Relatos

Relatos

by Esteban Borrero

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Relatos by Esteban Borrero

Esteban Borrero (1849-1906). Cuba. Nació en Camaguey el 26 de junio de 1849 y se suicidó en San Diego de los Baños el 29 de marzo de 1906. Médico, poeta, escritor, profesor, fundador de escuelas y revolucionario. Colaboró en las publicaciones Correo de las Damas, Revista de Cuba y con Varona, Varela Zequiera y otros en la obra Arpas Amigas. En 1878 publicó en la Habana Poesías.

Product Details

ISBN-13: 9788499534282
Publisher: Linkgua
Publication date: 08/31/2011
Series: Narrativa Series
Pages: 22
Product dimensions: 5.50(w) x 8.50(h) x 0.13(d)

About the Author

Esteban Borrero y Echevarr�a (1849-1906). Cuba. Naci� en Camaguey el 26 de junio de 1849 y se suicid� en San Diego de los Ba�os el 29 de marzo de 1906. M�dico, poeta, escritor, profesor, fundador de escuelas y revolucionario. Colabor� en las publicaciones Correo de las Damas, Revista de Cuba y con Varona, Varela Zequiera y otros en la obra Arpas Amigas. En 1878 public� en la Habana Poes�as.

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Relatos


By Esteban Borrero

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9953-428-2



CHAPTER 1

CALÓFILO


I

Conocí y traté íntimamente allá en mis mocedades a cierto joven singularísimo, cuya historia quiero hoy contarte, si no para tu ilustración, para entretenimiento de tu espíritu. Confieso que tengo la convicción de no poder hacerlo con acierto, porque está pálida y descolorida mi memoria; mas, no será esto parte bastante a que yo desista de mi propósito; que aquello que falte de exactitud a mi cuento, ni tú, lector, podrás echarlo de ver, porque no conociste a mi hombre; ni él mismo podrá echármelo en cara porque ha tiempo que desapareció de entre los vivos.

Tenía mi amigo por nombre el de Calófilo. No sabría decirte quiénes fueron sus padres, ni contarte una a una sus niñeces; y juzgo que tú cuerdamente harás caso omiso de tanta sandez como pudiera aquí enjarretarte a imitación y estilo de biógrafo. Baste, pues, que sepas que trabé conocimiento con él muy entrado ya en los dieciocho años. No más de ésos contaba yo, y con ello dicho se está que se comprendieron nuestras almas y que nos amamos como se usa en esa venturosa edad.

Descubrióme su alma, hizo que vieran mis ojos en su parte más recóndita, y vi en ella lo que solo mi indiscreción te haría saber. Era uno de esos seres de exquisita sensibilidad estética y moral, de sensibilidad enfermiza, como ha dicho el primero de los líricos hablando de su propia alma.

Los que creen que el genio es una neurosis vesánica hubieran podido confirmar esta opinión estudiando a Calófilo. Exagerado por extremo, todo sentimiento era una pasión en su ánimo, sufría siempre, sus ideas se desarrollaban mejor cuando padecía; necesitaba, por decirlo así, que el dolor sazonase los frutos de su alma, si no había de estar condenada a perpetua esterilidad. Con todo esto era, y por esto mismo quizás, una imaginación vivísima, y poseía en alto grado las condiciones del vidente de todo sentimiento culpable su alma, podía dilatarse en ella la mirada como en el azul de nuestro cielo; era profunda, pero sin sombras. Poeta sobre todo, soñador, ¿qué venía a ser la vida para él? Amar al hombre, amar la naturaleza, amar lo bello en todas sus manifestaciones. Creíase colocado en el mundo para disfrutar de los bienes de la creación en comunidad con los demás hombres, su individualidad no se había destacado aún del fondo de su conciencia, y vivía en la sociedad que le rodeaba como la rama en el tronco de donde toma la savia.

¿Quién se hubiera atrevido a decir a Calófilo que la ley de la fuerza impera hoy en la esfera del pensamiento y de la acción con tanto vigor y energía como en los albores de la sociedad humana? ¿Quién? Por una aberración de su espíritu, producto naturalísimo de su idiosincrasia, los sentimientos altruistas aparecieron en él antes que los egoístas, y era humanidad antes que hombre; su yo, su conciencia, no residía en él sino en los demás.

