Tantos destinos a donde ir . . . 'como saber cual elegir?: Dios le ha abierto una puerta. Usted, 'que hara?

Tantos destinos a donde ir . . . 'como saber cual elegir?: Dios le ha abierto una puerta. Usted, 'que hara?

by John Ortberg

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Product Details

ISBN-13: 9781496422613
Publisher: Tyndale House Publishers
Publication date: 03/21/2017
Pages: 304
Product dimensions: 5.50(w) x 8.10(h) x 0.90(d)

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Tantos Destinos a Donde Ir ... ¿Cómo Saber Cuál Elegir?

Dios le ha abierto una puerta. Usted, ¿qué hará?


By John Ortberg

Tyndale House Publishers

Copyright © 2017 John Ortberg
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4964-2261-3



CHAPTER 1

TANTOS DESTINOS A DONDE IR ... ¿CÓMO SABER CUÁL ELEGIR?


Si usted tuviera que resumir su vida en seis palabras, ¿cuáles serían?

Hace varios años, una revista electrónica hizo esa pregunta. Se inspiró en el desafío posiblemente legendario que le propusieron a Ernest Hemingway de escribir un cuento de seis palabras, lo que dio lugar al clásico «Vendo: zapatos de bebé, sin usar».

La revista fue inundada por tantas respuestas que el sitio web casi colapsó, y finalmente formaron un libro con las respuestas. Not Quite What I Was Planning (No exactamente lo que tenía planeado) está lleno de autobiografías escritas por autores «célebres y desconocidos». Las memorias abarcan de lo gracioso a lo irónico y de lo inspirador a lo desgarrador:

• «Un diente, una caries; vida cruel».

• «Síndrome de salvador trae muchas desilusiones».

• «Maldecido con cáncer. Bendecido con amigos». (Este no fue escrito por una abuela sabia y mayor, sino por un niño de nueve años con cáncer de tiroides).

• «El vidente me vio más rica». (En realidad, esta autora podría ser más rica si dejara de despilfarrar dinero en videntes).

• «La tumba no dirá: "Tenía seguro"».

• «No soy buen cristiano, pero intento».

• «Pensé que yo tendría mayor impacto».


El desafío del límite de seis palabras es que exige concentrarse en lo más importante para captar brevemente algo que tenga sentido. Una vez, Winston Churchill devolvió a la cocina un pudin porque «le faltaba un tema». Yo no quiero que mi vida sea como el pudin de Winston.

Es impresionante pensar en qué escribirían los personajes bíblicos para sus memorias de seis palabras. Me parece que girarían en torno a la intersección entre la historia de la vida de cada persona y la historia de Dios. Todos se inspirarían en la oportunidad divina que Dios les puso enfrente y la respuesta (el sí o no) que dio forma a su vida.

• Abraham: «Dejé Ur. Fui padre. Sigo riéndome».

• Jonás: «"No". Tormenta. Arrojado. Ballena. Vomitado. "Sí"».

• Moisés: «Zarza ardiente. Diez mandamientos. Charlton Heston».

• Adán: «Ojos abiertos; no encuentro mi hogar».

• Sadrac, Mesac y Abed-nego: «Rey estaba caliente. El horno, no».

• Noé: «Odié la lluvia; amé el arcoíris».

• Esaú: «Al menos el guiso estuvo bueno».

• Ester: «Un bombón. Mardoqueo, expón. Israel fortachón».

• María: «Pesebre. Dolor. Gozo. Cruz. Dolor. Gozo».

• El hijo pródigo: «Malo. Apenado. Papá animado. Hermano enojado».

• El joven rico: «Jesús llamó. Partí triste. Todavía rico».

• Zaqueo: «Bajito, al sicomoro. Más pobre, feliz».

• La mujer sorprendida en adulterio: «Conquisté un hombre. Soltaron las piedras».

• El buen samaritano: «Vine, vi, me detuve para ayudar».

• Pablo: «Damasco. Ciego. Sufrir. Escribir. Cambiar mundo».


