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Historia de sor Maria de la Visitacion
     

Historia de sor Maria de la Visitacion

by Luis de Granada
 

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Historia de sor María es un relato apasionado de la vida de esta religiosa de España.

Luis de Granada (1504-1588). España. Fray Luis de Granada ingresó en la orden dominica a los veinte años. Y pronto adoptó el nombre de su ciudad natal y allí estuvo durante varios años en el convento de Santa Cruz. También fue

Overview

Historia de sor María es un relato apasionado de la vida de esta religiosa de España.

Luis de Granada (1504-1588). España. Fray Luis de Granada ingresó en la orden dominica a los veinte años. Y pronto adoptó el nombre de su ciudad natal y allí estuvo durante varios años en el convento de Santa Cruz. También fue prior del convento de Scala-Coeli en la serranía de Córdoba. Hacia 1547 escribió su Guía de pecadores, en la que fray Luis recoge un tratado escrito por Savonarola, y una antología de fragmentos del Nuevo Testamento, que comprende el Sermón del Monte, tres capítulos del evangelio de Juan y una paráfrasis de las cartas de Pablo. Sus últimos años fueron duros, marcados por el escándalo del suceso de la monja de Portugal, en el que defendió a una monja iluminada, que después se descubrió que había mentido. Murió a los ochenta y cuatro años en Portugal.

Product Details

ISBN-13:
9788498163445
Publisher:
Linkgua
Publication date:
08/31/2011
Series:
Religion Series
Pages:
176
Product dimensions:
5.40(w) x 8.40(h) x 0.60(d)

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Historia de sor María de la Visitación


By Luis de Granada

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9953-698-9



CHAPTER 1

EN EL CUAL SE DECLARA CUÁN ADMIRABLE SEA DIOS EN SUS SANTOS, ESTO ES, EN LOS GRANDES FAVORES QUE LES HACE, Y CÓMO, AUNQUE ELLOS SEAN ADMIRABLES, NO POR ESO SON INCREÍBLES


[Dios es admirable en sus Santos]

Mirabilis Deus in sanctis suis. En estas breves palabras nos da el profeta David copiosa materia de consideración y nos declara uno de los principales medios que hay para levantarnos al conocimiento de nuestro Criador. Para cuya declaración presupongo que la más excelente ocupación y más alto ejercicio en que se puede emplear una criatura racional es levantar los ojos a considerar la más alta cosa que hay en el mundo, que es el Sumo Bien, en quien están y de quien proceden todos los bienes. Y, como sea verdad que no pueda nuestro entendimiento en esta mortalidad conocer este sumo bien en sí mismo sino en sus obras, para esto nos sirven dos géneros de obras suyas, que son las obras de naturaleza que sirven para la sustentación de nuestros cuerpos, y las de gracia que se ordenan a la santificación de nuestras ánimas; donde es de saber que los santos varones hacen escaleras de las unas y de las otras obras para levantarse a la contemplación de su Criador, como parece claro en muchos de los salmos donde se trata de las unas y de las otras obras. Pero lo más común es proceder por las obras de gracia, las cuales, cuanto son más excelentes, tanto nos dan mayor luz, para subir al conocimiento del autor de ellas. Porque las obras de naturaleza principalmente nos dan conocimiento de la omnipotencia y sabiduría y providencia que este señor tiene de sus criaturas; mas las obras de gracia, demás de esto, nos dan conocimiento de la bondad, de la caridad, de la misiricordia, de la justicia y de la suavidad y benenidad de nuestro Dios para con los hombres, y señaladamente de la providencia paternal que tiene de sus espirituales hijos, porque éstos dice Él que trae dentro de sus entrañas y que los tiene escriptos en sus manos y que tiene contados sus güesos y cabellos y que si cayeren no se lastimarán porque Él pondrá su mano debajo para que no se lastimen, en éstos dice que tiene puestos sus ojos, y sus oídos en las oraciones de ellos, y de éstos dice que quien los tocare, toca a Él en la lumbre de los ojos y que a los ángeles tiene mandado que los traigan en las palmas de las manos para que no tropiecen sus pies en alguna piedra, y después de todos estos favores, viene finalmente a decir que sus deleites son estar con ellos. ¿Qué cosa se puede decir más tierna y más regalada que ésta? Pues por éstos y otros semejantes favores se ve cuánta razón tuvo el profeta para decir que era Dios admirable en sus santos, pues tal cuidado tiene de ellos y tales regalos les hace. Pues ¿qué diré de las honras con que los honra, aun en este lugar de destierro? Porque no solo los honra en su vida, sino también después de ella; y no solo en sus cuerpos sino también en los andrajos y retazos de sus vestiduras; y no solo en sus personas proprias sino también en sus hijos y descendientes, aunque sean malos, por respeto de sus padres que fueron buenos, como parece en los hijos de Loth y Abrahan, etc.

