Mi formación

Mi formación

by Joaquim Nabuco

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Product Details

ISBN-13: 9788490075876
Publisher: Linkgua
Publication date: 10/10/2014
Series: Historia , #272
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
Pages: 190
File size: 417 KB

About the Author

Joaquim Aurélio Barreto Nabuco de Araújo nació en Recife, 19 de agosto de 1849 y murió en Washington, 17 de enero de 1910. Brasil. Político, diplomático, historiador, abogado y periodista brasileño. Fue uno de los fundadores de la Academia Brasileña de Letras. Ingresó a la vida pública en 1876 como diplomático. Fue diputado por Pernambuco varias veces desde 1878. En 1885 defendió la Ley de los Sexagenarios, que libertaba a los esclavos con más de sesenta y cinco años. Fue la figura clave que logró, con su lucha y las campañas que organizó, la abolición de la esclavitud en Brasil. Joaquim Nabuco se opuso de manera vehemente a la esclavitud, contra la cual luchó a través de sus actividades políticas y sus escritos. Hizo campaña contra la esclavitud en la Cámara de Diputados en 1878 y fundó la Sociedad Antiesclavista Brasileña, siendo responsable, en gran parte, de su abolición en 1888.

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Mi Formación


By Joaquim Nabuco

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9007-587-6



CHAPTER 1

COLEGIO Y ACADEMIA


No es necesario remontar hasta el colegio, aunque allí, probablemente, se haya colocado en el subsuelo de mi razón la camada que le sirvió de cimiento; el fondo hereditario de mi liberalismo. En esa época (1864-1865) mi padre había concluido su paso por el campo conservador hacia el liberal, marcha inconscientemente empezada desde la Conciliación (1853-1857), consciente, pensada, desde el discurso que se llamó del uti possidetis (1862). En nuestra historia política fueron frecuentes las migraciones del lado liberal hacia el conservador. Los hombres de la Regencia, que entraron a la vida pública o que llegaron al poder representando la idea de la revolución, fueron con la madurez de los años restringiendo sus aspiraciones, aprovechando la experiencia, estrechándose en el círculo de las pequeñas ambiciones y en el deseo del simple perfeccionamiento relativo, que constituye el espíritu conservador. El senador Nabuco, sin embargo, fue quien inició, guió, arrastró un gran movimiento en sentido contrario, del campo conservador hacia el liberal, de la vieja experiencia hacia la nueva, de las reglas hieráticas de gobierno hacia las aspiraciones aún sin forma de la democracia. Será él quien encarnará en nuestra Historia — entre la antigua «oligarquía» y la República que debe salir de ella el día que la esclavitud se desmorone — el espíritu de la Reforma. Él es nuestro verdadero Lutero político, el fundador del libre-examen en el seno de los partidos, el reformador de la vieja iglesia saquarema, que, con los Torres, los Paulinos, los Eusebios, dominaban todo el país. Zacarías, Saraiva, Sinimbú, con sus grandes y pequeños satélites, incluso Olinda, en su órbita independiente, no hacen más que salirse por la tangente que él trazó con su iniciativa intelectual, la cual parece un fenómeno del mismo orden del profetismo y que, debido a eso, solo le permitía tener en la política un papel casi imparcial: el de oráculo.

En el colegio yo todavía no comprendía nada de esto, pero sabía del liberalismo de mi padre, y en ese tiempo lo que él dijese o pensase era un dogma para mí: todavía no había sido invadido por el espíritu de rebeldía e independencia, por esa petulancia de la juventud que más tarde, en la Academia, me hará enfrentar, a veces, mi modo de pensar al de él, en lugar de asir religiosamente, como lo haría hoy, cada una de sus palabras.

