La madre

La madre

by Grazia Deledda

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Overview

I passi furtivi di un giovane parroco che lascia la pro­pria casa e l'angoscia di una madre che lo segue nel­la speranza di essersi sbagliata. È così che si schiude il dramma di un uomo che ha ammesso, infine, la men­zogna della sua vocazione.
Il passato, con ogni evento che ha portato Paulo a legarsi ad Agnese, riappare insistentemente nell'evol­versi di una vicenda che si concentra tutta sulla scelta del presente: assecondare la vita o rinunciare a essa in nome dell'abito talare.
Spinto dalla madre a salvare se stesso e quello per cui è stato educato, Paulo si aggrappa disperato alle anime semplici del paese di Aar, accogliendo ogni minimo ac­cadimento di tre sole giornate come una benedizione che lo tiene lontano dal desiderio.
In questo capolavoro della letteratura mondiale, l'in­quietudine esistenziale di una madre e del figlio per il quale ha sacrificato tutta la vita emerge con l'intensità dirompente di una tragedia greca.

Product Details

ISBN-13: 9788833090368
Publisher: Nor Edizioni
Publication date: 05/02/2018
Series: Le Grazie , #2
Pages: 118
Product dimensions: 5.00(w) x 8.00(h) x 0.25(d)

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La madre


By Grazia Deledda, José Miguel Velloso

Ciudad De Libros

Copyright © 2014 Damià Matthews, Ignacio Ballesteros
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4976-5095-4



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CHAPTER 1

También aquella noche, pues, Paulo se disponía a salir. La madre, en su habitación, contigua a la de él, le oía moverse furtivamente, esperando sin duda para salir a que ella apagara la luz y se acostara.

Ella apagó la luz; pero no se acostó.

Sentada junto a la puerta, se oprimía una con otra sus duras manos de criada, húmedas todavía por el lavado de los platos, superponiendo los pulgares para darse valor; pero su inquietud crecía por momentos, vencía a su obstinación en esperar que el hijo se tranquilizara y que, como tiempos atrás, se pusiera a leer o se fuera a dormir. Durante unos minutos, en efecto, los pasos furtivos del joven sacerdote cesaron. Se oía solamente, fuera, el rumor del viento acompañado por el murmullo de los árboles del ribazo de detrás de la pequeña parroquia: un viento no demasiado fuerte, pero continuado y monótono, que parecía circundar la casa como una gran cinta estridente, apretándola cada vez más e intentando desenraizar la de sus cimientos y echarla al suelo.

La madre había cerrado ya la puerta de la calle con dos barras entrecruzadas, para impedir al diablo, que en las noches de viento rueda en busca de almas, su entrada en la casa. En el fondo, sin embargo, creía poco en estas cosas; y ahora pensaba con amargura, y con un vago sentimiento de burla hacia ella misma, que el espíritu maligno estaba ya dentro de la pequeña parroquia, que bebía en el vaso de su Paulo y rodaba alrededor del espejo colgado por este junto a la ventana.

En efecto, Paulo volvía a moverse; tal vez estaba precisamente delante del espejo, aunque esto, a los curas, no les está permitido. Pero ¿qué no se permitía Paulo de un tiempo a esta parte?

La madre recordaba haberlo sorprendido con frecuencia, durante aquellos últimos tiempos, mirándose largamente al espejo, como una mujer; limpiándose y dándose brillo a las uñas; cepillándose el cabello, que se echaba hacia arriba después de habérselo dejado crecer, como si intentara esconder la sagrada marca de la tonsura.

Además, usaba esencias, se lavaba los dientes con polvos perfumados y se pasaba el peine por las cejas ...

Le parecía verlo como si la pared divisoria se hubiera partido: negro sobre el fondo de su habitación toda blanca; alto, incluso demasiado; desgarbado; iba y venía con su paso distraído de muchacho, tropezando y resbalando con frecuencia, pero sin perder nunca el equilibrio. Tenía la cabeza un poco grande sobre su delgado cuello, y el rostro pálido, oprimido por la frente saliente, que parecía obligar a las cejas a fruncirse, a causa del esfuerzo de sostenerla, y a los ojos a permanecer entornados, mientras que las mandíbulas, fuertes, la boca grande y carnosa y el mentón duro, parecían a su vez rebelarse con enfado a esta opresión, pero sin poderse librar de ella.

Pero he aquí que se detenía ante el espejo, y todo su rostro resplandecía, porque los párpados se levantaban y, en la transparencia de sus ojos castaños, la pupila centelleaba como un diamante.

La madre, en el fondo, en su corazón de madre, se complacía viéndole así, hermoso y fuerte, cuando sus pasos furtivos la devolvieron a su pena.

