Los hombres de Muchaca

Los hombres de Muchaca

by Mariela Rodriguez

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Product Details

ISBN-13: 9788493482619
Publisher: Bambu
Publication date: 04/01/2007
Series: Grandes Lectores
Pages: 160
Product dimensions: 5.75(w) x 8.50(h) x 0.42(d)
Age Range: 12 - 15 Years

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Los Hombres de Muchaca


By Mariela Rodríguez

Editorial Bambú

Copyright © 2006 Mariela Rodríguez
All rights reserved.
ISBN: 978-84-8343-183-2


CHAPTER 1

La carta


– Los indios muchacas ocupaban casi en su totalidad lo que es hoy el país de Galerón; ellos formaban una raza aguerrida, orgullosa y valiente, implacable con sus enemigos y temerosa de sus dioses. Estos dioses representaban los símbolos de la vida que, según la mitología muchaca, eran el agua, el fuego, los astros, el mundo espiritual y la libertad. En el apogeo de esta civilización, hábiles orfebres crearon la representación terrenal de los cinco dioses: cinco figuras masculinas, hechas completamente de oro y adornadas con piedras preciosas. El pueblo, orgulloso, decidió dar a estas estatuillas un nombre común y las llamó los hombres de Muchaca; a partir de ese momento comenzaron a ser veneradas y defendidas, incluso con la vida si era preciso. Por eso, al llegar los conquistadores a nuestras tierras, temiendo que intentaran apropiarse de ellas, el shabek, el jerarca más importante de la civilización, decidió ocultarlas. Con este fin escogió a los cinco hombres más veloces y fuertes de toda la comunidad y entregó a cada uno de ellos una figura, encomendándoles que, después de recorrer grandes distancias, las escondieran en lugares secretos de difícil acceso para que nadie las pudiera encontrar.

Tara interrumpió su explicación para beber un sorbo de agua y, ante la mirada de asombro de su compañero, que no pronunciaba palabra, lanzó un suspiro de satisfacción mientras se arrellanaba en su cama y se disponía a continuar:

–Mi familia desciende de estos muchacas, más concretamente, del shabek que entregó las estatuillas. Sólo él conocía el lugar exacto en el que habían sido escondidas y anotó las claves para que pudieran ser localizadas en el futuro. Hasta ahora, esas claves han estado bajo la custodia de mi familia y así seguirán en las generaciones siguientes.

–¿Y cómo están escritas esas claves? –quiso saber Christian–. ¿Tu pueblo conocía la escritura en los tiempos de la conquista?

–Teníamos un alfabeto de palabras representado por dibujos sencillos, al igual que la mayoría de las civilizaciones antiguas; se trataba de una escritura pictográfica. Para dejar constancia de la localización de los hombres de Muchaca, el shabek dibujó los signos sobre un trozo de tela creando un pictograma ... Nuestro pueblo era muy avanzado –explicó Tara.

–¿Y por qué no han localizado las figuras si tu familia tiene las claves?

–Porque no hemos tenido interés en buscarlas – contestó Tara secamente. Luego, mirando la cara de confusión de Christian, continuó–. Nuestro pueblo fue casi exterminado: primero por los conquistadores; después, por enfermedades que llegaron de fuera. Ahora somos destruidos por el progreso, pues nuestro territorio está cada vez más reducido, a medida que destruyen la selva. Lamentablemente, sólo tenemos tiempo para pensar en sobrevivir y no podemos permitirnos idolatrar unas figuras que desaparecieron de nuestra cultura hace cientos de años y que a nadie interesan ahora.

–A mí sí me interesan ... –dijo tímidamente Christian.

–Pues tal vez un día te llame para que busquemos las figuras juntos –le ofreció Tara entre risas mientras apagaba la luz y se acostaba a dormir.

* * *

Un año más tarde, Christian todavía recordaba esa conversación con Tara. Se habían conocido durante una competición deportiva internacional en la que los dos participaban, pues compartían habitación. Los chicos se habían hecho excelentes amigos y, pese a ser de continentes diferentes –Christian era europeo y Tara, sudamericano–, al regresar cada uno a su país no perdieron la amistad y mantuvieron contacto permanente a través del teléfono y del correo.

