La pasión de la reina

La pasión de la reina

by Maria Pilar Queralt

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Product Details

ISBN-13: 9788415997832
Publisher: Roca Editorial de Libros
Publication date: 02/27/2014
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
File size: 1 MB

About the Author

Historiadora y escritora, María Pilar Queralt del Hierro ha publicado indistintamente narrativa y ensayo centrándose, por lo general, en el estudio de la figura femenina a través de la historia.
Colaboradora habitual de la revista “Historia y vida” y de otros medios de comunicación, se inició en el ámbito de la novela histórica en 2001 con Los espejos de Fernando VII, a la que siguió De Alfonso, la dulcísima esposa, La pasión de la reina y la llamada “trilogía portuguesa” formada por Inês de Castro, Leonor y La rosa de Coimbra.
Entre sus ensayos biográficos cabe destacar Tórtola Valencia, una mujer entre sombras; Agustina de Aragón: la mujer y el mito; y Mujeres de vida apasionada.

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La pasión de la Reina

María Cristina, la mujer que amó a Alfonso XII


By María Pilar Queralt

Open Road Español

Copyright © 2006 María Pilar Queralt del Hierro
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4976-4552-3



CHAPTER 1

Primera parte

Exhorto de la Reina Ausente

María de las Mercedes de Orléans y Borbón (1860-1878)


Ven, mi amor, que yo te espero
en la nada vencida de silencios.
Allá donde la luz puede al olvido.
Ven, mi amor, que yo te espero.
Ven hasta mí. Te aguardo
perdida eternamente en el recuerdo.
Con los labios huérfanos de aquellos
que antaño les cubrieron.
Ven hasta la seda de una piel
que ya solo pervive
en las puntas temblorosas de tus dedos,
los mismos que en impulsos obligados
viraron hacia nuevos derroteros.
Ven, mi amor, que yo te espero
para soñar eternos sueños,
henchidos de esperanza
y vanos de deseo.
Ven, mi amor, que yo te espero.


Te reías de mis versos. Y yo, persistente, hilvanaba palabra tras palabra convencida de que algún día llegarías a apreciarlos. No tuvimos tiempo. Pero ahora cuando, firme en mi empeño, soy una sombra que te cerca, mis palabras te parecen tentadores cantos de sirena.

Ha llegado el momento, Alfonso, de reencontrarnos. De escribir el final de la historia que el destino interrumpió. Volveremos a pasear por aquel Bois de Boulogne que albergó nuestros primeros encuentros en París cuando no eras más que un príncipe desterrado. Veremos como discurre el Guadalquivir, calmo y opulento, bajo los puentes que sellan el abrazo entre Sevilla y Triana y nos perderemos, una vez más, en los frondosos bosques de El Pardo que cobijaron nuestros escasos días de matrimonio.

Seremos sombras pero nos daremos luz, cuerpos etéreos que se reconocerán entre caricias perdidas en la nada, besos que templarán el gélido aliento de la muerte. Desde la leyenda venceremos a quienes, perdidos en la torva senda de la política, no aceptaron nuestro amor y, sin que ellos lo sepan, nos mezclaremos entre los madrileños que aplaudieron nuestra boda y lloraron mi partida. Y cuando los niños, jugando al corro, pregunten ¿Adónde vas Alfonso XII?, les contestaremos que ya no buscas a Mercedes, que te has reencontrado con ella y que, a su lado, te dispones a encarar la eternidad.

* * *

Cantos de sirena ... ¿Por qué ahora, Mercedes, por qué? ¿Por qué no viniste a buscarme cuando solo encontraba consuelo en el silencio? Cuando la tarde se me hacía eterna aguardando el momento de recogerme en tu recuerdo. Cuando inventaba mil excusas para escaparme a El Escorial y allí, con la frente apoyada en tu sepulcro, leía una y otra vez la leyenda con la que quise distinguirte «De Alfonso, dulcísima esposa» ... Pero no. Indiferente a mi dolor, no quisiste escucharme y me abandonaste a mi suerte en esa tierra de nadie en que se convirtió mi vida. Como un autómata goberné, como un autómata busqué en otras mujeres tu presencia, como un autómata volví a casarme ...

