Mueve montanas: Orar con pasion, confianza y autoridad

Mueve montanas: Orar con pasion, confianza y autoridad

by John Eldredge

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Product Details

ISBN-13: 9780718039288
Publisher: Grupo Nelson
Publication date: 07/12/2016
Pages: 256
Sales rank: 1,252,661
Product dimensions: 5.50(w) x 8.30(h) x 0.60(d)

About the Author

John Eldredge es autor, consejero y maestro. Es también presidente de Ransomed Heart, un ministerio devoto a ayudar a las personas a descubrir el corazón de Dios, recuperando sus propios corazones en el amor de Dios, y aprender a vivir en el reino de Dios. Reside cerca de Colorado Springs, Colorado.

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Mueve Montañas

Orar con pasión, confianza y autoridad


By John Eldredge

Grupo Nelson

Copyright © 2016 Grupo Nelson
All rights reserved.
ISBN: 978-0-7180-3928-8



CHAPTER 1

La oración que da resultado


El 26 de junio de 2012, en Colorado, fue un día de un calor insoportable. En Colorado Springs, los termómetros marcaron una temperatura récord de más de 38º C, haciendo que aumentaran las preocupaciones por un incendio forestal sin control que ardía en las montañas al oeste de la ciudad. Los bomberos eran pocos, y la sequía había preparado las condiciones para que las laderas ardieran como yesca. Muchos dirigían la vista hacia las colinas con preocupación. De pronto, como una señal malévola, los vientos empezaron a soplar con ráfagas de hasta ciento cuatro kilómetros por hora. (Los vientos de cincuenta y seis kilómetros por hora casi pueden derribar a una persona. Ciento cuatro kilómetros por hora se consideran una «tormenta violenta» en la escala de Beaufort). Los vientos de tormenta, el fuego y un terreno montañoso reseco constituyen una trilogía fatal.

El fuego en el Cañón Waldo pasó por sobre las líneas de contención, tal como ocurrió con la guerra relámpago lanzada por el ejército alemán en Polonia en 1939. El fuego voraz comenzó a extenderse, sin control, en dirección este hacia los límites de la ciudad. Cuando todo hubo acabado, el saldo fue más de siete mil hectáreas devastadas y 346 casas consumidas.

Aquella tarde, me encontraba sentado en mi escritorio cuando un colega se acercó y me dijo: «¿Has visto esto?». Mi reacción instintiva fue mirar a las montañas — las ventanas de nuestra oficina dan hacia el oeste — y vi las llamas trepando por la última estribación antes de la ciudad. Estuvimos siguiendo los informes hora a hora; el fuego había alcanzado casi dos mil hectáreas y se estimaba que solo se había controlado cinco por ciento del mismo. Mi barrio (bordeábamos el bosque) fue puesto en alerta de evacuación dos veces; por varios días vimos la columna de humo alzándose sobre las montañas — desde el epicentro del incendio al oeste de nosotros —, alcanzando una altura de unos diez mil metros como un nubarrón o una columna de un volcán, todo de un aterrador color naranja y negro.

Sin embargo, los informes se mantenían asegurándonos que el fuego se movía en dirección noroeste y que no pasaría por la ciudad, de modo que nos calmamos; hasta que vi cómo avanzaban las llamas por la cima de la montaña. Agarré mi teléfono, salí de la oficina y llamé a Stasi:

— ¡Empaca! Voy para allá.

— Pero no se ha dado la orden de evacuación — me contestó.

— ¡Está llegando! — le dije —. ¡El fuego está llegando! Puedo verlo. Estoy en camino.

Igual que alguien que corre para que no lo alcancen las olas, literalmente corrí como compitiendo con la velocidad con que el fuego consumía cresta tras cresta. Alcanzamos a agarrar el perro y algunas pertenencias. Es verdad cuando se dice lo poco que importan las cosas, llegado el momento de salvar la vida y de decirle adiós a todo lo demás.

