Hijas de Inglaterra

Hijas de Inglaterra

by Philippa Carr, Diana Falcon

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Overview

Hijas de Inglaterra by Philippa Carr

A los 15 años y llena de sueños, Sarah Standish se traslada a Londres para ser actriz. Si la ciudad la subyuga, Jack Adair --el guapísimo Lord Rosslyn-- le da vuelta como un guante. Halagada de ver su amor correspondido, Sarah acepta la oferta de matrimonio y se considera la mujer más privilegiada de Inglaterra en su felicidad. Hasta que descubre el oscuro secreto de su marido.
Años más tarde, es el futuro de Kate el que Lord Rosslyn pone en entredicho con sus constantes maquinaciones. Desesperado por salvar la propiedad familiar, compromete a la niña en un matrimonio de conveniencia que Kate no está dispuesta a aceptar: su corazón pertenece a otro. Mientras las luchas por el trono de Inglaterra se suceden, Kate libra su batalla para ser la dueña de su vida. Y descubre que el amor puede salir victorioso ante las ambiciones y locuras de hombres y reyes.

Product Details

ISBN-13: 9788415997665
Publisher: Roca Editorial de Libros
Publication date: 02/27/2014
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
Pages: 346
File size: 725 KB

About the Author

Philippa Carr es el último de los ocho pseudónimos que utilizó Eleanor Alice Burford en su trayectoria como escritoria y el que la convirtió en reina de la novela histórico-romántica. Influída por la obra de las hermanas Brönte, George Eliot, Dickens, se centró en la época contemporánea como fuente de inspiración.
En su obra el personaje femenino es el eje absoluto de la trama y el detalle histórico está documentado minuciosamente.
Su saga Hijas de Inglaterra, un compendio de diarios ficticios escritos por mujeres de una familia y una novela independiente (publicada póstumamente), es todo un referente del género.

Read an Excerpt

Hijas de Inglaterra


By Philippa Carr, ollyy, Diana Falcón

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1995 Mark Hamilton como albacea testamentario del patrimonio literario de E.A.B. Hibbert
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9101-4



CHAPTER 1

La niña abandonada y la huida


La primera vez que vi a Kitty Carslake fue desde la ventana del aula de Willerton House. Atravesaba el césped en compañía de varios hombres y mujeres jóvenes, y reían todos alegremente. Constituía una escena similar a otras que había presenciado desde la ventana, pero había una diferencia. Kitty estaba allí, y se destacaba entre todos los demás porque ella misma era diferente de una forma sutil que en aquella época no pude definir. Me fascinó desde aquel primer momento, a pesar de que no sabía el efecto que iba a tener en mi vida.

A menudo había contemplado desde aquella ventana un mundo que era muy diferente del mío. Para mí era como una vista sicalíptica, un atisbo de una forma de vivir colorida y hechicera, una forma de vida de la cual nunca formaría parte, así que debía estarle agradecida a María Willerton por hacer posible los atisbos de la misma.

Yo había nacido en la hacienda que sir Henry Willerton tenía en Wiltshire, en la cual mi padre estaba empleado como agente administrativo, el trigésimo día de enero del año 1649, el mismísimo día en que los triunfantes enemigos del rey le habían cortado la cabeza en el exterior del palacio de Whitehall, en presencia de los que se habían reunido para mirar. Entonces había comenzado una nueva forma de vida, pues la nación desechó los estilos frívolos y fue sometida a las reglas de los puritanos.

Mi madre aprobaba esta actuación; mi padre un poco menos, pero no era hombre que se impusiese: en cualquier caso, nosotros teníamos que atenernos a la ley establecida por los gobernantes. Así pues, se acabó la frivolidad, se acabó la vida bulliciosa, se acabó el pavonearnosataviados con sedas y terciopelos. La ropa solía ser de un sombrío negro, quizá con un cuello blanco aquí y allá; uno debía ser humilde, sobrio y temeroso de Dios. En cuanto a los niños, solo debían hablar cuando se les hablaba. En aquellos tiempos se me indujo a creer que todos los ángeles del cielo llevaban libretas de notas en las que registraban cada uno de los pecados cometidos por los incautos. El pecado acechaba por todas partes y no siempre resultaba fácil de reconocer. Era la forma que tenía el diablo de tentar a las personas para que los cometieran y así se condenaran a quemarse por siempre en el infierno.

