La Vigilia

La Vigilia

by Diego Fonseca

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Overview

La Vigilia by Diego Fonseca

«Él necesitaba recordar como ejercicio intelectual para completar quién era; no preveía que algo cambiase en su vida producto de poner juntos los fragmentos de su memoria que flotaban como un avión siniestrado en un océano…».
 
El Dr. Casillas, director de un hospital psiquiátrico en Madrid, vive atormentado por diez recuerdos recurrentes que aparecen como imágenes despedazadas y suspendidas. Casillas se empeña en recomponer ese pasado roto que flota como una nebulosa entre su existencia réproba en España y una época siniestra de una Argentina de desaparecidos, con escalas turbias en Perú, Colombia y México.
Narrada como un caleidoscopio de escenas, y haciendo eco de una realidad que se construye con una herramienta tan efímera como el recuerdo —rehén de la subjetividad y la imperfección humanas—, La vigilia presenta una historia de crímenes, abusos, pasiones y flaquezas, envuelta en preguntas universales que asaltarán al lector a cada vuelta de página. ¿Qué conforma la identidad del ser humano?¿Su pasado? ¿Es la memoria necesaria, su orden, cierta moral? ¿Hacemos justicia al recordar?
La vigilia es un viaje por los vericuetos de la complejidad del ser, de la bajeza y su autojustificación, del poder y sus subterfugios, relatado en una historia en la que se entrelazan el suspenso y la lírica con personajes tan reales, sucios e imperfectos como la vida misma.

Product Details

ISBN-13: 9780147513724
Publisher: Penguin Publishing Group
Publication date: 12/24/2014
Pages: 304
Product dimensions: 5.90(w) x 8.90(h) x 1.00(d)
Age Range: 18 Years

About the Author

Diego Fonseca, escritor, periodista y editor argentino, es autor de numerosos cuentos, algunos de los cuales han sido publicados en los volúmenes El azar y los héroes (2013), El último comunista de Miami (2012) y South Beach (2009). Su trabajo ha sido traducido al portugués e inglés. La vigilia es su primera novela.

Read an Excerpt

C. A. Press LA VIGILIA

INTROITO ET CODA

AHORA MISMO, FRENTE A MÍ, ESTA BALA RECLAMA UN COMPROMISO.

No hay que esperar demasiado del sentido de la vida, diré.

Cuando se alcanzan todas las respuestas, lo que hay es una pampa de silencio barullero.

Y eso es bastante parecido a lo que hay cuando no se tienen todas las respuestas.

Si el futuro nunca existe y el presente apenas puede ofrecer una existencia efímera —esto quien soy ya pasó—, entonces sólo tenemos la siempre falible evocación del pasado. La mierda: es una ironía agónica que si debemos confiar en algo —y con extremo cuidado— sea en una masa informe de pensamientos: una roca hecha de gas. Tanto más grave es cuando esa piedra sobre la que amasamos la confianza resulta demasiado porosa y pierde la vana materia por los huecos. Entonces, activar la memoria, ejercerla, ese acto vital para mantenernos de pie, se convierte en un ejercicio de paralíticos intelectuales. Imposible vivir sin ella como imbécil vivir en ella. La roca se desintegra al moverse, el gas se va. Girar en el mismo lugar es lo que hace al loco, loco.

Entonces, esta bala y el compromiso y la promesa, y uno que es muy pero muy humano, así de voluble, tan fácil de convencer.

Qué difícil es acabar con la Historia.

1

DESPERTÉ ATRAGANTADO DE AIRE, COMO SI RESUCITARA. LO PRIMERO QUE vi, los ojos al techo, la espalda contra la moqueta, fue el estuco: un océano inmóvil de gusanitos blancos. El tipo de sorpresas que asoman cuando tu cerebro guarda algo cercano a nada, ni una expectativa.

Sentí una pesa en la espalda al incorporarme. La lumbalgia me recordaba que estaba viejo y aunque eso ya era suficiente, descubrí que no sólo no manejaba bien las piernas o las manos sino que tampoco controlaba los labios. Al girar el cuerpo, la saliva resbaló de mi boca formando un largo y delicado hilo que me unió al piso.

Sentí pesadez, náuseas. Debería dejar los somníferos. Pero, ¿cuándo los tomé? ¿O quién y en qué momento me los dio?

Despertar nunca es fácil en un hospital neuropsiquiátrico, que es cualquier cosa menos un lugar donde hallar resguardo. Allí fuera creen que aquí se internan locos para recuperarlos. Nuestra función social es más práctica: un garaje. Estacionamos a los insanos para que no jodan en la calle. Suelen desnudarse en público con los dientes podridos y la piel con chancros y pelan la picha delante de las colegialas, una incomodidad.

Aquí se desatan. Debemos enchufarles tranquilizantes con supositorios para que no agujereen las paredes a mordiscos.

Igual, la mayor parte del ruido nunca viene de la locura.

Los ruidos, aquí, sacan de la vigilia, tenebrosos como en todo hospital. Una bandeja de aluminio que golpea los cerámicos hiela la sangre. Los guardias que escuchan un partido de fútbol en la radio y gritan un gol, sobresaltan. El aullido de un psicótico eriza los pelos. Recuperas la calma cuando los enfermeros acaban con él a los palos. También ellos gritan, pero la violencia del orden es el pronunciamiento de la civilización que restaura la pax romana.

Así fue como desperté: el mundo entrando a mi oreja sin cancel.

Me dormí temprano. Vestido. Huelo a ayer.

Mi cabeza se ensanchaba y contraía con las palpitaciones. Después de un rato de nada más parpadear para ubicarme, me senté con dificultad sobre los talones, del modo en que un penitente oraría. Tenía el pantalón desabrochado, no llevaba los zapatos y me faltaba un calcetín. Mis labios seguían sin poder detener el líquido, y las babas que antes caían a la moqueta ahora humedecían el vello cano del pecho.

Limpié los hilos de agua con la manga de la camisa. Estaba sediento, la boca pastosa, la lengua ancha. La jaula de un león tenía mejor aroma que mi aliento.

La luz del sol apenas filtraba a través de la cortina del ventanal. En el aire flotaba el humo de los cigarros y una galaxia de partículas de polvo. El desorden gobernaba. Sábanas sobre el sofá, bajo el escritorio, en las sillas; una botella de whisky junto a una pata de la mesa de centro y, sobre ésta, colillas de cigarro dentro y fuera del cenicero, hojas, las páginas descuartizadas de una revista. Había cajas de CDs y bolsas plásticas y de papel y envases con restos de comida preparada en el orden en que los dejaría un grupo en huida apresurada. Quizás por el efecto de la luz natural y mi obnubilación, las paredes habían perdido el tono blanco y lucían pintadas con brochazos de zabaglione.