«No exactamente lo que tenía planeado» es la autobiografía de seis palabras que cualquiera de ellos podría haber escrito. En ninguno de estos casos habrían podido predecir dónde los llevaría la vida. Sus planes fueron interrumpidos. Se les ofreció una oportunidad o corrieron peligro, o ambos. Así funciona la vida. No somos ni los autores ni los peones de las historias de nuestra vida, sino, de alguna manera, socios del destino, la suerte, las circunstancias o la providencia. Y los autores de la Biblia insisten en que, por lo menos algunas veces, en al menos algunas vidas (en cualquier vida en la cual la persona esté dispuesta), ese Socio invisible puede ser Dios.

A menudo en la Biblia, estas oportunidades parecen llegar en envoltorios inconfundibles. Una zarza ardiente. Un ángel luchador. Una mano escribiendo sobre la pared. Un vellón. Una voz. Un sueño. Un burro que habla como el de Shrek.

Pero, diseminada a lo largo de las Escrituras, hay otra imagen de la oportunidad inspirada por Dios que a mí me resulta más fácil de identificar con lo que he visto. Es la imagen de la posibilidad divina que sigue llegando a cada vida. Es una imagen que he atesorado desde que mi profesor en la universidad, Jerry Hawthorne, me la presentó: Escribe esta carta al ángel de la iglesia de Filadelfia.

Este es el mensaje de aquel que es santo y verdadero, el que tiene la llave de David. Lo que él abre, nadie puede cerrar; y lo que él cierra, nadie puede abrir: Yo sé todo lo que haces y te he abierto una puerta que nadie puede cerrar. Tienes poca fuerza; sin embargo, has obedecido mi palabra y no negaste mi nombre. (Apocalipsis 3:7-8; el énfasis es mío)


La puerta, dijo el Dr. Hawthorne, es una de las imágenes más ricas de la literatura. Puede significar seguridad («mi puerta está encadenada y cerrada con llave») o lo oculto («nadie sabe qué pasa tras las puertas cerradas»). Puede significar rechazo («me cerró la puerta en la cara») o descanso (para las madres jóvenes, el sitio preferido de la casa es el baño, donde pueden cerrar la puerta y estar solas).

Pero en este pasaje, la puerta no significa ninguna de esas cosas. Más bien, es una puerta abierta, símbolo de «oportunidades infinitas. De posibilidades ilimitadas de hacer algo que valga la pena; de comienzos espectaculares de nuevas y desconocidas aventuras de una vida con sentido; de oportunidades jamás imaginadas para hacer el bien, para hacer que nuestra vida cuente para la eternidad».

Una puerta abierta es la gran aventura de la vida porque significa la posibilidad de serle útil a Dios. La oferta de ella, y nuestra respuesta a ella, son el tema de este libro.


Dios puede abrir una puerta para cualquiera

Cuando mi papá estaba a punto de cumplir cincuenta años, un día mi mamá le preguntó de repente, en la cocina: «John, ¿es esto lo único que vamos a hacer por el resto de nuestra vida? ¿Nada más que la misma rutina de ir al trabajo y hablar con las mismas personas?». Mi papá, un contador público muy estable, que siempre había vivido en Rockford, Illinois, y que nunca había pensado en vivir en ninguna otra parte, dijo: «Supongo». Pero empezó a preguntarse si podía haber algo más.

A menudo, la puerta abierta hacia otra habitación comienza con un sentido de descontento con la habitación en la que uno está en ese momento.

De un modo muy inesperado, a través de mi esposa, una iglesia del sur de California le ofreció un empleo a mi papá. Sin embargo, habría sido una mudanza bastante extrema: a más de tres mil kilómetros del único lugar donde había vivido toda su vida, en un trabajo para el cual no estaba preparado, con personas que no conocía. Luego de ir a investigarlo, les dijo a los líderes de la iglesia que simplemente no iba a funcionar: el sueldo era demasiado bajo, las casas eran demasiado caras, el cambio de profesión era demasiado grande, la jubilación era demasiado pequeña, él estaba demasiado viejo y la gente era demasiado rara.

