La hija del amor

La hija del amor

by Philippa Carr, Ariel Bignami

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Overview

El rey ha vuelto al trono, pero Inglaterra sigue desangrándose en la agitación política y religiosa. La turbulencia no tarda en llegar a las puertas del sereno castillo de Eversleigh, donde la joven Priscilla se entrega al fugitivo Jocelyn Frinton en un instante de pasión juvenil.
Desesperada por esconder su caída, Priscilla marcha a Venecia. Allí, la actriz Harriet Main hace pasar a la hija ilegítima, Carlotta, por suya. Junto con la niña, nace una conspiración.
Acosada por un pasado que la perseguirá a lo largo de años, Priscilla ve apilarse a su alrededor a los cazadores de fortuna. Hasta que Carlotta se convierte en presa de codicia y venganza. Priscilla debe hacer su último sacrificio, aun a costa del hombre que ama. Un sacrificio fundamental para el futuro de su hija y de todas las mujeres de la estirpe Eversleigh.

Product Details

ISBN-13: 9788415997658
Publisher: Roca Editorial de Libros
Publication date: 02/27/2014
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
File size: 711 KB

About the Author

Philippa Carr es el último de los ocho pseudónimos que utilizó Eleanor Alice Burford en su trayectoria como escritoria y el que la convirtió en reina de la novela histórico-romántica. Influída por la obra de las hermanas Brönte, George Eliot, Dickens, se centró en la época contemporánea como fuente de inspiración.
En su obra el personaje femenino es el eje absoluto de la trama y el detalle histórico está documentado minuciosamente.
Su saga Hijas de Inglaterra, un compendio de diarios ficticios escritos por mujeres de una familia y una novela independiente (publicada póstumamente), es todo un referente del género.

Read an Excerpt

La hija del amor


By Philippa Carr, Darja Vorontsova, Ariel Bignami

Barcelona Digital Editions, S.L.

Copyright © 1978 Philippa Carr
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4804-9104-5



CHAPTER 1

La trama


Percibí por primera vez un misterio cuando mi padre, que hasta ese momento no parecía advertir en general mi existencia, decidió repentinamente que la señora Philpots, quien había sido hasta entonces mi institutriz, no poseía ya las condiciones necesarias para esa tarea y debía ser reemplazada.

Quedé asombrada. Nunca había creído que mi educación le preocupara mucho. De haberse tratado de mi hermano Carl, quien tenía unos cuatro años menos que yo, habría sido otra cuestión. Carl era el centro de la familia; se llamaba igual que mi padre (Carl era abreviatura de Carleton, ya que habría causado errores tener nombres idénticos en una misma casa) y se le estaba educando para ser exactamente igual a mi padre, lo cual, resumido en la fraseología de mi padre, era «hacer de él un hombre». Carl debía dominar totalmente su caballo; debía encabezar la cacería; debía destacarse en arquería y artillería, así como empujar bien la pelota en Pale Maille. Si su latín y su griego eran un tanto deficientes y el reverendo George Helling, cuya tarea era instruirle, desesperaba de convertirlo alguna vez en un estudioso, eso no tenía mucha importancia. Lo primero y principal era que Carl debía convertirse en un hombre, lo cual significaba parecerse tanto a su padre como un ser humano podía parecerse a otro. Así, cuando mi padre hizo ese anuncio, mi primera reacción no fue pensar qué diría o haría la señora Philpots ni preguntarme cómo sería la nueva institutriz, sino de asombro de que hubiera centrado su atención en mí.

Fue típico de mi madre que preguntara:

—¿Y qué será de Emily Philpots?

—Mi querida Arabella —repuso mi padre—, debería preocuparte la educación de tu hija, no el bienestar de una vieja estúpida.

—Emily Philpots no es estúpida, ni mucho menos, y no toleraré que mis servidores sean echados a la calle por un capricho tuyo.

Siempre era así cuando estaban juntos. A veces parecía que se odiaban, pero no era cierto. Cuando él estaba ausente, ella aguardaba ansiosamente su retorno, y cuando él regresaba, la primera persona a quien buscaba —antes que a Carl inclusive— era a ella; y si ella no estaba, solía mostrarse impaciente e inquieto hasta que la veía.

