La Voz Apacible de Dios: Como escuchar a Dios y tener agallas para Responder

La Voz Apacible de Dios: Como escuchar a Dios y tener agallas para Responder

by Bill Hybels

Paperback(Spanish-language Edition)

$12.99

Product Details

ISBN-13: 9780829755596
Publisher: Vida
Publication date: 08/12/2010
Edition description: Spanish-language Edition
Pages: 240
Product dimensions: 6.00(w) x 8.90(h) x 0.90(d)
Age Range: 18 Years

About the Author

Bill Hybels es el fundador y pastor principal de la Iglesia Comunitaria de Willow Creek en South Barrington, Illinois, y presidente de la junta de la Asociación Willow Creek. Es autor de más de veinte libros exitosos, entre los que se encuentran Leadership Axioms, Divina insatisfacción, Simplemente acércate a ellos, The Volunteer Revolution, Liderazgo audaz, y clásicos como Too Busy Not to Pray y Becoming a Contagious Christian. Bill Hybels es reconocido mundialmente por capacitar a líderes cristianos en cursos de entrenamiento que buscan transformar a los individuos y sus comunidades mediante la iglesia local. Posee un título en Estudios Bíblicos y un doctorado honorario de Estudios Teológicos de Trinity College de Deerfield, Illinois. Él y su esposa, Lynne, tienen dos hijos adultos y un nieto.

Read an Excerpt

LA APACIBLE Y PODEROSA VOZ DE DIOS

CÓMO ESCUCHAR A DIOS Y TENER AGALLAS PARA RESPONDER.
By BILL HYBELS

ZONDERVAN

Copyright © 2010 Bill Hybels
All right reserved.

ISBN: 978-0-8297-5559-6


Chapter One

EL OÍDO DE SAMUEL

Me crié en una familia cristiana y asistí a una escuela cristiana de niño, lo que evidentemente tiene tanto ventajas como desventajas. Ahora que tengo una apreciación adulta de la sólida educación espiritual que recibí, valoro más uno de los aspectos positivos: Todos los días, antes del recreo, me sentaba con mis compañeros de clase para escuchar una breve historia de la Biblia que nos leía nuestra maestra. Mientras más atendíamos, más rápido ella leía; y mientras más rápido leía, más pronto podíamos salir al campo de béisbol. Con esa motivación, era todo oídos durante todo el día.

Uno de aquellos días, cuando estaba en segundo grado en una escuela de Kalamazoo, en el estado de Michigan, mi maestra leyó la historia acerca de Elí -un trabajador anciano del templo- y un joven llamado Samuel, al que Elí cuidaba y educaba. Según esta historia, una noche después de acostarse Samuel creyó escuchar que Elí lo llamaba. Se levantó, acudió corriendo a donde descansaba Elí y le dijo:

-Aquí estoy. ¿Para qué me llamó usted?

Elí miró al joven Samuel. El anciano frunció el ceño, confundido. -Yo no te he llamado -respondió Elí-. Vuelve a acostarte. Samuel, por supuesto, obedeció. Sin embargo, un poco más tarde, volvió a escuchar su nombre.

-Samuel! -oyó que la voz lo llamaba. Samuel se levantó, corrió hacia donde estaba Elí y le dijo: -Aquí estoy, ¿me llamó usted? Elí le dijo de nuevo al muchacho que él no lo había llamado. Y Samuel volvió una vez más a su cama.

A la tercera ocasión, el anciano al fin se dio cuenta de lo que sucedía. -Samuel, quizás Dios tiene un mensaje para ti -le explicó Elí-. Ve y acuéstate. Si alguien vuelve a llamarte, dile: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».

El texto bíblico dice que Samuel se fue y se acostó en su cama, y poco después oyó que mencionaban su nombre de nuevo.

-Samuel! Samuel! -lo llamó el Señor.

-Habla, que tu siervo escucha -respondió Samuel sin demora.

