En el país que amamos: Mi familia dividida

En el país que amamos: Mi familia dividida

by Diane Guerrero

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Overview

En el país que amamos: Mi familia dividida by Diane Guerrero

La estrella de Orange is the New Black y de Jane the Virgin presenta su historia personal acerca de la grave situación en que se encuentran los inmigrantes indocumentados en este país.

Diane Guerrero, la actriz de televisión del popular programa Orange is the New Black y de Jane the Virgin, contaba con sólo catorce años cuando un día sus padres y su hermano fueron arrestados y deportados mientras ella estaba en la escuela. Como había nacido en Estados Unidos, Guerrero pudo permanecer en el país y seguir estudiando gracias a la bondad de amigos de la familia, quienes se hicieron cargo de ella y la ayudaron a construir su propio camino y a que se convirtiera en una exitosa actriz de carrera sin tener la red de apoyo de su familia.

En el país que amamos es una historia conmovedora y dolorosa sobre la resistencia extraordinaria de una mujer ante las aterradoras luchas que enfrentan los residentes indocumentados de este país. Hay más 11 millones de inmigrantes indocumentados viviendo en Estados Unidos, muchos de los cuales tienen hijos con ciudadanía estadounidense, pero cuya permanencia en este país es tan frágil como la de sus padres y cuyas historias no han sido contadas. Escrita en conjunto con Michelle Burford, esta autobiografía es una historia de triunfo personal que, además, arroja una muy necesaria luz sobre los miedos que permean la vida diaria de familias como la de la autora y sobre un sistema que les falla una y otra vez.

Product Details

ISBN-13: 9781250117823
Publisher: Holt, Henry & Company, Inc.
Publication date: 05/03/2016
Sold by: Macmillan
Format: NOOK Book
Pages: 304
Sales rank: 710,879
File size: 6 MB

About the Author

Diane Guerrero actúa en el exitoso programa Orange is the New Black y en Jane the Virgin. Es voluntaria en la organización sin fines de lucro Immigrant Legal Resource Center, así como en Mi Familia Vota, una asociación que promueve la participación de la sociedad civil. Es, además, Embajadora de Ciudadanía y la Naturalización, nombrada por la Casa Blanca.

Michelle Burford es editora fundadora de O, The Oprah Magazine y autora de muchos libros éxitos de venta, entre los que se cuentan ilas memorias de la gimnasta olímpica Gabby Douglas, la cantante Toni Braxton y de Michelle Knight, sobreviviente del Secuestro de Cleveland.


Diane Guerrero is an actress on the hit shows Orange is the New Black and Jane the Virgin. She has written about her family in the Los Angeles Times and has appeared on CNN to discuss immigration issues. She also volunteers with the nonprofit Immigrant Legal Resource Center. She lives in New York City.

Read an Excerpt

En El País Que Amamos

Mi Familia Dividida


By Diane Guerrero, Michelle Burford

Henry Holt and Company

Copyright © 2016 Diane Guerrero
All rights reserved.
ISBN: 978-1-250-11782-3



CHAPTER 1

La llave de plata

Cada puerta, cada intersección, tiene una historia.

— Katherine Dunn, novelista


Primavera de 2001: en el sector Roxbury de Boston.

Mi mamá estaba retrasada conmigo y yo detestaba llegar tarde a la escuela, especialmente a una escuela que me encantaba y sobre todo cuando me preparaba para mi primer solo. Que una estudiante de primer año lograra un solo era algo muy importante. En realidad, era enorme. De hecho, incluso entrar a la Academia de Artes de Boston había sido un milagro. Fue mi boleto de salida del barrio.

— Diane, ven a desayunar — me dijo mi madre desde la cocina.

— ¡Tengo que irme! — grité, porque, seamos sinceros, al igual que muchas chicas de catorce años, mi actitud era desafiante.

— Tienes otro segundo — dijo mi madre, siguiéndome por el pasillo —. Tienes que comer algo.

— No, no tengo otro segundo — le espeté —. ¿Por qué siempre me haces esto?

Y entonces, antes de que ella pudiera decir otra palabra o incluso darme un abrazo de despedida, ¡paf!, crucé el umbral de la puerta como un huracán para agarrar el tren.