Nuestros vecinos fueron los últimos en salir; más tarde nos contaron cómo estallaban los árboles en la colina por encima de nuestras casas. Atascados en un tráfico que apenas se movía causado por la evacuación masiva, la ceniza caía sobre nosotros cual copos de nieve mientras nos comunicábamos con nuestros amigos para que oraran. Mi Land Cruiser del año 78 no tiene aire acondicionado, así que empapé un pañuelo de Stasi con agua y me tapé la boca para no inhalar humo; mientras hacía planes de contingencia en caso de que el fuego nos alcanzara. El viento aullaba montaña abajo, empujando las lenguas de fuego hacia adelante como sabuesos infernales.

Con algunos queridos amigos, buscamos protección al este de la ciudad. Y esperamos ansiosos. Pasarían otros tres días de fuego y humo envolviéndolo todo para que nos enteráramos de la noticia: nuestra casa se había salvado.

Empezaron a llegar informes fragmentados sobre el incendio, pero fue el testimonio del equipo de bomberos lo que nos dejó sin habla. Uno de los jefes, un bombero veterano, y un puñado de combatientes de primera línea del fuego se reunieron en nuestra calle para ser testigos de algo asombroso que nunca habían visto. La pared de fuego de más de treinta metros de altura debería haber bajado por la ladera reseca y consumido nuestra casa en cuestión de segundos. Pero no fue así. Cada vez que la muralla de fuego se acercaba a la línea divisoria de nuestra propiedad, se detenía, vacilaba y se volvía atrás. El fuego devorador no traspasaría los límites de nuestra propiedad. Avanzaba, retrocedía, avanzaba, retrocedía a pesar de que el viento soplaba desde atrás y el fuego había cubierto una gran extensión en cuestión de minutos. Entonces recordamos que en ese mismo momento, tres días atrás, un amigo nos había mandado un mensaje de texto.


Vi un ángel sobre su casa, que desplegaba sus alas y las batía contra el viento y contra el fuego. Creo que no les va a pasar nada.


Cuando finalmente se nos permitió regresar al barrio, encontramos que la parte más baja del fuego, que hizo presa de la hierba, quemó hasta el porche de nuestra casa. Pero la parte más brava del fuego no cruzó la línea de la propiedad. Los álamos de nuestro patio estaban todavía en toda su gloria veraniega.

Lo sé, entiendo que esta historia plantea algunas dificultades; ya que toca la fibra más sensible del rescate que usted anhela y de su historial de oraciones sin respuesta. Otras personas oraron fervientemente cuando el fuego se extendió ladera abajo. ¿Cómo es que sus casas no se salvaron? No pretendo tener la respuesta a eso. Al igual que usted, tengo mi propio récord de oraciones contestadas, oraciones sin respuesta y silencio y no puedo encontrarle un sentido a eso. Esta no es una historia acerca de mis oraciones. Lo que sí sé es esto: todos los días, cuando salgo de casa, miro a lo alto, a la colina y veo los troncos ennegrecidos; y luego, cada vez más cerca, después de cruzar el lindero de nuestra propiedad, veo árboles vivos, de un verde saludable. Un lado se parece a Mordor, el otro, al Edén. Un testigo irrefutable del poder de la oración.


Una verdad dura pero esperanzadora

¿Qué le parece si avanzamos y enfrentamos el problema? Unas oraciones funcionan y otras no. ¿Por qué nos sorprendemos y nos irritamos? Tomemos como ejemplo las dietas. Algunas funcionan, pero la mayoría no; y nadie se sorprende. Sencillamente seguimos buscando hasta dar con la que resulte. Ciertas inversiones producen, otras no. Y en este último caso buscamos la que dé resultado. Algunas escuelas son buenas, mientras que otras fallan gravamente. Espero que usted pueda encontrar la que sea adecuada para su hijo. Las cosas funcionan de cierta manera. ¿Puede nombrar algo en la vida en que esto no sea así?