Era natural que yo siguiese a los quince y dieciséis años la política de mi padre, incluso porque esa devoción era acompañada de un cierto placer, de una satisfacción de orgullo. Entre las sensaciones de la infancia que se me grabaron en el espíritu, me acuerdo del día en que, después de haber leído su Jornal, el inspector de nuestra clase me llamó a su mesa — era un viejo actor del teatro San Pedro, que vivía de los recuerdos de sus pequeños pape les y de su culto a Joäo Caetano para decirme con gran misterio que mi padre había sido llamado a San Cristóbal para organizar el gabinete. Hijo del presidente del Consejo fue para mí una vibración de amor propio más fuerte de lo que hubiera sido, me lo imagino, la del primer premio que nuestro compañero Rodrigues Alves sacaba todos los años. Yo sentía caer sobre mí el reflejo del nombre paterno y me elevaba en ese rayo: era el comienzo de la ambición política que se me insinuaba. La atmósfera que yo respiraba en casa, desarrollaba naturalmente mis primeras fidelidades a la causa liberal. Recuerdo que en ese tiempo sentía fascinación por Pedro Luís, cuya oda a Polonia Os voluntários da morte, yo sabía de memoria. Después, la cuestión de los esclavos, en 1871, nos separó; más tarde nuestra camaradería en la Cámara nos volvió a unir. En casa yo veía mucho a Tavares Bastos, que me demostraba simpatía, todo el grupo político de la época; era para mí, como estudiante, un orgullo bajar y subir la calle del Ouvidor del brazo de Teófilo Otóni; un placer ir a conversar en el Diário do Rio con Saldanha Marinho y escuchar a Quintino Bocaiúva, que me parecía el joven Hércules de la prensa, y cuyo ataque contra Montezuma, a propósito de la capitulación de Uruguayana, me dio la primera idea de un polemista temerario.

En la situación en la que me fui para Säo Paulo a cursar el primer año de la Academia, yo no podía dejar de ser un estudiante liberal. Desde el primer año fundé un pequeño periódico para atacar el ministerio Zacarías. Mi padre, quien apoyaba ese ministerio, me escribía y me aconsejaba que estudiase, que dejase los periódicos y sobre todo mis actitudes políticas en las que se podía percibir, si no una inspiración, por lo menos una tolerancia de su parte. Sin embargo, yo cuidaba mucho mi independencia de periodista, mi emancipación de espíritu; quería sentirme libre, me sentía comprometido con mi clase, la académica, y así eludía, sin pensar desobedecer, el deseo de mi padre que, probablemente, no le daba mucha importancia a mi oposición al ministerio amigo. En ese tiempo las Cartas de Erasmo, que producían en el país un resurgimiento conservador, me parecían la obra maestra de la literatura política.

Mis ideas eran, sin embargo, una mezcla y una con fusión; había de todo en mi espíritu. Ávido de nuevas impresiones, estaba entablando los primeros contactos con los grandes autores, con los libros de prestigio, con las ideas libres; todo lo que era brillante, original, armonioso, me seducía y conquistaba por igual. Era el deslumbramiento de los continuos hallazgos, y el florecimiento del espíritu: todas sus ramas se cubrían espontáneamente de rosas efímeras.

Las Palabras de un creyente de Lamennais, la Historia de los Girondinos de Lamartine, El mundo camina de Pelletan, los Mártires de la libertad de Esquiros eran los cuatro Evangelios de nuestra generación, y el Ahasvérus de Quinet su Apocalipsis. Victor Hugo y Enrique Heine, según creo, eran los poetas favoritos. Yo, sin embargo, no tenía (ni tengo) sistematizado, ni siquiera unificado mi propio lirismo. Leía de todo igualmente. El año de 1866 fue para mí el año de la Revolución Francesa; Lamartine, Thiers, Mignet, Louis Blanc, Quinet, Mirabeau, Vergniaud y los Girondinos, todo pasa sucesivamente por mi espíritu; la Convención está en él en sesión permanente. A pesar de eso, yo leía también a Donoso Cortez y Joseph de Maistre, e incluso escribí un pequeño ensayo, con la infalibilidad de los diecisiete años, sobre la infalibilidad del Papa.