Todavía me recuperaba —recorría el cuarto lentamente con la mirada, identificando objetos, midiendo el espacio—, cuando en el marco de la puerta apareció Fernández; detrás de él, dos enfermeros. Meneó la cabeza: un rictus de desprecio. Fernández me odia o, quién sabe, tal vez nada más se ha resignado. (Necesito en este instante una certeza. Uno de nuestros mayores errores es dar las certidumbres por naturales).

Quise saber:

—¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hago aquí a esta hora? —sé, porque sé, que he preguntado esto muchas veces.

Fernández me miraba sin ver; no pensaba una respuesta sino en su tarea. Estaba allí para alistarme o para apurarme para que yo mismo me preparase. (O tal vez pensaba lo que siempre. Qué hacía él allí. Por qué no se iba a su casa o a otro hospital. Por qué no dejaba el loquero y a mí, su genio mayor. Por qué no hacía algo por él, por qué parecía de cuarenta y muchos cuando no tenía más de treinta y tantos. El cuerpo no lo favorecía. Largo, fibroso hasta la deshidratación, concluía en un cráneo comprimido por las sienes, los ojos poceados, una nariz breve y arqueada y labios con tan poca carne que parecían dibujados por un delineador de ojos).

Señaló la puerta entreabierta. Sobre el vidrio decía, en letras blancas, mayúsculas, «Dr. Casillas». Y más abajo, en un cuerpo menor: «Director General».

—Usted tiene una responsabilidad —dijo.

Sentí tanta vergüenza de mí mismo —¿o fue enfado?— que no quise mirar a nadie. Sé que esto no sucede a menudo, pero qué diablos santamadredediós: mi subordinado me corregía, mi empleado era mi autoridad. Agaché la cabeza, apreté con dos dedos el puente de la nariz; el mareo se resistía a dejarme. Podía sentir los ojos de Fernández y de los enfermeros como puñales sobre el cráneo y más sobre mi honra. Un segundo después mi cerebro perdía la cabeza en una letanía: «Salva el honor, renuncia; salva el honor, renuncia; salva el honor...».

Inhalé (responsabilidad); exhalé (molestia, agobio) en un soplo largo. Hablé grave, un penoso intento de autoridad.

—Denme cinco minutos, por favor. Gracias.

—Tiene tres —replicó Fernández, y se fue con la trouppe.

No discutí: lo he agotado. Los he agotado. Soy así, parece, un caso perdido, sin consejo, tratamiento ni píldora que ayude.

No sería extraño que un día me tomen, al fin, por loco y me pasen al otro lado del escritorio. De jefe a interno; de cuerdo a chiflado. El doctor Casillas convertido en Casillas a secas o El Tarado Casillas, Pabellón 4.

Hice un esfuerzo con cuanta sangre sentía en el cuerpo hasta incorporarme. Primero un pie, luego las manos sobre la rodilla para impulsar este maldito estómago de morsa, el chasis crujiente de antigüedad y herrumbre. Seguía mareado. Tenía muchas —muchísimas— ganas de vomitar. El efecto residual de las píldoras y el alcohol —olía (creía oler) a whisky y a pis, y a pedos.

Llegué al baño tambaleante, aferrándome a cuanto objeto hallé en el camino —sofá, muro, perchero, orgullo. Cuando abrí la puerta, adentro había una mujer: pelirroja, la mirada extraviada. Aunque estaba en cuclillas supe que era alta y delgada. La había visto antes, mucho, la conocía: Estela, La Loca Estela. Internada por deseo propio.

Desapareció la necesidad del vómito, que bajó por el esófago hasta el calor del estómago.

—¿Qué haces acá?

Miró fijo con unos ojos muy grises y vacíos, ese tipo de ojos ante cuya presencia no se puede pensar. Perforan tu cabeza, las paredes, se pierden por allá. Distraen. Si los ojos son la puerta del alma, como dicen los poetas, La Loca Estela tiene una fosa abisal por espíritu. Está sana, más que cualquiera. Le dicen La Loca porque hay que estar demente para entrar aquí por elección.

—Estábamos juntos —dijo, los ojos grises más allá.

Entonces, aunque vagamente, recordé. Juntos quería decir juntos. Anoche estuvimos aquí. En el sofá de cuero, donde habitualmente reposo en la siesta, había una colcha y una sábana blanca. No eran mías: tenían número de inventario. La Loca Estela debió traerlas de su cuarto o del depósito del hospital, pues tiene libre circulación.

—Prometiste que esta noche sería la última —dijo.

Las personas de ojos grises tienen mirada de gatos, un poco glacial, la mayor parte del tiempo inexpresiva. Las personas de ojos grises me provocan creer que saben todo de todo y que su mirada es una burla felina, gatuna, de la ignorancia humana.

Traté de hallar la promesa en mi cabeza. La encontré doblando la esquina de una idea: me golpeó de frente.

—¿Nosotros...?

—Nosotros. Desde hace doce años, Casillas.

«Casillas». El apellido explotó en mi cabeza. «Casillas». Sólo Charo, mi mujer, me llamaba Casillas, y en ese tono.

—Soy yo.

No entendí bien qué quiso decir. La Loca Estela insistió:

—Soy Charo, Casillas.

Charo.

—Tu mujer. Deberías hacer memoria más seguido. No podés estar tan mal.

(¿«No podés»? ¿Había dicho no podés?).

La mujer se puso de pie con agilidad. Fue extraño: no contaba con que pudiera hacerlo. Asumí que estaba tan drogada como yo. Llevaba puesta la camisola de las internas, se veía pálida y ojerosa, y los cabellos de fuego acentuaban su lividez.

—Quisiera...

Carraspeé, hice una pausa para escupir el aire; volví a inflar y desinflar el pecho una vez más. Cuando quise reiniciar, me interrumpió.

—Sólo cumplí lo que prometiste, Casillas.

Salió del baño y revolvió entre las sábanas. La Loca Estela —¿o mi mujer Charo?— encendió un cigarro —¿desde cuándo fumaba? Levantó mi corbata y mi saco y los trajo hasta mí, que seguía a un paso del baño. Me pasó la ropa estirando el brazo, sin mirarme, fumando: pretendía humillarme como Fernández.

—Se te hace tarde, dijeron tres minutos.

Olí el aroma del cigarro y la saliva me inundó la boca —¿había sido, era, fumador? Mi cerebro todavía parecía un viejo bote de pescador con esos motores pacientes, flotando en un océano de ideas inconexas. Miraba a esa mujer y su imagen se confundía con otras:

Uno: de espaldas, con el pelo recogido o quizás corto, Charo. No sé si era ella —esa mujer— pero era Charo. Caminaba por un parque, a metros de mí —o de quien sea que yo creo que miraba a través de mis ojos.

Dos: el Mercedes C3 gris plateado, cero kilómetro, echando humo por el capó destrozado y la bocina reventando el aire.

Tres: mi colección de corbatas Hermès, Charvet y Marinella —Charo/¿La Loca Estela? me dio una Turnbull & Asser: ¿por qué?

Cuatro: el sol ardiente de Madrid un 21 de junio, arduo verano.

