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Son de Almendra
     

Son de Almendra

4.0 1
by Mayra Montero
 

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El capo mafioso Albert Anastasia acaba de ser asesinado en Nueva York. Corre el mes de octubre de 1957, y se avecina una guerra por el control de los casinos habaneros. Joaquín, un joven periodista, decide investigar las conexiones de importantes personajes cubanos con el bajo mundo. En su búsqueda, comienza a frecuentar a un cuidador de fieras de

Overview


El capo mafioso Albert Anastasia acaba de ser asesinado en Nueva York. Corre el mes de octubre de 1957, y se avecina una guerra por el control de los casinos habaneros. Joaquín, un joven periodista, decide investigar las conexiones de importantes personajes cubanos con el bajo mundo. En su búsqueda, comienza a frecuentar a un cuidador de fieras de zoológico, quien aparenta conocer las claves de una macabra conspiración, y se enamora de una mujer de circo, que le revelará un mundo de posibilidades trucadas: el desencanto como juego de espejos, y el doble fondo de los amores imposibles. ENGLISH DESCRIPTION New York, October 1957. Albert Anastasia, head of the mafia, has just been murdered. A war over the control of Havana casinos is brewing. Joaquín, a young journalist, decides to investigate connections between important Cuban individuals and the sub-world. The same day Anastasia is killed, a hippopotamus is also killed. Joaquín realizes that both deaths may be connected and that search leads him to a zoo caretaker who apparently holds the key to a deathly conspiracy. At the same time, he falls in love with a woman from a circus that will reveal a world full of rigged possibilities ?the false bottom of impossible loves. This thriller of devastating speed that Mayra Montero gifts us with, is a brilliant counterpoint between memory and nostalgia; one that you will find very hard to put down.

Product Details

ISBN-13:
9781575818467
Publisher:
Alfaguara
Publication date:
09/25/2008
Edition description:
Spanish-language Edition
Pages:
280
Product dimensions:
6.00(w) x 7.50(h) x (d)

Read an Excerpt

Anastasia murió acribillado en el Park Sheraton de Nueva York, en Séptima con 55, sobre un triste sillón d e barbería, donde quedó con la cara aún embarrada de espuma, como un pastel a medio decorar. La noticia lleg ó por teletipo al periódico. Se suponía que no debía imp o r t a rme, porque mi trabajo, desde hacía año y medio y quién sabe por cuánto tiempo aún, era el de entrevistar artistas: cantantes, bailarinas, comediantes. Los comed i a ntes, por lo general, son presumidos con muy mal carácter. No me gustaba lo que hacía, detestaba ese tipo de periodismo ligero, pero no había tenido alternativa cuando empecé a trabajar en el Diario de la Marina, r e c o m e n d ado por un amigo de mi padre. Todas las plazas que hubiera preferido estaban ya cubiertas, y sólo necesitaban algún estúpido que se sintiera feliz de averiguar qué nuevos planes calentaba la cabecita hueca de Gilda Magdalena, la más rubia de nuestras vedettes; o de qué harén se había escap ado Kirna Moor, bailarina turca que arrasaba en las noches del Sans Souci; o de qué orquesta se hacía a c o mpañar R enato Carosone, payaso italiano que cantaba la absurda canción que no paraban de poner por radio: M a r c e l i no Pan y Vino.

Arranqué del teletipo el cable que contaba la m u e r-te de Anastasia y corrí donde el jefe de Redacción, u n animal con voz de capataz que se llamaba Juan Diego.

-¿Vio esta noticia? -le extendí el papel-. A p u e s-to a que caerán varias cabezas. Aquí mismo, en La Habana, yo creo que...

Juan Diego se llevó el dedo índice a los labios para que me callara, tomó el cable de mis manos y leyó dos o tres líneas antes de tirarlo sobre su escritorio.

-¿Y a quién le importa? -silabeó con desdén-. ¿A quién le va ni le viene que hayan matado a ese gordo?

Hizo una pausa, garrapateó una nota sobre otro cable y cayó en la cuenta de que me había quedado allí, clavado en el suelo, aferrado a la última esperanza de cubrir algo más sustancioso.