El verano pasado me lastimé el codo mientras hacía algunos trabajos en el patio. Ignoré el problema durante semanas hasta que me vi obligado a ir a ver mi fisioterapeuta. Suponía que con un par de visitas el problema quedaría solucionado. Después de todo no era más que una torcedura. No tenía nada roto ni quebrado. Sin embargo, la terapia tomó meses, lo cual me molestó mucho. Y yo contribuí a la irritación, pues seguí usando el codo antes de que sanara. Lo hice porque no quería aceptar que tendría que modificar mi estilo de vida a causa de un pequeño músculo en mi codo izquierdo.

Usted sabe de qué irritación estoy hablando, ¿verdad? Algo inmaduro en la naturaleza humana no le gusta tener que someterse a las realidades del mundo que nos rodea (y dentro de nosotros). Queremos comer lo que nos da la gana y luego nos sorprendemos y consternamos cuando nuestra salud se derrumba en el camino. Queremos que el ejercicio para perder peso suceda de forma rápida y fácil con un plan que se ajuste perfectamente a nuestro calendario. Queremos que nuestros amigos sean buenos con nosotros, sin tener que detenernos a pensar cómo les afecta nuestra personalidad. Queremos que nuestros hijos «salgan buenos» sin hacer los sacrificios que se requieren, en nuestros estilos de crianza, para satisfacer sus necesidades.

Lo mismo ocurre con la oración. Queremos que sea algo sencillo y fácil; que sea algo como esto:

Dios es amoroso y poderoso.
Necesitamos su ayuda.
Por eso pedimos ayuda, lo mejor que sabemos.
El resto depende de él.
Después de todo, él es Dios. Él puede hacer cualquier cosa.


El problema es que unas veces acude a nuestra ayuda, pero muchas veces no; y no conocemos por qué a veces sí y a veces no. Así que nos desalentamos y dejamos de orar. (Nos sentimos heridos y usamos eso para justificarnos). Abandonamos el tesoro que Dios nos ha dado para no desanimarnos, para mover la «montaña» que está frente a nosotros y hacer efectivos los cambios que queremos ver desesperadamente en nuestro mundo.

La incómoda verdad es que esta es una perspectiva muy ingenua acerca de la oración, una a la altura de la creencia de que todo lo que un matrimonio necesita es amor, o que debemos basar nuestra política exterior en una confianza en nuestro prójimo.

Esa perspectiva tan simplista acerca de la oración ha afectado a muchas almas queridas, debido a que ignora ciertos hechos cruciales. Hay una forma en que las cosas funcionan.

Dios es poderoso, pido ayuda, y ahora depende de él; me recuerda una escena de la película Patch Adams. Patch es un joven estudiante de medicina con un corazón de oro que quiere dar cuidado médico a los desposeídos. Así que reúne a un grupo de idealistas que piensan como él y comienzan a perseguir sus sueños. Pero ocurre una tragedia; a la novia de Patch la asesina un hombre esquizofrénico que estaba entre los que ellos querían ayudar. La escena nos lleva a un acantilado. Patch está parado en el borde. Su estado de ánimo no presagia nada bueno; parece que está a punto de quitarse la vida. Está discutiendo con Dios. Me gusta mucho esa parte; está buscando ayuda ... se está debatiendo en el lugar adecuado. Pero luego revela su malinterpretación del mundo:

[Patch mirando al cielo]

«Por favor, respóndeme. Dime qué estás haciendo».

[Silencio]

«Muy bien. Veámoslo desde una perspectiva lógica: tú creas al hombre. El hombre sufre enormes cantidades de dolor. El hombre muere. Tal vez antes de crearlo, deberías haber realizado unas cuantas sesiones más de reflexión».

[Pausa]

«Descansaste en el séptimo día; quizá deberías haber pasado ese día pensando en la compasión.»


Su comprensión es incompleta, peligrosamente incompleta. Deja de lado algunos hechos esenciales de esa historia:

Tú creas al hombre. El hombre decide rebelarse contra ti. Entregamos nuestras vidas, la tierra y la historia de la raza humana al diablo. Toda nuestra miseria fluye de este hecho. Pero intervienes enviando a tu Hijo para redimirnos y restaurarnos. Ahora, la raza humana y el planeta nos encontramos envueltos en una guerra épica.