Ese día Christian había pensado mucho en su amigo, pues las últimas veces que trató de hablar con él no había podido localizarlo. De repente, unos golpes a la puerta de su habitación lo sacaron de su abstracción:

–Entra, mamá –dijo con pereza.

La señora Thomas abrió la puerta y, mostrando un sobre que tenía en la mano, le dijo:

–Tienes correspondencia; creo que es de tu amigo Tara, el que vive en Galerón ...

Christian saltó de la cama y, apresurado, tomó la carta. Sentía curiosidad por saber qué le había escrito su amigo. Rápidamente rompió el sobre y comenzó a leer una y otra vez, sin poder creer lo que leía:

«Querido amigo:


He pensado mucho en lo que hablamos la última noche que estuvimos juntos. Hace poco mi abuelo, que custodia el pictograma con las claves sobre la localización de los hombres de Muchaca, fue visitado por un alto funcionario del gobierno que quería información para saber cómo localizarlas. Ese hombre no tiene ningún interés en nuestro pueblo y sólo quiere las estatuillas para venderlas y lograr fama y fortuna. Últimamente ha estado presionando a mi abuelo y más de una vez las personas que trabajan para él han agredido a nuestra gente. Nosotros no tenemos recursos ni poder para defendernos y sabemos que, tarde o temprano, ese hombre logrará lo que desea. Por esa razón, los actuales líderes muchacas se han reunido y todos han estado de acuerdo con una idea que les sugerí: antes de que ese hombre se quede con el pictograma, preferimos entregártelo a ti, y tú podrás decidir qué hacer con él.

Exactamente dentro de quince días a partir de la fecha en que escribo esta carta, a las cinco de la tarde, una persona de mi absoluta confianza estará en el hotel La cigüeña, en la capital de Galerón, y preguntará por ti. Si tú estás allí, él te hará entrega del pictograma. De no ser así, en ese mismo momento lo quemará y los hombres de Muchaca se perderán para siempre.

No trates de contactar conmigo, pues estoy oculto con mi abuelo; sólo regresaré a mi hogar una vez que el pictograma esté en tus manos o sea destruido.


Tu amigo, Tara.»


–¡Quince días! –exclamó Christian con el papel en la mano–. ¡Quince días desde que escribió la carta! ¡La carta tardó una semana en llegar aquí. Eso quiere decir que sólo me queda una semana para llegar a Galerón; de lo contrario, quemarán las claves que permiten encontrar a los hombres de Muchaca!

Christian decidió hablar con sus padres y pedirles permiso para viajar a Galerón y visitar a su amigo Tara.

–No es un buen momento Christian –le contestaron–. En casi tres meses comenzarás a ir a la universidad y ni siquiera has decidido qué quieres estudiar.

–Justamente por eso quiero ir; quiero tener tiempo para mí, para pensar en lo que quiero hacer –dijo él inventándose una excusa–. Además, recordad que llevo tiempo ahorrando dinero de los trabajos que hago los fines de semana y con él me puedo costear el viaje.

–Esta bien –condescendió el padre–; tienes nuestro permiso, pero con una condición: a tu regreso de este viaje, deberás tener decidido qué carrera vas a estudiar.

CHAPTER 2

Galerón


Eufórico, Christian se marchó a la casa de su mejor amigo, Michael. Tiempo atrás le había contado la historia de los hombres de Muchaca y Michael había demostrado el mismo interés que él por ese misterio, así que estaba ansioso por contarle las últimas noticias. Le enseñó la carta de Tara y le habló sobre su decisión de ir a Galerón y buscar las estatuillas.

–¡Pues yo voy contigo! –exclamó Michael entusiasmado.

–¿Y tú crees que tus padres te dejarán acompañarme?

–Claro que sí. Si tú vas, seguro que me dan permiso. Esta misma noche hablaré con ellos.

Y tal como esperaban, dos días después los chicos ya tenían su viaje preparado.

Al salir de la agencia de viajes, Michael le dijo a su amigo:

–¡No puedo creer que dentro de cuatro días tú y yo nos vayamos de vacaciones sin nuestros padres! Sin duda, éste será el mejor viaje de nuestras vidas. Tenemos suerte de que nos dieran permiso para ir solos.

–Tienes razón, aunque, pensándolo bien, tampoco somos unos críos ...