El mensaje que el Señor le comunicó al joven Samuel fue una promesa profética que afectaría de forma radical a toda una nación. No obstante, sentado en mi banco de madera de la escuela, el contenido de aquel mensaje no fue lo que me llamó la atención. Lo más impactante fue que el contenido del mensaje se transmitió por los oídos y labios de un pequeño niño.

La campana que daba comienzo al recreo sonó, la señorita Van Solen se levantó y mis compañeros salieron corriendo por la única puerta del salón. Yo solía ser el primero en llegar al campo a fin de elegir los equipos, designar quiénes jugarían en cada puesto y organizar en general el deporte del día. No fue así en aquella ocasión. Me quedé pegado a mi asiento. La historia que leyó la maestra me había dejado apabullado, y no entendía bien por qué.

Cuando quedé a solas en el salón con la señorita Van Solen, me incorporé y con las manos hundidas en los bolsillos me acerqué a mi maestra.

-¿Qué quieres, Billy? -preguntó, tal vez temiendo lo peor, dado que era la hora del recreo y yo todavía no había salido.

-Señorita Van Solen -dije mientras la voz se me entrecortaba-, ¿Dios todavía les habla a los niños?

Ella sonrió y se le escapó un suspiro de alivio. Apoyó ambas manos sobre mis pequeños hombros y me miró directo a los ojos.

-, Billy -declaró-. Estoy segura de que lo hace. Y si aprendes a guardar silencio y prestas atención, incluso te hablará a ti. Estoy segura de eso.

Sentí un gran alivio al considerar por primera vez en mis siete años de vida que tal vez el cristianismo era algo más que un montón de normas antiguas, credos y conductas caprichosas. Tal vez Dios hablaba de veras. Quizás me hablara a mí.

Satisfecho con su respuesta, me volví para salir a las canchas de béisbol.

-Billy, espera, tengo algo para ti -me llamó la señorita Van Solen mientras me retiraba. Hurgó en el primer cajón de su escritorio-. Por alguna razón guardé este poema aquí, pero quisiera dártelo ahora. Quizás te ayude, en vista de lo que conversamos hoy.

Ella colocó una hoja doblada en la palma de mi mano y me despidió con una leve inclinación de cabeza.

* * *

A quella noche, mientras me ponía el pijama, no podía alejar de mi mente la idea de que tal vez Dios me hablara algún día. Busqué en los bolsillos de mis pantalones del uniforme y saqué el papel que me había dado la señorita Van Solen. Abrí la hoja arrugada y la estiré, descubriendo un poema acerca de tener los oídos de Samuel para escuchar a Dios todos los días. Leí y releí el poema. Volví a leerlo una tercera vez. Se me ocurrió pensar que lo podría memorizar. Y lo hice.

Al día siguiente, justo antes del recreo, la señorita Van Solen leyó una historia bíblica que no representó nada para mí. Fingí prestar atención sabiendo que así podríamos salir antes a jugar béisbol, y cuando sonó la tan ansiada campana, salté de mi banco y me abalancé a la puerta del salón.

-Sin tanto apuro, Billy -sonó la cantarina voz de la señorita Van Solen mientras sentía que me tomaba por el cuello de la camisa, entretanto mis amigos pasaban a mi lado y se dirigían al recreo-. ¿Qué pensaste del poema que te di?

-Me gustó mucho -respondí.

-¿Quieres decir que lo leíste? -preguntó.

-Me lo aprendí de memoria -dije muy serio encogiéndome de hombros.

-¿En verdad? -comentó estupefacta.

-Sí, así es -repliqué.

Pensó que estaba fanfarroneando y me preguntó:

-¿Podrías recitarlo?

Acepté el desafío.

-Dame el oído de Samuel -comencé a recitar-, un oído abierto, Señor, atento y pronto para escuchar cada susurro de tu palabra; que como él responda a tu llamado y te obedezca primero a ti.

