La puerta de los traidores

La puerta de los traidores

by Edgar Wallace

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Product Details

ISBN-13: 9788415997870
Publisher: Roca Editorial de Libros
Publication date: 02/28/2014
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
Sales rank: 1,088,000
File size: 1 MB

About the Author

Autor del guión original de King-Kong. Con la aparición de la novela Los cuatro hombres justos dio inicio al moderno género del thriller. Escribió artículos, poesía, crítica teatral, novela, cuentos, cine y teatro. Hijo ilegítimo de un actor, fue bautizado como Edgar Wallace porque su madre usó el personaje ficticio de Walter Wallace para que figurase como padre.
Polifacético y viajero, estuvo en contacto con el mundo del crimen de diferentes países: Sudafrica, Marruecos, el Congo,España, Inglaterra… De manera natural se acercó al mundo de la mafia: invitaba a comer a ex-presidiarios, estuvo asociado durante meses con ‘Ringer’ Barrie—un estafador del mundo de las carreras de caballos—y llegó a practicar la estafa por correo con el objetivo de estudiar sus técnicas, plasmadas en el artículo “Yo pude haber sido un delincuente con éxito”. También estuvo encargado de la seguridad del Palacio de Buckingham durante la Primera guerra mundial.

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La puerta de los traidores


By Edgar Wallace

Ciudad De Libros

Copyright © 2014 Damià Matthews, Ignacio Ballesteros
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4976-5106-7


CHAPTER 1

¡Atención! Al hombro ... ¡ar! —exclamó una voz de mando. Treinta y un fusiles se movieron a una, treinta y una manos enguantadas volvieron a pegarse a las costuras de treinta y un pantalones, como empujadas por un mecanismo invisible. La palabra de mando debió haber sido: «¡Armas!», pero desde que se crearon los cuerpos militares se ha dicho siempre: ¡Ar! La roja línea recta de soldados de la vieja guardia permaneció inmóvil y los gorros de piel de oso quedaron en perfecta alineación. La banda militar inició una marcha, que terminó con un redoble vigoroso cuando la última fila de soldados desapareció al doblar una esquina de la torre blanca.

—¡Rompan ... filas!

Roberto Longfellow envainó su espada con un sonoro clic, aseguró mejor su monóculo en la cuenca del ojo y fijó la mirada en la maciza iglesia de San Pedro ad Vincula, envuelta en los rayos solares de una mañana de verano. Casi al mismo tiempo se dio cuenta, de una manera confusa, de que acababa de acercarse a él una dama, pequeña de estatura y rechoncha, que llevaba en la mano una guía. El sargento de la compañía permanecía rígido junto a su teniente, sorprendido y sonriendo socarronamente bajo la máscara de teca tallada que parecía su cara.

—Perdone usted, señor.

Roberto medía un metro noventa centímetros de estatura. La voz de la interlocutora venía de muy abajo y aquel no tuvo más remedio que bajar la vista.

La gruesa señora se tocaba con un sombrero adornado con abalorios y láminas de azabache y ostentaba en la garganta un grueso camafeo. Su rostro era abultado, encendido y alegre. La gordura le formaba dos pliegues debajo de la barbilla, y la nariz le pareció al oficial un tanto masculino.

—¡Perdone! ¿Podría indicarme el lugar en que se halla enterrada lady Jane Grey?

Su voz era de un bajo profundo. Longfellow entornó los ojos como quien sale de la oscuridad a la luz.

—Lady ... ¿cómo?

—Lady Jane Grey, señor.

El oficial volvió azarado la vista al sargento; sus dedos, enguantados de blanco, jugueteaban nerviosos con su minúsculo bigote. Al fin pronunció como quien cree haber encontrado una solución:

—¿Ha mirado usted ... en el cementerio?

—¿En qué cementerio, señor?

Volvió a mirar al sargento, pero este se hacía el desentendido.

—Pues ... ¡hum! ... en el que haya por ahí. ¿Usted no sabe nada de esa dama de que habla esta señora?

—En mi vida la he visto, señor.

Roberto dio unos golpecitos con el espadín, como reprochando al sargento su indiscreta respuesta.

—Lady ... ¿Quiere usted repetirme su nombre ...? Grey, ¿verdad?

La gruesa señora empezó a sentirse esperanzada y apuntó discretamente:

—Se halla enterrada junto a la torre de B***.

La enguantada mano de Roberto hizo un ademán, con el que abarcaba todos los edificios circundantes.

—La torre de B*** comprende todo esto, ¿no es verdad, sargento?

—preguntó con despecho.

El sargento contestó que le parecía que sí.

—Señora, será mejor que se lo pregunte usted a alguno de esos come-carnes.