La temperatura era agradable afuera, alrededor de los setenta grados Fahrenheit. Después de un invierno glacial, el clima estaba mejorando finalmente y, al parecer, lo mismo sucedía con la suerte de mi familia. El día antes, mi padre se había ganado la lotería. No era una cantidad astronómica de dinero — tan solo unos cuantos miles de dólares —, pero para nosotros era como el premio mayor. Y además, el amor fluía de nuevo en nuestra casa: mi sobrina de cuatro años, que había estado lejos de nuestra familia desde que mi hermano mayor, Eric, y su esposa se habían separado, estaba pasando un tiempo con nosotros. Yo lo veía como una señal de que las cosas estaban mejorando, de que llegarían tiempos mejores.

Miré mi reloj mientras corría por el campus. Tres minutos para que sonara el timbre. Incluso antes de las ocho de la mañana, el lugar bullía de actividad. ¿Se acuerdan de Fame, esa serie de televisión de los años ochenta sobre una escuela secundaria de artes escénicas en Nueva York? Bueno, estudiar en BAA se sentía como entrar al set de ese programa. Muchos chicos bailaban y se movían con frenesí. Al lado, otro grupo cantaba canciones a todo pulmón o hacía dibujos artísticos en las paredes. La energía era una locura, sobre todo justo antes del festival de primavera, la noche en que nuestros padres vendrían a vernos mientras nos presentábamos en el escenario. Era la noche más especial del año, y mi número — una canción de amor a dúo llamada "La Última Noche del Mundo", de Miss Saigón — era parte del acto final.

Justo a tiempo, pero casi sin aliento, doblé la esquina hacia el salón de Humanidades. Era así como nuestro día estaba organizado: en primer lugar, veíamos materias académicas como Matemáticas y Ciencia, y luego estaban los cursos de la tarde, para los que yo vivía: Teatro, Arte y Música. Y como sólo faltaban tres semanas para el festival de primavera, también me empecé a quedar hasta tarde para poder practicar un poco más. No sólo quería que mi número fuera bueno, quería que fuera absolutamente perfecto.

La mañana transcurrió lentamente. Nueve. Diez. Once. Doce. Y con cada hora que pasaba, me sentía cada vez más rara. No como en Twilight Zone, sino más como ese agujero en el estómago que sientes cuando algo no está en el lugar adecuado. Me imaginé que era por la forma en que había tratado a mi mamá; sabía que tenía que pedirle disculpas. Por otra parte, no le diría en realidad que lo sentía. Para evitar esa incomodidad, lloraría un poco para demostrarle lo mucho que la amaba y que no tenía la intención de ser tan desagradable.

Por fin, el día escolar había terminado, lo que significaba que era hora de ensayar. Cuando llegué a la sala de música — un estudio grande —, mi maestro, el señor Stewart, ya estaba allí. Y también Damien, el chico negro y dulce con afro y gafas que era la otra parte de mi dúo.

— ¿Necesitas calentar? — me preguntó el señor Stewart. Como de costumbre, llevaba una corbata, una camisa de cuello y esa gran sonrisa por la que todos lo conocíamos. Estaba sentado al piano.

— Estoy bien — le dije. Escondí mi mochila en una silla y rápidamente me senté cerca de Damien. El señor Stewart extendió sus partituras, apoyó los dedos sobre las teclas y tocó las notas iniciales de la balada. La parte de Damien tenía lugar antes que la mía.

— En un lugar que no nos deja sentir — cantó en voz baja —, en una vida en la que nada parece real, te he encontrado ... Te he encontrado.

Mi verso seguía a continuación.

— En un mundo que se está moviendo demasiado rápido — canté ligeramente desentonada —, en un mundo donde nada puede durar, te abrazaré ... El señor Stewart dejó de tocar.

— ¿Segura de que estás bien, Diane? — me preguntó.

Me encogí de hombros.

— Estoy bien, supongo — le dije —. Simplemente un poco oxidada.

Mierda. Había estado practicando esta canción frente al espejo de mi cuarto durante días; me la sabía de principio a fin. Pero por alguna razón no me estaba saliendo bien. Probablemente eran los nervios.

— Vamos a intentarlo de nuevo — dijo Stewart.

Me puse completamente erguida y me aclaré la garganta. La música comenzó. Cuando se aproximó mi parte, cerré los ojos para poder concentrarme.

— En un mundo que se está moviendo demasiado rápido — canté —, en un mundo donde nada puede durar, te abrazaré ... Te abrazaré.

Abrí los párpados durante el tiempo suficiente para ver el visto bueno del profesor. Exhala. Durante todo el año había estado tratando de averiguar si esto de la música era para mí, si realmente podía llegar lejos como cantante. Y gracias al señor Stewart, estaba empezando a creer que tenía una oportunidad. Él me había tomado bajo su ala y me estaba ayudando a encontrar mi sonido, mi voz, mi lugar. No podía esperar a que mi familia viniera a escucharme.