¿Ve la diferencia que esas «omisiones» hacen? No se puede empezar a entender algo como el asesinato o el incendio sin esos elementos de la historia. Tampoco se puede entender por qué unas oraciones funcionan y otras no.


Hay respuestas

La oración nos enfrenta a un dilema terrible. Deseamos orar. Está en nuestra naturaleza. Queremos creer a toda costa que Dios acudirá a nuestro rescate. Pero entonces ... pareciera que no lo hace, y entonces, ¿dónde nos deja eso?

Yo creo que Dios está en el dilema; y creo que quiere que nos esforcemos para encontrar respuestas verdaderas y sólidas.

Por un lado, esta realidad en la que nos encontramos es mucho más dinámica de lo que la mayoría de la gente ha llegado a creer, especialmente las personas de fe. Como Patch, tenemos una comprensión peligrosamente incompleta de nuestra situación, como por ejemplo,

Dios es todopoderoso.
Él no intervino.
Por lo tanto, parece que no era su voluntad intervenir.


Sí, Dios es soberano. Y en su soberanía creó un mundo en el que las decisiones de los hombres y los ángeles son importantes. Tremendamente. Él nos ha concedido «la dignidad de la causalidad», como la llamaba Pascal. Nuestras decisiones tienen consecuencias enormes. Más adelante tendremos mucho más que decir sobre eso, pero la oración no es tan simple como decir que «Le pedí y Dios no me contestó. Supongo que no quiso hacerlo».

Nos hemos embarcado en la más emocionante historia posible, llena de peligro, aventura y maravillas. No hay nada más esperanzador que pensar que las cosas pueden ser diferentes, que podemos mover montañas y que alguna participación nos toca en eso.

Tal vez podamos empezar buscando algunas respuestas ¿o, al menos, una nueva manera de ver las cosas?, en un relato breve del Antiguo Testamento. Durante el reinado del rey Acab (c. 860 a.c.), el Medio Oriente fue arrasado por una sequía que duró tres años y medio. Los cultivos se perdieron, la hambruna hizo estragos, el ganado tuvo que ser sacrificado, pues no había pastos para mantenerlos vivos. Era una escena como el Dust Bowl [tormenta de polvo] del siglo XX en Estados Unidos o como las hambrunas más recientes en África. Pero el alivio estaba a la mano; Dios le habló al profeta Elías diciéndole que el tiempo de la sequía había llegado a su fin: «Después de un largo tiempo, en el tercer año, la palabra del Señor vino a Elías y le dio este mensaje: "Ve y preséntate ante Acab, que voy a enviar lluvia sobre la tierra"» (1 Reyes 18.1).

Por fin, los cielos iban a abrirse; la lluvia llegaría; un verdadero aluvión arrollador se avecinaba; un auténtico diluvio bíblico, de esos que hacen que las carretas hundan sus ruedas hasta los ejes en el barro y les den a los niños una semana extra de vacaciones. Pero antes de que todo eso sucediera — y este es el primer guiño fascinante de la historia —, Elías tenía que orar para que lloviera. ¿Y eso por qué? ¿Es que Dios no podía enviar la lluvia así no más? No lo sabemos; tenemos que seguir con la historia ...

Elías subió a la cumbre del Carmelo, y postrándose en tierra, puso su rostro entre las rodillas. Y dijo a su criado: Sube ahora, y mira hacia el mar. Y él subió, y miró, y dijo: No hay nada. Y él le volvió a decir: Vuelve siete veces. A la séptima vez dijo: Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que sube del mar. Y él dijo: Ve, y di a Acab: Unce tu carro y desciende, para que la lluvia no te ataje. Y aconteció, estando en esto, que los cielos se oscurecieron con nubes y viento, y hubo una gran lluvia. Y subiendo Acab, vino a Jezreel. (vv. 42–45, RVR60)


Me encanta esta narración; es muy práctica y sumamente útil cuando se trata de entender la oración y cómo opera. Dios va a cumplir con su parte, pero insiste en involucrar las oraciones de Elías. Me recuerda lo que dijo Agustín: «Sin Dios, no podemos, y, sin nosotros, no lo hará». Nos encontramos en la clase de universo en el que la oración juega un papel crucial, a veces, el papel decisivo. Nuestras decisiones cuentan.