Puedo decir que no tenía ninguna idea, porque las tenía todas. Cuando entré a la Academia, llevaba mi fe católica virgen; recordaré siempre el susto, el desprecio, la conmoción con que escuché por primera vez tratar a la Virgen María en tono libertino; no obstante al poco tiempo no me quedaba de aquella imagen sino el polvo dorado de la nostalgia ... Al catolicismo solamente veinte y tantos años más tarde me sería posible volver por largos circuitos de los cuales un día, si Dios me da vida suficiente, trataré de reconstruir la complicada ruta. Basta con decir, mientras tanto, que la gran influencia literaria que experimenté en la vida, la embriaguez del espíritu más perfecta que podía sentir, el narcótico de un estilo de timbre sin igual en literatura alguna, mi coup de foudre intelectual, fue la influencia de Renan.

Políticamente el fondo liberal quedó intacto, sin mezclarse ni siquiera con el tradicionalismo. Sería difícil descubrir en todo mi pensamiento una huella de tendencia conservadora. Liberal, yo era de una sola pieza; mi peso, mi densidad democrática era máxima. En ese tiempo dominaba a la Academia, con la seducción de su palabra y de su figura, el segundo José Bonifácio. Los líderes de la Academia, Ferreira de Meneses, que, a pesar de graduado, seguía académico y jefe literario de la juventud, Castro Alves, el poeta republicano de Gonzaga, le bebían las palabras, se impregnaban de él en éxtasis. Rui Barbosa era de esa generación; pero Rui Barbosa, hoy la más poderosa máquina cerebral de nuestro país, quien por el número de rotaciones y fuerza de vibración hace recordar los mecanismos que impulsan a través de las olas a los grandes transatlánticos, llevó veinte años para extraer de la mina de su talento, endurecer y sazonar, el acero admirable que es ahora su estilo.

Mis ideas, sin embargo, flotaban, en medio de las distintas atracciones de ese período, entre la Monarquía y la República, sin preferencia republicana, tal vez debido solamente al fondo hereditario de que ya hablé y de la fácil carrera política que todo me auguraba. Un libro seductor e interesante — es mi impresión de la época — el 19 de enero de Emílio Ollivier, me había dejado en ese estado de titubeo y de indiferencia entre las dos formas de gobierno, y la France nouvelle, de Prévost-Paradol, que yo leí con verdadero placer, no consiguió, a pesar de todo su arrastre, fijar mi inclinación hacia el lado de la monarquía parlamentaria. Lo que me decidió fue la Constitución inglesa de Bagehot. A ese pequeño volumen, que tal vez hoy no es leído por nadie en nuestro país, le debo mi fijación monárquica inalterable: saqué de él, y la cambié a mi modo, toda la herramienta con la cual trabajé en la política, excluyendo solamente la obra sobre el abolicionismo, cuyo bagaje de ideas tuvo para mí otra procedencia.

CHAPTER 2

BAGEHOT


No sé a quien le debo la fortuna de haber conocido la obra de Bagehot, o si la encontré por casualidad entre las novedades de la librería Lailhacar, en Recife. Si supiera quién me puso en comunicación con ese gran pensador inglés, yo le agradecería las relaciones que tuve con él en 1869. En ese año hice amistad literaria íntima con Jules Sandeau; quien me lo presentó fue, recuerdo bien, el actual consejero Lafayette, de la antigua firma de la Actualidad, Farnese, Lafayette y Pedro Luís, quienes eran con Tavares Bastos, los directores de la juventud liberal. La Actualidad fue tal vez nuestro primer periódico de inspiración netamente republicana. La semilla que germinó después, en mi tiempo, fue toda esparcida por ella.

Antes de leer a Bagehot, yo había leído mucho sobre la Constitución inglesa. Teniendo delante de mí un cuaderno de 1869, donde copiaba las páginas que en mis lecturas más me herían la imaginación, método para educar el espíritu, para adquirir la forma del estilo, que yo recomendaría, si tuviese autoridad, a los que se destinan a escribir, porque es preciso hacer esta observación, nadie escribe nunca si no es con su período propio, a su medida, Renan diría a su euritmia, de los veintiún años. Más tarde en la madurez lo que se hace es tomar solamente lo mejor de lo que se produce, desechar lo demás, cortar las porciones débiles, los propósitos, todo lo que desafina o sobra; la cadencia del período, la forma de la frase, seguirá siempre la misma. El período de Lafayette o de Ferreira Viana, de Quintino o de Machado de Assis, es hoy, con los cambios de la edad, que son inevitables en todo, igual a cuando ellos empezaron. Es evidente que yo no incluyo en los comienzos de un escritor las tentativas que cada uno hace hasta llegar a su forma propia; lo que digo es que el compás se fija muy temprano, y de un solo golpe, como la fisonomía. En ese libro de mis lecturas de 1869, cuarto año de la Academia, me encuentro en el índice, con mucha Esclavitud y mucho Cristianismo, mucha Elocuencia inglesa, mucho Fox y Pitt.

