Pistolas al amanecer: Una isla. Dos pistolas. Y un duelo sin acabar...

Pistolas al amanecer: Una isla. Dos pistolas. Y un duelo sin acabar...

by Jordi Torrents, Daniel Jandula

Paperback

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Product Details

ISBN-13: 9788492726820
Publisher: Nelson, Thomas, Inc.
Publication date: 10/11/2011
Pages: 152
Product dimensions: 5.90(w) x 9.00(h) x 0.50(d)

About the Author

Jordi Torrents es pedagogo, periodista y escritor. Después de siete años en el ámbito de la educación especial se zambulló en la literatura y la prensa escrita. Ha trabajado en varios periódicos y revistas, en secciones como política o economía, aunque presume más de haber entrevistado a Bonnie Tyler o a los Scorpions.Ha ganado varios premios de narrativa que le han reportado moral y los clásicos lotes de libros.

Jordi Torrents es pedagogo, periodista y escritor. Después de siete años en el ámbito de la educación especial se zambulló en la literatura y la prensa escrita. Ha trabajado en varios periódicos y revistas, en secciones como política o economía, aunque presume más de haber entrevistado a Bonnie Tyler o a los Scorpions.Ha ganado varios premios de narrativa que le han reportado moral y los clásicos lotes de libros.

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PISTOLAS AL AMANECER


By DANIEL JÁNDULA JORDI TORRENTS

Thomas Nelson

Copyright © 2011 Jordi Torrents & Daniel Jándula
All right reserved.

ISBN: 978-84-92726-20-2


Chapter One

CARTA DE GORIN DE GRAAF

(Lovaina)

Con estas mis manos encallecidas de remendar banderas sin forma, de alzar mástiles sin patria, con estas prisiones de barro, dejo constancia de una última voluntad.

Mañana partimos a Vilvoorde un contingente de más de cinco mil almas sin hogar, según órdenes del príncipe Guillermo. ¡En un ejército al que tampoco pertenezco por entero, pues freikorp soy, nacido en Vaalserberg, hijo de granjero, huérfano temprano, militar sin elección, obligado a luchar contra mi propia tierra, con todo el temor y temblor en los pliegues de mi capa, que ha pasado, como el ser resbaladizo de su interior, por mil refriegas y batallas sin dueño! Por todas partes se grita la revolución. Cuestionado fui en otro tiempo, cuestionado lo soy hasta por mi propio reflejo en el agua (cuando aún me atrevo a contemplarlo), y cuestionado seré cuando nos crean invasores y no pacificadores, esclavistas y no libertadores.

Cuestionado y capturado, una vez más, tengo que repetirme, por más que mi honor selle estos labios que no se atreven a alzar una voz viva y audible. Ésta es mi condena: volver a hacer los errores, destruir y arrancar cada día de este siglo sangriento. Ya soy viejo, y la experiencia vista en otros semejantes me dice que no volveré con vida de la misión, por muy fácil que ésta se nos presente. Nos encontramos hambrientos, descosidos. Mi pecho palpita débil e inconstante. Me veo junto a un arroyo y ya no me reconozco. Mis uñas permanecen púrpuras desde hace meses, y siento una cera creciendo en mi interior. Mi fiel Franck no deja de suspirar al ver mi aspecto, y hemos acordado hacer los preparativos más urgentes para estos casos en los que la muerte sorprende a uno en el trance del sueño bajo la humedad. O en una letrina, algo deshonroso por otra parte, y doloroso, a pesar de que el mayor dolor para mí es no haber logrado pisar una desde hace casi una semana. No por la falta de ellas, sino más bien por la incapacidad de darles el uso correspondiente. Sufro un dolor indescriptible por las mañanas. Unas punzadas que parecen venir acompañadas de azufre y lamentos ajenos.

Franck dispone de dos copias de mi testamento, quedando de ese modo resuelto el asunto económico. Pero hay un pensamiento que vuelve a mí cada noche desde hace una semana en forma de pesadilla. Un asunto que no podré zanjar debido a mi salud, pero al que espero poner punto y final, deseando que las almas que tienen o tuvieron algo ver con el mismo puedan descansar en paz. En mi cabeza veo a Willem, mi viejo amigo Willem, malherido y postrado en un camastro lleno de humedades y de tormentos, y de pulgas royendo su carne. Yo le contemplo, impasible, mientras se consume, y sin cesar de pedirme auxilio. Su brazo izquierdo se encuentra vendado, pero con una falta total de consideración y maestría médica. Una sombra oscura se forma en el centro de ese vendaje, y el olor ... un olor penetrante que no se despega jamás de las ropas que tengan la osadía de dejarse impregnar por él. Entonces despierto, como recién enjugado con agua de mar, sediento y con el tacto del miedo en mi boca. Llamo a gritos a Willem, pero sólo responde mi sombra girándose y temblando conmigo.