Roberto podía haber protestado contra la ofensa que suponía para un oficial de la guardia, ataviado con todos los arreos de guerra, el que le confundiesen con un guía; pero no se le ocurrió tal idea. Era su primera guardia en la Torre y estaba sumamente disgustado. Le molestaba el calor del día; detestaba la ajustada guerrera color escarlata y la agobiadora piel de oso. En resumidas cuentas, el teniente Roberto Longfellow deseaba en aquel momento ser cualquier cosa menos oficial del regimiento de Guardias de Berwick de su majestad.

La obesa señora consultó su guía.

—¿Dónde se guardan las joyas de la Corona, señor?

—En la caja de caudales, mi querida señora —respondió rápidamente Roberto.

Por suerte se acercó en aquel momento un verdadero guía, y, con gran alivio del oficial, condujo a la visitante a la torre de Wakefield.

—¿Y qué diablos podría yo contestarle, sargento?

—Nada, mi teniente —dijo el sargento.

Roberto se serenó.

Luego entró en el cuarto de guardia, y después en sus habitaciones particulares, mientras la señora Ollorby continuaba su visita, aunque, a decir verdad, aquella señora, de cara rubicunda, no tenía ningún interés ni en las joyas de la Corona ni en la desdichada lady Jane, a la que habían separado de un hachazo la cabeza del frágil cuerpo a unas cuantos metros de distancia del lugar en que aquella había hecho sus preguntas.

Pero una de las personas que aquella mañana visitaron la Torre de Londres dio pruebas de sentir un interés emocionado por la suerte de Jane Hope Joyner se detuvo junto a la cadena que protege de pisadas sacrílegas la pequeña lápida cuadrada que marca el lugar del sacrificio, se inclinó para leer la inscripción, luego dirigió la mirada hacia la pequeña iglesia en que fue sepultada, para que durmiese su sueño eterno, la virgen desposada.

—¡Pobre, pobre mujer! —murmuró con voz suave. Pero Richard Hallowell no se animó ni siquiera a sonreír.

Porque era una joven la que se lamentaba de la muerte de otra joven, y era una mujer hermosa la que se inclinaba conmovida sobre el sitio mismo en que la abundante cabellera de Jane había sido recogida en la nuca para que no fuese un obstáculo al filo del hacha. Richard podía admirar en aquel momento un perfil tan perfecto como el mejor de cuantos había visto en su vida, y una figura más adorable en su desfalleciente ternura que cuando se mantenía erguida como una paloma. Sobre el fondo gris de aquellas piedras oscurecidas por los siglos resaltaban la suavidad y la salud de sus colores. La tragedia de la ambición de Sommerset adquiría un patetismo más intenso y real en presencia de aquella expresión vital de juvenil feminidad.

—Es horrible, ¿verdad? Ella se hospedaba en el Palacio Real ... Desde aquella ventana vio llevar el cadáver de su esposo después de ajusticiado.

—Señorita Hope, está usted pasando una mañana un poco triste.

Ella, le dirigió una rápida sonrisa y apoyó la mano sobre su brazo.

—Entonces soy muy torpe, Dick. Pero voy a corregirle ... Dígame: ¿no es Roberto aquel joven que va de punta en blanco?

Bajo la terraza del cuerpo de guardia había aparecido la delgada silueta del oficial de la Guardia.

—Sí, es Roberto. Ayer terminó su permiso y hoy hace su primera guardia en la Torre.

Dejó escapar una risa ahogada.

—Es tonto de nacimiento, y le hará mucho bien un poco de trabajo.

—Al fin la veo sonreír esta mañana —exclamó Esperanza en tono de reproche.

Dick podía haberle contestado que no estaba para sonrisas aquella mañana; pero guardó un prudente silencio.

Dick Hallowell vestía una levita negra de corte irreprochable, y llevaba ceñida por encima de la cintura la faja de roja seda que constituía la insignia de su cargo; le llevaba toda la cabeza a su acompañante, y era de cara afilada, ojos grises y tenía en sus movimientos algo de la flexibilidad y de la gracia de un atleta.

—Ya le he enseñado a usted todo lo que merece verse. Hubiera querido que la visita durase todo el día.

Esperanza sonrió dulcemente y repuso con cierta vivacidad:

—Eso no es exacto. Desde que su ayudante vino a traerle una nota ha estado usted impaciente por desembarazarse de mí. Alguien le está esperando, no lo niegue.

Antes que Dick pudiese contestar, continuó ella diciendo:

—Yo soy curiosa por naturaleza y conozco bastante bien la Torre de Londres. Pero quería ver cómo le sentaba a usted el uniforme.

Mientras hablaba, Esperanza iba recapacitando, con un sentimiento de desánimo, en el poco tiempo que hacía que se conocían.