En efecto, en algunos meses Christian cumpliría diecisiete años, si bien parecía algo mayor. Tenía el cabello castaño y los ojos de un azul profundo. Era alto, de complexión fuerte y de carácter muy reservado y analítico. Michael, su mejor amigo, era un año menor que él. Conocía a Christian desde la infancia y siempre había compartido con él sus mejores momentos. Michael era rubio, de cabello crespo y de piel muy blanca. Al igual que Christian, era alto y fuerte; tal vez por eso aparentaba más edad de la que tenía. A diferencia de Christian, Michael era jovial y extrovertido y le gustaba más aprender por ensayo y error que a través de los análisis que permanentemente hacía su amigo. Ambos eran deportistas y aventureros y con frecuencia se iban de camping con otros compañeros de estudio; por eso a sus padres no les sorprendió su deseo de viajar juntos.

Llegó el día de la partida y los dos chicos, tal como habían acordado, se encontraron en el aeropuerto junto con sus familias. La madre de Christian los miraba con ternura y les hacía las últimas recomendaciones mientras los abrazaba:

–Id con cuidado. Recordad que en Galerón hay serpientes gigantescas, arañas tan grandes que parecen cangrejos ...

–Mosquitos que parecen aviones y muchos animales salvajes –agregó la madre de Michael mientras les daba un beso y acariciaba sus cabezas.

En ese momento se escuchó por megafonía: «Pasajeros del vuelo 278 con destino a Galerón, embarquen por la puerta seis.»

–Ése es nuestro vuelo –dijo Michael, mirando a sus padres con cariño.

–Os llamaremos cuando lleguemos –comentó Christian y, mirando a los padres de Michael, agregó–. No se preocupen; yo cuidaré de él.

Después de más abrazos, más besos y más recomendaciones, los dos muchachos embarcaron. Diez horas más tarde tocaban suelo galeronés.

El pequeño y pintoresco aeropuerto de Galerón estaba localizado en las afueras de la capital. Allí fueron recibidos por Miguel, un guía local que los llevó hasta el hotel La cigüeña, que estaba situado frente del mar.

–Aquí tenéis el número de teléfono de la agencia de viajes –les dijo Miguel al despedirse de ellos–. Si necesitáis algo, no dudéis en llamarme y, si queréis hacer alguna excursión, podéis preguntar por mi hermana Cecil, que es la dueña; seguro que os podrá ayudar.

–Gracias, Miguel; probablemente te llamaremos muy pronto –se despidió Christian agradecido.

Después de registrarse en el hotel y llamar a sus padres como habían prometido, los chicos decidieron pasar el resto de la tarde en la playa. Estaban cansados por el viaje, pero también deseosos de recibir los primeros rayos solares del trópico y de ver a lindas jóvenes paseando por la orilla del mar.

–Y ahora, ¿qué hacemos? –preguntó Michael tumbado en la arena.

–Debemos esperar a que el amigo de Tara se ponga en contacto con nosotros –respondió Christian mientras se recostaba en el tronco de un cocotero–. Eso será mañana a las cinco de la tarde.

–¿Y qué piensas hacer si conseguimos las estatuillas? Es decir, Tara pone en su carta que tú debes decidir su destino ...

–Por supuesto, se las devolvería. Creo que tanto Tara como los jefes de su pueblo están un poco confundidos respecto a la importancia de las estatuillas y las asocian con la destrucción de su etnia, pero no es así, y yo estoy dispuesto a hacer que se den cuenta de ello –respondió Christian. Luego, dándose cuenta de que Michael quería seguir charlando, le dijo:

–Ahora déjame dormir un rato, que tengo muchísimo sueño ...

Después de una noche tranquila, los muchachos recibieron el día siguiente con mucho ánimo. Habían decidido no moverse del hotel por si el enviado de Tara llegaba antes de la hora prevista, pero no fue así. A las cinco en punto de la tarde bajaron a la recepción y vieron a un joven que cruzaba la entrada del hotel. Tenía facciones indígenas y parecía bastante nervioso, mas al verlos, suspiró aliviado y se acercó a ellos, mientras le decía a Christian:

–Tú debes de ser Christian. Tara me enseñó tu foto.

–En efecto, soy yo –le contestó él extendiéndole la mano–, y éste es mi amigo Michael.