Salía, ya no había duda: salía. Abrió la puerta de su habitación. Se detuvo de nuevo. Tal vez también él aguzaba el oído a los ruidos de alrededor. Sólo el viento seguía cayendo sobre la casa.

La madre intentó levantarse y gritar:

—¡Hijo, Paulo, criatura de Dios: detente!

Pero una fuerza superior a su voluntad la inmovilizaba. Las rodillas le temblaban, como si quisieran rebelarse a aquella fuerza infernal; las rodillas le temblaban, pero los pies no querían moverse; era como si dos manos poderosas la mantuvieran quieta en el suelo.

Así, su Paulo pudo bajar silenciosamente la escalera, abrir la puerta y marcharse: el viento pareció llevárselo de golpe.

Sólo entonces ella consiguió levantarse y encender de nuevo la vela; pero incluso esto lo hizo con dificultad, porque los fósforos dejaban largas estrías de luz violeta en la pared contra la que los frotaba, y no se encendían.

Finalmente, el pequeño candil de latón difundió un velo de luz por la desnuda y pobre habitación, parecida a la de una criada; y ella abrió la puerta y se asomó, escuchando. Temblaba; y, sin embargo, se movía toda de una pieza, dura, leñosa, con su cabeza grande sobre su cuerpo bajo y fuerte que, vestido con una tela descolorida, parecía recortado, a golpes de hacha, de un tronco de roble.

Desde la puerta de su habitación veía la escalera de pizarra, empinada entre las paredes blancas; y, en el fondo, la puerta que el viento hacía estremecer sobre sus goznes. Vio las barras quitadas por Paulo, apoyadas en la pared, y le asaltó un impulso de ira.

No; quería derrotar al demonio. Dejó el candil en lo alto de la escalera, bajó y salió también.

El viento la embistió con violencia, hinchándole el pañuelo y el vestido; parecía que quería obligarla a volver. Ella se ató fuertemente el pañuelo por debajo de la barbilla; y siguió andando, con la cabeza baja, como para arremeter con ella contra el obstáculo. Así pasó a ras de la fachada de la parroquia, del muro del huerto y de la fachada de la iglesia. Al llegar a la esquina de esta, se detuvo. Paulo había doblado y atravesaba casi volando, como un gran pájaro negro, con la sotana al aire, el prado que se extendía delante de una casa antigua, adosada casi al ribazo que cerraba el horizonte sobre el pueblo.

El resplandor, a veces azul y a veces amarillo, de la luna, arrastrado por grandes nubes que pasaban corriendo, iluminaba el prado herboso, la plazuela abierta delante de la iglesia y de la parroquia, y dos hileras de casuchas que serpeaban a ambos lados de una calle en cuesta que iba a perderse entre las matas del valle. Y en medio de este se veía, como otra calle gris y tortuosa, el río que, a su vez, iba a confundirse con los ríos y los caminos del fantástico paisaje que las nubes, empujadas por el viento, componían y descomponían de cuando en cuando en el horizonte, en la desembocadura del valle.

En el pueblecito ya no se veía ni una luz, ni un hilo de humo. Dormían las pobres casucas encaramadas como dos hileras de ovejas por la ladera herbosa, a la sombra de la iglesia, que, con su débil campanario, resguardado a su vez bajo la loma, parecía el pastor apoyado en su cayada.

Los alisos, en fila delante del parapeto de la plaza de la iglesia, se agitaban furiosos bajo el viento, negros y alterados como monstruos. A su susurro respondía el lamento de los chopos y de los cañaverales; y la angustia agitada de la madre que perseguía a su hijo se confundía con todo aquel dolor nocturno, con el jadeo del viento y el naufragio de la luna entre las nubes.

Hasta aquel momento, ella se había engañado con la esperanza de verle bajar al pueblo para visitar a algún enfermo. En cambio, su hijo corría, como llevado por el diablo, hacia la antigua casa bajo el ribazo.

Y en la antigua casa bajo el ribazo sólo vivía una mujer sana, joven y sola ...

Y he aquí que, en lugar de dirigirse hacia la puerta como un simple visitante, iba rectamente hacia el portillo del huerto, y este se abría y cerraba detrás de él, como una boca negra que lo tragara.

Entonces ella fue a través del prado, como si siguiera entre la hierba el surco que había dejado su hijo, hasta el portillo, contra el que apoyó sus manos abiertas, empujando con toda su fuerza.

El portillo no cedió; al contrario, tenía como una fuerza de repulsión. Y la mujer sintió deseos de golpearla, de gritar. Miró hacia arriba y palpó la pared, como si quisiera probar su resistencia. Al fin, desesperada, aguzó el oído; pero sólo se oía el susurro estridente de los árboles del huerto, que, amigos y cómplices también ellos de su dueña, parecían querer cubrir con el suyo cualquier otro ruido.

