Los papeles del abuelo: Unos papeles viejos que esconden las eternas palabras magicas. Un misterio que traciende el tiempo

Los papeles del abuelo: Unos papeles viejos que esconden las eternas palabras magicas. Un misterio que traciende el tiempo

by Febe Jorda

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Overview

Los papeles del abuelo: Unos papeles viejos que esconden las eternas palabras magicas. Un misterio que traciende el tiempo by Febe Jorda

Cuando Marta, al ordenar el altillo de su pequeno piso, descubre entre los viejos papeles de su abuelo un texto escrito en otra lengua, no imagina que pueda tener alguna repercusion para su vida. Su hija Sara, una recien estrenada universitaria, tomara muy en serio la investigacion del escrito formando un equipo, creyendose la protagonista de una novela de enigmas cuya resolucion quiza afecte al resto de la humanidad. La desaparicion del documento permite sospechar de su importancia y agranda el misterio. Los distintos personajes van entretejiendo sus caminos, sus inquietudes y sus alegrias en el presente con un pasado desconocido, hasta desembocar en un descubrimiento que puede marcar su destino.

Product Details

ISBN-13: 9788492726769
Publisher: Nelson, Thomas, Inc.
Publication date: 10/11/2011
Pages: 272
Product dimensions: 6.00(w) x 9.00(h) x 0.70(d)

About the Author

Febe Jordà es maestra. Ha trabajado por varios años a través de su iglesia para impulsar el desarrollo de escuelas para padres y encontrar mentores y profesionales que puedan educar en sus ratos libres. Ella y su esposo tienen cuatro hijos y viven en Barcelona, España. Febe ha trabajado con niños por más de veinticinco años.

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Los papeles del abuelo

Unos papeles viejos que escoden las eternas palabras mágicas. Un misterio que trasciende el tiempo.
By Febe Jordà

Thomas Nelson

Copyright © 2011 Febe Jordà
All right reserved.

ISBN: 978-84-92726-22-6


Chapter One

Papeles viejos

Barcelona, otoño de 2007

–¡Sara, por favor! Ven, ayúdame con esta caja, que pesa mucho.

Marta estaba encaramada a una escalera de mano, sacando cosas del altillo del pasillo. El piso era pequeño, de sólo dos dormitorios, pero ella siempre fue como una hormiga, atesorando objetos a los que alguna vez se les supuso valor porque fueron importantes para alguien cercano. Especialmente guardaba papeles. De éstos últimos disponía almacenados en sus formas más diversas: cartas, postales, libros, trabajos infantiles –suyos, de su hija Sara, ¡de sus padres!–; apuntes, revistas, diarios personales, notas domésticas –desus hermanas, sobre todo–, folletos, carteles, periódicos.

La caja para la que Marta requería ayuda era de las viejas, de cartón, y resistía asombrosamente el conocido fenómeno de la desintegración de los cuerpos pretéritos. Procuraba no caer mien- tras acercaba la caja a Sara, bajándola lentamente en horizontal.

–Mamá, no sé por qué guardas estas cosas, si nunca las miras ...

–Bueno, hija, ahora voy a mirarlas.

–Ya ...

Sara tomó la caja con cuidado, pensando que sería mejor evitar que se rompiera, pues mucho se temía que, si se desparramaba su contenido por el suelo, el trabajo podría ser doble ... o triple.

–Voy a ordenar el altillo. Es verdad que hay cosas que no se usan hace tiempo y procuraré tirarlas – Marta miró a su hija, que le sonreía, pues las dos eran conscientes de que a la madre se le partía el corazón cuando debía desprenderse de algo, sobre todo si ese algo se adentraba en el pasado remoto del siglo XX, y ya no digamos si era de la primera mitad de esa centuria.

–Venga, mamá, ánimo, que igual consigues deshacerte de una libreta de hojas en blanco, una taza sin asa y ... una hebra de hilo de un color pasado de moda.