Cinco: Francisco Silvela, 26, distrito de Salamanca. La precisión de una dirección que se olvida asusta como un nombre sin rostro.

Seis: un disco de Édith Piaf que descansa sobre el escritorio de mi consultorio privado.

Siete: una copia de Timbuktu en el instante en que es despojada del envoltorio. ¿Un regalo? ¿Lo abro yo? ¿Me lo dan, lo di? ¿De quién, a quién? ¿Dónde y cuándo?

La Loca Estela/Charo golpeteó el cigarro frente a mí. Una cantidad mínima de ceniza se desprendió junto a un pedazo de tabaco en brasa viva. En ese gesto reconocí un detalle de mi mujer: se mojó un dedo, apagó la brasa con la saliva.

—Te vas...

—...me voy a quemar. Lo decías siempre. Se te hace tarde. Luego hablamos —amonestó.

Sus ojos estaban cansados —agónicos— pero su mirada cedía más. ¿Agotada de mí, como yo mismo? Me gustaría poder saberlo, como saber cada hueco que tengo. ¿Cómo pude olvidar, por un instante, que era el director general? ¡¿Cómo había olvidado a la mujer que dice ser mi mujer?! Esos vacíos me hacían recordar —qué ironía— a Leonard, el personaje de Guy Pierce en Memento.

—Sí, después hablaremos —dije, y muy resuelto me colgué la corbata alrededor del cuello de la camisa—. Oh, y en cuanto a lo que sea que haya hecho mal...

Abrí los brazos, cristo redentor: mi disculpa.

La Loca Estela/Charo echó un ojo displicente y redujo su interés en mí a cero: se concentró en picar otra vez la ceniza del cigarro sobre el cenicero. Esa vez no cayó brasa. Charo tenía una habilidad similar: una vez podía perderlo, pero al instante recuperaba el control.

Pregunté si saldría conmigo. Dijo que terminaría de fumar. Me puse el saco, cerré la puerta tras de mí y me detuve. El acto mismo de dejar a una ¿extraña? en mi oficina con la que en apariencia había dormido, tenía su importancia: no sentí pánico, ni siquiera temor. Por el contrario, parecía unirme a esa mujer antártica una confianza sujetada con cadenas. Debía ser quien dijo: La Loca Estela era Charo.

Quizás volvería a recordarlo más tarde. Si hacía ciertas cosas sin cuestionarlas era porque tenía alguna memoria operativa, un fondo de remembranza. Por ejemplo, recordaba haber bebido, consumido drogas de prescripción —hipnóticos, una pastilla azul. Supe dónde me hallaba al despertar —mi oficina; mas resultaba extraño era estar allí pues asumía que despertaría en casa. Quizás era como esos personajes que sueñan que si cierran los ojos el mundo desaparecerá —o lo harán ellos. Quizás nada más me estaba volviendo demasiado viejo —bueno, lo estaba— y mi capacidad de fijar los eventos y sus circunstancias era más vulnerable al alcohol y las píldoras.

Por otro lado, ¿por qué era tan selectivo? ¿Qué truco jugaba?

Llegué a la reunión de médicos cinco minutos más tarde del horario planificado. Por el humo del cigarro de La Loca Estela ahora olía a anteayer. Mi aspecto era fatal pero cuando entré nadie pareció notarlo.

2

CASILLAS FUE RECUPERANDO ALGUNAS IDEAS Y MEMORIAS EN EL CAMINO que unía los pabellones con la sala de los médicos. A cada paso, su mente simulaba abrir una puerta de una biblioteca de incontables accesos, todos con su nombre. El pasillo del hospital era un ajedrez de mosaicos blancos y negros y paredes anchas pintadas una y otra vez mano sobre mano de color gris. Su longitud facilitaba encadenar recuerdos en el paso de un ala a otra.

Abría compartimentos de manera inconsciente, como si cada memoria estuviera tras un velo negro que, al descorrerse, dejaba ver una sorpresa a medias, un descubrimiento previsible. Por momentos, Casillas se quiso Sísifo, cargando sobre el lumbago una roca de ideas desconectadas. Jalaba extravíos desde Tanger, mojaba un recuerdo mínimo en el Mediterráneo para arrastrarlo por el pedregullo de Andalucía; para cuando las memorias ingresaban a Castilla, a su cabeza madrileña, ya eran una pelota de pegote, polvo y pelos. Jalar algunos recuerdos costaba más y en ese trasiego descubrió que, por novedosa, la memoria perdida tenía sabores.

Salada. Así fue la primera gran captura. El niño Casillas jugaba con un camión de madera y neumáticos de caucho. El caucho olía a goma mas sabía a sal. Movía el juguete por el cemento de la casa de la abuela, en Sevilla. En un momento, la imagen se desdoblaba y Casillas se veía pequeño, lamiendo las ruedas del camión y, de inmediato, observaba al niño y su lengua desde arriba, como un ánima o un dios.

Lo asaltaron una convicción y una sensación. Primero, la idea factible de que las pérdidas de memoria y sus recuperaciones fueran un juego circular en el que podría estar viviendo a diario, un ciclo interminable de olvidos y certezas. Luego, cuando se vio desde los cielos, en el rostro de aquel niño que fue había temor. No recordaba abuso de sus padres y la mayoría de sus reminiscencias hablaba de una infancia alegre corriendo por las calles de Córdoba.

El segundo recuerdo pertenecía al universo del hospital. Ocurría en el pasillo y era fugaz. Una enfermera jovencita y liviana, con el cabello castaño apenas sobre los hombros, caminaba a su encuentro. Al pasar a su lado, sonreía con picardía y le dedicaba una mirada intencionada que supuso, sin ninguna duda, lasciva. ¿Tendría algo con ella o estaría operando su deseo? La muchacha no llegaba a los treinta años pero, aun con lo poco que había retenido de la secuencia, Casillas se convenció de que sabía tres cosas sobre ella: sus carnes estaban en el sitio indicado y en abundancia, no tenía pudor en usar un escote donde un clavadista podría caer de cuerpo entero, y su caminata había dejado en el aire un persistente aroma a Burberry Touch.

Bien. Ya había acomodado algunas cosas: era andaluz o había vivido allí la infancia —por ende, era andaluz. Le gustaban los sabores mediterráneos; debía conocer Tanger, Ceuta y Melilla —o quería mucho visitarlas. Le gustaban las mujeres; las más jóvenes, con morbo. Podía reconocer un perfume preciso sin pensarlo, así que debía haberlo comprado, regalado u olfateado a una proximidad inmediata. Así comprobó que, además de sabor, las memorias podían portar fragancias.

Unos metros antes de la sala de médicos se abrieron más puertas y supo algo determinante: la pérdida de memoria era breve y reciente. (¿Acaso así era Memento, esa película?). Por otro lado, le resultaba previsible que fuera así: si hubiera olvidado todo por lapsos prolongados, sería incapaz de conducir el hospital y ya habría sido removido de su cargo.