Pues del conocimiento de Dios que se alcanza por estas obras de gracia se enciende en los corazones devotos la caridad y amor para con Dios; y, vista la bondad y blandura con que trata sus fieles siervos, nace también de aquí una grande confianza, viendo que, pues este señor no es aceptador de personas y que no solo está aparejado para acudir a quien le llama sino que también, como dice San Juan, llama a nuestra puerta, por aquí viene el hombre a confiar que, si él por su parte se dispusiere, no negará a él lo que concede a los otros. También con esto se aviva la fe y el crédito de los favores que Nuestro Señor hace a sus amigos, considerando los muchos que en diversos tiempos les ha hecho. Mas, allende de esto, en las ánimas de los que son verdaderos humildes causan estos favores una grande admiración de aquella Suma Bondad. Porque, como ellos se tienen por unos viles estropajos del mundo y por indignos de toda consolación, cuando ven que aquella altísima majestad se inclina a visitarlos y consolarlos y darles prendas de su amistad, no acaban de maravillarse y espantarse de esta tan grande bondad; y con esto crece en ellos más el amor y reverencia para con Él.

Pues todos estos fructos susodichos se siguen de la consideración de las obras de gracia, las cuales señaladamente resplandecen en las historias y vidas de los santos; y tanto más cuanto ellos fueren más vecinos a nuestros tiempos, porque mucho más nos suelen mover las cosas presentes que las pasadas.

Mas cuanto ellas son más poderosas para movernos, tanto son más dificultosas de creer, mayormente de las personas poco espirituales y devotas. Mas las que no lo son y han ya experimentado cuán suave sea nuestro Dios y cuán bueno para los buenos, no tienen esta incredulidad, porque ya tienen prendas y conjeturas de la amistad de Dios para con sus fieles amigos. Mas los que no han llegado aquí, y juzgan más las cosas por su ciega razón que por espíritu de Dios, no dan crédito a estas cosas. Debrían éstos de humillarse y no querer ser jueces de las cosas que nunca experimentaron y por tales los recusa el apóstol cuando dice que el hombre que es aun animal no entiende las cosas del espíritu de Dios, porque tal espíritu ha de tener el que las ha de juzgar. Si un hombre (como dice S. Bernardo) no sabe la lengua griega ¿cómo entenderá al que habla en esa lengua? De donde infiere que tan lejos estará de entender el lenguaje del amor divino quien no lo ha probado como de entender a el que habla en griego quien no aprendió la lengua griega.

Pues ya la grandeza de la dolzura espiritual con que Dios regala a los que se afligen por Él, ¿cómo la conocerá, pues dice David, que la tiene Él escondida para los que le temen? Y la grandeza de la paz interior con que Él da cumplido reposo a los corazones de sus amigos, ¿cómo la conocerá el hombre sensual, pues el apóstol dice que sobrepuja a todo entendimiento y sentido? Pues el nuevo ser y nueva virtud que Dios da con abundante gracia al hombre justificado, ¿cómo éste lo conocerá, pues dice S. Juan que nadie lo conoce sino aquél que lo recibió?

[I. En los Santos del Viejo Testamento]

Y, si todos estos testimonios no bastan para humillar y convencer los incrédulos, debe de bastar el ejemplo de los santos de que hacen mención las Santas Escripturas, donde verán cosas que, a no estar testificadas en ellas, no fueron creídas. Por lo cual no será sin propósito ni sin fruto proponer aquí algunos de estos ejemplos, no solo para hacer fe de las cosas nuevas con el ejemplo de las viejas, mas para que veamos cuán admirable, cuán glorioso y cuán digno de ser amado y alabado sea Dios en todos sus santos.

