El Sueno de un alquimista

El Sueno de un alquimista

by Catherine D'Oultremont

Paperback(Spanish-language Edition)

$11.66 $12.95 Save 10% Current price is $11.66, Original price is $12.95. You Save 10%.
Eligible for FREE SHIPPING
  • Want it by Wednesday, October 24  Order now and choose Expedited Shipping during checkout.

Product Details

ISBN-13: 9788497779364
Publisher: Obelisco, Ediciones S.A.
Publication date: 06/30/2013
Edition description: Spanish-language Edition
Pages: 64
Product dimensions: 5.30(w) x 8.10(h) x 0.40(d)

Read an Excerpt

EL SUEÑO DE UN ALQUIMISTA


By Catherine D'Oultremont

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2013 Catherine d'Oultremont
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-936-4



CHAPTER 1

EL SUEÑO DE UN ALQUIMISTA

TERTULIA ENTRE UN VIAJERO Y UN LIBRERO


Cierto día, un viajero solitario se apea del tren en la estación de Austerlitz. Ha pasado la noche recostado en un asiento porque no puede costearse el precio de una litera. Es la primera vez que va a París. Una auténtica expedición pues aún no se ha inventado el tren de alta velocidad.

El señor M. llega de su alejada provincia para hacer una visita a Notre-Dame.1 Percibe que ya no le queda mucho tiempo de vida. Está cansado, se siente vacío, apenas le quedan fuerzas para sostener su sombrero con los dedos. Día tras día, los años y las pesadas cargas de la vida en su austera región lo han inclinado más hacia la tierra.

Se pregunta si tendrá tiempo de alcanzar su gran sueño, la piedra filosofal.

Son ya muchos años quemándose la vista sobre los tratados de hermetismo, los libros de filosofía, los textos de los comentadores y hasta de los comentadores de esos comentadores. Y, en lugar de ver más claro, cada día se espesa más la niebla en las páginas de sus grimorios y los caracteres bailan ante sus ojos como musas enloquecidas negándose a entregar su secreto.

El señor M. posee en su casa una hermosa biblioteca heredada de su difunto tío. La ha estudiado durante mucho tiempo y, embargado por el deseo de saber más acerca de los misterios de la filosofía hermética, llegó incluso a abandonar su oficio para poder dedicar más tiempo a su búsqueda. Ha descuidado su salud dejando de salir al aire libre. Aun así, el misterio ha permanecido indescifrable, pues la selva de los símbolos herméticos está sembrada de escollos que muchas veces le han obligado a retroceder cuando pensaba haber progresado en la buena dirección. Un poco como ocurre en el juego de la oca, en el que todo el tiempo hay que volver a la casilla de salida. Pero el fuego que arde en él lo empuja incesantemente a volver a empezar y volver a empezar ...

En su empeño, ha desgarrado sus ropas en las zarzas que envuelven la verdad. Se ha quemado los dedos manipulando retortas. Hoy en día se encuentra prácticamente en la ruina y su mujer lo ha abandonado. Resumiendo, todo va mal. Dios lo ha abandonado.

Anoche su desesperación era tal que después de vaciar él sólo una de las últimas botellas de vino de Borgoña de su bodega, estuvo a punto de hacer una pira con todos sus libros, ¡harto de esas quimeras! Agotado, no le quedaron fuerzas para llevarlo a cabo, se dirigió hacia su cama y se dejó caer. Se durmió en el acto y se puso a roncar.

Una patada en las costillas lo despertó con un sobresal to en medio de la noche.

Sobrio de golpe, se incorporó. No, no estaba bajo el porche de la catedral, sino en su cama. Acababa de soñar que estaba en la piel de un vagabundo, dormido a los pies de Notre-Dame de París abrazado a su botella y que, sencillamente, un transeúnte había tropezado con su cuerpo.

Por suerte ya lo sabemos: un puntapié juiciosamente aplicado reconduce a los hombres desde los peores extravíos hasta la abstracción.

A la mañana siguiente, sin pensarlo dos veces, nuestro buscador toma un tren para París, repitiendo como una cantinela «Señora Nuestra, ayúdame». Sólo ella puede aún apiadarse de él. Su anciano tío le decía a menudo: «Hijo, para obtener algo hay que dirigirse a María». ¡Pobre insensato!, había creído que podría lograrlo sin ella y había descuidado en exceso a la Santa Madre de los creyentes.