Se trataba de una perspectiva tétrica, pero era la atmósfera en la que yo pasé los primeros años de mi vida.

Teníamos una casa cómoda en la hacienda. Siempre había buena comida, si bien sencilla, en la mesa, por la que dábamos extensas gracias al Todopoderoso antes de comer. Teníamos oraciones por la mañana al levantarnos, y por la noche antes de retirarnos, que dirigía mi padre.

Yo era hija única y eso podría haber significado una existencia solitaria en una casa puritana; pero siempre me sentí interesada en la gente y había hecho algunos amigos en la hacienda.

Sir Henry y lady Willerton, a quienes todos se referían como «La Familia», eran buenos con nosotros. No se comportaban como si nosotros fuéramos sus sirvientes. Esto puede haberse debido a su buen corazón, o al hecho de que esta fuera una época marcada por la sencillez. En cualquier caso, muchos de la nobleza habían apoyado al rey en contra del Parlamento, y La Familia tenía que haberse sentido agradecida por haber superado el conflicto con sus posesiones y dignidad intactas, y no sentían ningún deseo de llamar la atención sobre su importancia anterior.

Mi padre se encontraba frecuentemente en la casa, tratando de los asuntos de la hacienda, pero siempre acudía en calidad de invitado y mi madre lo acompañaba en ocasiones.

En la mansión había una hija, María; y se me invitó a compartir su institutriz, cosa que complació a mis padres porque me proporcionaba la oportunidad para adquirir una educación superior a la que ellos podrían haberme dado en cualquier caso. A menudo se me instaba a dar gracias a Dios por esta bendición.

En Willerton House aprendía más que lecciones. María era una compañera vivaz y le gustaba impresionarme con su sabiduría, y dado que yo estaba más que dispuesta a escucharla, nos hicimos buenas amigas.

A través de ella aprendí muchísimas cosas del mundo que se encontraba más allá de Wiltshire; y los años iban pasando.

Oliver Cromwell había muerto y su hijo Richard se había convertido en lord Protector. El cambio se manifestaba en un centenar de pequeñas cosas. Las reglas se volvieron menos rígidas: había una cierta ausencia de solemnidad. Uno oía a la gente reír con mayor frecuencia. Se decía que Richard no era como su padre, cosa que significaba que no era el mismo ordenancista inflexible: se trataba de una persona bondadosa y bien intencionada, pero carecía de la fortaleza de su progenitor, y era necesario un hombre muy fuerte para mantener a una raza como la inglesa en la sombría sumisión.

María, que tenía dos años más que yo, y nunca olvidaba recordarme ese hecho, declaró:

—Está sucediendo algo. La gente está entusiasmándose. Habrá cambios.

—¿Qué cambios? —inquirí yo.

—Simplemente cambios. En todas partes. Es lo que está diciendo la gente. Nunca lo habrían conseguido sin la guerra mientras estuvo Oliver Cromwell. Pero él ha desaparecido, ¿no? ¿Sabes que se habla de traer de vuelta al rey?

Yo la escuchaba con los ojos abiertos de par en par.

—No vendrá aquí ... a esta casa —dije.

—Puede que sí. Los reyes salen de visita. Se alojan en las casas de la gente. Nosotros iríamos a la corte, y mi hermano ...

Estaba sonriendo al pensar en su hermano. Yo había oído hablar de él. Se llamaba Rufus, y se encontraba en el continente con el rey exiliado. La historia de Rufus era muy romántica. Tenía seis años más que María, y ella estaba tremendamente orgullosa de él. De niño había querido enrolarse en el ejército del rey, y a los dieciséis años había abandonado el hogar y marchado a Francia para reunirse con el monarca.