–Menos guasa, niña, menos guasa.

Era sábado por la mañana y se concedían dormir hasta tarde. Cada una se levantaba cuando le parecía y desayunaba con calma, no como los días de trabajo y clase. Era a principios de octubre, pero no llovía y hacía una temperatura tan agradable que permitía tener las ventanas y la puerta del balcón abiertas. Y parecía que el sol luciría realmente con fuerza durante un buen rato. Tenían la gran suerte de vivir en un piso alto que daba a una rambla llena de esos grandes árboles plantados por toda la ciudad conocidos como plátanos, y desde su casa los veían por encima. Si era primavera, lo que contemplaban era un hermoso río de color verde intenso que avanzaba según el viento mecía las enormes copas; si era invierno, las ramas grises y los troncos descamados, con alguna hoja seca que había olvidado desprenderse cuando tocaba. Ahora, a principios de otoño, quedaban todavía muchas hojas, pero de un verde desteñido o ya marrones, y no tardarían en caer, sobre todo si el viento y la lluvia colaboraban.

Marta se había recogido su media melena castaña en una cola y vestía un viejo chándal que en algún momento fue negro, con unas fi nas rayas rojas y blancas en la parte exterior de las per- neras y de las mangas. Tenía ropa deportiva que usaba para estar por casa, ya que caminar era todo el deporte que ella practicaba y el equipo especial que se requería para esa actividad era simple- mente un buen calzado.

Sara también se había recogido el pelo, una larga melena negra, en un moño que dejaba muchos cabellos sueltos en forma de pequeños plumeros. No se había quitado el pijama y todavía estaba terminando de desayunar.

Cuando Marta y Sara llevaban a cabo juntas tareas domésticas, llegaban a un acuerdo respecto a qué música las acompañaría. Por fortuna, la línea melódica de cualquier época las hermanaba. Y en los últimos tiempos, la música gospel. Una de las hermanas de Marta, y también una compañera de trabajo, cantaban en un coro que interpretaba básicamente temas de este estilo. Así que tenían varios cedés, y sonaba uno de ellos cuando comenzaron a vaciar el contenido de la vieja caja que acababan de bajar del altillo.

–Estas cosas me las pasó mi madre ... –dijo Marta, observando con un poco de detenimiento los primeros escritos que sacaba– y son papeles del abuelo Laureano, creo. De tu bisabuelo, Sara.

–¿El maestro?

–Sí. Pero no sé por qué los tengo yo ...

–Yo te lo diré: porque seguro que los iban a tirar y alguien los recogió.

Lo cierto es que Marta pensaba de una manera más o menos difusa al principio (pero a medida que transcurría el tiempo, con más convencimiento) que cada cual tenía su historia y que, del mismo modo que objetos absolutamente cotidianos se encontraban por millares en museos de todo el mundo por el solo hecho de ser antiguos, las cosas que alguna vez fueron queridas por los que nos amaron, por los que nosotros amamos, por los que nos precedieron; las que adornaron el escenario de momentos de fiesta y alegría, las que nos acompañaron en circunstancias importantes, deberían estar en una especie de museo de la vida de cada cual. Lástima que en Barcelona, en su piso tan pequeño, aquello fuera prácticamente imposible. Y casi nunca podía permitirse el lujo de tener a la vista esos queridos objetos para su contemplación y disfrute. Para colmo de males, cuando pretendía añadir alguno más a su colección –una vez agudizado el ingenio para el tetris que ella, como muchísimas otras amas de casa, había desarrollado hasta extremos insospechados–, finalmente y de todos modos, tenía que desprenderse de alguna cosa para hacer un lugar para lo nuevo. Pero, a pesar de todo, en principio Marta guardaba las cosas.