De camino a casa, me detuve en Foot Locker. Después de que mi papi ganara el Powerball, me había dado orgullosamente un flamante billete de cincuenta dólares.

— Cómprate algo bonito, preciosa — me dijo —. Lo que quieras.

Yo había decidido gastármelos en unas zapatillas deportivas, unos Adidas lindos y clásicos con tres franjas laterales. Les había puesto el ojo desde hacía varias semanas; pensé que yo era Run-D.M.C.

Eran geniales (sí, era el sueño de los noventa hecho realidad).

— ¿No son sensacionales? — le dije a mi amiga Martha, una chica tímida de mi barrio que se encontraba en la tienda ese día. Ella sonrió, mostrando su boca llena de brackets.

— Puedes llevártelos puestos, si quieres — me dijo el empleado —. Te envolveré el otro par.

Momentos más tarde, entregué mi dinero en efectivo, metí mis tenis viejos en mi bolso y me dirigí al tren: la línea naranja. Eso fue a las cinco y media.

A las seis y quince, el tren se detuvo en la estación de Stony Brook. Di un paseo a través de la plataforma, mirando mis Adidas todo el tiempo. ¡Qué droga!Afuera, el sol se estaba poniendo ligeramente. Yo sabía que mis padres se estarían preguntando a qué horas llegaría a casa, por lo que decidí llamarlos.

Vi un teléfono público — sí, los teléfonos públicos aún existían — y caminé hacia él. Saqué una moneda de veinticinco centavos del bolsillo trasero de mis jeans, introduje la moneda y marqué. Ring, ring, ring, ring. "Usted ha llamado a María, Héctor y Diane — dijo la voz de mi madre en la máquina —. Ahora no estamos aquí. Por favor déjenos un mensaje". Bip.

Uno de mis padres siempre estaba en casa a esa hora del día. Siempre. Y ninguno de ellos había mencionado tener planes. ¿Dónde podrían estar? Busqué una segunda moneda en mis bolsillos, con las manos temblorosas. Nada. Agarré mi mochila, abrí la cremallera del compartimiento trasero y deslicé el dedo índice a lo largo del borde inferior. Bingo. Forcé la moneda en la ranura y apreté duro cada dígito. Ring, ring, ring, ring. Una vez más, no hubo respuesta.

De repente, me tercié la mochila y salí disparada. Había corrido estas tres cuadras a nuestra casa decenas de veces; sabía cuál era la ruta hasta con los ojos cerrados. Que estén en casa, rezaba con cada paso. "Dios, por favor, permite que estén allá". Cuanto más rápido corría, más lento parecía estar moviéndome. Una cuadra. Una y media. Dos cuadras. Una muchacha me gritó desde su motoneta: "¡Oye, Diane!". Pero estaba tan exhausta que no pude responderle. El cordón de mi zapatilla derecha se desanudó. No me detuve para atarlo de nuevo.

Cuando llegué a nuestra calle vi la vagoneta Toyota de mi papá en el camino de la entrada. Alivio. "No oyeron el teléfono — me aseguré a mí misma —. Tienen que estar aquí". Corrí hasta el porche y saqué mi juego de llaves, pasándolas hasta llegar a la plateada. La deslicé en el cerrojo, contuve la respiración y traté de prepararme para lo que vería más allá de esa puerta. Todavía no puedo creer lo que hice.

CHAPTER 2

Mi familia

La familia es una de las obras maestras de la naturaleza.

— George Santayana, filósofo


Cuando era niña, veía mucha televisión. Una de mis actividades favoritas era buscar un lugar en nuestro sofá, acurrucarme con el mando a distancia y recorrer todos mis amados programas en PBS, WB, Fox y Nickelodeon. Olvídense de Nick at Nite, para mí era Nick 24/7. También tenía una gran colección de películas de Disney en VHS. Conocía de memoria a todos los personajes de Disney, desde la princesa Jasmine, pasando por Belle, Cenicienta, Mowgli, Simba, Pedro y su dragón, el elenco completo de las Aventuras de una bruja novata, hasta Cruela y Pocahontas — así es, todos ellos eran mis amigos más cercanos —. Cuando estudiaba en el kínder, estaba convencida de que era Ariel de La sirenita. Me vestía como ella. Cantaba como ella. Dejaba que mi pelo cayera por mi espalda como el de ella. Y, por supuesto, conocía todos los detalles de su sueño de escapar de su vida hacia otra. Ariel era mi tipo de chica. La entendía.