La madre, sin embargo, quería vencerla, quería escuchar, saber ... O, mejor, ya que en el fondo del alma sabía la verdad, quería engañarse una vez más.

Sin procurar ya esconderse, anduvo a lo largo de la pared del huerto, a lo largo de la fachada de la casa y más allá todavía, hasta la puerta del patio. Palpaba las piedras, como si buscara una que cediera, que dejase un agujero para entrar.

Todo era sólido, compacto, cerrado: el portal, la puerta, las ventanas enrejadas, parecían las aberturas de una fortaleza.

La luna, en aquel momento clara en un lago azul, iluminaba la fachada rojiza sobre la que caía la sombra del tejado sobresaliente cubierto de hierbas. Los vidrios de las ventanas, sin persianas, I ero con los postigos cerrados por dentro, brillaban como espejos verdosos reflejando las nubes, los claros del cielo y los árboles del ribazo en movimiento.

Volvió atrás, rozando con la cabeza las anillas de hierro clavadas en la pared para atar en ellas los caballos; se detuvo de nuevo delante de la puerta, y, de repente, ante aquella puerta elevada sobre tres escalones de granito, resguardada bajo un arco gótico y guarnecida de hierro se sintió humillada, incapaz de vencer, más pequeña que, cuando niña, se entretenía allí abajo, con los demás muchachos pobres del pueblo, en espera de que el dueño saliera y les arrojara algunos céntimos.

A veces, en aquellos tiempos lejanos, la puerta se había abierto dejando ver un zaguán oscuro con el suelo de piedra, con asientos también de piedra. Los muchachos avanzaban hasta el umbral, gritando, y su voz resonaba en el interior de la casa, como en tiña gruta. Una criada se asomaba para echarlos.

—¡Cómo! ¿También estás tú ahí, María Maddalena? ¿No te da vergüenza ir con los granujillas, tan grande como eres?

Y ella se apartaba, intimidada, sin dejar de volverse para mirar con curiosidad al interior de la misteriosa casa. Y así se apartaba ahora, oprimiéndose las manos, desesperada, y volviéndose para mirar el portillo que se había tragado a su Paulo, como si fuera una trampa. Pero a medida que rehacía sus pasos y regresaba hacia su casa, se arrepentía de no haber gritado, de no haber tirado piedras contra la puerta para hacérsela abrir e intentar llevarse a su hijo. Se arrepentía, se paraba, volvía a andar, retrocedía, traída y llevada por una incertidumbre angustiosa, hasta que el instinto de recogerse, de reunir mejor sus fuerzas antes del combate decisivo, la apremió a dirigirse hacia su casa, como una bestia herida hacia su cubil.

En cuanto estuvo dentro, cerró la puerta y se dejó caer sentada en la escalera.

Desde arriba caía el resplandor trémulo del candil; y todo, en el interior de la casita, hasta aquel tiempo quieta y tranquila como un nido en las rocas, parecía oscilar: la roca estaba conmovida hasta sus raíces; el nido estaba a punto de caer.

El viento, fuera, silbaba con más fuerza; el diablo limaba la parroquia, la iglesia, todo el mundo de los cristianos.

—¡Señor, Señor! —gimió la madre, y su voz le pareció la de otra mujer.

Entonces contempló su sombra en la pared de la escalera, y le hizo una seña con la cabeza. Sí, le parecía que no estaba sola, y comenzó a hablar consigo misma como si realmente otra persona le oyera y contestara.

—¿Qué hacer para salvarle?

—Esperarlo aquí hasta que vuelva, y hablarle claro y con fuerza, enseguida, mientras todavía estés a tiempo, María Maddalena.