No pretendo hacer en este cuento una monografía, si no, gustoso, describiría ahora todos los rasgos de su carácter y haría una larga incursión en el campo fronterizo de la razón y la locura, en donde suelen manifestarse y brillar estas caracteres y sus análogos que esperan aún que la ciencia les asigne un lugar en uno u otro campo.

Quién sabe, por otra parte, si, al paso que vamos, no alcance tal preponderancia sobre los otros el sistema nervioso que al cabo de cuatro o cinco generaciones, con el ejercicio casi absoluto del órgano del pensamiento y nuestros vicios, quién sabe, digo, si los hombres nacerán con un cerebro enorme y será el neurosismo el estado habitual y la salud misma. Pero volvamos a Calófilo. ¿Que era poeta dije?

Aún acaricia mi oído la música de aquellas estrofas suyas en que rebosaba el sentimiento más delicado. Solía recitármelas como quien se dirige a esos seres invisibles a los profanos y que ve únicamente el que se inspira. En uno de sus arranques de inspiración me dijo alguna vez:

— ¡Oh!, dadme la lira y cantaré mi Iliada; dadme el cincel y encarnaré mi ideal de lo bello bajo otra forma en el mármol como Fidias; dadme la paleta y pintaré como Apeles; dadme la clave de esta música que yo escucho en dulce arrobamiento al nacer el día o al morir la tarde y llenaré el mundo con una melodía infinita.

Y en otras ocasiones:

— Yo amo al hombre — prorrumpía —, yo no vivo en mí, soy solidario de todo lo humano, yo me siento noble y grande con la ajena grandeza, y pequeño, débil y pecador con el que peca. No hay un dolor que no me pertenezca, no han derramado los hombres una lagrima que no haya caldeado mis mejillas.

Así pensaba, así sentía Calófilo, diré mejor.


II

Había perdido de vista por espacio de dos años a mi amigo, cuando en cierta ocasión di con él y le vi tan cambiado físicamente que estuve a punto de no reconocerle. Estaba, además, serio, grave, taciturno, y había en la expresión de su semblante algo de eso que debió verse en la cara del viajero sorprendido por la Esfinge. En medio de esa multitud de confidencias que se hacen siempre los amigos cuando han estado largo tiempo separados, descubrí en él sentimientos que me eran desconocidos y una exaltación tal de ideas que me sorprendió dolorosamente. Había en su espíritu un fondo de amargura bastante a envenenar toda una existencia; pero la exageración de su dolor era terriblemente lógica, abrumadora, contagiosa. Había sufrido, había sufrido mucho, y era necesario sufrir con él.

Cuando, como mi amigo, se ha nacido con una imaginación ardiente; cuando se tiene un corazón puro y bastante vigor moral para justificar, santificándolos, todos los afectos que se sienten; cuando por desgracia el mundo no da ejemplo ni de justicia ni de bondad, el que así siente se prepara sin sospecharlo a recibir muy duras lecciones de la experiencia. Hay entre estos seres y la sociedad un antagonismo latente que tarde o temprano ha de provocar grandes conflictos entre ambos. Esos conflictos no se hacen esperar y el individuo que choca contra el muro inquebrantable de la opinión y la costumbre se hace pedazos sin que llegue siquiera a conmoverlo; entonces los desgarramientos de esas almas puras, entonces las agonías de un espíritu que naufraga, que se ahoga falto de medio apropiado en que desarrollarse convenientemente. En este combate sucumbe casi siempre el individuo, no sin que antes lance su amarga protesta al rostro de aquellos por quienes fue anonadado.