Ella conservaba todo lo imaginable y de todos, salvo de una persona. Se había deshecho de todas las cartas y postales recibidas desde lugares más o menos distantes, de todas las notas que había encontrado, de los poemas que le había escrito, de alguna pieza de ropa, de los pequeños regalos con que la obsequió, y especialmente de las fotografías. Pero por más que borró (o lo intentó) los recuerdos de su corazón y de su mente, había algo suyo que guardaría para siempre, pues no podía ser de otro modo, ya que lo amaba más que a su propia vida: su querida, su preciosa hija Sara.

La chica comenzó a ayudar a su madre con lo que parecían cartas y apuntes escritos a mano en dos o tres tipos de papel que no se distinguían demasiado bien, ya que todos amarilleaban por el paso del tiempo. Pudo comprobar que un completo ecosistema se había instalado en la caja y entre los papeles.

–¡Mamá! –exclamó Sara con cara de asco– ¡Esto está lleno de vida! Por decirlo de una manera suave ... y no decir bichos asquerosos.

–Sí, quizá deberíamos ponernos guantes, ¿no?

Sara decidió ir a lavarse las manos y fue a buscar unos guantes de látex para continuar. Dejó un par cerca de su madre sobre la mesa del comedor, que era donde se habían instalado, por si ella también quería usarlos después de todo. Sara protestaba en voz alta–posiblemente sólo para que constara que, como buena hija adolescente, lo había hecho– pero en realidad le encanta- ban esos viajes al pasado y las viejas historias de la familia, y los mundos que descubría tan distintos al suyo. Si la vida no podía concebirla sin teléfono móvil, ¿cómo podía ser vivida sin teléfono? ¿Y aquello de esperar a que la ruedecita diera la vuelta completa para marcar el número siguiente? ¿Y eso de ir a la centralita del pueblo para telefonear? ¡Qué tiempos casi prehistóricos habían vivido sus parientes!

Sara se fijó en que había una gran mayoría de escritos con la misma caligrafía, del bisabuelo Laureano, pues así venía la firma en las cartas. Se puso a clasificar los documentos y decidió distribuirlos por montones encima de la mesa: las cartas de Laureano por un lado; otros escritos de Laureano, por otro; cartas de Francisco, dos; cartas de Asela, la esposa de Laureano, unas diez de cuando éste cumplió el servicio militar en Melilla estando ya prometidos; cartas de acuse de recibo de los artículos de las revis- tas, casi siempre por parte de un tal Ernesto Trenchard.

Llevaban ya un buen rato ocupadas en la tarea. En ocasiones canturreaban las canciones que sonaban en el aparato de música; otras veces alguna de las dos se animaba a hacer un dúo con el solista y, ese día en concreto, no cantaban a grito pelado todos los coros porque realmente estaban concentradas leyendo con detenimiento aquellos viejos papeles. En la caja, colocada a un extremo de la mesa rectangular, iba disminuyendo el contenido mientras que los diferentes montones de papeles crecían, si bien de manera desigual.

–¡Anda! Mira, mamá, mira esto –exclamó Sara sorprendida.

–¿Mmm? ¿A ver? –Marta levantó la vista de lo que tenía en las manos.

–Pero, ¿qué idioma es éste? –le pasó a su madre una cuartilla de un grupo de seis, escritas por las dos caras, en la que se veía un texto no sólo en otra lengua sino en una escritura que no era en alfabeto latino.

–¿Puede ser árabe? –dijo Marta.

–No sé ... O hebreo ... Griego no parece, pues no veo ninguna de las letras que conocemos por las fórmulas de matemáticas.

–¿Te has fijado entre qué papeles estaba?

–Pues ... no. Bueno, entre todas estas cartas de Laureano a Asela, a Araceli, a Magdalena ... y a alguno más.

–Creo que esas personas que mencionas son las tías de mi madre; alguna vivía en la casa de Valladolid ... Déjame ver el papel. Cuidado que no se pierda el resto de las hojas.