Y, dejados los antiquísimos ejemplos de la ley de naturaleza, comencemos por la ley de escriptura en la cual trató Dios más familiarmente con los hombres. El promulgador de esta ley fue Moisén. Pues ¿quién contará las maravillas que obró Dios por este profeta? Y, dejadas aparte las que obró en la tierra de Egipto, ¿qué cosa más admirable que con el golpe de un[a] vara abrir los mares para que pasase a pie enjunto el pueblo de Israel y volvellos a cerrar con ella para ahogar el ejército de Faraón que los siguía, porque por justo juicio de Dios muriesen ahogados en las aguas los que a los niños inocentes ahogaban en ellas? Él mismo, tocando con esa vara en una peña, sacó de ella un río de agua viva. Él mismo, no por una sola vez, sino por dos, estuvo cuarenta días en el monte con Dios, sin comer y sin beber y sin dormir, trayendo consigo dos tablas en que estaba escripta la ley con el dedo de Dios; y del mismo se escribe que conversaba y hablaba con Dios tan familiarmente como un amigo con otro. Pues ¿qué cosa más admirable? Dejo otras muchas grandezas y maravillas que hizo cuarenta años que anduvo con aquel pueblo en el desierto que sería cosa muy larga de contar, mas éstas bastan para que se vea cuan admirable sea Dios en sus santos.

Pues ¿qué diré del criado de este profeta que fue Josué? El cual detuvo las aguas corrientes del río Jordán para que pasase el pueblo a pie enjunto por la madre del río y, corriendo las aguas inferiores para abajo, las que venían de lo alto iban creciendo y haciéndose una grande montaña, hasta que todo el pueblo pasó. Y, si es cosa admirable, ¿cuánto más lo es haber hecho este capitán detener el Sol por espacio de tres horas en medio del cielo, obedeciendo Dios (como dice la Escriptura) a la voz de un hombre? Y no menos lo es sino más lo que leemos del profeta Esaías, porque aquél hizo detenerse el Sol por espacio de estas tres horas, más éste le hizo volver diez horas atrás.

Vengamos, después de Esaías, a los otros profetas entre los cuales era muy señalado Elías, el cual juntamente con Moisén apareció en la transfiguración del Señor con grande resplandor. Pues ¡qué cosas tan admirables cuenta de él la Historia Divina!: él caminó otros cuarenta días sin comer ni beber hasta llegar al monte de Dios; él mandó por dos veces bajar fuego del cielo y quemar a dos capitanes cada uno con cincuenta soldados que le venían a prender, él ardía tanto con el celo de la honra de Dios que, viendo a su pueblo dado al culto de los ídolos, hizo oración a Dios pidiéndole que no lloviese por tres años y seis meses, juzgando por indignos de la vida y del rocío del cielo a los que ofendían al señor del cielo; y entendía el santo profeta que perecían las gentes y se caían los hombres por las calles muertos de hambre, y nunca por eso se dobló a revocar la petición que había hecho; y, en este tiempo en que las gentes perecían de hambre, tenía Dios cuidado de dar de comer a su Profeta enviándole cada día con un cuervo pan y carne a la mañana y pan y carne a la noche. ¿Quién creyera esto, si ahora se dijera? Pues aún más admirable es lo que de él escribe, que lo arrebató Dios con un torbellino, sobre un carro de fuego y no sabemos a dónde lo llevó, con todas las otras circunstancias anejas al hombre que tiene vida, como es de creer que él la tenía.

Ni es menos admirable la vida de su criado Eliseo, pues toda ella está llena de milagros, entre los cuales se refiere uno más admirable y éste fue que, habiendo muerto ciertos ladrones a un caminante y escondiéndolo en la sepultura de este profeta, en tocando el recién muerto a los güesos del Profeta muerto, luego resucitó.

Entre los profetas mayores el cuarto es Daniel cuya historia contiene muchas cosas de grande admiración, mas una sola diré; y es que habiéndolo echado los moradores de Babilonia en un lago donde estaban siete bravos leones para que lo despedazasen y comiesen, porque él había destruido los ídolos de ellos, estuviéronse seis días los leones rabiando de hambre sin tocar en el manjar que tenían delante, y él, en medio de estas bestias, seguro y regalado con esta maravillosa providencia de Dios. Y al sexto día apareció un ángel al Profeta Habacuc, que estaba en Judea y a la sazón llevaba de comer a unos segadores, y dijole el ángel: lleva esa comida a Babilonia, a Daniel, que está en el lago de los leones. Respondió el profeta: Señor, no sé dónde es Babilonia, ni es el lago. Entonces el ángel le tomó por un cabello de la cabeza y en un momento le puso en Babilonia sobre aquel lago. Dijo entonces Habacuc: Daniel, siervo de Dios, toma esta comida, que te envía Dios. Respondió entonces Daniel (creo que con muchas lágrimas y ternura de corazón) diciendo: Acordástete de mí, Señor mío, y no desamparaste a los que te aman. Tomó pues la comida y comió; y el ángel volvió a Habacuc a su lugar. Sabida pues esta maravilla, el rey sacó a Daniel de aquel lago y mandó echar en él a los que habían revuelto aquella tela, los cuales fueron despedazados por los leones en el aire, antes que llegasen al suelo. Pues ¿quién no alabará a Dios, viendo el regalo de esta providencia para con su fiel siervo?