¡Crista, pobre Crista! Ella es la auténtica víctima de esta historia. Tú y yo, aún a mi pesar, pronto nos encontraremos y juntos formaremos en las filas de las pasiones legendarias. Elena es feliz en París, pero Crista ... Y las niñas ¡son tan pequeñas! Si al menos la criatura que espera fuera un varón que garantizara una sucesión sin sobresaltos ...

No he sido para ella un buen compañero de camino, no. La he querido lo justo; la he acompañado, lo obligado. Y ahora la dejo sola, embarazada y con la historia aún por escribir. ¡Qué conflicto, Dios mío, qué conflicto!

CHAPTER 2

Segunda parte

La pasión de Crista

María Cristina de Habsburgo-Lorena (1858-1929)


1

Getsemaní


Al anochecer del 24 de noviembre de 1885, en la platea del Teatro Real se libraba la habitual competición de sedas y terciopelos, perlas y diamantes, fracs y condecoraciones, propia de todo día de función. La ópera era el escenario idóneo para sellar el pacto tácito entre la aristocracia y la alta burguesía del Madrid de la Restauración. Sin diferenciar entre añejos blasones y fortunas recientes, apellidos de prosapia y ricos de nuevo cuño se daban cita en el Real para consumar un extraño matrimonio de conveniencia que sacralizaba la presencia habitual de la familia real.

Sin embargo, aquella tarde la fiesta no parecía completa. El palco real permanecía vacío y los asistentes se preguntaban si la ausencia de la reina no se debería a un súbito empeoramiento en la salud del soberano. La incógnita se traducía en conversaciones a media voz y en insistentes miradas hacia el palco regio. Los ánimos no se serenaron hasta que, minutos antes de comenzar la función, los primeros compases de la Marcha Real anunciaron la llegada de la reina madre. Extrañamente no la acompañaba su nuera, melómana impenitente, pero el casi inmediato comienzo de la representación impidió cualquier clase de comentario.

La preocupación reapareció cuando, desde todos los rincones del teatro, se pudo observar la manifiesta intranquilidad de la Reina Madre. En el palco, Isabel II no dejaba de mover su oronda anatomía en busca de la postura adecuada. Se inclinaba hacia delante y hacia atrás; no paraba de abanicarse y continuamente volvía la cabeza a diestro y siniestro buscando quién sabe qué presencia en el antepalco. Tan pronto se componía la banda que cruzaba su pecho, como enredaba sus dedos en las hileras de perlas barrocas de un collar que se perdía en la exuberancia de su escote. De no tratarse de quien reinó como Isabel II, más de uno le hubiese llamado la atención. Y muchos se explicaban el suspiro de alivio que había exhalado la nación cuando, en el ya lejano septiembre de 1868, la entonces soberana cruzó la frontera camino de París.

Tanta agitación no presagiaba nada bueno. Era de todos conocida la afición de doña Isabel a la ópera y algo muy grave debía de tenerla ocupada cuando no prestaba la atención habitual a las florituras de los intérpretes. De repente, un ligero tintineo procedente del palco real rivalizó con los agudos de la tiple y las perlas, una a una, resbalaron por las generosas carnes de su portadora y llovieron sobre la platea desde la regia localidad. Todos los asistentes se volvieron hacia la reina y, sorprendidos, vieron como Isabel II dudaba entre rescatar las escasas perlas que habían quedado enredadas en su abanico o atender la visita inesperada de Pepe Alcañices, duque de Sesto y mayordomo mayor de palacio, que, demudado, le susurraba algo al oído:

—Señora, hay recado de don Antonio Cánovas. Dice que es cuestión de horas. Qué habéis de viajar a El Pardo si deseáis ver al rey con vida...

—Pero ¿cómo es posible? —enrojeció alterada y se llevó una mano al pecho.

—Ha sido un agravamiento repentino. Ayer por la mañana despachó con el conde de Solms, embajador de Alemania ...