Sucumbe casi siempre, dije, porque no sucumben todos. Espíritus vigorosos hay que dotados de una suma prodigiosa de vitalidad moral o artística se imponen al mundo y le imponen su ideal. Estos espíritus se apoderan de las fuerzas ocultas de la sociedad en que se desarrollan y le dan su propio carácter, su fisonomía, tiranizándolo todo con ese elemento poderosísimo de fascinación y tiranía que se llama genio. Pero Calófilo no era un genio; sus fuerzas eran todas, por decirlo así, subjetivas, no era hombre de acción; alma sensitiva que se replegaba sobre sí misma al primer choque con lo exterior y que gastaba en el dolor toda su vitalidad. La fuerza que hubiera podido descargar sobre el mundo reaccionaba descargándose sobre su propio ser. Por un fenómeno análogo convierten ciertos espíritus las faltas ajenas en propias, y se empapan con morbosa avidez de cuanto dolor hay en torno suyo.

Calófilo había sucumbido o estaba a punto de sucumbir después de uno de aquellos conflictos. Ésta es una de las formas en que se ejerce la lucha por la existencia, the struggle for life se verifica en el orden moral y en el campo de la inteligencia como en el orden físico, los mismos antagonismos, la misma ley de acomodación al medio, todo.

— ¿Qué haces ahora? — pregunté a alófilo al despedirnos.

— Estudio — me respondió —, estudio filosofía, se ha abierto con ella un campo más vasto a mi inteligencia y empleo más provechosamente sus actividades.

— ¿Y la poesía, tu poesía — interrumpí yo.

— ¿La poesía? ¡Abandonada! No escribo versos ya, sino a pesar mío, no quiero pasar la vida en estéril contemplación.

Aquello me admiraba, no sabía qué pensar de un cambio al parecer tan radical.

— ¿A qué escuela perteneces? — pregunté.

— A ninguna — me contestó —, busco la verdad dondequiera, sin que crea que ésta se halla vinculada en ciertos sistemas mejor que en otros, pero si a alguna parte hubiera de inclinarse mi espíritu, seguiría la corriente de las ideas modernas. Las escuelas han muerto para siempre en filosofía. Hoy existen solo direcciones individuales y todas ellas caben y huelgan dentro de la tolerancia de la época, dentro de la duda filosófica que todo lo invade.

Nos fue forzoso interrumpir aquella conversación y nos despedimos prometiéndonos que nos veríamos en breve.

Este joven, pensaba yo (y no te extrañe que así pensara, pues siempre fui hombre de más calma y de menos pasiones que mi amigo), este joven no tiene todavía esa madurez que alcanza el espíritu cuando llega a ser espectador de sus propios fenómenos. Todo este ardor filosófico no es sino una mera forma de su entusiasmo lírico. Había observado yo cambios semejantes en mi ser moral e intelectual; pero estos cambios se habían operado sin sacudidas. Evoluciones y no revoluciones, ni turbaron mi inteligencia ni oprimieron nunca mi corazón.

Lector, quienquiera que seas, tú habrás pasado también por ellas. Se cambia incesantemente, y al hombre del pasado sucede el hombre del presente en esa necesaria mutabilidad del sentimiento humano, que quizás sea su condición indispensable de progreso. Tú no extrañarás ese cambio no menos natural en mi amigo por ser más rápido; y si te extrañan todavía esos matices de conciencia en un mismo ser, ve, yo te lo encarezco, a buscar su causa y razón en la ciencia del alma, y de paso aprende por qué pueden existir en un mismo individuo dos conciencias opuestas que se excluyan tal vez sin que rompan la unidad del sentimiento de la personalidad en el individuo en que se manifiestan. Tú dirás que esto es patológico. Bien, yo hablo de un alma apasionada y tú sabes que pasión es casi enfermedad, si no lo es por entero. Repito, sin embargo, que yo no experimenté nunca esas pasiones; bien que yo soy de temperamento linfático y mi amigo era todo nervios. ¡Qué de consideraciones no apuntaría aquí sobre materia tan fecunda, si no me entretuviese el cuento de esta historia!


III

Amaneció un día en que me acordé de la promesa hecha a Calófilo y me encaminé a casa de mi amigo. Le hallé inclinado sobre su bufete, en actitud preocupada y rodeado de libros. Tan absorto estaba que no había oído el ruido de mis pasos. Puse mis manos sobre sus hombros y solo entonces fijó la vista en mí.