Paseando por el Támesis en una lancha, hacía menos de un mes, perdió la pértiga con que guiaba la embarcación y fue arrastrada de una manera ridícula hacia un cuadro de mimbreras a orillas de un oscuro remanso del río. Dick, que pasaba en una canoa, acudió en su auxilio, divertido más que nada por aquella peripecia.

La pareja descendió por el talud hacia la Puerta del León y se detuvo bajo la bóveda, para mirar con un impulso simultáneo la compuerta de madera que daba al río.

—¡La Puerta de los Traidores!

Esperanza se estremeció, aunque no habría sabido decir la causa.

Dick asintió con la cabeza.

—En efecto, esa es la Puerta de los Traidores. En la actualidad, y a pesar de su nombre, es una puerta muy respetable. ¿Quién diría que las reinas y los cortesanos han pisado estos escalones? Aquí es donde, según cuenta la tradición, se sentó en el suelo la reina Isabel diciendo que no iría más adelante ni a rastras.

Esperanza volvió a reírse. Pasaron por delante de los centinelas, que saludaron militarmente, y salieron al mundo actual en Tower Hill, lugar por donde pasan grandes camiones cargados de cajones y adonde llega el tufillo a pescado del cercano Billingsgate.

El Rolls de Esperanza Joyner se acercó silencioso al bordillo. Dick abrió la puerta.

—¿Cuándo volveré a verla?

Ella sonrió.

—Siempre que usted quiera. Mi nombre está en la guía telefónica, y ya sabe que me gusta almorzar en el Embassy.

—¿Adónde va usted ahora?

—Estoy abocada a una entrevista desagradable.

Y era cierto; pero no se atrevió a decir con quién.


* * *

Dick se quedó mirando hasta que el automóvil se perdió de vista, y luego caminó por la colina abajo y cruzó el puente tendido sobre el antiguo foso. Y ahora sí que ya no se reía. Ni siquiera logró desarrugar su ceño el llamamiento mudo y elocuente que hizo Roberto a su simpatía cuando pasó delante del cuarto de guardia.

A la puerta del edificio donde tenía sus habitaciones le esperaba su ordenanza Brill.

—El caballero que le espera me pidió que saliese a buscarle ... Dice que está citado con el señor.

Dick Hallowell hizo un signo lento de conformidad y le dijo:

—No tendré necesidad de usted en un cuarto de hora, Brill. Lo mejor sería que se quedase aquí, y si alguien pregunta por mí, dígale que estoy sumamente ocupado.

—Perfectamente, sir Richard.

—Y diga, Brill ... ¿No le dijo el visitante quién era? ... ¿No le comentó nada?

Brill titubeó.

—No, señor. Parecía un poco alterado, y me dijo que ya podía usted estar satisfecho de tener unas habitaciones como estas ...

De nuevo titubeó.

—¿Sí?

—Eso es todo, señor ... Parece como si hablara se burlara. Me pareció mucha su desvergüenza, señor. El venir aquí y atreverse a censurar ... No es pariente del señor, ¿verdad?

—No, absoluto.

Dick subía los escalones de piedra, se detuvo en el descansillo junto a la puerta, y haciendo una mueca, la empujó y entró. En pie, mirando por la ventana de la confortable sala de espera y absorto aparentemente en las evoluciones de un pelotón que hacía ejercicio, se hallaba un hombre. Su rostro, medio vuelto hacia Dick, era delgado y mostraba disgusto; vestía un traje raído, y los tacones de sus botas estaban desgastados. Pero a pesar de esta apariencia exterior, había en sus facciones y en su compostura un sorprendente parecido con el oficial, que le contemplaba en silencio.

—¡Hola!

El forastero se volvió refunfuñando al contemplar al que acababa de entrar, examinándole con agresividad e impertinencia.

—¡Hola ... hermano!

Dick no contestó; ahora que se encontraban el uno frente al otro era más patente la semejanza; sin embargo, saltaban a la vista ciertos rasgos distintos. Si Graham Hallowell no hubiese tenido aquella aspereza de voz y de expresión, la identidad habría sido completa. Pero había olvidado el arte de parecer amable; había olvidado que durante sus años de universidad, en uno de los grandes colegios, había sido timonel de la lancha que representaba al colegio en las regatas, y que había sido el orgullo y la gloria de la universidad. Todo lo que sabía era que la suerte le había maltratado, que era un hombre "que nunca tuvo una oportunidad"; había llegado a un estado de ánimo en el que solo se recuerdan los agravios y los sucesos amargos de la vida. Empezó a hablar con sorna:

—Tu acogida es tan entusiástica como siempre ... sir Richard. Apuesto a que no eres capaz de invitarme, con estas pintas, a almorzar con la oficialidad del regimiento ... Les presento a mi hermano ... Graham Hallowell. Llegó ayer de la prisión de Dartmoor y podrá referirles algunas historietas de su vida de forzado ...