María hablaba a menudo de su hermano.

—Recuerdo que siempre estaba hablando del rey, de cuánto deseaba luchar para traerlo de vuelta. Se sentía muy decepcionado porque era demasiado joven como para ingresar en el ejército del rey. Creía de verdad que de haber sido él lo bastante mayor, nunca les habría permitido perder ante los Roundheads, y el rey Carlos estaría aún en el trono.

—¿Y qué está haciendo ahora? —pregunté.

—No lo sé. No hablamos de él. No sería prudente que la gente recordara que uno de la familia está en Francia con el rey.

No era nada extraño que ella estuviese emocionada. Yo percibía que lady Willerton también lo estaba ante la perspectiva de que su hijo regresara en el tren del rey.

—Iremos a Londres, ¿sabes? —prosiguió María—. Al fin y al cabo, Rufus contará con el favor del rey después de todos sus leales servicios. Todo será diferente.

—¿Cómo de diferente? —quise saber.

—A nanny Tilling le gusta hablar de los viejos tiempos. No siente ningún cariño por Oliver Cromwell ni por su hijo. Está por completo de parte del rey. Se pregunta que qué derecho tienen de ordenar: «Id a la iglesia todos los días y dos veces los domingos, y nunca os divirtáis ni un poquitín». Esto me lo dice a mí, claro. Se anda con cuidado cuando habla con los otros. Nunca se sabe quién está escuchando. Dice que no somos tan libres como éramos antes. Tenemos que pensar antes de abrir la boca.

Estaba en lo cierto respecto a que se avecinaban cambios. Cada día resultaba más evidente.

Harto del gobierno puritano y dado que ya no lo sujetaba el poderoso Oliver, el pueblo se aprovechó del relajado gobierno del hijo de aquel y se salió con la suya. El rey Carlos fue invitado a regresar, y en un glorioso día de mayo del año 1660, el rey Carlos II desembarcó en Dover: llegó a reclamar un reino que le fue entregado de buena gana por un pueblo hastiado del gobierno puritano.

Inglaterra estaba decidida a ser una vez más un país alegre, y sin dilación se entregó a ello con entusiasmo.

En esa época yo contaba once años.

En Willerton se celebraban gran cantidad de recepciones. La Familia estaba naturalmente deleitada con el cambio. Y también lo estaba un gran número de otras personas.

Nos enteramos de la bienvenida que se le había dispensado al rey en Londres. La gente estaba eufórica de júbilo, cantando y bailando, bebiendo a la salud del monarca, expresando de todas las formas posibles su rechazo por el antiguo sistema y regocijándose con el nuevo que esperaban que comenzase ahora.

Mi madre sacudía la cabeza con aire de gravedad. Pagarían por esto, si no en la Tierra, en la vida del más allá. El desastre había llegado a Inglaterra. El diablo y sus secuaces se regocijaban mientras Dios y los ángeles lloraban.

Yo comenté que, si Dios era todopoderoso, pronto enviaría al rey de vuelta a Francia.

Mi madre le lanzó una mirada de reproche a mi padre para recordarle que ella siempre había cuestionado la prudencia de permitirme acudir a la casa.

—Pensamos que era una oportunidad enviada por el cielo —le recordó mi padre con ecuanimidad.

Yo sabía que era verdad, y por una vez mi madre no pudo negarlo.

—Están volviendo a sus mismas viejas costumbres —declaró ella—. Parece que la guerra no ha conseguido absolutamente nada.

—Así sucede con la mayoría de las guerras —dijo mi padre con tristeza.

Mi madre hizo caso omiso de eso.

—El rey fue ejecutado —prosiguió—. Eso estaba destinado a servir de ejemplo, y el lord Protector llevó el país a los caminos de Dios. Y ahora está regresando, regresando a lo que era antes ... y por el aspecto que tiene, es todavía peor. Dicen que el nuevo rey no lleva una buena vida.

—Es muy popular —le recordó mi padre—, y no cabe ninguna duda de que el pueblo quiere que regrese.