Sin dejarle acabar, Isabel II le reprochó en voz lo suficientemente alta como para que la platea olvidara la recuperación de las perlas:

—Me aseguraste que su estado era estable, que los aires de El Pardo le habían probado y que, para tranquilizar al pueblo, yo debía asistir a la función ... Incluso la reina estuvo a punto de ... —se interrumpió e increpó a su interlocutor—. ¿Y mi nuera? ¿Dónde está la reina?

—Está en El Pardo.

—Donde debe, como siempre. Crista es admirable ¡Mira que Cánovas insistió para que me acompañara! —Se levantó con una agilidad que le era impropia y según cruzaba el antepalco exclamó con desespero:

—¡Se muere! ¡Mi hijo se muere y el Gobierno le deja morir solo como a un perro!

* * *

En El Pardo la situación era muy distinta. Un silencio espeso se había adueñado de la alcoba real y una calma tensa auguraba la inmediata tormenta. Crista, en una sala contigua a la estancia donde agonizaba su marido, entretenía la dolorosa espera leyendo una peculiar antología poética del Siglo de Oro que había descubierto en la biblioteca de palacio. Cánovas le había asegurado que debía mantenerse lejos de la cabecera del enfermo para no alterar su descanso y, desde mediodía, se había limitado a traspasar el umbral de la habitación en contadas ocasiones.

Le amargaba la boca. Llevaba muchas horas sin comer, el embarazo no sabía de penas y, una vez olvidadas las náuseas que como era habitual le habían dado los buenos días, reclamaba su ración diaria de energía. Su médico, el doctor Riedel, le aseguraba que, cumplida la tercera falta, desaparecería cualquier malestar pero de eso ya hacía una semana y todo seguía igual.

Quería un varón. Su suegra repetía una y otra vez los problemas que había debido enfrentar su madre para afianzar su trono ante la amenaza carlista. Crista, con su habitual aplomo germánico, le aseguraba que, después de dos niñas, esta vez sería un muchacho. Lo que callaba era su certeza de que la historia se repetía y que ella, como en su momento la reina gobernadora, María Cristina de Borbón, iba a encontrarse sola, en un país extraño y ejerciendo una regencia que, cuanto menos, se preveía conflictiva. Cada día, apenas despertar, trataba de infundirse valor ante un futuro que, dada la precaria salud de su marido, parecía escrito. Sí, se decía. Esta vez sería un varón pero, lamentablemente, su padre no viviría para verlo.

Volvió a la lectura pero no pudo concentrarse en las páginas del libro. Además, hacía frío. Se levantó y se abrigó con un echarpe de lana que había sobre una pequeña butaca de terciopelo. Bien arrebujada, fue hasta uno de los grandes ventanales que daban al jardín. El paisaje, desnudo e inhóspito, era el mismo que la saludó aquella mañana que, vestida de novia, salió de aquel mismo palacio con destino a Madrid. Faltaban cinco días para que se cumplieran seis años. Seis años de dar sin recibir, seis años diciéndose una y otra vez que ella, una archiduquesa de Austria; ella, la reina de España, no podía permitirse sentir y actuar como una simple mujer enamorada. Debía mantenerse firme en su puesto, tragarse las lágrimas y exigir, simplemente, que se la respetara en público. Pero ¡era tan duro! Musitó los versos cervantinos que acababa de leer:

¿Quién menoscaba mis bienes?
Desdenes.
Y ¿quién aumenta mis duelos?
Los celos.
Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia.
De este modo en mi dolencia
ningún remedio se alcanza,
pues me matan la esperanza,
desdenes, celos y ausencia.