Era la decisión acertada, pensó. Habría sido un riesgo demasiado grande. Suspiró con alivio y se fue a su casa.

Pero ciertas cosas extrañas comenzaron a suceder después de que él dijo que no. Una noche, mi papá tuvo un sueño en que parecía que Dios le decía: «John, si te mantienes en este rumbo, no sembrarás ni cosecharás». Mi padre era de una iglesia sueca muy impasible y poco expresiva, en la que las personas podían hablarle a Dios, pero nunca esperaban que Dios les hablara a ellas. Ni siquiera hablaban mucho entre sí. Así que no pensó mucho en el sueño.

Cuando se despertó, leyó en el diario de mi mamá (otra cosa que nunca había hecho), donde ella había escrito: «No sé cómo orar por John; no me parece que esté haciendo lo que Dios quiere que haga».

Todo eso causó que no quisiera ir a la iglesia, así que se quedó en casa, pero terminó viendo un culto eclesiástico por televisión, en el cual el predicador dijo: «Si es posible tener pruebas, la fe es imposible». Lo impactó la idea de que él había querido pruebas de que si aceptaba ese nuevo trabajo, todo saldría bien. Pero, si el predicador estaba en lo cierto, semejante prueba excluiría lo que Dios más quería, que era la fe de mi papá.

Así que, a la semana siguiente, volvió a la iglesia. El sermón era sobre el ABCD de la fe: que uno tiene que abandonar la vieja vida, creer que las promesas de Dios son confiables y dedicarse a un nuevo viaje.

Entonces, mi papá tomó un avión para ir de vuelta a California, a pesar de que el pastor de la iglesia californiana le dijo que estaban examinando a otros candidatos. Mientras estaba en el avión, abrió su Biblia y se encontró con un pasaje en el que Dios le prometió al pueblo que si abandonaban sus ídolos de oro y plata, llegaría el tiempo en que sembrarían y cosecharían.

Básicamente, tomó todo esto como una puerta abierta.

Recientemente, mi hermana, mi hermano y yo pasamos tres días juntos con mis padres para celebrar el octogésimo cumpleaños de mi papá. Ahora está jubilado, igual que mi mamá, pero ellos se mudaron a esa iglesia en California y formaron parte del personal allí durante veinticinco años, y esa fue la gran aventura, apasionante y arriesgada, de su vida.

Escribimos ochenta tarjetas, ochenta recuerdos de la vida con mi papá. Fue sorprendente cómo nos inundaron los recuerdos: la voz de mi papá cuando nos leía un cuento en la niñez, las fichas de matemáticas con las que solía enseñarnos, el aroma de su perfume Aramis que yo le pedía prestado cuando tenía una cita.

Pero la tarjeta más impresionante que había en el frasco de mi papá, la decisión que marcó un Antes y un Después en su vida, fue su elección de pasar por una puerta abierta que él no inició, que nunca había esperado y para la que no se sentía preparado.

«Tienes poca fuerza», le dice Dios a la iglesia de Filadelfia. Es posible que los de esa iglesia no se hayan sentido sumamente halagados cuando leyeron esa línea. Pero qué regalo saber que las puertas abiertas no están reservadas para los que son especialmente talentosos ni los extraordinariamente fuertes. Dios puede abrir una puerta para cualquiera.


Dios puede abrir una puerta en cualquier circunstancia

Viktor Frankl fue un médico brillante a quien los nazis encerraron en un campo de concentración. Le quitaron el sustento, confiscaron sus bienes, se burlaron de su dignidad y mataron a su familia. Lo metieron en una celda sin salida alguna. Una habitación que no tiene una puerta abierta es una prisión. Pero él encontró una puerta que sus guardias no conocían: «A un hombre le pueden quitar todo menos una cosa, la última de las libertades humanas: elegir la actitud propia en cualquier clase de circunstancias, elegir el camino propio».

