No comeréis de él y no lo tocaréis, para que no muráis"» (Génesis 3, 2-3).

La mujer, sin darse cuenta, había caído en la trampa. Y como la duda ya estaba sembrada, la serpiente se apresuró a ejecutar la segunda parte de su plan. Comenzó a empujar a Eva, poco a poco, en dirección del árbol del centro del jardín, hasta que provocó que lo tocara (Sforno; Rashi). Inmediatamente la serpiente confundió más aún a la mujer, diciéndole:

—Si es así, como tú dices, que os ha sido ordenado no comer del fruto de este árbol, no moriréis. Pues tú has visto con tus propios ojos que lo habéis tocado y no se te ha castigado. Tampoco temas del castigo por comer (Sefer Zikarón).

Aún quedaba la posibilidad de que la mujer recapacitara, recordando que todavía no se había cumplido el plazo estipulado por Dios de un día. Pero la serpiente se ocupó de erradicar esa posibilidad con otro ardid. Le dijo:

—Aunque aún no ha transcurrido un día, de todos modos, come de él. Pues si mueres por haberlo tocado, no volverás a morir nuevamente por comer. Y si no mueres por haberlo tocado, tampoco morirás por comer (Beer Maim Jaim).

A esto se refiere lo que está escrito: «La serpiente le dijo a la mujer: "Ciertamente, que no moriréis, pues Dios sabe que el día que de él comáis, vuestros ojos se abrirán, y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal"» (Génesis 3, 4-5).

Entonces Eva comió, y después dio a su marido para que también lo hiciera; no fuera que ella muriera y él se casara con otra mujer (Rashi). Como está escrito: «Y la mujer percibió que el árbol era bueno como alimento, y que era un deleite para los ojos, y que el árbol era deseable como un medio para alcanzar la sabiduría, y ella tomó de su fruto y comió; y también le dio a su marido junto a ella y él comió» (Génesis 3, 6).

Aquí comenzaron el temor, la necesidad de cubrir el cuerpo, y el echar la culpa a terceros. Todo muy similar a lo ocurrido con el caballero. Como está escrito: «Entonces los ojos de ambos se abrieron y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cogieron una hoja de higuera y se hicieron ceñidores. Oyeron la voz de El Eterno Dios que andaba en el jardín hacia el anochecer; y el hombre y su mujer se escondieron de El Eterno Dios en el árbol del jardín. El Eterno Dios llamó al hombre y le dijo: "¿Dónde estás?". Él dijo: "Oí Tu voz en el jardín, y tuve miedo, pues estoy desnudo, así que me escondí". Y Dios dijo: "¿Quién te dijo que estás desnudo? ¿Acaso comiste del árbol del que te ordené que no comieras?". El hombre dijo: "La mujer que me diste para que estuviera conmigo, ella me dio del árbol y yo comí". Y El Eterno Dios le dijo a la mujer: "¿Qué es lo que has hecho?". La mujer dijo: "¡La serpiente me engañó, y yo comí!"» (Génesis 3, 7-13).

A raíz del error, Adán perdió la santidad que tenía, y también la vestimenta brillante que lo rodeaba y protegía. Se llenó de temor, y necesitó cubrir su cuerpo con un elemento terrenal, los ceñidores.

Esos ceñidores eran unas vestimentas hechas con hojas de higuera, y con ellos ciñeron y cubrieron todo su cuerpo, como está escrito. «Y se hicieron ceñidores ». El maestro Aba, hijo de Kahana, dedujo: se aprecia que no está escrito: «un ceñidor», en singular, sino «ceñidores». Se aprende que eran varios ceñidores, con los cuales cubrieron todo su cuerpo, e incluso la cabeza (Midrash Génesis Raba 19, 6).

Así comenzó la historia de la armadura de Adán, que la vistió muchos, muchísimos años, y durante todos esos años su mujer no lo podía tocar ni estar con él (véase Eirubin 18b). Las coincidencias de estos hechos con la historia del caballero son evidentes. ¡Cuán bueno hubiera sido que lo hubiera sabido para poder librarse de su armadura! Pues Adán lo consiguió.


El abandono del Paraíso

Veamos cómo salió Adán de todo este embrollo: cuando Adán fue expulsado junto con su esposa del Jardín del Edén, necesitaba vestimentas apropiadas para entrar en el mundo exterior. Ya que las vestimentas de luz con las que estaba recubierto su cuerpo le servían para vivir en el Jardín del Edén, que era un mundo angelical en el que irradiaba la luz suprema de lo Alto, y sus vestimentas brillantes estaban hechas con esa luz. Pero ahora debía entrar en contacto con los fenómenos terrestres, y necesitaba una vestimenta adecuada, y Dios se la proveyó, como está escrito: «Y El Eterno Dios hizo para Adán y para su esposa vestimentas de piel, y los vistió» (Génesis 3, 21) (II Zohar 229b). Ésa es la piel que recubre la carne. Pues en un comienzo, cuando estaban en el Jardín del Edén, sus cuerpos tenían una estructura ósea recubierta de carne, y ahora Dios les había colocado piel sobre la carne, para vivir en el mundo terrenal (Iben Ezra; Radak). Sobre la piel se colocan las demás vestimentas, y Adán se colocó los ceñidores de hojas de higuera.