-¿No tienes nada que hacer? -preguntó sin levantar la vista, condescendiente como si le hablara a un niño.

-Sí -respondí-. Puedo escribir un artículo s obre la muerte de Anastasia. Puedo ir al Hotel Nacional, o a la Placita de los Judíos.

-Vete al zoológico -alzó la voz y también la cabeza: vi su cara porcina, llena de lunares-. Se escapó un hipopótamo y lo mataron ayer tarde. No te preocupes por Tirso, yo le diré que te mandé a cubrirlo. Averigua lo que puedas.

Tirso era mi jefe y controlaba las páginas de Espectáculos. Flaco, indeciso, con unos dedos largos y resecos que parecían fideítos caducados. Su pasatiempo favorito era coleccionar las fotos de las jovencitas, cantantes o actrices de dieciséis o diecisiete años, que salían de la nada y a la nada tantas veces tenían que volver. Una de ellas lo atraía más que ninguna, se llamaba Charito, y cuando el fotógrafo del periódico la retrataba, tenía que hacer un juego de copias adicionales para el Flaco T., que era como le decían a mi jefe. Luego yo lo veía meter las fotos en un cartapacio, y se me figuraba que al llegar a su casa, en la tranquilidad de la noche, las extendía sobre la cama y las miraba fijo, soltero al fin se desvestía mirándolas. A mí también me gustaban las actrices, pero las mayores. Esas mujeres de treinta o treinta y cinco que solían tratarme con mucho sosiego, conversaban sin ponerse necias, y alg una que otra vez me permitían acompañarlas a la cama. Varias me lo permitieron. Era lo único realmente conmovedor de aquel trabajo de infelices.

Salí del periódico y me dirigí al zoológico. En aquel tiempo, yo manejaba un Plymouth del 49 que había sido de mi padre, y que más tarde heredó mi hermano, hasta que mi hermano comenzó a ganar dinero y fue capaz de comprarse lo que él denominaba "un trueno para dos", que no era otra cosa que un Thunderbird del 57. Me detuve a p ocos metros de la entrada. No había vuelto al zoológico en muchos años, casi diez habían pasado desde la última vez que mi madre nos había llevado a mi hermana y a mí. Mi hermana en aquel tiempo era una niña alegre y emprendedora, en la que ya iban asomando las formas, los gestos, las aficiones de un varón.

Contrario a ella, nunca me gustaron los animales, ni siquiera los perros. Me irritaba el hedor del zoológico, y no le veía la gracia a las jirafas ni a los elefantes, ni mucho menos a los flamencos. Ignoro por qué razón tenían allí tantos flamencos. No importaba cuán colorido o simpático fuese un animal, carecía y aún carezco de esa sensibilidad para encariñarme con ninguno. Volver al zoológico, en aquellas circunstancias, me parecía en cierto modo vergonzoso: debía buscar el lugar donde había caído el hipopótamo, entrevistar al director, al cuidador del animal, quizá a unos pocos niños. Los lectores, en su mayoría, son tan perversos como para interesarse por las opiniones de los chiquitos. A eso se limitaba, por el momento, mi flamante carrera: escribir sobre un animal medio podrido y olvidarme de que Umberto Anastasia, el Gran Ejecutor de Murder, Inc.,

h abía caído en Nueva York, casi seguro que por meter las narices en los negocios de La Habana. Una historia soberbia que le tocaría escribir a otro. O a nadie. Los dueños de los periódicos evitaban abordar esos temas.

Un barrendero que encontré justo a la entrada del zoológico me condujo hasta la oficina del director. A medida que avanzaba por el parque, me venían a la mente c i e r t a s imágenes de mi niñez: senderos encharcados, algodones de azúcar, un mono malherido que agonizaba dentro de una jaula, todo ello matizado por los ridículos reproches de mamá, que intentaba inútilmente corregir los gestos de mi hermana. Como no lo lograba, culpaba entonces a mi padre. "Voy a tener una hija marimacha -se quejaba en mi presencia, quizá en presencia de mi hermano, jamás delante de la niña-, y a ti, Samuel, parece que te dé lo mismo". Mi padre no le respondía, actuaba como si no la oyera, íntimamente era consciente de que su hija Lucy no tenía remedio. Era su tercer hijo varón empaquetado en un robusto cuerpo de mujer. Una desgracia como cualquier otra.