—No he dicho que haya que echarla a la calle —respondió él.

—¿Se la pondrá a pastar ... como a un caballo viejo? —replicó mi madre.

—Siempre fui devoto de mis caballos, y mi cariño no depende de su utilidad —repuso mi padre—. Que la vieja Philpots se jubile y cabecee junto al fuego con Sally Nullens. Es bastante feliz, ¿verdad?, tanto como puede serlo sin un niño a quien cuidar.

—Sally es muy útil, y los niños la quieren mucho.

—No dudo de que Philpots pueda compartir esa utilidad, si no el cariño. En cualquier caso, he decidido que ya no se puede seguir descuidando la educación de Priscilla. Necesita alguien que pueda enseñarle asignaturas más adelantadas y ser para ella una compañía, una mujer culta, equilibrada y docta.

—¿Y dónde se encontrará ese dechado?

—Ya se encontró. El fin de semana llegará Christabel Connalt. Eso te dará tiempo de sobra para comunicar la novedad a Emily Philpots.

Lo dijo en tono terminante, y madre, que era muy sabia y sagaz de un modo algo inocente, comprendió que de nada serviría protestar. Pude ver que ya había decidido que, en efecto, Emily Philpots me había enseñado todo lo que tenía que enseñar y que yo debía trasladarme a una esfera más elevada. Además, mi padre le había presentado un hecho consumado y ella lo aceptaba.

Lo interrogó acerca de esa tal Christabel Connalt. Insistió en que si ella no la aprobaba, esa mujer tendría que irse. Expresó su esperanza de haberlo dicho con claridad.

—Naturalmente, ella sabrá que debe complacer a la señora de la casa —replicó mi padre—. Es una joven simpática. Oí hablar de ella por mediación de Letty Westering. Es culta y proviene de una familia eclesiástica. Ahora necesita ganarse la vida. Pensé que esta sería una oportunidad para hacerle un favor y hacérnoslo nosotros al mismo tiempo.

Hubo cierta discusión, hasta que finalmente mi madre accedió a que Christabel Connalt viniese. Luego emprendió la incómoda tarea de decirle a la señora Philpots que habría una nueva institutriz.

Emily Philpots reaccionó tal como lo preveíamos mi madre y yo. Se quedó, como dijo Sally Nullens, «totalmente patitiesa». ¡Así que ya no servía para enseñar a la señorita! La señorita necesitaba una persona docta, ¿verdad? ¡Ya verían todos lo que iba a resultar de eso! Se confió a Sally Nullens, quien a su vez tenía un motivo de queja porque se le había quitado de las manos al señorito Carl, ya que, según decía mi padre, no era bueno que el muchacho fuese consentido por un hato de mujeres. Además, mis padres habían aumentado la indignación de Sally al no concebir más hijos ... cuando ninguno de ellos tenía una edad en que fuese imposible poblar un cuarto infantil.

Emily declaró que prepararía sus maletas y se iría, y entonces ya veríamos nosotros, agregó misteriosamente. Pero cuando se le pasó la primera impresión y empezó a examinar las dificultades de encontrar otro puesto a su edad, y cuando mi madre hizo notar que estaría perdida sin ella porque no había nadie, estaba segura, que pudiese hacer un punto de espina tan excelente como Emily, ni poner en las ropas un remiendo que fuese casi invisible, esta se dejó convencer para quedarse. Y con algunos gestos altaneros y algunas confusas profecías en la habitación de Sally Nullens, se preparó para la nueva vida y la venida de Christabel.

—Sé buena con la pobre Emily —dijo mi padre—, para ella es un golpe.