En ese tiempo, la Cámara de los Comunes tenía ya para mí el prestigio de la primera Asamblea del mundo, mas la realeza inglesa era aún la de los cuatro Jorges, principalmente la de Jorge III, la bête noire de Martinho Campos, mientras que la Cámara de los Lores, con todo su cortejo de antiguallas de los Tudor, era para mi liberalismo, americanizado por Laboulaye, bajo el disfraz de carnaval histórico, una odiosa procesión aristocrática en pleno mundo moderno. De los dos gobiernos, el inglés y el norteamericano, este último me parecía más libre, más popular. Por distintos motivos, la monarquía constitucional, democratizada por instituciones radicales, sería para Brasil un gobierno preferible a la República, inclusive por el hecho de que ya existía; sin embargo, en tesis, entre esa Monarquía y la República, la superioridad, si la hubiese, estaba del lado de ésta. La France Nouvelle — su última parte fue verdaderamente profética — con toda su preferencia razonada por la monarquía constitucional, me dejó, como dije, suspendido, porque todo su delicado aparato tenía como pieza principal, o por lo menos como pieza de perfeccionamiento, la disolución regia, derecho propio del monarca, y exactamente esa especie de disolución era para nuestra escuela la manivela del gobierno personal.

La Constitución inglesa de Bagehot es el libro de un pensador político, no de un historiador, como tampoco de un jurista. Quien lee la masa inextricable de hechos que contiene, por ejemplo, la Historia constitucional del doctor Stubbs, o uno de esos rápidos panoramas de una época completa, que de repente Freeman nos revela en una de sus páginas, no encuentra en Bagehot nada, históricamente hablando, que no parezca, por decirlo de algún modo, de segunda mano. Sin embargo, lo que ni Freeman, ni Stubbs, ni Gneist, ni Erskine May, ni Green, ni Macauly consiguieron darnos tan perfectamente como Bagehot, de hecho un laico en historia y política, un simple aficionado, fue el secreto, los resortes ocultos de la Constitución.

Freeman había mostrado en su pequeño libro El crecimiento de la Constitución inglesa que esa Constitución nunca se hizo; que nunca en las grandes luchas políticas de Inglaterra la voz de la nación reclamó nuevas leyes, sino el mejor cumplimiento de las leyes existentes; que la vida, el alma de la ley inglesa fue siempre lo precedente; que las medidas para fortalecer a la corona ampliaron los derechos del pueblo y viceversa. Todo él está lleno de ideas sugestivas que iluminan, para el espíritu, un gran campo de visión. De repente se encuentra casi una paradoja, de esas que confunden las ideas morales en nombre de la experiencia histórica. San Luis, dirá él, con sus virtudes y prestigio, allanó el camino para el despotismo de sus sucesores. ¿No será idéntico el resultado del reinado de Pedro II?

«Para conquistar la libertad como una herencia perpetua, hay épocas en que se necesita más de los vicios de los reyes que de sus virtudes. La tiranía de nuestros señores Angevinos despertó la libertad inglesa de su tumba momentánea. Si Ricardo, Juan y Enrique hubiesen sido reyes como Alfredo y San Luis, el báculo de Esteban Langton, la espada de Roberto Fitzwalter, nunca habrían brillado en la cabeza de los Barones y del pueblo de Inglaterra.»