Sí. A lo largo de siete años había sido desdeñada, le habían atormentado los celos y se había sentido sola, muy sola ... aunque ahora iba a estarlo más. Se apoyó en el ventanal e intentó, sin éxito, reprimir las lágrimas. El frío del cristal sobre su frente despejó la triste modorra que la acompañaba. Sin saber bien por qué le invadió una extraña serenidad y, de inmediato, tuvo la certeza de que ahora, precisamente ahora, Alfonso era más suyo de lo que lo había sido nunca. Nada tenían que hacer la sombra de la Ausente ni aquellas que, sensuales y melosas, le habían alejado de su lado. Ahora, ella y solo ella estaba a su lado y recogería su último suspiro. Levantó la cabeza, irguió los hombros vencidos por el cansancio y el dolor y con paso firme se dirigió a la habitación. De nada valieron los intentos de los presentes por impedirle que accediera a la cámara real. Cruzó el umbral de la puerta y llegó hasta la gran cama dorada donde dormitaba su marido. Se arrodilló a su lado, le tomó una mano y con la cabeza apoyada en la almohada, rompió a llorar silenciosamente.

* * *

Isabel II irrumpió en la estancia y se extrañó al no ver a nadie. Luego, cuando cruzó la puerta de la alcoba, la angustia le atenazó la garganta y no pudo articular palabra. Ni siquiera una lágrima se escapó de sus ojos. La cámara del rey era una espaciosa habitación con dos balcones que daban a la fachada principal del palacio. Las paredes estaban cubiertas por tapices y una talla del siglo XVI presidía la estancia. En un rincón, Cánovas y el médico de cámara hablaban en voz muy baja, los asistentes del rey ordenaban mecánicamente la correspondencia que se hallaba sobre el escritorio, y junto a la puerta un par de religiosas rezaban el rosario. Isabel II se dejó caer, desolada, en un sillón situado a la derecha de la cama, junto a una mesa auxiliar con fotografías de la familia real. La penumbra desdibujaba la delicada marquetería del mobiliario y ocultaba el detalle de los óleos que adornaban las paredes. Sobre la cama se recortaba la silueta de su hijo, y la luz oscilante de las lamparillas daba al cuerpo exánime una cierta pretensión de movimiento.

María Cristina, arrodillada junto a la cabecera del enfermo, le tomaba una mano y apoyaba su cabeza en la almohada del moribundo. La miró interrogante y su nuera negó con la cabeza. La reina madre suspiró aliviada. ¡Aún vivía! Tal vez había sido una exageración de Alcañices, el aire de El Pardo es muy puro, se mintió ...

La certeza de que su hijo aún alentaba la llevó a levantarse y acercarse a su nuera. Por un momento la reina se impuso a la madre y temió por el buen término del embarazo. No podían permitirse el lujo de que se frustrara un nuevo eslabón de la cadena dinástica. Con un punto de autoridad en la voz, tomó a Crista por los hombros y más que aconsejar, le ordenó:

—Descansa Crista, ya me quedo yo. En tu estado debes reposar.

Obediente, María Cristina cedió su puesto a su suegra y salió de la estancia. Su mirada tropezó, de repente, con una fotografía enmarcada entre hojas de plata y bien visible sobre la mesa auxiliar. No pudo reprimir un gesto de desagrado. «Ella.» De nuevo «Ella.» Como en Arcachon. El día que comenzó su calvario.

CHAPTER 3

Vía Crucis


En Ville Bellegarde, Arcachon, a 23 de agosto de 1879

Esta tarde he paseado con Alfonso por el parc Péreire. El sol iba cayendo lentamente. Rielaba sobre las aguas de la bahía y las transformaba en una singular paleta de rojos, azules y magentas. El olor a salitre mezclado con el aroma dulzón de la pinaza y la luz, cada vez más escasa, creaban una atmósfera mágica en la que era difícil distinguir fantasía y realidad. De repente, las voces de mamá y Alcañices, que nos seguían a una distancia prudencial, nos han advertido de que estaba anocheciendo y que debíamos regresar. Alfonso, entonces, hurtándose de la mirada indiscreta del guarda, ha arrancado una rosa, se la ha llevado a los labios y, después de acercarla a los míos, me la ha entregado.

—Guárdala —me ha dicho—. Es mi primer regalo. Nada para lo que te mereces.

