Primitivo: Buscando el espiritu perdido del cristianismo

Primitivo: Buscando el espiritu perdido del cristianismo

by Mark Batterson

Paperback(Translatio)

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Product Details

ISBN-13: 9780829762174
Publisher: Vida
Publication date: 02/26/2013
Edition description: Translatio
Pages: 208
Product dimensions: 5.40(w) x 7.90(h) x 0.70(d)
Age Range: 18 Years

About the Author

Mark Batterson, autor de El hacedor de círculos y Con un león en medio de un foso, es pastor principal de National Community Church, en Washington, D.C., cuya labor está enfocada en alcanzar a las nuevas generaciones. Tiene dos maestrías obtenidas en la Escuela de Divinidades Evangélica Trinity, en Chicago. Reside con su esposa Lora y sus tres hijos en Capitol Hill, Washington, D. C.

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PRIMITIVO

Buscando el espíritu perdido del cristianismo
By Mark Batterson

ZONDERVAN

Copyright © 2013 Mark Batterson
All right reserved.

ISBN: 978-0-8297-6217-4


Chapter One

Dos mil escalones

Cuanto más lejos mires hacia atrás, probablemente más lejos podrás ver el futuro.

—Winston Churchill

Subimos a un ómnibus de dos pisos y nos dirigimos hacia el corazón de Roma. Lora y yo nos habíamos pasado un año planificando el viaje, pero nada lo prepara a uno para estar parado en el mismo lugar desde el cual los Césares gobernaron un imperio y los gladiadores pelearon hasta morir. Cuando caminábamos por la Vía Sacra, lo hacíamos sobre las mismas piedras que habían permanecido allí durante dos mil años, y sobre las cuales habían marchado los ejércitos vencedores. Por supuesto, me imagino que no estarían comiendo paletas de helado. Nuestros tres días en la Ciudad Eterna pasaron con excesiva rapidez. Y yo habría querido que esperáramos hasta nuestro decimoquinto aniversario de bodas para hacer el viaje.

En la tierra existen pocos lugares tan históricos o románticos como Roma. Disfrutamos grandemente mientras caminábamos por aquellas calles antiguas, observábamos a las personas en las piazzas y comíamos sin prisas en los cafés que había en las aceras. Y como buenos turistas, también acudimos a todos los puntos de destino que según el manual del viajero eran de visita obligatoria. Lanzamos centavos por encima del hombro en la fuente de Trevi, disfrutamos de un concierto sin altavoces tocado por un guitarrista con su guitarra eléctrica en las afueras del Coliseo en una noche iluminada por la luna, e hicimos un recorrido de tres horas por la Basílica de San Pedro. Y todos aquellos sitios estuvieron a la altura de la clasificación que les daba el manual del viajero. Pero uno de los puntos más destacados e inesperados de nuestro viaje fue una visita no programada a una iglesia más bien poco atractiva, situada fuera de los recorridos que hacía todo el mundo. No aparecía nada sobre ella en nuestras guías de viaje. Y si no hubiera estado detrás de la esquina de nuestro hotel, nunca la habríamos descubierto. La iglesia de San Clemente recibió su nombre del cuarto Papa, el cual fue martirizado por su fe. Según la leyenda, le ataron anclas a los tobillos y lo lanzaron al mar Negro.

Desde fuera, la iglesia daba la impresión de haber sufrido los embates de la intemperie y el tiempo. En cambio, los frescos, las estatuas y los altares que había en su interior estaban notablemente bien conservados. Exploramos en silencio todos los rincones de aquella iglesia construida en el siglo doce. Entonces descubrimos que por cinco euros más, podíamos hacer un recorrido bajo tierra. Como sucedía con muchas de las ruinas que visitamos en Roma, había varios niveles de historia en el mismo lugar. Los romanos tenían el hábito de construir las cosas encima de otras cosas anteriores. Por ejemplo, algunos emperadores echaban abajo el palacio de su predecesor para edificar su propio palacio allí mismo, encima de él. Eso era lo que había sucedido con la iglesia de San Clemente. La iglesia del siglo doce estaba construida encima de una iglesia del siglo cuarto. Y debajo de la iglesia del siglo cuarto había unas catacumbas donde los cristianos del siglo segundo adoraban en secreto a Dios antes de que Constantino legalizara el cristianismo en el año 313.