El joven, después de darles la mano, sacó rápidamente una bolsa de papel de su mochila y, entregándosela a Christian, le dijo:

–Aquí te entrego el testimonio de lo que fuimos en el pasado. Espero que lo uses correctamente; está en una bolsa de papel para no llamar la atención, pero realmente es muy valioso.

–Descuida –lo tranquilizó Christian–; seré muy cauteloso con el tesoro que me estás entregando.

El emisario de Tara se despidió de ellos y se fue. Christian y Michael se quedaron un momento parados, mirándose sin saber qué hacer. Tras unos segundos, Michael

reaccionó y dijo:

–¡Vamos corriendo a la habitación para ver lo que te ha entregado!

Cuando estuvieron en ella, Christian vació la bolsa. Contenía un trozo de tela de color café, raída, manchada y doblada en cuatro pliegues.

–¿Qué es esto? –preguntó Michael curioso.

Christian desdobló la tela y, mirándola, explicó:

–Se trata del pictograma con las claves; lamentablemente, está en muy mal estado y los dibujos no se distinguen con facilidad. Déjame ver: hay cinco líneas horizontales con varios signos dibujados en cada una de ellas.

–¡Cinco líneas, cinco claves, cinco estatuillas que representan a cinco dioses! –exclamó Michael–. ¡Cada línea es una clave que describe el paradero de uno de los hombres de Muchaca; lo único que tenemos que hacer es descifrar los dibujos y buscar las figuras!

–¡Ojalá sea tan fácil como dices! –dijo Christian, divertido con el entusiasmo de Michael–. Vamos a tratar de descifrar la primera línea, es decir, la primera clave: busca lápiz y papel y trataremos de copiar los dibujos.

–También voy a buscar mi lupa; estoy seguro de que nos será de gran utilidad –añadió Michael.

Una vez que tuvieron sus instrumentos a mano, Christian comenzó a describir los símbolos:

– El primer dibujo es como una onda o, más bien, varias ondas.

– Tal vez se trate del viento o del agua –comentó Michael pensativo.

–Es una posibilidad –dijo Christian–. Puedes escribir esas opciones debajo del dibujo que estás reproduciendo ... La segunda figura es una línea vertical ... ¿Qué representará?

– Tal vez sea un árbol ... –comenzó a decir Michael.

–Espera –lo interrumpió Christian–. No es una línea ..., tiene otras marcas debajo. Déjame verlo bien con la lupa ... Parecen otras ondas.

– ¡Eso es! –dijo Michael–, ¡más ondas! Lo voy a dibujar.

–El tercer símbolo es, sin duda, un animal. Fíjate, éstas parecen las patas y aquí está el cuerpo alargado. Y estos puntos ..., no sé si fueron pintados a propósito o si serán manchas de la tela ... No sé, dibuja todo exactamente como es y luego lo analizamos.

–Y la figura que sigue parece un arco –dijo Michael–.

Probablemente representa a un animal con caparazón ... Aquí abundan las tortugas.

–En ese caso le habrían puesto patas –le corrigió Christian mientras observaba detenidamente la figura–. No, debe de ser otra cosa.

–Luego lo averiguamos –dijo Michael, deseoso de continuar–. ¿Cuál es el último símbolo?

–Un círculo. Parece el Sol, porque tiene líneas que salen en todas direcciones.

–Es verdad; entonces, repasemos las figuras de la primera clave: unas ondas, una línea vertical con ondas en su parte inferior, un animal, un arco y un círculo que, aparentemente, es un Sol ...

–No tengo la menor idea de qué querrá decir todo esto –dijo Christian–, pero estoy pensando que las ondas dibujadas quizás se refieran al agua, pues es un símbolo más tangible que el viento.

–Tienes razón ..., pero ahora, ¿qué hacemos? La información que tenemos es muy vaga y no sé si nos servirá de algo.

Christian pensó un momento y luego le dijo a su amigo:

–Mañana visitaremos a Cecil, la hermana de Miguel, y le preguntaremos sobre las zonas de Galerón en las que hay cuencas hidrográficas. Por supuesto, no le diremos nada sobre las claves, sólo que nos interesa visitar algún lugar en el que podamos disfrutar del agua.


(Continues...)

Excerpted from Los Hombres de Muchaca by Mariela Rodríguez. Copyright © 2006 Mariela Rodríguez. Excerpted by permission of Editorial Bambú.
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