Mi hermano me seguía en mi fantasía.

— ¿Cuál es tu canción? — bromeó Eric conmigo un viernes —. ¿Es "Under the Sea"?

— Cállate — dije poniendo mis ojos en blanco. Al parecer, él había oído mi interpretación de la súplica musical de la sirena. Yo gritaba en el micrófono, también conocido como el cepillo de pelo de mi madre, cantando "Under the Sea". A pesar de la frecuencia con que yo veía la película, cada vez bien podría haber sido la primera. Y, mensaje de alerta: les advierto, lloré cuando Ariel cayó en brazos del príncipe Eric. Sí, soy muy sentimental.

Eric, que es diez años mayor que yo, me cuidaba cuando nuestros padres estaban por fuera. ¿Se imaginan crecer con un hermano que es mayor toda una década? Es como ser hija única. Piensen en lo siguiente: cuando tenía seis años, Eric tenía dieciséis. Lo que significa que, en su mayor parte, él hacía lo suyo y yo hacía lo mío.

No es que él no tratara de incluirme; en realidad, él era bastante cool. "Vamos, pequeña — me decía por las tardes cuando habíamos escondido monedas sueltas debajo de nuestros cojines del sofá —. Vamos a Chuck E. Cheese". Una vez allí, él jugaba videojuegos mientras yo saltaba como una tonta en el castillo inflable. Después de gastarnos nuestra pequeña pila de monedas, regresábamos y nos sentábamos de nuevo frente al televisor. Cuando llegaba el momento de estar en modo TV, los domingos eran los mejores. Eric preparaba uno de sus batidos de chocolate o smoothies de frutas y se instalaba a mi lado para que pudiéramos ver Los Simpson y Married With Children. Era nuestra tradición semanal. Otro programa favorito era The Wonder Years, los miércoles por la noche.

Mi madre y mi padre — o Mami y Papi, como les digo cariñosamente —, trabajaban. Mucho. Eso es lo que se necesita para triunfar en Estados Unidos mientras luchas para conseguir la ciudadanía. Desde el momento en que llegaron de Colombia, aceptaron la clase de trabajos mal pagados y por "debajo de la mesa" que hacían que algunas personas los miraran con recelo: lavar sanitarios, pintar casas, cortar prados, trapear pisos. Mi padre, Héctor, salía a su turno como lavaplatos en un restaurante mucho antes de que saliera el sol; al mediodía, se cambiaba el delantal de cocina por un uniforme de fábrica. De lunes a viernes y, a veces los fines de semana, mi padre marcaba su hora de llegada. Era así como llegábamos a fin de mes.

Mi madre, María, estaba más en casa con Eric y yo, pero también hacía de todo, desde cuidar niños hasta limpiar hoteles y edificios de oficinas. Cuando yo era pequeña, me llevaba a sus trabajos. Mientras arrastraba el carro de suministro a través de los pasillos, deteniéndose para aspirar y limpiar, me dejaba deambular a mis anchas. "Pon eso de nuevo ahí, Diane", me regañaba cuando me sorprendía sacando dulces del escritorio de un ejecutivo. Casi de inmediato, yo hacía otra travesura: giraba en una silla y fingía ser una secretaria. Podía entretenerme así durante mucho tiempo. Me miraba y me decía: "Por eso es que tienes que aplicarte en la escuela y trabajar mucho, para que no termines como yo". Yo la miraba astutamente y le decía, "Mamá, no te preocupes, yo puedo".

Mis padres generalmente terminaban de trabajar a la hora de la cena. A las cinco, el olor del arroz y los fríjoles de Mami, los plátanos fritos y el sancocho — una sopa colombiana —, flotaba en los pasillos y se mezclaba con nuestros adorados sonidos de salsa de El Gran Combo, el Grupo Niche y Frankie Ruiz. Mi mamá y mi papá son unos cocineros fantásticos; de hecho, los vecinos iban a nuestra casa a comer sus especialidades. Mi mamá tenía las suyas y mi papi siempre preparaba algo rico, agregándole a veces un toque estadounidense, chino, italiano o dominicano. Algo era seguro: nuestro refrigerador nunca estaba vacío. Papi solía decir que no teníamos mucho, pero que al menos la comida no nos hacía falta. Nunca pedí demasiado, siempre y cuando me preparara mis snacks favoritos de fin de semana o unos pulpos y papitas: mi papi cortaba una salchicha por la mitad desde distintos ángulos, de manera que esta parecía tener tentáculos, y cuando la freía, los tentáculos parecían los de un pulpo. Mi papá siempre preparaba cosas divertidas. Cuando cocinaba yuca, la pelaba y hacía con ella dientes de vampiro para mí y para él, nos los poníamos y nos perseguíamos por toda la casa. Papi era muy lindo y bobo, y yo era fácil de complacer: comía casi cualquier cosa, siempre y cuando la acompañara con kétchup ... y los alimentos permanecieran separados. "¡Aah, está delicioso!", decía mi madre luego de probar su creación. Luego, mientras preparaba mi plato, servía los fríjoles directamente sobre el arroz. "¡Mami! — protestaba yo —, ¿puedes dejarlos separados por favor?". Detestaba cuando los ingredientes hacían contacto. Aún lo detesto.