Al terminar de recitar el poema, pensé que la señorita Van Solen casi se desmayaba. Mientras una sonrisa orgullosa se dibujaba en su rostro, sentí de nuevo que apoyaba sus manos sobre mi frágil figura:

-Continúa esperando oír la voz de Dios, Billy -dijo-, y créeme que él usará tu vida de una manera muy especial.

* * *

Después de esa experiencia, me esforcé por escuchar la voz apacible de Dios. No lo hice lo suficiente bien ni con la debida frecuencia, pero a medida que transcurría mi joven vida y enfrentaba las decisiones comunes a todos los varones adolescentes, a veces recordaba los cadenciosos versos.

Dame el oído de Samuel, un oído abierto, Señor, atento y pronto para escuchar cada susurro de tu palabra; que como él responda a tu llamado y te obedezca primero a ti.

Cada vez que esta súplica para tener oídos como los de Samuel cruzaba por mi mente, era como si oyera la voz de Dios alentándome ... al menos hasta el punto en que entendía a «Dios» en aquella época. Ante una encrucijada o un dilema, sentía que él me decía: «Billy, cuentas con mi apoyo! Obra con ética; nunca lo lamentarás». No debería sorprenderme que el camino de Dios sea siempre el mejor. Sin embargo, cada vez que me decido por el camino más ético y me siento tan bien por andar en ese camino, levanto la vista al cielo y sacudo la cabeza: «Dios, otra vez tenías razón!».

A medida que me conformaba a mi versión de la adolescencia, crecía en mí un deseo insaciable de aventura. Mi padre había discernido un carácter aventurero en mí desde una edad muy temprana y sabía que si él no hacía algo para canalizar esa energía en una dirección positiva, acabaría arruinándome la vida. Antes de cumplir los diez años, me puso en un tren y me envió solo a Aspen, en el estado de Colorado. Era evidente que deseaba que aprendiera a esquiar, algo que quizás habría logrado si él hubiera estado presente para enseñarme. No obstante, el verdadero propósito, como me di cuenta con el tiempo, era que aprendiera a navegar por el ancho mundo en que vivía. Y vaya si aprendería a viajar por este mundo.

Cuando tenía dieciséis años, mi excéntrico padre llegó un día a casa del trabajo y me anunció: «Billy, en mi opinión, deberías conocer más mundo». Estábamos en medio del año lectivo, una realidad que estoy seguro se reflejó en mi expresión atónita. Al ver la expresión en mi rostro, mi padre agregó con una sonrisa: «Por supuesto, no podemos permitir que la escuela interfiera con tu educación».

No podíamos permitirlo, sin duda.

A la semana siguiente, me encontraba en un avión rumbo a Europa. Durante ocho semanas seguidas -de nuevo solo-anduve por los países escandinavos y el Oriente Medio antes de ir a Nairobi, en Kenia.

Como no sabía qué hacer cuando llegué a Nairobi, decidí salir a caminar. No habían pasado más de cinco minutos cuando lamenté profunda y desesperadamente esa decisión. Tomé por un concurrido camino de tierra, y al girar en la primera esquina, me encontré cara a cara con un grado de sufrimiento humano que desconocía por completo. La calle se extendía y mi mirada se posaba en cientos y cientos de personas apoyadas sobre construcciones desmanteladas y derruidas. Las secuelas de las enfermedades y los efectos de la desnutrición eran evidentes, respiraba el fétido olor de las alcantarillas, sentía el aire rancio y pesado, y supe que jamás volvería a ser el mismo.

Mientras zigzagueaba entre las filas de rostros enjutos y demacrados, comencé a sentir náuseas. «Soy un muchacho holandés de Kalamazoo, Michigan», pensé. «¿Qué estoy haciendo aquí?».