Al llegar frente a la catedral, el señor M. se detiene unos instantes para recuperar el aliento. Notre-Dame le impresiona por su majestad y poder. Ni siquiera intenta, tal como antes acostumbraba, desentrañar lo que ocultan los símbolos esculpidos. El gran libro de piedra, sellado para las miradas profanas, guarda sus misterios. Dama Sabiduría lo contempla desde lo alto del portal central. Sentada en su trono, la cabeza en el cielo, inasequible a menos que remonte su columna vertebral, utilizando la escalera sujeta entre sus piernas.

El señor M. se pregunta si le ayudará algún día a subir sus peldaños. Invadido por el temor ante la magnitud del misterio, cruza el umbral, penetra en la nave y camina por el tramo central. Dentro reina una penumbra tintada de rosa que la luz transversal de las cristaleras deposita sobre la piedra. Su corazón golpea en su pecho. Esa pulsación llena de golpes todo el espacio. ¿Serán los latidos del corazón de su madre a cuyo seno acaba de regresar al franquear el portal? Ya no sabe ... Sus puntos de referencia se derrumban.

Sentado en un rincón oscuro favorable a la meditación, implora a la Santa Madre para que acuda en su auxilio. Recuerda que antes de levantarse una iglesia cristiana en ese lugar se erigía un templo consagrado a la divina Isis, cuyo culto se había extendido entre los galo-romanos. ¿Será ella la gran iniciadora? El alma del señor M. lentamente se serena y su turbación se disipa.

Después de llorar su lamentable destino, nuestro viajero sale de la catedral y el sol de otoño ciega sus ojos enrojecidos. Se siente un poco perdido. Deambula por las callejuelas vecinas, apercibe la vitrina de una librería con rótulo: «Chez Flamel – Livres neufs et d'occasion». No lo puede remediar, empuja la puerta. ¿Por qué será que no puede resistirse a la llamada de los libros? Ya tiene demasiados ... Detrás del mostrador, un hombre está sumido en la lectura. Sus cabellos plateados enmarcan un rostro liso y concentrado como el de un niño inmerso en un libro de cuentos. No hay más clientes y sobre la mesa de madera clara se amontonan pilas de libros. Al son cristalino de la campanilla, el librero alza por encima del libro una mirada de color neblina.

—Buenos días. ¿Puedo ayudarle?

—Busco desesperadamente la llave que abre la puerta de la Gran Obra. ¿Qué lectura me recomienda? Estoy en un callejón sin salida y no puedo más ...

—Pues vuelva al principio.

—¿Al principio de qué?

—Del camino.

Los ojos diáfanos del librero cambian de color como si de repente el sol traspasara la capa de niebla. Alza el libro entre sus manos.

—El Génesis.

—¿El Génesis? Los seis primeros días de la creación ...

—Se deja el séptimo, el día de descanso, culminación de los otros seis.

—¿No tendrá nada que recomendarme entre esos tratados de alquimia que duermen en sus estanterías?

—Los conozco todos y puedo asegurarle que la llave de la obra está aquí –dice dando palmaditas sobre su libro.

Inician una conversación. Ambos se ponen a hablar de alquimia. De repente, el viajero siente que recobra energía y curiosidad, pero en su cabeza todo está confuso y entremezclado, ya no recuerda dónde leyó esto o aquello ... Por su lado, el librero tiene las ideas tan claras como sus ojos, que ahora tienen el color del cielo en el verano. Va de una estantería a otra para sacar los libros donde están los pasajes que cita para su cliente, y lo vuelve a encauzar cuando éste se extravía. Procura situarle en un buen punto de partida incitándole a empezar por el principio.

Sigamos su conversación.

—El librero: El principio de la obra está escrito en la Torah de Moisés. Escuche el aviso de Emmanuel d'Hooghvorst, hermetista contemporáneo: «En el Génesis, o libro del Comienzo del Sabio Moisés, leemos que "el soplo de Elohim planeaba sobre las aguas" previamente a toda creación. La creación de la que se trata evidentemente es la Gran Obra de los alquimistas y no otra cosa». Jean d'Espagnet, filósofo del siglo xvii lo confirma: «La generación de la piedra se realiza a ejemplo de la creación del mundo. En efecto, debe primero tener su caos y su materia prima en la cual los elementos confundidos flotan hasta que el espíritu del fuego los distingue y los elementos separados más ligeros son llevados arriba y los más pesados hacia abajo, que ante la luz recién nacida retrocedan las tinieblas, que las aguas se junten y aparezca tierra seca. Entonces, dos grandes luminarias emergen sucesivamente y en la tierra se producen las virtudes minerales, vegetales y animales».

