La Llorona

La Llorona

by Marcela Serrano

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Overview

La Llorona by Marcela Serrano

Alfaguara recupera otra novela de la autora de Diez mujeres.


La Llorona la llaman las vecinas de su pueblo. Al igual que el alma en pena de la mujer que llora sin descanso la muerte de sus hijos, así la narradora de esta estremecedora novela no tiene sosiego tras la pérdida de su hija. Y es que además de no tener a su bebé las circunstancias de su deceso son poco claras y las explicaciones de los doctores del hospital nada convincentes.

La búsqueda de una aclaración que le dé paz la llevará a abandonar su pasado de humilde campesina iletrada para convertirse en líder de otras mujeres que han pasado por lo mismo que ella. Sin embargo, en el camino también lo perderá todo.

En esta novela conmovedora Marcela Serrano entrega a los lectores una historia desgarradora sobre la fuerza de la maternidad, la lucha contra la injusticia y el dolor irrecuperable de la desaparición de un hijo.

Product Details

ISBN-13: 9789877383102
Publisher: Penguin Random House Grupo Editorial Argentina
Publication date: 01/01/2017
Sold by: PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORIAL
Format: NOOK Book
Sales rank: 687,227
File size: 555 KB

About the Author

Una joven se aventura en este revuelo. Tsuru cuenta con casarse con un hombre elegido por sus padres, y con un poco de suerte podr á trabajar ayudando a su padre, médico. Pero su vida se ve trastocada por las creencias de una nueva era y por los extremistas de su entorno -cuyo eslogan es sonnôjôi (venera al emperador, echa al extranjero) y su método para convencer a la gente es la violenc ia. En una sociedad que espera que las mujeres permanezcan ocultas en sus casas o tras los papeles pintados de los salones de té, Tsuru se ve arrastrada por la subversión, la intriga política y un amor peligroso, hasta terminar en pleno campo de batallla, en u n mundo de hombres, cuidando de los heridos.

Flores y sombras es un absorbente relato de amor y de guerra, de mujeres y hombres, d el nacimiento del Japón moderno. Arroja una luz brillante en una época de la historia de la que poco se ha sabido hasta ahora, aun que el impacto que supuso todavía deja murmullos en todo el mundo.

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La llorona
Novela

Capítulo Uno

Tú la mataste.

Eso me dijeron en el pueblo. Y me llamaron la Llorona.

No porque derramara lágrimas sin ton ni son. Nunca regalé el llanto, ni de pequeña. Hoy era calladito. Hasta mis gritos se ahogaban como si me atravesaran la garganta con una herramienta afilada de las que se encuentran en el potrero. Media garganta grita también a medias. Me llamaron así por la leyenda, por el alma en pena de una madre que asesinó a sus hijos ahogándolos en el río. Dicen que vaga por las noches en los lugares cercanos llorando y lamentando sus muertes. Dicen también que las noches de tormenta se abren ante ella sin descanso y el corazón se le escapa del cuerpo junto a sus sollozos. Es la Llorona.

Hubiese sido yo la asesina. Miraría escarbar a los perros, tocaría los nudos, nombraría las cosas, todo lo caído sería sólo lo caído. Pero cuando mis vecinas me vieron volver con las manos vacías, no me creyeron. Que cómo, que ayer la niña estaba bien, que dónde el cadáver, que qué funeral, que nada. Me fui hacia el río como la asesina de la leyenda y lloré.