Al doblar en la siguiente esquina, vi a un muchacho como de mi edad. Tenía lepra, una enfermedad que azotaba esta parte de la ciudad. Al joven le faltaba la parte inferior de su brazo, y en el muñón de su antebrazo sostenía una pequeña lata. Comprendí su trágica condición e intenté que no se me reflejara demasiado en el rostro. Nuestras miradas se cruzaron y pronunció una escueta frase.

-¿Una moneda?

Hurgué en los bolsillos, pero no tenía nada que le pudiera dar. Mis dedos palparon los bordes duros y redondeados de la tarjeta American Express de mi padre -que de nada le serviría a este joven- y luego un fajo de cheques de viajero y el pasaje de la aerolínea que me llevaría hacia mi siguiente destino, cualquiera que fuera.

-Lo siento -murmuré, y le mostré mis manos vacías.

Avergonzado, me apresuré a seguir mi camino.

Una vez fuera de la vista del joven, corrí lo más rápido que pude de regreso al hotel. Entré de prisa a mi habitación, vacié mis bolsillos, me arrodillé y hundí la cabeza en la alfombra. Comencé a orar, aunque mi relación con la persona a la que le oraba era aún frágil y no tenía idea de qué decir. Todo lo que sabía era que nunca había visto la clase de sufrimiento que observe aquel día en las calles de Nairobi, y la única persona que para mí podría saber qué hacer era aquel Dios que según había oído odia el sufrimiento.

Sentado y acongojado, mientras las lágrimas se deslizaban por mis mejillas, escuché un mensaje inaudible de Dios: «Si me dejas guiarte en la vida, un día te usaré para que mitigues el dolor que viste».

Me apresuré a sellar el pacto. «Perfecto», le dije al silencio que me rodeaba. «Estoy completamente de acuerdo con eso».

* * *

Al verano siguiente, le entregué mi vida a Cristo. Desde antes de cumplir los diez años asistía a un campamento cristiano en Wisconsin, pero recién cuando tenía diecisiete años, en aquella ladera que me era tan familiar, me entregué de verdad a Dios. En la perfecta quietud de las altas horas de la noche, las palabras de Tito 3:5, un versículo que me habían obligado a memorizar de niño en la Escuela Dominical, se filtraron en mi conciencia. «Él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo». En un destello de lucidez divina, escuché la voz dulce y apacible de Dios: «Nunca podrás ganarte mi aprobación por tus propios medios, Bill, pero puedes contar incondicionalmente con ella ahora mismo». Su mensaje reflejaba un amor profundo y puro que era tan exquisito y real que me preguntaba si no sería todo fruto de mi imaginación.

Regresé de prisa a mi cabaña, desperté a mis amigos y les dije: «No tengo palabras para describir lo que acaba de suceder en mi corazón, pero di un paso de fe y le entregué mi vida a Dios en serio. Para siempre. Él vino a mi vida y me siento diferente!».

Mis compañeros de cabaña me miraban con ojos somnolientos, dándome a entender que esa no era una razón lo suficiente buena para interrumpir su sueño, pero yo conocía la verdad en mi corazón. No había inventado esa experiencia en la montaña. La decisión que tomé aquella noche era innegable, irreversible y buena. Nunca me arrepentí de haberlo hecho.

* * *

Poco después de mi ataque nocturno de gracia divina comencé a debatirme con el grado de compromiso que asumiría mi nueva fe. Comprendía que Jesús había muerto en la cruz por mí, que había perdonado mis pecados y me había prometido un hogar celestial. Incluso entendía la conveniencia de dedicar unos pocos minutos diarios a leer la Biblia y hacer algunas oraciones; tal vez incluso a participar de forma activa en la vida de una iglesia. No obstante, en medio de mis reservas, también escuchaba historias de otras personas de mi edad que se entregaban por entero a Dios. Asumían un compromiso pleno y se consagraban a Dios, permitían que su fe modificara su moral, sus relaciones, la administración de su dinero y, en algunos casos, aun la elección de su carrera profesional, lo que para mí era llevar las cosas al extremo.