Yo tenía más intimidad con mi madre que con mi padre. Creo que ella, muy consciente de la indiferencia de mi padre hacia mí, procuraba compensarla. Por mi parte, la quería mucho, pero se me ocurría que abrigaba un sentimiento más fuerte hacia mi padre, lo cual era muy injusto dadas las circunstancias. Cuánto lo admiraba yo. Era un hombre fuerte, dominador; casi todos le tenían un temeroso respeto ... hasta Leigh Main, quien era también un tipo parecido y que siempre había insistido, desde que yo lo conocía, o sea toda mi vida, en que no temía a nada en la tierra, el cielo ni el infierno. Ese era un dicho favorito suyo. Pero hasta él se cuidaba de mi padre.

Gobernaba nuestra casa ... inclusive a mi madre, que no era ninguna débil mujer. Le hacía frente de un modo que, en secreto, a él le hacía gracia. Parecían disfrutar intercambiándose golpes. Eso no daba como resultado una casa precisamente tranquila, pero era obvio que cada uno de ellos encontraba satisfacción en el otro.

En realidad, éramos una familia complicada a causa de Edwin y Leigh. Cuando cumplí trece años ellos tenían veinte y habían nacido con pocas semanas de diferencia. Edwin era lord Eversleigh, e hijo del primer matrimonio de mi madre. Su padre —el primo de mi padre— había perdido la vida antes de nacer él, asesinado en los alrededores de nuestra casa, lo cual lo hacía parecer misterioso y romántico. Sin embargo, en Edwin no había ninguna de estas cualidades. Era simplemente mi medio hermano, no tan alto ni tan enérgico como Leigh, eclipsado en realidad por este, aunque eso quizá fuese solamente a mis ojos.

Leigh no estaba emparentado en realidad con nosotros, aunque había sido criado en nuestra casa desde que era un niño muy pequeño. Era hijo de una vieja amiga de mi madre, lady Stevens, que había sido Harriet Main, la actriz. En cuanto al nacimiento de Leigh, había algo un tanto vergonzoso. Mi madre no lo mencionaba y fue la misma Harriet quien me lo contó.

—Leigh es mi hijo bastardo —me dijo en una ocasión—. Lo tuve cuando no debí tenerlo en realidad, pero me alegro de ello. Tuve que dejárselo a tu madre para que lo cuidara, cosa que por supuesto ella hizo mejor de lo que hubiese podido hacerlo yo.

No estaba yo tan segura de que Harriet estuviese en lo cierto. Su hijo, Benjie, parecía pasarlo muy bien, y con frecuencia yo pensaba en lo interesante que sería Harriet como madre. Me atraía mucho, y ella me invitaba a su casa a menudo, ya que percibía mi admiración, lo cual era algo que le encantaba, no importaba de dónde viniese. Yo podía hablarle con más facilidad que a cualquier otra persona adulta.

Edwin y Leigh estaban en el ejército. Era una tradición familiar. Los dos abuelos de Edwin habían sido soldados famosos, servidores de la causa realista. Sus padres se habían conocido en la época del exilio del rey. Con frecuencia mi madre me contaba relatos de los días anteriores a la Restauración, y de su vida en el viejo y destartalado castillo de Congrève, donde había vivido mientras aguardaban a que el rey recuperase lo suyo.

Decía que, en mi decimosexto cumpleaños, se me darían a leer los diarios familiares. Entonces yo comprendería muchas cosas. Mientras tanto, no era demasiado pronto para que yo iniciase mi propio diario. Al principio quedé consternada; luego empecé y el hábito se asentó.

En fin, esa era nuestra familia ... Edwin, Leigh, yo, siete años menor que ellos, y Carl, que tenía cuatro años menos que yo.

Había muchos criados. Entre ellos, nuestra antigua nodriza Sally Nullens y Jasper, el jardinero principal, con su esposa Ellen, que era nuestra ama de llaves. Jasper era un antiguo puritano, que lamentaba la disgregación de la Commonwealth y cuyo héroe era Oliver Cromwell. Yo siempre había pensado que su esposa Ellen habría sido muy alegre, de haberse atrevido. Estaba además Chastity, la hija de ambos, que se había casado con uno de los jardineros y aún trabajaba para nosotros cuando no estaba teniendo hijos, cosa que hacía con regularidad anual.