Sé, sin titubear, que tengo una deuda que devolver a Willem. Pero eso es algo ya imposible. En mi diario, que dejé abandonado en Bruselas, se encuentran registrados todos los detalles de lo que ocurrió años atrás, mientras Willem y yo servíamos en Amberes, y todo lo que sobrevino después. Mi deshonra, que por amistad acepté, y creí haber pagado con creces. La solución apresurada, en la que creí haber perdido a mi compañero de aventuras. Mis explicaciones, mis voluntades, mi determinación.... Todo aquello que forma la distinción de un varón que posee la firme convicción de dejar un buen paso por este mundo tan ancho y poco explorado.

Confío en que esta misiva alcance a manos de mi hijo Jens, y que él sepa hallar el modo de enmendar mis errores, completarme, y llegar a ser el hombre que yo nunca pude enseñarle a ser.

Gorin de Graaf 28 de agosto, 1830

TESTAMENTO, A MODO DE CARTA, REDACTADO POR GORIN DE GRAAF

(Bruselas, todavía en los Países Bajos del Sur, si los hombres no lo evitan)

A mi hijo único Jens:

Todo ser humano tiene, al menos, el derecho a ser oído cuando se encuentra ya cerca del día en que habrá de dejar este mundo, al que yo llamo prisión. Aunque nos resulte falto de humanidad aquello que la persona dice al ordenar todos los asuntos pertinentes, antes de partir para ese viaje sin fin, hacia un horizonte cobrizo; a pesar de que el ser humano en cuestión nos resulte despreciable, hay que reconocerle la oportunidad de explicarse, de exponer una última voluntad. Lo que dejamos en vida hablará de nosotros en el futuro, mejor de lo que puedan decir incluso los más allegados, los que nos han vivido y sufrido de cerca. De ahí la importancia de lo que escribo aquí. Es el único legado decente junto a los despojos en que se ha transformado mi existencia. Hay que respetar esa última voluntad. Quiero repetirlo todo lo que pueda, pues en estos tiempos es difícil ser oído convenientemente.

Antes de continuar, quisiera dejar constancia de que no suelo ser tan retorcido en mi escritura. Pido perdón de antemano si me pierdo en mi propia prosa. Al contrario de lo que puede pensarse, siempre he considerado que mis maneras con las palabras son hoscas, demasiado vulgares en ocasiones. Pero éste es un documento que pretende ser oficial. Tanto mis intenciones como mis esperanzas y recomendaciones han de quedar expuestas con claridad. Ni un solo asunto puede quedar suelto; los anhelos de un hombre son como un barco en puerto ... cada cabo tiene que atarse con firmeza a un sólido asidero, sin interrupciones ni fallos que medien entre el deseo del que se marcha y la validez como heredero de quien se hace cargo de los bienes, así como de las obligaciones sostenidas en los hombros del receptor de este cuidado y muy pensado mensaje. De ahí las reflexiones, las meditaciones, las horas muertas expuestas por este infeliz.

Veo de cerca el fin. Sophi me espera en la otra orilla. Brindo sobre una piedra fría tras el quehacer diario, juego a los dados como no he hecho antes, pues aunque siempre he perseguido mi oficio militar, tampoco puede decirse de mí que sea como se espera; y sin embargo, el alma con su cuerpo engorda y se oscurece cada vez que el sol se pone, cada vez que marchamos hacia el horizonte, hacia una nueva campaña, con una música ya vieja y un rugido que no es rugido, sino castañetear de rótulas. Ni las horas de lectura pueden aliviarme, por mucho placer único que me proporcionen; un placer que aquí en Bruselas pocos pueden comprender, tan envueltos en harapos antes azules o color hueso, ensuciados por el carbón y el sudor que el fragor de la noche pasada expulsa. Pobres de nosotros.

Dejo dos copias de este testamento. Una para mi amigo Peter, que ejerce la función de abogado y testigo. La otra, para mi hijo Jens. También su abuelo se llamaba así, y su única voluntad consistió en que su nieto llevara el mismo nombre. Nuestra familia nunca ha tenido más de dos o tres tierras medianas en propiedad, nni tampoco fue numerosa. Pero nos guía desde generaciones una fuerte determinación y un gran empeño en cumplir con todas las promesas.