También el autor de la Concordance Mytho-PhysicoCabalo-Hermétique dice: «La obra de los Sabios parece igualmente estar calcada sobre la creación del hombre. Dios hizo el cuerpo del hombre con una tierra que amasó y que parecía inanimada, y le insufló un espíritu de vida. Lo que Dios hizo para con el hombre, el agente de la Naturaleza lo hace con la tierra, o Limo filosófico».

—El viajero: pero, ¿cuál es la materia prima de los filósofos?

—El librero: No se anticipe tanto, mi querido señor ... Ningún Filósofo que se respete le dirá cuál es verdaderamente la materia de la obra. Le acercará a ello pero dando vueltas alrededor ... Ya verá. Volvamos a la creación, si me lo permite. Thomas Vaughan, alias Eugenio Filaleteo, dice que en la obra de la creación se encuentran un agente universal y un paciente universal: «Los estudiosos que desean ser mejor instruidos deben saber que primero hay un Agente Universal, que cuando se dispuso a crear no tenía otro patrón o modelo para formar y moldear a sus criaturas que Él mismo. No obstante, como tenía una infinidad de ideas interiores o conceptos en Él, lo que concibió, lo creó, mejor dicho creó una forma exterior respondiendo al concepto interior o figura que tenía en mente. En segundo lugar, los estudiosos deberían saber que se halla un paciente universal y que esta naturaleza pasiva fue creada por el Agente Universal. Dicho paciente general es el carácter católico inmediato de Dios mismo en su Unidad y su Trinidad. En términos claros, es esa sustancia que acostumbramos a llamar la Prima Materia».

—El viajero: Ese paciente universal, esa materia prima, se encuentra por lo tanto en la base de toda creación. ¿Es el Caos en el que todo se encuentra por nacer?

—El librero: Sí, por así decirlo ... Contiene todo lo que el agente universal ha concebido en su imaginación. Paracelso, en su Secreto Mágico, compara la materia prima con un abismo de donde emerge toda creación: «La materia prima, fuente de toda creación posterior, materia hecha de nada que por esta razón lleva el nombre de abismo, a saber, matriz del mundo, o el de alma ígnea, de donde todo es creado luego ...».

En ella todo está en potencia, nos dice J. d'Espagnet: «Raíz de todos los cuerpos, sólo se puede aprehender a través del entendimiento, sin nunca poder serlo por el sentido. Finalmente, al no ser nada en acción, es todo en potencia».

—El viajero: La prima materia de la filosofía hermética es el caos o abismo descrito por Moisés. Tiene usted razón. «Ordo ab Chao», declaran los Masones del grado XVIII. Y si entiendo correctamente, ¿dicho caos debe ser «ordenado» por un fuego que es «el soplo del espíritu que planeaba sobre el abismo»?

—El librero: En efecto, es ese espíritu de fuego el que permite el nacimiento de la luz, que la hace pasar de potencia al acto. Así lo expresa d'Espagnet: «El mismísimo espíritu del divino Arquitecto, aquel espíritu que al principio planeaba sobre las aguas [...] hizo pasar de potencia al acto a las semillas de todas las cosas confusamente entremezcladas en el caos. [...] dicho espíritu, creador del mundo, que se encuentra disperso e infuso en las obras de la Naturaleza como por un soplo continuo».

—El viajero: Así pues, ¿es un soplo continuo del Fuego, despertado en su matriz, el agua, que activa la materia del principio? ¿Su acción hace pasar de potencia a acto a las semillas ahí encerradas?

—El librero: Exactamente. Y escuche esto: «El fuego, al despertarse en el agua, ordenó el caos y los cuatro elementos engendraron el espíritu vivo del Universo».12 «El fuego reviste todas las formas pero permanece fijo en su interior». «Dios es como un fuego fijo y seco, oculto en un fuego movedizo y húmedo. El que lo descubre posee el dominio de la vida».

Sin el conocimiento de ese fuego nada se puede. Es un fuego fluido que disuelve y coagula. El cosmopolita escribe: «El fuego no es un cuerpo, lo toma en otro sitio y lo dispone para su destino final. Mora más bien en un cuerpo perfecto que en otro. Contiene las definiciones de todas las cosas y recibe en sí las disposiciones de diversas simientes de acuerdo con las virtudes de su imaginación, las que el Verbo de Dios ha impreso en él».

—El viajero: Ese soplo del espíritu que planea sobre el abismo ¿es una clase de agua ígnea?