Hasta ese momento, la vida había sido fácil para gente como nosotros en la Inglaterra de la Restauración. Yo era demasiado joven para sentir la enorme complacencia que había supuesto para el estado de ánimo del país el retorno de la monarquía. La señora Philpots me había dicho, durante una de mis lecciones, que las restricciones a la libertad habían sido tales que la gente había enloquecido de alegría al librarse de sus ataduras. El país había desechado un exceso de religión, tornándose muy irreligioso, como resultado de lo cual había demasiada ligereza en todas partes. Muy bien estaba abrir los teatros, pero la señora Philpots opinaba que algunas de las piezas que se representaban eran francamente indecentes. Las damas se conducían de la manera más vergonzosa y la corte establecía la moda.

Aunque ella era realista y no deseaba criticar el modo de vida del rey, lo cierto era que este causaba escándalo con sus muchas amantes, lo cual no era bueno para el país.

Mi padre iba a la corte con frecuencia; era amigo del rey. Ambos se interesaban por la arquitectura, y después del Gran Incendio había mucho que reconstruir en la ciudad. Solía ser muy interesante cuando mi padre volvía de la corte con relatos de lo que allí ocurría. El hijo ilegítimo del rey, el duque de Monmouth, era un gran amigo de mi padre, quien dijo una vez que era una lástima que el Viejo Rowley (apodo del rey, que según las murmuraciones provenía de un macho cabrío enamoradizo) no lo legitimara, para que así hubiese otro heredero del trono además de su hermano, un católico adusto y malhumorado.

Mi padre era, cosa bastante extraña para un hombre de su clase, un vigoroso partidario de la fe protestante. Solía decir que la Iglesia de Inglaterra había puesto a la religión en el sitio que le correspondía.

—Dejen paso a los católicos y tendremos aquí la Inquisición y a la gente andando con miedo, tal como en la época de Cromwell. Los dos extremos de la situación. Nosotros queremos tomar un rumbo intermedio.

Se ponía muy serio cuando hablaba de la posibilidad de que Carlos muriese y de que su hermano Jaime lo reemplazara. Cada vez que le oía hablar de este tema me asombraba su vehemencia.

Mi madre solía acompañarlo cuando él iba a la corte. Cuando Carl era muy pequeño, no le gustaba salir de la casa, pero ahora iba sin trabas. Decía Sally Nullens que mi padre era un hombre que necesitaba una esposa que lo cuidara, y yo deduje que antes de su matrimonio había habido muchas mujeres en su vida.

Esa era nuestra familia en el momento en que Christabel Connalt llegó a nuestra casa.

* * *

Fue en un día de niebla, a fines de octubre, cuando ella llegó. Viajaba en la nueva diligencia que la traería a Dover, donde mi padre la esperaría con el carruaje. Yo pensé que mi padre se estaba tomando muchas molestias por mi educación. Se había preparado un cuarto para ella, y todos los criados estaban llenos de curiosidad por verla. Supongo que sus vidas eran bastante monótonas, y la llegada de Christabel era todo un acontecimiento, especialmente porque Emily Philpots lo había cuestionado tanto, emitiendo tales pronósticos de maldad con respecto a la nueva institutriz, que sin duda la mitad de los criados pensaban que resultaría ser una bruja.

Carl estaba practicando con el caramillo en su habitación, y los lúgubres sones de «Barbary Allen» se oían en toda la casa. Sentía necesidad de escapar de la fúnebre música, así como de la abrumadora atmósfera de la casa. Me encaminé hasta ese sitio donde antes había una glorieta, y donde, según había oído yo decir, habían asesinado al primer marido de mi madre. Ahora crecían principalmente flores, pero se plantara lo que se plantase allí, siempre eran rojas. Mi madre quería otros colores, pero cualquier cosa que se plantase allí, las flores siempre resultaban rojas. Yo tenía la certeza de que esto era obra del anciano Jasper, pues creía que la gente debía ser castigada y no permitírsele olvidar el pasado tan solo porque hacerlo era cómodo. De él decía su esposa que era tan bueno, que veía en todo el mal. Yo no estaba tan segura de la bondad, y desconfiaba de semejante despliegue de virtud; pero suponía que era cierto eso de ver el mal en todo. Sin embargo, aunque tenía la certeza de que mi madre se engañaba creyendo que lo sucedido en aquel sitio estaba olvidado, el recuerdo persistía. Los criados decían que estaba hechizado y las flores rojo sangre de Jasper seguían brotando.