Nunca olvidaré mi bajada por aquel tramo de escaleras. El aire se volvió húmedo, y podíamos oír manantiales subterráneos. Tuvimos que ir con mucho cuidado de escalón en escalón, porque perdimos alguna luz. Y nuestras voces hacían eco en el bajo techo y el estrecho pasillo. Casi como el armario de las Crónicas de Narnia, aquel tramo de escaleras era una especie de portal que nos llevaba a unos tiempos distintos y a un lugar distinto. Era como si aquellos escalones nos llevaran de regreso a dos mil años atrás. Con cada paso que dábamos, pasábamos por otra capa más de la historia, hasta que todo lo que quedó fue el cristianismo en toda su gloria primitiva.

Mientras recorríamos aquellas claustrofóbicas catacumbas, me sentí abrumado por el hecho de hallarme en un lugar donde mis antepasados espirituales lo arriesgaban todo, incluso su vida, para adorar a Dios. Y sentí una profunda mezcla de gratitud y convicción. Yo vivo en un país del primer mundo, y en el siglo veintiuno. Y estoy agradecido por las libertades y las bendiciones de las que disfruto por vivir en el lugar y el momento en los que vivo. Pero cuando estás en una antigua catacumba, las comodidades de las que disfrutas te hacen sentir incómodo. Las cosas de las que te quejas te producen convicción. Y algunos de los sacrificios que has hecho por la causa de Cristo, tal vez ni calificaran como tales bajo una definición sacada del siglo segundo.

Mientras trataba de absorber lo significativo que era el lugar donde estaba, no pude menos que preguntarme si nuestra generación no habrá olvidado por conveniencia lo inconveniente que puede ser el seguir los pasos de Cristo. No pude menos que preguntarme si no habremos diluido las verdades del cristianismo para conformarnos con superficialidades. No pude menos que preguntarme si no habremos aceptado una forma de cristianismo que es más educada, pero menos poderosa; más civilizada, pero menos compasiva; más aceptable, pero menos auténtica que la practicada por nuestros antepasados espirituales.

Durante estos últimos dos mil años, el cristianismo ha evolucionado de muchas maneras. Hemos salido de las catacumbas y construido majestuosas catedrales llenas de campanas y campanarios. Los teólogos nos han dado credos y cánones. Las iglesias han añadido las bancas y los púlpitos, los himnarios y los órganos, los comités y las liturgias. Y el IRS nos ha dado la categoría de 501(c)(3). Y no hay nada que sea inherentemente malo en ninguna de esas cosas. Pero ninguna de ellas es primitiva. Y me pregunto, casi como la costumbre romana de edificar unas cosas encima de otras, si los estratos acumulados de tradiciones e instituciones cristianas no habrán oscurecido sin pretenderlo aquello que se encuentra debajo de ellos.

No estoy sugiriendo que desechemos de manera categórica todas esas evoluciones como contrarias a las Escrituras. La mayoría de ellas, sencillamente, no son bíblicas. No hay precedentes para ellas en las Escrituras, pero no contradicen los principios bíblicos tampoco. Ciertamente, no estoy calificando de demoníacas las formas posmodernas de adoración. Al fin y al cabo, la verdad se debe volver a encarnar en cada cultura y en cada generación. Y a mí personalmente me mueve la convicción de que hay maneras de hacer iglesia en las que nadie ha pensado aún. Pero dos mil años de historia suscitan esta pregunta: Cuando se eliminan todas las superficialidades, ¿cuál es la esencia primitiva del cristianismo?

En las páginas que siguen, quiero que desciendas conmigo por ese tramo de escalones. Quiero que vayamos bajo tierra. Quiero que regresemos en el tiempo. Considéralo como una búsqueda del alma perdida del cristianismo. Y cuando llegues a la última página, tengo la esperanza de que hayas hecho más que limitarte a redescubrir el cristianismo en su forma más primitiva. Tengo la esperanza de que hayas vuelto a la fe primitiva que tuviste un día. O por hablar con mayor precisión, la fe primitiva que un día te tuvo a ti.

El lado lejano de la complejidad

Mis hijos están en esa etapa de su recorrido por las matemáticas en la cual están aprendiendo lo que son los números primos. Eso significa que, por ser su padre, estoy volviendo a aprender lo que son los números primos (junto con todos los demás conceptos de matemáticas que había olvidado hace ya mucho tiempo). Un número primo es un número que solo es divisible por sí mismo y por el número uno. Y aunque existe una infinidad de números primos, el único número primo que es par es el número dos.