Es muy escaso el listado de bienes materiales que lego a Jens, ya con plena capacidad y libertad para caminar por este mundo. Tampoco los necesita. Escribo con el amor que un padre puede reunir, y sólo veo en su vida su decisión de dedicarse a la música, con la que intenta deleitar a los burgueses y a gentes de mejor posición que cualquier descendiente de los Graaf hubiera podido soñar alguna vez. Más agradable a los ojos de su abuelo y de su padre sería la elección de servir a los hombres administrando debidamente sus haciendas y sus bienes, o acaso a Dios como clérigo. Pero como ya he dicho, miro a mi hijo con amor, y respeto su decisión. No podía ser de otra forma, pues es lo que siempre se ha enseñado en nuestra familia. Y lo que es mejor, su madre se sentiría orgullosa y defendería esta decisión como nadie.

Es importante tener principios. Una máxima que en el ejército no se aprecia lo suficiente. Mis conocidos saben que ésta y otras razones me han empujado a perder la fe en el ejército, pero no es éste el lugar apropiado para tales discusiones. En parte se debe a los cambios de autoridad y uniforme que he vivido en tan breve espacio de tiempo. Estas reflexiones duermen en mi diario, custodiado desde anoche por Wal- helm, nuestro querido y viejo vecino, a quien Dios proteja por muchos años. Lo imagino como tantas otras veces, sentado a los pies de su tilo centenario, soñando con formar parte de esas tierras a las que ama tanto, del aroma que desprenden, y del que tantas otras veces me ha hecho partícipe, así como de las propiedades de aquellas hojas para la cura de los catarros tan inoportunos. ¡Cómo quisiera disponer del remedio aquí mismo! Estos recuerdos, junto a nuestra modesta casa en Heerenween, y el mobiliario escaso de su interior, incluido el molinillo de café, uno de los dos objetos de verdadero valor que poseo, por su antigüedad y por su lejana procedencia: nada menos que de Batavia, en las Indias; de una isla alargada y llena de muescas y pequeños bancos de arena. De allí proviene una excelente pimienta, que también hemos pasado varias veces por el molinillo, mezclándose el aroma de la pimienta con el café, y gracias a esa exitosa mezcla también hemos subsistido algunos años, además de traerme los pocos ratos de placer disfrutados durante las épocas más sombrías.

Los momentos oscuros perviven en otros dos objetos, de un valor diferente al molinillo del café, e igualmente importantes. Se trata de dos armas de fuego, dos pistolas, enterradas a escasa profundidad en una playa gris al noroeste de Schiermonnik Ogg (Franck tiene en su poder un mapa explicativo de la situación, no demasiado exacto, porque no está el dibujo entre mis virtudes). Dejo una deuda pendiente, prolongada en el tiempo, y que confío podrás resolver con diligencia. En una carta que redactaré en Lovaina y dejaré a mi compañero Franck, podrás leer más detalles de la petición, aunque es en el mencionado diario donde se recoge toda la historia que debe ser conocida, antes de llevar a cabo cualquier movimiento.

Pido perdón por la ceremonia de mi escritura, apresurada ya a estas alturas. La vela ya se consume en sí misma, estética. Nos preparamos. Después de ayudar a construir el canal, iremos a restablecer la paz en Lovaina, y acto seguido a defenderla de los ocupantes. Pero aquí todos piensan en su propia versión de restablecer y defender la paz. Molemos la pólvora, afilamos los cuchillos, lamemos la mañana y el resto de las heridas. Brea empapa nuestros pulmones, mientras suenan a lo lejos tambores y flautas que han caminado desde el centro del infierno. Sigo rodeado de amapolas, por mucho que los prematuros tulipanes se conjuren para aliviar mis últimos tiempos. Que Dios me perdone.

Gorin de Graaf 16 de abril, 1830

DIARIO

1 de marzo, 1819

El ron se abre camino por nuestras gargantas. Después de toser, el atardecer aparece nuevamente gris, tormentoso, por encima de un barro intenso y delicioso, que nos obliga a ser felices. Sí, hemos cantado y cortado las cartas hasta terminar la botella bien aprovechada. Una vez se nos terminó la bebida, nos dimos un fuerte abrazo y nos volvimos a cubrir con nuestros ásperos abrigos, para componer lo que quedaba del paisaje muerto, con flores pisoteadas y grandes charcos.

Willem y yo nos hemos convertido en grandes compañeros, tan sólo unos meses después de conocernos. Él sugirió la idea de recoger nuestras aventuras en un diario. "Si nuestro general tiene un cuaderno donde dejar constancia de las conquistas diarias, que bien sabes nos pertenecen en gran parte a nosotros, también Willem y Gorin merecen vivir para siempre".