Enumeró, también, posibles motivos para la molestia de Fernández. Porque tomaba demasiados barbitúricos desde hacía varios años. Porque no acababa de caer completamente enfermo y deseaba su puesto. Porque tenía celos. En parte, por rencor y odio, otro tanto por pena. Decidió que en la lista de probabilidades incluiría que tal vez Fernández le tuviera algún afecto y por eso ni lo denunciaba con las autoridades ni comprendía la entrega a la decadencia progresiva de un tipo inteligente —atributo que él mismo reconocía como propio.

Supo, con una misteriosa seguridad, que los recuerdos se iban y retornaban en el transcurso de un día, como si salieran a dar un paseo por la noche, liberados de su jaula racional, y se vieran en la necesidad impostergable de volver a casa, cansados, a gatas, por el Mediterráneo desde Ceuta, oliendo a Burberry, sabiendo a sal.

Cuando ya giraba la perilla del gabinete de juntas —en el vidrio esmerilado se leía «Sala de médicos» grabado con letras blancas— escuchó al otro lado una deliberación a viva voz que concluía en risas generales. Durante un instante, por un brusco golpe de paranoia, Casillas asumió que no era otro sino él ese indeseable objeto de burla de aquel alboroto festivo, que Fernández estaría parodiando el aspecto deprimente en que lo había hallado y que, frente a la imitación de su derrota, toda la compañía de médicos se precipitaría a un torrente de carcajadas, tomándose los estómagos y sosteniéndose unos a otros a medida que sus rodillas se doblaban de excitación.

Mojó los labios con la lengua, frunció el ceño y fijó la vista en el picaporte como si el gesto fuera a ordenar sus ideas y devolverle la entereza, pero lo único que vino fue una descarga de ansiedad. Un ejército de hormigas ascendió a toda velocidad por su cuerpo, cada patita portando un calor incandescente, y Casillas sintió cómo su rostro enrojecía como un semáforo y un sudor helado parecía nacerle en los huesos y atravesar toda la carne hasta perlarle la piel. En menos de cinco segundos tenía erizada la pelusa del cuello y el vello de los brazos.

Así debía ser el último instante de vida antes de ser arrollado por un camión sin frenos, pensó, pero igual desatendió cuanto su cuerpo comunicaba, estiró la mano y abrió. Toda risa acabó congelada en los labios abiertos y las voces enmudecieron en la sala apenas el director del hospital apareció bajo el marco de la puerta. Casillas contempló en aquellas estatuas una manifestación de su poder vigente —al fin de cuentas, el hombre aún intimidaba— pero, a la vez, como ejemplo de la pérdida progresiva de dominio —a sus espaldas, cuando él no miraba, su reino poseía vida autónoma.

—Scusate il ritardo —bromeó, y bromeó solo, pues nadie respondió.

Cuando quiso tomar mayor control del momento, el vacío incómodo que ocupaba el aire se deslizó a su cabeza y no pudo articular una sola palabra. Titubeó, farfulló un par de sonidos extraños y los médicos que un segundo antes no querían más que huir comenzaron a mirarse otra vez entre sí. Casillas sintió que perdía la compostura. Quiso decir algo más, luego intentó saludar, pero su cerebro enviaba las órdenes —pensó que enviaba una orden desde el cerebro—, la lengua no se enteraba del mandato y la boca seguía sellada.

El hormigueo que precedió su entrada a la sala de juntas regresó alojado en su brazo. Casillas restregó su mano derecha y cerró el puño una y otra vez para despertar unos músculos más entumecidos con cada latido. Intentó hablar una vez más y los labios se entreabrieron pero nada más para expulsar una exhalación. Le insumía más esfuerzo idear la idea que comunicarla.

La mano diestra ahora estaba húmeda y el director del hospital notó que había perdido toda fuerza en la siniestra. Sabía qué seguiría. Su cerebro ordenó:

«Otra vez: la idea, la idea es...».

En el segundo siguiente, Casillas bajó la vista para mirar sus manos, como si de ese modo, con el amo atento, las extremidades pudieran recuperar el respeto a la autoridad. Pero las manos se sacudieron descontroladas y antes de que pudiese reaccionar, pedir auxilio o escapar a la vergüenza, Casillas nada más alcanzó a ver cómo los mosaicos cenicientos se acercaban a su rostro a toda velocidad.

«La idea era...».

Se desvaneció de frente, las rodillas como picas contra el suelo.

3

(...)

Mis colegas gritan. Estoy dentro de una escafandra, floto en un aire acuático.

Soy Jacques Cousteau.

Glu-glu-glú. Miggen como nado.

Amigos, este es el fondo del océano y ahogga veggemos un pez con antenas luminiscentes que nada en la oscuggidad absoluta. ¡No tiene oggos! ¡Qué maggavilla, qué maggavilla!

(...)

Resulta que el pez, además, soy yo.

Un pez gordo. Pero no un pez gordo literario: literalmente, un pez gordo. Porque estoy hecho un cerdo. Soy el pez cerdo de Jacques Cousteau —el pez cerdo Jacques Cousteau.

Un pez cerdo encerrado en este cerebro que es una nadería, un todo oscuro.

Un agua negra.

Una fosa abisal.

Glu-glú.

(...)

Otra vez estoy desdoblado, joder. Cousteau afgancesado y yo este pez abisal:

Y fuegga de esta pecegga de vidggio invisible donde me enceggggé nadan estos médicos, llamados peces payasos. Cuando convegsan, abggen las boquitas como tiggando besitos y mueven las aletitas que salen de las mangas de sus delantales blancos.

Glu-glú.

(...)

Ahí está Fernández. Y González, el anestesista. Méndez, Moragas y Klotberg, los cirujanos. ¿Qué mierda hacen tres cirujanos en un psiquiátrico? Lobotomías, qué van a hacer. ¿Para qué, si los locos no hacen daño a nadie? Están la mayor parte del día empastados, haciendo ferrocarriles de babas, rompiéndose la crisma contra las paredes.

No tienen nada que decir, nada que hacer.

(...)

Me miran como si estuviera muerto, pero estoy vivo. ¡Vivo, joder!

Con esta escafandgga invisible nadie me escucha. Es un océano aéggeo de silencio. Si nado, vuelo... Hummm... Soy un pez ceggdo voladogg.

(...)

El anestesista es otro que no se justifica. A los locos les das tres pepas y están en las nubes de Valencia. La anestesia es cara, un agujero presupuestario. A González habría que despedirlo. Que se busque un hospicio o una clínica de minas.

¿Dije minas? ¿Por qué hablo argentino? ¿Y por qué sé que los argentinos dicen minas? ¿Qué otra mierda de jerga hablo yo, pelotudo? Ahí está: pelotudo.

(...)

Cousteau, hablar argentino... Qué ostias.

En algún momento podré ordenar... esto. Mi cabeza ahora es un cajón de oficina revuelto. Lápices, bolígrafos, una foto en pedazos, un dulce con pelusillas...

(...)

Me duele. La cabeza, digo. Palpita.