—El pueblo no sabe lo que es bueno para él. No entiende.

Lo que mi padre entendía demasiado bien era que no solo resultaba imprudente, sino también inútil continuar una discusión semejante con mi madre, así que no dijo nada más.

En cuanto a mí, el cambio me gustaba. Me regocijaba, me provocaba una sensación de expectativa. Pensaba que era maravilloso ver a la gente feliz y sin miedo de reír. Por lo que respecta a La Familia, ciertamente no perdieron ni un instante en recobrar las antiguas costumbres anteriores al Protectorado.

Sir Henry y lady Willerton acudieron a Londres. Su hijo Rufus había regresado con el rey, y volvió a la casa paterna para hacer una breve visita. Era un caballero muy distinguido con largos calzones anchos ribeteados por puntillas. Su sombrero estaba adornado con magníficas plumas, y llevaba una peluca cuyos bucles le caían en torno a los hombros. Supongo que estaba con la corte, pues no permaneció durante mucho tiempo en Willerton.

María estaba muy emocionada y le encantó comentarme todo lo referente al suceso.

—Rufus está con el rey —me dijo—. Está divirtiéndose de maravilla. Me ha prometido que me encontrará un puesto en la corte.

Fue dos años después del regreso del rey, cuando nos enteramos de que iba a casarse. La novia era de Portugal. Se llamaba Catalina de Braganza, y mi madre pensaba que no era una buena alianza porque la novia era católica. No deberían permitirlo, decía. Se sentía realmente inquieta con respecto al rey.

—Es muy popular —insistía mi padre.

—¡Popular! Si todo lo que se dice es verdad, parece ser ... libertino.

—No puedes fiarte de los chismes —opinaba mi padre.

María ya me había contado que los chismes referentes a la vida del rey estaban basados en unos firmes cimientos. Hacía poco por ocultar que lady Castlemaine era su amante, y la dama se aseguraba de que no quedara ninguna duda.

—La pobrecilla reina está muy triste por eso —me dijo María—, y a pesar de que el rey intenta ser amable con ella, está tan embobado con lady Castlemaine que insiste en que sea una de las damas que están cerca de la reina, lo cual por supuesto significa que él nunca está lejos de la dama.

—Eso no parece ser muy amable —comenté yo.

—No, pero el rey le gusta a todo el mundo y están todos de su parte. La gente inventa excusas para él. ¡Es tan encantador! Lady Castlemaine es muy hermosa y la reina ... bueno, nadie podría llamarla atractiva. Es natural, dicen, y Oliver Cromwell ya no está aquí para hacernos sentir que no debemos disfrutar de la vida.

Cuando María cumplió los diecisiete años, la institutriz se marchó, y ya no quedó ninguna excusa para que yo acudiera a Willerton como lo había hecho en el pasado, pero María y yo continuamos siendo amigas y ella, como sus padres, prestaba poca atención a la diferencia de nuestras posiciones; yo siempre era bien recibida en la casa. Le gustaba hablar conmigo de la vida que tendría cuando se marchara a la corte, y de la gente que ahora visitaba la casa. Yo solía deslizarme hasta el aula y esperarla, y si no acudía me marchaba a casa. Ninguno de los miembros de la casa me hacía caso cuando me veían subiendo y bajando la escalera que conducían al aula. Así que yo tenía una ventana que daba a otro mundo, y contemplar a esas personas se convirtió en uno de los más grandes placeres de mi vida en aquella época. De hecho, me sentía bastante complacida cuando María no estaba y podía observar a solas.

Fue a causa de este estado de cosas que tuve mi primer encuentro con Kitty Carslake.

Sabía que había huéspedes en la casa, y que las primeras horas de la tarde serían un momento en que muchos de ellos estarían reposando. Solía deslizarme al interior de la casa, subir las escaleras hasta el aula y mi puesto de observación de la ventana, y contemplar a cualquiera que saliese al jardín. En ocasiones, María se reunía conmigo, pero ahora que tenía diecisiete años a menudo estaba con los invitados y tenía menos tiempo para mí.