Frankl descubrió que las puertas no son únicamente físicas. Una puerta es una elección. Descubrió que cuando las circunstancias le cerraron todas las puertas exteriores, le revelaron las que importan mucho más: las puertas por las cuales el alma puede dejar el temor y pasar a la valentía, dejar el odio y pasar al perdón, dejar la ignorancia y pasar al aprendizaje. Descubrió que, de hecho, los guardias eran mucho más prisioneros (de la crueldad, la ignorancia y la insensata obediencia al salvajismo) que él, que estaba entre paredes y alambres de púa.

Algunas personas aprenden esto y logran la libertad; otras nunca lo ven y viven como prisioneros. Siempre hay una puerta.

La investigadora de Columbia, Sheena Iyengar, ha descubierto que una persona promedio toma alrededor de setenta decisiones conscientes por día. Eso representa 25.550 decisiones por año. En setenta años, suman 1.788.500 decisiones. Albert Camus dijo: «La vida es la suma de todas las decisiones». Si junta esas casi dos millones de decisiones, la suma es quien usted es.

La capacidad de reconocer las puertas (de descubrir la gama de posibilidades que tenemos enfrente a cada momento y en toda circunstancia) es una habilidad que se puede aprender. Introduce la posibilidad de la presencia y el poder de Dios a cualquier situación sobre la faz de la tierra. Quienes estudian a los emprendedores dicen que estos sobresalen en algo llamado «estado de alerta de oportunidades». Ellos ven la misma circunstancia que los demás, pero «le prestan atención a las oportunidades que, hasta ese momento, han sido ignoradas». Están «alerta, a la espera, continuamente receptivos a algo que podría presentarse». Tal vez haya una especie de «estado de alerta de oportunidades divinas» que podemos desarrollar.

A veces, la oportunidad no implica ir a un lugar nuevo; significa encontrar una oportunidad nueva, que anteriormente no se había reconocido, en el lugar de siempre. En cierto sentido, esa es la sorprendente historia del pueblo de Israel. Israel creía que iba en camino a la grandeza como nación, con un ejército poderoso y riquezas abundantes. En lugar de ello, conoció el exilio y la opresión. Pero cuando se le cerró la puerta de la grandeza nacional, vino la puerta abierta hacia una forma de grandeza espiritual. Israel transformó la vida espiritual y moral del mundo. Y, mientras que el pueblo asirio, el babilonio y el persa llegaron y se fueron, el regalo de Israel para la humanidad permanece.

En la Biblia, las puertas abiertas nunca están solo para el beneficio de las personas a quienes son ofrecidas. Implican una oportunidad, pero es la oportunidad de bendecir a otra persona. Una puerta abierta puede parecerme muy emocionante, pero no existe solamente para mi beneficio.

Una puerta abierta no es únicamente la imagen de algo bueno. Conlleva un bien que todavía no conocemos del todo. Una puerta abierta no brinda una visión completa del futuro. Una puerta abierta significa oportunidad, misterio, posibilidad, pero no es una garantía.

Dios no dice: «He puesto delante de ti una hamaca».

Tampoco dice: «He puesto delante de ti una serie de instrucciones detalladas acerca de qué tienes que hacer exactamente y qué sucederá exactamente como resultado».

Una puerta abierta no significa que todo será placentero y tranquilo cuando estemos del otro lado. Una de esas memorias de seis palabras podría haber sido escrita por Jesús: «Síndrome de salvador trae muchas desilusiones». Una puerta abierta no es un plano ni una garantía.

Es una puerta abierta. Para descubrir qué hay del otro lado, tendrá que atravesarla.


Dios puede abrir puertas de una manera muy silenciosa

Dios no suele decirnos qué puerta escoger. Esta es una de las características más frustrantes de Dios.

Hace muchos años, mi esposa, Nancy, y yo estábamos frente a una puerta abierta. Teníamos por delante la decisión de mudarnos muy lejos: de California, que era el hogar de toda la vida de Nancy, a una iglesia llamada Willow Creek, cerca de Chicago. Era una decisión muy difícil: ir a esa iglesia en Chicago o quedarnos en California. Ibamos manejando en el viaje para tomar la decisión el mismo día y por la misma autopista en la que O. J. Simpson hizo su famoso escape a poca velocidad en su Bronco blanca.