–Mamá, a mí me parece que es el mismo papel que el de alguna de las otras cartas. Mira –Sara le acercó una cuartilla que parecía idéntica, escrita en castellano.

Marta miró al trasluz, observó también la tinta y, aun sin tener ni un solo conocimiento técnico al respecto, lo cierto es que parecían iguales tanto la una como la otra.

–Caramba, caramba ... ¿Ves como no es tan aburrido hurgar entre mis cosas viejas? ¿Quién nos iba a decir que encontraríamos un misterio ... por resolver?

–Oh, sí, ya lo estoy viendo –Sara impostó la voz para dar intriga a sus palabras–: El enigma del barrio de la Verneda. Bueno –añadió, cambiando de registro–, esto no queda serio, pero ya lo encontraré, ya ... El enigma escondido en la caja del altillo ... Tampoco. Espera, espera ... –la chica pedía un momento con un gesto de la mano.

Marta la miraba sonriendo. La veía feliz. La deseaba feliz por mucho tiempo.

El enigma de los viejos papeles escondidos. El misterio que cam- biará la historia de la humanidad ... Ten paciencia, que tarde o temprano daré con algo que suene bien.

–Escucha, Sara: se me ocurre que podrías consultar con al- gún compañero de los que hayan empezado a hacer alguna fi lología de las clásicas –hizo una pausa mientras pensaba un momento–. Y ahora, ¿por qué no bajas a la papelería antes de que cierren y fotocopias todo el documento, por no andar arriba y abajo con unos papeles tan delicados que están muy viejos, y empezamos una investigación en serio?

–¡Me parece muy bien!

–Yo puedo preguntar también en el trabajo a ver si alguien nos puede echar una mano con esto. Hablaré con María José, mi compañera, a ver si puede darme alguna pista de por dónde tirar.

–Vale. Haré dos juegos de copias.

Sara se quitó rápidamente el pijama y se puso unos vaque- ros, una camiseta y las zapatillas deportivas. Fue al espejo del baño a ver si el peinado pasaba por tal y quedó satisfecha con lo que vio. Se puso una cazadora y tomó el monedero. Cuando ya abría la puerta de la calle para llamar al ascensor, cerró y entró de nuevo.

–Mejor si me llevo los papeles para hacer las fotocopias, ¿no?

–Sí, creo que será mucho mejor –Marta los estaba acabando de introducir en una carpeta de plástico–. Anda, toma, que no sé dónde tienes esa cabeza ...

–Aquí, ¿no? –dijo Sara con cara de susto mientras se la tocaba para comprobarlo, y salió riendo de la casa.

El día transcurrió plácido. Sara quedó con su amiga Silvia y el resto de la pandilla por la tarde y Marta siguió mirando los papeles descubiertos en aquella caja. Desde luego, no acabaría de ordenar todo el altillo antes de la noche, ni ese fin de semana, estaba claro. Sentada en el sofá, leyó con detenimiento varios de ellos de principio a fin. Alguno de los artículos manuscritos del abuelo que ahora tenía entre sus manos recordaba haberlo leído siendo una adolescente, publicado en las revistas que su padre tenía encuadernadas por tomos, en verde oscuro y azul marino, con letras doradas en el lomo: El Evangelista, El Joven Cristiano, con la fecha indicada de los años veinte y treinta.

Con especial interés y curiosidad se entretuvo en la lectura de las pocas cartas de amor entre sus abuelos: cartas comedidas, respetuosas, pero a la vez llenas de ternura, de alegría y de promesas de futuro. ¡Qué hermosas palabras! Cómo expresaban tantos sentimientos, tantos votos de amor, compromisos y esperanzas.

En algún momento, sin saber cómo, comenzó a hacérsele un nudo en el estómago. Poco a poco le fue subiendo hasta la garganta. Le presionaba la lengua, los dientes, hasta que se le puso detrás de la nariz y, finalmente, le alcanzó los ojos. Desde allí, en forma de lágrimas que comenzaron a resbalarle por las mejillas, suavemente al principio y copiosamente después, el nudo no pudo deshacerse hasta que unos sollozos se le escaparon de la boca de manera incontenible.