Bagehot no posee intuiciones retrospectivas, de esas vistas generales; lo que tiene, es la comprensión, la adivinanza del mecanismo que ve funcionar. Tomando a la Constitución inglesa como si fuese un reloj de catedral, otros sabrán mejor la historia de ese reloj, cómo se construyó, las alteraciones por las cuales pasó, las veces que estuvo parado, o explicarán el simbolismo de las figuras que él pone en movimiento, cuando su poderoso martillo repica las horas del día; él, empero, conoce mejor el mecanismo actual, que simplifica, explicándolo.

Bagehot, se puede ver, era un espíritu de afinidades y simpatías casi republicanas, como Grote, Stuart Mill, John Morley, y todo el radicalismo positivista inglés. Banquero de nacimiento, es un ejemplo más de esta singular atracción hacia los estudios especulativos o de política pura, que a veces se notó en la alta finanza inglesa, como el propio Grote, míster Goschen, o Gladstone. Su genio era de esos que renuevan todos los asuntos que tratan. No sé si me equivoco, pero creo que la Constitución inglesa es una esfinge, de la cual fue él quien descifró el enigma.

Las ideas que le debo a Bagehot son pocas, sin embargo son todas ellas, por así decir, claves de sistemas y conceptos políticos, de verdaderos estados del espíritu moderno. Fue él, por ejemplo, quien me dio la idea de lo que él llamó gobierno de gabinete, en tanto alma de la moderna Constitución inglesa. «En el gobierno de gabinete el poder legislativo escoge al ejecutivo, especie de comisión, encargada de lo que se refiere a la parte práctica de los negocios y así los dos poderes se armonizan, porque el poder legislativo puede cambiar su comisión, si no está satisfecho o si prefiere otra. Y, sin embargo — tal es la delicadeza del mecanismo — el poder ejecutivo no queda absorbido al punto de obedecer servilmente, pues tiene el derecho de hacer comparecer la legislatura ante los electores, para que éstos le compongan una Cámara más favorable a sus ideas.»

Esa es la primera idea, o grupo de ideas, que debí a Bagehot: el gobierno de gabinete, o gabinete comisión de la Cámara, o gabinete salido de la Cámara, con el derecho de disolver la Cámara, disolución ministerial (no solamente la Corona, ni la Corona con un gabinete contrario a la Cámara): todo, en suma, que después de aquel pequeño libro se volvió uno de tantos lugares comunes, pero que él fue el primero en revelar, y establecer.


(Continues...)

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Table of Contents

Contents

CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 9,
MI FORMACIÓN, 11,
PREFACIO DEL AUTOR, 13,
I. COLEGIO Y ACADEMIA, 15,
II. BAGEHOT, 19,
III. EN LA REFORMA (1871-1873), 28,
IV. ATRACCIÓN DEL MUNDO, 33,
V. MI PRIMER VIAJE A EUROPA, 40,
VI. FRANCIA DE 1873-1874, 45,
VII. ERNEST RENAN, 51,
VIII. LA CRISIS POÉTICA, 57,
IX. AGREGADO DE LA MISIÓN DIPLOMÁTICA, 63,
X. LONDRES, 68,
XI. 32, GROSVENOR GARDENS, 75,
XII. LA INFLUENCIA INGLESA, 81,
XIII. EL ESPÍRITU INGLÉS, 86,
XIV. NUEVA YORK (1876-1877), 91,
XV. MI DIARIO DE 1877, 98,
XVI. TRAZOS AMERICANOS, 104,
XVII. INFLUENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS, 111,
XVIII. MI PADRE, 119,
XIX. ELECCIÓN DE DIPUTADO, 129,
XX. MASSANGANA, 134,
XXI. LA ABOLICIÓN, 143,
XXII. CARÁCTER DEL MOVIMIENTO. LA PARTE DE LA DINASTÍA, 155,
XXIII. PASAJE POR LA POLÍTICA, 158,
XXIV. EN EL VATICANO, 163,
XXV. EL BARÓN DE TAUTPHOEUS, 176,
XXVI. LOS ÚLTIMOS DIEZ AÑOS (1889-1899), 185,
LIBROS A LA CARTA, 191,

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