El gran Maestro

Adán, cuando fue expulsado del Jardín del Edén estaba muy triste. Ya no contaba con las brillantes vestimentas de luz, ni tampoco con el alma suprema, que se había ido de él. Comenzó a orar a Dios, a contarle todo lo que pensaba, y a expresarle su arrepentimiento por lo que había hecho. También le pidió que se apiadara de él y le devolviera el alma suprema y lo dotara de sabiduría, como la que tenía antes, cuando estaba en el Jardín del Edén. Y le pidió que le hiciera saber lo que ocurriría con él y con sus descendientes, todos los días.

Tres días oró a Dios, pidiéndole que se apiadara de él. Y entonces ocurrió algo maravilloso: el ángel Raziel se le apareció. Estaba sentado junto al río que surge del Edén, y tenía un libro en la mano.

—¡Adán! –le dijo–. ¿Por qué estás turbado, triste y angustiado? Desde el día en que te levantaste para orar y pedir clemencia a Dios, tus palabras fueron oídas. Y yo he venido para enseñarte palabras puras y mucha sabiduría, y para explicarte las palabras de este libro sagrado. Y a partir de ellas sabrás lo que te sucederá hasta el día de tu muerte. Y toda persona de tus descendientes, que se levante después de ti y todas las generaciones postreras que se comporten con este libro sagrado con pureza, con aptitud de corazón, con humildad de espíritu, y hagan todo lo que está escrito en él, como tú, sabrán lo que vendrá cada mes, y cada día y cada noche. Y todo estará revelado ante él, y comprenderá, y sabrá lo que ocurrirá, si sobrevendrá el mal, hambruna, peste, lluvias, sequía, si la cosecha aumentará o disminuirá, si los malvados dominarán en el mundo, si habrá plaga de langostas, si los frutos de los árboles se estropearán y caerán antes de tiempo, si habrá epidemia que afecte a las personas, si habrá guerra, si sobrevendrán aflicciones, si habrá mortandad en los seres humanos o en los animales, o si saldrá un buen decreto de lo Alto, o malo. Y tú Adán, acércate y presta atención, y te enseñaré el camino de este libro y su santidad.

El ángel Raziel abrió el libro y comenzó a leerlo a oídos de Adán. Y cuando Adán oyó las palabras de este libro sagrado de boca del ángel Raziel, cayó sobre su rostro y comenzó a temblar.

—¡Adán! –le dijo el ángel–. Levántate, fortalécete y no temas, ni tiembles. Toma el libro éste de mi mano y cuídalo, pues de él tendrás sabiduría y obtendrás conocimientos, y los harás saber a todo el que lo merezca.

Cuando Adán tomó el libro, surgió un fuego imponente junto a la ribera del río, y el ángel ascendió al Cielo en medio de una refulgente llamarada flamígera. Entonces, Adán supo que era un ángel de Dios, y traía ese libro ante el Rey sagrado, y lo aferró con santidad y pureza (Raziel Hamalaj págs. 1-2).

En ese libro estaban escritos todos los secretos de los mundos supremos, los ángeles celestiales, y los misterios de este mundo, también el modo de alcanzar las sublimes vestimentas de luz, y el Jardín del Edén.


Las vestimentas de luz

¿Cómo se consiguen las vestimentas de luz y el Jardín del Edén? A través de las buenas acciones. Pues esas acciones atraen la irradiación de luminosidad que surge del resplandor supremo de lo Alto, convirtiéndose en una vestimenta apta para rectificarse y entrar con ella en el Mundo Supremo.

Esa vestimenta es necesaria para mostrarse vestido con ella ante El Eterno. Y con esa vestimenta de luminosidad con que la persona se viste provoca un gran placer a su alma. Ya que el alma de la persona obtiene provecho de la irradiación de luminosidad suprema, y ve a través de la irradiación de luminosidad, como está dicho: «Para contemplar la hermosura de El Eterno, y para visitar su Palacio» (Salmos 27, 4) (II Zohar 229b).

Para saber cómo se realizan las buenas acciones y ser sensible con las demás personas, e incluso los animales, las plantas, y todos los entes creados, hay que adquirir conocimientos marchando por el Sendero de la Verdad, el mismo que le enseñó Raziel, el maestro angelical, a Adán.

Sin lugar a dudas el caballero debía saber esto para librarse de la armadura que lo tenía atrapado.

CHAPTER 2

La búsqueda de la solución


Incapaz de encontrar ayuda en su propio reino, el caballero decidió buscar en otras tierras. Por eso una mañana, muy temprano, montó en su caballo y se alejó cabalgando.