Hay ciertas verdades que reúnen los requisitos de verdades primas. Los cristianos que creemos en la Biblia, tememos a Dios y amamos a Cristo, no estaremos de acuerdo en una amplia variedad de cuestiones doctrinales hasta que regrese Jesús, ya sea que suceda pre-, hemi- o pos-tribulación. Por eso tenemos centenares de denominaciones diferentes. En cambio, las verdades primas tienen la cualidad de ser indivisibles. Y por encima de todas ellas, la única verdad prima que es par, es lo que Jesús llamó el más importante de los mandamientos. Nosotros lo llamamos el Gran Mandamiento. También se podría llamar el Mandamiento Primitivo, debido a que es el primero en importancia:

«Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas»

Jesús era un genio. Tenía la habilidad de simplificar verdades espirituales complejas de unas maneras inolvidables e irrefutables. Me temo que nosotros tendamos a hacer lo opuesto. Complicamos el cristianismo. Esa tendencia religiosa a hacer excesivamente complicadas unas verdades espirituales sencillas se remonta a los tiempos de una secta del judaísmo conocida como la secta de los fariseos. A lo largo de centenares de años, los fariseos recopilaron unas minuciosas listas religiosas de las cosas permitidas y las no permitidas. Seiscientas trece, para ser exacto. Jesús deshizo toda la lista con una sola declaración primitiva. Cuando nos desprendemos de todas las reglas y normas, de todas las tradiciones e instituciones, de todas las liturgias y metodologías, lo que nos queda es el Gran Mandamiento, que es el cristianismo en su forma más primitiva.

Suena demasiado sencillo, ¿no es así? Ojalá fuera tan sencillo como parece.

Oliver Wendell Holmes, quien presidiera el Tribunal Supremo de Justicia, hizo en una ocasión una penetrante distinción entre dos formas de sencillez: la sencillez situada en el lado cercano a la complejidad y la sencillez situada en el lado lejano a la complejidad. Y dijo: «Yo no daría un centavo por una sencillez que estuviera en el lado cercano a la complejidad».

Muchos cristianos se conforman con la sencillez situada en el lado cercano a la complejidad. Su fe solo tiene la profundidad de su mente. Saben lo que creen, pero no saben por qué creen lo que creen. Su fe es frágil, porque nunca la han puesto a prueba, ni intelectual ni experimentalmente. Los cristianos del lado cercano nunca han estado en las catacumbas de la duda o el sufrimiento, de manera que cuando se tropiezan con los interrogantes de la vida para los cuales no tienen respuesta, o con unas experiencias que no pueden explicar, esto causa en ellos una crisis de fe. Para los cristianos del lado lejano, esos que han cumplido su tiempo en las catacumbas de las dudas y el sufrimiento, los interrogantes sin respuesta y las experiencias inexplicables en realidad resultan en una valoración mayor aún del misterio y la majestad de un Dios que no cabe dentro de las limitaciones lógicas del cerebro izquierdo. En cambio, los cristianos del lado cercano pierden su fe antes de haberla encontrado en realidad.

La sencillez situada en el lado cercano a la complejidad también tiene otro nombre: inmadurez espiritual. Y esa no es la clase de sencillez por la que estoy abogando. Dios nos llama a la sencillez situada en el lado lejano a la complejidad. De hecho, nos llama a la fe situada en el lado lejano a la duda, al gozo en el lado lejano a la angustia, y al amor en el lado lejano a la ira. Si es ese el caso, ¿cómo llegamos hasta allí? Bueno, no hay respuestas simples ni arreglos instantáneos. Llegar hasta allí comprende desaprender y volver a aprender todo lo que sabemos. Comprende el doloroso proceso de redescubrir y figurarnos de nuevo la esencia primitiva del cristianismo. Pero el resultado es una sencillez situada en el lado lejano a la complejidad. Y allí es donde este tramo de escalones nos llevará a tener el valor suficiente para entrar bajo tierra.

El problema primitivo

No es necesario afirmar que el cristianismo tiene un problema de percepción. En el centro mismo del problema se encuentra el simple hecho de que los cristianos somos más conocidos por aquello contra lo cual estamos, que por aquello a favor de lo cual estamos. Pero el verdadero problema no es de percepción. Los cristianos muchas veces señalamos enseguida lo que hay de malo en nuestra cultura. Y es cierto que necesitamos valentía moral para defender lo que es correcto, frente a lo que no lo es. Yo vivo en el bastión de la corrección política, donde es incorrecto decir que algo es incorrecto. Y eso es incorrecto. Si tenemos que escoger entre la corrección política y la corrección bíblica, tenemos el deber de escoger siempre la corrección bíblica. Pero antes de enfrentarnos a lo incorrecto en nuestra cultura, necesitamos ser lo suficientemente humildes, sinceros y valientes para arrepentirnos de lo que hay de incorrecto en nosotros mismos.