El director del zoológico no parecía director de ningún zoológico, al menos no me lo hubiera imaginado así: pulcro y distante, un hombrecito retraído, de cara fofa, con una medio mueca de asco, enseguida me di cuenta de que estaba asqueado, pero no se me ocurría de qué. Cuando entré en su oficina tenía el sombrero en las manos, me figuré que estaba a punto de ponérselo para salir. Hablamos poco, me dio unos cuantos datos sobre el hipopótamo: dijo que era un macho recién salido de la adolescencia, que había nacido en el Zoológico de Nueva York y llevaba unos cinco años en Cuba, bastante inquieto, eso sí; de acuerdo con el cuidador, había sido siempre un animal nervioso. Si deseaba tomarle una fotografía, con mucho gusto un empleado me acompañaría hasta el lugar en donde había caído y en el que continuaba tendido, en espera de que lo examinara el veterinario forense. Por lo demás, era pronto para determinar si había escapado porque alguien propició la huida, o si el propio animal había embestido y derribado las cercas, tan propensos como eran los hipopótamos a deambular de noche. Mientras me hablaba, supongo que adivinó el hastío que me producía estar allí y cambió de tono, me miró de arriba abajo y preguntó, con un poco de sorna, si por fin deseaba retratar al animal, o si bastaba con lo que me había dicho. Respondí que no bastaba, que quería entrevistar al cuidador y tomar unas fotografías.

-Buscaré a alguien que lo acompañe -dijo.

Se asomó a la puerta y le pegó un grito a un tal M atías. Respondió un anciano barbudo, desdentado, cuya pestilencia se encajó en mi nariz como un anzuelo. Sin presentarnos, le ordenó que me llevara, primero, al estanque que había ocupado el hipopótamo, y luego a la linde del bosque que rodeaba el zoológico, donde había un área acordonada alrededor del animal. El viejo me miró con curiosidad, yo llevaba una libretica en la mano y una c á-m ara colgada al hombro.

-Venga por aquí -me dijo, y lo seguí en silencio, jurándome que acabaría lo antes posible.

Cuando llegamos al estanque, vi que otra bestia chapoteaba en el agua.

-Es la hembra -anunció el viejo-, se ha quedado viudita.

Repitió "viudita", quizá esperando que le riera la gracia, y le dirigí una mirada de sumo desprecio. Tomé un par de fotos y le hice seña de que continuáramos. Me q u e-daba lo peor: enfrentarme a esa mole que imaginé descol orida, supurante, desfigurada por la hinchazón. Al llegar comprobé que el espectáculo superaba por mucho cualquier horror que me hubiera cruzado por la mente: al hipopótamo se le salían las tripas, que con el resplandor del sol, desde el lugar donde me hallaba, parecían de un metálico intenso, entre el verde y el violeta claro. Un puñado de auras tiñosas lo sobrevolaban en círculos, formando eso que llaman una corona negra.

-Ahí tiene al paseante -me advirtió el viejo mostrándome lo obvio, porque era imposible no ver al hipo-p ótamo tendido de costado, rodeado de hombres con overoles grises que supuse eran empleados del zoológico, y que curioseaban en silencio. Uno de ellos era una especie de guardia que impedía que nadie se acercara demasiado-. A éste me le abres paso -vibró la voz del viejo con una aut oridad desdentada, su registro recordaba el de una trompetica china-. Viene del Diario de la Marina.

Todos se volvieron para mirarme. Tengo la impresión de que esperaban ver a un sabueso de carácter, un hombrón con las mangas enrolladas y el sombrero echado para atrás. En su lugar se encontraron a un rubio esmir r i ado, con el bozo de monaguillo y los zapatos de dos tonos que parecían heredados de su padre. Y así mismo era: yo los había heredado de papá.

-Primero tomaré unas fotos -propuse-. P ó nganse de lado, como si acabaran de encontrar al hipo-p ó t a m o .