Yo me inclinaba hacia la elección de Chicago porque creía que, si no iba allá, siempre me preguntaría cómo podría haber sido. (Quedamos marcados por las puertas que atravesamos y por las que no atravesamos). Nancy se inclinaba hacia California porque la iglesia de Chicago estaba en Chicago. Lo pensamos y oramos y lo hablamos una y otra vez. Elegir una puerta pocas veces es fácil. Me torturaba el temor a equivocarme. ¿Qué sucedería si Dios quería que yo eligiera la puerta número 1, pero yo escogía la número 2? ¿Por qué no me podía hacer más sencilla la decisión?

No siempre logramos saber qué puerta deberíamos atravesar. Jesús le dice a la iglesia de Filadelfia: «Te he abierto una puerta» (Apocalipsis 3:8). Pero no dice específicamente qué puerta es. Solo puedo imaginarme las preguntas que tenían: ¿Cómo lo sabremos? ¿Debemos ponerlo a votación? ¿Qué pasa si atravesamos la puerta equivocada?

En mi vida, esta ha sido una parte irónica y, a menudo, dolorosa. Dios abre puertas, pero luego no parece decirme cuáles debo atravesar.

Provengo de una larga línea de predicadores, con una larga lista de historias de cómo recibieron su «llamado». Mi bisabuelo, Robert Bennett Hall, se escapó de un orfanato cuando tenía doce años; terminó trabajando para un comerciante y se casó con su hija. Un día, estaba barriendo la tienda cuando recibió el llamado; dejó la escoba, fue a su casa y le dijo a mi bisabuela que había sido llamado a ser predicador.

Mi cuñado, Craig, estaba trabajando en un supermercado cuando recibió lo que para él fue un llamado inequívoco a hacerse pastor. Recibió su llamado en el sector de alimentos congelados.

Yo nunca recibí un llamado; por lo menos, no de esa manera. A veces pasaba largos ratos en los supermercados, pero nunca recibí un llamado. Me llevó muchos años entender que Dios quizás tenga sus buenos motivos para dejarnos a nosotros las decisiones, en lugar de enviarnos correos electrónicos diciéndonos qué hacer.

Cuando llegó la invitación para ir a Chicago, enfrenté el mismo dilema. Si los pastores se cambian de iglesia, se supone que deben tener un llamado claro, especialmente si la nueva iglesia es más grande que la anterior. Los pastores suelen decir cosas como «Yo no quería ir a ninguna parte, pero tenía esta rara sensación de intranquilidad en mi espíritu, y tuve que obedecer». Los pastores casi nunca dicen algo como «Esta iglesia es mucho más grande que mi vieja iglesia, y estoy súper entusiasmado al respecto».


(Continues...)

Excerpted from Tantos Destinos a Donde Ir ... ¿Cómo Saber Cuál Elegir? by John Ortberg. Copyright © 2017 John Ortberg. Excerpted by permission of Tyndale House Publishers.
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Table of Contents

Contents

CAPÍTULO 1 Tantos destinos a donde ir ... ¿cómo saber cuál elegir?, 1,
CAPÍTULO 2 Las personas de puertas abiertas y las personas de puertas cerradas, 23,
CAPÍTULO 3 Ya no «FOMO»: Superando el miedo a perderse algo, 61,
CAPÍTULO 4 Mitos comunes sobre las puertas, 85,
CAPÍTULO 5 ¿La puerta 1 o la puerta 2?, 111,
CAPÍTULO 6 Cómo cruzar el umbral, 143,
CAPÍTULO 7 Lo que las puertas abiertas le enseñarán (acerca de usted mismo), 175,
CAPÍTULO 8 El complejo de Jonás, 197,
CAPÍTULO 9 Gracias a Dios por las puertas cerradas, 229,
CAPÍTULO 10 La puerta en el muro, 251,
Epílogo, 275,
Agradecimientos, 291,
Notas, 293,
Acerca del autor, 298,

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