Si ggealmente tuviese una escafandgga, al menos no escuchaggía este gggiteggío. Los peces se escuchan bien en el agua pggofunda, peggo los humanos sentimos las voces como envasadas a la distancia. Hablamos con globos y nuestggas palabggas viajan envueltas en aigge. ¡Seggía tan diveggtido vegg esas palabggas de buggbujas!

Dicen tanta tontería, hay tanto blablerío. Payasadas. Besitos de pez payaso. Todos, hasta la otra media docena de médicos, boquean besuqueando el aire.

Chub-chub ellos y glub-glub yo.

(...)

No entienden que estoy despierto. ¡Eh, gilipollas, que estoy despierto!

¡Des-piegg-to, merde!

¿No lo saben? Idiotas, ven mis ojos abiertos pero creen que estoy inconsciente. ¡Son las píldoras, coño! ¡Las píldoras son mi escafandgga! ¡¿Para qué son médicos?!

Oh, no... Ahí está el tonto de Fernández con las paletas del electrochoque... Aquí viene otra vez.

(...)

Estas cosas provocan los barbitúricos. A mi edad, en línea recta a los setenta y el sobretodo de madera, pastillas y whisky es de idiotas.

(...)

¡Flashback! ¡Flashback!

Recordé esta frase: «No vivas mi pasado». Y, como si corriese un velo —como si corriese un velo, qué cliché—, sé cuándo fue la última vez que la escuché.

Fue así:

Entraba a Madrid por la M30 volando en el C3.

Me encanta la velocidad. En carretera, sobre todo. Si no tengo tránsito, mi plan: uno, bajo las ventanillas; dos, acelero a fondo; tres, deténganme o dispárenme.

No temo ni a los policías escondidos. Si hay, al diablo. Infracción, pago: ya. Un director de hospital no gana muy bien, y menos en un psiquiátrico, pero yo soy un caso particular. Por mi presente y por mi historia. Por el pasado.

«Pasado».

Esto del pasado provoca una digresión. Tantas veces he dicho la palabra y, sin embargo, cuando la escucho, me puede el sarcasmo. Es un movimiento doble: me tienta y me hastía. Río y me molesto. El «pasado», puesto en mi boca o en la ajena, me deja rojo de risa como un piquillo y me deja rojo de ira como otro piquillo.

Me cago en el pasado, entonces.

Todo esto sucede desde que mi padre murió a centímetros de mis ojos. Un asquete, una porquería.

Moribundo, yaciente en su camastro viejo en Segovia, papá aferró mi brazo con fuerza. Cuando me tuvo a un palmo, el viejo abrió la boca: hedía. Los muertos huelen con anticipación. La muerte los precede y por lo general llega con aroma a harina mojada. Anuncia a quién se llevará por el olfato y por la vista —ese tono gris y verduzco y esa piel vacía. La muerte no viene por nadie ni presencia nada. No es cierto que La Parca espera de pie vestida de negro, con la guadaña como bastón. Que llama al yaciente y que éste le obedece. Patrañas: La Parca está dentro nuestro.

Algunos la tienen en los huesos, otros en la lengua, en el cerebro. Hay quien la lleva en la espalda y el pecho y, qué mala imagen, en los ojos. Cuando llega el turno, brota por los poros, la boca, el culo, todos los orificios.

La de mi padre fue una muerte anal. El día indicado, La Parca se desperezó, se bañó en porquería y se escurrió por el colon y los intestinos de mi padre hasta aparcar en sus pulmones; de allí salió como latigazo cuando el viejo abrió la boca.

Así hayas crecido en una sacristía y tu vida sea un canto a la santidad, tus últimas palabras olerán, así que en vez de rogar por un sitio al lado del dios, ruega por algo práctico. Por ejemplo, que tus últimas palabras no sean fétidas.

Las de mi padre fueron un excusado: «No vivas mi pasado», dijo.

Dejó el vómito pútrido frente a mi nariz, cerró los ojos, aflojó los dedos.

Lo odié. Entonces, antes y después. Todos odiamos a nuestros padres con alguna atemporalidad pero en mi caso fue así siempre. Y lo execré sobre todo en ese momento.

Yo había terminado recién la carrera de Medicina y fui a Segovia en su hora última. Verlo sucumbir fue un tratado de histología completo. Aun hoy podría recitar de memoria la sucesión de músculos que desaparecían de noche y de día.

Mi padre tenía cáncer, pero no me importó entonces ni me importa ahora, excepto por las consecuencias del acto final. El viejo se las arregló para que no lo olvide: me acercó a su rostro y me habló directo a la boca. La exhalación nauseabunda me entró por la tráquea.

El muy hijo de putas me metió la muerte en el cuerpo. Pidió que no repitiese su historia —o eso creo— pero me jodió en ese y en todos los pasados vividos.

Ahora, todo lo que sucedió después... Lo que ha pasado tras su muerte, no es su culpa, lo sé bien. La responsabilidad es mía, pero aquella fecundación mortuoria durante la extremaunción me ha funcionado como la excusa perfecta año sí y año no.

Pongámoslo así: fue por La Parca que hice cuanto hice. Ella me empujó desde dentro. Buena parte de mi vida es el Thanatos expresado. Fue así en México y en Caracas —no hablaré mucho de Caracas. Y en Bogotá. Y en Lima, y en Santiago —no hablaré mucho de Santiago— y en Buenos Aires. En todos esos viajes, en cada estadía. Y ahora, aquí, en Madrid. El lugar donde elegí morir.

«¿El lugar donde elegí morir?». ¿Por qué dije eso?

La carrera por la M30 duró cinco kilómetros dentro de la ciudad. Se entiende: domingo, invierno, poca circulación. Ni los policías querían detenerme. Se les congelarían las manos sólo por golpearme el vidrio para informar la infracción.

Vos también —¿he dicho vos, a quién le hablo?— estabas helada. Comprensible. Mis locuras no eran las tuyas, pero era mi auto y eran mis reglas. Y si no querías sufrir por las ventanillas abiertas, cariño, podrías haberte quedado a pasar la noche en Segovia. Si tenías catarro o neumonía... Nada, todos somos adultos. Sabemos lo que decidimos. Viniste: mis reglas.

Bajamos con el auto cerca del Paseo de la Virgen del Puerto y el GPS avisó que Cuesta de San Vicente estaba despejada. Quería mostrarte los Jardines de Sabatini desde el paseo, desde Bailén. Y luego quería que vieras cuán café se volvía Campo del Moro cuando arreciaba el invierno como esa tarde.

Pero no querías saber nada de nada, ¿ah? Estabas molesta por el viento helado que entraba por las ventanas y por antes. No me lo dijiste, pero sé cuando echo pestes. No dormiste bien, te sentí incómoda toda la noche. Fuiste al baño varias veces. Cistitis, decías tú. El frío, digo yo.

Para cuando tomé por Cuesta de San Vicente ya íbamos a los gritos. Yo queriendo Sabatini; tú, la casa. (¿Cuál casa?). Yo pidiendo más frío en el rostro, más cuchilladas en los pulmones; tú clamando por calefacción y un té de jazmín con miel y limón.