Es un recurso que no falla: a este tipo de gente le encanta salir en los periódicos. Mientras enfocaba al a n i-mal, y a la turba de fronterizos que sonreía a la cámara, me puse a pensar qué pregunta original podía yo hacerl e a nadie sobre la estampida y posterior deceso de la bestia; qué ángulo distinto se podría destapar, o en qué detalle valdría la pena hurgar. Aun cuando me amargaba tener que escribir aquella nota, tampoco era cosa de tirarla por la borda. Nunca se sabía de dónde podría surgir el golpe de suerte que me allanara el camino para salir de E s p e ctáculos hacia otra zona más suculenta del periódico: las noticias de los juzgados, por ejemplo, o las crónicas del a e r o p u e r t o .

Empecé por el cuidador del animal: negro retinto y taciturno, de unos cincuenta años, con aires de estibador y un diente de oro que le vi cuando mordió el tabaco. Tenía además un quiste enorme en mitad de la frente, como una pelota de ping-pong que se le hubiera incrustado allí. Poca cosa podía contarme, tan sólo que al llegar al zoológico, en la madrugada, unos soldados ya andaban rastreando al animal y a él le prohibieron acercarse. Lamentaba no haber llegado antes, pues la bestia conocía su voz, y más que su voz, el aullido que le daba siempre para avisarle que le traía comida. A continuación emitió el aullido para que yo lo oyera, y me llamó la atención que a nadie le hiciera gracia esa ridiculez, ninguno allí se echó a reír. Me di cuenta de que la fauna que trabajaba cuidando de los animales era más fauna que los propios bichos. Le pedí al negro que se acercara al hipopótamo para tomarle una fotografía, y me complació sin chistar. Es más, se arrodilló junto al animal y apoyó su mano sobre el lomo reseco. Era todo cuanto necesitaba. Sabía que una imagen así valía más que cualquier párrafo que pudiera escribir sobre la situación del negro, súbitamente huérfano; el infeliz proyectaba orfandad. Tomé otras fotos en las que aquel tipo abría la boca y apretaba los ojos, en un gesto parecido al llanto, pero que no era tal. Mucho más tarde comprendí que los cuidadores del zoológico jamás lloran por animal alguno. No deben ni pueden hacerlo.

Cuando empezaba a guardar la cámara, una Kodak Retina nuevecita, regalo de cumpleaños de mi hermano, noté que uno de los hombres del grupo se me acercaba. Era un tipo aindiado, de ojos nerviosos, femeninos casi, con u n a gorra de presidiario que no pegaba para nada con el uniforme. Pensé que me quería preguntar algo sobre la cámara y me apresuré a meterla en el estuche, no me interesaba entablar conversación con nadie, y menos con un cuidador de monos o algo así. Levanté brevemente la vista y vi que el hombre sonreía, tenía los labios oscuros y los dientes amarillos. Señaló con la cabeza hacia el rendido cuerpo del h i p o p ó t a m o .

-Eso es un mensaje para Anastasia.

Me tomó unos segundos comprender aquella simple frase. Comprenderla bajo el sol, en la frontera entre el zoológico y el bosque, frente al inmenso vientre abierto del animal, del que empezaban a desprenderse velocísimas burbujas. De pronto reaccioné y quité la vista de la cámara para mirar a los ojos de aquel hombre. ¿Quién podía haber s abido, de entre toda esa gente que me veía por primera vez, que apenas un par de horas atrás yo había intentado escribir una historia sobre Umberto Anastasia, acribillado en el s illón de la barbería del Park Sheraton en Nueva York?

-Anastasia está muerto -repuse.

El otro quedó un poco desconcertado y miró al suelo.

-Qué desperdicio -susurró-. No recibió el m e n-s a j e .

Me eché a reír, tratando de ganar unos segundos. Acusé un nerviosismo de principiante, miré el reloj, volví a mirar al hombre, que a su vez observaba la llegada del veterinario forense, un calvo impasible que se abría paso con gran pompa, acompañado de tres o cuatro ayudantes, seguidos de un carretón tirado por una mula, cargado de cajas y poleas.

-¿Hablamos del mismo Anastasia?