— ¿Estás enfermo? — pregunté.

— No — contestóme, después de un momento de silencio —, me había despedido del mundo y me sorprende verte, hubiera preferido estar solo.

Diciendo esto trató de recoger algunos manuscritos dispersos sobre la mesa por sustraerlos quizás a mi curiosidad.

No sabía qué pensar de la actitud de mi amigo, ni podía explicarme aquella irregularidad de su conducta. ¡Qué estupefacción dolorosa se marcaba en toda su fisonomía! Pensé por un momento que acariciaba la idea del suicidio, y, con esa autoridad que dan las viejas amistades, tomé la hoja de papel que tenía bajo la mano, y leí en ella estos versos:

    Poeta: cuando rendida
    La fatigosa jornada
    Vuelvas el cuerpo a la nada
    De donde tomaste vida
    ¿Qué musa compadecida
    Hará durable tu historia,
    Ni tu fenecida gloria
    Con dolor recordará?
    ¿Quién piadoso guardará
    De tu vida la memoria?


— ¡Oh! — exclamé interrumpiendo la lectura —; temía algo peor, y no encuentro más que tus viejas melancolías. Pero, ¿a qué esa declamación eterna, a qué ese anticiparte a sufrir un dolor que solo existe en tu imaginación? Te creía curado ya de estas pequeñeces, amigo mío.

— ¡Curado! ¿Curado de qué? Yo quiero — dijo exaltándose — concederte que mi temperamento me condene al dolor, quiero concederte que el dolor es una ilusión; pero, dime, ¿por qué he de ser responsable de ello? ¿Qué cordura es la de esa opinión que me hace un delito de mi propia desgracia? Vosotros, tú y tu mundo de seres indiferentes y fríos, egoístas y calculadores, no concebís que exista una verdad fuera de lo que declaráis por tal; vosotros quisierais vaciar todas las almas en el molde de la vuestra, negar todo lo que no sea vuestro, condenar todo lo que no haya salido de vosotros. Ésa es la filosofía que me propones como modelo. Cuentas con dos grandes elementos de consuelo y de vigor en el dolor: el desprecio, el desprecio por todo aquello que no te conviene, y el odio hacia todo lo que te contraría. Con estos dos elementos rehaces tu personalidad cuando ha sido trastornada por lo exterior. Eso me aconsejas, ¿no? Que odie, que desprecie, que cierre los ojos, voluntario ciego, a la verdad, cuando es dolorosa para no confesármela nunca; que cuando vacila el espíritu sin una creencia, porque nada puede creerse, elija una afirmación, una afirmación cualquiera que sirva de punto de apoyo a las fuerzas efectivas o intelectuales que de otro modo se dispersarían esterilizándose; quieres que tenga un fanatismo para combatir el fanatismo de los demás; quieres ... pero escucha, deja que te hable, tú has venido a despertar mi alma adormecida en el dolor, deja que te cuente mi vida por entero y sabe de una vez qué ha pasado por mí desde que dejamos de vernos. Óyeme, y júzgame.

Y me habló de esta manera:

— Tú conoces mi vida de adolescente, sabes que solo había vivido para amar, para creer; mi corazón se daba su sustento de ilusiones, de ensueños y de esperanzas; yo no conocía los grandes dolores de la vida, sino de nombre. Cuando nos separamos aún no había salido de aquel paraíso. Pero llegó un día en que pedí al mundo la realización de tanto dulce sueño, y el mundo, amigo mío, no tiene sino tormentos para los que aman, e indiferencia para los que sufren; me hirió en mitad del corazón y se burló de mi dolor. Las mujeres sí las amé, los hombres sí busqué su amistad, los hechos sí quise estudiarlos en sus primeros móviles; mi propia alma, si anaalizar quise sus pasiones, se encargaron de infiltrar en mi corazón el veneno de la desconfianza. Yo soñaba con el amor puro, con el amor eterno: ése era mi ideal, y ¿qué encontré fuera de mí mismo? La indiferencia, y una gran ley preconizada por los filósofos y puesta en práctica por el mundo: la ley del olvido. La posesión embota el deseo y toda pasión con serlo lleva en sí misma el germen de su muerte; así todo bien es un mal en el fondo. ¿Por qué me enseñaron a creer en un amor que no podía satisfacer? Decídelo tú, concilia esto con la idea Providencia que nos imbuyen desde los primeros pasos de la vida.