Pues lo que hizo Dios para consuelo y remedio del Santo Tobías fuera increíble, si no estoviera expreso en la Santa Escriptura. Porque, pudiendo él remediar la pobreza y trabajos de este santo por muchas maneras, escogió una tan extraordinaria que fue enviar un ángel, y no cualquiera sino uno de los siete que asisten ante la presencia divina, en figura humana, vestido a modo de caminante, para que fuese con el hijo de este santo varón muchas leguas de camino por ventas y mesones; asentándose con él a la mesa y platicando con él todo el camino. Y, después que llegó a casa de Raquel, pariente del Santo Tobías, y concertó el casamiento del mozo con una hija de él muy honrada, librándola del demonio que le mataba todos los maridos con quien casaba, hecho esto, rogóle el mancebo que tomase cuatro criados de casa y dos camellos y fuese a cobrar el dinero que a su padre se debía. Y, andado este camino con los mozos y con los camellos, volvió al mancebo con el dinero cobrado, y así le acompañó hasta entregarlo en las manos de su padre, dándole la vista que había perdido. Y, acabada esta jornada, descubrió el santo ángel quién era, con lo cual quedaron tan atónitos padre e hijo, que cayeron en tierra y por espacio de tres horas no cesaron de alabar a Dios que por tan nueva manera los quiso remediar.


II. [En los Santos del Nuevo Testamento: Los Apóstoles; La Magdalena; S. Clemente Romano; Los Padres del Yermo]

Después de los santos del Testamento Viejo, vengamos a los del Nuevo. Y, comenzando por los apóstoles, ¿qué cosa más admirable y más increíble al juicio humano que lo que se escribe del apóstol San Pedro: que, andando por las calles, la sombra de su cuerpo sanaba a todos los enfermos a quien llegaba?, ¿quién tal virtud pudo dar a la sombra de un cuerpo concibido en pecado y de un hombre que, pocos días antes, había negado a su maestro?

Pero esta maravilla queda vencida con otra mayor, porque mayor cosa fue la conversión de San Pablo que todo lo dicho. Porque ¿quién no queda atónito, viendo que a un hombre que merecía mil infiernos por haber perseguido tan sangrientamente el nombre de Cristo, y caminando furiosamente con nuevas provesiones y poderes para destruir su Iglesia, lo levantase Dios al tercero cielo y le mostrase la esencia divina (como lo sienten Santo Tomás y San Agustín), haciéndolo con esto del mayor persiguidor de la fe el mayor predicador y defensor de ella, por la cual siete veces fue públicamente azotado y muchas más veces encarcelado y por mar y por tierra de judíos gentiles y herejes persiguido?


(Continues...)

Excerpted from Historia de sor María de la Visitación by Luis de Granada. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Luis de Granada (1504-1588). Espa�a. Fray Luis de Granada ingres� en la orden dominica a los veinte a�os. Y pronto adopt� el nombre de su ciudad natal y all� estuvo durante varios a�os en el convento de Santa Cruz. Tambi�n fue prior del convento de Scala-Coeli en la serran�a de C�rdoba. Hacia 1547 escribi� su Gu�a de pecadores, en la que fray Luis recoge un tratado escrito por Savonarola, y una antolog�a de fragmentos del Nuevo Testamento, que comprende el Serm�n del Monte, tres cap�tulos del evangelio de Juan y una par�frasis de las cartas de Pablo. Sus �ltimos a�os fueron duros, marcados por el esc�ndalo del suceso de la monja de Portugal, en el que defendi� a una monja iluminada, que despu�s se descubri� que hab�a mentido. Muri� a los ochenta y cuatro a�os en Portugal.

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