Retuviste el volante cuando quise doblar para Bailén, y ahí perdimos todo. La dirección, la cabeza, el sentido. El auto se mantuvo recto y enfiló hacia la Plaza de España por unos metros hasta que le pegó a un taxi por detrás. Ahí giró, el coche que venía detrás nos dio de frente, volvimos a girar. Una, dos, tres, dos mil vueltas. Un tiovivo interminable.

El Mercedes se detuvo sobre la acera, a más de trescientos metros de donde comenzó el derrape. Ya no era mi auto nuevo: un humo negro y agrio salía por el capó, doblado como un papel, y la bocina había quedado bloqueada en un bochinche irritante. Yo tenía la cara dolorida por el golpe del airbag y sentía el pecho caliente por el tirón del cinturón. Ni sé cómo estabas vos —¿otra vez dije vos?—. Cuando miré, no estabas a mi lado sino caída en la acera.

Quizás golpeamos muy duro, quizás tu cinturón no funcionó o quizás tú misma abriste la puerta y bajaste. Como sea, estabas asustada e hiperventilaste. Algo debió golpearte porque salía sangre de tu boca.

Mucha sangre. Demasiada.

Soy médico: sé que era una hemorragia.

Soy médico: era cuestión de tiempo para ti.

En ese momento, la vi, lo juro, y cumplí con el estereotipo: La Parca estaba ahí, de pie, junto a ti, postal conocida. No, no estaba dentro de mi pecho. No, no estaba en el tuyo: estaba a la vista. ¿Sentirla incorporada a mi cuerpo por el beso del aliento de mi padre fue una fantasía? Quién sabe, qué importa.

Importa haberla visto de pie junto a ti como la vi. E importa que ella me vio a mí. Su mano y el dedo índice huesudo señalaban adelante, y la seguí con la mirada: te señalaban a ti. Y yo supe que esa indicación era una demanda: te quería. Más: te exigía. Y me lo ordenaba a mí.

No debí hacer mucho. Un par de personas habían llegado a la carrera y estaban socorriendo al taxista, que tuvo peor suerte porque su auto se reventó de frente con un Seat Ibiza. Aun no se escuchaba ninguna sirena de paramédicos o de la policía, así que disponía de algún tiempo.

Nadie vio cómo tomé con delicadeza tu nuca y con idéntica delicadeza —mas indescriptible fuerza y precisión— te torcí el cuello. Sólo La Parca, pero ella no cuenta. Tampoco mi padre, que ha de haber estado mirando, pues sus palabras me asaltaron en el preciso instante en que sentí el «clac» de las vértebras:

«No vivas mi pasado». «No vivas mi pasado».

4

ATAMOS LA MEMORIA CON HEBRAS FRÁGILES Y JALAMOS DE SUS EXTREMOS cuando pescamos en el olvido. Pasamos de las leves babas de una telaraña que tratamos con mano suave a sedas de gusanos, hilos de coser, tirantillos de algodón, cuerdas de chorizo y, ya más sólidos, tientos de todo grosor, jarcias de amarre.

La memoria nos juega a las escondidas. Mis recuerdos merodean lugares oscuros, poseen formas y comportamientos que identifico. Cuando no me acosan, los violento. Unos me miran asomando la cabeza tras las medianeras. A otros los tomo yo por sorpresa, tirándoles de los tobillos o la cola cuando se meten bajo la cama o una mesa.

Mis recuerdos son niños y animales, ¿saben? No importa si refieren a filosofía, un olivar andaluz o las vidrieras de Zara en la Gran Vía. Niños y animales.

¿Por qué? Porque construí esas imágenes de pequeño. Si los crease ahora, serían... ¿qué? ¿Quién sabe?

Los recuerdos humanos tienen siete u ocho años de edad, el pelo cortado al ras, botines pesados, calcetines azules y pantaloncitos cortos grises. Con tiradores. Mis recuerdos niños son rubiecitos y flacos. Usan camiseta a rayas horizontales azules, rojas y amarillas. La camiseta está sucia con tierra y caramelo. El recuerdo está siempre a punto de comerse los mocos que le cuelgan de la nariz. La frontera de su cara son dos cachetes rosados. La cara siempre está mugrienta. Mi recuerdo no habla. Me hace señas.

Se deja arrastrar. A veces lo tomo por la pierna y jalo sin esfuerzo; rara vez se resiste. Se pone de pie, me mira sin decir palabra, juega con los mocos a la espera de que haga algo con él, pero yo nada más contemplo. Es raro dialogar con una abstracción.

Es más sencillo cuando el recuerdo son animales. Se parecen a una zarigüeya asustada, fácil de cazar. Ese tipo de recuerdos no se defiende: tomo a la bestia por la cola, y la bestia se entrega. Y tiembla. Mis sueños zarigüeya son frágiles como cristal.

Para llegar a ellos tengo que empezar a jalar de las cintas. Una por una, en orden de consistencia. Telarañas. Sedas. Hilos de coser, cordeles de algodón, correas de yute.

Una vez conmigo, acaricio al niño y a la zarigüeya. Quiero que me digan algo.

¿Por qué le estoy contando esto a la junta de médicos?

Fernández sacó a Casillas de la sala a empujones y lo acorraló en un extremo del pasillo. El director del hospital se resistió como gato loco y más de una vez estuvo a punto de regresar a la junta entre risas de demonio y gritos de salvaje. Recién volvió la calma cuando el anestesista y un cirujano, con ayuda de Fernández, le inyectaron un tranquilizante.

(¿Qué me puso ahora? ¿Fernández me da las píldoras por la noche? Estoy mareado, otra vez nauseas. Este tiovivo... Quiero vomitar pero no tengo nada en el estómago. ¿Por qué no tengo hambre, o sed?).

Fernández pidió privacidad y, cuando todos se fueron, se acercó a Casillas, sentado contra la pared, para reconvenirlo con el índice frente a su rostro como a un niño caprichoso.

—No vuelva a hacer eso. No.

Aunque enfático, el médico fue también controlado porque, aun en sus estados recurrentes de debilidad, Casillas imponía su parada. No era muy alto pero el torso amplio y la barriga elaborada engrandecían el porte. Tenía manos de dueño de taller mecánico y la voz con kilos de quien se sabe propietario de todo.

—Soy el director del hospital —respondió, sin levantar el tono—. Usted a mí no me habla así.

Fernández amagó una excusa y bajó la voz.

—¿Por qué volvió? ¿Quiere que nos descubran, que todo se termine aquí? Estuvo toda la noche drogado, ¿para qué entró al hospital? Debiera quedarse en su casa.

Casillas se restregó el brazo adolorido por la inyección y se acomodó la ropa con torpeza. No tuvo fuerzas para ponerse de pie. El calmante empezaba a hacer efecto.