Aquella tarde de sábado de otoño, en el sofá de su casa, se habían abierto de nuevo las compuertas. Aquellas viejas cartas de amor llenas de palabras antiguas habían sido la llave; y Marta, de nuevo y sin querer, a pesar de todo el esfuerzo diario de control sobre sus sentimientos, fue consciente de su enlutada soledad. Por eso lloraba, mientras caía la noche sobre los tristes árboles de la rambla.

Chapter Two

UN misterio

Era lunes y llovía. Estos datos, en sí mismos apenas relevantes, podían cobrar un sentido especial si una iba a trabajar antes de que amaneciera, en un autobús público, teniendo que esperar un buen rato en la parada a merced de un viento racheado que ponía de manifiesto la inutilidad de un hermoso paraguas. Era lunes, llovía, y Marta se había levantado muy temprano, como cada día, para dirigirse a la oficina. Disponía de la posibilidad de hacer un horario más o menos flexible y siempre, desde que Sara era pequeña, había procurado realizar la jornada intensiva para comer en casa y estar con la niña por las tardes. Este año su hija había comenzado air a la facultad, pero ella ya estaba acostumbrada al horario que se había medio instalado en su cuerpo durante tantos años, instalado en todo salvo en el madrugón. Lo que no llevaba nada bien (no quería, si podía evitarlo) era volver tarde a casa. Pero era lunes, después de un fin de semana extraño a raíz del encuentro de unas palabras de amor perdidas en el tiempo y que la habían alcanzado, y además llovía. Y la lluvia la incomodaba enormemente. Muchas veces se había preguntado qué habría hecho de haber nacido en un lugar con un clima lluvioso. Pensaba en Galicia, por ejemplo, donde había nacido su vecina. O el clásico Londres. Se hubiera acostumbrado, ¿no? Marta cerró el paraguas y procuró guarecerse en los treinta centímetros escasos de un portal cercano al poste de la parada hasta que llegara el autobús.

Por fin lo vio girando a lo lejos, desde la avenida, y respiró aliviada. Siempre que llovía, el autobús se retrasaba. Eran las matemáticas de la ciudad.

Marta tomaba el autobús más o menos a la misma hora cada día y relativamente cerca del origen de su recorrido, de manera que, quisiera o no, acababa coincidiendo con las mismas personas, a veces incluso durante años. A esa hora no había niños –algunas compañeras que entraban más tarde comentaban que a algunos los habían visto crecer con el transcurrir del tiempo–, pero sí se encontraba con el club de las mujeres de la limpieza. ¿Cómo podían ir tan animadas siempre? Ocupaban los mismos asientos día tras día e iniciaban la tertulia con la incorporación de una cuarta señora que subía en la misma parada que ella.

–Que mi pequeña, mi Paula, está embarazada –escucha Marta que dice la de más edad.

–¡Anda! ¡Enhorabuena!

–¿Cuántos años llevaba ya casada? –interviene otra.

–Siete.

–¿Y cuántos nietos tendrás con el que viene? –pregunta la rubia.

–Con éste, tres.

–Yo te gano, ya tengo cinco ...

(Continues...)



Excerpted from Los papeles del abuelo by Febe Jordà Copyright © 2011 by Febe Jordà . Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Valladolid, junio de 193....................77
I. Papeles viejos....................13
II. Un misterio....................25
III. En casa de los abuelos....................45
IV. El caballero....................63
V. Cuéntamelo....................83
VI. Fragilidad....................101
VII. En el hospital....................121
VIII. En la cafetería....................143
IX. Palabras....................169
X. El texto....................187
XI. El cerco....................205
XII. Claves....................221
XIII. El futuro....................245
El frente, noviembre de 1938....................255

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