Lloraba por sus manos calentitas. No tenían ruido esos recuerdos. Había caminado y caminado hiriendo mis pies sin poder creer que hubiese muerto. Las vecinas tenían razón, mejoraba ese viernes cuando la vi por última vez en la hora de visitas. El sábado me la perdí porque estaba en rayos. Hasta el polvo del camino se helaba el domingo cuando llegué al hospital; pensaba en esas manoschiquitas y tibias que me quitarían el frío mío, las que podría besar cuantas veces se me antojara. Se lo cuento a ustedes, de esta forma me lo dijeron: Señora, su hija ha muerto. Nada más. Que fuera a hablar al primer piso. No podía moverme, sentía mi cuerpo aún más entumecido que al llegar, ya no sólo las manos sino toda entera, la cabeza, el corazón. Nadie me compadecía. Inerte, tomé el teléfono público y llamé al padrino. Seguro que él hizo los trámites, el marido estaba en la construcción y la obra no tenía teléfono. El dueño del taxi de la carnicería fue a avisarle. Recuerdo primero el frío, luego el hielo, al fin la pesadilla. Desperté cuando pedí verla y nadie me la supo encontrar. Se acabó la hora de visitas, me dijeron; que me retirara, que ya era de noche. No me moví. Matarlos a todos, sí, que se murieran. Recé a Dios que enviara un cataclismo y destruyera la ciudad entera, que se derrumbara piedra a piedra todo el hospital y su gente, una a una esas enfermeras que hablan bajito como si consolaran, uno a uno esos doctores, los que no estaban para cosas administrativas, como si la muerte fuese cosa de administración, los dioses esos sin alma. Cuando al fin llegó el marido la cosa se puso fea, que quería enterrar a su hija, que quería verla muerta. A puro calmante le bajaron sus gritos. Nos fuimos a la mañana siguiente y la luz barrió la pena helada. Me agité con una rabia nueva, desconocida, era urgente esta rabia, se pegaba a mi esqueleto: debía encontrar el cuerpo de la niña, despedirme de ella.

Fueron dos días de trámites mientras su cuerpito frío de muerte deambulaba vagabundo en algún lugar sin vestido para enterrarse. Nos recibió el mandamás y nos habló de la incineración. A la hora del fallecimiento no estábamos, según él; hubo que enviarla a la morgue, son los procedimientos, un cuerpo no reclamado, mucho muerto para poco espacio. Yo estaba aquí el día domingo, señor, llegué temprano y no me moví. Silencio. Y estuvimos el lunes, y el martes. No me he movido del hospital. Yo estaba aquí. Yo estaba aquí. Pero nada. Entiendo su arrebato, señora, me hago cargo de su dolor. El marido se asustó con mis gritos y mi empecinamiento. Con tanta insistencia mía. Recibió el certificado de defunción. Vámonos de una vez para siempre, me dijo, no volvamos a pisar este lugar.

Las cenizas no se visten, las cenizas no pasan frío.

En la única iglesia del pueblo prendieron velas a la virgen, hicieron misa de entierro que no era entierro y cada uno para su casa, mis pechos cargados de leche y, zumbando la cabeza llena de vientos helados, oía el murmullo de las vecinas: la Llorona, la Llorona. Si al menos el marido escuchara, pero él siempre callado, sin meterse con nadie. Su hermana vino a cuidarme.

Se me cortó la leche, no fui más a trabajar y quería morir. Sólo eso recuerdo.

Algún lunes nebuloso lavaba yo la ropa en la artesa cuando algo me pasó por el cuerpo y me quedé sin movimiento. No sé bien qué vi, quizá oí una voz, no lo sé, pero créanme, mi corazón tuvo una certeza: la niña estaba viva. No se les había muerto, me la habían robado. La idea ondulaba en torno a mí, liviana y cierta, como rodea el sol a la mañana. Apurada, me sequé las manos y partí, dejando la ropa mojada y sin colgar. Tomé el colectivo, fui a la obra a ver al marido y se lo conté. Me mandó de vuelta, que parara el cuento, que hiciera otro niño, que para eso era joven, que terminara con la historia esta. Ya en la casa tomé una silla de la pieza y la instalé bajo la palma, el único árbol de nuestro jardín. Mi cuñada había partido. Estaba sola. Eso me gustó, me permitía un destierro. Nunca entonces me sentaba a pensar, ni se me ocurría hacerlo, ignorante sobre si otros tenían el tiempo y las ganas de tal ocio. Sólo pensar. Sentada bajo el árbol, en compañía de unos pájaros a los que no miré, cruzadas las manos serenas sobre el vientre, hice un esfuerzo por recordar. Con calma y precisión asalté uno a uno los momentos. Se equivocaban las vecinas si pensaban que, indiferente, le había dado un empujón al tiempo.

La llorona
Novela
. Copyright © by Marcela Serrano. Reprinted by permission of HarperCollins Publishers, Inc. All rights reserved. Available now wherever books are sold.

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