—El librero: Sin duda, y Nicolas Valois nos lo indica: «Este agua es una Agua llena de fuego que por su calidad húmeda vuelve blandos a los cuerpos. Por ello, es llamada Agua Fuerte engendrada del Sol y la Luna, que tiene en ella el poder de destruir y vivificar».

Y Eugenio Filaleteo precisa en el Lumen de Lumine que el soplo del Espíritu Santo fluye como un río: «insuflar, dicen los judíos, es la propiedad del Espíritu Santo. Pues leemos que Dios insufló en Adán el soplo de vida y así fue alma viviente. Aquí debemos entender que la Tercera Persona es la última de las tres. No es que haya desigualdad entre ellas salvo en el orden de las operaciones, pues el Espíritu Santo no podía insuflar un alma en Adán sin tener que recibirla o poseerla él mismo. La verdad es que la recibe y lo que recibe lo insufla en la Naturaleza. De ahí el hecho que ese Muy Santo Espíritu sea calificado por los cabalistas de "río que mana del Paraíso" pues sopla como un río. También se le llama Madre de los Hijos pues por ese soplo, da a luz, por así decirlo, a esas almas concebidas de manera ideal en la Segunda Persona [...] Está por lo tanto claro que la Tierra de los vivos o Tierra-Fuego eterna brote y crezca, que tenga sus flores espirituales ígneas que llamamos almas, al igual que la tierra natural tiene sus vegetales naturales».

Para el autor de la Concordancia Mito-Físico-Cabalo-Hermética, ese vapor ígneo genera la vida al igual que participa en los procesos de corrupción: «El Espíritu de vida es un vapor ígneo, una chispa, un fuego que otorga la vida animal, el movimiento a los cuerpos y parece disiparse en el aire cuando los organismos materiales se destruyen».

—El viajero: El Génesis dice: «Y el Espíritu de Dios planeaba sobre las aguas ...». ¿Por qué ese plural? ¿Qué son esas aguas?

—El librero: Están las aguas de arriba y las aguas de abajo. Dicho está que: «Cuando Dios hubo separado la luz de las tinieblas, designando la morada inferior y mediana para las tinieblas y la morada superior para la luz, separó las aguas de las aguas, colocando la material y grosera en el mar y la tierra, y elevando la sutil y espiritual por encima y por debajo del firmamento, de manera a que sirviera de vehículo, de instrumento y de mediadora para el Espíritu universal».

—El viajero: ¿Así Dios anima a la materia por el poder de su soplo ígneo y despierta su virtud fermentativa?

—El librero: Eso parece según los textos ... Pero para realizar nuestra obra, hay que recolectar la materia primordial antes de que entre en contacto con los mixtos y cuando aún se encuentra en estado indiferenciado. Escuche esto: «La virtud fermentativa únicamente se encuentra sin especificación en esta materia caótica. La virtud encerrada en esa materia, dice Filaleteo, es la clave de la obra de la naturaleza y el milagro del mundo. En efecto, es esa virtud que hace que el agua se convierta en hierba, planta, árbol, fruto, sangre, carne, piedra, etc.».

—El viajero: ¿Podríamos decir que dicha virtud fermentativa es una simiente? D'Espagnet habla de simientes confusamente mezcladas en el caos y el Cosmopolita de un esperma y de una simiente que es importante conocer: «La Naturaleza se ha hecho una simiente en los elementos que procede de su voluntad (de Dios). Ciertamente, es única y sin embargo produce cosas diversas, no obstante no produce nada sin esperma, pues la Naturaleza hace todo lo que quiere el esperma [...] Con esa simiente o esperma a disposición, la Naturaleza estará dispuesta a cumplir con su deber ...»].

—El librero: ¿Ha notado que el Cosmopolita llama Naturaleza a esa materia que debe ser animada por el soplo? Dice: «La Naturaleza es una, verdadera, simple, entera en su ser. Dios la ha hecho antes de todos los siglos y ha encerrado en ella cierto espíritu universal ... La Naturaleza no es visible, sin embargo actúa sin cesar pues tan sólo es un espíritu volátil que realiza su misión en los cuerpos y que tiene su sede y su lugar en la Voluntad divina».


(Continues...)

Excerpted from EL SUEÑO DE UN ALQUIMISTA by Catherine D'Oultremont. Copyright © 2013 Catherine d'Oultremont. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

Customer Reviews

Most Helpful Customer Reviews

See All Customer Reviews