Elías simplemente no se esfuerza un poco: no se trata de elevar oraciones cordiales, modestas, aun reverentes, como lo afirma Eugene Peterson. No una oración tipo: «Señor, ven a nosotros hoy». Elías está decidido a ver resultados. Se inclina y ora, luego envía a su siervo para que averigüe si ve algo, ¿hará eso algo? Me encanta esa actitud de Elías: su disponibilidad de intentarlo, ver qué ... ver qué pasa y luego ajustarse a los resultados. El sirviente regresa e informa que el cielo está sombrío y vacío, tal como lo ha estado durante años, estéril como el vientre de Sara. Este es el punto en el que la mayoría nos rendimos, pero el viejo profeta no se da por vencido; sigue orando y luego lo manda de nuevo a echar una segunda mirada. Nada. Así que se despoja de la capa, le pone el hombro a la rueda y lo intenta de nuevo. No deja que la evidencia lo desanime.

Insiste seis veces más. Para entonces, la mayoría de nosotros habría buscado un Starbucks para lamentarnos por «la oscura noche del alma», y ver qué hacer con «el silencio de Dios». No este viejo israelita: sigue en lo alto de la montaña, perseverando. Después de ocho rounds de oración; y rounds parece la palabra correcta en este punto porque la pelea es como las que se libran en un ring; donde hay sudor y un verdadero ir hacia adelante. Después de la octava campanada el siervo dice: «Bueno ... veo en el horizonte una mota de nube no más grande que mi puño». Y eso es todo lo que se necesita; la tormenta está en camino.

Esto contrasta con una historia que Anne Lamott expresa en su libro autobiográfico Traveling Mercies [Misericordias peregrinas]. Contaba su — de alguna manera justificada — paranoia por un posible melanoma (su padre había muerto por lo mismo) y su espera de seis semanas para tener el resultado de una biopsia. Mientras regresaba a su casa después de visitar a su dermatólogo, oraba: «Así que escribí una nota a Dios en un trozo de papel en el que puse: "Estoy un poco ansiosa. Ayúdame a recordar que estás conmigo, incluso ahora. Voy a sacar mis manos del panel de control hasta que escuche de ti". Entonces doblé la nota y la puse en el cajón de la mesita de al lado de mi cama, como si fuera el buzón de Dios».


(Continues...)

Excerpted from Mueve Montañas by John Eldredge. Copyright © 2016 Grupo Nelson. Excerpted by permission of Grupo Nelson.
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Table of Contents

Contents

Capítulo 1: La oración que da resultado, 1,
Capítulo 2: Estudiantes de tercer grado en Normandía, 12,
Capítulo 3: El grito del corazón, 24,
Capítulo 4: Quién es él y quiénes somos nosotros, 35,
Capítulo 5: Autoridad férrea, 55,
Capítulo 6: La oración de intervención, 70,
Capítulo 7: Elimine otro obstáculo, 86,
Capítulo 8: La consagración pone todo bajo la autoridad de Jesús, 92,
Capítulo 9: La oración diaria, 107,
Capítulo 10: ¡Ore, ya!, 117,
Capítulo 11: «¡Sea la luz!»: Oración para la orientación, comprensión y revelación, 120,
Capítulo 12: La oración de escucha, 132,
Capítulo 13: Ore con las Escrituras, 146,
Capítulo 14: La oración de guerra, 157,
Capítulo 15: Sanidad interior: Cómo restaurar el alma, 179,
Capítulo 16: Sanidad física, 196,
Capítulo 17: Cuide su corazón, cualquiera que sea el resultado, 207,
Reconocimientos, 225,
Apéndices: Las oraciones, 227,
Notas, 239,
Acerca del autor, 243,

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