De niño, la voz de Dios me había ayudado a obrar con rectitud. En un barrio pobre de Kenia, su voz me había hecho prestarle atención al sufrimiento que observaba por todas partes. En Wisconsin, la voz de Dios me pidió que le entregara toda mi vida. Sus mensajes continuaban una y otra vez, y a medida que escuchaba más seguido la voz de Dios, comencé a sentir que aumentaba mi necesidad de recibir instrucciones de lo alto.

Deseaba vivir de lleno para Dios, pero mi pecado era un obstáculo casi insalvable. A decir verdad, desde que tengo memoria, poseo una propensión increíble y tendenciosa que me hace racionalizar cualquier cosa mala que haga para verla bajo una luz positiva. Tiendo a justificar mi conducta cuando hago algo que evidentemente no debería hacer. Esto hace que desee quedarme quieto cuando Dios me pide que avance, que vaya hacia la derecha cuando Dios me sugiere que gire a la izquierda, que haga públicas mis opiniones cuando siento que mejor sería que guardara silencio.

Dios me exhortaba a ser un joven de palabra, a no apresurar mis juicios ni ser vengativo. «Ama a tus enemigos», me susurraba justo cuando el ambiente se caldeaba. «No devuelvas mal por mal, sino vence con el bien el mal».

«¿En serio, Dios?», me preguntaba.

Mi preocupación era que si me dedicaba de una forma más plena a Dios, esas batallas se intensificarían. Quería escuchar directamente la voz del cielo desde que estaba en segundo grado, pero ahora que escuchaba sus instrucciones con frecuencia y que estas a menudo contrariaban mi primera reacción, dudaba de lo adecuado de mi deseo infantil.

Más o menos por esa misma época se me acercó un hombre cristiano mayor y me invitó a cenar. En vista de mi juventud y mi frugalidad holandesa, el ofrecimiento de una comida gratis era imposible de rechazar.

No le había dado cinco mordidas a mi hamburguesa cuando el hombre me dijo:

-En fin, Bill, todo parece indicar que un día estarás al frente de la empresa familiar. Aunque me parece una buena decisión, tengo una pregunta que hacerte. ¿Qué harás con tu vida que dure para siempre? No tengo dudas de que podrás hacer mucho dinero y obtener muchísimos logros -continuó el hombre-. Eres un muchacho listo y probablemente te destaques en cualquier cosa que decidas hacer. Sin embargo, tengo curiosidad por saber qué cosas harás que te sobrevivan a ti y a todos tus logros terrenales.

Lo miré a los ojos mientras masticaba con cuidado cada bocado de la hamburguesa para no tener que hablar. ¿Qué se supone que debía responder ante ese tipo de comentario? Era un adolescente, y los varones adolescentes están interesados por definición solo en tres cosas: la comida, las emociones fuertes y las muchachas. En mi caso, también estaba interesado en Dios, pero cuánto interés tenía por Dios era una cuestión debatible.

(Continues...)



Excerpted from LA APACIBLE Y PODEROSA VOZ DE DIOS by BILL HYBELS Copyright © 2010 by Bill Hybels. Excerpted by permission.
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Table of Contents

Contents

Reconocimientos....................9
Prólogo de Wayne Cordeiro....................11
Introducción: Una odisea de cincuenta años de mensajes....................15
1. El oído de Samuel....................19
2. Un Dios que se comunica....................37
3. Infinidad de pruebas....................57
4. Cómo reconocer la voz de Dios....................83
5. Los mensajes de Dios por escrito....................103
6. Luz para las noches oscuras del alma....................129
7. Mandatos para los padres....................147
8. Cuando Dios habla a través de otras personas....................167
9. Mensajes que cambian el mundo....................183
10. Basta con que digas una sola palabra....................211
1. Versículos bíblicos para grabar en tu corazón....................229
2. «¿Este mensaje será en realidad de Dios?»....................233
Notas....................237

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