– Pero yo no sé escribir, amigo Willem – protesté, mientras mi amigo agitaba unos dados de color marfil, unos dados que se han quedado a vivir en su bolsillo.

– Sabes unir letras y palabras ... y sabes leer, Gorin – y me miró fijamente unos segundos, antes de sangrar sus últimas monedas.

Ahí finalizó toda la conversación, porque no había nada más que añadir. No creo que Willem pueda entender del todo mis reservas ... pero él sabe, y no acierto a adivinar cómo, que una parte de mí desea hacer esto. Así que al final me veo narrando las alegrías y sufrimientos de dos jóvenes soldados, como personajes de una novela. Con la diferencia de que lo escrito aquí es muy real.

Debería hablar ahora de cómo empezó nuestra amistad. Hace seis meses, un grupo de veinte soldados nos encontrábamos hacia el oeste, junto al río Schelde, aprovisionándonos de agua potable. Teníamos que movernos entre la bruma matinal con sumo cuidado, porque de dar un paso en falso, podías hundirte en uno de los pantanos de la zona. Esto mismo a punto estuvo de acontecerme. Me alejé unos pasos del resto de la compañía, pues me había llamado la atención una amapola que había visto unos instantes antes sobre un pequeño charco. Antes de proseguir, para entender de un modo apropiado mi proceder en esta situación, estoy obligado a aclarar que soy una persona muy curiosa; cualquier hecho o imagen extraordinaria puede reclamar mi atención, por pequeña que sea, y hay muchas cosas pertenecientes a este u otros mundos que pueden perturbarme, haciendo que mi humor cambie, y sumiendo mi carácter en una profunda reflexión de la que es harto difícil, y hasta frustrante, tratar de sacarme. Puedo pasar horas enteras sin dirigir la palabra a nadie, y mirando a un vacío, envuelto en gruesas capas de disertación. Sé que esto puede parecer inapropiado, y hasta peligroso para un militar, pero cada uno tiene sus debilidades.

Hacia el charco me dirigía, dispuesto a comprobar si la amapola seguía allí o si sólo eran imaginaciones mías. Sé que es imposible que florezcan tales flores por esta zona. La humedad y el frío persistentes, junto a los alientos de estrellas que hielan la noche, hacen que esta flor prefiera crecer en ambientes más apacibles. A esto se ha de sumar la época del año donde nos encontrábamos, a finales del otoño. Me sobrecogió sobremanera la amapola bien formada, de tallo recto y fuerte, una verdadera papaver somniferum, una adormidera de dimensiones grandes para su especie aun sin abrirse sus delicados y pronunciados pétalos, que imaginaba de un rosa pálido y rellena de semillas. No era precisamente una planta marchita, más bien su vida había sido arrancada de cuajo sin miramientos. Su tallo presentaba muescas y también llagas, parecidas a las ronchas que se forman en nuestra piel al picarnos un mosquito.

Me acerqué decidido a tomar entre mis manos el curioso hallazgo, cuando de pronto sentí el suelo desaparecer debajo, y la fría garra de un pozo oculto entre musgo y piedras falsas abrazando mis extremidades inferiores. Para el momento en que quise volver atrás, descubrí que era un poco tarde, que no quedaba sino luchar contra las aguas, mucho más fuertes y con mayor determinación para sobrevivir que yo, calado hasta los huesos y paralizado por el terror y sin nada a que agarrarme. Me veía destinando mis últimas fuerzas para una oración breve que me permitiera entrar en el cielo sin mayores complicaciones. Entonces una mano milagrosa entrelazó mis cabellos y tiró de ellos con fuerza, arrastrándome fuera del pantano. Tosí, y una gama completa de colores se paseó por mi rostro empapado. La misma mano amiga que me rescató, aplicó unas cuantas palmadas paternales en mi espalda.

– ¿Qué tiene de fascinante el fondo de una laguna, compatriota?

– Semillas, señor ... puede hacerse un buen pan con ellas – volví la vista al agua, pero no hallé rastro de la amapola. La di por perdida.

– No parece que merezca la pena sacrificar una vida a cambio ... ni por mil millones de esas dichosas semillas ... por cierto, mi nombre es Willem.

– Gorin de Graaf ... a partir de ahora estoy en deuda con usted.

(Continues...)



Excerpted from PISTOLAS AL AMANECER by DANIEL JÁNDULA JORDI TORRENTS Copyright © 2011 by Jordi Torrents & Daniel Jándula. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

El origen de todo....................5
Agradecimientos....................7
Carta de Gorin de Graaf....................11
Testamento, a modo de carta, redactado por Gorin de Graaf....................15
Diario....................21
Isla....................77
Duelo....................105

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