La cena era mi oportunidad para tomar el centro del escenario. Una vez que mi familia se había sentado alrededor de la mesa, cantaba cualquier canción de Selena o de Whitney Houston que hubiera acabado de aprender, levantando un brazo para aumentar el drama. Mis padres aplaudieron como si el Carnegie Hall se hubiera rendido a mis pies.

— ¡Eso es maravilloso, mi amor! — exclamó Mami. Ante su insistencia, interpreté una segunda canción. Seguida por una tercera. Hasta que finalmente, Papi interrumpió mi concierto.

— Está bien — dijo entre risas —. ¡Ya basta, chibola!

Él me había puesto ese apodo entrañable tras haberlo escuchado en un programa de televisión peruana; significa "mi niña". Cada vez que lo decía, yo moría de risa.

Entre mis actuaciones nocturnas y Los Hermanos Lebrón sonando a todo volumen en nuestra radio, rara vez había un momento de tranquilidad. ¿Semejante alboroto le molestaba a la gente de nuestra calle? En absoluto. En las comunidades de inmigrantes de todo el mundo, la celebración es parte de la cultura. Es un mecanismo de supervivencia. Cuando tus familiares están a miles de millas de distancia, compensas eso conectándote con quienes hablan tu idioma, con quienes comen la misma comida que tú, con quienes gustan de la misma música que tú, con quienes entienden tus tradiciones. Nuestros vecinos no sólo eran nuestros vecinos, eran nuestra familia extendida. Todos íbamos a los asados, bautizos, aniversarios y quinceañeras de todos. ¿Y los días festivos? Eran increíbles. Los pasábamos de fiesta en fiesta. De hecho, no recuerdo un día de Acción de Gracias o de Nochebuena que fuera tranquilo. Nunca.

Nos mudamos muchas veces, pero siempre dentro del pequeño radio de los barrios de Boston, unos más deteriorados que otros. Si el alquiler aumentaba una vez o vencía el contrato de arrendamiento, mis padres tenían que buscar una opción más asequible. Vivimos en Hyde Park hasta que tuve tres años. Luego nos trasladamos a Jamaica Plain y posteriormente a la vecina Roslindale, cuando yo tenía unos siete años. Y, por último, cuando tenía doce, nos fuimos a Egleston, en Roxbury. Roslindale me gustaba. Era básicamente una zona residencial llena de familias de clase trabajadora alejadas de problemas. Egleston, por otro lado, era una verdadera pesadilla: se oían disparos a medianoche, las noticias de apuñalamientos ocupaban los titulares, los edificios estaban cubiertos de grafiti y tipos en autos bajos escuchando rap, reguetón o ritmos improvisados puertorriqueños a todo volumen circulaban por la calle Washington. No se trataba exactamente la Quinta Avenida pero era lo que nos podíamos permitir.


(Continues...)

Excerpted from En El País Que Amamos by Diane Guerrero, Michelle Burford. Copyright © 2016 Diane Guerrero. Excerpted by permission of Henry Holt and Company.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Title Page,
Copyright Notice,
Dedication,
Prefacio,
Capítulo 1: La llave de plata,
Capítulo 2: Mi familia,
Capítulo 3: Clandestina,
Capítulo 4: La buena muchacha,
Capítulo 5: El plan,
Capítulo 6: Cambio,
Capítulo 7: Capturados,
Capítulo 8: Abandonada,
Capítulo 9: Una segunda familia,
Capítulo 10: Mariposa,
Capítulo 11: Un mundo nuevo,
Capítulo 12: Sobreviviré,
Capítulo 13: Giro radical,
Capítulo 14: El escenario adecuado,
Capítulo 15: Nueva York,
Capítulo 16: Orange,
Capítulo 17: A la luz del día,
Llamado a la acción,
Agradecimientos,
Acerca de las autoras,
Copyright,

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