Estando allí de pie oí llegar el carruaje. Aguardé escuchando. Oí la voz de mi padre gritando algo a los caballerizos. Después hubo silencio. Debían haber entrado en la casa.

Quedé pensativa, repentinamente subyugada por la contemplación del cambio futuro. Sería inevitable. Christabel Connalt sería muy erudita, estricta sin duda, y decidida a convertirme en docta. Emily Philpots jamás lo había logrado. Rememorando, me di cuenta de que era bastante ineficaz, y con la sagacidad de los niños, Carl y yo lo habíamos sabido, pues antes de que este fuera a estudiar en el rectorado ella le había enseñado también. Habíamos importunado sobremanera a la pobre Emily. Una vez Carl le había puesto una araña en la falda, lanzando luego chillidos de horror. Se la había sacado con una simulada galantería por la cual yo lo había reprendido después, diciéndole que el incidente evidenciaba su naturaleza solapada. Uniendo las palmas y mirando hacia el cielo, en una pasable imitación de Jasper, Carl declaró que lo había hecho por el bien de la vieja Philpots.

Yo me había hecho mentalmente un retrato de Christabel Connalt. Criada en una vicaría sería religiosa, por supuesto, y más severa que Emily Philpots hacia las costumbres y actitudes vigentes en todo el país. Sería de edad madura, lindando en la ancianidad, con cabello gris y ojos acerados que no se perderían nada.

Me estremecí, segura de que iba a rememorar nostálgicamente el débil imperio de Emily Philpots.

Ella y Sally Nullens habían hablado continuamente de la recién llegada. Cuando entraba en el gabinete de Sally, que Carl llamaba «la sala de recibo de Nullens», yo percibía una atmósfera de tensión creciente y de misterio. Las dos mujeres solían estar sentadas junto al fuego, con las cabezas muy juntas, cuchicheando. Yo sabía que Sally Nullens era firme creyente en la brujería, y que cada vez que alguien moría o contraía una enfermedad misteriosa, siempre buscaba en derredor al que había deseado el mal. Carl solía decir que lamentaba que hubiesen pasado las épocas de los perseguidores de brujas.

—¿Te imaginas a la vieja Sal de reconocimiento, examinando a las lindas doncellas ... por todas partes ... en busca de las señales de sus amantes? Son súcubos ... ¿o acaso para las muchachas son íncubos?

Tal vez Carl hubiese sido la desesperación del reverendo George Helling en cuanto se refería al griego y latín, pero estaba muy bien informado en cuanto a los hechos de la vida. Pese a no tener aún diez años, observaba a las jóvenes criadas y le gustaba especular sobre quién estaba haciendo qué cosa con quién.

—Es otro como su padre —decía Sally Nullens—. En andanzas antes de abandonar los pañales.

Una exageración, por supuesto; pero era verdad que Carl avanzaba con rapidez por el camino a la virilidad ... hecho que complacía a mi padre y confirmaba lo dicho por Sally, que Carl era igual a él.

Mis pensamientos seguían su rápido curso, impulsados por la contemplación de los cambios que traería consigo Christabel Connalt.


(Continues...)

Excerpted from La hija del amor by Philippa Carr, Darja Vorontsova, Ariel Bignami. Copyright © 1978 Philippa Carr. Excerpted by permission of Barcelona Digital Editions, S.L..
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Table of Contents

Contents

Portadilla,
Créditos,
La trama,
Amantes en la isla,
Intriga en Venecia,
El precio de una vida,
El armario de Carlotta,
Una visita a Londres,
La fuga,
La revelación,
Sobre el autor,

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