Yo pastoreo una iglesia en Washington DC que tiene cerca de un setenta por ciento de solteros con veintitantos años. Por desdicha, nuestra composición demográfica es una anomalía. En general, las personas de veintitantos años se están marchando de las iglesias en proporciones alarmantes. Según algunas estadísticas, el sesenta y uno por ciento de las personas de veintitantos años que crecieron en la iglesia se van a marchar de ella durante esa edad. Y sentimos la tentación de hacer una pregunta: ¿Qué tiene de malo esta generación? Pero esa pregunta está equivocada. La pregunta correcta es esta: ¿Qué tiene de malo la iglesia?

Mi respuesta es sencillamente esta: No somos demasiado fabulosos en cuanto al Gran Mandamiento. En demasiadas ocasiones, no somos ni siquiera buenos en cuanto a él.

Yo creo que ese es nuestro problema primario. Esa es el alma perdida del cristianismo. Si Jesús nos dijo que amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas es el mandamiento más importante de todos, entonces, ¿no se deduce lógicamente que debamos gastar una cantidad inmensa de tiempo y energía para comprenderlo y obedecerlo? No nos podemos permitir el quedarnos con ser simplemente buenos en cuanto al Gran Mandamiento. Tenemos que ser fabulosos en cuanto a lo que a él respecta.

La búsqueda del alma perdida del cristianismo comienza con el redescubrimiento de lo que significa amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas. Jesús utilizó esas cuatro palabras caleidoscópicas para describir las cuatro dimensiones del amor. Y ciertamente, hay puntos comunes entre ellas. Es difícil saber dónde termina el amar a Dios con el corazón y comienza el amar a Dios con el alma. Sin embargo, una cosa sí es segura: no basta con amar a Dios de una sola manera. No basta amar a Dios solo con el corazón, o con el alma, la mente o nuestras fuerzas. Él nos llama; nos manda incluso, a amarle de las cuatro maneras. Imagínatelo como el amor elevado a la cuarta potencia.

De manera que la búsqueda comienza con el redescubrimiento. Pero termina con la reimaginación. Hay algunas verdades que se pueden deducir por medio de la lógica de la parte izquierda del cerebro. Otras son mejor inducidas por la vía de la imaginación de la parte derecha del cerebro. El amor se halla dentro de esta última categoría. Por consiguiente, lo que sigue no es una explicación estricta del Gran Mandamiento. Es una reimaginación de los cuatro elementos primitivos detallados por Jesús en el Gran Mandamiento:

El corazón del cristianismo es la compasión primitiva. El alma del cristianismo es el asombro primitivo. La mente del cristianismo es la curiosidad primitiva. Y la fuerza del cristianismo es la energía primitiva.

La bajada por este tramo de escalones hacia el cristianismo primitivo causará convicción en algunos momentos, pero el resultado final será un amor renovado por Dios que estará lleno de una compasión genuina, un asombro infinito, una curiosidad insaciable y una energía sin límites. Menos que eso, no es suficiente. No solo no nos satisface, sino que es una infidelidad. La búsqueda no es completa mientras no tenga por resultado unas convicciones al estilo de las catacumbas que vayan más allá de toda lógica convencional. La meta es un amor tal que, como lo comprendieron nuestros antepasados espirituales, vale la pena vivir por él, y también morir por él.

El camino hacia delante

Mi propósito en este libro es llevarte a nuevos lugares intelectuales y espirituales, de manera que descubras nuevas maneras de amar a Dios. Pero también tengo la esperanza de que este libro te lleve de vuelta a un lugar primitivo en el cual Dios te amó y tú lo amaste. Y eso era todo lo que te importaba entonces.

He descubierto que cuando me pierdo en mi caminar espiritual, el camino hacia delante suele ser muchas veces un camino hacia atrás. Eso es lo que experimentamos cuando celebramos la Comunión, ¿no es así? La Comunión es un peregrinar de vuelta al pie de la cruz. Y regresar al lugar más primitivo nos ayuda a encontrar nuestro camino hacia delante. Así que, antes de ir adelante, permíteme animarte a que encuentres tu camino de regreso. Regresa a ese punto en el cual Dios te abrió los ojos y te quebrantó el corazón con la compasión por los demás. Regresa a ese lugar en el cual la gloria de Dios te inundó el alma y te dejó maravillado y sin habla. Regresa a ese lugar en el cual los pensamientos acerca de Dios te llenaban la mente con una santa curiosidad. Regresa a ese lugar donde un sueño procedente de Dios causaba que la adrenalina circulara de forma vertiginosa por todo tu cuerpo, y te llenara de una energía sobrenatural.

(Continues...)



Excerpted from PRIMITIVO by Mark Batterson Copyright © 2013 by Mark Batterson. Excerpted by permission of ZONDERVAN. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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