He enrojecido y no he podido articular palabra. En un susurro le he prometido que lo haría y, casi sin hablar, hemos regresado a Ville Bellegarde. Rápidamente, con la rosa escondida en la bocamanga para evitar preguntas indiscretas, he subido a mi habitación con la excusa de arreglarme para la cena. Robándole unos minutos al tiempo, he guardado la corola en el interior de un libro y, después de arrancar cuidadosamente unas hojas del tallo, las he pegado en la primera página del cuaderno que, con pretensiones de diario, me regaló mi hermana Dada hace unos años.

Al cerrarlo me ha parecido que mi nombre, escrito en plata sobre las tapas de cuero, me llamaba. Nunca he sido amiga de diarios. Siempre dije que las cosas importantes deben guardarse en el corazón y la memoria, centinelas fieles e irreductibles. Pero he atendido a su reclamo y me he decidido a emborronar sus páginas. No soy buena escritora, lo sé. La música es mi lenguaje y las notas que arranco del piano son el léxico predilecto de mi corazón. Pero me temo que si no escribo, si no reflejo en el papel los acontecimientos de estos últimos días, no asimilaré esta tormenta de sensaciones que me agita. No sé si sabré expresarme. Pero aunque las palabras se me queden cortas, cuanto menos podré perpetuar aquellos detalles que el tiempo traicionero acabaría por arrebatar de mi memoria.

Ayer conocí a Alfonso. Así, en mayúsculas. No quiero consignar como una frase más el evento que marca un antes y un después en mi vida. Mamá asegura que ya nos habíamos encontrado en una ocasión en el Theresianum. Insiste en que fue en el transcurso de un viaje a Viena cuando estudiaba allí mi hermano Federico, pero yo no lo recuerdo. Tampoco puedo decir que me sirviera la fotografía que me mostró el embajador Conte cuando nos visitó en Gross-Seelowitz. No le hacía justicia. Cuando nos presentaron creí ver a un príncipe de leyenda: apuesto, elegante, de piel muy blanca y ojos claros. Firme en el porte y delicado en los ademanes. Ni siquiera en los salones de Hofburg o Schönbrunn he visto a nadie que se le pueda comparar. Mamá dice que exagero y parece preocupada por mi entusiasmo. Me insiste en que le falta estatura y que parece frágil, distante y melancólico. Tiene algo de razón, pero no se ha dado cuenta de que luego, roto el hielo, su mirada chispea, sus manos se tornan cálidas y sus palabras son gentiles y afectuosas. Ayer apenas pudimos hablar a solas pero tenemos toda una semana por delante para conocernos mejor y el paseo de esta tarde ha sido el mejor de los comienzos.

Conocernos mejor. Esa fue la única condición que puse cuando mi tío, el emperador, nos comunicó a mi madre y a mí que el rey de España me pedía en matrimonio. Me niego a convertirme en una pieza más de una hipotética alianza política. Los tiempos han cambiado y, en las postrimerías del siglo XIX, no quiero seguir el camino de las princesas de antaño, simples monedas de cambio en negocios dinásticos y de Estado. Además, supe por Federico de la desgraciada historia de amor que Alfonso había vivido con su prima Mercedes de Orléans (¡Santo Dios, sólo seis meses de casados!) y no quiero convertirme en el recurso necesario para perpetuar una dinastía.


(Continues...)

Excerpted from La pasión de la Reina by María Pilar Queralt. Copyright © 2006 María Pilar Queralt del Hierro. Excerpted by permission of Open Road Español.
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Table of Contents

Contents

Portada,
Créditos,
Dedicatoria,
Primera parte: Exhorto de la Reina Ausente,
Segunda parte: La pasión de Crista,
Getsemaní,
Via Crucis,
Consumatum est,
Tercera parte: Memoria del amor perdido,
Cuarta parte: Epílogo,
Apéndices,
Ascendientes de María Cristina de Habsburgo-Lorena,
Ascendientes de Alfonso XII,
Descendientes de Alfonso XII y María Cristina,
María Cristina, la reina regente,
Dramatis personae,
Cronología: La España de María Cristina,
Bibliografía y documentación,
Agradecimientos,
Sobre la autora,

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