Entre los arbustos había un lugar que yo llamaba el Vallecito, y hacia el cual me había sentido atraída desde el principio. Se trataba de un pequeño cuadrado delimitado por los arbustos. Una abertura entre los mismos constituía la entrada y no resultaba muy visible a menos que uno supiese dónde estaba. Tenía un aura de privacidad que me resultaba seductora. Con frecuencia acudía a sentarme allí, porque había un tronco de árbol derribado que resultaba conveniente como asiento.

Un día, mientras pasaba a toda velocidad ante el Vallecito, oí para mi sorpresa, que alguien hablaba dentro de él. No podía distinguir lo que se decía, así que me detuve. Tenía que ser, supuse, uno de los invitados. No quería que me viesen porque tenía la idea de que si se comentaba mi presencia en el lugar me impedirían volver a él. Escuché.

Para mi sorpresa, parecía haber una sola voz ... una muy musical. No podía oír con exactitud lo que decía, pero sonaba como si la voz estuviese recitando poesía. Me acerqué más. Estaba muy cerca de la entrada del Vallecito.

Se trataba de una de las voces más suaves y melodiosas que hubiese oído jamás.

¿Qué es un Montesco? No es una mano, ni un pie,
Ni un brazo, ni un rostro, ni ninguna otra parte
Que pertenezca a un hombre. ¡Oh, adopta algún otro nombre!
¿Qué tiene un nombre? Eso que llamamos rosa
Con cualquier otro nombre tendría el mismo dulce aroma ...


La voz calló de forma repentina.

—¿Quién está ahí? —preguntó.

Yo permanecí muy quieta. Mi impulso era escapar, esconderme si podía, pero la dueña de la voz me vería correr por el jardín y no había dónde ocultarse.

Había salido del Vallecito y me había visto. Yo la contemplé con asombro. Era la mujer que había visto desde la casa. Parecía más hermosa que cuando la vi por primera vez. El cabello le caía suelto en torno a los hombros y el rubor teñía su rostro.

—¿Quién eres? —me preguntó—. No eres la hija ...

—No —repliqué—. Soy Sarah Standish. Venía a ver a María.

Ella se echó a reír.

—Estabas escuchando —declaró con tono acusador.

—Era encantador —le respondí—. Lo conozco. Estudiamos Romeo y Julieta el año antes de que se marchara la señorita Grey. No sonaba del todo así cuando lo leímos nosotras ... aunque las palabras eran las mismas.

Eso la hizo reír otra vez. Era muy cordial y no estaba en absoluto molesta porque la hubiese escuchado a hurtadillas.

—Estaba estudiando mi diálogo —me explicó—. Soy actriz, Kitty Carslake, y estaré en escena dentro de tres días.

—¡Qué emocionante debe de ser eso!

—¿Lo crees así?

—Creo que ser actriz tiene que ser una de las cosas más maravillosas del mundo.

—Estás loca por el teatro, ¿verdad?

Yo la miré con desconcierto.

Ella prosiguió.

—Te sorprendería cuántas personas lo están, en especial ahora que los teatros están volviendo a florecer y por primera vez se permite a las mujeres aparecer en escena. No siempre es fácil, ¿sabes? Pero una tiene sus buenos momentos. Te diré una cosa: yo ya estoy en estado de pánico, y será peor cuando el momento se aproxime más.


(Continues...)

Excerpted from Hijas de Inglaterra by Philippa Carr, ollyy, Diana Falcón. Copyright © 1995 Mark Hamilton como albacea testamentario del patrimonio literario de E.A.B. Hibbert. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
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Table of Contents

Contents

Portadilla,
Créditos,
Sarah: 1660-1677,
La niña abandonada y la huida,
Peste,
Ilusiones perdidas,
Una ceremonia en Knightsbridge,
En Whitehall Stairs,
Christobel,
Kate: 1677-1689,
Dower House,
El espía,
La Torre del Diablo,
Francine,
Una cuestión de matrimonio,
La rebelión,
El regreso,
Sobre el autor,

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