Al salir de la provincia, el caballero se detuvo para despedirse del rey, que había sido muy bueno con él. Pero cuando llegó a su castillo se encontró con el bufón del rey, quien le dijo que el rey se había ido. El caballero, desilusionado, comenzó a irse, pero el bufón lo llamó y le dio un consejo, le dijo:

—Tenéis que ver al Mago Merlín, así lograréis ser libre al fin.

—¿Merlín? El único Merlín del que he oído hablar es el gran sabio, el maestro del rey Arturo.

—Sí, sí, el mismo es. Merlín sólo hay uno, ni dos ni tres.

—¡Pero no puede ser! –exclamó el caballero–. Merlín y el rey Arturo vivieron hace muchos años.

Bolsalegre, el bufón, replicó:

—Es verdad, pero aún vive ahora. En los bosques el sabio mora.

—Pero esos bosques son tan grandes… –dijo el caballero–. ¿Cómo lo encontraré?

Bolsalegre sonrió.

—Aunque ahora os parece muy difícil, cuando el alumno está preparado, el maestro aparece.

¿Qué tipo de ser humano era ese que el caballero debía encontrar? Tenía que ser un descendiente de Adán, suficientemente puro, apto y capaz, tal como el ángel Raziel le dijo a Adán: «Y toda persona, de tus descendientes, que se levante después de ti, y todas las generaciones postreras que se comporten con este libro sagrado con pureza, con aptitud de corazón, con humildad de espíritu, y haga todo lo que está escrito en él, como tú, sabrá lo que vendrá».

En aquel tiempo, como en los demás tiempos, había un maestro que reunía esas condiciones: Elías, quien muchas veces se aparecía para ayudar a las personas, investido en muchos aspectos diferentes, con diversos nombres.

Elías era un maestro maravilloso y sabio, y también se elevaba en fulgurantes llamaradas de fuego, al igual que Raziel, como está escrito: «Elías dijo a Eliseo, su discípulo: "Solicita lo que desees que haga por ti, antes que yo sea tomado de ti". Y Eliseo dijo: "Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí". Él le dijo: "Algo complicado has pedido. Si me vieras cuando sea tomado de ti, te será concedido, mas si no, no te será concedido". Aconteció que mientras marchaban y hablaban, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego separó a ambos, y Elías subió al Cielo en un torbellino» (II Reyes 2, 10-11).


El Maestro buscado

¿Cómo se podía encontrar a ese maestro? ¿Cómo se hacía para llamarlo y que viniese?

Cuando Elías ascendió al Cielo, el primer Templo Sagrado aún estaba en pie. Y ya habían pasado muchas centurias desde aquella época. Pero, aun así, se sabía de personas que habían hablado con él. Uno de ellos fue el maestro Anán, que además de hablar con él, aprendió de él los secretos del Sendero de la Verdad.

El maestro Anán era muy famoso. Fue discípulo de Samuel (véase Talmud, tratado de Babá Metzía 51b), y ejerció como juez en la ciudad de Nahrdea (véase tratado de Ketuvot 105b). Era compañero del maestro Huna (véase tratado de Ketuvot 69a), y del maestro Najman (véase tratado de Julín 56a), dos eruditos de gran renombre.

Una vez, un hombre trajo al maestro Anán una canasta llena de pequeños pescados. El maestro Anán le preguntó:

—¿Qué haces?

—Debo resolver un pleito que tengo contra otra persona –le contestó el hombre.

Al escuchar, el maestro Anán rehusó a aceptar el presente.

—Estoy descalificado para juzgar tu caso –le dijo.

El hombre le respondió:

—No es mi intención que usted, distinguido maestro, juzgue mi causa. Sólo le pido que acepte mi presente para no impedir el acercamiento de las primicias.

Y le explicó sus razones:

—Pues está escrito: «Vino un hombre de Baal Shalisha, y trajo al varón de Dios pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano tierno» (II Reyes 4, 42). ¿Pero acaso Eliseo era sacerdote y podía comer las primicias? Pues sólo un sacerdote tiene permiso para comerlas y Eliseo era de la tribu de Gad (Rashi). Siendo así, ¿cómo es posible que las aceptó? Se aprende que todo aquel que trae un presente a un erudito se le considera como si hubiera cumplido con el precepto de las primicias.


(Continues...)

Excerpted from El gran desafío del Caballero de la Armadura Oxidada by Robert Fisher. Copyright © 2013 Rabí Aharón Shlezinger. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
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Table of Contents

Contents


Prólogo, 7,

I. La gran odisea del caballero, 9,

II. La búsqueda de la solución, 19,

III. El encuentro con el Maestro, 27,

IV. Una lección de Vida, 33,

V. El misterio de la Verdad, 43,

VI. El viaje a lo desconocido, 65,

VII. El Castillo del Conocimiento, 81,

VIII. El Castillo de la Voluntad, 99,

IX. La Cima de la Verdad, 105,

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