—Fernández, no sé de qué me habla. ¿Descubrir qué, quién? Usted no debiera... Soy... Uf, creo que voy a desmayarme otra vez.

Se deslizó hacia abajo. Fernández lo detuvo por los hombros antes de que su cabeza golpease la loza. Los ojos de Casillas comenzaron a girar sin punto fijo; el médico joven le cacheteó las mejillas para mantenerlo lúcido.

—Aquí, aquí, no se vaya, aquí —lo convocó—. Dígame... ¿dónde está la caja?

Casillas levantó un párpado. El rostro descompuesto como si los pómulos, las bolsas y los párpados de los ojos y los labios fueran de cera caliente. No podía centrar la mirada y la lengua chocaba contra los dientes cada vez que intentaba comunicarse.

—Hijo... no sé de qué... está... hablando.

Volvió a resbalarse, el cuerpo convertido en una masa gelatinosa que Fernández apenas podía sostener.

—La caja con sus escritos, Casillas. La que trajo de México. La que tiene sus notas de Sudamérica. ¿Está en su oficina o la tiene La Loca Estela?

—Estela —balbuceó— ...Charo... Un regalo de papel rojo... La enfermera, ¿cuál es el nombre?... Mi Mercedes Benz... Muerte en los pulmones... «No vivas mi pasado». Ufff.

—Casillas...

Cayó.

Fernández desnudó y acostó al jefe y una enfermera quitó sus zapatos. Mientras el cuerpo se iba rápido al fondo del sueño, Casillas intentaba ver a través de la leche espesa de la duermevela que cubría sus ojos. Distinguía dos masas blancas informes moviéndose de prisa pero quiso decir algo y no pudo mover los labios, blandos como trapos húmedos. Seguía sintiendo la lengua como una frazada pesada y tenía mucha sed.

De repente, una de las dos masas blancas frente a él desapareció y sintió el cuerpo restante, breve, que intuyó femenino, acercándole calor. Un beso maternal tocó su frente. Eran labios que supuso jóvenes y en la proximidad pudo sentir la piel bañada de un perfume que reconoció. Era Burberry Touch pero no podía determinar quién lo portaba. ¿Acaso Charo? ¿Tal vez la enfermera bonita del pasillo? Intentó abrir los ojos pero los párpados no respondieron. Lo último que escuchó fue el ruido de un papel desgarrándose; lo último que vio fue el cuerpo blanco perfumado otra vez cerca suyo, tironeando algo rojo.

—¿Doctor Casillas?

Era la voz de la enfermera del pasillo.

—¿Doctor Casillas?

—Estoy bien —reaccionó.

Intentó ponerse de pie pero un mareo intenso lo tumbó otra vez. No reconocía el lugar. No era la sala de médicos, ciertamente.

—Lo siento —el tono de voz de la chica era entre respetuoso y temeroso—, sé que no debemos ocuparla, pero sólo estaba libre esta cama y estando usted inconsciente...

El lugar se reveló en un golpe: estaba en una habitación de chiflados, la veinte-doce, desnudo. El lugar servía a cualquier propósito menos al descanso, y a menudo Casillas la empleaba para encerrar, drogados hasta el delirio, a los enfermos más beligerantes.

La pieza era gris y la contextura brillosa del látex sugería que cada pared había sido impermeabilizada una y otra vez, como si alguien desease cubrir con insistencia lo que allí estaba escrito —historias, pasados. Los pies se apoyaban sobre un alisado de cemento. Tenía por puerta un latón grueso repleto de abolladuras y rayones. Un tenue haz de luz ingresaba por una ventanilla enrejada ubicada muy cerca del techo. El resto de la iluminación, que era igual de tímida, dependía de una lámpara que caía del cielorraso elevado. Había un camastro, una silla que en ese momento ocupaba la enfermera y una mesa de latón. La cama era tan firme que resultaba preferible dormir en la silla; la mesa siempre estuvo helada. Sobre ella Casillas distinguió un pequeño paquete envuelto en papel para regalos.

—¿Dónde están los médicos? —se incorporó con algún esfuerzo—. La reunión...

—El doctor Fernández lo reemplazó —respondió la chica, acercándose para ayudarlo.

El doctor Fernández. ¿Qué otra cosa esperaba? ¿Acaso no era ése su plan?

—Fernández es un niño. No puede dirigir esto. No ahora. Ayúdeme.

La chica trató de convencerlo de que se acostase pero Casillas la reconvino con gritos de capataz de campo. Las explicaciones y las órdenes eran su potestad, protestó, y no necesitaba darle las primeras sino que obedeciese las últimas.

—Deme mi ropa y acompáñeme hasta la puerta. Luego seguiré solo.

La chica obedecería, pero antes solicitó un segundo, fue hasta la mesa y tomó el envoltorio. De inmediato volvió a la cama y acercó la camisa y el pantalón al médico, que los recibió de pie. Luego, como si fuese parte de un rito, se detuvo ante Casillas y extendió el paquete con ambas manos, a modo de ofrenda. El papel del envoltorio tenía un fondo rojo recortado por infinitos rombos amarillos.

—Es para usted —dijo, dio media vuelta y se fue.

El tono era rencoroso, pero cuando Casillas quiso dar un paso para reclamar que no lo dejase solo, cayó de espaldas otra vez en la cama dura.

Despertó, todavía de día, con restos del envoltorio escarlata a su lado, rozándole los dedos de la mano. Se incorporó con trabajo, atontado, y encontró un libro que sobresalía del papel desgarrado: Timbuktu. Abrió vacilante e intrigado; en las primeras páginas encontró una dedicatoria: «Siempre estaré para ti». La frase no llevaba firma pero estaba seguro de que la letra manuscrita era suya.

¿Qué era todo aquello? El libro de Auster emergiendo del papel y, antes, el accidente del Mercedes, la mujer con perfume de Burberry. Se presentaron en su memoria los peces de antenas fosforescentes y Jacques Cousteau. ¿Estarían sus hilos de coser recuperando fragmentos hundidos en la ciega fosa abisal de su mente?

Aún no estaba preparado para ciertas revelaciones. Tampoco para saber que, así no lo deseara, serían inmediatas e insufribles.

5

LLEGÓ A LA PUERTA DE NEGRO: FALDA, CAMISA, SUÉTER, ZAPATOS. QUIZÁS era una metáfora o quizás era ella. No aparentaba tener las carnes demacradas y las arrugas de su rostro eran pinceladas suaves. La mujer podía ser un elegante óleo de colección. Su nombre era Charo.

Eso sí: una guerra de nervios le había abatido la sonrisa y tenía aun más cansancio en la mirada. Los ojos, negros y almendrados, estaban desprovistos de voluntad. Todo eso se notó en la voz:

—Vengo a internarme —dijo.

La frase salió como una brisa pero el tono denunciaba decisión y contrarió al guardia del psiquiátrico, que desde ese momento decidió que la mujer estaba loca, no la clase de chiflado de hospital sino uno cotidiano, alguien exasperado por una neurosis 24/. Se lo dijo.