A medida que hablaba iba alzando la voz, y al final gritaba desaforadamente. Dick comprendió que había bebido y que estaba de pésimo humor.

—Hasta tu condenado ordenanza me trata como si fuese un leproso ...

—¡Y lo eres! —La voz de Dick Hallowell sonaba en sordina, pero con la nitidez del cristal—. Un leproso ... ¡He aquí el calificativo que te retrata! Una cosa sucia de la que todas las personas decentes desean huir. Una cosa antisocial, sin ninguna virtud para Dios ni para los hombres. Y haz el favor de no alzar la voz cuando hables conmigo, si no quieres que te coja por el cuello y te arroje de un puntapié por la escalera. ¿Está eso claro?

La amenaza pareció achicar al visitante. De pendenciero y retador se convirtió en humilde y suplicante.

—No hagas caso de mis palabras. He bebido esta mañana dos vasos de más. Imagínate cuál sería tu estado de ánimo si hubieses salido ayer de la cárcel ... Ponte en mi lugar ...

Dick no le dejó seguir y le dijo fríamente:

—No tengo bastante imaginación para pensar en lo que sentiría si hubiese merecido ir a la cárcel. Me es imposible imaginarme en tu lugar el día que narcotizaste y robaste a un joven oficial de Guardias, que fue lo bastante tonto para confiar en ti por el solo hecho de ser hermano mío por parte de padre.

»Me es imposible imaginarme a mí mismo huyendo con la esposa legítima de un hombre honorable y dejándola abandonada en Viena en la más completa miseria. Y hay también otras cosas que jamás podré imaginar ... No es necesario que las diga una por una. Si yo pudiera ponerme en tu lugar y comprender cómo puede un hombre revolcarse en el fango como tú lo has hecho, sería posible que compartiese mentalmente las emociones que has experimentado al recobrar la libertad. Y vayamos al grano: ¿qué es lo que quieres?

Los ojos inquietos de Graham se desviaron hacia la ventana.

—Estoy arruinado —dijo con mal humor—. Pensaba marcharme a Estados Unidos ...

—¿Es que la policía de los Estados Unidos cree que no hay bastantes estafadores en el país?

—Eres duro conmigo, Dick.

Dick Hallowell se echó a reír; pero su risa no tenía nada de divertida.

—¿Cuánto necesitas?

—El pasaje hasta Nueva York ...

—Sabes demasiado que a un hombre de tus antecedentes no le permiten desembarcar en aquel país.

—Iría con nombre distinto ...

—No irás ni tienes intención de embarcar.

Dick se sentó frente a su mesa de escritorio, abrió un cajón, sacó un talonario de cheques y escribió:

—He puesto cincuenta libras; pero he escrito de forma que no puedas falsificar la cantidad y poner quinientas, como hiciste con el último cheque que te di. Y además tomaré la precaución de telefonear a mi banco y notificarle verbalmente la cantidad. Desgajó el cheque y se lo entregó al visitante, que le miraba mohíno y de reojo.

—Y cuenta que este es el último dinero que me sacas. Para que no creas que puedes forzarme con la amenaza de hacerme pasar por un Caín, te voy a advertir una cosa: mi coronel y mis camaradas los oficiales están enterados de toda tu vida ... El joven a quien estafaste se halla precisamente ahora de guardia. Si me molestas, te haré encerrar. ¿Está claro?

Graham Hallowell deslizó el cheque en el bolsillo y lloriqueó:

—Eres más duro que una piedra. Si padre viviese ...

Dick se limitó a decir:

—¡A Dios gracias, ha muerto! Lo poco que supo de ti fue suficiente para hacerle morir de un ataque al corazón. Es algo que no te perdonaré jamás, Graham.

Graham contenía a duras penas la furia que le consumía y que solo el miedo lograba contener. Hubiera querido herir, destrozar, humillar a aquel odiado hermanastro, pero le faltaba valor.

—Cuando miraba por la ventana te he visto hablar con una bellísima joven ...

—¡Cállate! —interrumpió secamente Dick—. ¡No toleraré que hables conmigo de ninguna mujer!

—¡Tate, tate! —Graham empezaba a recobrar su insolencia anterior—. Yo me limitaba a preguntarte ... ¿Y lo sabe Diana?


(Continues...)

Excerpted from La puerta de los traidores by Edgar Wallace. Copyright © 2014 Damià Matthews, Ignacio Ballesteros. Excerpted by permission of Ciudad De Libros.
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