—Se enfadará. Negará. Es mejor ir a ver al obispo y pedirle que nos saque de este sitio de perdición. El obispo es un hombre de Dios y conoce el mundo. Me arrodillaré a sus pies: me parece estar viéndolo, vestido de blanco, en su salón rojo, con la cruz de oro resplandeciente sobre el pecho y los dos dedos levantados para bendecir. Parece Jesús en persona. Le diré: «Monseñor, usted sabe que la parroquia de Aar, además de ser la más pobre del reino, está maldita. Durante casi cien años ha estado sin párroco, y los habitantes se habían olvidado de Dios. Finalmente, fue un párroco; pero monseñor sabe qué clase de hombre fue aquel. Bueno y santo hasta los cincuenta años: reedificó la parroquia y la iglesia, hizo construir un puente sobre el río, a su costa; iba a cazar y hacía vida común con los pastores y los cazadores. De repente, cambió. Se tornó malo como el diablo. Hacía brujerías. Comenzó a beber, y se volvió mandón y pendenciero. Fumaba en pipa, blasfemaba y se sentaba en el suelo a jugar a las cartas con los peores sinvergüenzas del pueblo, que por eso le querían y le protegían, mientras que los demás le respetaban precisamente por eso. Luego, durante los últimos años, se encerró en la parroquia, solo, sin ni siquiera una criada. No salía más que para celebrar la misa; pero la celebraba antes de amanecer y no asistía nadie. Y dicen que la celebraba borracho. Sus feligreses no se atrevían a acusarle, por miedo y porque se decía que estaba protegido por el diablo en persona; y cuando se puso enfermo, ninguna mujer quiso ir a cuidarle; ni mujeres ni tampoco hombres, de los de bien, fueron a cuidarle durante sus últimos días. Y, sin embargo, por la noche se veían iluminadas todas las ventanas de la parroquia, y se dice que durante esas noches el diablo excavó un pasaje subterráneo, de aquí al río, para llevarse incluso los despojos mortales del cura. Y por este pasaje, años después, el espíritu del párroco regresaba, una vez muerto este, e imperaba todavía en la parroquia, donde ningún otro sacerdote quería venir a vivir. Todos los domingos, un cura de otro pueblo venía a celebrar la misa y a enterrar a los muertos; pero una noche, el espíritu del párroco muerto hizo hundirse el puente. Durante diez años la parroquia estuvo sin cura, hasta que llegó mi Paulo. Y yo con él. Encontramos al pueblo y a sus habitantes embrutecidos, sin fe; mas después de la llegada de mi Paulo, todo volvió a florecer, como la tierra al llegar la primavera. Pero los supersticiosos decían: "La desgracia caerá sobre el nuevo párroco, porque el espíritu del otro reina todavía en la parroquia". Algunos dicen que ni siquiera está muerto, que vive aquí, en una habitación subterránea que comunica con el río. Yo, la verdad, nunca he creído en estas cosas, ni nunca he oído ruidos. Hace siete años que estoy aquí, con mi Paulo, como en un pequeño convento. Hasta hace algún tiempo, Paulo era todavía como un niño inocente: estudiaba, rezaba y vivía para el bien de sus feligreses. Algunas veces tocaba además la flauta. No tenía el carácter alegre; pero estaba sereno. Siete años de paz y de abundancia, como los de la Biblia. Y mi Paulo no bebía, no iba a cazar, no fumaba, no miraba a ninguna mujer. Todo el dinero que podía ahorrar, lo utilizaba para reconstruir el puente. Ahora mi Paulo tiene veintiocho años y la maldición ha caído sobre él. Una mujer le coge en sus redes. ¡Monseñor obispo! ¡Sáquenos de aquí salve a mi Paulo! Si no, perderá el alma, como el antiguo párroco. Además, es preciso salvar también a la mujer. Es una mujer sola, después de todo, expuesta también a las tentaciones en la soledad de su casa, en la desolación de este pueblecito, donde no hay persona digna de hacerle compañía. Monseñor obispo, su señoría conoce a esta mujer: ha albergado a usted y a todo su séquito cuando ha venido en visita pastoral. ¡Hay cosas y sitio sobrados en aquella casa! Y la mujer es rica, independiente y está sola, ¡demasiado sola! Tiene hermanos y una hermana, pero todos lejos, casados en otros pueblos. Ella se ha quedado sola aquí, vigilando la casa y el patrimonio; y apenas sale. Mi Paulo ni siquiera la conocía hasta hace poco tiempo. El padre de esa mujer era un hombre un poco extravagante, mitad señor, mitad campesino, cazador y hereje. Baste con decir que era amigo del antiguo párroco. Nunca iba a la iglesia; pero durante su última enfermedad mandó llamar a mi Paulo, y mi Paulo le asistió hasta su muerte y le hizo un funeral como nunca se había visto por estos lugares. Ni una persona del pueblo faltó, ni siquiera los niños de pecho en brazos de sus madres. Luego, mi Paulo siguió visitando a la única superviviente de la casa. Y esta huérfana vive sola, con malas criadas. ¿Quién la guía, quién la aconseja? ¿Quién la ayudará, si no la ayudamos nosotros?».

Pero la otra le preguntó:

—¿Estás segura, María Maddalena? ¿Estás verdaderamente segura de lo que piensas? ¿Puedes realmente presentarte al obispo y hablar así de tu hijo y de la otra persona, con las pruebas en la mano? ¿Y si nada es verdad?


(Continues...)

Excerpted from La madre by Grazia Deledda, José Miguel Velloso. Copyright © 2014 Damià Matthews, Ignacio Ballesteros. Excerpted by permission of Ciudad De Libros.
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