—¿Estás loca, tía? Que cómo que te quieres internar, si tú no tienes nada, vamos.

Ella insistió y el vigilante, sin ánimo para una discusión, tomó decisión administrativa y pasó el problema a los dueños del baile. Llamó a la central que lo puso en contacto con la sala de médicos. Que había una mujer vestida con buen gusto que pedía ingreso. Que no tenía órdenes de nada, que no sabía qué hacer en casos así, que no, que no parecía loca, pero que sí había de estar de remate si quería meterse allí. Y que nada, que resolvieran el entuerto, coño, que a él sólo le pagaban para estar en ese cubículo de mierda vestido de azul Francia.

Unos minutos después un médico asomó por una ventana del tercer nivel. Charo lo vio con un solo golpe de ojos y su rostro se amargó más y esa tristeza pareció deslizársele hasta los huesos. Casillas, el médico en las alturas, tenía menos pelo y lo que quedaba estaba más canoso, pero aunque se veía más abultado, todavía mantenía el cuerpo vertical.

El guardia siguió los ojos de la mujer hasta dar también él con la figura curiosa. Entonces, desde los cielos, el jefe hizo una seña. La mujer entró.

Charo es Rosario. Nació en Buenos Aires en una época en que no había dolor. Creció en una casona antigua de Caballito con una glorieta cubierta de madreselvas donde la niña antes y la muchacha después se ponían a cubierto de calores y temporales con un libro sobre las faldas.

La casa y barrio de Rosario olían a Expósito y a Salgán, y la mujer guardó en su memoria emotiva el ruido de las púas y la cálida manera en que las voces pastosas de los discos lamían los oídos. Rosario creció alta y sobria, como podría haber sido Margó, la que ha llorado tanto.

Rosario no siempre fue Charo. Se volvió ella cuando conoció a Casillas en un congreso médico. Trabajaba de traductora donde el médico, que era panelista, le puso el ojo a sus piernas. A ella le gustaron la mirada briosa y la firmeza de ideas y de gestos. Casillas, nunca un hombre atractivo, poseía la sensualidad brutal que proviene de los aromas, y terminó por revolotear las feromonas de la argentina en la oscura frescura de un pasillo de maestranza del Hotel Sheraton.

Rosario colgó su ciudad en una pena y Barajas la recibió ya vuelta Charo. Tomó notas de sus primeras ideas breves y se convirtió en la escriba oficial de Casillas. Tradujo del francés y el inglés libros de medicina, entomología y a Auster. Casillas gustaba de Shakespeare, a quien tenía poco y muy mal leído, pero se dejó enamorar. En medio aceptaba poco más. El bardo inglés estaba con él desde que una maestra se lo echó a las manos y se quedó allí porque contaba a la humanidad como siempre fue; del americano agradecía la prosa; era un gusto adquirido, definitivamente inducido por la argentina.

Charo y Casillas tuvieron el amor y su añoranza. Risas, comidas, bebidas, cigarros. Las pieles húmedas. Los problemas comenzaron al tercer o cuarto año juntos. El médico se volvió reacio y distante cuando no agresividad viva. Ella tampoco era una borrega mansa. Casillas descubrió su lado bronco cuando la punta de un cuchillo volador aterrizó en el empeine de su pie izquierdo a modo de última palabra en una pelea doméstica.

Entre ambos hicieron pedazos un par de casas en Madrid y México, adonde vivieron por un corto tiempo entre Monterrey y la capital. No corrió sangre en las separaciones de Buenos Aires. En Santiago, donde solían pasar algunos días por seminarios, el escándalo asustó a los carabineros, mas nadie levantó cargos.

Cuando Casillas gastaba las calles de Bogotá durante un congreso de psiquiatras, Charo armó las maletas y abandonó la casa mutua. Creyó que esa vez sería para siempre. El médico era insistente y controlador y parecía tener medios, de modo que tres días después de regresar de Colombia ya había averiguado el refugio de la mujer. En las tres fugas anteriores —una en México, otra en Argentina y una más en Chile— ella regresó por sí misma, enferma de resignación. Cuando el escape bogotano había decidido la separación definitiva, pero una amiga delató su paradero. Charo paraba en casa de una pareja gay, antiguos compañeros de universidad, adonde Casillas llegó una tarde de lluvia. Tiempo después, la amiga escribiría a Charo para confesarle la doble deshonra, por develar su paradero y por acostarse con su hombre mientras ella permanecía desaparecida.

El desengaño de Charo podría haber sido cantado por Paquita La de Utrera pero la mujer no tuvo tiempo ni ánimo para mucho: la amiga desapareció de su vida sin dejar pistas y ella decidió tragar hiel y quemar esas páginas de su memoria. El olvido, decidido o involuntario, fue siempre el tercer miembro de la pareja. Consiguió arrancar a Casillas que la dejase permanecer en casa de sus amigos un invierno más pero cada mes el médico se haría presente por teléfono, enviándole decenas de cartas y cien ramos de tulipanes. Hizo guardias día y noche frente a su refugio y desde esa calle clamó a voz en cuello perdones, clemencias y gracias. Charo jamás fue indulgente hasta que un atardecer accedió a la súplica babosa del médico, y apretó el intercom.

La convicción de Casillas había quebrado su resistencia pero las cosas no cambiarían demasiado. La mujer volvió a la antigua casa compartida —era la morada de su infancia— mientras Casillas entraba y salía de viajes y reuniones en la ciudad y el extranjero. El hombre no volvió a sentarse a la mesa a hablar del pasado. Vivía en un mundo personalísimo, cada vez más ensimismado, convencido de que el perdón era un merecimiento y que violencias, engaños y penumbras debían convertirse pronto, por decisión propia o ajena, en recuerdos tan volátiles como su decena de memorias extraviadas. Negaciones necesarias, polvo sobre un aparador y un soplido que se basta para dispersar la mugre.

Las ausencias frecuentes del médico consolidaron el menoscabo. Charo ya no tenía fuerzas para mucho y languideció hasta el desmoronamiento. Emergía de las nubes babosas del dopaje nada más para encontrarse con la sonrisa agria del médico que la devolvía a la turbiedad química. Las píldoras, que nunca habían escaseado en esa casa, se hicieron cotidianas y, a la vez, muy abundantes. Antidepresivos, calmantes, estimulantes. Luego vino, whisky, vodka. La comida se limitó al mínimo para sobrevivir. Charo se ajó.

La última vez que escapó, armada de los restos de su humanidad, Casillas estaba en un congreso en Lima y ella logró ocultarse por cinco meses en un campo de la provincia de Córdoba, propiedad de un familiar distante. El rastreo de Casillas fue incesante pero infructuoso: esa vez no la halló. Perdió pronto la pista en Buenos Aires, mucho antes de llegar a las sierras mediterráneas. Como inútil por resultados, la pesquisa fue innecesaria por definición: Casillas también parecía haberse declarado vencido y, al poco tiempo, fijó rumbo hacia España.

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