La amistad, yo era capaz de sentirla; yo me sacrifiqué cien veces por ella, yo fui generoso, casi pródigo, pródigo de todo, de mi fortuna, de mi amor. ¿Y qué tuve en cambio? El egoísmo más frío y descarnado; el egoísmo en toda su horrible fealdad; la ingratitud y la traición. Entonces me dijo un profundo pensador: «Ese es el hombre y ha sido siempre así, la culpa es tuya que te lo figuraste mejor». ¿Verdad que esto es muy bello? ¿No tenía yo derecho para pedir cuenta de mi dolor a los que me inculcaron tales creencias? Y si las tuve porque nacieron en mí naturalmente, ¿por qué condenarme al dolor sin que yo pudiera huir de él? ¡Ésa es también tu Providencia! ¿Ésta es mi culpa, verdad? Luego, ¿qué decirte?

Yo sentía que una gran ley moral regía todos los actos humanos, la veía en mi corazón presidiendo la vida de las sociedades y me bastaba sentirme bueno y puro, para creer que tenía derecho a la vida. ¡Ay! la fuerza, la fuerza, ésa es la única ley moral que se desarrolló a mis ojos; esa fuerza me excluyó de la vida. Me hubiera negado la luz del Sol y el aire; me hubiera hecho pedazos la gran rueda del egoísmo, antes que pudiera verla y descubrir la horrible máquina.

Todavía encontré consuelo a este dolor en la reacción de todo mi ser y en la protesta que hacía mi alma engañada y herida; pero era necesario vivir, yo no estaba ejercitado como los que me rodeaban en aquella vida condicional, mi espíritu no había sido disciplinado por el egoísmo y todos los días volvía a luchar para sucumbir de nuevo. Aquí verás tú mi culpabilidad también, y aún te maravillará que no me hayan lapidado para contentar la vindicta humana.

Sí, yo tuve la culpa, y la sociedad se vengó dignamente.

Y yo mismo, cuando pude analizar mis afectos y pasiones, yo me encontré débil, casi miserable, lleno de vanos deseos, de pequeñeces a que estaba condenado por mi organización. ¡Qué de dolores, qué de rubor, qué de desesperación! Luchaba conmigo mismo, era yo quien me condenaba. Sabes tú cuán amarga es esta convicción de la propia flaqueza. ¿Ves cuánta piedad hay en que nos condene la naturaleza a un ideal irrealizable dentro de nosotros mismos? ¿Ves qué refinada bondad en hacernos verdugos de nuestro propio ser, en darnos la sed insaciable en medio de la linfa que huye de nuestros labios?

¡Oh, tu Providencia! Lo único que hay en el fondo de todo esto es mi falta, mi error. Así raciocinas tú y así raciocina el mundo.

— Ya ves — prosiguió — cómo fui arrojado del paraíso de mis sueños por la más amarga de las realidades.

Después, a pesar mío, iba a rondar el huerto encantado y miraba, por entre los abrojos que me impedían volver a entrar en él, todo lo que había perdido. No tenía valor para convencerme de una vez, quería creer y soñar de nuevo. En ocasiones, en medio de una de estas contemplaciones retrospectivas, oía una carcajada que me volvía al sentimiento de la realidad, nueva Adán sorprendido por la mirada del arcángel.


(Continues...)

Excerpted from Relatos by Esteban Borrero. Copyright © 2015 Red ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Table of Contents

Contents

CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 7,
CALÓFILO, 9,
CUESTIÓN DE MONEDAS, 24,
MACHITO, PICHÓN, 31,
EL CIERVO ENCANTADO, 36,
UNA NOVELITA, 46,
LIBROS A LA CARTA, 51,

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