Se encogió de hombros y tuve un presentimiento. Busqué el paquete de cigarrillos, creyendo que lo traía en el bolsillo del saco. No había nada allí, ni tampoco encontré una idea que me permitiera retomar el hilo de la conversación. Permanecimos callados dos o tres minutos, mientras mirábamos ambos al veterinario forense, que daba vueltas alrededor del hipopótamo.

-Un Anastasia murió hoy en Nueva York -dije por fin-. Lo acribillaron.

-Ése es el hombre -precisó él sin pestañear y sin dejar de mirar al frente-. Por eso mataron al hipopótamo.

Traté de actuar con naturalidad, como un cirujano lleno de frialdad, de sudor frío también. Uno de los ayudantes del forense pidió que nos retiráramos para poder e mpezar con la necropsia. Del carretón habían bajado las poleas y un letrero que clavaron en el suelo y que decía "Sil e n c i o " .

-¿Por qué no hablamos de eso en otra parte? -propuse, pero enseguida me arrepentí porque lo vi sonreír. Tuve el temor, tal vez absurdo, de que me confesara que todo era una broma.

-Usted dirá -me respondió.

-¿Qué le parece mañana?

Demoró en contestar y pensé que lo meditaba, pero no era así, tan sólo se estaba divirtiendo con las piruetas del forense, que se había subido a una escalera de mano y hacía equilibrios para mirar dentro del vientre abierto del animal.

-Tendrá que ser por la noche -murmuró-, a eso de las ocho. Yo vivo en Neptuno, pero me gusta ir al Sloppy Joe's.

El Sloppy era un bar de americanos, me extrañó que un tipo como él frecuentara un lugar como ése. No obstante, hurgué en mi bolsillo y saqué dos pesos.

-Tenga... Tómese algo mientras me espera. ¿Cuál es su nombre?

-Johnny -repuso, sin interesarse por saber el mío. De todas formas le dije que me llamaba Joaquín, tampoco añadí mi apellido.

Di media vuelta para salir del zoológico. El viejo apestoso que me había guiado hasta el hipopótamo corrió hacia mí.

-¿No va a sacar más fotos?

Hice un gesto con el brazo que quería decir que no, o que tal vez, pero que no se me acercara. Y logré mi p r o p ósito, porque se mantuvo a distancia, algo desconcertado, sintiéndose probablemente sucio, humillado por mi a c t itud. En aquel tiempo, los viejos por lo general me repugnaban, no lo podía evitar. Me desagradaban la piel cuarteada, excesivamente seca, y la caspa que genera esa piel. Si además el viejo andaba en harapos y olía a mierda, como era el caso de aquel hombre, mi repulsión era infinita.

Arranqué el Plymouth, que era verde y se llamaba Surprise, conduje lentamente por el caminito bordeado de palmas y concluí que la verdadera sorpresa era ésa: había llegado al zoológico totalmente hastiado, y ahora salía con ilusión, sin prisa, incluso con bastante apetito. Fui derecho al Boris, un restaurante judío de la calle Compostela. En el pasado, me había topado allí con ciertos personajes; supuse que aquel día muchos de ellos tenían motivos para celebrar, y que quizá lo hicieran con un almuerzo en aquel lugar discreto. Boris, el dueño polaco del lugar, reservaba siempre una mesa para Meyer Lansky, apareciera o no apareciera el cliente.En esamesa, com o en todas, había botellas de vino descorchadas y vueltas a cerrar con un tapón cubierto por una corona de plata. En las coronas ponía una inscripción en hebreo, pero yo no sabía su significado; me propuse averiguarlo aquella misma tarde. Detuve el Plymouth en el callejón de Porvenir, junto a una vidriera donde compré cigarros, nunca había pasado tanto tiempo sin fumarme uno, así que lo prendí con ansias y lo terminé antes de llegar al restaurante. En la puerta del Boris prendí el segundo.

Tenía los ojos nublados por el humo cuando la empujé.

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Son de Almendra 4 out of 5 based on 0 ratings. 2 reviews.
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Guest More than 1 year ago
Es un libro que no vas a poder soltar, con un sabroso homenaje a la misma Habana de 3TTT.